Escena III
Dichos; RAMÓN con algunos Amigos que salen del Ayuntamiento; después EL MAESTRO DE ESCUELA.
RAMÓN.
—No soy un valiente, pero a mí no me asustan ni los gritos de ésos, ni las amenazas tuyas. No te he temido nunca y he estado siempre enfrente de ti, porque has sido un cacique, ¡y de los peores!
EL TÍO PEDRO.
—¡El cacique, tú!
RAMÓN.
—Tú, que has tirado siempre a embrutecerlos para manejarlos más a tu gusto. Y yo les he de ilustrar, aunque tú no quieras, ni ellos tampoco, ni el pelele ese que he tenido por secretario.
MANOLITO.
—¡A mí no me falte usted, a mí no me falte usted!
EL TÍO PEDRO.
—¡Cállate tú y déjale decir!
RAMÓN.
—¡Todo el mundo dice que es preciso regenerarse! ¡Pues la regeneración va a empezar por este pueblo! A ti te voy a hacer que andes derecho, que te has torcido siempre; a ésos que no sean analfabetos, que lo han sido siempre; y a ése que sea persona, que no lo es.
MANOLITO.
—(¡Me las paga, me las paga! ¡Por éstas!)
RAMÓN.
—¡Parece mentira que, estando tan cerca de Salamanca, no sepáis nada de nada! He suprimido los toros porque son una barbaridad. El año pasado en las corridas de feria se llenaron las casas de muertos y heridos, que no parecía sino que se habían batido en el pueblo el Kuroki y el Kuropakin.
EL TÍO PEDRO.
—¡Qué exageración!
RAMÓN.
—No hay pueblo con más cojos, y es por las corridas de feria. ¡Los toros son una vergüenza y yo los suprimo!
TODOS.
—¡Toros!
RAMÓN.
—¡No hay toros! En lugar de esa fiesta salvaje tendremos Juegos florales con su reina y su mantenedor, y su poeta premiado, y su flor natural y su corte de amor.
EL TÍO PEDRO.
—¡Ay, juegos!
MANOLITO.
—¡Y florales! ¡Qué cosa más fina!
RAMÓN.
—¿Vosotros no sabéis qué es eso? ¡Es que sois muy brutos y hay que regeneraros a la fuerza!
CORO.
—¡Brutos!
MANOLITO.
—¡Pero qué lengüecita más larga!
RAMÓN.
—Y este año en el teatro ópera, el Lohengrin, que ya se está haciendo el cisne en casa. Y nada de género chico, ni de salir a la escena con mallas, ni de bailar tangos, ni cuplés pa atrás ni pa alante, que el año pasado vinieron dos tiples ligeras y se me echaron a perder catorce casados de la localidad. ¡Aquí la moral!
EL TÍO PEDRO.
—¡Aquí toros!
RAMÓN.
—¡La regeneración!
CORO.
—¡Toros!
RAMÓN.
—¡Silencio, y respetad al alcalde!
MANOLITO.
—¡Abajo el alcalde!
CORO.
—¡Muera!
(EL MAESTRO DE ESCUELA, que sale del Ayuntamiento.)
EL MAESTRO DE ESCUELA.
—¡Señores, por Dios! ¡Calma, paz, sin paz no es posible la vida!
EL TÍO PEDRO.
—Ése tiene la culpa de todo.
MANOLITO.
—¡Ése que le compra los libros!
CORO.
—¡Mueran los libros!
RAMÓN.
—Éste, éste es el que va a salvar al pueblo. ¡Aquí el maestro de escuela va a ir en automóvil!
EL MAESTRO DE ESCUELA.
—¡Oh, no pido tanto! Me contento con que se me paguen con puntualidad las dos pesetas que me ha asignado usted y que redujo el anterior secretario a cero setenta y cinco.
MANOLITO.
—¡Hombre, para un maestro de escuela! ¡Me parece que no está mal pagado!
RAMÓN.
—Ya lo oiréis. ¡Va a ser el mantenedor de los Juegos florales!
EL TÍO PEDRO.
—¡Mantenedor, él!
MANOLITO.
—¡Él sí que necesita mantenedor!
EL TÍO PEDRO.
—Yo no volveré a serlo. Que si llego otra vez a la alcaldía suprimo la plaza.
RAMÓN.
—Ya te he dicho que a eso has tirado siempre, a embrutecerlos para explotarlos.
EL TÍO PEDRO.
—¡Eso es llamarme ladrón!
RAMÓN.
—¡O cosa parecida!
EL TÍO PEDRO.
—¡Ramón!
RAMÓN.
—¡Pedro!
(Se dirigen uno a otro amenazadores, se interponen todos.)
EL MAESTRO DE ESCUELA.
—¡Señores, por Dios! ¡Calma! ¡Sin paz no es posible vivir! ¡Llevárselos, llevárselos, hijos míos!
EL TÍO PEDRO.
—
(A quien llevan varios hacia su casa.)
Ya nos veremos, ¡y habrá toros!CORO.
—¡Toros!
RAMÓN.
—
(Desde la puerta del Ayuntamiento.)
¡No hay toros, no hay toros!(Algunos Amigos le hacen entrar.)