TERCERA EDAD

La invisibilidad de los homosexuales de la Tercera Edad es una realidad plenamente comprensible. En las asociaciones de gays y lesbianas no están y en el ambiente de Chueca, en Madrid, el Eixample de Barcelona, o el Carmen de Valencia, menos aún. Quizás algunos se atreven a visitar los pocos cines X que quedan en las grandes ciudades españolas y, allí, en la oscuridad de la sala, mitigar su soledad.

El ostracismo y la marginación social durante la dictadura franquista obligaron al más absoluto y completo de los ocultamientos. El alto riesgo que se corría era de sobra conocido y, a excepción ile unos pocos homosexuales que se atrevieron a manifestarse con naturalidad (ya son de sobra bien conocidas las funestas consecuencias que padecieron, —Ley de Vagos y Maleantes y con posterioridad, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social—), la inmensa mayoría tuvo que quedarse dentro del armario con los sentimientos de culpa que el Nacional Catolicismo les inculcó.

Por ello, no resulta fácil que los homosexuales, en una horquilla de edad comprendida entre los 75/85 años, quieran salir del armario, o, cuando menos, expresar en una entrevista sus vidas llenas de oscurantismo, complejos, inseguridades, insatisfacciones y, en ocasiones, hasta con sentimientos de culpa. Esas vidas de ostracismo marginal, que no se han superado en la mayoría de los casos, tienen todavía un sello de infinita tristeza, marcado al rojo incandescente; y ahora, con sus facultades a veces mermadas por el paso del tiempo, con la incomprensión no sólo de la sociedad homófoba, sino también de las generaciones de gays más jóvenes que no han vivido en la sociedad opresora de aquel entonces y que, por tanto, desconocen sus vivencias de desolación personal y social, no quieran hablar ni recordar su historia, aun cuando para ellos pudiese suponer, si no una catarsis, sí al menos un cierto alivio en su soledad existencial.

No hace mucho, casualmente, me reencontré con un hombre de ochenta años, que, en mi infancia, regentaba una perfumería-droguería en un barrio popular de Madrid, «Félix», con una pareja de toda la vida, a la que separó el fallecimiento del otro. Le pedí si quería colaborar en la elaboración de este libro de autoayuda, contándome sus experiencias de juventud durante el franquismo y, literalmente, se negó; tan sólo me comentó que hace cuarenta años, a un hombre, por el simple hecho de perfumarse, se le tildaba de «maricón», y que su relación de pareja tuvo que guardarla en el armario con «cien candados». Pero, a la fecha de hoy, viudo ya hace más de diez años, sin una nueva pareja, casi solo, sin apenas familia, no le apetece volver a recordar su historia; por una parte, gozosa al haber contado durante más de treinta años con una relación estable; y a la vez francamente dolorosa, por haber tenido que soportar las puyas de sus parroquianas de aquel entonces que, en ocasiones, recuerdo que le decían con sorna: «¡Félix, un chico tan majo como tú!, ¿cuándo piensas casarte?»; a lo que, Félix, herido en su amor propio, respondía siempre con evasivas.

La historia de «Félix» no es de las más trágicas de aquella generación; al menos, tuvo la suerte de tener una pareja con la que pudo canalizar su sexualidad y mitigar su soledad. Otros, por desgracia, no tuvieron tanta fortuna y, sin lugar a dudas, cayeron en los hilos y la trama de la paranoia mental que les pudo conducir, como de hecho sucedió, a ingresar en hospitales psiquiátricos con diagnósticos de psicosis maniaco-depresiva, esquizofrenia paranoica o alcoholismo; que, en definitiva, no eran más que, camufladamente, las consecuencias y secuelas de la vida tan difícil por la que atravesaron.

Resulta significativo constatar cómo han cambiado los comportamientos actitudinales dentro del mundo gay. La sociedad evoluciona y el mundo homosexual también. Con esa transformación se alcanzan derechos y reivindicaciones impensables un cuarto de siglo atrás. Desde esta perspectiva es indudable que hemos ganado derechos constitucionales fundamentales; pero esta única lectura tío es suficiente, queda restringida a la parcela legal —importantísima que duda cabe—, de la realidad existencial del mundo homosexual.

Parece como si una gran parte de los jóvenes gays y probablemente también las lesbianas, aunque quizá en menor medida, de hoy en día, tuvieran poco que ver con los homosexuales de tiempos atrás. Seguramente las vivencias de unos y otros —los jóvenes de antes y los de ahora—, tan diferentes, hayan producido comportamientos y estilos de vida bien distintos.

Y en esta reflexión psicosociológica que me permito hacer, considero que se aprecian aspectos valiosos y otros que no lo parecen tanto.

La sociedad en la que vivimos nuestra vida cotidiana, se encuentra, como ya he comentado anteriormente, realmente enferma. Muchos de sus comportamientos y maneras de actuar desde la perspectiva de una filosofía de valores caen por su propio peso; y esa patología social contamina lógicamente al mundo gay, especialmente al más joven. Los valores que hoy en día imperan —el culto al cuerpo y la imagen; el procurar retardar el paso del tiempo porque la edad se vive mal; uno vale en la medida en que es joven y ofrece una buena imagen como si la vida se tratase de un desfile en la pasarela Cibeles de la moda— conllevan, sin lugar a dudas, a medio plazo, unos altos riesgos de caer en una depresión, o cuando menos, perder una adecuada autoestima, imprescindible para sentirnos felices y tener calidad de vida.

El mundo gay que se muestra en la sociedad —el lésbico todavía menos— presenta un perfil, a menudo, un tanto superficial. A excepción de algunos militantes de los movimientos, fundaciones y colectivos a favor de los derechos homosexuales, y otros tantos pensadores que se afanan en denunciar y erradicar el sentimiento homófobo con el que nos movemos, una mayoría de gays jóvenes, por el contrario, sin una clara conciencia de su identidad —no me estoy refiriendo a la sexual, esa posiblemente sí, sino a la existencial—, viven de una manera alienante y sin fundamento sus vidas.

Posiblemente la decepción y la queja más que justificada de los homosexuales de más edad vengan, en buena medida, por ahí. El desprecio homófobo hacia ellos, por parte principalmente de las musculocas que, literalmente, los ignoran crea un sentimiento de dolor y tristeza a unas personas que abogaron y lucharon por conseguir derechos sociales para todos ellos: el derecho a ser respetados y la falta de memoria histórica y, por tanto, de cultura, los han relegado al más evidente ostracismo y, paradójicamente, resulta un tanto incongruente que lo provoquen los propios gays generacionalmente más jóvenes.

Pero los problemas de aislamiento y soledad, unidos a cuestiones médicas, adquieren una importancia extraordinaria en este colectivo mayor de GLTB, máxime si han de vivir en residencias de tercera edad, conviviendo con otros ancianos que encajen mal a un/una compañero/a homosexual. En las personas heterosexuales de tercera edad, que han vivido su juventud inmersos en la dictadura franquista, está claro que los sentimientos homófobos se encuentran más arraigados, si cabe, que en otras generaciones más jóvenes, por lo que las personas homosexuales pueden encontrarse en situaciones difíciles con dos tipos de problemas bien diferenciados: de un lado, ni la dirección de estos centros de tercera edad, ni tampoco sus médicos, enfermeras y cuidadores están formados oportunamente y, por tanto, capacitados para ayudar a resolver los problemas específicos de la tercera edad de los gays, lesbianas y transexuales; y de otro, los restantes residentes heterosexuales que, por su educación tradicional, a buen seguro, no van a saber convivir con la normalidad deseada.

En un informe realizado por Beatriz Gimeno[19] sobre las personas mayores GLTB se señala, muy acertadamente, la situación especialmente grave en la que se pueden encontrar los transexuales y transgénero, cuyos cuerpos no resultan concordantes con el género adoptado por dichas personas que, en el caso de verse obligadas a acudir a una residencia de tercera edad o a un hospital por problemas de salud, llegan a sufrir episodios de transfobia. Es bastante probable que, ante el temor al rechazo, intenten retrasar al máximo la visita al médico o el ingreso en residencias, a fin de no pasar por cualquier episodio de humillación.

En las generaciones de homosexuales de 60/70 años cabe aún la posibilidad de encontrar personas que no tengan inconveniente en abordar sus vivencias personales como es el caso de Nicolás, mi hombre gay de sesenta y nueve años, periodista de la radio, ya jubilado, que ha vivido una militancia activa a favor de los derechos homosexuales durante la dictadura franquista y la etapa de la transición, y que, en la actualidad, manifiesta su visión de la realidad homosexual como gay de la «Tercera Edad» del siguiente modo.

Nicolás, gay de 69 años

Si te parece, Nicolás, podemos arrancar tu historia personal desde los años setenta. ¿Cómo viviste aquellos años del final de la dictadura franquista y el inicio de una incipiente democracia en donde surge la liberación homosexual?

Nicolás: Con mucha expectación. Eran años difíciles y arriesgados, pero a la vez fantásticos, y uno aportó su granito de arena como buenamente pudo.

¿Cuál fue tu labor en aquel momento?

Nicolás: Colaborar con varias asociaciones que defendían nuestros derechos. La primera debió ser pionera en Madrid en ese aspecto, luego vinieron MERCURIO y el FLHOC (Frente de Liberación Homosexual de Castilla). Era tal el secretismo con el que se trataba, que nadie se permitía atrevimientos, y menos nombres concretos. Hasta los nuestros eran falsos. Sospecho que pude pertenecer al Frente de Liberación Homosexual del Estado Español (FLHEE), una plataforma que operaba en el año setenta y es, más o menos, cuando contacté con ellos. Durante la etapa del FLHEE (Frente de Liberación Homosexual del Estado Español) nos reuníamos periódicamente en un piso cercano a la Plaza de la Paja; una casa del viejo Madrid sin ascensor. Solíamos entrar al portal de uno en uno y salir de igual modo para no levantar sospechas. Ten en cuenta que estoy hablando de la época franquista, comienzos de los setenta. Antes o después pasábamos por la Bobia, un bar progre de la calle de San Millán, hoy desaparecido, trasmisor de consignas de todo tipo. Chueca tampoco era lo que es; junto con el barrio de Maravillas (Dos de Mayo), constituía el centro de reunión de la progresía opuesta al régimen, antesala, con Huertas, de lo que sería la movida madrileña. Eramos pocos, aunque el total se ocultaba por razones obvias; había que trabajar por turnos para defenderse de los chivatazos. Durante las reuniones solíamos recabar información precisa acerca de la situación homosexual en España para divulgarlo después a través de asociaciones de vecinos (bastante activas por aquel entonces), feministas, medios de comunicación y amigos. Pretendíamos que LO NUESTRO fuese considerado como una variante más de la sexualidad, y contrario a enfermedad, o sea, como fuente de placer, y por tanto, incluido dentro de los planes educativos de la enseñanza. Teníamos relación, a su vez, con asociaciones afines de Barcelona, mejor organizadas en todos los sentidos y en contacto permanente con grupos foráneos.

¿Qué tipo de personas formaba ese colectivo?, ¿gays intelectuales?

Nicolás: No, mayormente empleados de profesiones diversas. Los intelectuales reconocidos actuaban, si lo hacían, desde las gradas, pero rara vez descendían al ruedo.

¿Solamente erais chicos gays o también formaban parte mujeres lesbianas?

Nicolás: Solamente chicos.

¿Y las lesbianas estaban marginadas, o es que no había lesbianas visibles?

Nicolás: Yo pienso que las lesbianas no estaban organizadas, tal vez dentro de organizaciones feministas. La militancia conjunta vino después.

Entre la época del FLHEE, Mercurio y el FLHOC, ¿cuántos años estuviste militando en esos colectivos?

Nicolás: No mucho; en total unos cuatro años, con paréntesis diversos.

Y en esos cuatro años, Nicolás, ¿por dónde iban encaminadas las reivindicaciones de esos movimientos?

Nicolás: El cometido base consistía en recabar apoyos para derogar la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, tarea ardua. Hasta la muerte de Franco, todo se hizo de forma velada; durante los últimos años de su vida hubo cierto relajo, más que nada por la situación política. El régimen estaba muy gastado y la oposición asomaba las orejas, el partido comunista, pues los socialistas eran desconocidos, pero la Ley estaba ahí, y había que tener cuidado. Al aprobarse la Constitución (1978), la situación cambió. El día del Orgullo Gay salió a flote y los locales de ambiente comenzaron su andadura (no es que ayudasen mucho, ellos estaban en su negocio, pero al menos servían de trampolín para divulgar actos y concentraciones). Lo mejor fue la derogación de la Ley citada en el año 1979; aquello sí que mereció un brindis; pero la represión callejera y cierre de locales por parte de la policía tardó en desaparecer. También los grupos de ultraderecha estaban presentes en muchos sitios, cuando menos se esperaban.

Efectivamente, es un problema social, como dices, y fue por derogar la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social por lo que más se luchó. Tú, personalmente, Nicolás, ¿tuviste algún problema por ser gay? ¿Te aplicaron la Ley de Peligrosidad?

Nicolás: Me detuvieron varias veces; una en Barcelona; recuerdo que me trasladaron a la comisaría de la calle Conde del Asalto, al final de las Ramblas, donde me pegaron muy fuerte. La siguiente en Madrid. Haciendo la «carrera» en la zona del Obelisco, nos detuvieron a unos cuantos. Tras registrarnos, nos metieron a otro chico y a mí en el capó de un coche. No en el coche celular, como es habitual, sino en el capó del mismo, cerrado a cal y canto. Fue durante la época de UCD. Trasladado a la comisaría de la calle Huertas, me interrogaron como a los demás, pero estuve poco tiempo: no más de dos horas. Nada que ver con lo de Barcelona, aquello fue peor.

¿En Barcelona te detuvieron también por estar ligando?

Nicolás: No. Yo había ido para ver a unos colegas. Al salir de la reunión, a pocos metros del local, la policía se echó sobre mí sin dar explicaciones y me condujo a la comisaría. Recuerdo que llevaba un bolso de mano con documentación comprometida, suficiente para aplicarme la ley de marras. La primera ocurrencia fue pedir al policía de guardia que me dejase ir al servicio; si en un interrogatorio posterior me registraban, como sucedió, tendría todas las de perder, pero él se negó en redondo. Cuidado que insistí, más no hubo forma de convencerle. Al cabo de unas horas cambió la guardia, y el sustituto, más comprensivo, entendió que si no me autorizaba, me lo haría allí mismo. Vi el cielo abierto. En cuestión de segundos, rompí absolutamente todo, lo arrojé a la taza del water y tiré de la cadena. Aun así, me pegaron varias veces delante del comisario cuando me tocó el turno. El interrogatorio fue demencial; aparte de insistir acerca de los motivos del viaje que me inventé de pronto, repetido cien veces para ver si me cogían en renuncio, pretendían que firmase un documento por el que me declaraba homosexual. No sé cómo tuve tanto valor para mentir; mejor dicho, memoria para no desdecirme, pues entre un interrogatorio y otro pasaba un tiempo.

¿Qué año fue?

Nicolás: Vivía Franco. Hacia el setenta y cuatro, en primavera.

¿No te ficharon entonces?

Nicolás: Lo desconozco. Nunca tuve acceso a las fichas policiales, ni me interesa.

[En esa época se lucha contra la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social y después de unos años de haber conseguido ciertas reivindicaciones, aparece, a partir de 1981, el VIH.]

¿Cómo vives toda esa época?

Nicolás: Dada mi profesión, hice cuanto pude por apoyar el cambio. Fue una especie de militancia soterrada, pues la radio no siempre aceptaba el reto. Colaboré en programas donde la homosexualidad y el VIH estuvieron presentes. Llevamos a gente experimentada, sobre todo a principios de los ochenta, para divulgar lo que se suponía el SIDA. El Doctor Miguel Sánchez Matesanz fue uno de ellos; la suerte de trabajar en Nueva York por aquel entonces y conocer los entresijos de la enfermedad resultó útil; quizá el primero que alertó sobre el riesgo en nuestro país. Es un ejemplo pero te podría facilitar muchos. ¿Cómo lo viví? Hasta entonces fui bastante promiscuo; después, no es que dejase de serlo, pero tomé precauciones, y tuve suerte. Pero nunca fue lo mismo, porque tenía mis miedos.

¿Qué recuerdo conservas de tu militancia en los movimientos de liberación homosexual de la época?

Nicolás: El FLHEE estuvo bien, a pesar de la escasez de medios, pero los colectivos de la transición que conocí tenían una forma de actuar que no me complacía del todo. Allí quienes solían salirse con la suya eran los radicales; la cúspide de la pirámide, para entendernos. Eran pocos, pero se les oía mucho. Se debatían los temas, qué duda cabe, pero al final se hacía su santa voluntad. En eso no diferían mucho de los partidos políticos, por desgracia. El tiempo perdido pretendían recuperarlo muy rápido, y las estrategias brillaban por su ausencia. Actuaban como los grupos de Holanda, Inglaterra o Estados Unidos sin reparar en las circunstancias; nosotros acabábamos de salir del cascarón como quien dice y ellos llevaban mucho tiempo en la brecha. En esas condiciones resultaba difícil trabajar, y me marché. Desde entonces no volví a colaborar con ellos como no fuese para divulgar sus actividades a través de diversos medios de comunicación.

Pasa el tiempo y te quería preguntar qué diferencias ves entre aquellos movimientos de liberación incipientes, MERCURIO, MDH, FHAR, FLHOC, con los movimientos actuales, que están todos, o la mayoría de ellos, como es el caso de COGAM, dentro de la Federación Estatal de Gays, Lesbianas y Transexuales.

Nicolás: Muchas. Ten presente que en aquella época teníamos el puñal encima día y noche, y cualquier movimiento equivocado suponía un riesgo que podía costarte caro. Pasaba lo mismo cuando salías a la calle en apoyo de otras manifestaciones; la policía a caballo o a pie, cargaba sobre ti, y había que obrar con cautela. Ahora no ocurren esas cosas. Ahí veo la diferencia. También éramos más ingenuos; pensábamos que todo iba a cambiar radicalmente, más o menos en la forma prevista. Cuando se abolió la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, ¿quién no brindó con champán? Fue un primer paso, cierto, más no definitivo. Pronto nos dimos cuenta de que la situación no era tan romántica como se pensó en principio. Lejos de contar con apoyo masivo por parte de los homosexuales, nos quedamos como estábamos. Lo que la mayoría anhelaba (algo que ya se trató en las reuniones) era follar, importándole un pito lo demás.

[Paradójicamente, en la actualidad, sucede algo similar. Los militantes de las asociaciones de gays, lesbianas y transexuales siguen siendo grupos minoritarios con relación a la población homosexual en su totalidad. Está claro que, de una parte, la salida del armario sigue causando temor a muchos, y de otra, la militancia en pro de la reivindicación de derechos no importa suficientemente a una buena parte del colectivo homosexual.]

La nueva Ley de Matrimonios de Parejas del mismo sexo, ¿qué opinión te merece?

Nicolás: Está bien que tengamos los mismos derechos que los heterosexuales para estas cosas, pero el problema es el de siempre: social. Estoy convencido de que a pesar de la libertad existente, la gente sigue tapada.

¿Sin salir del armario?

Nicolás: Bueno a mí esa palabra me parece ridícula; no suelo utilizarla.

Tú, Nicolás, ¿cómo dices?

Nicolás: Hablo de manifestarse o no, pero es igual. A lo que iba: hace poco viajaba por el sur desde Tarifa a Ronda con unas amigas. En el departamento anexo del tren iban dos parejas con sus respectivos críos. Uno debía de tener tres años, y otro un poco mayor, tal vez cuatro. Posiblemente eran hermanos, o primos, lo desconozco. En un momento dado, los niños comenzaron a besarse en la cara entre risas. Evidentemente jugaban; pues bien, uno de los padres los separó de pronto y les dijo: ¡No, no! ¡En la boca no, que es homosexual!

¿Se lo dijo así?

Nicolás: Como te lo cuento. Podían besarse en cualquier parte del cuerpo, más no en la boca. Se besaban de una forma alegre, sin problemas, como es costumbre entre niños. Pues ya ves; alguien con autoridad les dio pautas concretas de comportamiento con vistas al futuro. Eso demuestra que la sociedad no ha cambiado tanto, que sigue anclada en los postulados de siempre; que las leyes van por un lado y ella por otro.

Los homosexuales de la época de la dictadura, que ahora ya tienen entre ochenta/noventa años, con sus vidas posiblemente rotas, no tuvieron ni la posibilidad de llegar todavía jóvenes a la época de la transición; de ellos no sabemos prácticamente nada, puesto que no van por las asociaciones de gays. Se mantienen en la más absoluta invisibilidad y quizá algunos tengan problemas de salud. ¿Cómo consideras que desde las asociaciones y colectivos GLTB se debería de plantear esta cuestión?

Nicolás: No sé. Creo que no es un tema que competa a las asociaciones; que lo sometan a estudio sí, pero pienso que cada cual recogerá en base a lo sembrado. Yo hablo por mí y no por los demás; ahí podría equivocarme. Lo que añoro de la época franquista es mi juventud. Nada más. Aun así, supe buscarme la vida dentro del «ambiente» para realizarme como tal, y fui feliz. Supongo que a muchos de ellos, les sucedería lo propio. Nadie se cruza de brazos cuando le pica, lo normal es rascarse, utilizar la imaginación. Quien más quien menos se las apaña para salirse con la suya, exista la represión que exista en todas las partes del mundo, mas puede darse el caso de gente que no tenga arrestos suficientes para enfrentarse al problema, aún hoy. Sería bueno conocer las causas y el entorno para juzgar. ¿Cómo habría sido mi vida afectiva sin los condicionantes políticos? Es algo que ni me planteo. Así pues, no creo que las asociaciones de gays tengan que atender esas cosas. Pueden recabar información, e incluso asesorar a quien lo pida, pero la vida privada es personal. Si no colaboran será que no les interesa. Lo que pasa es que la sociedad es muy cabrona. Llegas a viejo y te rechaza, pero también les ocurre a los heterosexuales. Cuando pierdes la juventud sabes a lo que te expones. Si a esa edad estás acompañado, tanto mejor, pero si tuviste la desgracia o suerte, depende, porque no lo tengo tan claro, de no tener pareja, te jodes y estás más solo que la una. Si sabes llevar la soledad, hasta puedes sacarle partido. El problema será para quien sea incapaz de soportarla.

Entiendo lo que dices, Nicolás, pero mi pregunta es si los colectivos gays están hechos para gente joven y la gente con más edad parece no tener cabida en estos sitios.

Nicolás: Ésa es otra historia. Se tiende a creer que en la juventud está lo mejor de una persona, y puede que sea cierto, mas no se debe generalizar. Habrá jóvenes dinámicos y otros que no lo sean tanto. La experiencia, en cambio, se adquiere con los años, pero te diré una cosa: la discriminación de los homosexuales no proviene solo de los heterosexuales. Se suele dar dentro del ambiente, y las asociaciones no serán la excepción. A menudo, el primer represor del homosexual es el propio homosexual; no hay más que acercarse al ambiente. Si pasas de una edad determinada o tu físico no es el atractivo, los primeros que te darán la espalda son ellos.

Comparto tu opinión, Nicolás, pero a mí me preocupa más cuando un gay, con una determinada edad, se ve abocado a tener que ir a una residencia de tercera edad. Si va a tener otra vez que recluirse en una invisibilidad y a no poder manifestarse como gay, porque en las residencias de tercera edad ni están preparados los que las dirigen, ni menos aún los cuidadores, para comprender las necesidades específicas del colectivo gay. Y además, los residentes son personas muy mayores y, posiblemente por su educación, bastante homófobas. Y ése es un tema que me preocupa por la soledad a la que pueden estar abocados.

Nicolás: Pues no sé, ahí tengo mis dudas. El mismo problema que pueden tener esos ancianos dentro de las residencias lo puede sufrir cualquiera en el trabajo. Yo lo tuve en el mío, sobre todo al comienzo. Eso sí, procuré cumplir como el que más, y puedo asegurarte que si rindes como es debido, lo normal es que tus inclinaciones sexuales importen poco, se olvidan. ¡Hombre! Si eres un borde, vas de provocador o con el letrerito puesto todo el tiempo, la cosa cambia. Por supuesto que te pueden marginar, aunque eso dependerá de la estrategia que uses. En mi caso se solucionó bien; hasta los compañeros más machistas acabaron aceptándome. Sí noté resistencia con los tapados, esos que nunca manifestarán sus verdaderas inclinaciones por razones obvias; nadie que se sienta culpable quiere tener un espejo al lado en que mirarse. Con la gente me ocurre lo mismo. Sea cuestión de suerte, o seducción, nunca tengo problemas, pero sé que existen. Lo que planteas con los ancianos está en la misma línea. Dentro de poco, a lo mejor me toca ir a una residencia. Si es así, utilizaré esa estrategia, y veremos los resultados.

Realmente no todo el mundo tiene la facilidad o la capacidad tuya.

Nicolás: Eso es algo que atañe a las asociaciones. Una llamada de atención: con frecuencia muchos homosexuales van avasallando, con el cartelito puesto a todas partes, algo que respeto, cada cual es libre de hacer lo que quiera, pero dudo que sea eficaz dados los planteamientos sociales de hoy en día.

¿Piensas que de no haber habido el radicalismo, que posiblemente hay, se hubiera alcanzado el matrimonio de parejas del mismo sexo?

Nicolás: Una cosa es la acción razonada y otra la imposición de cuatro que se hagan con el control, de lo que me quejo. En cuanto a tu pregunta, no sabría contestar. Lo mismo puede ser sí como no. Remontémonos al pasado. Una toma de conciencia fue la muerte de Rock Hudson en 1985. Para mucha gente no dejaba de ser el prototipo del macho adorado hasta la saciedad. De pronto, se contagia el SIDA y se descubre la verdad. Si a ello se añaden la contestación de las asociaciones a nivel mundial, la compasión que provoca el SIDA y los cambios operados, el resultado es el que es. La sociedad española actual, sin ser ejemplar, dista mucho de la de treinta años atrás. Los jóvenes tienen otra mentalidad, pero tal vez tengas razón; sin el radicalismo citado, las cosas habrían sucedido de otro modo.

Estas cabezas que se ven ahora tan visibles, no voy a citar nombres, de políticos socialistas que están ahí en las concejalías y ayuntamientos; y estos periodistas presentadores de televisión que están fuera del armario, palabra que a ti no te gusta, ¿qué tipo de labor hacen en tu opinión?

Nicolás: No sé, no quiero dar nombres.

Si te apetece, podemos separar, por un lado, los políticos que han salido del armario, y que se nos han casado recientemente, y podemos hablar de los periodistas presentadores de los medios de comunicación por hacer dos apartados, aunque en algunos aspectos parece que están muy relacionados.

Nicolás: Respecto a la televisión, cuando trata el tema, suele ser banal; programas encaminados a fomentar el morbo para que la gente no cambie de canal. Un circo, con perdón. Personalmente estoy en contra, pero al ser cadenas privadas, allá cada cual. Cosa distinta es cuando se fomenta desde la televisión pública, pagada por todos. Ahí sí que me duele. Mira que aborrezco los programas basura, deleznables como sus presentadores, sin embargo creo que sus contenidos sirvieron para que la homosexualidad entre en las casas y la gente se familiarice un tanto; siempre que no sea la homosexualidad de sus hijos, hasta ahí todavía muchos no llegan. De todos modos, las mariconadas al uso, presentadas por «mariconas», deben de gustar mucho al público, a juzgar por el éxito, y estoy convencido de que programas serios al respecto tendrían menos interés. A ese nivel de degradación hemos llegado. ¿Quién tiene la culpa? ¿Los programadores o la audiencia?

¿Y los políticos?

Nicolás: Pienso que los miembros de las asociaciones no deberían meterse en política. Es como hipotecar sus ideales. Llegado el caso, ¿cómo puedes rebelarte? El sueldo que reciban será la compra directa por más que se niegue. Cualquier asociación, por sistema, deberá estar en contra del poder establecido. Luchar desde fuera, lo demás me parece oportunismo.

En nuestras grandes ciudades existen barrios como el Eixample en Barcelona, El Carmen en Valencia, o Chueca aquí en Madrid, donde la visibilidad homosexual está plenamente aceptada. ¿Cuál es tu opinión?

Nicolás: Me parece fenomenal; es una oportunidad para sentirte entre los tuyos y ligar. Siempre y cuando frecuentes otros barrios y ambientes, porque hay un tipo de homosexual cuya única aspiración es el gueto: lo normal es que sus amigos tengan la misma tendencia y no salgan del mismo. ¿Qué quieres que te diga? A mí esa actitud me parece sectaria, porque lo que en verdad enriquece es la diversidad, en todos los aspectos.

La gente gay de Chueca, al igual que la de otras ciudades, parece que tienen unos perfiles imperantes muy determinados, el oso, la musculoca, y parece que hay como una cierta marginación hacia el homosexual más femenino o más amanerado.

Nicolás: La loca siempre estuvo discriminada y es objeto de mofa, hecho comprensible por su forma de ser. El problema no es tan grave si hay amor por medio, pues da mucho juego, como los chistes. Fue tema recurrente durante la etapa del FLHEE y Mercurio, y supongo que lo seguirá siendo por su marginación. Lo menos que merece es respeto. De la loca admiro su sinceridad. Con ella no hay engaño posible, se la ve venir a primera vista; cosa distinta es el trato, que a menudo se hace insoportable, sobre todo si se propone llamar la atención. Con la musculoca, ocurre tres cuartos de lo mismo. Para un rato están bien, pero aguantarlas más tiempo… aunque todo dependerá del interés que susciten, como con todo. Mientras estés de buen ver, no hay problema para relacionarte, lleves o no ropa de marca o acudas al gimnasio, tan de moda. Lo malo llega, como he dicho, cuando se pasa el arroz. Entonces sí que verás crudo el futuro, pues el mero hecho de sincerarte con la edad, será motivo suficiente, pensando en ligar, para que muchos salgan corriendo. Así está el problema. Gracias que la naturaleza es sabia y amortigua el furor con el paso de los años, de lo contrario sería insufrible. La vida activa, como el yogur, tiene fecha de caducidad.

¿Tú, Nicolás, te consideras un gay solitario e independiente?

Nicolás: Sí, mucho, pero solitario… Me encanta la gente y tengo buenos amigos, de todo tipo y condición.

¿Cómo te definirías tú? ¿Qué tipo de gay eres?

Nicolás: Ni yo mismo sabría decir. Vamos a ver: amo la soledad, de la que extraigo provecho, no sé si buscada o impuesta, pues soy exigente, pero me relaciono bien, y tampoco cierro los ojos para no ver lo que ocurre alrededor; al contrario, los tengo bien abiertos.

¿Qué le sugerirías tú a un joven de veinte años gay, hoy día?

Nicolás: Pues nada, que disfrute al máximo, sin hacer mal a nadie, y que no olvide que la libertad de la que goza no salió gratis; que hubo personas que la hicieron posible arriesgando su vida. A él mismo le convendría peinarla cada día.

Muchas gracias por tu colaboración.

Valeriano, 55 años

La historia personal de «Valeriano», cincuenta y cinco años confesados, nos ayuda a situarnos un poco más dentro del colectivo de personas gays de esta generación.

«Yo no sé si será una ventaja o una desventaja, pero siempre he vivido mi homosexualidad de la misma manera y, ahora que tengo cincuenta y cinco años, vivo mi homosexualidad igual que a los treinta, es decir, que para mí ser homosexual no es nada extraño, ni anormal, ni del otro mundo, ni nada extraordinario; eres una persona con un sentimiento distinto al resto y ya está.»

Tú, ¿a qué edad te reconoces homosexual?

Valeriano: Yo siempre, desde niño, a los siete años. Yo me abrazaba a las columnas de la plaza mayor de mi pueblo creyendo queeran Gary Cooper, ¡yo que sé!, y aquellas columnas para mí siempre eran hombres, y las tenía todas bautizadas en masculino, y les lanzaba yo mis peroratas, de ésas ya me acuerdo regular, pero sé que todas las columnas tenían nombres de hombres.

¿Cuándo tuviste tu primera experiencia?

Valeriano: Mi primera experiencia fue cuando era un niño, niño; fue en un vagón de un tren.

¿Qué edad tenías?

Valeriano: Yo iba a examinarme de mi pueblo al instituto de Ponferrada. Era en cuarto de bachillerato y aunque siempre me solían acompañar, en aquella ocasión yo iba solo en el tren. Tendría trece, catorce años, y me acuerdo que en el tren conozco a un chico algo más mayor, si bien tengo el proceso un poco borroso, pero de repente yo tengo a mi lado a un chico en el tren, guapo, que me hizo proposiciones deshonestas sin más, y yo estaba dispuesto porque vivía en un hotel, y no tenía inconveniente en subir a la habitación de su hotel. Luego él no quiso; no hubo ni tocamientos, ni nada. Ésa fue mi primera experiencia aunque no se consumó, pero yo sí le acompañé hasta su hotel con todo mi morro en aquella época, pero el chico al final le debió de dar miedo y me dijo que no.

¿Y toda la época de la dictadura, que tú la has denominado antes la etapa de la clandestinidad, cómo la viviste?

Valeriano: Yo la viví prácticamente en Madrid, avanzando en mi condición homosexual. En aquella época los clubes de Madrid eran cuatro.

¿Los recuerdas?

Valeriano: Sí, iba a uno en la calle Larra que recuerdo se llamaba así. Mis primeros ligues formales consumados fueron allí, en el Pub Larra. Allí estabas tomando una copa, y de repente podía entrar la policía y llevarse en el furgón a todo el mundo. No quiero pensar si me hubieran cogido y en mi casa, de repente; le llega a mi familia una notificación de la policía diciéndoles que yo estaba en un calabozo por maricón. O sea, aquello ya hubiese sido el colmo. Lo que sí hizo posteriormente mi familia fue llevarme a un psiquiatra.

¿Por qué?

Valeriano: Por maricón. Un psiquiatra como el Aquilino Polaino, de éstos que decían que curaban la homosexualidad. Un miembro de mi familia que consideraba que eso de curar la homosexualidad era muy fácil, que ser homosexual era como tener la gripe, y fue el que me puso en contacto con él. Esto del psiquiatra fue después de ese puntito Larra.

¿A qué edad te llevaron al psiquiatra?

Valeriano: Pues ya con veinte años.

¿Y cómo te fue con el psiquiatra?

Valeriano: El psiquiatra me quiso hacer lo que no pudo hacerme.

¡Explícate!

Valeriano: Es decir, quiso ligar conmigo. Era carísimo, tenía una minuta para la época de siete mil pesetas la hora, que era un pastón. Yo recuerdo que llegabas a una casa por la zona de Moncloa, estupenda, muy lujosa, te abría una señora, ibas con cita previa, pasabas a una sala de espera que era como un salón de Versalles total. Aquello parecía cualquier cosa menos la clínica de un psiquiatra; luego, en determinado momento, se abría una puerta corredera y aparecía él. Entonces te pasaba a un despacho, no había tumbona ni cosas de esas, te sentabas en una silla y el señor estaba de la otra parte de la mesa, con una vela encendida, de eso me acuerdo perfectamente.

¿No había más luz que la vela?

Valeriano: La de la ventana; todo era muy tenue, era todo como muy fino, todo eran luces indirectas y nada agobiante. Todo era como muy de cine, todo relajado. Como muy viscontiano. A quien le tenían que haber pagado era a mí, porque yo oía y él hablaba, y él empezó a hablar de él, y empezó a ligar conmigo hasta el punto de llamarme a la residencia de estudiantes donde vivía, y yo salí a cenar con su mujer y con él, porque a todas estas, estaba casado.

¿Entonces este psiquiatra era bisexual?

Valeriano: Sí, bisexual u homosexual, no lo sé, porque ése sería otro capítulo muy largo; el de estos señores que no se sabe muy bien qué son. Tampoco yo me planteé en ese momento si era bi, si era homo, o lo que era.

Entonces el psiquiatra te contó su vida.

Valeriano: Sí, o sea me contó su vida, tampoco había que ser artista para saber que este señor quería ligar conmigo; lo que pasa es que yo, lo mismo antes que ahora, quiero que me hagan caso, pero alguien que estéticamente me guste, y este señor no me gustaba.

¿Cuánto tiempo duró vuestra relación?

Valeriano: Hasta el momento en que yo me di cuenta de que la cosa iba a más y entonces yo dije ¡no!, yo no tengo la gripe, querido, el que tienes la gripe eres tú. Porque a todas estas, este señor a mí me buscaba ligues, es decir, me explico: entre sus propios pacientes, en vista de que yo atravesaba una etapa tímida y no sabía cómo abordar a un hombre para una relación, porque a mí en el bar Larra, siempre se me acercaban y yo jamás me acerqué a nadie, ni ahora ni antes…, siempre estuve como esperando.

¿Sigues igual ahora?

Valeriano: Sí, a lo mejor ahí hay algo psicológico, pero es mi forma de ser. Y esa misma necesidad de que me hagan caso la sigo teniendo ahora. Y a la edad que ahora tengo se me reafirman las ideas que yo ya tenía en aquella época y ahora estoy mucho más convencido.

¿Cuánto tiempo estuviste aproximadamente con este psiquiatra?

Valeriano: Un año.

En el que te tiró los tejos, te acompañó a bares de ambiente, te presentó a otros pacientes suyos para que ligaras, te llevó con su mujer a cenar…

Valeriano: Exacto.

¿Su esposa no sospechaba nada?

Valeriano: La mujer era alcohólica y millonaria y no hacía más que eso. Este psiquiatra me decía: «Te voy a presentar a otro paciente mío que se llama Fulanito y a ver si ligáis.»

¿Entonces cómo curaba la homosexualidad?

Valeriano: No lo sé.

¿Y tu familia de todo esto no sabía nada?

Valeriano: Ni lo sabía, ni lo sabe.

Y los elevados honorarios de este psiquiatra, ¿quién los pagaba?

Valeriano: Mi madre que, aunque sospechaba que yo era homosexual, nunca me lo preguntó. A mis hermanos se lo dije yo. Hubo luego un episodio en mi vida que, me cuesta un poco de trabajo decirlo, no es que me haya marcado, a lo mejor yo digo que no me ha marcado pero, en el fondo sí me marcó. Fue lo siguiente: a mí en mi casa se me coló un violador, un hombre que yo conocí en un parque y por esta tontería mía, se me ocurrió llevarlo a mi casa. Mi madre en aquel entonces tenía aquí en Madrid un apartamento por Ventas, en el que viví por temporadas. Entonces yo me fui allí con ese tío y allí estuve encerrado un fin de semana entero.

¿No te dejaba salir?

Valeriano: Fue un proceso tremendo, me escapé, salí de allí como pude.

¿Era un sádico?

Valeriano: No, era un violador. Él me violó. Yo lo conocí en un parque donde yo estaba ligando; este individuo era un poco mayor que yo, pero tampoco muy mayor. Me pasó como me podía haber sucedido hoy, solo que en aquella época era todo como más oculto, más tremendo, porque a lo mejor hoy día te pasa ese episodio y puedes, aunque no te hagan caso, ir a la policía y decir ese hombre me violó. Yo estaba dispuesto a tener una relación normal de ir a la cama y que pase lo que suele pasar en una cama y luego si te he visto no me acuerdo, y si te vuelvo a ver, te veo ya con el conocimiento de, pero la cosa se torció. Pasamos la noche juntos pero a la mañana yo le dije que se tenía que marchar y me dijo que no y a partir de ahí empezó todo.

¿Cuánto tiempo estuvo?

Valeriano: Pues día y medio.

¿Y en ese día y medio que te sucedió?

Valeriano: Todo lo que conlleva una violación.

¿Llegó a maltratarte físicamente?

Valeriano: No, pero ya creo que el maltrato psicológico es suficiente. En un momento me pude escapar y al primero que llamé fue al psiquiatra.

¿Y él que hizo? ¿Te ayudó?

Valeriano: Pues poco más o menos me dijo que me lo había merecido.

¿No fue contigo al apartamento?

Valeriano: No, yo le llamé y estuvimos en un apartamento que él tenía, que no era donde recibía a sus pacientes. Yo le conté, con todo el agobio que puede tener una criatura veinteañera a la que acaban de violar, la historia, porque yo estaba muy perdido, yo no sabía qué hacer, yo me pasé la noche por la calle porque no me atrevía a volver y fui a él porque no encontré a otra persona más adecuada. Pero él me dijo que no iba a mover un dedo, que eso me había pasado porque yo era muy puta. No fueron estas exactamente las palabras, pero tú me entiendes, el mensaje era éste.

¿Es la peor experiencia que has tenido en tu vida?

Valeriano: Bueno, ya posteriormente, a mí un facha me obligó a mamársela con una pistola en la cabeza, eso fue después. Ya no vivía Franco, aunque se me olvidó la fecha, pero a principios de los años ochenta yo ya empecé a ser consciente de muchas cosas en mi vida. Yo a todas estas terminé mis estudios de interiorismo en Madrid y luego me matriculé en Santiago de Compostela en una escuela de Arte Maestro Maté; ésa es otra etapa de mi vida inolvidable por lo bonita que fue.

La época en Santiago de Compostela, ¿cómo fue?

Valeriano: Fue una época estupenda. Allí tuve mi primer novio, ¡bueno los novios!, yo siempre digo novio pero tampoco fue un novio, fue una persona que me hizo caso en un momento determinado, y fue una etapa muy bonita, muy tierna.

¿Te duró mucho tiempo esa relación?

Valeriano: No, enseguida me engañó con el primero que se plantó por delante, pero eso se repitió mucho en mi vida. Llegó a decirme: «He conocido un ligue, ¡voy a echar un polvo a tu casa!» Y yo le dije que sí, pero conmigo no vuelvas, yo no quiero tener más relaciones contigo. Si quieres follar en mi casa hazlo, pero conmigo jamás.

¿Tú le dejabas tu casa y no sentías celos?

Valeriano: Sí, pero me los aguantaba.

¿Y por qué lo hacías?

Valeriano: Porque mi ya ex novio no tenía dónde ir. Vamos a ver, yo nunca me enamoré de un tío, quise mucho a uno, quizá estuve al borde del amor, pero querer, enamorarme, ¡nunca! Jamás Conviví con ninguno de mis novios y que yo recuerde fueron tres novios y medio. Ellos vivían en su casa y yo en la mía. Lo que pasa es que yo sí tengo un sentido de la fidelidad y de la responsabilidad cuando estoy con alguien. Si ellos no lo tenían, era su problema, no el mío.

¿Me hablas del último novio?

Valeriano: Presunto. Él estaba casado, tenía la típica idea del maricón de toda la vida, de los que la chupan en un servicio o en la piscina del Lago.

¿Y todavía no había dado la cara el SIDA?

Valeriano: No y fue cuando yo empecé a militar en uno de los primeros movimientos homosexuales, el FLHOC, por el año 1981. Yo empecé con este «novio» que simpatizaba con el FLHOC y de tanto ir a esperarlo a la puerta pues un día acabé subiendo y apuntándome. Y ahí empezó esta otra etapa de mi vida de las militancias, de la reivindicación y de las luchas.

¿Cuánto tiempo has estado en esa etapa?

Valeriano: Con paréntesis pero siempre he estado presente. Estás con paréntesis porque en esa primera etapa reivindicativa y luchadora estuve hasta que me harté, porque yo tengo un concepto de la lucha y de las reivindicaciones que parece ser queno tiene nada que ver con el resto. Yo ahora mismo estoy en COGAM; tengo una manera de luchar que comparten pocos, y a veces me harto y me borro. Sería muy largo de contar, es otra visión de las cosas, quizá más revolucionaria y quizá más de la barricada, pero es que muchas veces tiene que ser así, incluso ahora.

¿Cómo fue la época del FLHOC?

Valeriano: Fue una época estupenda. Yo formaba parte dentro del colectivo del sector más revolucionario, más insumiso y más protestón. Si éramos entonces unos cincuenta militantes, yo estaba dentro de un grupito de cuatro o cinco que éramos los más contestatarios. A mí me llamaban «La Pasionaria de los maricones» fuera del colectivo, con lo cual a lo mejor ya te harás una idea. Yo era «La Ibarruri de los maricones». Fue una etapa que no me arrepiento de haber vivido y estoy además encantado; si había que dar una charla en Derechos Humanos y tenía que ir el FLHOC, allí sí iba el cabeza visible del colectivo, es decir el presidente. Luego llamaban de El Pozo del Tío Raimundo, allí nos mandaban a los rojos, que éramos tres, y allí lo bien que me lo he pasado, hablándole a la gente, desdramatizando y abriendo quizá muchos ojos y muchas conciencias al contar lo que era un maricón. Mira, la película El vecino del quinto hizo mucho daño porque el concepto que había, más antes que ahora, era el del señor este con la peluca rubia y el Chihuahua a la cadera, soltando plumas toda la película, y eso no es un homosexual. Es eso y otras cosas más importantes. Ser homosexual es una cuestión de sentimientos, tampoco de sexo. Hay otras cosas importantísimas que no son de sexo.

¿De aquella época fue la mala experiencia con el facha con la pistola?

Valeriano: No, anterior.

¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué te pasó?

Valeriano: Fue en un portal, yo iba por la calle, y unos fachas dijeron, «¡Anda, mira, ahí viene un maricón!» Venían cuatro o cinco. Entonces yo me acababa de bajar del coche de un amigo mío en la esquina; era aquí en Chueca, iba para mi casa, aquélla era la temporada que a los fachas les daba por salir por Chueca a la búsqueda de maricones y de rojos. Tenían la sede aquí al lado, en Mejía Lequerica. Era el deporte de ellos. Y yo lo presentía: estos van a darme una paliza, porque claro, lo primero que piensas es esto, porque adviertes de alguna manera el peligro. Ellos venían de frente y yo intenté entrar en el portal de mi casa y cerrar la puerta, pero ellos corrieron más y uno se coló, bueno se colaron dos, pero el otro no participó y éste sacó una pistola y me dijo: «¡Me la vas a chupar, maricón de mierda!», y se la tuve que chupar. Yo ya no me acuerdo si se llegó o no a correr. No me preguntes, porque, repito, son episodios que no los puedes olvidar, pero tampoco los quieres recordar. Yo recuerdo que me pegó un empujón, alguna barbaridad soltó y se marchó. Pero sacó la pistola, que fuera de verdad o mentira eso no lo sé.

¿Las dos peores experiencias de tu vida han sido la del violador y ésta?

Valeriano: Sí. Todo esto te va adaptando a la vida. Tú te vas adaptando, y aun cuando yo no tengo la vida limitada, tú vas con mucho más miedo y vas siendo mucho más cauto a la hora de conocer gente y a la hora de intentar conocer gente para echar un polvo.

Lo que sí parece es que te afectan en las relaciones interpersonales y afectivas.

Valeriano: Sí, pero yo sublimo muy bien. Yo puedo estar meses sin echar un polvo, porque tengo otras cosas, no tan importantes, pero es igual.

¿Cómo es tu sexualidad?

Valeriano: Yo no tengo sexualidad, tengo sensualidad; yo creo más en la sensualidad que en la sexualidad. A mí un mete y saca como que no. Me va más el afecto, el toqueteo, para entendernos.

¿Por qué nunca te has enamorado?

Valeriano: Pues porque no, porque, ¡cómo me voy a enamorar de un hombre que no me valora!

¿Cómo que no te valora?

Valeriano: Porque muchos te quieren como a un objeto sexual, porque yo, llegó un momento en que, para este señor, era el mete y saca nada más.

Y tu vida actual, ¿cómo es?

Valeriano: Pues mi vida actual, con todo este cúmulo de cosas, es un disfraz en el plano personal. Un disfraz en el sentido de que hoy hay un prejuicio tremendo con las personas cincuentonas, que unos lo llevamos estupendamente, pero que otros no. Yo me incluyo en el ejército este. No es que no nos miren, es que no nos ven. Lo que interesa es el culto al cuerpo y al físico y luego, a lo mejor es que tampoco el ambiente actual está hecho para mantener una relación. No hay diálogo, no hay un acercamiento entre dos personas que se puedan gustar. Miro a una persona. Y a estas alturas de mi vida, la veo bajo un prisma completamente distinto porque vas madurando y vas viendo las cosas por ti mismo, no porque la realidad sea distinta; te vas adaptando y te vas adaptando de una manera muy pacífica contigo mismo y muy bien; con carencias, por supuesto, como las que tenemos todos. Pero si yo me pongo a echar una mirada para atrás a lo que fue mi vida, me tiraba ahora mismo por esta ventana y no merece la pena.

¿Eres un hombre optimista?

Valeriano: Soy un hombre realista. No soy optimista ni pesimista. Vivo la realidad y analizo la realidad; y la realidad que veo a mi alrededor, te puedo asegurar que no me gusta nada. ¿Pero qué hago?, ¿me quedo, en mi casa, me quedocon mi perrito?, pues no.

¿Qué te aporta COGAM actualmente?

Valeriano: ¿Te digo la palabra? ¡Insatisfacción!

¿Por qué?

Valeriano: Como militante mucha insatisfacción, impotencia, desesperanza, rabia y, a mí sentirme impotente delante de las cosas, me desestabiliza mucho, porque yo veo que se pueden hacer más cosas con otras actitudes y con otra manera de afrontar la realidad que, efectivamente cambió, pero no por eso hay que dormirse porque antes había unos problemas, pero ahora hay otros que me producen esa insatisfacción.

¿Y cuánto tiempo llevas militando en COGAM en esta última etapa?

Valeriano: Ésta es mi primera etapa en COGAM, llevo cuatro años; pero cuatro años a tope, intensos.

No te pregunto cuáles son tus actividades en este colectivo de COGAM para así guardarte tu anonimato. Pero sí hay una cosa que me interesa mucho: ¿cómo ves tu futuro? ¿Y el futuro de los gays en la tercera edad?

Valeriano: ¿El mío?, yo estoy a punto, a puntísimo, me falta solamente un autoempujón y mi futuro lo veo renunciando a todo, quedándome en mi casa. ¡No me veo!, pero ¡voy a tener que hacerlo! Cada vez me cuesta más trabajo tener que salir de mi casa. Cada vez me encuentro más cómodo en mi casa. Echo de menos mi casa; y mi futuro acabará siendo que me olviden, como a Greta Garbo. Un buen día voy a desaparecer y no voy a querer volver a ver nada. Me voy a dedicar a la rutina pura y dura.

¿No ver a nadie?

Valeriano: A nadie.

¿No tienes amigos?

Valeriano: Sí, muchos, pero fuera de aquí; unos cuantos. Más amigas que amigos. El mundo masculino cada vez lo entiendo menos. Y del mundo masculino homosexual estoy completamente fuera. No entiendo a los homosexuales.

Pero todo lo que tú manifiestas de divertido, de lúdico, todo eso, ¿es un poco fachada?

Valeriano: No es fachada, es un disfraz, porque si no me moriría de tristeza, como no saliese de mi casa disfrazado, me moriría de pena.

¿Has perdido la esperanza de encontrar pareja?

Valeriano: Sí.

¿Por qué?

Valeriano: Porque yo ya me acostumbré a mi mundo y mi mundo siempre fue muy difícil, yo lo entiendo. Yo no soy una persona fácil para convivir, por unas circunstancias vitales, por una trayectoria, por una manera de ver las cosas, por un sentido de la vida a la que me acostumbré desde que tengo uso de razón. No soy una persona fácil.

Cuéntame el mejor recuerdo íntimo que tienes.

Valeriano: Si te lo cuento ya sí que me voy a poner al descubierto, pero bueno, ¡me da igual! Pero es que no tuve otro más bonito, por eso siempre tendré que contar el mismo. ¡No tuve otro! A lo mejor te va a parecer una tontería. De ese hombre sí me acordaré toda mi vida y no porque hubiese ni una relación, ni fuésemos novios, ni nada; era una persona que además, a estas alturas, no sé si era homosexual siquiera, ni me importa. Pero las ocho, nueve, diez, quince veces que nos vimos, fue una relación tan diferente, tan distinta, tan cálida, tan normal entre dos criaturas que se conocieron en una plaza… Yo estaba con mi perro sentado en un banco leyendo el periódico y en la otra punta se sentó un chico. ¡Bien!, tú le miras, así de reojo, y ni caso, y él a mí me miró, supongo, y yo seguí a lo mío, pero no pasé de ahí; a los pocos minutos se levanta y me dice: «Oye, ¿te puedo dar un masaje?» Y dije que sí.

¿Por qué se terminó aquello?

Valeriano: Porque yo lo terminé, por algo tan simple y tan estúpido, porque yo, cuando conocí a este tío, aún no había acabado cierta relación con el otro «novio», aunque los cuernos más grandes de Madrid los llevaba yo; pero era lo suficientemente ingenuo o estúpido o necesitado, ¡vete tú a saber!, necesitado de que me hiciesen caso y yo conocía más al «novio», era otro tipo de vínculo. Por eso lo dejé, porque yo era incapaz de estar con dos tíos a la vez y de engañar a uno por otro.

¿Y luego no has vuelto a intentar reanudar la relación de amistad con él?

Valeriano: No, ya no volví a saber de él. Y es el único recuerdo, precisamente sin compromiso por parte de ninguno de los dos.

Si le volvieses a ver, ¿qué te gustaría que pasase?

Valeriano: Pues me imagino que los dos estaríamos ya más mayores, estaríamos un poco más cambiados, pero yo no tendría inconveniente en volver a intentarlo y repetir la experiencia.

¿Por qué te has cerrado a que pueda aparecer otra persona en tu vida?

Valeriano: Porque ya me hice cómodo y me da mucha pereza desabrocharme la bragueta y que me la desabrochen. Yo ya tengo mi mundo.

Y hoy día, que podemos decir, tienes una edad madura, ¿cómo ves tu tercera edad?

Valeriano: Como ahora mismo, mucho más encerrado en mi casa. Absolutamente solo. Yo seré un viejecito de estos que se mueren solos en la casa y no los encuentra nadie, pero por opción mía personal, porque cada vez estoy más triste, ¡y lucho! Hago todo lo posible por tener actividad, de verdad que lo intento, pero yo cada vez echo más de menos mi tele, mi sofá, mi cama, mi perro, mi estufa, mi manta y mi rotring para seguir dibujando. No quiero nada más…

Una última pregunta, Valeriano: ¿hay algún tema que no hayamos abordado del que te apetezca hablar? ¿Algo que haya quedado en el tintero?

Valeriano: No. ¡Qué busco novio!, ja, ja (risas).

Te deseo suerte y muchas gracias por todo.

Águeda, 76 años

Las mujeres lesbianas de aquella generación que, obviamente, existieron, parece como si se las hubiera tragado la tierra. Aun cuando muchas están vivas y todavía no han pasado de dimensión, el sentimiento/sensación de miedo/pánico no se ha superado, y, por desgracia, preveo difícil que puedan llegar a superarlo, con lo que cualquier ayuda que pudiera ofrecerse desde los colectivos homosexuales no va a tener una gran viabilidad. Las mujeres lesbianas de la tercera edad, aunque pueda resultar «raro» y «chocante», «haberlas: haylas». Existen. Su Visibilidad está tan oculta que parece como si estuviesen tapadas por unas potentes cataratas oculares que no les permitieran mostrarse. Por fortuna, a este libro de autoayuda he podido traer la historia de Águeda, una mujer lesbiana de setenta y seis años que ha pasado una buena parte de su vida entre Europa y los Estados Unidos.

Buenos días, Águeda, ante todo quiero agradecerte el que hayas accedido a participar en este libro de autoayuda. Me interesa mucho tu historia, porque como mujer lesbiana que perteneces a la Tercera Edad es un testimonio valioso no solo para las personas de tu generación, sino también para las más jóvenes. ¿Qué edad tienes?

Águeda: Setenta y seis.

Te pediría, Águeda, para ir situándonos en el espacio y el tiempo, que me contases cómo fue tu infancia.

Águeda: Mi infancia fue difícil. Mi madre se murió cuando yo tenía once años. Mi padre, que era muy tradicional, decidió no volverse a casar y seguir cuidando de sus hijos. Teníamos en casa una mujer que había sido monja y que se encargaba de cuidarnos. Era bastante pesada. Yo fui a un colegio interna en la capital y casi lo prefería, pues al volver a mi casa de vacaciones, esta ex monja se dedicaba a tratarnos como si fuéramos novicias y nos tenía todo el tiempo haciendo labores y cantando canciones religiosas de alabanzas a María (risas), lo cual era de lo más aburrido que te puedas imaginar. Pero yo, entre medias de tanta labor de ganchillo y cántico religioso, tenía unas amiguitas con las cuales jugábamos al doctor y cosas por el estilo. A mí los muchachos no me interesaban demasiado. Para uno que se interesó por mí, desgraciadamente, su familia no era grata a los ojos de mi padre, por lo que lo descartó diciéndome: «Si tú te casas con ese joven, y no te va bien con él, yo no quiero saber nada de ti.» Y ante esa postura de mi padre, lo dejé.

¿Pero le querías?

Águeda: No tanto, pero era interesante, porque era un hombre leído y culto, aunque físicamente no me interesaba. Sinceramente, era un buen amigo. Luego, con el tiempo, yo hice un primer curso breve de enfermería y a través de una amiga conseguí un trabajo y me fui a Francia unos meses; de allí marché a Finlandia, donde trabajé con una familia que había adoptado a un niño. Al cabo de un tiempo, tuve que marcharme de Finlandia por problemas de salud a consecuencia de las bajas temperaturas. Regresé nuevamente a España. De allí retorné por segunda vez a París, pero un poco cansada del trabajo que desempeñaba me planteé el irme a los Estados Unidos, en donde había algunas ciudades con una gran concentración de gente homosexual, y pensé que era lo mejor que podía hacer: marcharme.

¿Por qué hasta entonces no habías tenido experiencias homosexuales?

Águeda: Sí las había tenido, pero no lo sabía nadie.

¿Cuándo tuviste tus primeras experiencias homosexuales?

Águeda: Mi primera experiencia fue a los quince años con una de las compañeras que estudiaba enfermería conmigo, y sucedió así como te lo cuento: en la época de vacaciones siempre estábamos juntas bien en su casa o en la mía. Un día, estando en su casa, su madre nos pidió que organizásemos el cuarto de un tío suyo que estaba lleno de libros y bastante desordenado. Cuando empezamos a ordenar una estantería de la habitación, descubrimos que detrás de una primera fila de libros había otros más o menos porno que estaban escondidos. Nosotras los sacamos y entre ellos había uno que me acordaré de él toda la vida. Era acerca de una condesa portuguesa que a las doncellas o sirvientas que traía del campo se las pasaba por su cama, y como allí había unas escenas muy explícitas de lo que hacían, decidimos hacer un teatrito Y el teatro consistía en que una hacía de sirvienta y la otra de señora. Como yo era un poquito mayor, yo hacía el papel de la señora y así fue como empezamos, y la verdad, nos iba muy bien.

¿Cuánto tiempo estuvisteis con este teatrito?

Águeda: Con este teatrito estuvimos como un par de años. Después nosotras también hicimos nuestras innovaciones. Pero al cabo de esos dos años, su madre se empezó a sospechar algo. Además, su madre encontró a un muchacho que estaba muy interesado en mi amiga y la empujó a que le hiciese caso. A mí me dolió mucho, pero ella empezó a decirme que su madre le había dicho que había cosas que no eran juegos sino que eran pecados y que ella se sentía culpable, y en vista de eso, nos fuimos apartando. No la he vuelto a ver. Sé por terceras personas que a su primera hija la llamó Águeda, como yo.

¿Sigues enamorada de ella?

Águeda: No. Además, su marido vive, tiene varios hijos, nietos y una familia extensa, con lo cual yo no voy a armar ahora, al cabo de los años, ningún lío.

¿Cuántos años estuviste con esta mujer?

Águeda: Unos tres años.

[Es obvio que la sexualidad de la mujer lesbiana se canalizaba dentro de la más estricta invisibilidad.]

Y después de esta primera experiencia, ¿cómo continúa tu vida?

Águeda: Después mi vida tuvo a nivel de pareja un paro completo. Con veintiún años marché al extranjero. Estuve viviendo en Francia en una casa compartida con varias amigas con las que no tuve relación alguna y fíjate que curioso; cuando hace unos años salí del armario, una de estas compañeras, con la que compartía habitación, me dijo: «Pero ¡cómo siendo lesbiana nunca ni siquiera te insinuaste!», a lo que le contesté: «El que yo sea lesbiana no quiere decir que me tengan que gustar todas las mujeres. Además yo sabía que ella era heterosexual.»

¿A qué edad te reconociste como mujer lesbiana?

Águeda: Después de mi primera experiencia del teatrito yo ya sabía lo que quería, aunque luego estuviera unos años sin actuar por no tener oportunidades, hasta que marché a Norteamérica, a principios de los setenta, porque sabía que la homosexualidad se trataba con algo más de liberalidad. Cuando partí hacia los Estados Unidos iba con las direcciones de gentes de mi pueblo que habían emigrado y, por suerte, había entre ellas una lesbiana. Vivía con su pareja una relación que estaba finalizando. Acabamos acostándonos. Luego, después de un cierto tiempo, me di cuenta de que no era lo mejor de este mundo; una mujer sumamente egoísta, mandona y promiscua. Funcionamos muy mal, por lo que nuestra relación se terminó muy pronto. Entonces yo desaparecí de su entorno, porque no me sentía cómoda con ella. Ya en aquel entonces yo tenía más información acerca del mundo lesbiano en Estados Unidos. Me había comprado un periodiquito solo para mujeres, en el cual figuraba la dirección de una especie de agencia por la que podías contactar con otras mujeres, y eso fue precisamente lo que hice. Así pude contactar con una mujer argentina; todavía, en aquel entonces, mi inglés no era muy bueno. Noemí, casualmente, vivía muy cerca de mi casa. Cuando nos conocimos, yo era una mujer rellenita, y lo primero que me dijo fue: «¡Tú creerás que yo soy como los puertorriqueños o los cubanos, que les encantan las mujeres gordas!, pero a mí no me gustan las mujeres gorditas, así que no pienses que vas a tener nada conmigo.» A mí eso me pareció una osadía porque yo nunca había pretendido tener una relación con ella, simplemente quería que nos conociésemos y que me pudiese indicar a qué lugares podía dirigirme para encontrarme con gentes de mi clase. Me llevó a un sitio en donde había una psicóloga lesbiana que trabajaba como facilitadora de un grupo abierto de mujeres. Allí se trataban algunos problemas comunes a nosotras. Pagábamos dos dólares por asistir. Mientras tanto, me había hecho enfermera allí y empecé a encontrar trabajo. En uno de aquéllos había una muchacha negra separada con dos hijos, que era muy simpática conmigo y que me espabiló un poco a nivel laboral. Nos hicimos muy amigas. Un día, con la disculpa de que sus hijos armaban mucho alboroto y no podía dormir bien, me preguntó si podía quedarse a dormir en mi casa; yo le dije que no tenía inconveniente, le preparé el sofá cama y, no había hecho yo más que acostarme cuando aparece en mi habitación y me dice: «¡Oye, tú no quieres que me meta en tu cama porque soy negra!» A lo que le respondí que a mí eso me daba igual. Entonces ella se metió en mi cama y ahí empezamos. Mantuvimos una relación que duró cuatro años. Nos llevábamos bastante bien, pero había una cosa que yo llevaba mal. Era el tema de sus hijos, que desconocían nuestra relación. Desde que rompimos nuestro compromiso me juré a mí misma que jamás volvería a mantener una relación con una mujer que tuviese hijos, ya que siempre pasa. Primero están los hijos, y una en segundo lugar.

[No es raro encontrarse con mujeres lesbianas con hijos, fruto de una relación heterosexual. Muy probablemente, bastantes lesbianas se casaron, algunas por ocultar su condición sexual y otras por carecer de referentes que les ayudasen a reconocer su verdadera condición sexual.]

¿Y después?

Águeda: Por mediación de Noemí, la amiga argentina, conocí en Nueva York una iglesia de los jesuitas, San Francisco Javier, en la que decían misas para gays. A través de allí supe que había otro grupo de gays y lesbianas. Y allí nos reuníamos en grupos cerrados de veinte a veinticinco personas con el fin de que se crease un ambiente de confianza en el que pudiéramos expresar todo lo que nos diera la gana con libertad absoluta. Ahí fue donde yo conocí a Margaret (se emociona enormemente al referirse a ella). Era extremadamente simpática, divertida, muy habladora, nunca se había casado, y no tenía hijos. Además, desde muy jovencita, cuando era estudiante en la universidad, tenía claro que era lesbiana. Ella en su época universitaria tuvo una relación con otra mujer judía que terminó al finalizar la carrera.

Cuéntame tu relación con Margaret.

Águeda: Cuando empecé a asisdr al grupo de SAGE la conocí. Ella estaba en un año sabático durante el cual había estado viajando por Sudamérica, y a su regreso a Nueva York, como no tenía nada que hacer, se metió en este grupo donde conoció a otra mujer judía con la que acabó mal. Un día, Margaret quiso venir a mi apartamento para conocer mejor la zona ya que allí vivían muchos irlandeses católicos. Una de las cosas que más nos unió es que las dos somos católicas.

¿Tú eres católica?

Águeda: Sí y ella también lo era. Habíamos estudiado ambas en colegios de monjas y Margaret decía que el ser católicas nos había unido mucho.

¿Qué edad tenías cuando conociste a Margaret?

Águeda: Yo tenía cerca de cincuenta.

¿Cómo empezó todo?

Águeda: Llevándola un día a su casa en mi coche le dije: «¡Tú sabes que a mí me gustas mucho!» Ella me respondió «¡Qué sorpresa!», yo le dije, «¡Pues sí!, pero nunca te lo dije porque como tú estabas con otra mujer, no me pareció oportuno». Ella me respondió que podíamos empezar a salir juntas con otras parejas amigas. Viajábamos juntas, y la primera noche que compartíamos la misma habitación empezó nuestra relación. Viajamos muchísimo. Estuvimos en España, conoció a mi familia, y a amistades mías que la aceptaron muy bien.

Tu relación con Margaret duró diecisiete años.

Águeda: Vivimos diecisiete años juntas en varias ciudades de los Estados Unidos. Margaret tenía dos años menos que yo. Era profesora de instituto. Fuimos muy felices. Yo lo daría todo por volver atrás. Mantuvimos una relación de pareja cerrada, con una absoluta fidelidad por ambas partes. Tenía sus defectos, como todos los tenemos. Pero la quería con toda mi alma. Nos teníamos una confianza plena, las cuentas bancadas estaban puestas a nombre de las dos. En mi testamento le dejaba todos mis bienes de Norteamérica. Ella, con su carácter tan peculiar, no hizo nunca testamento alguno.

Cuando falleció Margaret, ¿pudiste heredar?

Águeda: Margaret murió de repente a consecuencia de un infarto. Y ahí sí hubo lío. La familia de ella quiso quedarse con todo su patrimonio. Tuve que buscar un abogado. Lo pasé fatal. Al final llegamos a un acuerdo. Pero tuve que declarar durante nueve días en los juzgados americanos. Fue bastante desagradable. Al poco tiempo de fallecer Margaret, me vine nuevamente para España.

¿Ya no has vuelto a tener más relaciones?

Águeda: No, ninguna más.

¿Y si apareciera otra mujer en tu vida?

Águeda: No sé, tendría que ser algo tremendamente especial.

Me supongo que el duelo ya lo tienes superado.

Águeda: Para mí estará siempre en mi corazón y mi pensamiento. Margaret ha sido el amor de mi vida por encima de todas las demás.

¿Cómo te pones en contacto con la Librería Berkana y con su dueña, Mili Hernández?

Águeda: Hace unos años, a finales de junio, vi por la televisión un reportaje sobre el día del Orgullo Gay, y en él salía la Librería Berkana y daban su dirección. Además, curiosamente, una amiga mía vive en la calle Pelayo, así que me fue fácil encontrar su paradero. Una vez en la librería, me puse a hablar con gente, les comenté que había llegado de los Estados Unidos, y así me hice amiga de todo perro y gato (risas). Luego, Mili me comentó que había un encuentro gay en San Sebastián y allí me fui. En aquella ocasión conocí a gente como Antonio Roig. Allí me hicieron una entrevista en un periódico local, salí con foto incluida y la pasaron a varios diarios de otras ciudades; salí del armario, se enteraron amigas mías y una de ellas me dijo: «¡Y cómo no has tenido confianza para contármelo!», y yo le respondí: «No te lo dije porque no venía a cuento.» (Risas).

¿Tú sabes que aquí en Alicante hay una asociación de gays y lesbianas?

Águeda: Sí, se llama «Decide-T», he ido pero no me ha convencido demasiado. Yo era socia. Conmigo no se han portado muy bien. Cuando estuve enferma con un infarto cerebral estuve ingresada en un hospital, les pedí ayuda y pasaron de mí. Quería que me facilitaran una persona que viniese a ayudarme, pagándola yo, por supuesto, pero no se interesaron por mí.

La verdad, Águeda, es que siento mucho que no se interesaran por ti, yo que soy socio y trabajo como voluntario en COGAM veo que si alguna persona precisa ayuda se le proporciona.

Águeda: Además yo no quería nada regalado. Yo buscaba una persona que me ayudase a la que pensaba pagar.

Y ahora, Águeda, que ya tienes setenta y seis años, ¿cómo ves tu vida y tu futuro?

Águeda: Mi futuro lo veo de mal en peor por razones de salud, ya que tengo algunos vértigos, tengo miedo a caerme, y en breve, tendré que someterme a una operación de las piernas. Pienso irme en un futuro a medio plazo a vivir a una buena residencia. Si bien, antes, espero hacer un viaje y recorrerme nuevamente todos los Estados Unidos.

Muchísimas gracias, Águeda, por concederme esta entrevista.