VI

Los soldados, cuando pasaban cerca del bohío del gobernador, aguzaban el oído esperando oír llorar a doña Inés, pero no había en aquella casa sino un gran silencio.

Alguien se lo dijo al comendador Guevara, que estaba otra vez paseando frente a la puerta de su casa, y el anciano hizo este comentario:

—No puede llorar todavía doña Inés. No llorará hasta que pasen dos o tres días.

Algún indio se acercaba y parecía olfatear como los gatos, a distancia, la carne muerta. El mismo silencio del bohío de Ursúa se extendía por el campamento.

Los capitanes comprometidos hablaban en voz baja y cuando oían algún ruido inesperado —una lanza que se caía o una rodela que chocaba con otra— se volvían a mirar, inquietos.

El joven noble sevillano —don Hernando de Guzmán— iba y venía con grandes ojos desvelados y en sus movimientos se advertía una nueva seguridad de sí y una especie de gratitud por la vida. Iba convocando a la gente en el bohío del muerto.

Era como si la vida se hubiera interrumpido en todas partes un momento para que cada cual pudiera cerciorarse mejor de lo que sucedía, los criminales de su crimen y los otros de su tolerancia y aceptación pasiva. Y para que reflexionaran un poco. En el bohío todos estaban despiertos menos la indita de nueve años, que dormía ignorante de todo. Inés, sentada en su cama, trataba de interpretar cada rumor, cada palabra y cada silencio.

La garza blanca que días antes había cazado Ursúa estaba en el suelo con una pata atada al enramado del muro y cada vez que alguno pasaba cerca aleteaba, asustada.

Entraban y salían los capitanes moviéndose más de lo necesario. Se daban órdenes los unos a los otros y nadie hacía nada, en realidad.

Más tarde acudieron a la casa de Ursúa todos los que estaban advertidos anticipadamente de lo que iba a suceder. Al entrar Lope de Aguirre vio que salía el pajecillo Lorca con varios paquetes y le preguntó qué era aquello y adónde iba.

—Éstos son —dijo Lorca muy serio— los cabodaños.

Es decir, los regalos que Ursúa tenía preparados para fin de año. Eran cinco para los cinco chicos que trabajaban como pajes con diferentes capitanes. Lope de Aguirre preguntó:

—¿Hay uno para Antoñico?

—¿Pues no ha de haberlo? Ya digo que hay para todos.

—Llévalo a mi casa y entrégalo a Elvira.

Dijo Lorca que eso pensaba hacer. Tenía aquel chico los ojos agrandados por el espanto, pero hablaba como si nada hubiera sucedido. Pensó Lope de Aguirre que el paje no acababa de creerlo, porque cuando las cosas son demasiado espantosas se hacen irreales y a Aguirre cuando era joven le pasaba lo mismo.

El bohío estaba lleno de gente de armas.

Allí estaban los más responsables y una vez reunidos enviaron a buscar a los que faltaban.

Algunos soldados, mostrándose dolidos de la muerte de Ursúa, eran conducidos a empujones o a culatazos de arcabuz y como protestaban se oían disputas y voces.

En casa del gobernador muerto, los negros acababan de abrir una profunda fosa dentro mismo de la habitación donde murió y enterraron en ella los dos cuerpos, el de Ursúa desnudo.

Los que aguzaban el oído tratando en vano de oír el llanto o las lamentaciones de doña Inés no acababan de salir de su asombro, y viendo que Lope iba y venía y daba órdenes y disponía las cosas alguien preguntó quién era el jefe del campamento y Zalduendo y La Bandera señalaron al mismo tiempo a don Hernando de Guzmán, quien afirmó con la cabeza, se situó en el lugar presidencial, pidió silencio y dijo que nombraba maestre de campo a Lope de Aguirre si nadie se oponía.

No habiendo sido contestado el nombramiento, quedó Lope con el puesto más importante después del que tenía Guzmán.

Lo primero que quería hacer Lope de Aguirre —según dijo— era poner en hierros a los amigos más allegados del difunto Ursúa, pero don Hernando se opuso enérgicamente, diciendo que no parecía bien comenzar a ejercer su oficio con violencia y que lo que había que esperar era, por el contrario, la pacífica persuasión de todos en aquella nueva etapa de la jornada del Dorado.

Mandó entonces Lope de Aguirre, bajo pena de muerte, que ningún soldado hablara a nadie en voz baja y que todos lo hicieran en voz alta y clara y con palabras inteligibles, de suerte que los demás supieran de qué se trataba. Parece que algunos se descuidaron, porque tenían por costumbre hablar más bajo que los otros, y fueron sobresaltados con amenazas. También prohibió Lope que ninguno saliera en toda la noche del lugar donde estaba. Luego hizo sacar los barriles de vino de consagrar y del que para su uso llevaba el gobernador y allí lo repartieron. Todos bebían menos Lope de Aguirre, que seguía vigilante y armado hasta los dientes.

Cuando fue de día Lope de Aguirre mandó tocar llamada y acudieron los que faltaban y entonces, viendo el nuevo maestre de campo que estaban todos menos los que se fueron con Sancho Pizarro a descubrir tierra y no habían vuelto aún, habló con su estilo nervioso, razonable y violento a un tiempo mismo:

—Caballeros, soldados, hermanos míos —dijo—, bien creo que os habéis extrañado de este negocio y de cómo se ha hecho y algunos de vuesas mercedes nos echarán la culpa por no haberles dado conocimiento y otros quizá porque no se hizo antes. El no dar conocimiento a vuesas mercedes ha sido porque donde hay muchos buenos no falta un ruin que lo descubra y denuncie y este negocio convenía que fuera muy secreto y el no haber sido hecho antes fue por servir a vuesas mercedes, ya que muchos días hace que nos quisimos huir y dejar a este francés como él merecía, pero luego, pensándolo bien y para sacar a vuestras mercedes a tierra de promisión y hacerles libres, quisimos mejor matarlo. Así lo hemos hecho por el bien de todos. Acuérdense vuesas mercedes del mal tratamiento que ese enemigo de Dios nos hacía y cómo nos traía avasallados, echándonos de su conversación cuando lo íbamos a ver, y cómo se reservaba lo mejor para sí y en días de ayuno y miseria nadie comía sino él; pero además quiero descubrir a vuesas mercedes un secreto que lo he sabido muy cierto y es que este francés gabacho nos quería traer por aquí perdidos algún tiempo y después salirse él solo o con los más adictos y dejarnos en despoblado y sin repuesto de armas ni comida. Buscaba de ese modo liquidar sus deudas y sus compromisos y buscar después otro nombramiento en Quito para las tierras del norte, que tenemos documentos que dan testimonio y constancia. Siendo así, ¿qué íbamos a hacer sino defendernos? Lo hecho bien hecho está y no podía ser de otra manera.

Siguió diciendo cosas contra Ursúa que convencían o no, pero en todo caso aflojaban la tensión del silencio y de la distancia entre los conjurados y los otros. Al final, anunció que iban a hacer delante de todos algunos nombramientos más para el buen orden de la armada, y, confirmados los cargos de gobernador y de maestre de campo en las personas de don Hernando y Lope de Aguirre, se hizo el nombramiento de capitán de la guardia a favor de Alonso de la Bandera. Éste aceptó contento, pensando que el cargo le permitiría alguna autoridad cerca de la viuda de Ursúa, porque la guardia estaba al lado de su bohío y cuando navegaban se instalaba en el bergantín.

Nombraron luego capitanes de infantería a Lorenzo Zalduendo, a Cristóbal Hernández y a Miguel Serrano de Cáceres. Capitán de a caballo a Alonso de Montoya. A Alonso de Villena lo hicieron alférez general. Alguacil mayor y barrachel o borrachel, como se solía decir, al mulato Pedro de Miranda y pagador mayor a Pedro Hernández. Dejaron sin cargos entre los que habían intervenido en la muerte de Ursúa sólo a dos personas: al adusto Martín Pérez y a Juan de Vargas, el canario.

Lope dijo a Martín que no le daba puesto alguno en aquel momento por tenerlo en consideración para mayores desempeños y que sería remunerado y gratificado en la primera ocasión que se ofreciera. Insistió en que tenía muy especial cuenta de su persona. En cuanto a Vargas, el canario, no atendía por el momento sino a la curación de su herida —una estocada en el hombro— y nada quería saber de prebendas.

Para que no dijeran que todo quedaba entre el grupo que hizo las muertes, Lope nombró jefe de navegación a un portugués llamado Sebastián Gómez y capitanes supernumerarios de infantería al comendador Núñez de Guevara —el que había visto la sombra funesta junto a la casa de Ursúa y oído su trágico advertimiento— y a Pedro Alonso Galeas, capitán responsable de las municiones a Alonso Henrique de Orellana y almirante de la mar a Miguel Robledo.

Nombraron justicia del campo a Diego Belalcázar, quien al recibir la vara pareció sorprendido y dijo, no sin algún balbuceo:

—Yo la recibo en nombre del rey don Felipe, nuestro señor.

Fue mal acogida esta declaración y Belalcázar rectificó, aunque se veía que era por prudencia, ya que tal como estaban los ánimos en aquel momento no podía hacer otra cosa. Pero Lope de Aguirre había quedado irritado por el incidente y alzó la voz:

—Debo declarar a vuesas mercedes que he sido y soy traidor y lo repito para que vean que no hay que esperar desde ahora nada de nadie sino de nuestra espada. ¿Qué es eso de recibir dignidad alguna en nombre del rey? ¿De qué rey? ¿Del que va a cortarnos la cabeza si puede habernos a la mano?

Villena, alférez general, dijo:

—Por vida de Dios que Lope dice bien.

—Yo tengo que decir mi palabra —respondió La Bandera— y es que matar a Ursúa no ha sido traición ninguna, sino servicio del rey y muy buen servicio, porque Ursúa no quería buscar ni conquistar ni poblar tierra teniendo tan buena gente y habiendo gastado su majestad tantos dineros de su caja. Yo no soy traidor y al que me llame traidor le digo que miente por la mitad de la barba y que con iguales armas o con menos me mataré con él si es preciso.

Lope se puso un poco pálido y fue a responder, pero los otros intervinieron y le rogaron que diera por acabado el incidente. Lope murmuraba: «Ya se ve que La Bandera tiene miedo del rey». La Bandera, que lo oyó, dijo en voz colérica que no había hablado de aquella manera por miedo y que tan buen corazón tenía como los otros y un pescuezo no peor para darlo a la horca si llegaba el caso.

La gente se dividió en grupos. Algunos soldados fueron a Lope y le insistieron en la desvergüenza de La Bandera, pero Lope los atajaba:

—Calma, señores, que cada día trae su afán.

El cura Alonso de Henao, que estaba en la puerta, se escandalizó al oír en labios de Lope aquellas palabras de los evangelios y se retiró, encontrando por el camino al padre Portillo. Como al morir Ursúa había perdido Henao su obispado, se hablaban ahora los dos sacerdotes de igual a igual.

Con la patrulla de Sancho Pizarro habían ido también cinco o seis indios. Y les sucedió un incidente que pudo costar la vida a dos de ellos y a un español. Vale la pena relatarlo para ver la rara inteligencia de algunos animales salvajes y en este caso de los jaguares del Amazonas, tan feroces como los tigres del Asia.

Dos indios y un soldado entraron en la selva buscando algo de comer y marchaban en fila y a alguna distancia unos de otros. El soldado iba delante con un arcabuz y el indio que lo seguía con una lanza. El tercero iba sin armas, con sólo una cuerda al hombro.

Se separaron algún trecho los tres y apareció entre los arbustos un jaguar que se lanzó sin rugir ni otra señal que revelara su presencia contra el indio que iba sin armas. Era seguro que había dejado pasar antes a los hombres armados para caer sobre el menos peligroso.

De una zarpada a la cabeza el animal arrancó al indio el cuero cabelludo, que le quedó colgando sobre los ojos. El indio se sintió perdido, retrocedió y pidió auxilio. Llegaba el otro indio en su ayuda y el jaguar, dejando al herido, fue sobre el que le amenazaba y de un manotazo le arrancó una oreja y parte de la mejilla. Disparó entretanto el soldado su arcabuz y le acertó, aunque ligeramente, al animal. Éste se lanzó sobre el soldado y lo hirió también de una zarpada. El animal se quedó entonces con sus tres enemigos heridos y sangrantes a una distancia igual de los tres, esperando para acometer al que le pareciera más peligroso en un momento determinado. Y miraba al uno y luego al otro mostrando los dientes y gruñendo y vigilando. Por fin, otro tiro de arcabuz lo mató.

Cerca de aquel lugar encontraron un pavo silvestre medio desplumado y comido. Lo que quedaba del ave y el cuerpo entero del tigre fueron asados por Sancho Pizarro, que además de soldado era gentil cocinero. Los indios y el arcabucero no tardaron en curar, porque lo bueno que tenía aquel clima era que el que no moría en el acto se curaba más pronto que en otras latitudes.

Lope de Aguirre y don Hernando estaban preocupados pensando cuáles serían las reacciones de Sancho Pizarro cuando llegara y se enterara de lo sucedido, porque Sancho era muy partidario de Ursúa y también lo eran los soldados que llevaba consigo. Enviaron algunos hombres seguros para que vigilaran los caminos y cuando el destacamento volvió le salió al encuentro Lope con una patrulla fuerte y explicó a Pizarro lo sucedido, diciendo que había sido una decisión de todo el campamento y muy en servicio del rey. Como hombre sagaz, Sancho Pizarro dijo a todo que sí y fingió estar de acuerdo, agradeciendo que le hubieran nombrado sargento mayor del campo.

Luego dio cuenta Sancho de sus descubrimientos, que carecían de importancia, pues sólo encontró dos pueblecillos sin riqueza alguna y casi sin habitantes y donde los mismos indios estaban muy necesitados. Se veía que en todo lo que descubrieron y exploraron no había disposición para la vida humana en términos decentes. Eso fue lo que dijo Pizarro.

Así pues, descartaron la posibilidad de entrar tierra adentro los que todavía mantenían aquella ilusión, que no eran por cierto los principales amotinados.

Uno de los pajes que tenía Ursúa, el llamado Lorca, se puso a las órdenes personales de Guzmán.

Antoñico quedó con Lope, ya que en vida de Ursúa, como hemos visto, había tomado amistad con el vasco y con su hija Elvira, quien consideraba al muchacho como un hermano menor. De once años, Antoñico era bastante gallardo para esa edad y no cuidaba de banderías ni de motines, pero se ocupaba mucho de la selva y de sus misterios y estuvo contando a Elvira que había visto un ave de vuelo blando y larga cola que decía al cantar y repetía una vez y otra: «María, ya es de día». Así como el jacurutú anunciaba la noche lúgubremente, este otro pájaro anunciaba el día con jovialidad.

Elvira recordaba la otra ave que también hablaba español y decía cuando alguien entraba en la selva: «Ya te vi, ya te vi».

Las tinieblas y el alba tenían sus adecuados heraldos en la selva. «María-ya-es-de-día» y «Ya-te-vi, ya-te-vi» eran los primeros cada amanecer, según el paje Antoñico.

Otra criatura extraña de la selva decía «toró-toró» siempre repetido y casi con voz humana. Era un animal un poco grotesco, que respondía cuando le hablaban, pero no tenía más voces que aquellas dos. Antoñico a veces gritaba en medio de los árboles sin ver animal ninguno:

—¿Dónde estás?

E inmediatamente contestaba el animal:

Toró-toró.

No era ave, sino un mamífero que reptaba por los árboles y vivía en ellos y tenía una cara extraña con cierto aire de mujer y pelaje gris blanco. No atacaba. Y Antoñico le decía:

—¿Dónde estás, gran bellaco?

Toró-toró —respondía el otro.

Aunque nadie había ido a ver a doña Inés después de los trágicos sucesos, se hablaba mucho de ella y con muy poco respeto. La Bandera salió una vez en defensa de su honor y se burlaron los otros diciendo que doña Inés había matado a Ursúa con sus hechizos y que tuviera cuidado no fuera a matarlo a él también.

—Y a fe —decía La Bandera, pensativo— que hay mujeres en el mundo con las que vale la pena correr el riesgo.

Zalduendo lo creía también y a veces se quedaban los dos mirándose con la expresión vacía. Todavía a los dos los miraba Lope con reservas cazurras.

Lope, que parecía el más justificado en sus rencores contra Ursúa, era también el único en el grupo de los conjurados que no se había manchado con sangre. No acababa de entenderlo él mismo y miraba a Zalduendo y sobre todo a La Bandera como a individuos que habían hecho su trabajo, el que le correspondía a él. «Es natural que a mi edad —pensó— yo me sirva de jóvenes». Claro es que ninguno de los dos había sacado la espada por servir a Lope, sino por diversas razones, la primera el recuerdo del capitán Frías y su colega decapitados por Ursúa en Santa Cruz. Habían sido muy amigos de ellos. Y La Bandera por amor y codicia de doña Inés.

No se entendía Lope con La Bandera, quien se había manchado de sangre y quería haberse manchado por el rey. Al mismo tiempo, Belalcázar recibía la vara de justicia por el rey también. El único tal vez que no se había manchado de sangre era Lope y sin embargo era también el único que había dicho de sí mismo que era un traidor y que lo tenía a gala.

Pocos días después, don Hernando, haciendo uso de su autoridad como gobernador y general del campo, convocó a asamblea y pidió los pareceres de todos, capitanes y soldados, acerca del futuro inmediato, de lo que había que hacer y de si había que ir o no en busca del Dorado. Dijo que aquellos pareceres de todos deberían ser escritos y firmados en un papel y que así el acuerdo sería legal.

Se adelantó a decir su opinión, según la cual lo mejor sería mantener los planes primeros y tratar de descubrir, conquistar y poblar el Dorado, y así, una vez descubiertas aquellas naciones, el rey lo tendría por gran servicio y les perdonaría la muerte de Ursúa y de Vargas. Pero sería bien para descargo de todos que se hiciesen luego informaciones y se buscara la opinión de los más importantes del ejército y mejor aún de los soldados todos, y si acordaban seguir los planes de Ursúa había que dejar escrita una declaración diciendo que Ursúa no quería llevarlos adelante ni ir a Omagua ni al Dorado y andaba remiso y engañador.

Todos recordaban —siguió diciendo Guzmán— la condición intolerable de Ursúa y había que tratar de hacer bien lo que él no hacía bien ni mal. El Dorado existía y los indios brasiles hablaban de un cacique, Guatavita, que sabía dónde estaba la laguna de Parima en la ciudad maravillosa de Manos. Todos sabían cómo en los días de gran solemnidad religiosa aquel cacique adoraba a su padre el sol y arrojaba a la laguna de Parima bultos de oro del tamaño del mismo rey.

Comenzando siempre con aquella expresión de «todos sabemos…» siguió refiriéndose a las maravillas del Dorado y al final insistió en que lo mejor sería descubrir y poblar en nombre del rey. Así se podría decir en el escrito que para descubrir y poblar aquella tierra fue necesaria antes la muerte de Ursúa. Añadía que mandarían al rey más oro que mandaron Pizarro y Cortés. Y que a fuerza de oro habrían de hacer olvidar al emperador las muertes de Ursúa y de Vargas. Acabó diciendo que él se declaraba primer y máximo culpable de las muertes de Ursúa y de Vargas y que aceptaba toda la responsabilidad para que vieran que no tenía miedo y que su consejo no era por temor al castigo de nadie, sino por el bienestar y la prosperidad de todos, en cuya opinión ponía él su voluntad, porque no tenía otra sino la de servirles.

La idea la apoyaron enseguida Montoya y La Bandera, pero Lope se mantenía aparte, inquieto, con la impresión de que algo se le escapaba entre las manos, y por fin pidió la palabra y dijo:

—Míos fueron, si vuestras mercedes se acuerdan, los primeros pasos que se dieron sobre la muerte del gobernador y también mías las condiciones que puse, sobre las cuales todos estábamos de acuerdo. Yo no quiero repetir aquí cuáles fueron esas condiciones, pero me remito otra vez a la buena memoria de todos, incluso de vueseñoría el gobernador general don Hernando. Sólo pido que vuesas mercedes reflexionen un poco antes de decidir.

No quería porfiar por no dejar en mal lugar al nuevo gobernador y para evitar que el resto del ejército viera que andaban ya en contradicciones, discusiones y peleas.

El nuevo gobernador se quedó un poco sorprendido y pidió a Lope que fuera más explícito y claro. Pero Lope, excusándose, dijo:

—Lo que tenía que decir lo he dicho ya y que cada cual recuerde los términos establecidos antes de emprender lo que hemos hecho y consulte su propia conciencia de hombre y de soldado.

Nadie contestó. Parece que algunos coincidían con Lope de Aguirre y lo dijeron y éste no pudo menos de vanagloriarse para sus adentros. Pero don Hernando insistió en que cualquiera que fuera la opinión de Lope sería bueno hacer una declaración general sobre las causas de la muerte de Ursúa y que todos la firmaran. En aquel documento habría que comenzar diciendo que Ursúa no tenía respetos humanos…

—Ni divinos —dijo el padre Portillo, que acababa de entrar.

Todos lo miraron y él se ruborizó un poco.

—¿Ven vuesas mercedes? —dijo don Hernando.

Añadió que el mismo sacerdote estaba dispuesto a firmar y esto animó a algunos. Así pues, se escribió la declaración entera, en la cual se acusaba al gobernador sin hablar para nada de la sublevación ni mucho menos de la muerte del jefe y de su lugarteniente. Sin más discusión fueron firmando todos.

Al llegar el turno de Lope de Aguirre, éste escribió con grandes letras: «Lope de Aguirre, traidor». Los que iban a firmar detrás de él se sobresaltaron y Lope, que esperaba aquel sobresalto y que daba muestras de no poder aguantar más su propio silencio, alzó la voz y dijo:

—Caballeros, mudando mi propósito anterior voy a hablar. ¿Qué locura o necedad es esta en que algunos de nosotros hemos dado que cierto parece más pasatiempo y juego de niños? No es de hombres cuerdos lo que vuesas mercedes hacen fiando su crédito de esta información que estamos firmando, porque por muy bien escrita que esté no va a resucitar a los muertos, y habiendo matado a un gobernador del rey pretender que con papeles como ésos nos hemos de librar de culpa es una locura, porque el rey y los jueces saben muy bien cómo se hacen esos papeles y para qué fines y descargos. Todo el mundo sabe en Quito y en Lima y en Santo Domingo que si apretados cada uno de nosotros por la necesidad y la tortura nos obligaran a declarar cosas de monta contra nosotros mismos, las declararíamos siendo falsas. Y si eso sucede cada día en sus tribunales y justicias, ¿cuánto más fácilmente seremos todos capaces de declarar mentiras y embustes si es en nuestro favor y en cuestión de vida o de muerte? Yo os lo prevengo. Nadie se engañe, porque todos matamos al gobernador y todos nos hemos holgado de ello y hasta los que no lo sabían son culpables en lenguaje militar por consentirlo y no enterarse. Cada cual meta su mano en el pecho y diga lo que siente. Todos hemos sido y somos traidores y todos nos hemos hallado en este motín y suponiendo que la tierra que buscamos se encuentre y se pueble y sea diez veces más grande que España y que de ella saque el rey más oro que de todas las Indias juntas, el primer bachiller o letradillo que a ella venga con poderes de su majestad a tomarnos residencia ha de cortar a vuesas mercedes las cabezas sin preguntar a Castilla, que la ley es la ley, y con eso nuestros trabajos habrán sido vanos. Mi parecer es que dejando esos intentos de justificarnos y buscar la tierra, y puesto que de todas maneras nos han de quitar las vidas, nos anticipemos y las vendamos caras y busquemos fortuna a punta de espada en nuestra tierra que bien conocen vuesas mercedes cuál es, digo, el Perú. En ella tenemos nuestros amigos, que cuando sepan que vamos allá en rebelión nos saldrán a recibir con los brazos abiertos y hasta pondrán la vida en nuestra defensa, que yo he vivido con ellos y los conozco y lo que nunca osarían en Castilla lo osarán en estas tierras del otro lado del mar, que parece que en la travesía de esas aguas atlánticas cambia el espíritu del hombre. Y la idea que expongo no es mía ni es nueva, que vuesas mercedes saben que antes incluso de comenzar la jornada del Amazonas en la que estamos se comentaba en todas partes que el marqués de Cañete, visorrey, quería alzarse contra Felipe II y no por sí solo, sino teniendo por mano derecha a Ursúa y aprovechando que habiendo sido depuesto del virreinato y teniendo que dar residencia, el nuevo virrey nombrado en Castilla don Diego de Acebo se había muerto en Sevilla antes de embarcar, que parecía designio del cielo. Vuesas mercedes dirán blanco o negro y que hablar es hablar y que los hechos son otra cosa, pero yo digo que cuando todo el mundo decía en voz baja lo que vuesas mercedes han oído en Lima y en el Cuzco y en Trujillo era porque en el ánimo de todos estaba la buena razón del asunto y nadie se extrañará de nuestro levantamiento; al contrario, muchos suspirarán descansados y tranquilos, que el que más y el que menos teme al rey y a sus escribanos. Y todos querrán y podrán hacerse una naturaleza nueva a nuestro lado y ellos y nosotros seremos unos y seremos fuertes.

Una vez más se puso a su lado Villena (nombrado alférez general por don Hernando) diciendo: «Lo que el señor Lope de Aguirre, nuestro maese de campo, ha dicho me parece lo más acertado y lo que a todos conviene y así yo lo confirmo con mi voto, lo apruebo y le doy mi confianza por las buenas causas y razones como acaba de dar y quien otra cosa le aconseje al gobernador mi señor no le tiene buena voluntad ni le desea bien, sino verle perdido y con él a todo su campo». Y repitió, concluyendo muy firme y enérgico: «La opinión del señor maese de campo es la mía».

Tal vez para que no se dijera que el parecer del gobernador no tenía quien lo defendiera, intervino La Bandera, repitiendo lo que ya había dicho, pero explayándolo más y con acento amistoso y conciliador: «No fue traición —dijo— el haber muerto a Ursúa ni se cometió con su muerte ningún delito, pues convino así a todos y era lo mejor que se podía hacer por tener Ursúa otra intención que la del rey, quien le había mandado que descubriese y poblase la tierra de Omagua y el Dorado. Por eso su majestad fue mejor servido, yo creo, con la muerte del gobernador Ursúa, que andaba flojo y desganado y nos llevaba a todos a la ruina y habría costado al rey mucha gente y mucha hacienda ya gastada en vano. Y así tengo por bien que lo mejor será disimular los que intervinimos en este negocio y mostrarnos leales al rey y hasta esperar premio, que lo merecemos de la real mano —al llegar aquí vio que Lope de Aguirre negaba con la cabeza y hacía señales de lástima y de burlona compasión, lo que irritó tanto a La Bandera que volvió a su violencia anterior—: Y quien dijere que por estas causas de lo que hemos hecho somos traidores yo le digo que miente y lo haré bueno donde quiera y con las armas que quisiere».

Lope fue sobre La Bandera, pero intervinieron los otros capitanes e impidieron que la reunión acabara con sangre. Como Lope de Aguirre decía palabras entrecortadas a media voz, llamando cobardes a los que tomaran aquella posición, La Bandera alzó la voz otra vez:

—Ya he dicho que yo no tengo miedo de que el rey me mande cortar la cabeza ni busco su perdón, que tengo tantos hígados como el que más y doy la vida por poco y aún por menos si es preciso. Y así digo que, a pesar de mi opinión aquí expuesta, lo que acuerde la comunidad será mi ley y andaré como el primero en cumplirlo.

Pero a pesar de las presiones y las discusiones de grupo tampoco en aquella reunión se llegó a acuerdo ninguno. Al salir estaban los ánimos bastante exaltados y continuaron todo el día las argumentaciones, aunque La Bandera, preocupado por la idea de que lo creyeran miedoso, condescendía a veces con Lope. Era La Bandera fuerte como un campeón olímpico y Lope de Aguirre pequeño, cojo y físicamente insignificante. Aquella condescendencia del fuerte hería a Lope de Aguirre.

La Bandera, con toda su energía, tenía sus lados flacos de carácter. Era cierto su deseo de volverse a congraciar con las autoridades de Lima y sobre todo con el rey. Era el miedo del hombre que de pronto ve todos los caminos de la esperanza cerrados. Así como Lope era por naturaleza un desesperado y con aquella decisión se abría horizontes nuevos, La Bandera, por el contrario, era hombre de esperanzas, y al verse sin ellas se sentía desorientado y confuso. En el reparto de los bienes del mundo, La Bandera era de los triunfadores naturales y Lope de los que pierden. Pero Lope tenía también su filosofía y no envidiaba a aquella clase de triunfadores sumisos porque, como decía él, «tan presto muere don Magnífico como don Mezquino, y de hombre a hombre, cero».

Sucedía también que La Bandera, enamorado de doña Inés, esperaba haberlo conseguido todo cuando la tuviera a ella.

Entretanto el tiempo comenzaba a cambiar también en aquella parte del Amazonas.

Hasta entonces habían tenido una relativa sequedad de atmósfera y un tiempo calmo. Los mosquitos molestaban mucho en tierra y no tanto en el río. Pero comenzaba la estación de las lluvias.

A partir de la Navidad, cada día, a la hora de la siesta, había una tormenta estrepitosa con rayos y centellas. La lluvia caía a raudales y después de cada descarga eléctrica aumentaba en intensidad y fuerza. Algunas veces la tormenta duraba dos o tres horas y salía otra vez el sol. Pero era frecuente que continuara a lo largo del día y de la noche.

Los rayos no eran color malva ni azules, como en otras partes, sino de colores diferentes, y entre dos azules había de pronto uno color rosa, sembrando sus ramificaciones por la alta bóveda. O rojo.

Los truenos, a veces, eran constantes y sin interrupción, es decir, que los ecos de uno se mezclaban con las vibraciones del anterior, pero en otras ocasiones eran secos como cañonazos y sin eco alguno. El negro Bemba se entretenía en contar sus propias pulsaciones entre un rayo y el otro. Unas veces contaba cuatro, otras hasta siete pulsaciones. Y así durante horas y horas.

—Ésta es la ley de la línea equinoccial —decía Alonso Esteban— y de aquí en adelante todo será lo mismo. Aguaceros, caimanes, serpientes y rayos y centellas.

Las tormentas eran a veces espantosas, y una vez La Bandera sorprendió a Lope de Aguirre, sin que éste se diera cuenta, hablando consigo mismo o con Dios o con el diablo:

—Sí, puedes tronar y centellar y quemar la tierra y el cielo. También a Ti te resulta el cielo estrecho como a mí el mundo. Pero yo tengo un plan y si no te parece bien, a tiempo estás para matarme ahora de un rayo. Si no me matas entenderé que lo apruebas y tanto mejor para todos.

La Bandera, que era hombre de supersticiones, al oír después de las palabras de Lope un rayo que debió caer cerca y ver las armas del nuevo maestre de campo brillar y refulgir con el relámpago, tuvo la impresión de que el rayo había fulminado a Lope. Luego volvió a verlo indemne y se extrañó.

A vueltas con sus propias reflexiones, La Bandera llegó a temer a aquel hombre raquítico y tremendo.

Era verdad lo que dijo el barbado capitán Guevara y pasados los primeros días doña Inés comenzó a llorar. A veces se la oía en la noche dar grandes voces pidiendo que la mataran también a ella. Como doña María la mulata estaba en su mismo cuarto (con la indita viuda de nueve años) trataba de consolarla, pero era inútil.

Un día, enterado el gobernador de la desesperación de doña Inés, fue a verla. Se mostró frío, distante y protector. Al principio creyó Inés que iba a requerirla de amores, pero el nuevo gobernador se limitaba a decirle que podía y debía estar tranquila y sentirse segura y que la dejarían en el primer territorio cristiano que hallaran si no quería seguir con ellos.

—¿Yo? ¿Dónde? Si vuesas mercedes no saben siquiera adónde van —dijo ella.

El nuevo gobernador le aseguró que lo sabían muy bien. Inés, entre sollozos, le decía:

—Si esos forajidos han sido capaces de traicionar a don Pedro de Ursúa también lo serán de traicionar a vuesa merced. Y algún día se acordará de estas palabras que acabo de decirle, señor Hernando de Guzmán.

En medio de su ira y de sus lágrimas, parecían las dos mujeres un poco decepcionadas viendo que don Hernando, joven y apuesto —y sobre todo, cabeza del campo—, no trataba de recibir a la viudita en herencia.

La mulata pensaba: «Éste ha debido leer y aun aprender de memoria el romance del conde Irlos y su debilidad no es la hembra, sino la autoridad y el poder».

Poco después de salir Guzmán entró La Bandera. Y aquello ya era otra cosa: regalos de frutas, una polvera nueva para la mulata, un quitasol y un mosquitero para Inés y de pronto alusiones y palabras ligeramente incongruentes, por ejemplo aquel deseo de que doña Inés aprendiera un día a tocar el clavecín, en Castilla.

La mulata se ponía de parte de La Bandera en todo, porque sabía que, como candidato, excluía la posibilidad de Zalduendo, que era su amante. Doña María quería que doña Inés aceptara a La Bandera para excluir a Zalduendo de entre los pretendientes.

Tenía La Bandera entre otras ventajas la de ser capitán de la guardia, que estaba al lado en un cobertizo de tablas y esteras de henequén. Y de navegar —cuando volvieran al río— en el mismo bergantín con doña Inés.

La Bandera era tan torpe como cualquier enamorado y doña Inés se daba cuenta. Después de haber llorado a Ursúa una buena novena comenzó a escuchar al nuevo galán. Éste iba poco a poco perdiendo su torpeza. Ya no le hablaba del clavecín y en cambio había pasado a las obras y aprovechaba cualquier oportunidad para saltarle al cuello y abrazarla y besarla.

Ella resistía blandamente, produciendo unos rumores guturales de súplica y protesta que a La Bandera le sonaban como los arrullos de una paloma, y así se lo dijo.

La niña india de nueve años, que hablaba ya español, veía todas las cosas en sólo dos planos: lo bueno y lo malo, lo propicio y lo contrario, lo blanco y lo negro. Y La Bandera tuvo la fortuna de caerle bien. Era un hombre bueno. Para la niña, las garzas blancas venían del cielo y los cuervos negros del infierno.

La Bandera pertenecía al reino de las garzas blancas.

Se convirtió el comandante de la guardia en un esclavo voluntario y en un amador platónico de Inés y la mulata doña María en hábil celestina.

Como la mayor parte de la noche la pasaba La Bandera desvelado, tenía ocasión con cualquier pretexto de acercarse a la vivienda de Inés y una noche la halló casi desnuda y sola. Aunque parecía aquello especialmente propicio, doña Inés se defendió. «¿Creéis —decía— que puedo olvidar tan pronto a don Pedro de Ursúa? ¿Por quién me tomáis?». La Bandera le hacía ver que siendo ya imposible resucitarlo y encontrándose ella en plena juventud a nadie podría extrañarle que aceptara un amor nuevo. La mujer y el hombre eran el universo entero y gracias al amor la vida seguía existiendo. Y ella y él eran la vida.

Pero Inés se defendía aún. Es verdad que no iba a llevar la defensa muy lejos.

La selva se sentía desde el poblado mucho mejor que desde el río. Había en ella al atardecer rumores de multitud como en una ciudad en días de fiesta o jubileo, cuando unos gritan, otros hablan, alguno ríe, grupos de niños cantan o lloran, todo incesantemente y a un mismo tiempo.

En días secos, aquella selva estaba infestada de mosquitos zancudos que los indios llamaban carapanás, sobre todo al oscurecer y en la noche. Era imposible evitarlos y algunos soldados se cubrían la cara con trapos, pero siempre hallaban los mosquitos algún resquicio en el pescuezo o en la oreja o en la mano.

Además, su aguijón pasaba los tejidos ligeros y picaba lo mismo a través de ellos.

Durante el día no molestaban si había brisas fuertes, pero en lugar de ellos aparecían unas moscas tenaces, obstinadas y pegajosas que mordían como avispas. Recordaban a los tábanos de Castilla, pero más abundantes, y a veces parecían una verdadera plaga.

Sólo cuando los bergantines viajaban lejos de las orillas se sentía algún alivio.

La tormenta equinoccial —así decía Esteban, el experto navegador de Orellana—, que comenzaba hacia las tres de la tarde duraba a veces, como dije, todo el día y la noche. Y el estruendo no dejaba dormir. Fue Lope al bohío de los negros, que estaba cerca del suyo. Aunque eran más de veinte los negros, la casa era grande y sobraba lugar para todos. Los blancos cuando se aburrían se ponían a conspirar, pero los negros no se aburrían nunca, porque antes de que llegara aquella posibilidad rompían a cantar y a bailar. Habían hecho, a imitación de los indios de Machifaro, con unas calabacitas secas dentro de las cuales ponían semillas o piedrecitas menudas, un instrumento sonoro. Moviéndolas a compás y a contratiempo con los tambores daban un sonido que no era desagradable. Llamaban a aquellas calabacitas maracas.

Le gustaba a Lope ver cómo Bemba, su amigo y ahora su criado, era quien llevaba la dirección del baile. Y gritaba Bemba:

—Los hermanitos Marassa, caray.

—Ya veo —respondían los otros a coro.

—Juntitos los dos Marassa.

—Juntitos.

—Levantando guirigay.

—Caray.

—En la puerta de la ayupa.

—Ya ves.

—Los dos hermanos Marassa.

—¡Qué pasa!

—Pasa lo que yo me sé.

—Marassa.

—Marassa bambú guedé.

—Ya ve.

Y seguían así horas enteras. Lope se asomó y, viendo a Bemba de espaldas, bailando, y a los otros distraídos con su fiesta prefirió marcharse sin darse a conocer. Sabía que aquellos negros lo querían a él porque era pequeño, oscuro, retorcido y cojo. Porque era, de un modo u otro, inferior. En cambio, odiaban a los triunfadores atléticos como La Bandera. Sin darse cuenta, Lope sabía las cosas que los otros sentían, aunque ellos mismos no se dieran cuenta. Por ejemplo, sabía que comenzaban a temerle a él en el campo.

La tormenta seguía.

Como era de esperar, el día siguiente amaneció límpido y fragante. Lope, a medio armar —con la loriga, pero sin celada—, se acercó al bosque. Iba con Elvira, que gustaba mucho de aquellos paseos cuando su padre podía acompañarla a falta de Pedrarias.

Vieron aquel día pasar por el llano descubierto (allí donde se acababa la arena de la playa) una multitud de monos chillones que se perdieron en la selva. Detrás de aquella multitud de animales de pelaje grisáceo y caras de expresión violenta y agresiva —de perros que estaban a punto de dejar de ser perros, pero que eran perros todavía— iban cincuenta o sesenta monos rubios, con su carita rosada. Algunos se detuvieron y se alzaron sobre las patas de atrás para mirar a los soldados.

Elvira dijo: «Es imposible que estos animales no tengan alguna clase de alma y de entendimiento». El padre explicó:

—Tienen alma irracional…, eso dicen al menos, hija.

Pero los monos de la cara sonrosada y el pelo blanco amarillento, tan limpios que parecían muñecos de lana y seda, se detenían un momento, miraban, alguno alzaba el brazo para rascarse con la otra mano en la axila, daba un pequeño grito de sorpresa o de comentario —que parecía irónico— y seguía a los otros.

—Ésos —dijo Esteban, que se acercó— andan más de cincuenta leguas cuando llega el tiempo de las nueces por allá hacia las fuentes del río, digo, hacia los Cararis y más arriba. Cuando llega el tiempo de la sazón de esa nuez, se van todos allá y cuando la comen algunos se ponen malos y se mueren y los otros se vuelven medio locos. Les da la locura de la hembra, que esas nueces tienen un aceite que despierta deseos tremendos. Eso dicen.

Callaban los dos pensando en Ursúa y en doña Inés y veían pasar los últimos monos blanco-amarillentos con su carita de seda color rosa. Elvira reía y hablaba haciendo gorjeos de complacencia viendo a aquellos animalitos tan limpios y de gestos tan estilizados y graciosos.

Habían decidido los capitanes en una reunión —sin volver a hablar del gran problema que quedó planteado entre La Bandera y Lope de Aguirre— continuar el viaje río abajo en vista de que, a juzgar por las apariencias, en Machifaro nada había que descubrir ni conquistar ni poblar. Todos se alegraron, aunque sólo fuera porque navegando lejos de las orillas los mosquitos los dejaban en paz.

Los negros hablaban entre sí y comentaban las cosas a su manera. Refiriéndose a la muerte de Ursúa, el negro a quien llamaban Vos decía:

—Lo abrieron por delante muy bien porque estaba en cueros. Y le salió el alma. Luego tuvimos que enterrarlo con el otro.

Para los negros y para muchos de los indios del Amazonas, la muerte no existía sino en forma de accidente, es decir, de mala voluntad misteriosa y secreta de alguien que influía desde las sombras y que salía adelante con su influencia. Por desgracia, todos tenían personas que los querían mal.

Si no, no se moriría nadie nunca. Eso creía Vos.