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A solas, y después de haber oído las graves confidencias de los criados de don Hernando, se decía Lope: «¿El loco Aguirre? Bien, estoy loco, pero vuesas mercedes van a sentir mi locura en el meollo de su razón. El loco Aguirre va a arreglarles la vida a los cuerdos. El delirante Aguirre va a arreglar la visión, la conciencia y la vida de los razonables. ¿El criminal Aguirre? ¿Es que alguien me llama así? Yo no he matado con mi espada sino a otro hombre que llevaba también espada al costado y preparaba mi muerte. Sólo a Zalduendo, sevillano falso y quimerista, embustero y traidor, que para eso había nacido. Los demás no los he matado yo, sino el buen azar de Dios, que por todos vela y que permite sólo aquello que debe ser permitido. No se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios. De acuerdo. Yo no intervine sino en el último crimen y fue porque Zalduendo había pedido permiso al jefe para madrugarme a mí. No es fácil eso, que duermo poco y como las liebres, con un ojo abierto. Tengo mis quehaceres, quehaceres secretos que yo sólo puedo conocer y decidir. Dos hombres que están obligados en vida y en muerte al sevillano don Hernando y a quienes yo no he ofrecido nada han venido a revelarme las intenciones de su señor. A mí, al loco Aguirre. Yo estaba solo ayer, pero no lo estoy hoy, con mis sesenta marañones armados y Carolino y Juan Primero en su bohío aguardando la vitela sudada no necesito más en el mundo. Miserable soy, pero no más que otros. Y tenemos nuestra justicia. Yo voy a fundar y establecer un reino a mi manera. ¿Es que no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora? ¿Es que yo no tengo el mismo derecho que Pizarro y que La Gasca y Hurtado de Mendoza a ser simple cuando quiera y bellaco cuando me dé la gana con una cadena de oro cruzada al pecho que sea devoción y encomienda y gala todo junto?».
Así hablaba Lope de Aguirre, y golpeándose el pecho con el puño cerrado añadía: «Nosotros. Somos nosotros los que hemos venido a la jornada de Indias. Somos lo mejor de cada familia porque somos los que no van a heredar y tienen que buscarse el honor y el ducado a fuerza de ingenio y a punta de espada. Somos honrados, pero ¿para qué nos sirve a los que no tenemos tierra donde fundar ni rentas con que lucir? Toda mi honradez la pongo debajo de la bota, de esta bota que se afirma malamente en el suelo a causa del arcabuzazo que me dieron en la pierna. Un lujo, la honradez, pero no el mejor, para mí. Tal vez para Pedrarias. No, tampoco para él. Para nadie. Poco haría con su honradez Felipe II si no matara gente. Que ha matado más cristianos en secreto que diez veces la gente que llevo yo en el real. Yo soy yo. Yo soy vosotros. Yo soy todos los demás y yo soy el único entero y joven o viejo, rico o pobre, lisiado o sano, a quien vais a escuchar, a quien vais a obedecer y a soñar. ¡Me estáis soñando ya vuesas mercedes los amigos de don Hernando, hijos de la gran puta! Yo no tenía interés en venir a la vida, pero he venido, y mucho cuidado, chapetones de Castilla, que los cojos de las provincias vascongadas os andamos a los alcances. Me alegro de haber venido a este Amazonas, donde parece que todo lo que vemos y lo que oímos es sólo el fondo de un milagro, el milagro que tengo que hacer yo solo, marañones. Lo que yo he valido yo lo sabía, pero ahora lo van a saber vuesas mercedes, marañones. Si no fuera por esta jornada del Amazonas, nunca se me habría presentado la ocasión, y van vuesas mercedes a ver lo que un hombre como yo hace cuando le llega la ocasión, cuando ya no viven La Bandera ni Zalduendo ni otros que trataban de torcerme el camino. Mi camino».
La vida en la isla era la misma hora tras hora. Seguían los indios con sus curiosidades, sus cambalaches y sus sonrisas. Nunca habían visto indios tan sonrientes los marañones.
Aquellos indios, cuando hablaban de los hombres blancos, decían en su idioma: Cariua Juruparí, es decir: el blanco es el diablo. Porque, lo mismo que los semitas, ellos tienen sus diablos, que se diferencian poco del que podríamos llamar diablo ortodoxo de los persas o los romanos. Para defenderse del diablo blanco o verde usaban flechas envenenadas con el famoso curare, que entonces era desconocido fuera del Amazonas.
El curare, que es una corrupción de Uiarí-rana, viene de la planta de este nombre, arbusto de tamaño mediano que exhala aromáticos efluvios. Al mismo tiempo que atrae y engaña y se denuncia ofrece al que se acerca unas pequeñas frutitas rojas, más pequeñas que aceitunas, que invitan a comerlas por el color y la fragancia.
Lo curioso es que el que las come puede hacerlo sin cuidado porque son inofensivas con una condición: que no mastique ni coma las semillas. De ellas y de las hojas y del tallo del uirarírana se desprende una savia ponzoñosa. Tanto que la más leve raspadura en la piel que haga aflorar sangre a los poros es mortal si esa sangre entra en contacto, aunque sea fugaz y rápido, con el jugo de la semilla.
Los indios untaban con aquel betún —así decían los españoles— la flecha, y por su parte los españoles, cuando sospechaban que una flecha tenía ponzoña, lo primero que hacían era raspar con ella la piel de un indio, a quien observaban, y si seguía vivo después de algunas horas la flecha no estaba envenenada. Lope de Aguirre lo hizo aquel día y el indio tardó seis horas en morir. «¡Oh, el hideputa!», exclamó Aguirre como si él tuviera la culpa.
El blanco era Cariua-Juruparí, pero los indios no se quedaban atrás en eso del diabolismo.
Entre aquellos indios había una tribu que vivía a un tiro de arcabuz y se llamaban los cachivos. Gente más rara aún. Los indios cachivos eran caribes. La palabra caribe no quiere decir, sin embargo, comedores de carne humana, sino, como dije antes, simplemente extranjeros. En aquel caso eran las dos cosas a un mismo tiempo.
Andaban locos los caribes por comerse a un blanco creyendo que así las cualidades del blanco les serían transferidas. Ofrecían sus esposas a los blancos para que yacieran con ellas y las dejaran embarazadas y dieran a luz. Entonces el esposo indio —según dijo a Lope uno de los brasiles— cuidaría al hijo del blanco, lo mimaría y atendería hasta tener uso de razón, y al llegar a los ocho o nueve años se lo comería para recibir su espíritu. El espíritu de su padre blanco.
Pasaba con eso que muchas gentes que comían ritualmente carne humana se acostumbraban y luego seguían por afición y sin sentimiento religioso ni pretexto ritual alguno. Entre los omaguas había muchos indios de ésos. Casi todos los brasiles eran también caníbales.
A veces iban Lope de Aguirre y su hija al barrio de los caribes y todos los indios salían a mirar a la niña en éxtasis. Entonces ella tenía miedo y pedía a su padre volver a casa. A su choza. Los negros llamaban a aquellas chozas ajupas, quizá por tradición de sus poblados de África.
Iban allí los indios desnudos, como la mayor parte en las orillas del Amazonas, y, sin duda, era ésa la única manera de vivir en un país tan caluroso. Lo único que llevaban sobre su piel era algún collar de dientes de mono o de hombre, y los más viejos, algunas cabezas humanas reducidas al tamaño del puño y colgadas de la cintura por los cabellos. Aquellas cabezas traían loco y fuera de sí a Pedrarias.
Había personas en la expedición que les encontraban a aquellas cabezas parecidos con la cabeza natural de Lope, en la que creían ver la misma sequedad y la misma expresión hermética. También sus facciones parecían reducidas y comprimidas por extrañas presiones exteriores.
Nadie le decía eso a nadie, aunque todos lo pensaban.
Estaba Lope de Aguirre muy ocupado con sus reflexiones. Aquel día que acababa de comenzar iba a ser definitivo en su vida para bien o para mal. El maestresala de don Hernando y el capitán Guiral habían ido a decirle cuáles eran las intenciones de don Hernando y se lo dijeron con todos los detalles y garantías de veracidad. Más se preciaba Lope de Aguirre de la fidelidad de aquellos dos hombres que de la victoria que le venían a facilitar. «El hecho de que vengan a mí quiere decir que ya no es don Hernando quien tiene la autoridad en el campo sino yo. Ya no son estos hombres satélites de don Hernando, sino míos, y sin haberlos sobornado ni siquiera con una promesa». Entretanto, Bovedo iba a salirse con la suya. Le había oído decir un día Lope que no tenía valor para suicidarse y que aquélla era la única razón por la cual estaba todavía vivo. Eso le dijo Bovedo, que era, con Montoya, el que debía dar la señal para matarlo según le comunicaron Guiral y el maestresala, y Lope de Aguirre pensaba que lo primero que tenía que hacer era suprimirlos a los dos, a Montoya y a Bovedo. Había que ayudarle a Bovedo a salir de esta vida, ya que no tenía valor para marcharse por su cuenta. Y en cuanto a Montoya, mil veces le había dicho a Ursúa: «Yo soy de los que nunca olvidan ni perdonan. Mátame, y si no me matas puedes estar seguro de que un día te mataré yo a ti». Y así fue. De veras, Montoya cumplió su palabra. Montoya y Bovedo (éste con su cabeza rubiácea de gallego mal cocido) eran dos, pero campaban siempre juntos. Había que darles a los dos lo que los dos habían esperado y deseado alguna vez en su vida sin que nadie se lo diera.
—A lanzadas —les dijo Lope de Aguirre a cuatro de sus soldados— y cuando el sol comience a caer. Exactamente cuando el sol baje y se vea encima de aquellas palmeras. Si no lo hacen vuesas mercedes con diligencia y silencio estamos todos fregados.
Para distraer la atención de la gente anunció que el viaje se reanudaría al día siguiente y los soldados comenzaron a disponer sus cosas.
Cuando el sol comenzaba a caer, Lope de Aguirre dio un bando para que todas las canoas fueran puestas en racimo junto al costado norte de la aldea. Las órdenes se entendían para todo el mundo menos para las tropas que llevaba consigo, con las cuales puso vigilancia en las cercanías de la casa de don Hernando.
Las viviendas de Montoya y de Bovedo estaban en el extremo sur, y como todas las de aquella población habían sido construidas a lo largo de la orilla, era fácil interceptar la comunicación llegado el momento, porque bastaba con una pareja de hombres armados.
Atareado todo el mundo llevando las canoas al extremo opuesto, Lope de Aguirre señaló a cada escuadra de diez hombres sus víctimas y les dijo cómo debían emplearse de modo que cayeran primero Bovedo y Montoya.
Todo a punto, vieron que se entraba la noche, y fue aquélla una de las más oscuras que se vieron nunca, a pesar de que en la línea equinoccial lo son todas. Un jefe de escuadra advirtió a Lope de Aguirre que en la confusión de la noche, si había resistencia, podía ser que se mataran los soldados entre sí, y por esa razón pensaban si no sería mejor esperar el amanecer. Lope decidió que el soldado tenía razón, pero que a Montoya y a Bovedo había que matarlos enseguida y sin hacer ruido, para lo cual eran especialmente acomodadas sus casas, que estaban juntas y en un extremo de la aldea.
Fueron allí y Lope de Aguirre, fingiendo alegría y ligereza de ánimo, dijo a los españoles que hallaron por el camino que iba de caza en busca de dos jaguares.
Sorprendieron a sus víctimas descuidados y los mataron a golpes de lanza, como había dispuesto Lope. Bovedo, que estaba en cueros, gritaba: «¡Ah, es el loco Aguirre, que prueba a razonar! Es la primera cosa razonable que hace». Y ofrecía el pecho a la lanza. En cuanto a Montoya, cayó herido de muerte, y decía en el suelo con un gruñido parecido al de los caimanes: «Me madrugó el cojo». Estuvo repitiéndolo hasta que le faltó el aliento.
Después, siendo ya noche cerrada, que no se divisaba un hombre a dos pasos, volvieron al centro de la aldea y Lope de Aguirre y los suyos, todos bien armados, se retiraron a los bergantines, de modo que si el príncipe descubría algo y reunía gente contra ellos pudieran soltar las amarras y marchar río abajo.
Allí esperaron el amanecer, y si los soldados de filas durmieron —con guardias alertadas—, ni Aguirre ni sus dos auxiliares más cercanos, que eran Juan de Aguirre, también guipuzcoano, y Martín Pérez, cerraron los ojos.
Al clarear la aurora salieron las tropas de Lope de Aguirre en grupos de diez. Nadie sabía lo que iban a hacer, a excepción de Lope y sus dos confidentes. En las últimas instrucciones que Lope dio a sus tropas insistió mucho en que los castigos que se iban a hacer eran por la seguridad y respeto del príncipe, y añadió que si por casualidad éste intervenía y mandaba que no hicieran las tropas lo que tenían ordenado, no había que hacer caso alguno a don Hernando, ya que por ser joven y suave de carácter no podía imaginar las maldades de sus enemigos y había que protegerlo a pesar de sí mismo. En esto insistió tanto que después le dijo Martín Pérez:
—Cuando vean que hemos matado al príncipe, ¿qué dirán?
—No hay cuidado —dijo Lope—. La perplejidad no les dejará decir nada y ni aun pensar que yo los conozco.
Al lado de la casa del príncipe estaba la del padre Henao, en la que entraron —alguien dijo después que por error y confusión—, y un soldado llamado Alonso Navarro, viendo al sacerdote desnudo en su hamaca, lo atravesó de una estocada aun antes de que acabara de despertar. No hubo ruido ni voces de algazara. Al salir dijo Navarro:
—Le he metido en el cuerpo al padre Henao los latines de doña Inés.
Y Lope de Aguirre comentó:
—Bien hecho, mi hijo, que habría sido un testigo de cargo, y en un ejército esos hombres no valen para nada.
Luego entraron en la casa del príncipe, donde, además de don Hernando, vivían algunos de sus servidores y gentilhombres. Al ruido salió el mismo Guzmán en camisa, todo alborotado, diciendo a Lope de Aguirre:
—¿Qué es eso, padre mío?
Lope le dijo, pasando a otro cuarto con su gente:
—Asegúrese vuecelencia, que a defenderlo venimos.
Entraron donde estaba el capitán Serrano, el mayordomo Gonzalo Duarte —que ya había estado a pique de morir una vez— y un tal Baltasar Toscano, a quienes mataron a estocadas, hallándolos inermes, menos Duarte, que quiso defenderse y lo mataron de un tiro de arcabuz.
Entretanto, Juan Aguirre y Martín Pérez, instruidos por Lope, se hicieron perdidizos en la casa, encontraron a don Hernando y le dispararon también un tiro. Herido el príncipe, dijo a grandes voces:
—Es un error, caballeros. Es un extravío que don Hernando soy. Favor a mí, Lope de Aguirre.
Lo remataron a estocadas por piedad, ya que el tiro le dio en el vientre y le produjo una herida mortal con la que habría tardado tres o cuatro horas en morir.
Sucedió a aquellos crímenes una gran calma en el pueblo.
No acudían los indios a los alborotos de los españoles, y éstos, con excepción de los que estaban en armas al lado de Lope, huyeron del pueblo medio vestidos, algunos armados, y los más, sin armas, que no las tenían porque Lope de Aguirre se había cuidado de quitárselas.
Baltasar Toscano, que había sido un enamorado de doña Inés —sin que llegara a catarla— y que se pasaba la vida en sueños diurnos y delirios sexuales, fue muerto a golpes de daga. Miguel Serrano era hombre quieto, que siempre se irritaba cuando tenía que cambiar de lugar de residencia y quería quedarse en todas partes donde se detenían. El pobre fue muerto a lanzadas y quedó para siempre en aquel lugar sin cuidado de nuevos viajes.
En cuanto a Duarte, era un hombre que siempre decía que no a todo el mundo no importaba lo que le preguntaran o pidieran, aunque luego, reconsiderando el caso, se avenía con todos. Lope hacía tiempo que había renunciado a entenderlo.
Si aquellos hombres muertos hubieran decidido adelantarse en sus planes algunas horas, Lope de Aguirre habría sido vencido sin grandes dificultades.
Como decía antes, los españoles, que supieron lo sucedido, huyeron al campo. Pedrarias andaba como solía preguntando a los indios del poblado próximo cosas en relación con sus costumbres, muy interesado en tratar de comprender cómo reducían al tamaño de un puño las cabezas humanas. Al verlo volver, Lope le salió al paso:
—¿Dónde están los otros? —preguntó.
—Yo no sé nada. Vuelvo de hablar con los indios tupíes.
Llevaba un cuadernito mugriento en el que había escrito algo y Lope de Aguirre se lo pidió y estuvo leyendo al azar: «Entre los indios tupíes, cuando una hija llega a la edad de nueve años, le cortan el cabello al rape y la tatúan en la cadera, los pechos y el vientre mojando una espina de macú en la tinta de una planta que llaman genipapo. Ponen también a la niña collares de dientes de animales feroces, especialmente de jaguares y pumas, y cuando le ha crecido el pelo y las heridas del tatuaje están cicatrizadas se la dan al pretendiente y los casan. Entonces la niña suele tener menos de diez años aún.
»En la boda hacen música con tres instrumentos que llaman inubias, borés y maracas, y son dos de percusión y uno de aire, que es una flauta de bambú. La música es monótona, pero buena para bailar por tener un ritmo muy señalado.
»Hay una costumbre curiosa entre estos indios, y es que uno de ellos es nombrado marido de las viudas y ése no trabaja y se dedica a vivir con ellas en un bohío y a atenderlas como macho.
»Los tupíes tienen dos mujeres, una joven y otra vieja, y ésta ejerce autoridad sobre todos los hijos, los propios y los de la otra. Los caciques tienen cuatro o cinco y a veces más mujeres.
»Cuando muere el marido lo entierran en la misma choza, debajo del hogar donde dormía, siempre envuelto en su propia hamaca.
»Después las mujeres y los hijos se pintan la cara de negro y lloran durante todo un día. Al siguiente las viudas pasan a formar parte de la extraña y extensa familia del marido de las viudas, que tiene una gran casa redonda, especial».
En aquel lugar llamaban a los españoles también caribes, es decir, extranjeros.
Se extrañó Lope de Aguirre de no hallar en el cuaderno de Pedrarias una sola alusión a lo que acababa de suceder en el campamento y le dijo:
—Vaya vuesa merced a tener compañía a las mujeres de mi casa, que no se sobresalten y dígales que estoy bien. Porque debieron oír los tiros y el alboroto de la gente.
Observó Pedrarias que había sangre en la loriga de Lope y también en las lanzas y partesanas de algunos soldados, y Lope explicó, taciturno:
—Hay carne fresca doquiera, por ahí, que tuve que madrugarles a los que preparaban mi muerte. Ellos me querían merendar y yo los almorcé.
—Ya lo sé que hay carne fresca, Lope. Los indios la ventean desde sus bohíos, que tienen narices golosas.
Luego dijo que había que enterrar a los muertos en fosas profundas para evitar que se los comieran.
—Un muerto —dijo Lope— no es ya amigo ni enemigo; sino una cosa sagrada y neutral, y tiene vuesa merced mucha razón. Yo soy del mismo parecer, y nos quedaremos aquí un día más hasta que los cuerpos entren en descomposición.
Enterrados los muertos, comenzaron los tambores de Lope de Aguirre a tocar asamblea y fueron regresando los soldados que habían huido, algunos porque viéndose solos, perdidos y vigilados por los indios caníbales, suponían que era mejor afrontar el peligro de las espadas de Aguirre que la vigilancia, el acecho y la codicia animal de los tupíes.
Reunidos en la plaza, subió Lope a un montículo de modo que lo vieran todos y dijo:
—No se admiren ni espanten vuesas mercedes de lo que ha sucedido, porque en guerra estamos y no puede haberla sin sangre derramada. El príncipe y sus aliados debían morir, porque no eran personas para gobernar la armada ni para poblar, y menos aún, para volver al Perú y llevarnos a la victoria. Y estando en el extremo que estamos, los que no valían para el buen fin que todos nos proponemos tenían que acabar como han acabado, y pensar otra cosa sería locura. Lo que hemos hecho es bueno para todos nosotros, porque si esos hombres muertos siguieran vivos serían un día, tarde o temprano, la muerte de vuesas mercedes todos que están escuchándome y de mí mismo por su mal gobierno y torcida intención, ya que pensaban ofrecer paces y pedir perdones al rey don Felipe. De aquí en adelante ténganme vuesas mercedes por más amigo suyo que nunca y desde ahora todos iremos con un solo fin a una misma parte y yo seré su protector y su caudillo y no les pesará de tenerme por general, pues soy tan bueno como otro y aun mejor, al menos en mis intenciones y voluntad. Vuesas mercedes saben, marañones, cómo me preocupo de su bienestar hasta llegar a poner por vuesas mercedes en peligro mi vida, como acaban de ver todos.
Hubo un silencio en el que se oían las abejas de un avispero que zumbaba debajo de la copa de una palmera, y Lope de Aguirre continuó alzando mucho la voz:
—Hasta aquí todo ha sido trapacería, que nos gobernaba un mozo, pero ahora es distinto, y por vida de Dios que a todos tengo que hacer capitanes una vez llegados allá; por lo tanto, lo que les digo ahora es que amuelen sus lanzas y corten balas y prepárense a la guerra, que en mí hallarán el primero en el peligro y el último en el provecho, y desde ahora prometo, con la mano derecha sobre el corazón, de no derramar más sangre española mientras no me organicen motines, que en ese caso no respondo de nada y ya me conocen vuesas mercedes. Y ahora prepárense, que vamos a seguir la jornada del río mañana mismo. Pero antes sepan todos, y ténganlo presente para las cuestiones de orden y servicio, que los nuevos cargos han quedado provistos así: es maese de campo Martín Pérez; almirante de la mar, Juan López Calafate; sargento mayor, Juan González Carpintero, y en cuanto al comendador Núñez de Guevara, le destituyo del cargo de capitán que tenía, porque bien se ve, por su edad y naturaleza, no ser de condición para seguir la guerra, y le prometo enviarlo a Castilla con veinte mil pesos para atenciones de su vejez. Su puesto se lo doy a Diego de Trujillo, que era antes alférez. Queda nombrado para capitán de a caballo Diego Tirado, y no diga que no, porque en lugar estamos donde no se puede sino callar y obedecer. Capitán de la guardia hago a Nicolás de Zozaya, vizcaíno y tan apersonado como yo mismo, que no lo puedo más encarecer —hubo algunas risas, porque Zozaya era también ruin de cuerpo—. La vara de barrachel la entrego a Carrión, y para que se vea que no todo ha de ser por política ni por hechos de alianza personal, dejo con sus capitanías a Sancho Pizarro y a Galeas, que las habían recibido de manos del difunto don Hernando, que Dios haya.
Se deshizo la asamblea, pero a continuación Aguirre hizo pregonar una vez más la orden de que, bajo pena de muerte, nadie hablara más en voz baja con nadie ni echara mano en presencia de Lope de Aguirre a la espada o la daga ni llevara armas de ninguna clase fuera de los servicios de la guardia.
Así y todo, y para mayor seguridad, por las noches se iba Lope a recoger a los bergantines los dos días que todavía continuaron en aquel lugar, porque a pesar del anuncio de salir al día siguiente prefirió Lope demorarse para dar tiempo a que los cuerpos enterrados comenzaran a descomponerse y no fueran comidos por los indios. En los bergantines habían sido recogidas las armas de todos los soldados que no estaban de servicio.
Por fin, el día 16 de mayo salieron otra vez. El ejército ocupaba los dos bergantines y una chata y no pocas canoas, que, aunque todos cabían en los bergantines, por mayor comodidad y soltura algunos preferían viajar así sabiendo que en todo caso a la noche bajarían a dormir a tierra.
Habían embarcado algún vino del que hacían los indios, y entre los negros que iban en la chata, al oscurecer se vio a Carolino batir palmas y salir al centro del corro:
Guedé, guedé del alacrán que cimbrea guedé, guedé de la nieta de su abuela… |
Lope de Aguirre creía que los negros eran como los niños con sus juegos, que si molestan hay que tolerarlos, por su inocencia.
El pueblo que dejaron lo llamaron Matanzas, por las que se habían cometido, y al salir hizo Lope que los remeros bogaran hacia el centro del río y después que se acercaran al lado contrario para alejar a la tropa de aquella orilla, donde había poblaciones omaguas, y quitarles el deseo de quedarse a poblar, pero a medida que se acercaban a la banda contraria veían que también allí había llanuras bajas, montañas lejanas, bosques esparcidos y señales de población. Algunos habrían deseado bajar, porque decían los brasiles que era tierra muy rica y vecina del Dorado, pero nadie osaba hablar por miedo a perder la vida. Y miraban con melancolía el humo de centenares de chimeneas hogareñas subiendo en el aire quieto.
Por si acaso, Lope de Aguirre dio un bando en los dos bergantines prohibiendo a los soldados que hablaran con los indios brasiles y que se dijera en voz alta ni baja el nombre de Omagua y mucho menos el del Dorado.
Así fueron navegando ocho días y ocho noches, sin tocar tierra, apartándose de una orilla y de otra para evitarles la tentación a los posibles desertores. No caminaron mucho, porque la anchura del río era allí de doce leguas y en ir de un lado al otro se les iba el tiempo. Como Lope no dormía sino una hora o dos cada día, y a veces sentado (y aun algunos creían que de pie), no le importaba mucho la incomodidad del bergantín, pero otros habrían dado algo por poder dormir en tierra firme, como había prometido el caudillo al embarcar.
Un día, aquejados de la falta de alimentos, atracaron las naves cerca de un poblado grande donde los indios parecían amistosos. Por si acaso, y para hacerles abandonar los bienes que tuvieran, Lope de Aguirre mandó hacer algunos disparos de arcabuz y, escapando los indios, la tropa acudió a sus casas y vieron que en todas había una o varias iguanas atadas, que solían comerlas asadas al fuego. De los indios fugitivos pudieron atrapar sólo un hombre y una mujer, que guardaron para obtener información.
Había muchas flechas en las casas, y Aguirre, tomando una, volvió a hacer la prueba del veneno frotándola contra la pierna de un indio hasta darle escozor y escorche, y pocas horas después el indio murió, de lo que sacaron que el betún que llevaban en la punta era curare. Lope lo hizo pregonar.
No parecían, a pesar de todo, aquellos indios gente de guerra, y poco a poco fueron regresando algunos, aunque no todos. Se quedaban a la mira, entre tímidos y curiosos.
Improvisó allí Lope una ceremonia —porque le pareció el lugar a propósito— de fundación de una ciudad. Armado de todas las armas, subió a un poyo y delante de todos dijo que quería fundar en aquel sitio una ciudad llamada con el nombre de su hija Elvira y que sería una ciudad separada y negada y contrapuesta al reino del rey Felipe, y que si alguno quería impedírselo lo desafiaba a que saliera a combatir con él. No habiendo contradicción, Lope de Aguirre dijo que se posesionaba de aquel lugar en nombre propio y en el de sus marañones y, según el ritual acostumbrado en aquellos casos, echó mano a la espada y anduvo quince o veinte pasos en cada dirección —Norte, Sur, Este y Oeste—, cortando con tajos y reveses maleza, ramaje y todo lo que hallaba por delante.
Después hincó un madero y dijo que fundaba, asentaba y hacía la población llamada Elvira y que aquel poste era el rollo y la picota y que iba a nombrar dos alcaldes, ocho regidores y un alguacil para el gobierno perpetuo de la nueva república, los cuales cargos serían retribuidos con honores y paga. Después de todo esto, como buen cristiano que Lope dijo ser, señaló en tierra con la punta de la espada el lugar donde debía ponerse el basamento de la iglesia y dijo que aquél sería el edificio principal de la ciudad, cuyo nombre —Elvira— sería honrado por las edades como lo había sido Granada con aquel mismo nombre en otros tiempos.
Dejó el nombre escrito en un papel, hizo grabarlo además con una daga en el poste —de lo cual se encargó voluntariamente Pedrarias— y Lope añadió que como no había disposiciones hechas para proveer de medios de vida al alcalde y a los regidores, éstos seguirían con la expedición, pero tendrían aquellos cargos con carácter honorífico y por ellos serían conocidos. Y cuando hubieran regresado al Perú y conquistado el poder para desmembrar aquella tierra de Castilla lo primero que harían sería ir a construir y a poblar y a organizar la nueva ciudad de Elvira, cuyos señores serían, y como tales, servidos por las tribus indias vecinas.
Acabado el discurso creyó que uno de los soldados se había reído y fue a él:
—¿De qué os reís, hermano? Responded con verdad: ¿de qué os reíais?
—Pues pensaba que en ese rollo no colgarán muchas cabezas.
—Eso nunca se sabe, hermano. ¿Entendéis?
Había como una amenaza en su voz, y el soldado dijo que sí, que entendía.
—Algunos de vuesas mercedes quizá no lo comprenden, pero yo veo la ciudad ya levantada, con murallas y campaniles, con torres y blasones, con plazas y calles, y mercados y consistorio, que hasta me parece estar oyendo las campanas llamando a misa mayor.
Todos callaban y no sucedió nada más.
Era aquél un pueblo de caníbales donde había tres parcialidades de tres tribus, con tres plazas, y en cada plaza, un ara de sacrificios y encima una barbacoa grande con figuras humanas monstruosas.
Había carne de indios seca y en conserva y también puesta a cocer en grandes marmitas.
En los días siguientes vieron casas construidas encima de empalizadas como sobrados, y las ponían tan altas por el riesgo del río, que lo cubría todo cuando subía la marea. Aunque estaban a doscientas cincuenta leguas de la mar, los macareos eran terribles, y una noche estaba uno de los bergantines atados con cuatro cabrestantes gruesos como el brazo y el primer golpe del macareo —o el pororo, que decían los indios— lo arrancó de las ataduras y de un golpe lo llevó a la distancia de un tiro de arcabuz. Enviaron gente en canoas para recogerlo y lo trajeron sin daño, con gran extrañeza y alegría de todos.
El soldado que se había reído del rollo de la nueva ciudad fundada era un tal Serrato, un poco simple, aunque hombre de valor como soldado. Tenía una particularidad de carácter aquel hombre, y era que no podía mirar al cielo ni tampoco a las lejanías del río (allí donde el río parecía mar y el azul de abajo se confundía con el de arriba), porque sentía vértigo.
El padre Portillo, que murió de aprensión en aquel lugar, solía decirle a Serrato que tenía miedo del infinito y que hacía bien en tener miedo, porque en el fondo del infinito estaba Dios. En todo caso, Serrato, desde el incidente del rollo, miraba con recelo a Aguirre y procuraba evitar su presencia, que le producía una sensación parecida al vértigo, también.
Quería Aguirre saber más de aquella tierra y dio a un indio algunos espejitos y dos hachas pequeñas de metal o escaletas y le dijo que fuera a llamar a los demás, con la seguridad de que no recibirían mal alguno. El indio se fue y al día siguiente volvió con dos mensajeros del cacique de la población. El uno era manco y el otro cojo y los dos muy deformes, por enfermedad o a propósito, que los indios —cosa rara— usaban romper algún hueso adrede a sí mismos o a los otros. Aquellos dos hombres dijeron por señas que luego llegarían los demás, dispuestos a trabar amistad con los extranjeros.
En aquel lugar, bautizado con el nombre de Elvira, sucedió un hecho curioso, y es que una mestiza de las que iban en la expedición estaba preñada y a punto de parir, y Lope dispuso que se quedaran para que pariera en la ciudad recién fundada, aunque no existente, y en la declaración de nacimiento se dijera que la persona nacida era natural de la ciudad de Elvira y con esa declaración tomara más cuerpo y realidad la existencia de la nueva urbe.
Antes Lope hizo traer la mujer a su lado y le preguntó:
—¿Sois casada?
—No, por la misericordia de Dios.
—¿Quién es el padre? Porque hace más de nueve meses que andamos en el río.
—Era de noche, señor, y no lo sé.
—Alguno sería. ¿No recelas de alguno?
—Quién sabe.
—¿Negro o blanco?
—Negro pienso, aunque con la noche tan oscura destos lugares no se sabe.
—Si era negro parirás cabra.
—Lo que Dios quiera, señor.
Lope fue a ponerle mano en el hombro y la mujer retrocedió. Lope le dijo:
—No tengas miedo. Una mujer que está para ser madre, sagrada es en toda la redondez de la tierra.
—Es que unas manos como las de vuesa merced deben doler si la tocan a una, pero por lo demás, miedo no tengo.
—No duelen mis manos.
—Pues quién sabe.
—Di lo que piensas sin miedo, que ya he dicho que eres sagrada.
—Gracias, señor. Pero más bien puta soy.
—Puta era la madre de los fundadores de Roma. Y tú parirás en esta ciudad nueva. En esta ciudad de Elvira.
Ella miraba alrededor sin ver ciudad alguna:
—Sí, señor.
—Yo no creo en el amor —dijo Pedrarias a Lope— como tampoco cree vuesa merced, pero creo en la maternidad y en las ciudades nuevas. Yo seré el padre y yo escribiré el acta fechada en la ciudad de Elvira a tantos de tantos… como manda la ley.
Pensaba Lope que para ayudar a la mujer a parir habría sido oportuna la presencia de la mulata doña María. Y mejor aún, las dos que murieron en la isla: doña Inés y la mulata. Y lo dijo. La embarazada comentó, con la expresión extraviada:
—A doña Inés de Atienza la vi detrás de los arbustos como una muñeca lavada y desteñida.
—¿Eso visteis? —preguntó Lope, también confuso.
Al día siguiente la mujer dio a luz asistida por dos indias y, según el deseo de Lope, junto al rollo de la ciudad de Elvira. Pero el recién nacido vivió pocas horas, y aquello le pareció a Lope un presagio funesto. Cuando Pedrarias le preguntó si escribía o no el acta de nacimiento y la defunción respondió Lope de mala manera, cosa que no había hecho nunca con Pedrarias.
En aquella tierra eran los indios grandes flecheros, y recordando el betún que ponían en las flechas, Lope de Aguirre recomendaba a los soldados que se pusieran las armas, aunque los había que preferían mil muertes antes que sufrir la angustia del calor debajo del coselete y las mallas. Pedrarias andaba, curioso como siempre, mirando e indagando. Eran aquellos indios caníbales también y codiciosos de carne humana y tenían templos donde hacían sacrificios e idolatrías al sol y a la luna. En una puerta estaba hecha en relieve la figura del sol, y a su lado, la de un hombre. Y en otra, la figura de la luna, y al lado, la de una mujer, señales que parecían muy reveladoras de sus costumbres religiosas. Los dos templos estaban cubiertos de sangre seca por todas partes.
En sus casas aquellos indios tenían maíz, frutas secas y abundantes peces que sacaban cada día del río.
Se habían instalado los marañones en los mejores bohíos. En el de Lope las cosas seguían como siempre. Iba el paje a la selva y al volver le contaba lo que había visto a Elvira, quien lo creía o no.
Al ver llegar a Pedrarias le dijo Elvira, porfiadora:
—Antoñico dice que ha visto también en esta tierra el pájaro que dice mi nombre.
—Y es verdad —afirmó el paje muy serio.
—¿Dónde lo visteis? —preguntó el soldado curioso.
—En donde las aves suelen cantar. En una rama.
—Lo que pasa —dijo Pedrarias— es que Antoñico está enamorado de quien yo me sé.
—Si lo estoy o no —dijo el paje— es cuestión mía.
Pedrarias se puso a reír y el chico buscó una daga, la empuñó y fue sobre él. Sin dejar de reír, Pedrarias le retorció la mano y le hizo soltar el arma. Luego volvió a dársela con una cortesía afecta, y el muchacho se declaró vencido y sonrió.
Causó no poca sorpresa ver que tenían los indios en una casa una empuñadura de espada de Castilla, y en otras, clavos de hierro. Dijo Esteban que eran del paso por allí de los de Orellana, quienes tuvieron que combatir y cayeron algunos, y él se acordaba muy bien.
Los indios tupíes —que eran los de aquel lugar— adoraban el fuego, y el dios del fuego intermediario con el sol era el rayo. Lo representaban con una cruz.
También allí se usaba la costumbre del marido de las viudas, quien se dedicaba únicamente a atenderlas en sus deseos amorosos. Suponiendo que aquella profesión le tenía muy ocupado, al nombrarlo la comunidad lo relevaba de otros trabajos y era un hombre feliz, aunque todos lo tomaban un poco a broma y se reían de él. Si había alguna mujer hermosa y atractiva podía ser feliz, pero si eran feas, su vida sería un suplicio constante y más de una vez tendría que acudir a la ayuda de la estimulante guayusa. En aquellos lugares la idea que los indios tenían de la belleza era muy diferente de la nuestra.
Por los indios que habían visto, y por lo que dijo Pedrarias, tenían allí la costumbre de depilarse su cuerpo lo mismo los hombres que las mujeres, y un solo pelo en pechos o espaldas se consideraba como una vergüenza. No dejaban más pelo que el de la cabeza, que peinaban y cuidaban y recogían con lianas.
Llevaban los hombres sus órganos sexuales envueltos en cintas y en las grandes fiestas llevaban el cabello y el sexo más cuidados que nunca. Ellas, con tangas nuevas, y ellos, con cintas nuevas, también.
Las tangas eran unos triángulos de cerámica cocida pintados con rayas y adornos de colores. Con ellas se cubrían el sexo las mujeres. Solían usar una delante y otra atrás y llegaban a juntarse en la entrepierna, porque eran corvas. A veces entrechocaban y sonaban al andar.
No había mucha caza por allí, al parecer, o era la selva demasiado amenazadora y arriesgada. Los indios no tenían carne de pavos silvestres.
En aquellos días celebraron los funerales de uno de ellos con un gran velorio y una comida.
Los indios brasiles que iban con la expedición hablaban el mismo idioma de aquella gente y parecían excitados y felices.
Preguntaba Aguirre a uno de ellos y él respondía:
—Aquí dan de comer muy bien a los que acuden al velorio. La comida del muertito. Gordo estaría yo —añadía, locuaz— si por cada muerto desde que embarcamos en los Motilones me dieras tú la comida del muertito.
Lo miraba Lope con una expresión indefinible y murmuraba entre dientes:
—¡Hideputa, bellaco!
Poco después los dos indios brasiles desaparecieron. Se fugaron. Sin duda al encontrarse en su tierra tuvieron nostalgias y no pudieron resistirlas.
Los pilotos y los expertos en cosas de mar dijeron que la marea llegaba allí y que no debía haber hasta el océano más de doscientas leguas, porque calculaban la fuerza de la mar en relación con la extremada anchura del río.
Siendo aquel lugar especialmente adecuado para hacer jarcias y otras cosas, indispensables antes de salir al mar, decidió Lope quedarse el tiempo necesario hasta que estuvieran hechas. Pusiéronse todos otra vez a trabajar.
Los indios traían bastante comida y los días pasaban en calma, con un sol más implacable aún y una actividad de colmena. Usaban los indios unas tijeras especiales que cortaban más que las de los españoles y estaban hechas con las mandíbulas de unos peces que llamaban pañas. Los peces eran pequeños y de una voracidad increíble. En dos o tres minutos acaban con un tapir si éste cometía la imprudencia de bañarse en el río, y dejaban su esqueleto mondo. Otros indios llamaban a aquellos peces pirañas.
Los indios a veces pescaban algunos pañas, y con sus mandíbulas hacían aquellas tijeras, que duraban muchos años y cortaban fácilmente láminas de maderas y cueros animales.
Quería Lope dejar en aquella tierra a Juan de Vargas Zapata, el canario, porque lo consideraba un mal soldado, y pareciendo tan indio como los tupíes, éstos lo recibirían quizá como uno más. Le preguntó con humor un poco siniestro:
—Estás viajando gratis en mis bergantines, ¿no es eso?
—Sí, señor.
—Pues desde ahora menester es que pagues el flete.
—¿Con qué lo voy a pagar? Ya ve vuesa merced que no tengo nada.
Poco después Lope de Aguirre hizo algunas decisiones extrañas. Ordenó a Vargas Zapata que no se apartara de allí y que atendiera a lo que iba a suceder. Había en la armada un soldado alemán a quien llamaban, castellanizando su nombre, Monteverde. Este hombre —Grünberg— tenía dos rasgos de carácter un poco inusuales: uno, su tendencia a hablar en voz baja, confidencialmente, de las cosas más simples, con lo que tenía a Lope preocupado. Otro, el deseo de lamentarse de la ineficacia de las decisiones, siempre tardas o torpes. Aguirre lo envió con el papel escrito —la vitela sudada de siempre— al bohío de Carolino. «Vuesa merced vaya allí —le dijo— y dele ese papel y aguarde la respuesta». Luego dijo a los más próximos:
—¿Por qué se cambia el nombre y niega su patria, el rufián? ¿Y por qué habla tudesco consigo mismo cada vez que sabe que yo he hecho una justicia?
Lo curioso fue que Monteverde andaba por el poblado preguntando por el bohío de Carolino y que le costó bastante trabajo encontrarlo. Una vez allí los dos negros lo sujetaron y le dieron garrote. Luego fueron a preguntar qué hacían con el cuerpo, y Aguirre dijo que lo llevaran al bergantín Victoria y así estrenaría el tudesco la jarcia y la antena. Allí lo mandó colgar, poniéndole al pie un cartel que decía: por amotinadorcillo.
La verdad era que aquel hombre grande, rubio, de ojos huraños y de gesto torcido le parecía a Lope de Aguirre una acusación constante y no podía respirar a gusto si lo miraba dos veces. El mismo día hizo ahorcar a dos hombres más. Uno, Juan de Cabañas, que no había querido firmar el documento de desnaturalización de España. Ese Cabañas andaba muy escrupuloso de conciencia y desde la muerte de Ursúa se acusaba a sí mismo de aquel crimen, aunque no había intervenido. Se acusaba de culpabilidad por omisión, que era tan grave —decía a quien quería oírlo— o más que el delito por acción, ya que al menos el de la acción era hombre que arriesgaba algo y asumía responsabilidad. Había oído Lope aquellos escrúpulos de Cabañas por referencias indirectas.
Según decía Lope de Aguirre disculpándose con Pedrarias, no podía ser un buen caudillo ni llevar a los marañones a buen fin si alguno le obligaba a sentir cargada su conciencia con reconcomio, escrúpulo y disgusto de sí. «Más muertes y peores ha hecho el rey Felipe —repetía— y hay todavía en el campo quien jura por él».
Pedrarias, oyéndole, pensaba una vez más en la «tarumba del equinoccio». Él también sentía dentro de sí mismo su mundo moral subvertido y tenía que vigilarse y reprimirse muchas veces. Por ejemplo, en la novena de las recias hambres había pensado sin repugnancia en los indios que comían carne humana, y éste era un secreto pesado y venenoso que no se atrevía a confesarse a sí mismo.
El negro Carolino dio garrote a Cabañas al pie del bergantín Victoria y delante de todos. Luego lo izaron al lado de Grünberg —es decir, Monteverde—, y la mayoría de los marañones que habían acudido miraban aquellos cuerpos colgados y miraban a Lope en silencio.
Hubo otra víctima. Un soldado débil de carácter y siempre deprimido y triste que al ver aquellas ejecuciones dijo que no tenía interés alguno en la vida, que no comía ni apenas dormía y que le daba lo mismo una cosa que otra. Se llamaba Juan González y había sido muy partidario de Lope. Sin embargo, a medida que la expedición se acercaba al mar perdía su fe y había llegado a hablar a un amigo de que aprovecharía la primera oportunidad de estar en tierra de cristianos para desertar.
La ejecución de González se hizo con la misma diligencia que las anteriores. Lope vigilaba armado hasta las puntas de los dedos con su guardia personal detrás, en el bergantín mayor, que tenía ya el juego de jarcias completo. Acercarse aquellos días a los bergantines era acercarse a la muerte, según lo que estaba sucediendo. Antes de ofrecer su cuello a Carolino, el tal González entregó un paquete para devolverlo —dijo— al padre Portillo, olvidando que el cura de los seis mil pesos había muerto ya. En el paquete —que hizo allí delante de todos— había una almohaza o peine, un librillo de devoción y una navaja de bolsillo. Pedrarias veía que Lope había decidido eliminar la escoria del campo y dejar sólo vivos a los hombres de valor y empuje, es decir, reducir la masa de valor dudoso a lo que él consideraba oro puro.
El comendador de Rodas que se detuvo a mirar fue llamado por Lope de Aguirre, y como era hombre ya anciano, se acercó despacio, pero sin cuidado y con la gravedad de sus años. Cuando estuvo cerca del bergantín, dos soldados le dieron de lanzadas y a un gesto de Lope de Aguirre lo arrojaron todavía vivo al río. En el agua gritaba el comendador, pero no pidiendo confesión, en la que tal vez no creía, sino maldiciendo a Aguirre. Éste dijo a unos indios que fueran a auxiliarlo, y cuando los indios estaban en el río rompieron los arcabuceros de Lope la canoa a tiros y los indios cayeron al agua.
Los marañones que estaban en el bergantín miraban impasibles. El caudillo vasco miraba también atentamente a las aguas como si esperara algo. Vio a Guevara debatirse un momento y desaparecer dejando arriba una mancha roja de sangre. Un indio de los que estaban en la balsa inmediata llamó la atención de Lope y le dijo:
—Mira al agua y verás algo que no has visto nunca.
—Sí, ya lo sé —dijo Aguirre—, y por eso hemos echado al agua al comendador para hacer la prueba y que con su vida de viejo inútil sirva a la comunidad de los marañones. Porque no sé si en esta parte del río pasa lo mismo que en la parte alta donde hice la experiencia con un mono.
Unos minutos después apareció flotante el esqueleto del comendador, limpio y mondo, como si no hubiera tenido nunca carne. El esqueleto, como los que se ven en las alegorías de la muerte, con la calavera blanca, los dientes descubiertos.
El esqueleto del comendador. El mismo indio decía que eran una especie de sardinas rabiosas las que se lo habían comido.
Había que tener en cuenta un riesgo más: el de las sardinas rabiosas que estaban en todo el río. A los que caían al agua sin tener herida alguna aquellos peces no les atacaban. Por eso, de los cuatro indios de la canoa, tres que iban heridos fueron devorados en un instante —sus esqueletos asomaron también un momento flotando—, y el cuarto, que estaba ileso, nadó y llegó indemne a la orilla.
Pero al indio que se salvó le valió de poco, ya que días después, cuando estuvieron acabadas las jarcias y completo el velamen, acordó Lope dejar en aquella población a cien indios y a él entre ellos. Los indios suplicaban que no los dejaran en aquella tierra de caníbales y Lope dijo que no había lugar en los bergantines para tanta gente, que las chatas no navegarían por la mar abierta y que tampoco podían llevar a bordo comida para todos una vez fuera del Amazonas.
Al salir de aquel poblado hubo, sin embargo, como siempre, entre los negros, fiestas y jolgorio. Mezclándose con ellos bailaron los indios indígenas y las indias también. Esta vez era Juan Primero quien dirigía con una voz falsamente atiplada:
Cada agua tiene una reina la pequeña y la grande. —Guedé. —Y la agüita del llover, la del río que es muy grande yo me la voy a beber. —Guedé. —¿Dónde, la reina del agua? —Guedé. |
Luego dijo Juan Primero que no había que hacer llorar a los pájaros. También los animalitos de pluma o pelo sufrían la tarumba del equinoccio, y los peces, pañas del río. No había que hacerlos llorar a los pájaros. El paje Antoñico decía que él había visto llorar a dos en una rama, pero en otro pueblo anterior.
Algunas mujeres de las que bailaban en el corro de los negros eran bastante hermosas para indias, y usaban las mismas tangas que los marañones habían visto desde los territorios de Machifaro, una delante cubriendo el pubis y otra detrás.
En el baile a veces había movimientos obscenos y las dos tangas chocando en la entrepierna a compás producían en algunos indios una excitación visible. Otros indios llamaban a aquellas piezas de cerámica babal.
Las mujeres las llevaban atadas a la cintura con hilos vegetales fuertes y delgados, cuyo color se confundía con el de la piel, pero que se acusaban por la presión que hacían en ella.
Al día siguiente iban a salir de aquel lugar cuando el soldado Alonso Esteban reconoció el pueblo como Corpus Christi —así lo había bautizado Orellana diez años antes—. Esteban se sintió de pronto muy locuaz y comenzó a contar que en aquel lugar los soldados de Orellana fueron bien recibidos, especialmente por las mujeres indias, en cuya compañía pasaron algunos días muy gustosos. Entonces dijo Lope de Aguirre que comprendía por qué había muchachos con ojos castellanos entre los indios.
Esteban añadía que la expedición de Orellana llevaba un cronista, el padre Gaspar de Carvajal. Aquel fraile había escrito todo lo que vio y Esteban decía guiñando un ojo: «Pero se olvidó de apuntar las intimidades de los soldados con las indias que, como ven vuesas mercedes, son más hermosas que en otras partes».
Y reían mientras la brisa balanceaba en la antena los lazos de cuerda que colgaban perezosamente, sin cuerpo alguno ya, y como si esperaran otros que reemplazaran a los que sacaron y dieron sepultura, una sepultura lo más honda posible, para que no se los comieran los bailarines.
Aquellos indios creían en la resurrección y Lope se burlaba, pero Pedrarias dijo:
—¿Por qué no? Bien mirado, no es un milagro mayor resucitar que nacer.
Un momento se quedó Lope pensativo y luego dijo: «Este Pedrarias acabará fraile cartujo, que yo lo conozco bien».