XII

Entretanto, Martín Pérez, desembarcado a dos leguas de distancia, al saber dónde estaba Lope de Aguirre, quiso ir a su encuentro, pero tuvo que esperar a que volvieran Zozaya y Francisco Hernández, que habían ido con algunos negros a buscar víveres y agua. Esperándolos se hizo de noche.

Sancho Pizarro, que había sido el primero con Martín Pérez en bajar a tierra y una vez más no parecía tener interés en lo que le rodeaba, cuando le dijeron que Zozaya había ido a buscar agua exclamó: «Ah, sí. Había olvidado que tenía sed». Por cosas como ésa, Lope decía de él que estaba aneblado.

Quería decir «peligrosamente entontecido».

A medida que caminaban todos en la oscuridad, Martín Pérez iba pensando en Sancho Pizarro. Se había propuesto no volver a matar a nadie sino en acción de guerra, pero era imposible dejar sin cumplir una orden de Lope.

Habiéndole dicho el caudillo marañón que había que acabar el negocio de Pizarro por el camino, llamó a uno de los negros:

—¿Va armado vuesa merced? ¿Lleva daga? ¿Tiene cordeles?

El negro, que se llamaba Asunción el Mocho, porque sólo tenía medio brazo izquierdo, dijo que sí. Un negro no podía ir sin cordeles porque a menudo le mandaban que trasladara cosas muy pesadas de un lugar a otro. Daga no tenía, pero cordeles sí.

Entonces Martín Pérez vio que su defecto físico le podía entorpecer, y el negro Asunción comprendió y le dijo:

—Aquí, mi hermano puede ayudalme, según el negosio que sea.

Martín, que era hombre de pocas palabras, le mostró la cartulina de Lope, famosa ya entre los negros. El mocho comprendió:

—Si aguarda vuesa merced, pronto llegaremos a donde Juan Primero —dijo, prudente.

—No, no podemos esperar.

Entonces habló el negro con su hermano un momento, en una lengua africana, y se les oyó reír a los dos con una satisfacción de sí mismos un poco indecente. En aquel momento, próxima a salir la luna por detrás de una montaña, se percibía sobre ella en el horizonte un creciente resplandor.

Dijo Martín Pérez que tenía que hacerse aquello antes de que saliera la luna del todo.

Tienen los negros supersticiones relacionadas con nuestro satélite y debieron pensar que la prontitud era por motivos de orden religioso. El maestre de campo preguntó al segundo negro cómo se llamaba y Asunción advirtió:

—Éste no tiene nombre.

—¿Cómo?

—No está bautizado. Se le dice Vos y acude.

—¿Y no tiene algún nombre africano, guineo o congolés?

—Ah, eso sí, señor. Yattaba. Pero no se lo pusieron con la crisma, y por eso digo que si lo llama vuesa mercé Vos también acude.

Indicó Martín Pérez quién era la víctima y Asunción atajó:

—Ya sabemos mero quién es Pisarro. Digo, el Sancho Pisarro. ¿Verdad, Vos?

El Vos sonreía, y aquella sonrisa era su manera de afirmar.

Dijo Martín Pérez que iba a pedir a Sancho que se quedara atrás esperando a dos que se habían rezagado —lo que no era verdad—, y entonces los negros podrían hacer su trabajo.

Se fue quedando atrás Pizarro para esperar a los supuestos rezagados, y cuando la mitad de la luna asomaba por encima del monte oyó Martín Pérez detrás un rumor de pelea, forcejeo y voces de sorpresa de Pizarro. Pensó Martín que no habían tenido suerte los negros, ya que la mudez del agarrotado era la primera señal del éxito y se detuvo a esperar.

Los negros andaban a vueltas y en tumulto.

—¿Qué pasa, señor Pizarro? —preguntó Martín sólo por comprobar que se trataba de él.

—Estos negros hideputas, que no sé qué me quieren.

Y seguían forcejeando. Martín volvió a preguntar en las sombras:

—¿Qué dice vuesa merced, señor Pizarro?

Esta vez no respondió, y sin dejar de oírse forcejeos y alguna lucha, el negro Asunción le dijo a su hermano:

—Ya está, Vos. Digo que ya no hay que haser sino aguardar, Vos.

Siguió Martín Pérez camino adelante hasta alcanzar a los otros y se guardó la vitela en el bolsillo para devolvérsela a su jefe. Le quedaba alguna duda y no estaría tranquilo hasta que volvieran los negros y le dijeran que el trabajo estaba hecho.

Así pues, iba caminando despacio y esperando.

A la luz de la luna se veía bien el paisaje. Había una albufera grande que llamaban la Restinga, no cerrada del todo, sino abierta al mar, durante la marea alta, y alrededor, unas dos leguas de tierra envolviéndola por tres lados.

El monte por donde aparecía la luna se llamaba Copei y estaba cubierto de árboles, con dos valles anchos y profundos de buena tierra cultivable, uno al Este llamado de la Asunción y otro al Oeste, del Espíritu Santo. En la costa del lado Oeste había bancos de perlas y los vecinos tenían indios que bajaban buceando a pescarlas.

Cuando llegó Martín Pérez con su gente al lado de Lope de Aguirre, éste le dijo:

—¿Se ha hecho el trabajo?

—Sí, señor —y le devolvió Martín la vitela mugrienta.

Entonces sucedió algo de veras curioso. Lope de Aguirre dijo dos o tres nombres más y advirtió que había que despacharlos también si seguían enredando. Martín Pérez, visiblemente indignado, alzó la voz:

—¡Por vida de Dios que yo no sé con qué gente queréis hacer la guerra si cada día matáis a seis o siete!

—Vaya, Martín Pérez, se ve que traéis buen rejo del camino.

—Más necesidad tenemos de allegar gente nueva que de matar la vieja, si ha de lucirnos el pelo. Digo, si queremos tener victoria.

—No es el número el que hace la fuerza. Ni el mucho gritar.

Martín Pérez se calló.

Además de Rodríguez, que fue a Yua —la capital— con una carta de Lope de Aguirre, habían ido tres o cuatro soldados también sin armas y muy derrotados a pedir comida a unos ranchos prometiendo pagarla.

Habían creído al principio los vecinos de la isla que aquellos bergantines eran de corsarios franceses y algunos se apercibieron a la defensa. Al ver cuán diferentes eran, se alegraron, y, como suele suceder, la sorpresa les hizo confiarse más de lo razonable.

Con la carta que llevaba Rodríguez y lo que dijeron los otros soldados decidieron las autoridades de la Margarita enviar a alguien a entenderse personalmente de lo que sucedía en la costa y salieron al encuentro de Lope de Aguirre dos o tres personas civiles con Gaspar Hernández, que era alcalde de Yua. Antes había hecho Lope que se escondieran las tropas en las bodegas del bergantín, como ya dije. Sólo se veían en la cubierta los dolientes de hambre o de enfermedad.

Cambiaron saludos y Aguirre hizo un discurso hablando de la navegación del Amazonas a su manera y diciendo que habían salido del Perú diez meses antes y que tenían muy gran necesidad de socorro: «Dios nos ha traído a esta isla —dijo humildemente— para que no acabemos de sucumbir y les ruego que nos den alguna ayuda de carne, pan y vino, que lo pagaremos y seguiremos nuestra derrota al Nombre de Dios y luego al Perú».

Gaspar Hernández, convencido por la prosa lastimera de Lope, hizo matar dos vacas y mandó a Yua a buscar pan y vino. Hicieron campamento allí, se encendió fuego y en pocos momentos estaba la carne puesta a asar. Lope de Aguirre presentó a Hernández una capa de terciopelo guarnecida de pasamanos de oro de ley que había sido de Ursúa. Se vio Hernández vistiendo aquella capa en las solemnidades oficiales y se sintió convencido, pero, por si acaso no bastaba, Lope le dio una copa de plata sobredorada y le dijo:

—Vuesas mercedes tal vez tendrán en algo estas alhajas y otras que traemos a bordo, pero para los hombres de camino y de guerra poca ayuda o ninguna son.

Entró Hernández en camaradería con Lope y con los otros soldados y envió una carta al gobernador de la isla, don Juan de Villaldrando, que estaba en Yua, diciendo que los recién llegados eran gente de paz que sólo quería tomar víveres y que tenían buenas prendas con qué pagarlos.

El gobernador y sus oficiales habían retenido consigo a Diego Tirado y a los mensajeros que llegaron primero hasta asegurarse prudentemente con las impresiones de Gaspar Hernández, porque habían tenido experiencias desagradables y no pasaban por la palabra de cualquiera. Pero cuando el gobernador leyó aquella carta de Hernández se acabaron los recelos y dio orden a sus auxiliares para que bajaran al puerto con alimentos, y el mismo gobernador se dispuso a ir con uno de los alcaldes ordinarios, llamado Manuel Rodríguez, y el regidor Andrés de Salamanca y dos o tres personas más de la administración de la isla.

Salieron todos a caballo y hacia la medianoche, porque ningún español solía salir de casa durante el día a causa del sol y de su furia equinoccial, aunque estaban un grado o dos más al Norte que el Amazonas.

En la playa seguía Lope de Aguirre solo con los enfermos y algunos soldados sin armas a la vista, que comían a dos carrillos. Los otros, que eran la mayoría, llevaban más de doce horas sin comer ni beber y seguían aguantando pacientemente bajo cubierta, a pesar de estar oliendo desde allí la carne asada.

Cuando Lope vio llegar al gobernador y a su séquito se adelantó a recibirlos. Él y los marañones que lo acompañaban le ayudaron a desmontar con grandes reverencias y Lope se inclinó a besar la mano del gobernador. Él se la negó y Lope insistió diciendo: es mi obligación. Entre los caballos iba y venía un perro de casta indefinible, a quien el gobernador llamaba Solimán.

Los soldados que llevaba Lope de Aguirre con el pretexto de ir a atar a los caballos los apartaron un trecho, de modo que no pudieran las autoridades de la isla saltar fácilmente sobre ellos cuando llegara el caso.

Abrazó el gobernador a Lope de Aguirre cuando supo que era el jefe de la expedición, lo que no dejó de extrañarle —tampoco pasó desapercibida su extrañeza a Aguirre—, y caminando hacia el bergantín, cuando estuvieron todos cerca del agua, Lope hizo otro pequeño discurso: «Señor gobernador y señores míos. Los soldados del Perú más se precian de traer consigo buenas armas que vestidos ricos, aunque los tienen sobrados, digo, para el bien parecer. Y así suplican a vuesa merced, y yo les ruego también de mi parte que les den permiso para saltar a tierra y sacar sus armas y arcabuces, porque en el bergantín se toman de moho y puede que de paso hagan vuesas mercedes mercado y feria con las cosas que traen encima, de los cambalaches con los indios, que no faltan algunas de valor».

Contestó el gobernador que lo tenía a bien y cualquiera en su caso habría hecho lo mismo, ya que la apariencia de Lope no podía ser más inocente y todo presentaba un aspecto pacífico. Por si algo faltaba a algunos pasos, estaba la Torralba, sentada en un poyo, y Elvira, a su lado, con la cabeza en la falda de la dueña, dormía.

En todo caso, con la venia del gobernador, Lope de Aguirre se acercó al bergantín y gritó:

—Ea, marañones míos, aguzad vuestras armas, limpiad vuestros arcabuces, que los traéis húmedos de la mar, porque ya tenéis licencia del gobernador para saltar con ellos a tierra, y cuando el gobernador no os la diera, vosotros os la tomaréis, que hombres sois para eso y para más.

Al gobernador le extrañaron estas últimas palabras.

Salieron todos los soldados de las bodegas y en la misma cubierta del bergantín hicieron una salva de saludo al gobernador disparando diez arcabuces al mismo tiempo, con lo que Elvirica despertó asustada. Luego bajaron alabarderos, lanceros, soldados y oficiales de todas las armas en porte de campaña, es decir, armados como si fueran a entrar en batalla. Miraba el gobernador sin acabar de creer lo que veía y su extrañeza aumentó cuando vio que aquellos soldados, instruidos ya de antemano, rodeaban a las autoridades por completo.

Sin violencia aparente alguna, eso no.

Al contrario, con la sonrisa de Lope de Aguirre y las excusas del maestre de campo, que tropezó sin querer con el alcalde Hernández. El perro Solimán, pisado por un soldado, aulló dos veces.

Luego que estuvieron cercados los hombres que tenían mando en la isla, Lope de Aguirre preguntó al gobernador de quién era un navío que habían visto en otra bahía al llegar, que parecía de buen porte y arboladura. El gobernador, no muy seguro de voz y comprendiendo que había formado opiniones prematuras sobre aquella gente, dijo que el navío lo mandaba un fraile, el padre Montesinos, de Santo Domingo, que había llegado tres días antes, y no estaban muy contentos los de la isla porque quiso llevarse a los indios de servicio para la guerra de los araucos, según decía. La población de la isla no quería renunciar a sus indios, que eran los que hacían todos los trabajos duros.

—¿De qué orden es el fraile?

—Es provincial de los dominicos, se llama fray Francisco de Montesinos y lleva algunos soldados. El barco es un navío de gran porte.

Luego se miraban en silencio los unos y los otros y Lope de Aguirre pensaba en el navío con codicia.

—Vuesas mercedes —dijo— no quieren perder los indios, claro.

—Si no fuera por ellos —confesó Hernández—, ¿quién iba a trabajar la tierra? Ellos están acostumbrados a los rigores del clima.

Vivían los españoles de la Margarita en una especie de paraíso natural. Fuerte era el calor, pero gracias a él tenían en la isla hasta cuatro cosechas al año. La incomodidad valía la pena.

Cada vez que al azar del diálogo Hernández llamaba señoría al gobernador, Lope de Aguirre los miraba a los dos con zumba. Y dijo a Villaldrando que los soldados le agradecían la atención de dejarlos desembarcar con sus armas. Respondió el gobernador que, puesto que la isla estaba en paz y no había amenaza exterior ninguna, podían los soldados dejar las armas y conservar sólo una guardia armada, si es que la creían necesaria.

El gobernador y las otras autoridades suponían que los soldados se ofrecían para las necesidades militares de la isla. Quiso apartarse con sus oficiales, y al ver el cordón de soldados que les rodeaba dijo un poco impaciente:

—¿Qué hacen vuesas mercedes aquí? ¿Qué pretenden?

Lope, acompañado de Martín Pérez, se acercó al gobernador:

—Nosotros, señores —le dijo—, vamos volviendo al Perú, donde de ordinario no faltan guerras ni alborotos, no solamente con los indios bravos, sino también entre los españoles, y yendo como vamos en servicio del rey, no sería bueno que nos pusieran dificultades, y así, y sintiéndolo mucho, es conveniente para todos que vuesas mercedes dejen las armas y se declaren presos. No se alarmen vuesas mercedes, que esto lo hago sólo para que se nos dé el avío necesario para nuestra jornada sin discusiones ni demoras ni aplazamientos.

El gobernador y los suyos se hicieron atrás preguntando, asombrados:

—¿Qué quiere decir con eso vuesa merced?

Algunos de ellos echaron mano a la espada, pero fue inútil, porque los marañones les pusieron las partesanas en los pechos y les apuntaron con los arcabuces.

Una vez desarmados tomaron los marañones sus caballos que serían hasta ocho o diez y salieron a los caminos para evitar que nadie diera noticias de lo que ocurría. Cuando veían a alguno a caballo lo alcanzaban, le quitaban el animal y lo obligaban a ir a la playa a pie para engrosar el número de los presos.

En poco tiempo se hicieron con una docena más de animales, todos excelentes.

Dispuso entonces Lope la marcha a la ciudad de Yua, que no estaba lejos. Veinte caballeros cabalgando a los dos flancos de la columna, y los demás, bien armados, a pie.

Montaba Lope el caballo del gobernador, a quien invitó a subir a las ancas. «Que vuestras mercedes —dijo— están acostumbrados aquí a la molicie y al regalo». El gobernador, indignado, se negó a subir, y entonces Aguirre desmontó y dijo:

—Pues que vuesa merced no quiere montar, vayamos todos a pie.

Pero los otros marañones no desmontaban, y al poco rato, con la molestia de las armas y del calor, volvió a cabalgar Lope de Aguirre y a invitar al gobernador, quien aceptó por fin, estoico y miserable. Le decía Lope para animarle que aquello no tenía importancia y que todo consistía en apartar un poco a las autoridades para dejarles libertad a aquellos soldados mientras estuvieran en la isla, porque venían entumecidos en los bergantines. Luego volvía la cabeza y preguntaba:

—Recias calores padecen aquí. Ya tendrán también lindas doncellas indias o mestizas que les hagan aire, ¿no es verdad?

Los otros no respondían. En el caballo de Pedrarias iba Elvirica, a la grupa. La Torralba detrás, a pie, acompañada del perro Solimán, que se hizo su amigo.

El gobernador dijo a Lope que tuviera cuidado con lo que hacía, porque era hombre de relaciones estrechas con las autoridades de la audiencia real de Santo Domingo. Lope de Aguirre comentó:

—No lo dudo; ya me imagino que vueseñoría es persona de suposición. Por eso lo trato con tantos respetos. Por mi lado también puedo deciros que no va mal acompañado. Yo me entiendo directamente con el consejo de Castilla.

Acudían algunos habitantes curiosos en sus caballos y Lope de Aguirre los hacía desmontar y les quitaba las cabalgaduras. Las tomaban los marañones y los pobres isleños se veían obligados a seguir la comitiva a pie. A veces Lope, para justificar el despojo, decía:

—Es sólo por algunos días. Y puede sentirse halagado vuesa merced, porque su caballo lo monta ahora un mayorazgo de una casa noble de Ciudad Real.

Los marañones reían, pero no demasiado, porque sabían que Lope no gustaba de que sus rasgos de humor acabaran en chacota.

Martín Pérez, que montaba una jaca excelente, se adelantó con un grupo de jinetes para tomar posesión de la plaza de Yua antes de que llegara Aguirre, y así lo hizo, entrando en la ciudad el día de la Magdalena, que era martes, al amanecer. Dio voces en el centro de la plaza, a las que respondían los otros marañones: «¡Viva Lope de Aguirre!».

Con regocijo y galopando por las calles fueron todos a aposentarse a la fortaleza, que estaba abierta, y en cuyos establos encontraron más animales, con los cuales podían formar los invasores un poderoso y lucido escuadrón.

Los soldados, esparcidos por el pueblo, quitaban las armas a los vecinos que encontraban, y si alguno quería resistir lo ofendían con grandes insolencias y lo desarmaban por la fuerza, aunque evitando hacerles daño.

Antes de media mañana, la isla entera estaba alarmada y a la defensiva, pero las autoridades habían sido reducidas a prisión y las órdenes las daba en la isla el caudillo vasco, cetrino y malcarado.

Había en la fortaleza unos veinte presos vigilados por la guardia.

Después de comer regresaron todos a la plaza, donde trataron de cortar el rollo, que era un grueso tronco de duro guayacán, pero dar en él era lo mismo que dar en una roca, y el acero de las hachas se embotaba sin hacer mella.

Se irritaba Lope con aquella resistencia y decía: «Si piensa el rollo que va a seguir ahí en honor de su majestad, se equivoca en la mitad y otro tanto, y si no quiere dejarse destruir, aquí se quedará, pero será para servirnos a nosotros». Luego, con voz alegre, preguntaba a los marañones más próximos:

—¿Qué dicen vuesas mercedes? ¿No han visto cómo se toma una isla sin gastar pólvora ni derramar sangre?

Fue Lope de Aguirre con los suyos a donde estaba la tesorería, y sin esperar las llaves ni preguntar quién las tenía hicieron pedazos las puertas y la caja, de donde sacaron gran cantidad de oro y de perlas de los quintos del rey y destrozaron los libros de cuentas.

—Me siento un hombre nuevo —decía Lope de Aguirre yendo y viniendo.

Estaban ocupados en aquello cuando apareció una señora anciana vestida de modo llamativo y apoyada en un bastón, diciendo:

—Buen favor hacen vuesas mercedes a Villaldrando, porque ahora sus cuentas serán las del Gran Capitán, dando por perdidos en manos de vuesas mercedes los dineros que él se ha comido.

—¿Quién es vuesa merced? —preguntó Lope.

La señora se irguió, ofendida:

—Llamadme vueseñoría, que yo soy la verdadera gobernadora de la Margarita.

Creyó Lope que estaba loca y no le hizo caso.

Ya dueño de la ciudad, dio un bando diciendo que condenaba a muerte a todos los vecinos que a partir de aquel momento no comparecieran con todas las armas que tuvieran lo mismo ofensivas que defensivas y que nadie podría salir de la ciudad sin permiso escrito.

Después hizo llevar a la plaza una cuba de vino de cuarenta arrobas que sacaron de casa de un mercader y allí bebieron alegremente.

Un vecino oficioso o malintencionado acudió a decir que Villaldrando no era sino el teniente gobernador y que la gobernadora era su suegra, que era de mucha más edad y que presumía de venir de los godos. Lope de Aguirre lo miraba y se preguntaba: «¿Con qué intención viene este sujeto a decírmelo?».

Tuvieron noticias los marañones de que un comerciante llamado Gaspar había mandado esconder un barco suyo que llegaba de la isla de Santo Domingo, por lo cual Lope le amenazó de muerte si no decía dónde estaba. El hombre confesó y el barco fue desvalijado. Traía muchas mercaderías valiosas de Castilla. Repetía el hombre:

—Arruinado soy, y más me valdría ahora irme con vuesas mercedes a ser carne de horca.

Dio orden Lope de que algunos marañones entre los más adictos recorrieran todas las viviendas e hicieran un inventario con aquellas cosas que hallaran y que fueran útiles para la expedición y la guerra o, simplemente, para el capricho de los marañones y así se hizo, con los excesos naturales. Lo mejor que encontraron lo trasladaron a la fortaleza y lo otro quedó a cargo de sus propios dueños, a quienes advirtieron que estaban apuntados en las listas, y que si faltaba un adarme pagarían con sus vidas.

Se apoderó Lope de las mercaderías que había almacenadas en la isla por cuenta del rey para llevarlas a España, las repartió entre sus soldados y mandó que reunieran en el puerto todas las canoas y piraguas. Una vez juntas, les prendió fuego para que no pudiera ir nadie a llevar aviso a la costa de tierra firme que se veía a lo lejos.

Así transcurrieron los dos primeros días de ocupación de la Margarita, que encontraron los marañones más rica de lo que creían, lo mismo de alimentos que de otras vituallas, incluidas algunas cosas de lujo traídas de España o preparadas para ser enviadas al rey.

—Miren vuesas mercedes —decía Aguirre— qué vida se dan estos castellanos, que creen haber llegado al cielo antes de morir. A fe que voy a darles qué sentir y lo van a pagar de su pellejo.

Algunas mujeres miraban por las ventanas cuando pasaban soldados marañones y hacían comentarios. No acababan de creer que en pocas horas estuvieran el gobernador y las demás autoridades presos, sus haciendas robadas, alguna casa incendiada —cuando creían los soldados que les habían ocultado algo—, los ganados recogidos y acorralados para alimento de la tropa. Todo aquello lo había hecho un hombre enteco, malcarado, estropeado de una pierna y cubierto de hierros, mientras que los demás, civiles y militares, iban casi en cueros.

Antes de entrar en la fortaleza el maese de campo Martín Pérez aconsejó a Lope de Aguirre:

—Quítese vuesa merced la cota y vístase otra camisa, que lleva ésa muy sudada.

Esto le pareció sospechoso a Lope, quien comenzaba a tener entre cejas a Martín por varias razones. La primera porque antes de llegar a la isla había dicho a bordo del bergantín que el esqueleto del comendador Guevara les seguía por el mar. Lo bueno era que otros soldados dijeron haberlo visto relucir en la noche poco después de salir de la boca del Amazonas. Había dicho Martín en broma aquello de ser seguidos por el esqueleto del comendador, pero luego le aseguró a Lope haberlo visto realmente.

Otro motivo de recelo era el haberse opuesto Martín a que Lope llevara a cabo otras ejecuciones que tenía planeadas y el preguntarle: «¿Con quién va su merced a hacer la guerra, si cada día mata a seis o siete hombres?».

—Id a la guardia —dijo Lope a Martín— y consideraos en estado de arresto.

Martín obedeció, aunque advirtiendo a Lope que no comprendía el motivo y que haría mejor en explicárselo.

Había en la isla algunos jóvenes descontentos de Villaldrando que viendo las libertades de los marañones se unieron a ellos, Lope estaba muy orgulloso de aquellas adhesiones y repetía:

—Ya ven vuesas mercedes; estos hombres vienen a nuestras filas y juro a Dios que será para medro y prosperidad de todos. Ya verán vuesas mercedes cómo otros muchos acudirán a nuestras banderas en la tierra firme y todos juntos no hemos de parar hasta ocupar el Perú.

Se le acercaron algunos a preguntar por Martín Pérez y el caudillo mandó llamar al comandante de la guardia:

—¿Qué hace Martín? —le preguntó—. ¿No ha dicho palabra, buena ni mala?

—No, que yo sepa.

—¿Tampoco habló del esqueleto del comendador?

El comandante de la guardia creyó que aquello era una broma de Lope y rió sin contestar. Entonces fueron los dos a la guardia, Lope levantó el arresto a Martín y hasta le dio excusas. Salió Martín sin hacer comentario alguno y volvió a sus tareas de maese de campo como si tal cosa.

Lope subió a la fortaleza, fue a sus habitaciones, y poco después, viendo pasar a su hija delante de la puerta de su cuarto, le gritó:

—¡Teneos derecha, Elvira! ¿Cómo os lo voy a decir?

La niña se asomó asustada, con los hombros echados atrás y los pechos ostensibles. Por un espacio breve como el de un parpadeo, el caudillo marañón miró a su hija con ternura:

—Eso es. Si a vuestra edad no sois gallarda, ¿cuándo?

Entonces la niña se puso dulce y coqueta, acudió a su padre, lo besó en las barbas, y Lope, reprimiendo su gozo, le dijo:

—Dejadme, hija, que estoy ocupado.

A todo esto, Lope hacía firmar a los que se enganchaban como soldados un documento en el que renunciaban a su nacionalidad de españoles, y como compensación les daba pagas adelantadas del dinero del rey.

Luego Lope les dio alguna libertad para hacer y deshacer en la isla y tomar lo suyo y lo ajeno sin cuidado. Los soldados nuevos fueron especialmente útiles para descubrir riquezas ocultas.

Las escaleras de la fortaleza eran de madera y cada peldaño gemía en un tono diferente bajo el pie de los marañones.

A veces pasaba la gobernadora cerca y se quedaban todos mirando su vestido de brillante seda amarilla.

—¿Y esa vieja loca, quién es? —les preguntaba Lope.

—No está loca. Es la gobernadora, de veras.

Lope de Aguirre no acababa de comprenderlo.

La gente de la isla se había recogido en aquel rincón a vivir una vida de hidalgos perezosos. La conciencia de clase era tremenda en todos y había quien creía venir de doña Juana la Loca y otros llevaban insignias caballerescas sin derecho.

Todos andaban estirados y se exigían recíprocamente respetos más o menos pintorescos.

Algunos tenían dos muchachas negras para mecer la hamaca.

Vio Lope que entre los presos el gobernador Villaldrando exigía una celda separada por ser de más categoría que el alcalde, y éste también para no compartir el mismo lugar con el alguacil.

—Oh, los bellacos —decía Lope—; yo he venido aquí con el rasero y les voy a hacer entender quién es cada uno.

Pero Lope no dejaba de pensar en el navío del padre provincial fray Francisco de Montesinos. Los dos bergantines estaban comenzando a descoyuntarse y mal anclados con los embates de las olas se desmejoraban más cada día.

El barco del fraile estaba en la bahía que llamaban de Maracapana, donde había un poblado de indios. Bajaba el provincial a veces con algunos soldados y trataba de alistar hombres para la guerra del arauco, pero andaba alerta porque sabía lo que estaba sucediendo al otro lado de la isla. Fueron interceptadas dos comunicaciones del dominico dirigidas a Villaldrando. No sabía aún que el gobernador estaba preso, lo que extrañó mucho a Lope, quien dedujo que los isleños, por miedo a la responsabilidad, se conducían con prudencia y no iban a llevarle noticias al fraile. No todas las noticias, al menos.

Sabía Lope que el barco del provincial estaba artillado, lo que para sus planes era de importancia esencial. Envió, pues, uno de sus bergantines inseguros con dieciocho soldados y un capitán llamado Mungía. Como piloto iba un negro veterano de aquellas costas que habían hallado en Yua y se les ofreció. Iban los soldados con la orden de apoderarse del navío a toda costa y llevarlo a la rada más próxima a la capital.

Partió Mungía sin esperar, y cuando se acercaba a la bahía de Maracapana le pareció mejor pasarse al lado del religioso que quedarse con Lope y el padre provincial los recibió sin recelo hasta que Mungía le dijo con todos sus detalles lo que sucedía en la isla y lo que Lope había hecho en el Amazonas. Entonces fray Francisco pareció desconcertado, y apartándose de los soldados les ordenó que dejaran las armas en un rincón. Ellos lo hicieron advirtiendo además que le darían cualquier otra prueba de lealtad si las quería.

El dominico, todavía inseguro, les dijo que los llevaría a la costa de tierra firme aquel mismo día y avisaría a las autoridades de Burburata para que tomaran medidas. Mungía le respondió que lo tenían a bien y que hiciera todo lo que mejor le pareciera para el servicio de Dios y del rey.

No tardaron los soldados de Mungía y su jefe en desembarcar en la costa de Burburata y el padre Montesinos dio noticia a las autoridades de la cuantía, armamento e intenciones de las fuerzas de Lope y de los crímenes cometidos en su viaje por el Amazonas, todo lo cual produjo algún asombro y alarma. Volvió después el fraile con su barco a la Margarita y fondeó otra vez en la bahía de Maracapana.

A todo esto, Lope consideraba ya suyo el navío —es decir, en poder de Mungía— y dio un bando obligando a la gente de la isla a llevarle seiscientos carneros y algunos novillos para matarlos y salarlos y que le hiciesen una cantidad determinada de cazabe. Todo debía estar listo en un plazo determinado para embarcarlo en el navío del padre Montesinos, en el cual partiría cuanto antes para Panamá.

La vida en la isla era muy gustosa. Los soldados estaban distribuidos en diferentes casas y Lope obligaba a los isleños a tratarlos bien, amenazándoles si no con grandes castigos. Pero algunos vecinos, después de recibir a un soldado, protestaban y pedían un capitán por ser gente de calidad, según decían, y merecer huéspedes de nota. Lope les mandaba decir que el supuesto soldado era de la casa de Fernán Núñez y había ido a Indias por un mal paso en rivalidad de amores.

Cuando los isleños se dieron cuenta de que Lope se burlaba de ellos, ya no reclamaron más.

Los soldados iban a comer a aquellas casas, pero a la hora de dormir no se fiaban de nadie y se reunían en la fortaleza de Yua, donde dormían más tranquilos. Había en una esquina del corredor de abajo una imagen de Santiago a caballo, pero el caballo era un caballito de mar y el artista que lo hizo debía ser un humorista.

Mandó Lope de Aguirre un día juntarse en la plaza de la ciudad a todos los isleños que pudieron acudir y les hizo un discurso: «Los más de vuesas mercedes tendrán ya entendido que no somos venidos a esta isla para quedarnos ni para dar disgusto a nadie; antes al revés, traemos todos el deseo de hacerles servicio. Dios me es testigo de que no pensaba quedarme aquí más que cuatro días. Pero mis navíos venían tan mal acondicionados que era imposible seguir con ellos y me es forzoso, ya que Dios me lo depara, de aguardar aquí el barco del provincial. Yo creía que se quedaría, pero me dicen que ha salido otra vez con rumbo a Burburata y de allí a Santo Domingo. Ahora hemos de aguardarlo para tomarlo por las armas con fuerzas que tengo destacadas en Maracapana, y eso será mejor para vuesas mercedes que detenernos todos aquí más tiempo haciendo consumo y causando desorden en vuestras costumbres mientras construimos otro u otros bergantines. Pueden estar todos ciertos de que en cuanto llegue el barco del provincial nos haremos con él y nos pondremos en viaje. Ésa es la razón por la cual he pedido el matalotaje. También por eso he puesto presos al gobernador y a los demás caballeros, para que no haya impedimentos en nuestras demandas, y aun es lo que más les conviene a ellos, porque el día de mañana nadie podrá exigirles responsabilidad, ya que estando presos no han podido oponerse a nuestras libertades y licencias. Muchas veces he dicho y ahora repito que no quiero que mis soldados tomen nada de gracia, sino que todo se pague mejor de lo que ordinariamente se acostumbra, y así desde ahora es mi deseo que cada gallina no se venda en dos reales como hacían vuesas mercedes, sino en tres y en cuatro, según el peso. Y así con las demás cosas. No hay que dar nada a ningún soldado ni tampoco a mí sin apuntarlo, de manera que antes de salir de la isla yo veré el monto y lo abonaré hasta el último cuarto con largueza para agradecer la merced que vuesas mercedes nos hacen teniéndonos consigo».

La gente escuchaba no muy convencida, porque se daban cuenta de que las palabras de Lope no estaban de acuerdo con los hechos. Ciertamente, la gente de paz que vive alerta al pequeño provecho es muy difícil de engañar en esa materia alrededor de la cual gira toda su vida. Así pues, oían a Lope, y lo mismo les daba que subiera los precios como que los bajara, porque en todo caso sabían que no iban a cobrar.

La misma vieja señora que se había acercado el primer día a Lope apareció en la plaza apoyada en su bastón, miró al caudillo con aire tormentoso y preguntó:

—¿Por qué grita tanto ese forastero?

Nadie respondía y se creyó en el caso de añadir:

—El precio de las gallinas lo pongo yo.

Preguntaba Lope una vez más si aquella mujer era la llamada gobernadora, pero al mismo tiempo Bemba pedía permiso para bailar, porque era su santo, y los negros formaron corro allí mismo:

Ou - é

Ou Kogá jou va-yé

llava Kogá yé

Ou - é

Va Kogá jou va-yé

Na va-bou-moma-yé

Ou - é

Bou moma yauyoumé

Ou - é

Va Kogá jou va-yé

Na ba-vou-momá-yé

Ou - é

Yeité - na - dedaghé.

Cantaban y bailaban y la letra que en español correspondía era la siguiente: Ou - é… una diadema de plumas en las cejas / árbol del paraíso / Ou - é… esta hermosa diadema en mi frente/ Ou - é… Esta hermosa diadema en mis cejas / y yo toco suavemente el suelo con mis pies. / Ou - é… Esta hermosa diadema de mis cejas / graciosamente toco el suelo con mis pies / Ou - é… y todo el mundo viene a mi alrededor.

Era un pretexto para que mostrara Bemba a la gente de la isla lo bien que bailaba precisamente el día de su santo. Ou - é.

La campana del templo llamaba al rosario, y como la puerta estaba abierta de par en par se veían desde fuera muchos fieles y al párroco que comenzaba los rezos. Pedrarias oía en la plaza el ou - é de los negros, y luego, también a compás, el ora pro nobis de los blancos, y no se atrevía a pensar que todo era uno y lo mismo.

Cuando pudo acercarse a Lope de Aguirre le dijo:

—En pocos días habéis hecho una revolución en la isla, pero mucho ojo, porque anda por ahí gente exaltada.

Lope se puso a ironizar contra los isleños, y después preguntó a Pedrarias si durante el viaje por la mar había visto flotando en las aguas también el esqueleto de Guevara. Pedrarias se extrañó mucho de aquella pregunta y Lope le dijo lo que Martín y otros decían haber visto. Las explicaciones le extrañaron todavía más.

Había cerca de ellos un grupo de mujeres que parecían querer hablarles. Pedrarias se volvió hacia ellas:

—¿Qué esperan vuesas mercedes?

Ninguna respondía. Repitió Pedrarias su pregunta y tampoco respondieron. Habló Lope de Aguirre:

—Ooooh, déjelas vuesa merced. Son viejas putas silenciadas por la edad.

Entonces una de ellas dijo con una voz atiplada, pero enérgica, que acudían a pedirle por merced la libertad de Villaldrando.

—Yo no tengo mando aquí —dijo Lope—. Vayan a pedirlo a la gobernadora. ¿No hay una gobernadora?

Lo curioso es que las mujeres se marcharon al parecer en busca de ella. Pedrarias reía mirando a Lope de Aguirre y pensando: «Qué gran camarada sería este Lope si no fuera tan…». Y no acertaba con la palabra. Miserable no le iba. Vil, tampoco. Era difícil calificarlo de un modo vejatorio porque veía en él un Julio César con la cabeza reducida al tamaño de un puño, como hacían los indios tupíes. Pero Julio César. También el caudillo romano había matado gente culpable y gente inocente. Con el lazo o el cuchillo y, frecuentemente, por la mano de negros de la Libia antigua, como el llamado Vos. Ni más ni menos.

El perro Solimán, habiendo perdido al gobernador, andaba buscando nuevo dueño y olfateaba prudentemente una vez y otra al Bemba y luego a Pedrarias. Parecía preferir a este último.