Capítulo 5

GABRIEL había estado ausente durante siete meses, ocupado planificando la expansión del negocio familiar en los Estados Unidos. Cuando por fin regresó a mediados del verano, Rachel estaba deseando verle de nuevo.

Había aprovechado su ausencia para cambiar su imagen de arriba abajo: no sólo se había puesto a régimen e impuesto una tabla de ejercicios, sino que también había cambiado de peinado y renovado su vestuario. Todo ello había dado un resultado más que satisfactorio, y, sin asomo de vanidad, podía decir que la antigua Rachel había desaparecido del mapa definitivamente.

Se dio cuenta de que sus esfuerzos no habían sido en vano al ver cómo la miraba Gabriel. Sin embargo, aquello no era más que el principio comparado con el plan que había urdido para la noche siguiente, el mismo día de sus cumpleaños. Aunque estaba previsto celebrar una gran fiesta durante el fin de semana, habían acordado que aquel día se limitarían a una cena familiar.

Rachel se puso para la ocasión un vestido liso de seda color rojo oscuro; llevaba un collar y unos pendientes que había diseñado ella misma y había optado por dejarse el pelo suelto. La cena transcurrió entre brindis con champán y felicitaciones; para su deleite, Gabriel no le quitaba la vista de encima, aunque su comportamiento para con ella se mantenía dentro del más estricto decoro... o por lo menos así fue hasta el final de la velada.

No sólo mantuvo sus labios contra los de ella un instante más de lo necesario cuando se acercó para darle un beso de buenas noches, sino que además acercó la boca a su oreja para que nadie pudiera oír lo que quería decirle.

-Te has hecho mayor, mi pequeña Rachel, te has convertido en toda una mujer, y muy hermosa además. Creo que voy a tener que replantearme un par de cosas en vista de la situación... ¿Qué te parece si discutimos un par de cosas los dos juntos?

Aquellas palabras eran todo lo que Rachel necesitaba para decidirse; apenas podía esperar a que llegara la ocasión propicia para hablar con él a solas.

La primera oportunidad para hacerlo se le presentó ala noche siguiente; Greg y Lydia habían ido al teatro, y después pensaban cenar y tomar unas copas con unos amigos, así que durante unas horas, Gabriel y ella tendrían la casa para los dos solos.

Provista de dos botellas de champán se encaminó resuelta hacia el ático; ni siquiera se detuvo para llamar a la puerta, limitándose a irrumpir en medio de la habitación.

-¡Hola! ¿Te interrumpo?

-En absoluto -estaba tendido con un libro en la mano, aunque era evidente que no estaba en absoluto concentrado en la lectura. Rachel hubiera apostado algo bueno a que en realidad estaba pensando en ella.

-Se me ha ocurrido que podíamos celebrar una fiestecita.

-¿Y qué es lo que celebramos exactamente? -preguntó Gabriel con tanta intención que la hizo estremecerse de pies a cabeza.

-Pues, por ejemplo, que has vuelto a casa. Y también mi cumpleaños, claro. También podemos celebrar el tuyo, que al fin y al cabo fue la semana pasada. He traído algo para beber -dijo, levantando el champán-. Greg ha encargado tantas botellas que no creo que eche en falta estas dos. Así que, si quieres hacer los honores... -concluyó tendiéndole la bebida.

En cuanto Gabriel se puso en pie no pudo por menos que admirarse una vez más por su imponente figura. Sintió que se quedaba sin sangre en las venas.

-¿Te pasa algo, Rachel? De repente parece como si hubieses visto un fantasma -la suavidad de su voz hizo que se recuperara de inmediato. Aquél era su Gabriel, el hombre de quien había estado enamorada durante años.

-Es que me acabo de dar cuenta de que se me han olvidado las copas -dijo intentando disimular su turbación.

-No te preocupes -replicó Gabriel despreocupadamente mientras descorchaba la primera botella con maestría-. Me parece que yo tengo algunas en ese armario.

-¡Claro! -exclamó Rachel sintiéndose repentinamente insegura-. Me había olvidado que éste es tu pisito de soltero particular donde invitas a todas tus amigas.

Se le endureció la mirada al convocar la imagen de la interminable lista de bellezas que debía haber pasado por aquel ático.

-No las invito a todas -la corrigió Gabriel-. Sólo a unas pocas. ¡Venga, dame tu copa!

En un momento Rachel olvidó todas sus aprensiones, y en cuanto hubo bebido un sorbito de champán se encontró con el valor suficiente para hacerle la pregunta que le había estado rondando en la cabeza durante mucho tiempo.

-¿Me incluyes a mí entre esas pocas?

-¿Qué quieres decir? -preguntó Gabriel a su vez mientras se servía la otra copa.

-Bueno... tú solías dejarme entrar cuando quería,para buscar libros y demás. Pero últimamente... -se detuvo un momento haciendo un gracioso mohín de disgusto-, la verdad es que parece que he caído en desgracia o algo así.

-He estado fuera mucho tiempo, Rachel -contestó Gabriel pacientemente indicándole que se sentara frente a él-. No he parado ni un segundo desde mi regreso, arreglando todos los asuntos que quedaron pendientes cuando me marché a América. Además... -entonces fue él quien se detuvo un instante, como sopesando lo «Míe iba a decir a continuación-. En fin, Rachel, sabes bien que las cosas ya no son tan sencillas como antes -admitió finalmente.

-¿Y eso por qué? -insistió Rachel sonriéndole juguetonamente.

-Estoy seguro de que lo sabes muy bien.

Ella se dio cuenta de que sería mejor no seguir tensando la cuerda. Sería muy humillante si, después de todo, hubiera malinterpretado sus palabras, así que decidió utilizar otra táctica.

-Cuéntame qué es lo que has estado haciendo exactamente en América -dijo al tiempo que se descalzaba y subía los pies al sillón-. ¿Has abierto alguna sucursal de Tiernan?

-Varias sucursales de hecho. Me parece que mi padre no está muy contento con la forma en que he decidido llevar las cosas por allí.

-¿Y eso? -preguntó Rachel sinceramente interesada. Después de tantos años asistiendo a la tenaz oposición de Gabriel a la relación de su madre con Greg, parecía alzarse entre los dos hombres un nuevo motivo de discordia-. ¿Qué es lo que has hecho exactamente?

Gabriel esbozó una sonrisa.

-Pienso dedicar todos mis esfuerzos a que la compañía entre de una vez en el siglo veinte y reconvertirla para hacerla mucho menos elitista.

 

-Parece muy interesante. ¿Cuales son tus planes?

-Me gustaría desarrollar una gama de productos más asequible; utilizaríamos los mismos diseños y sistemas de producción, sólo que empleando materiales más baratos. De ese modo podríamos ofrecer la calidad que caracteriza a la empresa a unos precios razonables.

-¿Como las líneas prét-á-porter de los grandes modistos?

-Exactamente -convino Gabriel complacido por su interés-. Así no sólo conseguiríamos hacemos con otro sector del mercado, sino que conseguiríamos los medios para desarrollar otras líneas de producción más arriesgadas. Incluso podríamos conseguir renovar un poco los diseños tan tradicionales de mi padre.

-Pero él se opone, ¿verdad?

-No exactamente: como se suele decir, está esperando a que me ahorque con mi propia soga. He invertido mucho dinero en esta aventura. Si fracaso, mis pérdidas serán enormes, pero si tengo éxito, mi padre no podrá entrometerse. He decidido no usar el nombre de Tiernan, las nuevas tiendas se llamarán sencillamente T2.

-¡Me parece tan apasionante! -exclamó Rachel con los ojos brillantes, sirviéndose una segunda copa-. ¡No sabes cómo me gustaría participar en un proyecto así!

-Bueno, sigue estudiando como hasta ahora y lo conseguirás. Estoy dispuesto a ofrecerte un trabajo cuando termines. Tienes un gran talento, Rachel, y si te esfuerzas, estoy seguro de que puedes llegar a lo más alto.

Rachel casi sintió que estallaba de placer ante semejante cumplido.

-¡Me estás adulando!

-Nada de eso, te estoy diciendo lo que realmente pienso. Ya sabes que nunca exagero. Tienes mucho talento, y lo sabes, del mismo modo que sabes que eres muy hermosa. Es una combinación mortal, imposible resistirse.

Rachel apenas podía disimular su turbación. Se dijo que quizá le ayudaría beber un poco más de champán, pero, para su consternación, descubrió que tenía la copa vacía.

-¿Me sirves un poco más, por favor?

-¿No crees que ya has bebido más que de sobra? -replicó Gabriel.

Rachel no pudo por menos que revolverse ante su tono paternalista.

-Ya no soy ninguna niña, Gabriel. Tengo diecinueve años -y para demostrarle que estaba dispuesta a hacer su voluntad, se sirvió ella misma otra copa, sin importarle lo más mínimo lo que él pensara-. Por si no te has dado cuenta, ya soy una mujer.

-Es imposible no darse cuenta, Rachel. No hago más que preguntarme qué hacer al respecto.

-¿Hacer? -repitió repentinamente confundida.

-Dime una cosa, Rachel -empezó a decir Gabriel mirándola directamente a los ojos-: ¿me equivoco si te digo que has venido a mi cuarto esta noche no para hacerme una simple visita, sino para demostrarme que te has convertido en toda una mujer?

Asombrada por su intuición, ella se limitó a asentir.

-Cada uno de tus gestos, tu sonrisa, tu mirada, incluso la forma en que estás vestida, lo delata -enumeró Gabriel deteniéndose en cada detalle de su atuendo; Rachel había escogido para la ocasión un provocativo vestido azul sin mangas, con una hilera de botones en la parte delantera-. Estás utilizando el código que soléis usar las mujeres cuando queréis atraer a un nombre. Y como en esta habitación yo soy el único hombre presente, deduzco que es a mí a quien quieres.

Rachel se dio cuenta espantada de que algo substancial había cambiado en Gabriel, evidentemente había abandonado su actitud habitual, fría y distante, y se había puesto a la defensiva, expectante, como un animal salvaje al acecho, pensó, sintiendo que se le secaba la garganta.

-¿Es eso lo que pretendes, Rachel? Dime la verdad. Ella asintió en silencio, como si sus palabras hubieran tenido la virtud de dejarla muda.

-Entonces, ¿por qué no nos dejamos de todas estas tonterías? -susurró Gabriel- ¿Qué tal si dejamos de fingir que no sabemos por qué has venido hasta aquí?

-¿Fingir? -protestó Rachel ruborizándose-. ¡Yo no estoy fingiendo!.

-¿No? Entonces, demuéstramelo. Vamos, Rachel -la incitó al ver que su ánimo flaqueaba-, bésame...

Aunque nunca hubiera creído posible semejante cosa, ahora que tenía su sueño al alcance de la mano, Rachel notaba que su determinación se tambaleaba. De repente el pequeño espacio que los separaba se le antojó enorme y lleno de peligros. Incluso dudaba de que las piernas pudieran sostenerla...

Para empeorar las cosas, Gabriel no dejaba de mirarla haciendo que se le acelerara el pulso de tal forma que parecía que fuera a darle un ataque al corazón.

Con los labios completamente secos se quedó parada delante de él, escrutando el fondo de aquellos ojos impenetrables. Entonces, muy lentamente, centímetro a centímetro, agachó la cabeza y cubrió su boca con la suya.

Inmediatamente sintió una corriente de puro placer que la recorría de los pies a la cabeza. Sin embargo, Gabriel no parecía en absoluto tan fácil de contentar.

-¡Por Dios santo, Rachel! -exclamó apartándose de ella bruscamente-. ¡Besas como una colegiala! Si quieres demostrarme que eres ya una mujer será mejor que empieces a besar como Dios manda, porque si no...

No tuvo oportunidad de acabar la frase, porque ella le interrumpió de la única forma que podía hacerlo, dejándose llevar esta vez de la pasión. Recordó la vez que se habían besado debajo del muérdago, en Navidad, y procuró hacerlo de la misma forma. Quería disimular como fuera su falta de experiencia para que él no la rechazara de nuevo.

Sin embargo, apenas tuvo que fingir, pues enseguida se dio cuenta con deleite de que él parecía encantado. Todos sus temores se disiparon como por ensalmo; febrilmente hundió sus manos en su pelo, acariciándole y apretándose aún más contra él.

-¿Y ahora? -preguntó con la respiración entrecortada cuando, mucho después, se separaron por fin.

-Bastante bien -concedió Gabriel riendo-. Pero me parece que todavía podemos mejorarlo, y con un gesto la obligó a sentarse en su regazo y empezó a besarla de nuevo.

El ardiente beso que se habían dado en Navidad quedó reducido a la nada comparado con aquel asalto a sus sentidos. Al principio, Gabriel se mostró tierno y delicado, pero enseguida empezó a besarla con más ansia, exigiendo que ella le respondiera con la misma pasión.

Incapaz de pensar racionalmente, Rachel se sentía invadida por una sensualidad que hasta entonces le había sido desconocida y que parecía penetrarle hasta el fondo mismo de su alma.

Las caricias de Gabriel eran cada vez más ardientes, más apasionadas y exigentes. Empezó a acariciarle los pechos por encima del vestido, y poco a poco le introdujo la mano por el escote del vestido. Cuando sintió aquella mano explorando su cuerpo, a Rachel casi se le cortó la respiración.

En la agitación del momento se le había subido la falda, haciendo que sus piernas quedaran casi por completo al desnudo. Podía sentir debajo de ella la suavidad de la tela de algodón de sus pantalones, y además la inequívoca respuesta del cuerpo de Gabriel a sus avances.

Le recorrió todo el cuerpo un estremecimiento hecho a partes iguales de deseo y temor. Aquello no era un simple jugueteo de adolescentes... Gabriel no era un muchacho inexperto, sino todo un hombre, que tenía además muy claro lo que quería. Se daba cuenta con claridad meridiana que él no seguiría con aquellos simples escarceos durante mucho más tiempo.

Como si le hubiera leído el pensamiento, justo en aquel instante Gabriel se separó de ella, y la traspasó con la mirada como si quisiera llegar hasta el fondo de su alma.

-Tienes que decidirte -la instó con voz ronca-. Piénsalo Rachel, todavía estoy a tiempo de comportarme como un caballero.

Ella se había quedado muy quieta, mirándole fijamente. Sólo podía pensar en que Gabriel, como al descuido, seguía acariciándole muy levemente, con la punta de los dedos, la línea del escote. Y era eso en realidad lo único que la importaba.

-Tienes que decírmelo, Rachel -insistió- o te comportas como una niña o como una mujer. Piénsatelo bien, porque esa es una decisión de la que no podrás arrepentirte.