Capítulo 9
PERO, ¿por qué en Londres? -preguntó Lydia. Precisamente aquella había sido la única cuestión 4tie Rachel había podido hacerse de forma coherente en medio del caos provocado en su interior por la inesperada noticia que le había dado Gabriel.
Sin saber muy bien cómo, había sido capaz de darles la enhorabuena en el restaurante, si bien sin ningún calor y mucho menos "sinceridad. Desde entonces no había dejado de pensar en lo que, sin duda, era el peor detalle de aquella malhadada boda: el sitio donde iba a celebrarse.
-¿Por qué no se casan en Nueva York? -insistió su madre-. A fin de cuentas, los dos viven allí
Rachel se había hecho la misma pregunta una y mil veces. ¿Por qué de todos los sitios posibles en el mundo había escogido Gabriel precisamente Londres? ¿Acaso no le bastaba con haber conocido a otra mujer, haberse enamorado de ella y haberle pedido que se casara con él como para encima celebrar la boda justo delante de sus narices?
-Parece ser que la madre de Cassie vive en Londres, y que ella misma también nació aquí. Su familia se trasladó a los Estados Unidos cuando ella tenía sólo seis meses, pero, cuando su padre murió, la señora Elliot regresó a Inglaterra. Se ha vuelto a casar hace muy poco, así que ahora es la señora Keaton. Tienen pensando celebrar la boda en su casa.
De aquel modo ni siquiera le quedaba la excusa de decirle que Nueva York estaba demasiado lejos, pensó Rachel sintiéndose muy desgraciada. Aquella misma mañana habían recibido la invitación en la que se especificaban todos los detalles de la ceremonia.
-Lo último que se me hubiera podido ocurrir es que quisieras ir, mamá -le reprochó Rachel a Lydia. Por su culpa, se evaporaba la última posibilidad de rechazar su invitación con una disculpa aceptable. Por increíble que pareciera, a Lydia le había encantado la noticia de la futura boda de su hijastro, hasta tal punto que estaba más que dispuesta a enterrar el hacha de guerra.
-¡No me lo perdería por nada del mundo! Todos estarán allí. Ya le he dicho a Gabriel que puede usar esta casa como base de operaciones...
-¿Que has hecho qué...? -Rachel se quedó aterrada ante la perspectiva de que Gabriel se alojara en la casa los días previos a la boda. ¿Con qué cara podría mirarlo cuando saliera de allí para casarse con Cassie?-. ¿Cómo has podido hacer semejante cosa?
-Eso es lo que Greg hubiera querido -respondió su madre con firmeza-. Rachel, hija, a fin de cuentas ésta es su casa.
-¡Pero si tú y él no podéis soportaros!
-Me he hecho el propósito del olvidar el pasado -dijo su madre, y, asiendo el bolso y el abrigo, se dispuso a salir de compras-. Ya hablamos de ello hace meses, cuando vino al aniversario de la muerte de Greg. De hecho, si yo hubiera sabido antes que él había intentado durante mucho tiempo convencer a su padre de que se casara conmigo, las cosas habrían ido mucho mejor entre nosotros.
-¿Que Gabriel intentó convencer a su padre para que se casara contigo? -repitió Rachel incrédula-. ¡Pero si se oponía a esa boda con todas sus fuerzas!
-Sólo al principio -dijo Lydia mientras se atusaba el pelo delante de un espejo-. Al parecer, cambió de idea. Creo que ésa fue una de las cosas que le hizo marcharse a América...
-¡Pero si él dijo que se iba por asuntos de negocios!
-Sí, seguramente también fue por eso -Lydia hizo una pausa mientras se aplicaba el lápiz de labios-. La verdad es que desde que murió su padre, Gabriel se ha portado conmigo como un perfecto caballero. Ni siquiera cuestionó el último testamento que hizo Greg en el hospital, y Dios sabe que hubiera podido hacerlo... Técnicamente, nuestro matrimonio no fue válido, ya que no lo consumamos, pero él no ha utilizado eso en su favor -le explicó a su hija con los ojos llenos de lágrimas-. Se ha pasado los dos últimos años dirigiendo no solo Tiernan, sino también T2, consiguiendo casi duplicar los beneficios. Y ahora, por fin va a casarse...
No parecía sino que hubiese sido el anuncio de su compromiso lo que hubiera hecho que su madre cambiara tan radicalmente de opinión. Sin embargo, semejante actitud era muy poco propia de su madre, quien, a fin de cuentas, había estado conviviendo durante siete años con el hombre al que amaba sin llegar a casarse con él.
Estremeciéndose, Rachel se cruzó los brazos delante del pecho. De haber estado en el mismo caso de su madre, ¿habría sido capaz de hacer lo mismo que ella, comprometiéndose con Gabriel, el hombre al que amaba, sin que mediara entre ellos promesa de matrimonio? Sí, en el fondo de su corazón no tenía la menor duda de que habría hecho exactamente lo mismo
Por desgracia, ya no tendría aquella oportunidad, pues era a Cassie a quien Gabriel había elegido para compartir su vida, y cuanto antes lo asumiera, mejor sería para ella.
-Bueno, hija, el caso es que llegará esta misma noche. Estarás aquí para recibirle, ¿verdad?
-¿Esta noche? -repitió consternada-. ¿Tengo que hacerlo, madre?
-He quedado con Pamela. Tenemos entradas para un musical esta noche, y después me iré a su casa a pasar el fin de semana. ¡Pero, Rachel, si ya te lo había dicho! Volveré el lunes, cariño. ¡Diviértete! -dijo pellizcándole cariñosamente en la mejilla.
¡Como si fuera posible con la llegada de Gabriel en perspectiva! Sin embargo, muy en el fondo de su ser, no podía reprimir cierta alegría al pensar en verle de nuevo. Se sorprendió arreglándose un poco delante del espejo, considerando incluso la posibilidad de ponerse algo más sofisticado en lugar de la camiseta y los gastados vaqueros que llevaba.
Enseguida oyó el ruido de un coche que se detenía ante la casa y de alguien que abría la portezuela. Había pasado tan poco tiempo desde que su madre se marchara, que Rachel pensó por un momento que sería ella. Sin embargo, tal esperanza se desvaneció en cuanto oyó el timbre de la puerta.
Con los nervios de punta, se precipitó a abrir la puerta a grandes zancadas.
-¿No podías haber usado tu llave? -le espetó a guisa de saludo-. Me parece recordar que tenías una.
Quería que su voz sonara fría y cortante, pero, en su lugar, le sonó chillona y desagradable.
-Buenas tardes, Rachel -replicó Gabriel, tan irónico y controlado como de costumbre-. Sí, tengo mi llave, pero como ésta es ahora la casa de tu madre, me pareció más correcto llamar a la puerta.
Se trataba e una excusa perfectamente razonable, pero Rachel estaba tan alterada que pensó que lo había dicho sólo para subrayar aún más que, desde que su padre muriera, ellos dos ya no tenían absolutamente nada en común.
-Pues creo que hubiera sido más correcto por tu parte pensar en quien iba a abrirte la puerta. Mi madre está fuera y es el día libre de la señora Reynolds -le echó en cara sin poder controlar su nerviosismo, a sabiendas de que lo único que conseguiría sería empeorar las cosas aún más.
-Siento mucho que hayas tenido que cruzar todo el pasillo sólo para abrirme -rejacó Gabriel burlón enarcando una ceja-. Ahora que ya has cumplido con tu deber de anfitriona, puedes volver a tus importantes ocupaciones, que ya me las arreglaré yo sólito.
-Nada de eso -repuso Rachel procurando mantener la calma-. No estaba haciendo nada importante, y, además, le prometí a mi madre que cuidaría de ti. ¿Quieres comer algo? Si quieres, puedo prepararte un poco de cena.
-¿Lo harías? -preguntó Gabriel horrorizado; evidentemente, no había olvidado los desastrosos resultados de los primeros intentos que había hecho, seis años antes, de aprender a cocinar.
-No te preocupes, que no voy a envenenarte -bromeó Rachel, empezando a sentir que se disipaba parte de la tensión entre ellos-. He recorrido un largo y arduo camino desde el asado completamente quemado al pasablemente comestible, pasando por el medio quemado y el casi crudo. Por otra parte, la señora Reynolds tiene la nevera bien provista, así que no creo que vayas a morirte de hambre.
-Está bien, me arriesgaré -dijo Gabriel devolviéndole la sonrisa.
Sólo entonces se dio cuenta Rachel de que no tenía demasiado buen aspecto. Incluso teniendo en cuenta que acababa de hacer un viaje transoceánico, estaba extrañamente pálido y demacrado, con profundas ojeras de cansancio. Desde luego, no parecía en absoluto un novio impaciente e ilusionado.
Sin embargo, Rachel no podía apartar los ojos de él; seguía deseándole como antes, aún sabiendo que en unos días se convertiría en el marido de la dulce Cassie.
Como ella, estaba vestido de manera informal, con vaqueros y camiseta, y, tal vez precisamente por ello, su atractivo resaltaba más que nunca.
-Voy a subir las maletas a la habitación. Sigo en la misma, ¿verdad?
-¡Oh! Sí, sí -repuso Rachel obligándose a concentrarse en lo que le estaba diciendo-. Tienes la misma habitación. Puedes darte una ducha si quieres, no hay prisa.
El mayor problema de todos, se dijo a sí misma tristemente mientras se dirigía a la cocina, era que Cassie le parecía encantadora. Durante su estancia en Nueva York se habían visto varias veces, y, a pesar de todas las previsiones, le había gustado instantáneamente. Podrían incluso haberse hecho amigas... si no fuera porque al cabo de tres semanas escasamente iba a casarse con el hombre a quien ella amaba.
-¿Ha venido Cassie contigo? -le preguntó a Gabriel en cuanto se reunió con ella en la cocina.
-Vinimos en el mismo vuelo, pero se ha quedado en casa de su madre -le contestó mientras empezaba a preparar un café-. Va a alojarse allí hasta el gran día. Creo que no había sitio suficiente para alojarme, y, además, su madre es bastante tradicional, de las que piensan que la novia y su prometido no pueden dormir bajo el mismo techo hasta estar casados.
-¡Pues claro que no! ¡Y tampoco puedes verla la noche antes de la boda! -Rachel maldijo su lengua impulsiva. Nada más decir aquello imaginó lo hermosa que estaría Cassie la noche de bodas... Casi se le saltaron las lágrimas al pensarlo.
-No creo que tenga la menor oportunidad de que eso ocurra -replicó Gabriel cortante-. ¿Quieres que te ayude?
-Está todo bajo control -le aseguró Rachel, pensando para sus adentros que ojalá sus emociones también lo estuvieran.
También lamentó haberle sugerido que se diera una ducha, pues durante los últimos diez minutos había tenido que luchar con todas su fuerzas con las imagen de su cuerpo desnudo cubierto de espuma... Incluso aunque le tuviera delante, con un polo de color azul y los vaqueros desgastados, no podía eliminar aquellos pensamientos tan eróticos.
Todavía tenía el pelo húmedo, ligeramente rizado en la nuca, y el agua caliente había tenido el efecto de relajar un poco sus facciones... sólo con mirarlo sentía un deseo sordo en lo más íntimo de su ser.
-Gracias a la previsión de la señora Reynolds tenemos pastel de pollo con champiñones -le informó-, pero todavía tardará veinte minutos en estar listo del todo. Si tienes mucha hambre, puedo calentarte un poco de sopa...
-Con el pastel será suficiente, gracias. Puedo esperar.
-Bueno, pues entonces... -Rachel se interrumpió sin saber qué decir a continuación.
Ya había preparado la ensalada, por lo que no le quedaba nada con lo que entretenerse. Un poco desconcertada, se secó las manos con un trapo, sin saber muy bien qué hacer. Por suerte, Gabriel tomó la iniciativa por ella.
-¿Quieres una taza de café? También podemos tomar una copa para matar el tiempo hasta que la comida esté lista.
-Tomaré café, gracias.
-Creo que a mí me apetece algo más fuerte -dijo Gabriel secamente mientras le servía una taza-. No he hecho más que tomar café en el avión, y me siento tenso como un muelle. Puede que el alcohol me relaje un poco.
Se dirigió al mueble bar y sacó una botella de Borgoña. Rachel no pudo por menos que recordar la habilidad con la que había abierto las dos botellas de champán que ella subiera a su habitación aquella noche fatídica. Sin embargo, era poco probable que hubiera sido ese recuerdo lo que le hubiera hecho escoger a Gabriel otra bebida tan diferente. A fin de cuentas, era un novio a punto de casarse.
-Me imagino que los preparativos para la boda irán viento en popa -comentó amablemente, aunque aquel era el último tema del que hubiese querido hablar.
-Por lo que a Cassie respecta, desde luego. Se ha pasado todo el vuelo haciendo listas.
-Si como dices su madre es tan tradicional, me imagino que estará organizando una boda por todo lo alto.
-Pues sí, nada menos que media docena de damas de honor, pajes, sombreros de copa y toda la parafemalia -enumeró Gabriel mirando fijamente el interior de su copa-. Y luego están las flores, las invitaciones, la comida...
Rachel achacó su evidente falta de entusiasmo al típico desinterés masculino por semejantes detalles.
-Si necesitáis ayuda, tal vez yo pueda echaros una mano... -se ofreció.
¿Por qué demonios le habría dicho semejante cosa? Ya le resultaba insoportable la idea de que Gabriel se casara, como para encima haber sido tan tonta de ofrecerse a ayudarle.
-La verdad es que hay algo que me gustaría pedirte, Rachel. Aparte de mi madre, tú eres la única familia que tengo, y por eso querría pedirte un favor...
El corazón empezó a latirle a toda velocidad. ¡Iba a pedirle un favor! ¡Quería algo que ella podía darle! Apenas podía controlar su nerviosismo ante semejante perspectiva.
-¿Te acuerdas de que cuando fuiste a Nueva York te dije que tenía dos noticias que darte, y que una era de trabajo? Sin embargo, no pude decírtela porque Cassie nos interrumpió.
Sí, Rachel recordaba muy bien cada detalle de aquella comida funesta. Sin saber muy bien cómo, había logrado superar la primera impresión producida por el inesperado anuncio del compromiso de Gabriel, y, murmurando una excusa cualquiera, se había marchado del restaurante. Durante el resto de la visita consiguió arreglárselas para evitar encontrarse a solas con Gabriel como fuera.
-Me parece que dijiste algo acerca de un encargo, uno muy importante además. ¿Se trata de algún cliente importante? -preguntó, repentinamente interesada.
-Más o menos. Yo seré el cliente, Rachel, quiero que diseñes algo realmente espectacular para mí -ella sintió que se le helaba la sangre en las venas al presentir lo que Gabriel iba a pedirle-, me gustaría que hicieras algo para Cassie. Quiero que mi regalo de bodas sea una joya realmente hermosa.
-¡Nunca! -gritó Rachel-. ¡De ninguna manera!
-¡Pero si tienes talento más que de sobra para salir airosa! ¿Qué te parecería una tiara?, algo con lo que se pudiera sujetar el velo...
-¡Te he dicho que no! -jamás diseñaría una joya que sirviera para que Cassie estuviera aún más hermosa el día de su boda-. ¡Me estás pidiendo demasiado! -casi gimió; ¿acaso no se daba cuenta de que lo único que deseaba era ocupar el lugar de su prometida frente al altar?
-¿Por qué dices eso? -preguntó a su vez Gabriel confuso-. Me pareció que sería una oportunidad inmejorable para darte un poco de publicidad. Todos los invitados se darán cuenta de lo estupendo que es tu trabajo, las fotos saldrán en todas las revistas... No creo que se te pueda presentar mejor oportunidad para conseguir nuevos clientes. Creí que, como miembro de mi familia, te gustaría...
-¿Gustaría? -rugió Rachel-. ¿Que me gustaría colaborar en tu boda? ¿Compartir acaso vuestra felicidad? Te aseguro que no hay nada que me repugne más después de la forma en que tú...
-¡Por Dios santo, Rachel! -la interrumpió Gabriel justo cuando estaba a punto de confesarle lo terriblemente herida que se sentía-. ¡Por favor, no me digas eso! Lo último que desearía es haberte complicado la vida... Si acaso te he hecho daño...
-¿Daño? -Rachel sonrió irónicamente, aunque en realidad se estaba tragando las lágrimas-. ¡No, no es eso a lo que me refería!
-¿Qué es lo que has querido decir entonces? -preguntó Gabriel ansiosamente. Aunque por primera vez en mucho tiempo parecía realmente consternado, Rachel se dijo que, por una vez, no iba a vacilar.
-Mira, Gabriel, probablemente tenías razón cuando me dijiste que lo que pasó el día de mi cumpleaños fue culpa de los dos. Pero tu forma de portarte entonces, y sobre todo lo que pasó después, me hicieron aprender algo sobre ti: me mostraron el poco valor que le dabas a cosas que, para mí, son muy importantes -Rachel se puso en pie, mirándole desdeñosamente-. Por eso me siento incapaz de contribuir al éxito de tu boda. ¡Me pondría enferma sólo con oírte prometer amor y fidelidad!
Fueron las palabras más duras que le había dicho nunca, y también las más difíciles. Sintió una punzada de dolor al darse cuenta de que le había puesto en bandeja la oportunidad de replicarle que, con Cassie, las cosas iban a ser diferentes, porque a ella la amaba. Y si le decía eso no tendría más remedio que creerle, por que, sobre todas las cosas, Gabriel era un hombre sincero.