Capítulo 2
QUÉ...? ¡Que ellos...! El vaso se le cayó de la mano y se hizo añicos con estrépito contra la mesa de mármol. Aunque Gabriel hablaba en susurros, el tono de sus palabras denotaba tal violencia que Rachel se estremeció de pies a cabeza, temiendo la terrible reacción que presentía por su mirada.
Nunca antes le había visto en tal estado, ni siquiera cuando, siete años antes, su padre le anunciara que había decidido que Lydia y su hija de dieciséis años iban a mudarse a su casa de Londres. Su reacción entonces la había asustado, pero no había sido nada comparada con la que estaba presenciando en aquel momento.
Únicamente en dos ocasiones había asistido a sendos arranques de furia en los que Gabriel se había despojado de su habitual máscara de fina cortesía. De una de ellas ni siquiera quería acordarse, mientras que en la otra su reacción había sido de total frialdad, de una cruel indiferencia; entonces le había parecido un hombre de hielo, exactamente todo lo opuesto al estallido de furia que sus palabras habían provocado.
-Gabriel... -su intento de aplacarle se estrelló de inmediato contra su terrible mirada.
-¡Que se han casado!
La asió con fuerza por los brazos, obligándola a levantarse del sofá. Estaban tan cerca que Rachel podía sentir el calor de su piel, oír su respiración entrecortada, la violenta reacción casi física ante el inesperado anuncio de la boda de sus respectivos progenitores.
-¡Casados! ¿Es cierto?
-Sí... -respondo Rachel con una voz apenas audible. La furia de Gabriel parecía haberle secado la garganta, haciendo que su voz sonara como un graznido.
A pesar de que la apretaba con tanta fuerza que le estaba haciendo mucho daño, Rachel rezó para que no la soltara, porque si lo hacía presentía que sus piernas serían incapaces de sostenerla, y se caería sin remedio a sus pies, patética y humillada.
-¿Me juras que es cierto?
-¡Claro que es cierto! -replicó de inmediato, reaccionando por fin molesta por que él no acabara de creerla-. ¿Acaso piensas que soy una mentirosa? -con un brusco movimiento consiguió desasirse, alejándose de inmediato al otro extremo de la habitación-. Creo que no te he mentido nunca, así que no iba a empezar a nacerlo ahora, y menos en un asunto tan importante. ¿Me crees capaz de hacer semejante cosa, precisamente en estas circunstancias?
-No, es cierto que tú nunca mientes -reconoció Gabriel sacudiendo la cabeza. Aunque su voz sonaba un poco más tranquila, seguía tenso de los pies a la cabeza-. Así que al final hizo de ella una mujer honesta, ¿eh?
Rachel se estremeció por la ironía implícita en su comentario. Sabía muy bien lo que pensaba de Lydia. Había odiado la forma en que, según él, ella había invadido su casa, usurpando el lugar de su madre. Podía imaginarse perfectamente las terribles sospechas que Gabriel estaría formulando.
-¿Y eso fue todo? -preguntó.
-¿Todo? -repitió Rachel, sin saber muy bien a qué atenerse-. ¿Qué más quieres?
-Sí, que más se puede pedir -fue su cínica respuesta-. Lydia debe estar exultante. ¿Y cómo ocurrió? Me imagino que sería como una conversión en el lecho de muerte...
-Sí, se casaron en el hospital -le explicó Rachel cortante, aborreciéndole por la forma en que él estaba planteando todo el asunto-. No creo que hubiera podido ser de otra forma -continuó-. Tu padre no era precisamente de los que asumen sus compromisos...
Aquel comentario era un golpe bajo, se dijo Rachel sintiendo una punzada de culpabilidad al ver cómo cambiaba la expresión de sus ojos. Parecía como si todos los convencionalismos se hubieran venido abajo y a partir de entonces pudieran decirse el uno al otro las cosas más terribles.
Sin embargo, y por mucho que entonces lo deseara, ya era demasiado tarde para rectificar.
-Así que «como si estuvieras en tu casa», ¿eh? Vaya, vaya...
Por un segundo, Rachel no entendió lo que Gabriel quería decir, pero cuando se dio cuenta de que estaba imitando lo que ella le había dicho al entrar en el salón, un estremecimiento le recorrió de pies a cabeza.
-¡Ja! «Espero que estés cómodo». ¡Qué graciosa! Ahora lo entiendo todo... por eso estabas tan enfadada.
-¡Espera! -Rachel podía ver con claridad qué era lo que estaba pensando, y le parecía despreciable-. No es lo que te imaginas...
-¿Ah, no? -repuso con una cínica sonrisa que más bien parecía una mueca. Aquel gesto hizo que a Rachel se le helara la sangre en las venas-. ¿Quieres decir que tu madre no quería casarse? ¿Que nunca deseó conseguir la respetabilidad que el apellido de mi padre podía darle? Y aún más, ¿podrás negar que nunca echó alguna miradita codiciosa a esta casa... y al dinero y los negocios que un marido podría dejarle en herencia...?
-¡No, no, no! -Rachel se sorprendió casi gritando, tal era su deseo de interrumpir aquellos comentarios malintencionados-. ¡Haces que todo parezca tan mezquino! ¡Por supuesto que mi madre quería casarse! ¡Cualquier mujer enamorada desea que el hombre al que ama se comprometa con ella formalmente! -al llegar a este punto tuvo que contenerse para que no le afectara la risotada con la que él acogió sus palabras-. Y sí -continuó-, admito que ella deseaba la casa, pero tú lo dices de una forma que hace que parezca que se aprovechó de un moribundo, que le chantajeó y le presionó hasta obligarlo a que le pusiera el anillo de boda. ¡Pues puedo jurarte que no ocurrió en absoluto así!
Algo de lo que había dicho, o puede que simplemente la vehemencia que había puesto en defensa de su madre, hizo vacilar a Gabriel. Quizá no fuera nada más que las cálidas lágrimas que, sin que ella misma se diera cuenta habían, empezado a deslizarse por sus mejillas.
-Entonces, ¿cómo fue? -preguntó suavemente.
Con un gesto impaciente, Rachel se secó las lágrimas, casi sin acabar de creerse que él fuera a escucharla.
-¿De verdad quieres saberlo? -Gabriel asintió con la cabeza, así que ella procuró dominarse y aprovechar la oportunidad para defender a su madre-. Para empezar, te diré que estaban preparando la boda. Tu padre le pidió que se casara con él el día de Año Nuevo. Decía que era una fecha muy apropiada para un nuevo comienzo -le explicó sin poder reprimir una dulce sonrrisa al recordar aquel día.
»Habían decidido que fuera en Pascua -continuó, esforzándose por hacer que Gabriel la creyera-. No podían imaginarse lo que iba a ocurrir -dijo tristemente-, pensaban que tenían todo el tiempo del mundo por delante, y mi madre siempre había soñado con casarse en primavera. Disfrutaba como nunca con todos los preparativos.
-Me lo puedo imaginar. Ahora sólo falta que me digas que estaba pensando casarse de blanco y todo...
No hacía falta ser muy agudo para darse cuenta de que él no la creía, y que en el fondo de su negro corazón seguía manteniendo la misma opinión miserable sobre su madre.
-No me crees, ¿verdad? -preguntó enfrentando su mirada, más glacial que nunca.
-En lo que se refiere a tu madre, me perdonarás si no me muestro precisamente crédulo. Necesitaría algún tipo de prueba que me demostrara que dices la verdad...
Antes de que hubiera acabado la frase, Rachel se había dado la vuelta bruscamente, y dirigiéndose a un elegante secreter, se puso a rebuscar en los cajones. Al cabo de un momento le tendió con expresión triunfante un montón de tarjetas.
-¡Aquí la tienes! -exclamó casi sin respiración-. ¡Toma! -le instó ante su de ¡concierto.
-¿Qué es esto? -preguntó Gabriel a su vez, por primera vez parecía realmente confundido.
-¡La prueba que me has pedido! ¡Mira...!
Gabriel se quedó con una de las tarjetas, mirándola fijamente; como si no pudiera dar crédito a lo que veía, leyó el texto en voz alta.
-Nos complace invitarle a nuestro enlace matrimonial que celebraremos el próximo cuatro de abril... Pero... ¡las invitaciones son para el mes que viene! -exclamó.
-¡Pero iban a casarse! ¿No te das cuenta? -replicó Rachel exasperada-. ¿Por qué no lo admites?
-Él no me dijo nada.
-¿Y por qué tendría que hacerlo? Sabiendo lo que pensabas de mi madre supondría que no te alegrarías precisamente de que entrara a formar parte de la familia -Gabriel se puso pálido al oír aquella acusación-. Bueno -se corrigió Rachel-, supongo que te habría avisado tarde o temprano si las cosas se hubieran desarrollado como habían previsto. Ya habían solicitado la licencia y todo lo demás... -se detuvo sintiendo que le invadía de nuevo la negra tristeza en la que había estado sumergida durante los últimos días-. Yo iba a ser su testigo... -explicó, y, sin poder hacer nada por evitarlo, se echó a llorar.
-¡Dios mío! -impulsivamente, Gabriel la estrechó con ternura entre sus brazos, dejando caer las invitaciones, que quedaron esparcidas sobre la alfombra como gigantescos copos de nieve.
Suavemente la condujo al sofá y se sentó a su lado. Continuó abrazándola acariciándole el pelo, procurando que se tranquilizara.
-Creo que te debo una disculpa -admitió en un susurro-. Tú nunca me mentirías.
Pero sus cariñosas palabras apenas le sirvieron a Rachel de consuelo. Gabriel le había pedido perdón por no creer la historia de la boda, pero sin duda aún la creía capaz de aliarse con su madre en contra suya con el único fin de apropiarse de la casa que había sido su hogar desde que era un niño.
-Lo siento... -dijo Rachel agitada, mientras procuraba secarse las lágrima.
-Chiiist... -le interrumpió Gabriel poniéndole un dedo delante de los labios.
Ella notó que se aceleraba el ritmo de su corazón ante aquel contacto inesperado. Apenas podía soportar la intensidad de los sentimientos que habían despertado en su interior ante el abrazo de aquel hombre.
Quería desasirse como fuera, pero temía que al hacerlo fuera incapaz de controlar la oleada de emociones que amenazaba con desatarse en cualquier momentó. Sólo podía esperar que él se separara por fin, que interrumpiera aquel contacto físico que la hacía sentir como si una corriente eléctrica circulara por sus venas.
-Tú no tienes la culpa -continuó Gabriel-. Es toda esta maldita situación... Estoy demasiado susceptible...
-¡Dios mío, Gabriel! Creo que tienes todo el derecho del mundo a sentirte susceptible... Has perdido a tu padre, ¡y ni siquiera has tenido la oportunidad de despedirte de él!
Al oírla, fue como si una sombra cruzara por su rostro haciéndolo palidecer. Cuando ella aprovechó para desasirse, Gabriel ni siquiera pareció darse cuenta. Rachel se dijo que quizá aquel fuera el mejor momento para intentar enmendar su anterior torpeza.
-¿Quieres saber cómo ocurrió? -preguntó tímidamente. Gabriel cerró los ojos un instante, como si fuera incapaz de soportarlo. Con esfuerzo, se rehizo, haciendo gala una vez más del autocontrol que le caracterizaba y que, nunca, salvo en una ocasión, lo había abandonado.
-¿Quieres contármelo?
En realidad no quería hacerlo, pero era lo menos que podía hacer por él. Procuró ponerse en su lugar, imaginarse cómo se habría sentido si hubiera sido ella la que hubiera recibido una llamada transoceánica anunciándole que su padre había sufrido un terrible accidente en la autopista y estaba debatiéndose entre la vida y la muerte en la unidad de cuidados intensivos de un hospital.
-Parece ser que no fueron las heridas del accidente las que lo mataron. Los médicos nos dijeron que podía haberse recuperado de todas ellas, pero tuvo un infarto en la ambulancia, de camino al hospital. Consiguieron controlarlo, y durante un tiempo pareció que iba a superarlo, pero... -se detuvo recordando el horror de aquella segunda noche de incertidumbre. No había pasado más de una hora desde aquella boda improvisada cuando les llamaron del hospital para darles la terrible noticia-. Pienso que él lo sabía, que había sentido una especie de... premonición. De hecho, fue él el que insistió en que la boda se celebrara sin tardanza. Parecía... ¡tan feliz !, Gabriel -instintivamente, Rachel se dio cuenta de que él necesitaba saber más detalles. - »En todo momento se mostró firme y positivo, y, por lo que sabemos, no sufrió en absoluto. Los médicos dijeron que todo había sido tan rápido que no le dio tiempo siquiera a enterarse. Me dijo que te dijera que te quería, y que estaba orgulloso de tu trabajo en América... también me dijo que esperaba que un día nos aceptaras como miembros de tu familia.
Al llegar a aquel punto se dio cuenta de que inconscientemente había asido la mano de Gabriel entre las suyas, aunque no podía decir si lo había hecho para consolarle a él o a sí misma. La única certeza que tenía era la de que él había retenido su mano cuando ella había hecho un gesto para desasirse.
-Muchas gracias por todo -dijo en voz muy baja.
-No tienes que agradecerme nada -replicó Rachel con la mirada fija en sus manos entrelazadas, la de él tan firme y grande que hacía que la suya pareciera aún más frágil y pálida de lo que en realidad era-. Él sabía que estabas de camino -añadió suavemente.
Gabriel no pudo reprimir que un temblor le recorriera la mano, traicionando de aquella forma una emoción que su rostro impasible se negaba a mostrar. Rachel se volvió hacia él; más que nunca le pareció entonces insondable la profundidad de aquellos ojos oscuros que la miraban fijamente.
-¿Quién se lo dijo?
-Yo -admitió Rachel a duras penas. No tenía la menor idea de cómo iba a reaccionar. A fin de cuentas, había sido la irrupción de su madre en sus vidas la que había provocado que Gabriel y su padre se distanciaran... tanto que ni siquiera se habían visto en los últimos cuatro años.
-Fue muy amable por tu parte -comentó Gabriel con absoluta sinceridad. Rachel no pudo evitar recordar una noche en la que él le había dicho cosas que ella había creído inocente, ciega, locamente...
-Lo hice por Greg. También significaba mucho para mí: como ya te he dicho, él ha sido el único padre que he conocido -sin poderlo evitar, volvió a echarse a llorar amargamente.
-Rachel... -empezó Gabriel, pero ella no quería que siguiera hablando, no fuera a ser que dijera algo que ella no pudiera creer, destruyendo de aquel modo la frágil tregua que habían logrado establecer.
-Nunca he echado en falta a mi verdadero padre, después de todo, cuando murió yo sólo tenía tres años. Así que cuando vinimos a vivir con Greg, él no reemplazó a mi padre, sino que llenó un espacio vacío en mi vida. Y había estado vacío tanto tiempo que ni siquiera me había dado cuenta de lo enorme que era.
A los dieciséis años también había creído que Gabriel podía llenar un vacío en su vida, ser parte de la familia que nunca había tenido, y muy poco después había esperado de él mucho más. Pero todos aquellos sueños se habían hecho pronto añicos, demostrándose así lo ilusa que había llegado a ser.
-Él fue tan bueno conmigo...
-Se preocupaba mucho por ti.
Algo había cambiado entre ellos. Gabriel parecía haberse puesto en guardia de nuevo. Se desvanecía la paz que se había establecido entre los dos y en su lugar se instalaba una especie de tensión eléctrica que la enervaba y la asustaba.
-¿Gabriel?
Cuando se volvió hacia él con los ojos todavía llorosos, oyó que se escapaba de su garganta un extraño sonido, mitad gemido mitad gruñido.
-¡Por Dios santo, Rachel, acércate!
Quizá fue la avidez con la que él la estrechó entre sus brazos, o la intuición de que Gabriel entendía sus sentimientos; o tal vez fue la insólita revelación de que él era exactamente lo que necesitaba la que abatió definitivamente cualquier posible resistencia por su parte.
Desde el momento en que se enteraron del accidente, Rachel había tenido que mostrarse fuerte por Lydia. Había sostenido a su madre con entereza durante las largas horas de espera en el hospital, y también se había encargado de todos los trámites y papeleo, bregando además para mantener alejada a la prensa. No había tenido tiempo hasta entonces para dejarse llevar por su propio dolor.
Por fin tenía a su lado a alguien fuerte que la ayudaría, alguien en cuyas manos podía depositar parte de la responsabilidad que hasta entonces había asumido.
Entonces, por primera vez sucumbió a la pena que hasta aquel momento había relegado al fondo de su alma, estallando en incontrolables sollozos que dejaron empapada la inmaculada camisa de Gabriel.
Él se limitó a abrazarla, sin decir una sola palabra, simplemente dejando que llorara, haciendo que el calor de su cuerpo la envolviera como una cascara protectora. Esperó con paciencia a que cesaran los sollozos, se detuviera el torrente de lágrimas y dejara reposar la cabeza en su hombro, exhausta pero alivida.
-¿Estás mejor? -preguntó suavemente.
Rachel se limitó a asentir con la cabeza; de hecho, se sentía muchísimo mejor, como si en aquel breve instante hubiera descubierto algo auténticamente valioso y de importancia vital para su existencia.
Había recuperado en parte al antiguo Gabriel, al que había idolatrado durante su adolescencia, el hombre ocho años mayor que ella que había sido su héroe. Aquel era el Gabriel que había sido parte esencial de su vida desde el momento en que se trasladó con su madre a la casa de Greg Tiernan.
-Mucho mejor, gracias -dijo sonándose ruidosamente.
-Me alegro.
Pero había algo en su voz que la previno. El tono amable y gentil había dado paso a otro muy diferente. Aunque era incapaz de interpretarlo correctamente, hizo que de inmediato se disparara una alarma en su cerebro.
También lo notó en la forma en que la abrazaba, en la tensión que pareció apoderarse de todos sus miembros. Sorprendida, se dio cuenta incluso de que se habían acelerado los latidos de su corazón, traicionando una reacción que estaba intentando controlar con todas sus fuerzas, procurando esconderla como fuera.
En un instante de absoluta lucidez, Rachel supo que estaba intentando dominar el impulso que le había llevado a abrazarla con todas sus fuerzas.
-¿Gabriel?
Se le quedó mirando y fue como si el tiempo retrocediera y estuviera viviendo de nuevo otro momento de su pasado, ¡tan lejano!, en el que le había parecido ver en el fondo de sus ojos de ébano algo que había creído que era amor.
Y sin embargo había sido algo muy diferente lo que se escondía detrás de su mirada, un sentimiento mucho más básico y primitivo, nada más que pura lujuria. Aquello era todo lo que aquel hombre podía ofrecerla.
Por suerte ya no era la misma adolescente de entonces, tan fácil de embaucar. Al primer vistazo reconoció fácilmente aquella mirada tan particular, y fue como si le arrojaran en plena cara un jarro de agua fría. Por lo menos veía con claridad cuál era el peligro al que se enfrentaba.
Sin poder evitar un estremecimiento, reconoció también su parte de culpa, lo que significaba que, en contra de sus más firmes principios, había bajado la guardia de forma ignominiosa.
Se había jurado a sí misma que no volvería a permitir que aquel hombre le hiciera daño otra vez, y durante años había preparado sus defensas y mantenido su resolución con absoluta firmeza.
Sin embargo, en un instante de debilidad toda su resistencia se había venido abajo como un castillo de naipes. Se había dejando invadir por todos los sentimientos que tan cuidadosamente había procurado mantener alejados, traicionándose a sí misma como nunca hubiera sospechado que pudiera volver a hacerlo.
-Rachel, ¿estás bien?
-Sí, muy bien -logró articular, al tiempo que esbozaba una insincera sonrisa.
No quiso arriesgarse a enfrentar su mirada de nuevo, así que procuró disimular su turbación haciendo como que buscaba un pañuelo. Por suerte su bolso estaba en el otro extremo de la habitación, lo que le proporcionaba una excusa inmejorable para levantarse y alejarse de su lado.
Tras fingir convincentemente que se secaba las lágrimas, consideró que se había recuperado lo suficiente como para enfrentarse de nuevo a Gabriel.
-Tal vez quieras refrescarte un poco, o dormir algo antes de la cena... -sugirió.
Él no contestó, ni siquiera se levantó, tan inmóvil como una estatua de mármol. Realmente parecía un antiguo dios griego, se dijo Rachel, con aquella frente ancha, la nariz recta, los pómulos altos parecía una imagen en carne y hueso de Zeus o de Apolo, o más bien un héroe legendario, como Jasón o Teseo.
-Si quieres, puedo enseñarte tu habitación.
Gabriel se encogió de hombros con indiferencia. Por suerte, parecía que había pasado el peligro, pensó Rachel complacida.
-No creo que pueda descansar -dijo poniéndose en pie y estirándose lentamente-. Creo que me va a costar acostumbrarme al nuevo horario. Sin embargo, me apetece darme una ducha caliente. He dejado mi maleta en el recibidor...
-Supongo que Reynolds la habrá subido a tu cuarto -dijo Rachel repentinamente incómoda. El matrimonio de su padre era sólo una parte de las noticias que tenía que comunicarle... y estaba segura de que el resto tampoco iba a gustarle nada.
-¿Ese tal Reynolds es el marido de la señora Reynolds que he conocido cuando he llegado? -preguntó Gabriel con retintín.
-Así es. Empezaron a trabajar en la casa hace cosa de un año.
-¿Sustituyendo acaso a la señora Kent y a Joe?
-Ya eran muy mayores -respondió Rachel poniéndose a la defensiva-. Sé que les tenías aprecio, pero has estado fuera mucho tiempo, y las cosas no pueden permanecer siempre igual.
-Eso parece -comentó Gabriel secamente-. Me pregunto cuál será la próxima novedad.
Al oírle Rachel sintió que le flaqueaban las piernas. Mientras subían las escaleras creyó notar que él la seguía demasiado cerca, tanto que podía sentir su respiración en el cuello. Sin embargo, cuando ya no pudo resistirlo más y se volvió hacia él, vio con asombro que él la contemplaba con expresión inocente dos escalones más abajo. Enfadada consigo misma, se dijo que Gabriel la afectaba de tal forma que estaba empezando a reaccionar como una auténtica paranoica.
-No hace falta que me acompañes -dijo Gabriel cuando llegaron al rellano-. Creo que conozco la casa mucho mejor que tú, después de todo, crecí en ella. Te aseguro que no he olvidado ningún detalle en estos cuatro años. Me parece que soy perfectamente capaz de encontrar yo sólito mi propia...
-¡Ya no es tuya!
Nada más pronunciar estas palabras, Rachel se arrepintió de su propia estupidez. ¿Cómo había podido darle aquella noticia con semejante falta de tacto? Sin duda, había sido la reacción lógica al oírle decir que no había «olvidado ningún detalle».
Gabriel se detuvo en seco en el último peldaño, y se la quedó mirando amenazadoramente.
-Explícate -dijo cortante. Rachel tragó saliva, procurando frenéticamene encontrar las palabras más adecuadas-. Si mi habitación ya no es la mía, ¿de quién es entonces?
-Mía -admitió Rachel valientemente.
-¡Qué idea tan encantadora! -replicó sarcástica-mente. No parecía en absoluto sorprendido, sólo un poco intrigado-. ¿Y de quién fue la idea?
-Fue tu padre el que insistió en ello.
Rachel sabía bien lo que había significado para él su habitación cuando era más joven; en realidad se trataba más bien de un especie de suite o de mini-apartamento, que incluía una salita de estar, cuarto de baño y puerta independiente, lo que le aseguraba una privacidad casi absoluta.
Y eso era algo que Gabriel siempre había tenido en gran estima y que había aprovechado a fondo en los primeros tiempos de la estancia de las dos mujeres en la casa.
Nunca había disimulado su rechazo hacia Lydia, ni tampoco ocultado su teoría de que había sido la relación de ésta con su padre lo que había provocado que se separara de su madre. Por eso había decidido pasar el mayor tiempo posible en su ático, reuniéndose con el resto de la familia únicamente en las comidas y sin permitir que nadie entrara en el apartamento.
-Te aseguro que no fue idea mía, créeme -protestó Rachel-. Él personalmente encargó que lo redecoraran como regalo cuando cumplí ventilan años.
Nadie sabía lo difícil que le había resultado aceptar semejante obsequio. No sólo porque había resultado extravagantemente caro, sino por otras razones mucho más personales. Aquel ático siempre estaría ligado en su mente al recuerdo de Gabriel y de una noche que hubiera preferido olvidar.
-No, supongo que no lo fue. Él siempre hace... hacía -se corrigió haciendo una mueca de dolor- lo que le venía en gana, aunque eso supusiera pisotear los sentimientos de otras personas.
-No pensaba que ibas a volver. Le dejaste bien claro que creías que tu futuro estaba en América -Rachel rezó para que su voz no la traicionara, demostrando lo dolorosa que aquella decisión también había sido para ella.
-Pues tenía razón -declaró Gabriel orgullosa-mente-. Tenía pensado no regresar hasta haberme casado... Bueno, entonces, mi querida Rachel, ¿puedes decirme por favor dónde vais a instalarme después de haberme echado del ático?
-En la habitación azul -respondió, aunque lo único en que podía pensar era en aquellas terribles palabras: «hasta haberme casado». Aunque quería creer que sólo era una forma de hablar, conocía demasiado bien a Gabriel, e intuía que no se trataba de un mero farol.
-Ha sido idea de Lydia, supongo.
-No, mía -confesó Rachel haciendo caso omiso de su ironía-. Pe., pensé que es donde estarías más cómodo.
Se trataba del dormitorio más grande de la casa, mayor incluso que el que su madre había compartido con Greg. De forma un tanto ingenua creía que su amplitud le compensaría en cierto modo de la pérdida de su antiguo ático.
-Cómodo y justo al otro extremo de la casa, para evitarte cualquier molestia, ¿no?
-¿Molestia? -murmuró Rachel sin entender.
-Y justo al lado de Lydia, que oirá sin problemas cualquier ruido sospechoso en el pasillo, ¿verdad? -su malévola sonrisa le mostró a las claras el escabroso rumbo de su imaginación-. Ya veo que los dormitorios se han repartido exactamente al contrario de como estaban cuando yo vivía aquí. Así evitaremos repetir los mismos errores, ¿no es cierto? -concluyó con una meliflua sonrisa, haciendo caso omiso de la expresión horrorizada de Rachel.
-¡Eres...!
-Pero no había hecho falta que te preocuparas tanto, corazón. No tengo la menor intención de acosarte.
La forma en que la había llamado corazón había sido como una auténtica bofetada en plena cara.
-Ni siquiera había pensado que fueras a hacerlo -declaró airadamente.
-¿No? Entonces, ¿a qué ha venido todo lo que has montado ahí abajo? -preguntó Gabriel con sorna señalando con un gesto a la puerta del salón, aún entreabierta, y más concretamente el sofá donde habían estado sentados.
-¿A qué te refieres?
-¡Sabes exactamente a lo que me refiero!
-¡Estaba muy transtornada!
-Sí, puede que al principio lo estuvieras -admitió Gabriel-, pero enseguida se te han visto las intenciones. ¡Te has levantado como si yo tuviera la peste! Te ha faltado tiempo para salir corriendo...
-¡Estás exagerándolo! -se maldijo a sí misma por el temblor en la voz. No podía evitar reconocer que, en parte, Gabriel estaba en lo cierto.
-Nunca exagero, Rachel, nunca -había algo amenazador en su expresión que sacaba a la luz feas imágenes del pasado a las que ella se negaba obstinadamente a enfrentarse-. Pero no tienes que preocuparte -continuó Gabriel-: tus prevenciones están completamente fuera de lugar. Te aseguro que no soy ninguna amenaza para tu recato virginal. Conmigo estás más segura que con cualquier tía solterona.
Segura no era precisamente la palabra que Rachel asociaba con Gabriel Tiernan, se dijo amargamente. Aquel hombre estaba dotado de ese encanto tan peculiar que hacía que todas las mujeres se sintieran fascinadas y temerosas a la vez.
-¿Sí? -musitó. Curiosamente, Gabriel no supo entrever los derroteros que seguían sus pensamientos, y se tomó su escueta réplica en el sentido más literal.
-Créeme, cariño -replicó, exaltándose a medida que hablaba-: aunque estuviera desesperado, aunque hubiera vivido dos vidas sin conocer a ninguna mujer, o estuviera ardiendo de pura lujuria, aunque supiera que iba a morir si no tenía una mujer en mi cama... aun entonces y aunque tú fueras la única mujer en el mundo ¡te aseguro que ni te tocaría!
Subrayó sus palabras con un ademán tan violento que hizo que Rachel se volviera, agarrándose con fuerza a la balaustrada, con el miedo reflejándose en sus ojos grises. Sin embargo, Gabriel controlaba perfectamente la situación, y no tenía la menor intención de tocarla. Se detuvo en el último segundo con un gesto tan calculado que fue más insultante, más expresivo que cualquier cosa que hubiera podido decir.
-Entonces, ¿por qué me has tocado? -replicó Rachel con la angustia de un animal herido.
Gabriel la miró inexpresivamente, con el rostro convertido en una máscara.
-Necesitabas ayuda. Sólo un bruto sin sentimientos te hubiera dejado llorando sola. Pero no volverá a ocurrir nada semejante, Rachel. No pienso volver a tener nada que ver contigo en toda mi vida. Es un riesgo que me puede costar demasiado caro.
-¿Y qué te hace pensar que vas a tener la oportunidad de hacerlo? -le espetó, sintiendo que la furia y el rencor le hervían en las venas.
Por un segundo Gabriel se volvió hacia ella con gesto descompuesto, pero enseguida consiguió recobrar su impasibilidad.
-No me preguntes eso, corazón, no creo que te gustara mi respuesta. Ahora, si me disculpas, voy a ducharme. Si antes me sentía sucio, ¡imagínate ahora!
Rachel se pegó a la pared para dejarle pasar, pero no había necesidad de que lo hiciera, pues él se mantuvo tan distante y tenso que no hubo la menor posibilidad de que se rozaran siquiera.
¡Y pensar que ella había creído recuperar al antiguo Gabriel! Sacudió la cabeza con desesperación, contemplándole mientras se alejaba por el pasillo en dirección a su cuarto. ¡Qué tonta había sido! ¡Qué ciega!
Nunca había existido el antiguo Gabriel. Sólo había sido una ilusión, producto de la loca imaginación de ana adolescente. No había existido más que en sus fantasías, en sus patéticos sueños de muchacha solitaria.
Aquél que había tenido delante aquella tarde era el verdadero Gabriel, el único, con el alma tan negra y retorcida como ya le había demostrado a la mañana siguiente de su decimonoveno cumpleaños. Nada había cambiado desde entonces.