XVI

Envió Lope de Aguirre a buscar animales de carga y de montura. Volvieron los exploradores dos días más tarde trayendo dieciocho yeguas y siete caballos cimarrones que andaban salvajes por los montes. Algunos venían heridos por las trochas de puyas disimuladas que habían puesto en los caminos contra los marañones y no debían tener veneno, porque ninguno de los animales llegó a morir.

Pregonada fue a tambor y trompeta la guerra contra el rey de España y contra sus vasallos, amenazando con pena de muerte a los soldados marañones que no los mataran en el lugar que los tomaran prisioneros, exceptuando a aquellos que se entregaran con el deseo de unirse a la rebelión y lo dijeran así al disgregarse del enemigo.

Los marañones más seguros recibieron la orden de descubrir la tierra, saquear los poblados próximos y tomar algunos prisioneros para obtener información. Una patrulla llegó a la hacienda de un tal Benito Chávez, que estaba a cuatro leguas del pueblo. Era Chávez precisamente alcalde de Burburata y estaba allí con su familia, incluidas la esposa y la nuera. Los soldados robaron la hacienda y volvieron con Chávez al real.

Llevado el alcalde a la presencia de Aguirre, éste le preguntó las condiciones de la tierra y la razón por la que los vecinos habían huido del pueblo. Él respondió cortésmente a lo que le preguntaban, sin decir nada realmente nuevo.

Otra patrulla de exploradores apresó a un tal Pedro Núñez y viendo que era hombre joven y despejado de lengua Lope de Aguirre le preguntó qué opiniones tenía la gente sobre él y qué decían. Parecía el hombre receloso de hablar y Lope le prometió no hacerle daño y le suplicó por las buenas que le dijera lo que hubiera oído, bueno o malo.

Tranquilizado por fin, Núñez habló:

—Todos le tienen a vuesa merced por un gran luterano y lo mismo dicen de sus soldados.

Lope de Aguirre tomó una celada que había en la mesa y se la arrojó:

—¡Bárbaro, necio! —rugía fuera de sí—. ¿No sois más que el miserable majadero que aparentáis o es que venís con socarronerías y con añagazas?

Lo mandó salir de su presencia, pero le prohibió alejarse cien pasos del pueblo y dieron orden a los centinelas de hacer fuego si intentaba marcharse. Núñez, viéndose mal parado, quiso congraciarse con Lope y le dijo dónde podía encontrar una tropilla de caballos y mulos. Fueron a buscarlos y eran también selváticos y sin domar. Pero Lope era un gran domador y había entre sus soldados otros con la misma habilidad. Se pusieron enseguida a la tarea.

Quedaron en Burburata los días necesarios para desbravar a los animales de modo que pudieran montarlos. Entretanto, fueron hallando, por denuncias e indicios, otros animales de ganado mayor que los vecinos habían ocultado en el monte y víveres en gran cantidad y también algunas cubas de vino. Tal abundancia tenían de éste que muchos soldados se bañaban en él, metiéndose desnudos en las tinas, ya que no podían consumirlo ni llevarlo consigo. Lope animaba a los soldados a ésa y otras libertades y llamó a Pedrarias para escribir algunas cartas. La más importante era para el alcalde del pueblo de Valencia, que estaba siete leguas distante de Burburata, cerca del mar y al lado de una enorme laguna. En la carta decía Lope que no pasaría por allí, ya que llevaba la determinación de llegar cuanto antes a Nueva Granada y al Perú, pero que necesitaba que cada vecino de Nueva Valencia le enviara un caballo. Y que aquello no era contribución de guerra, porque él pensaba pagarlos religiosamente cuando le fueran entregados.

Después de algunas frases corteses terminaba amenazando con ir a Nueva Valencia y saquearla y devastarla y prenderla fuego si no le obedecían.

Había logrado que Núñez le indicara los lugares donde otros vecinos habían enterrado cosas de valor —algunos incluso dinero— y buscándolos llegaron a descubrir un gran barril de aceitunas de España del mismo Núñez —según él dijo—, entre cuyas aceitunas había algunos objetos de oro y dos barras de plata. Dijo Núñez a Lope de Aguirre que el barril era suyo y que las aceitunas las daba de grado a los soldados, pero le suplicaba le permitieran recoger los objetos de valor. Lope de Aguirre preguntó a Núñez con qué estaba tapado el barril y él dijo que con una grande rodaja de madera.

—¿Y cómo estaba cerrada esa rodaja?

—Con brea —respondió Núñez.

Envió Lope a buscar la tapadera y se la trajeron. Resultó que había estado pegada con yeso y no con brea.

—Éste ha mentido en eso y lo mismo mentirá en todo lo demás.

Mandó que dieran garrote a Núñez por embustero. Gritaba Núñez que era portugués y estaba fuera de su jurisdicción y reía Lope, preguntando al negro Vos:

—¿Qué piensas tú? ¿Vale tu cuerda para sacarles el alma a los portugueses?

El negro preparaba sus cordeles y reía sin responder.

—Ya sabía yo que tenía que morir así —dijo el portugués—, porque toda mi vida he tenido miedo de los cordeles —dijo—. De los cordeles y de la noche.

Aguirre dijo a Vos que estaba ya enlazando el cuello de su víctima:

—Entonces espera que anochezca para que se cumplan en todo las profecías del tal embustero, que en algo tenía que acertar.

Como la luna no salía hasta las nueve de la noche o algo más tarde, le dijo Lope al negro:

—Cuando la luna se vea por la raya de la colina le apretaréis el gaznate. ¿Entendido?

—Sí, señol, que ya en la Margalita hise otra justisia con la luna.

Con el primer segmento lunar sobre la colina los negros quitaron la vida a Núñez. Luego fueron a hacer la parte pesada de aquel trabajo: la sepultura. Y apelmazaron la tierra con sus pies desnudos, bailando sin dejar el cigarro, que humeaba en sus labios.

Al día siguiente, después de una dura sesión de desbrave en la que Lope, como más experto, llevaba la dirección, salió al campo y encontró en las afueras junto a un arroyo a un tal Juan Pérez, soldado de aspecto doliente que estaba mirando correr el agua.

—¿Qué hacéis aquí? —le preguntó.

—Ando algo enfermo y aquí me estoy por desenfadarme con el murmullo del agua.

—¿En qué pensabais?

—Pues me acordaba de aquel cura llamado Portillo que murió en el Amazonas, si mal no me acuerdo, en el pueblo de los bergantines, y que decía que estaba pesaroso de la muerte de Cristo como si la hubiera cometido él. Y acordándome pensaba que hay muchas clases de hombres en el mundo. Y también me acordaba del pueblo donde nací.

—Creo que no podréis seguir esta jornada con nosotros.

—También lo he pensado yo más de una vez, pero iré hasta donde mi ánimo llegue.

—No, porque os quedaréis en Burburata.

—Como vuesa merced disponga.

Volvió Aguirre a su casa y mandó que fueran a buscarlo «para hacerle regalo en el pueblo», pues que se encontraba mal de salud. Lo llevaron otra vez a su presencia y dijo Aguirre que no quería hombres inútiles en el campo.

Dejó pasar un rato en silencio y preguntó:

—¿Qué decís?

—Nada. Pienso lo mismo que antes, que hay muchas clases de hombres en el mundo.

—¿No os pesa tener que morir?

—No tanto como yo mismo habría creído. Todos han de pasar por ahí. También vuesa merced.

Otros soldados le rogaron a Lope por su vida, pero el caudillo dijo que no y llamó a los negros, advirtiéndoles que a aquél no había que enterrarlo, sino dejarlo a la vista como ejemplo. Muerto Juan Pérez, lo pusieron en la plaza del pueblo con un cartel a los pies: «Por tibio y desaprovechado».

Como de Valencia respondieron a la carta de Lope diciendo que no enviarían caballos por haber pocos y ser necesarios, decidió Lope de Aguirre ir a la ciudad y hacer un castigo, pero de pronto sucedió algo que nunca había esperado. Todo podía imaginarlo Aguirre menos que Pedrarias y Diego de Alarcón desertaran. Así fue, sin embargo, y de tal modo, que parecía imposible volverlos a encontrar.

Elvira se pasó dos días llorando y la Torralba se sintió tan afectada que renunció para siempre a cantar su jota soriana.

Aguirre, más perplejo que indignado, envió tres soldados a la hacienda de Chávez (que estaba preso todavía en Burburata) para que trajeran al real a la mujer y a la hija casada del dicho alcalde, y cuando estuvieron allí Lope soltó a Chávez y le dijo:

—Si me traes a esos fugitivos, y tú sabes mejor que yo dónde están y sabes también evitar las trochas y las puyas envenenadas, te devolveré a tu mujer y a tu hija. Si no traes a Pedrarias y a Alarcón vendrán las dos mujeres con nosotros y antes que perdamos nosotros las cabezas podéis estar seguro de que las perderán ellas.

Dicho esto, salieron todos para Valencia. Hacían falta las cabalgaduras para transportar el parque, incluida la artillería sacada de la Margarita. Y todos iban a pie, incluso las mujeres, es decir, la Torralba y Elvira, y con mayor motivo la esposa y la hija de Chávez.

Elvira quiso lamentarse y dolerse —a cada paso se clavaba una espina en un pie e iba a su padre a que se la quitara y a preguntarle si estaba envenenada. Pero la tercera vez Lope de Aguirre dijo a su hija en voz baja que si volvía a su lado con un problema como aquél iba a castigarla por el procedimiento que ella sabía muy bien. La niña sospechaba que era muy capaz de volver a cortarle el pelo como hizo una vez en Trujillo y no volvió a quejarse.

Lope de Aguirre parecía muy mohíno y de cuando en cuando suspiraba sin querer hablar. Como alguien le preguntara, dijo:

—Creía en la amistad: en la amistad de los valientes con los hombres de entendimiento. ¿Sabéis por qué?

—A fe que no, si no me lo decís.

—Pues porque los dos saben morir. Los unos porque lo entienden y los otros porque es su oficio. Vuestro oficio y el mío es ése.

Seguían caminando en silencio. Lope se sentía perplejo:

—¿Qué decís vos, Juan de Aguirre, que lleváis mi nombre por maldición? ¿Qué decís, hermano, villano, zascandil?

—Yo no digo nada —respondió el otro sombríamente.

Había dejado Lope detrás, en Burburata, a tres soldados enfermos llamados Juan de Paredes, Francisco Marquina y Alonso Jiménez, lo que fue comentado con extrañeza después de saber lo que hacía con los desaprovechados. La fuga de Pedrarias y Diego de Alarcón le había desmoralizado más que ninguna otra contrariedad anterior. Y Lope caminaba y hablaba a veces consigo mismo sin acabar de comprender lo que había sucedido con aquellos hombres, especialmente con Pedrarias.

Llevarían una jornada de camino cerca de la costa hacia Nueva Valencia cuando tuvieron noticia de una flotilla de canoas cargadas que iban hacia Burburata, es decir, en dirección contraria. Y Lope de Aguirre, con algunos de los suyos, decidió volver para apresar a los navegantes, que eran españoles y parecía que llevaban víveres. No quiso enviar a otros soldados a aquella misión, temeroso de que desertaran. Y ordenó a la expedición entera que acampara en aquel mismo sitio donde estaban y se quedaron esperando hasta que volviera.

Se llevó consigo hasta treinta arcabuceros, todos gente segura, y dejó al mando del campamento a Juan de Aguirre, a quien consideraba como su igual y su medio hermano, aunque cuando se enfadaba decía de él que era su sombra bastarda.

En Burburata no hallaron a los españoles ni a ninguna otra gente, y Lope, indignado y no sabiendo qué hacer, se embriagó hasta un extremo que nadie había visto nunca en Aguirre. No estando su hija con él, bebió mucho más de la cuenta. Iba apoyándose en las paredes, diciendo insensateces, llamando a Pedrarias y a Diego de Alarcón ofreciéndoles en su media lengua de borracho respetarles la vida, y al ver que no aparecían, blasfemando como un poseído.

—Si la amistad tampoco es nada —decía—, ¿qué queda en el mundo? ¿La corona de don Felipe II? ¿Y los cordeles de Carolino?

Luego decía que tanto valía lo uno como lo otro y que todo era nonada.

Aprovecharon el estado de Lope de Aguirre tres hombres que hacía tiempo tenían determinado escapar. Eran Rosales, Acosta y Jorge Rodas, que con la oscuridad de la noche huyeron.

Al día siguiente se dio cuenta Aguirre de lo que había pasado y trataron todos de seguir las huellas de los fugitivos, pero sospechaban que los españoles de la flotilla del día anterior podían llegar todavía y decidieron quedarse en la aldea, esperando.

Estando Aguirre en Burburata hubo en el campamento general algunos desórdenes y novedades infaustas a pesar del celo con que mandaba Juan de Aguirre, que era tan temido como Lope mismo. Hacía un calor insufrible y andaban tan escasos de agua que pronto la necesidad se hizo angustiosa. Envió Juan de Aguirre algunos soldados y gente de servicio a explorar y tardaron mucho en hallarla —y bien lejos del real— en unas quebradas, cerca de las cuales, por ser lugar recatado y muy adentro de la tierra y creerlo seguro, habían acampado algunos vecinos de Burburata. Éstos tuvieron noticia por los espías de que los soldados de la patrulla se acercaban y, asustados, levantaron el campo y se fueron más al interior. Pero los soldados de Aguirre hallaron en el arroyo huellas humanas y mandaron algunos indios anaconas que las siguieran hasta ver qué era lo que encontraban.

Los indios fueron a dar en las chozas donde los españoles habían estado, y entre las cosas que hallaron había una capa que se llevaron consigo. Todos la reconocieron como perteneciente a un soldado llamado Rodrigo Gutiérrez, que había desertado con los de Munguía. En la capucha de la capa hallaron copia de una declaración de garantía que dicho soldado Rodrigo Gutiérrez había hecho días antes, en cuya probanza figuraban también declaraciones de Paco el Piloto contra Aguirre, a quien llamaba asesino, degenerado y hombre nacido naturalmente para la horca. Al regresar la patrulla al real llevaron todo aquello a manos de Juan de Aguirre, y éste, cuando leyó las declaraciones de Paco, que estaba en el campamento, se fue a él, y sin decir una palabra lo cosió a puñaladas. Andaba el herido en la agonía cuando un soldado de la expedición llamado Arana disparó para matarlo con tan mala fortuna que, por la poca visibilidad —entraba ya la noche— o por lo que fuera, la misma bala que remató a Paco el Piloto hirió de muerte a otro marañón que se llamaba Antón García.

Se armó un desorden notable. Algunos acusaban a Arana de haber tirado con malicia para matarlos a los dos y otros lo defendían diciendo que había sido casualidad. Se enconaron las pasiones porque el muerto García tenía muchos amigos, y viéndose en peligro Arana marchó a Burburata y contó el caso a Lope, diciendo que la muerte de García había sido deliberada y que disparó contra él a sabiendas porque la noche anterior quiso huir al campo enemigo y le propuso escapar juntos.

Volvieron de Burburata pocos días después Lope y Arana con los demás soldados sin haber podido atrapar la flotilla de españoles, y al llegar al campamento leyó Lope de Aguirre el documento hallado en el capillo del desertor y dio por bien hechas las ejecuciones, felicitando incluso a Juan de Aguirre.

Después preguntó por Pedrarias y por Alarcón, y al saber que no habían llegado dijo a la mujer de Chávez:

—Por Dios vivo que si vuestro marido no me los trae que habéis de ser otra Ana Rojas de la Margarita.

Ella no sabía quién era aquella mujer ni lo que le había sucedido, pero algunos soldados la miraban de reojo y murmuraban entre dientes con los vecinos diciendo que como ahorcada sería igual, pero no como hermosa.

La expedición siguió hacia Valencia por unos caminos tan difíciles y fragosos que los caballos a veces no podían avanzar ni retroceder, y el calor era tal y los animales tan poco acostumbrados a la carga que tuvieron que prescindir de parte de ella.

Entretanto, los hombres trepaban a gatas o se abrían paso con las espadas por lugares muy cerrados de maleza. Era Aguirre compasivo con las bestias, pero no con las personas, y así los soldados tenían que llevar a veces lo que no querían llevar los caballos. Nadie podía protestar, porque Aguirre era el primero en cargarse a las espaldas grandes pesos.

En el camino desde Burburata a Valencia, que era sólo de siete u ocho leguas, invirtieron seis días. Por un lado, los esfuerzos de Aguirre, que llevaba encima cargas superiores a lo que un hombre fuerte podía tolerar, y por otro, la humedad malsana y el calor, hicieron que una mañana, al amanecer y despertar, se encontrara Lope de Aguirre con la ingrata sorpresa de que no podía moverse.

Al menor movimiento sentía dolores muy agudos en todo el cuerpo.

Pusieron al caudillo en una especie de andas que llevaban los indios al hombro y al mismo tiempo dos soldados con una de las banderas desplegadas iban haciéndole sombra de modo que no lo fatigara el calor. Iba Lope de Aguirre dando grandes voces y diciendo a su gente:

—Matadme, marañones, ya que Dios parece que quiere acabar conmigo. Matadme y así le ganaréis a Dios por la mano, maldito sea el día que nací.

Por fin llegaron a Valencia. Los vecinos de aquella población habían sido advertidos con tiempo y pusieron a salvo sus bienes y sus personas.

Estaba la ciudad al lado de una gran laguna alrededor de la cual había poblaciones de indios pacíficos y ricos. Los fugitivos españoles de Valencia se diseminaron en aquellas aldeas, pero no pudieron llevar consigo sus ganados mayores, y fue en ellos en donde se ensañó la soldadesca.

Seguía Lope de Aguirre enfermo y con grandes dolores. Envió delante unas patrullas que hallaron el pueblo desierto y eligieron la casa mejor para posada de Aguirre. Éste seguía mal y en algunos días llegó a ponerse tan amarillo y flaco que se habría dicho que vivía sus últimas horas.

Al sentir que mejoraba se puso a hacer comentarios sobre su propia salud y los designios de Dios, quien le devolvía las fuerzas para exterminar a los cobardes que salían huyendo sólo al oír su nombre y que no eran hombres ni merecían ser llamados así, porque la guerra cosa noble era, y de personas de mucha consideración y pro, y desde el principio del mundo la habían practicado los mejores hombres. Incluso en el cielo y entre los ángeles había habido guerras, decía, y las habría allí donde vida hubiera. Luego desafiaba a Dios a darle enfermedades y decía que habría de matar él más gente con la espada que Dios con la peste.

Después preguntaba si había noticias de Pedrarias.

Cuando se sintió del todo bien y no contribuyó poco la idea de que su campo estaba rico y bien provisto de caballos y mulos, dio un bando diciendo que ningún soldado podía salir del pueblo sino bajo pena de la vida y que sería en esta materia implacable.

Había un marañón que no se enteró del bando y se alejó del pueblo cosa de un tiro de arcabuz para coger unas papayas. Se llamaba Gonzalo Gómez y era hombre que nunca había hecho muestras de rebeldía ni de extremada adhesión o protesta en ningún sentido. Solía decir que cuando se quitaba las armas y la carga del camino se sentía flotar en el aire como un ave, y aquello lo repetía una vez y otra a todo el que quería escucharle. Cuando Aguirre supo que Gonzalo se había ido de la población comenzó a llamar a sus negros, de los cuales Carolino, que parecía estar siempre alerta, llegó el primero.

Fue Gonzalo arrestado y llevado a la plaza bajo el rollo. Iba comiendo una papaya, que amarilleaba en sus manos. Cuando terminó dijo:

—Burla parece esto de tener que morir en el rollo del rey.

—Razón tenéis —dijo Lope—, y para evitarlo seréis ahorcado al otro lado de la plaza.

Lo colgaron de un balcón de madera, del cual habían colgado días antes los habitantes del pueblo un joven jaguar ladrón de ganados que estaba todavía allí, muerto.

Quedó Gonzalo con los ojos abiertos y parecía mirar los ojos también abiertos del jaguar, y los cuatro parecían ojos artificiales de vidrio.

Pero lo que más preocupaba a Lope era la captura de Pedrarias y de Alarcón, y pensaba en ellos constantemente, aunque no volvió a decir sus nombres.

Tantas diligencias hizo el alcalde, y sobre todo su yerno, Julián de Mendoza, para rescatar a sus mujeres, que lograron alcanzar a los fugitivos, y poniéndoles colleras de madera y encadenándolos los condujeron a pie camino de Valencia.

En cuanto se vieron enlazados por la collera y uncidos como bueyes se sintieron los dos en una disposición de ánimo nueva y que nunca habían conocido. Pedrarias advirtió:

—Ponga vuesa merced su paso con el mío y verá cómo es menos penoso el yugo.

Eran de la misma altura, buenos mozos, pero Alarcón tenía una apariencia rufianesca y villana. Después de caminar un largo trecho en silencio fueron invitados por Mendoza a descansar.

Se sentaron al mismo tiempo en un ribazo. Pedrarias dejó vagar la vista por el cielo azul y comentó:

—He aquí que entre nosotros nace algo que no habíamos conocido antes.

—¿El qué?

—La sencillez y la bondad. ¿No os parece?

Alarcón afirmó y dijo:

—Algo como eso sentía, pero me faltaban las palabras. ¡Qué raro que no sea uno capaz de ser bueno sino con la muerte en los dientes!

—¿No os da zozobra y angustia morir?

—No, Pedrarias.

—Cosa rara es. ¿No sentís compasión de vuestra desgracia?

—Hace tanto tiempo que se me agotó la compasión a fuerza de ver desventuras ajenas que no me queda piedad para mí mismo.

Mendoza los hizo levantarse y continuar. Pedrarias, para evitar que por desacuerdo en los movimientos uno hiciera daño al otro, solía decir: «¿Está vuesa merced aprontado? Una, dos y tres». Y se levantaban juntos.

Caminaron todo el día, pero iban los dos tan angustiados por el cepo y por las calores, así como por la zozobra de las torturas que les esperaban en el campo de Aguirre, que, dejándose caer en el suelo, Diego de Alarcón dijo que no caminaría más y que cuanto antes murieran otras tantas incomodidades se ahorrarían. Pedrarias pensaba lo mismo.

—Vean vuesas mercedes lo que hacen —advirtió Mendoza—; porque a mí poco me importa, que en llevándole a Lope de Aguirre las cabezas de vuesas mercedes él me entregará a mi mujer y a mi suegra, y eso es todo lo que busco.

—Demasiada miseria es andar en cepo —respondió Pedrarias con voz fatigada— como los esclavos que han robado al amo. Yo tampoco puedo más, y haga vuesa merced lo que mejor le parezca.

Mendoza desenvainó la espada, y acercándose a Pedrarias le alzó la barba con la mano izquierda, y poniéndole la hoja de acero en el cuello para tomar puntería le rasgó la piel de modo que comenzó a salirle sangre. Pedrarias levantó la mano y dijo:

—No más, que yo caminaré y me esforzaré lo que buenamente pueda. Dura cosa es perder lo único que se tiene, la vida, aunque sea ruin.

Su compañero juró que si se levantaba y volvía a caminar lo hacía contra su voluntad y por acomodar a Pedrarias, ya que estaban uncidos. Prefería, sin embargo, Alarcón morir allí porque se había hecho su composición de lugar y estaba seguro de tener un fin mejor en manos de Mendoza que en las de Aguirre.

Se disculpó Pedrarias diciendo que mientras se respira hay esperanza, y que careciendo de fe religiosa no tenía a quien rezar y le agradecería que caminara hasta llegar los dos a Valencia, y una vez allí verían.

Explicaba todavía los fundamentos de sus esperanzas:

—Cuando todos o casi todos firmaron la desnaturalización de España y el desafío contra Felipe II, yo firmé con un nombre contrahecho y Lope lo vio. Me preguntó por qué lo hacía y yo le dije que, puesto que Lope había firmado llamándose a sí mismo traidor, yo no quería estar con mi nombre debajo de aquel dictado. También le dije que había firmado un papel blanco no sabiendo de qué se trataba, lo que me autorizaba a recelar. Estas cosas le han hecho meditar a él, y no crea vuesa merced que todo es estiércol en el alma de Aguirre. Hay un rincón limpio en su conciencia, y en él admira Lope cualquier forma de nobleza. Antes mata a un amigo suyo bellaco que a un enemigo noble.

Esto dejó pensativo a Alarcón, quien después de un largo silencio se acomodó la collera mejor —sangraba por un hombro—, y volviendo a suspirar dijo:

—Aunque me la dieran, la vida no la querría ya, porque estoy viviendo hace días más en el otro mundo que en éste.

Pedrarias, caminando con incomodidad, habló:

—Ojalá tuviera yo la conformidad vuestra.

Cuando llegaron fueron conducidos ante Lope de Aguirre, quien devolvió las mujeres a Mendoza, y acercándose a los dos prisioneros le dijo a Pedrarias:

—¿Qué mal os he hecho yo nunca, señor Pedrarias, para que así escaparais de mi lado?

Hablaba más dolido que ofendido. Pedrarias no respondía. Le parecía inútil disculparse, y en realidad no había disculpa posible.

Sacaron a los presos de la collera y el caudillo ordenó que llevaran a Diego de Alarcón por las calles con pregoneros delante diciendo: «Ésta es la justicia que manda hacer Lope de Aguirre, fuerte caudillo de la noble gente marañona, a este hombre leal servidor del rey de Castilla, mandándolo arrastrar, ahorcar y hacer cuartos por ello, y quien tal haga tal pague».

Conducido al suplicio, Alarcón sonreía con amistad a los que encontraba a su paso. Algunos creían que había perdido el juicio.

Cortaron la cabeza a Alarcón, quien momentos antes dijo que se despedía de sus amigos y les deseaba la misma merced que él iba a tener, ya que la vida de todos era una pesadilla insufrible desde que salieron de los Motilones, y más le valdría morir de una vez con la conformidad de su destino natural, que al fin era muerte de soldados.

La cabeza cortada fue puesta en el rollo para ejemplo y el cuerpo hecho cuartos se distribuyó en las cuatro entradas de la población, adonde pronto acudieron los grajos negros a comer.

Al mismo tiempo, Lope de Aguirre miraba la cabeza cortada de Alarcón y reía, diciendo:

—¿Qué tal, don Diego? ¿Cómo no viene el rey de Castilla a resucitaros? Parece que don Felipe no tiene más habilidades ni más virtudes que los demás seres humanos en Castilla o en Indias.

Después dijo que curaran a Pedrarias de su herida en la garganta porque iba sangrando todavía. Al decirlo se acercó oficioso Carolino dispuesto a intervenir, pero Lope de Aguirre le dijo indignado:

—¡Salid de mi presencia u os sacaré el alma a puntillazos!

Una vez vendada la herida, hizo entrar a Pedrarias en su casa y le dio papel y tinta para que escribiera una carta al rey don Felipe. Al oírlo pensó Pedrarias: «Ah, ésa es la causa de que no me haya matado aún». Y estaba seguro de que viviría solamente el tiempo que tardara en hacer aquella diligencia.

Antes fue a besar las manos —así dijo— a Elvira, a quien encontró llorosa y risueña al mismo tiempo. Creyendo ella que aquel homenaje era por gratitud, se apresuró a explicar:

—No me debéis la vida a mí ni a nadie más que a la buena voluntad de mi padre, que es vuestro amigo.

Antes de dictar la carta, Lope ordenó que una patrulla fuera en persecución de la gente civil fugitiva de Valencia y que trajeran a los que alcanzaran para castigarlos o sacar rescates. Muchos de ellos estaban, según había oído decir, en una isla en la laguna y los marañones construyeron una balsa grande con los materiales que pudieron reunir. Por ser éstos de cañas de bambú —no había otros a mano—, su resistencia era poca y al entrar los primeros la balsa se ladeó y amenazaba con irse a pique. Le añadieron refuerzos por un lado y por otro, y al tratar de embarcar un caballo, sucedió lo mismo. Con esto, Aguirre se sentía frustrado y volvía a sus juramentos, amenazando igual a los amigos y a los enemigos y al cielo y a la tierra.

Algo se consoló al tener noticias de Burburata, cuyo alcalde Chávez le envió una carta diciendo que al azar y buscando a Pedrarias había encontrado otro soldado fugitivo llamado Rodrigo Gutiérrez —el de la probanza de Paco el Piloto— y que por hacerle servicio lo había arrestado y lo tenía encerrado en el pueblo.

Siendo uno de los que se habían escapado con Munguía, estaba deseando Lope de Aguirre echarle la mano encima y se alegró de aquella noticia. Envió enseguida a Francisco Carrión, su alguacil, con doce soldados, para que lo trajeran al real, pero fue en vano, porque Rodrigo Gutiérrez se acogió a sagrado y se había metido en la iglesia de Burburata. El alcalde Chávez lo reclamó y el cura se opuso a entregarlo y hubo entre ellos palabras ásperas.

El cura, además, ayudó a Gutiérrez a liberarse de las cadenas que el alcalde le había puesto y a huir por la noche, de modo que el dueño de la famosa capa se salvó. Al volver Carrión y dar cuenta de lo sucedido, Lope de Aguirre lo insultó llamándolo inútil y mal soldado, ya que no había cortado la cabeza de Chávez por su descuido con el preso.

A todo esto, el cura de la Margarita seguía marchando con la expedición y Lope de Aguirre le dijo que iba a escribir una carta al rey Felipe y él la llevaría a la real audiencia de Santo Domingo, pero que antes le exigía juramento por Dios de hacer que la carta llegara a Castilla. El cura se negaba a jurar, pero, viendo lo que importaba, para salir de allí juró y prometió sobre su conciencia.

Aquella tarde la dedicó Lope a escribir, es decir, a dictarle la carta a Pedrarias, quien a veces se interrumpía y decía:

—¿Lo pongo como dice vuesa merced o por mis propios términos?

Dudaba un momento Lope:

—¿Cómo lo pondría vuesa merced?

Traducía Pedrarias las palabras de Lope al lenguaje cortesano y el caudillo vasco protestaba:

—No, no. Más vale que las ponga como yo las digo, para que vea bien el rey qué clase de persona soy y para que se entere de cuál es nuestro ánimo. Si quiero que escriba vuesa merced es porque tiene mejor letra que yo y que ningún soldado. Pero las palabras que sean las mismas que yo os dicto.

Y así fue. La carta decía textualmente: «Rey Felipe, natural español, hijo de Carlos el Invencible.

»Yo, Lope de Aguirre, tu antiguo vasallo, cristiano viejo, de medianos padres y en mi prosperidad hidalgo, natural vascongado, en el reino de España, de la villa de Oñate vecino.

»En mi mocedad pasé el océano a estas partes de Indias por valer más con la lanza en la mano y por cumplir con la deuda que debe todo hombre de bien, y asimismo y por esa razón te he hecho muchos servicios en el Perú en conquistas de indios y en poblar pueblos en tu servicio, especialmente en batallas y encuentros que ha habido en tu nombre, siempre conforme a mis fuerzas y posibilidad sin importunar a tus oficiales por paga ni socorro, como parecerá por tus reales libros.

»Creo bien (excelentísimo), rey y señor, que para mí y mis compañeros no has sido tal, sino cruel e ingrato, y también creo que te deben engañar los que te escriben desta tierra, que está lejos para averiguar la verdad. Y tú no te precias mucho a buscarla.

»Avísote, rey, lo que cumple a toda justicia y rectitud para tan buenos vasallos como en esta tierra tienes, aunque yo, por no poder sufrir más las crueldades que usan estos tus oidores, visorrey y gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros, cuyos nombres diré después, de tu obediencia y, desnaturalizándome con ellos de nuestra tierra, que es España, voy a hacerte la más cruel guerra que nuestras fuerzas puedan sustentar y sufrir, y esto cree, rey y señor, nos obliga a hacer el no poder sufrir los grandes pechos, apremios y castigos injustos que nos dan tus ministros, que por remediar a sus hijos y criados han usurpado y robado nuestra fama, honra y vida, que es lástima, rey, el mal tratamiento que nos han dado.

»Cojo estoy de una pierna derecha de dos arcabuzazos que me dieron en el valle de Chuquinga con el mariscal Alonso de Alvarado, siguiendo tu voz y apellido contra Francisco Hernández Girón, rebelde a tu servicio como yo y mis compañeros al presente somos y seremos hasta la muerte, porque ya de hecho habemos alcanzado en este reino cuan cruel eres y quebrantador de fe y palabra, y así tenemos en esta tierra tus promesas por de menos crédito que los libros de Martín Lutero, pues tu visorrey marqués de Cañete ahorcó a Martín de Robles, hombre señalado en tu servicio, y al bravoso Tomás Vázquez, conquistador del Perú, y al triste Alonso Díaz, que trabajó más en el descubrimiento deste reino que los exploradores de Moisés en el desierto, y a Piedrahíta, buen capitán que rompió muchas batallas en tu servicio, y aun en Pucará ellos te dieron la victoria, porque si no se pasaran a tu bandera hoy fuera Francisco Hernández rey del Perú. Y no tengas en mucho el servicio que estos tus oidores escriben haberte hecho, porque es muy gran fábula si llaman servicio haberte gastado ochocientos mil pesos de tu real caja para sus vicios y maldades. Castígalos como a malos, que cierto lo son.

»Mira, mira, rey español, que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna zozobra te han dado tus vasallos a costa de su sangre y hacienda tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira, rey y señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada sin que primero los que en ello han trabajado y sudado sean gratificados. Y esto justicia es y te puede ser demandada.

»Por cierto tengo que van muy pocos reyes al infierno porque son pocos, que si muchos fuérades ninguno podría ir a él, porque aun allá seríades peor que Lucifer, según tenéis ambición y hambre de hartaros de sangre humana; mas no me maravillo ni hago caso de vosotros, pues os llamáis siempre menores de edad y todo hombre irresponsable e inocente es como loco. Cierto, a Dios hago solemne voto con mis doscientos arcabuceros, marañones, conquistadores, hijosdalgo, de no te dejar ministro tuyo a vida, porque ya sé hasta dónde alcanza tu clemencia; y el día de hoy nos hallamos los más bienaventurados de los nascidos por estar en estas partes de Indias teniendo la fe y mandamientos de Dios y sin corrupción, como cristianos, manteniendo todo lo que predica la santa madre Iglesia de Roma, y pretendemos, aunque pecadores en la vida, rescibir martirio por los mandamientos de Dios si necesario fuese.

»A la salida que hicimos del río Amazonas, que se llama el Marañón, en una isla poblada de cristianos que tiene por nombre Margarita, vi unas relaciones que venían de España sobre la gran cisma de luteranos que hay en ella que nos pusieron espanto y terror, y en nuestra armada hubo semanas antes un alemán llamado Monteverde y lo hice hacer pedazos, que nunca lo vi bien en nuestra compañía. Los hados darán la paga a los cuerpos buena o mala y aun peor, pero donde nosotros estuviéremos, cree (excelente) príncipe que cumple que todos vivan muy perfectamente en la fe de Cristo.

»La disolución de los frailes es tan grande en estas partes que yo entiendo que conviene que venga sobre ellos tu ira y castigo, porque no hay ninguno que presuma de menos que de gobernador. Mira, mira, rey, que no creas lo que te dijeren, pues las lágrimas que allá echan ante tu real persona son para venir a reír aquí y a mandar. Si quieres saber la vida que por aquí tienen es entender en mercaderías, procurar y adquirir bienes temporales, vender los sacramentos de la iglesia por precio, y son todos los curas que yo he visto enemigos de los pobres, incaritativos, ambiciosos, glotones y soberbios, de manera que por mínimo que sea un fraile pretende mandar y gobernar todas estas tierras. Pon remedio, rey y señor, porque a causa destas cosas y malos ejemplos no está imprimida ni fijada la fe en los naturales, y más te digo que si esta disolución de los frailes no se quita de aquí, no faltarán escándalos. Y cada día la gente se apartará más de la iglesia de Cristo.

»Si yo y mis compañeros, por la razón que tenemos, nos habernos determinado a morir desto, cierto, y de otras cosas pasadas, singular rey, tú has tenido la culpa, por no te doler el trabajo de tus vasallos y no mirar lo mucho que les debes, porque si tú no miras por ellos y te descuidas con estos tus oidores, nunca se acertará con el gobierno. Por cierto que no hay para qué presentar testigos, que es bastante de avisarte cómo estos oidores tienen cada uno cuatro mil pesos de salario y gastan ocho mil, y al cabo de tres años tiene cada uno sesenta mil pesos ahorrados y heredamientos y posesiones, y con todo esto, si se contentasen con ser servidos como a hombres, menos mal, aunque trabajo sería el nuestro. Pero por nuestros pecados quieren que doquiera que los topemos nos hinquemos de rodillas (y los adoremos) como a Nabuconodosor, cosa, cierto, insufrible. Y no piense nadie que como hombre lastimado y manco de mis miembros en tu servicio, y mis compañeros viejos y cansados en lo mismo, te he de dejar de avisar que nunca fíes destos letrados tu real conciencia, que no cumple a tu real servicio descuidarte con éstos, que se les va todo el tiempo en casar hijos e hijas y no entienden en otra cosa y su refrán entre ellos es a tuerto y a derecho, nuestra casa hasta el techo.

»Pues los frailes, en lo que a ellos toca, a ningún indio pobre quieren enterrar y están aposentados en los mejores repartimientos del Perú. La vida que llevan es áspera y trabajosa, porque cada uno dellos tiene por penitencia en su cocina una docena de mozas, y no muy viejas, y otros tantos muchachos que les van a pescar, a matar perdices y a traer frutas; todo repartimiento se tiene que hacer con ellos. En fe de cristianos te juro, señor y rey, que si no pones remedio en las maldades desta tierra que te ha de venir castigo del cielo. Y esto dígolo por avisarte de la verdad, aunque yo y mis compañeros no esperamos ni queremos tu misericordia, y aunque la ofrecieras escupiríamos en ella por deshonrosa.

»¡Ay, qué lástima tan grande que César y emperador tu padre conquistase con las fuerzas de España la superba Germania y gastase tanta moneda llevada destas Indias descubiertas por nosotros, que no te duelas de nuestra vejez y cansancio siquiera para matarnos la hambre un día! Sabes que sabemos en estas partes (excelente), rey y señor, que conquistaste a Alemania con armas y Alemania ha conquistado España con vicios, por lo que, ciertamente, nos hallamos aquí más contentos con maíz y agua, sólo por estar apartados de tan mala erronía, que los que en ella han quedado pueden estarse con sus regalos. Anden las guerras por donde anduvieren, que para los hombres se hicieron; mas en ningún tiempo ni por adversidad que nos venga no dejaremos de ser subjetos a los preceptos de la santa madre Iglesia de Roma. Más que tú y por mejores caminos que tú.

»No podemos creer (excelente), rey y señor, que tú seas cruel para tan buenos vasallos como en estas partes tienes, sino que estos tus buenos oidores y ministros lo deben de hacer sin tu consentimiento. Dígolo (excelente), rey, porque en la ciudad de Los Reyes, dos leguas della, se descubrió una laguna junto a la mar donde había algún pescado, que Dios lo permitió que fuese así, y estos tus malos oidores y oficiales de tu real persona, por aprovecharse del pescado, como lo hacen para su regalo y sus vicios, lo arriendan en tu nombre, dándonos a entender, como si fuésemos inhábiles, que es por tu voluntad. Si ello es así, déjanos, señor, pescar algún pescado siquiera porque trabajamos en descubrillo y conquistallo, y el rey de Castilla no tiene necesidad de cuatrocientos pesos, que es la cantidad en que se arrienda. Y pues esclarecido rey no te pedimos mercedes en Córdoba ni en Valladolid ni en toda España, que es tu patrimonio, duélete, señor, de alimentar los pobres cansados con los frutos y réditos desta tierra y mira, señor y rey, que hay Dios para todos e igual justicia, premio, paraíso e infierno. Y que no os escaparéis de ello.

»En el año de 1559 dio el marqués de Cañete la jornada del río de las Amazonas a Pedro de Ursúa, navarro o, por mejor decir, francés, y tardó en hacer navíos hasta el año de sesenta en la provincia de los Motilones, que es en el Perú, y porque los indios andan rapados a navaja los llaman desa manera. Aunque estos navíos, por ser la tierra donde se hicieron lluviosa y con mucha hormiga y hongos destructores, al tiempo de echarlos al agua se nos quebraron los más dellos; hicimos balsas y dejamos los caballos y las haciendas en tierras y nos echamos río abajo pobres como las ratas.

»Luego topamos los más poderosísimos ríos del Perú, de manera que un día nos vimos en el golfo dulce. Caminamos de prima faz trescientas leguas del embarcadero donde nos embarcamos la primera vez. No es mala jornada trescientas leguas sin parar en la línea equinoccial.

»Fue aquel gobernador tan perverso e vicioso y miserable que no lo pudimos sufrir, y así, por ser imposible aguantar sus maldades y por tenerme como parte en la causa como me tendrán (excelente), señor y rey, no diré más sino que lo matamos. Muerte, cierto bien breve y sin crueldad. Y luego a un mancebo caballero de Sevilla llamado don Hernando de Guzmán le alzamos por nuestro rey y le juramos por tal, como tu real persona verá por las firmas de todos los que en ellos nos encontramos, que quedan en la isla Margarita destas Indias, y a mí me nombraron su maese de campo, y porque no consentí en sus insultos y maldades me quisieron matar y yo maté al nuevo rey, y al capitán de su guardia, y al teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a su capellán clérigo de misa, y a una mujer de la liga contra mí, y a un comendador de Rodas, y a un almirante, y a dos alféreces, y otros seis aliados suyos, y con la intención de seguir la guerra adelante y morir en ella por las muchas crueldades que tus ministros usan con nosotros, nombré de nuevo capitanes y sargento mayor y quisiéronme matar y yo los ahorqué a todos.

»Caminamos nuestro rumbo pasando todas esas muertes y malas venturas en el río Marañón y tardamos hasta la boca que entra en la mar más de diez meses y medio. Anduvimos mil y quinientas leguas sin contar las revueltas ni las exploraciones de otros ríos afluentes y restingas y brazos de mar.

»Es río grande y temeroso, tiene la boca ochenta leguas de agua dulce, tiene grandes bajos y ochocientas leguas de desierto sin género de poblado, como su majestad lo verá por una relación que hemos hecho bien verdadera. En la derrota que seguimos tiene más de seis mil islas. ¡Sabe Dios cómo escapamos de lago tan temeroso, que es como una mar revuelta, con orillas llenas de alimañas ponzoñosas! Avísote, rey y señor; no proveas ni consientas que se haga alguna armada para este río tan mal afortunado porque en fe de cristianos te juro, rey y señor, que si vienen cien mil hombres ninguno escapará, porque la relación que te hagan será falsa y no hay en el río otra cosa que desesperar, especialmente para los chapetones de Castilla, que vienen a cosa hecha.

»Los capitanes y oficiales que al presente llevo y prometen de morir en esta demanda como hombres lastimados son: Juan Jerónimo de Espínola, genovés, almirante; Juan Gómez, Cristóbal García, capitanes de infantería, los dos andaluces; capitán de a caballo Diego Tirado, andaluz, que tus oidores, rey y señor, le quitaron con grande agravio indios que había ganado con su lanza. Capitán de mi guardia Roberto de Zozaya y su alférez Nuño Hernández, valencianos. Juan López de Ayala, de Cuenca, nuestro pagador. Alférez general Blas Gutiérrez, conquistador, de veintisiete años. Juan Ponce, alférez, natural de Sevilla. Custodio Hernández, alférez, de Portugal. Diego de Torres, alférez, navarro; sargentos Pedro Gutiérrez Viso y Diego de Figueroa y también Cristóbal de Rivas y Pedro Rojas. Juan de Saucedo, alférez de a caballo. Bartolomé Sánchez Paniagua, nuestro barrachel. Diego Sánchez Bilbao, proveedor. García Navarro, veedor general. Y otros muchos hijosdalgo ruegan a Dios nuestro Señor te aumente siempre y ensalce en prosperidad contra el turco y el francés, y todos los demás que en esas partes quisieren hacerte guerra, y en éstas Dios nos dé gracia que podamos alcanzar con nuestras armas el precio que se nos debe, pues nos has negado lo que de derecho se nos debía y pagarlo has de un modo u otro.

»Hijo de fieles vasallos tuyos vascongados, y yo, rebelde hasta la muerte por tu ingratitud. —Lope de Aguirre el Peregrino».

Al acabar la carta, Pedrarias contuvo la respiración tratando de identificar los rumores que se oían dentro de la casa. Y confirmó sus sospechas al oír el llanto de doña Elvira. «Esa niña llora —pensó— porque sabe que su padre me va a matar». Pero pronto dejó de oír aquel llanto, ya que delante de la casa los negros habían comenzado su fiesta. Tal vez la hacían allí —pensaba Pedrarias— por no apartarse de la casa del comandante, seguros de que iban a ser necesarios algunos dellos con sus cordeles. (Pedrarias no quería morir estrangulado y esperaba que Lope le hiciera merced de darle otra muerte menos vil).

Culebra, levántate —mandaba un negro encogido y sentado en sus talones.

¡Qué se levante la bicha!

El negro retrocedía saltando, encogido.

Ya lo ve. Que viene y me muerde asina.

Córrase vuesa mersé.

Entonces el negro, en cuclillas, brincaba de lado:

¡Qué viene a ver a la novia, la bija de su señol!

¡Cómo no!

Y el negro del tambor marcaba el ritmo con un gesto de disgusto que explicó a su manera:

Está aún sin bendesí. El tambor. El tambor sin bendesí.

Cambiaba el tema, pero el baile era el mismo:

El tambor.

El negro lo tañe aína.

El tambor.

Para el gallo y la gallina.

Tan aína.

El tambor.

Del pesebre der Señol.

Los soldados miraban indiferentes desde lejos. El que más y el que menos veía a los negros con recelo. No dejaba de ser posible que aquellos negros grandes, corpulentos, sonrientes, tuvieran intereses propios y diferentes de los de la armada. ¿Intereses? No se sabía, pero así como tenían un idioma diferente y bailes distintos, podían tener sus intereses secretos. Por fortuna, los negros eran pocos, no serían más de veinte y nunca llevaban armas. Los cordeles no lo eran en realidad, aquellos cordeles que llevaban al cinto y que se balanceaban con los movimientos de la danza.

Salió Lope de Aguirre y entregó la carta al cura de la Margarita. Luego llamó a Pedrarias, pero en su lugar salió Elvira llorando. Y detrás de ella, Antoñico el paje, con grandes ojos de gavilán asustado.

Aguirre, entre confuso e irritado, hizo volverse adentro a Elvira y dijo a Pedrarias que hablarían más tarde y que no saliera de la casa. Se lo dijo a él y no a los centinelas, lo que quería decir que no estaba preso, a pesar de todo.

También envió Lope de Aguirre con el cura al piloto Barbudo, hombre con fama de cobarde, que no servía sino para hablar y presumir y a quien por eso y por andar siempre echando broncas y desafíos le llamaban Metatrevo. «Harto triste es prescindir de vos —le dijo Aguirre al partir—, que ahora no vamos a tener de qué holgamos y reír».

Recibió también Lope una segunda carta de Burburata del alcalde Chávez, quien le daba noticia de que el gobernador Collado estaba muy temeroso en Tocuyo y hacía diligencias para traer una fuerte armada de Nueva Granada de modo que en Barquisimeto pudieran desbaratarlo.

Llamó Lope a Pedrarias y cuando éste creía que lo iba a matar se encontró con que le pedía consejo.

—Lo que yo haría en vuestro caso —dijo Pedrarias— es subir a Barquisimeto y ocuparlo antes de que llegue la gente de Collado.

—Ése es mi aviso también, y me alegro.

Decidió Aguirre salir cuanto antes, pero la noche anterior a la partida se desembarazó de tres soldados que hacía tiempo le molestaban y era seguro que tratarían de desertar. Uno era andaluz, de Bujalance, y se llamaba Benito Díaz. Era hombre de raros y extravagantes escrúpulos, que cuando se acostaba a dormir se ataba los pies él mismo, porque decía que en Lima un soldado amigo suyo se levantó una noche en sueños y sin despertar dio de estocadas a otro que dormía cerca. Tenía la obsesión de que en estado de sonambulismo podía hacer lo mismo y quería evitarlo.

Los otros dos sospechosos eran Cigarra y un tal Francisco Loro, los dos de la Margarita, arrepentidos de haberse alistado bajo sus banderas. Lope de Aguirre en persona los llamó y los llevó engañados con palabras amistosas al bohío donde estaban los dos negros. Carolino y Juan Primero quemaban su impaciencia con juegos infantiles, corriendo y persiguiéndose y cantando uno de ellos:

El diablo te lleve,

pero dígale que no…

Al aparecer Lope de Aguirre con los tres hombres desarmados dijo Carolino:

—Ahí dentro están los otros, señol, digo la escuadra de la guardia con almas, señol.

—Haced vuestro trabajo —respondió Lope— y no los llaméis.

Benito Díaz, que era marañón veterano, quiso escapar, pero Lope de Aguirre se había cruzado en la puerta con la espada desnuda.

—Vamos, Benito —le dijo—, que éstos no son juegos.

Dieron garrote los negros a los tres soldados. Después de acomodar el tercer cuerpo inerte junto a los anteriores los negros reían, y Lope les preguntó por qué. Respondió Carolino:

—No hay soldado ninguno ahí dentro, mi general. Lo dije porque vi que eran tres y nosotros sólo dos, y por veces ya se sabe lo que pasa, que algunos son reacios y no quieren obedesel.

Mandó Lope de Aguirre prender fuego al bohío para que los cadáveres se quemaran, ya que parecía un sistema más cómodo y expeditivo que abrir las fosas, trabajo que todo el mundo hacía a disgusto, incluso los negros. Estos acogieron la orden con júbilo.

La gente del gobernador Collado había puesto espías por los caminos de Barquisimeto, cerca de Valencia. Cuando vieron que Aguirre salía con su ejército, en el que figuraban noventa caballos requisados en Nueva Valencia, volvieron a avisar a Barquisimeto y en menos de veinticuatro horas los vecinos huyeron con sus familias, abandonando en sus casas víveres abundantes y objetos de valor, sin hacer caso de las exhortaciones de García de Paredes.

Todavía tardaron más de ocho días en llegar las tropas de Aguirre, pero aquella alarma fue muy oportuna, porque gracias a ella las tropas de auxilio que se habían concentrado en Tocuyo se acercaron a Barquisimeto a marchas forzadas. Todos —que serían unos sesenta hombres— tenían caballo, pero muy pocos eran buenos jinetes. Llevaban sólo tres arcabuces y uno de ellos sin cazoleta, que era casi inservible. En cuanto a las lanzas, la mitad eran de bambú, con punta de hierro sacada de las horcas campesinas que se usan para aventar la parva. La mayor parte no llevaban celadas, porque no las tenían, y usaban en su lugar los que llamaban por mal nombre yelmos borgoñones. Eran unas caperuzas hechas de cuatro colores de paños, con forros de algodón y de borra, que habrían aguantado una pedrada en peleas de niños, pero no una espada, y más parecían cosa de juego que de guerra.

El general Gutiérrez de la Peña, que era uno de esos jefes militares muy valientes y ligeramente feminoides en sus maneras —contraste que suele producir, por una extraña aberración, mucha simpatía en las tropas—, volvió a Tocuyo desde Barquisimeto, adonde fue para estudiar el terreno, y dijo al gobernador que si no conseguían más fuerzas todo lo que se podría hacer en Barquisimeto era entretener y retardar un poco el avance de Lope de Aguirre. García de Paredes tampoco se comprometía a más si no le daban refuerzos.

Hubo un incidente que no deja de tener gracia, y es que andando la pequeña tropa que llegaba de Tocuyo y hallándose a una jornada de distancia de Barquisimeto se encontró con las fuerzas de Lope de Aguirre en el interior de una selva que los dos atravesaban en direcciones contrarias. Las columnas iban en filas de a uno, porque la selva era tupida y a los dos lados los árboles y la maleza impedían los movimientos. La vanguardia de los realistas y la de Lope se encontraron y se detuvieron luego, sin saber qué hacer —en aquel lugar era imposible la maniobra para combatir—. Se pusieron a retroceder sin volver grupas, lo que fue bastante dificultoso para los unos y los otros.

Los del rey pudieron salir pronto de la selva, pero en las dificultades de la maniobra algunos soldados perdieron sus celadas borgoñonas y algunas lanzas de las llamadas moriscas. Aguirre las recogió y estuvo observándolas y burlándose de ellas.

Iban los marañones igualmente descuidados, sin armas defensivas y con los arcabuces sin mechas. Unos y otros se apartaron, y Aguirre encontró cerca unas rancherías de indios en unas minas de oro que habían sido abandonadas al saber la cercanía de Lope. Encontraron comida y se alegraron, pero Aguirre habría preferido encontrar a los negros y a los indios que trabajaban las minas, porque estaba seguro de que se le habrían incorporado.

Descansaron un día en aquellos ranchos, y al salir para reanudar el viaje se desencadenó una tormenta, con un gran aguacero. Tan grande fue, que dentro de la selva se formaban lagunas y el suelo, de hojas muertas y hierbas, se levantaba, como habían visto antes en las orillas del Amazonas. Siguieron, a pesar de todo, su camino, y cuando caía algún rayo cerca, Lope de Aguirre alzaba la voz y decía:

—¿Piensa Dios que porque llueva y caigan rayos no hemos de ir al Perú y hacer lo que debemos? En la mitad se engaña y otro tanto.

Luego decía que Dios era mal guerrero, porque no acertaba a matarle con alguna de aquellas exhalaciones.

Y la lluvia, aunque torrencial, era poca cosa para detenerle.

Al llegar a unas pendientes embarrizadas, los caballos y los mulos resbalaban y algunos caían y había que descargarlos para que pudieran levantarse. Hubo que cavar y hacer escalones, donde las uñas de los animales pudieran agarrar, y así fueron, por fin, subiendo.

Con aquellas dilaciones, la vanguardia —que pudo trepar mejor— se adelantó tanto, que cuando Lope de Aguirre y el resto de la columna llegaron a la cumbre los soldados no eran visibles y el caudillo comenzó a dar voces, pensando que habían desertado. Montando un caballo ligero pudo alcanzar a Juan de Aguirre y a los otros y les dijo:

—A fe que si no cambiamos mucho creo que no podremos llegar al Perú, según el desorden y la mala organización de vuesas mercedes. Al capitán de la guardia sólo tengo que decirle que no quiero verlo fuera del alcance de mi arcabuz.

Luego les obligó a todos a volver y a quedarse a la vista del resto de la fuerza.

Aquella noche acamparon cerca de la rompiente resbaladiza. Y el día siguiente se reanudó la marcha con más orden, de manera que no se perdieran unos a otros de vista. Lograron pasar del todo la serranía y bajaron hacia las verdes planicies de Barquisimeto, aunque lejos aún de la ciudad. Aquel lugar lo llamaban el Valle de las Damas, que era el nombre que le pusieron los descubridores primeros. Hallaron allí un río de aguas muy cristalinas y frescas, llamado el Aracuí, que sale más adelante a los llanos por un desfiladero, y los soldados se detuvieron a descansar.

Los de García de Paredes, que se habían retirado dejando espías, vieron la llegada de Lope de Aguirre al valle y dieron aviso a la ciudad.

Hicieron noche los marañones junto al río. Aquella noche Lope reunió a sus capitanes y les dijo que a medida que se acercaba a Barquisimeto tenía el barrunto de que algunos soldados se pasarían al enemigo y que a él le bastaban cien hombres de confianza para llegar al Perú. Les dijo que lo mejor sería matar aquella noche a los sospechosos y a los enfermos, que serían unos sesenta, para entrar en Barquisimeto seguros y fuertes. Pero no se atrevía Aguirre a tomar una decisión como aquélla sin su consejo.

Los capitanes le hicieron ver que si mataba a los sesenta los demás quedarían muy temerosos y sería aquélla una razón para abandonarlo, porque ya habían oído decir a alguno que Lope de Aguirre andaba conchabado con las tropas del rey e iban matando a todos sus soldados como si con eso quisiera hacerles servicio a los enemigos para presentarse al final a recoger el premio. Asustado Lope de Aguirre por aquellas palabras, decidió no matar a nadie sino en caso de extrema evidencia de traición.

Había entre las tropas de García de Paredes, en Barquisimeto, un marañón muy estimado en la armada de Lope de Aguirre, que había logrado huir en la Margarita. Era Pedro Alonso de Galeas, amigo que fue de Ursúa. Y el consejo que Galeas le daba a García de Paredes era que no diera batalla y que se limitara a andar cerca de la expedición de los marañones y a ofrecerles vagar y ocasión para que uno a uno y dos a dos desertaran, dejando solo a Aguirre con algún que otro desalmado que le sería fiel hasta el fin.

Galeas había huido de la Margarita porque se sintió en grave peligro con Aguirre un día que, preguntándole éste cómo estaban de tambores, Galeas le dijo que había dos sin pergamino, con sólo las cajas. Aguirre le dijo: «Vive Dios, Galeas, que si os descuidáis voy a hacer esos tambores con vuestro cuero». Poco después, y a la hora de embarcar para salir de la Margarita, alguien dijo en voz baja, pasando cerca de Galeas: «Andad alerta, que os quieren matar». Y entonces Galeas escapó.

Logró llegar a salvo a Burburata y huir al interior hasta encontrar las fuerzas de Tocuyo.

Al principio, García de Paredes sospechaba que Galeas podía ser un espía de Aguirre, pero después de algunos días le tomó confianza. Y llegó a comprender que sus consejos podían ser valiosos. Insistía mucho Galeas en que los que iban con Aguirre estaban deseando desertar y que el caudillo no tenía más tropas adictas que treinta y cinco o cuarenta marañones demasiado comprometidos por sus crímenes. Los otros se pasarían al campo del rey con armas y banderas si tenían ocasión.

García de Paredes, que era hombre de espíritu civil y de buena razón, organizó sus planes de acuerdo con aquellos consejos. Estaban en Barquisimeto, pero al aproximarse las fuerzas de Aguirre abandonaron la población y quedaron acampados una legua más atrás.

Entretanto, Pedrarias se extrañaba al despertar cada mañana de verse vivo todavía. En una ocasión le había dicho Lope, con un acento más de zozobra que de amenaza:

—Si las cosas llegaran a término de perdición, lo que no espero, pensad bien lo que hacéis, porque podéis causar grandes desventuras a alguna persona que no tiene culpa de nada.

No lo entendía Pedrarias, pero no se atrevió a preguntar, sospechando que tal vez andaba Elvira por medio, y en aquel caso el problema era de una extrema delicadeza para los dos. Desde aquel momento comprendió Pedrarias que su vida estaba segura y miraba a la niña con más ternura y al padre con más respeto que antes.