Capítulo 3

RACHEL se quedó como clavada en lo alto de las escaleras, luchando con los demonios que las palabras de Gabriel habían despertado justo cuando menos preparada estaba para hacerles frente.

-¡Esto es ridículo! -musitó para tranquilizarse-. ¡No permitiré que me afecte de este modo! El pasado, pasado está, tengo que acabar con él de una vez por todas.

Pero ni mucho menos era así; esa frase había dejado de ser cierta en el mismo instante en que Gabriel había regresado a la casa, y con aquel simple gesto había abierto de par en par una parte de su alma que ingenuamente ella había creído sellada para siempre. Aquel hombre había conseguido desatar la misma furia y conmoción que si hubiera abierto la caja de Pandora, y Rachel tenía la certeza de que le iba a resultar imposible recuperar la paz tan difícilmente conseguida.

Durante las dos horas que quedaban para la cena procuró prepararse mentalmente para la dura prueba que la esperaba.

Tuvo que hacer una esfuerzo para mantener la compostura al tener a Gabriel sentado frente a ella, en un extremo de la enorme mesa del comedor; se había puesto un traje de corte perfecto con una camisa inmaculada y corbata, acatando de aquella forma las normas que su padre había establecido muchos años atrás por las que obligaba a todos los comensales de su casa a presentarse impecablemente vestidos para las comidas.

-Ya ves que sigo las reglas -le había dicho Gabriel cuando se encaminaban al comedor-. ¡Incluso muerto él sigue dirigiendo nuestras vidas! -comentó amargamente.

-A tu padre le gustaba hacer las cosas con estilo.

-Y también estar rodeado de mujeres hermosas elegantemente vestidas -replicó lanzando una larga mirada a su largo vestido de terciopelo color púrpura.

No parecía haber ninguna segunda intención en ese gesto, ni el menor rastro del fuego turbador que ella había vislumbrado cuando estaban en el salón, pero aún así, saber que él la observaba la sumió en el desconcierto. Deseó no haberse puesto aquel vestido, que aunque de manga larga y sin escote, era lo suficientemente ajustado como para destacar todas sus curvas.

-Me parece que hubiera estado muy complacido al verte esta noche -continuó Gabriel-. ¿Has diseñado tú esas joyas?

Rachel se llevó la mano a los pendientes de amatistas que colgaban delicadamente de sus orejas, aliviada por tener una excusa que le distrajera de seguir mirando su cuerpo de aquel modo tan inquietante.

-Sí, lo hice yo. Greg me regaló las piedras las pasadas navidades y yo realicé el diseño -contestó un poco incómoda. No sabía cómo iba a reaccionar al enterarse de que su padre le había hecho otro regalo tan magnificó como aquél.

-Son espectaculares -se limitó a comentar amablemente-. Tienes mucho talento -alabó.

Aquello era lo más parecido que habían tenido hasta entonces a una conversación normal, pensó Rachel asombrada. Justo en aquel momento su madre entró en la habitación, provocando que de repente la atmósfera se enrareciera visiblemente. Cuando pasaron al comedor, la conversación discurrió por los tópicos habitúales, aunque era evidente que los tres hubieran dado cualquier cosa por evitar aquella cena.

Lydia se levantó antes incluso de que hubieran servido el postre, y pretextando que no se encontraba demasiado bien, se retiró a su dormitorio. Rachel y Gabriel siguieron comiendo unos instantes en silencio hasta que él retiró el plato a un lado aunque aún quedaba en él más de la mitad.

-Creo que el jet-lag me está afectando más de lo que creía. Tendré que disculparme mañana con la señora Reynols, pero realmente ya no puedo más.

-Estoy segura de que lo entenderá perfectamente -repuso Rachel, y con un suspiro de alivio, dejó también su plato casi intacto-. La verdad es que estos días a todos nos resulta un poco difícil comer como es debido. ¿Quieres un café?

-No, gracias, no quiero espantar el sueño. Pero me tomaré un brandy si no te importa.

-Por supuesto, estás en tu... -se interrumpió bruscamente al darse cuenta de lo que acababa de decir: aquella ya no era su casa, y ella lo sabía demasiado bien-. Sírvete tú mismo -se corrigió-, pero tendrás que disculparme si no te acompaño. Ha sido un día muy largo, así que iré a ver cómo está mamá y después me acostaré de inmediato.

Subió a su cuarto y, tras quitarse el vestido, se desmaquilló, se puso un camisón de seda rosa y se encaminó al cuarto de su madre.

Para su sorpresa, su madre tenía muchas ganas de hablar, y la retuvo a su lado más de lo previsto. Cuando por fin se disponía a volver a su cuarto, sintió que la invadía una oleada de pánico: no podía volver al ático, no después de que lo ocurrido hubiera removido aquel día tantos recuerdos terribles.

Pero también temía que Gabriel la viera allí plantada, en medio del rellano, como un conejo asustado a punto de caer en una trampa. Sacudió la cabeza con determinación y se obligó a subir a su cuarto.

Se decidió justo a tiempo, pues cuando llegó a la puerta de sus habitaciones con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole a toda velocidad, oyó que Gabriel enfilaba el pasillo para dirigirse al cuarto azul. El crujido de una tabla le recordó la crudeza con la que se había dirigido a ella aquella tarde: «no tengo la menor intención de repetir los errores del pasado», le había dicho.

¡Ojalá a ella la hubiese detenido la posibilidad de que su madre pudiera oír el crujido del entarimado!, se reprochó, sintiéndose más desgraciada que nunca. Quizá entonces las cosas no hubieran ido tan lejos aquella noche... pero para su desgracia Greg y su madre se habían ido al teatro, dejándoles la casa para ellos solos.

Cuando por fin encendió las luces del ático estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. Ni siquiera la tranquilizó la familiar visión del cuarto, sabiamente decorado por su madre para ella en tonos crema y salmón. No se le iba de la mente la imagen de aquella misma estancia cuando pertenecía a Gabriel, y dominaban en ella los colores verde oscuro y bronce. Así era como la había visto la primera vez, y así la imaginaba siempre cuando pensaba en el pasado.

Sin embargo, recordó, había pasado mucho tiempo antes de que Gabriel le permitiera la entrada a su sanctasanctórum. En un principio había rechazado de plano la presencia de Lydia y su hija en la casa, y había procurado por todos los medios mantener las distancias con ambas.

Poco a poco las cosas habían ido cambiado. Fue él el que empezó a hablar a Rachel, tolerante apenas al principio, pero con el tiempo fue desarrollando una especie de sincero afecto por la hijastra de su padre.

Por su parte, Rachel se había quedado fascinada desde la primera vez que vio al alto y atractivo hijo de Greg. Nunca hasta entonces había conocido a nadie como él, quien por aquel entonces recién salido de la universidad, había empezado a trabajar en el negocio paterno.

Sus conversaciones eran sin embargo muy limitadas; Rachel se sentía tan nerviosa que apenas podía articular palabra en su presencia. Todavía podía recordar con todo detalle lo ocurrido el día en que todo cambió entre ellos, dieciocho meses después de su llegada a la casa.

Había sido el cumpleaños de Gabriel, y, reuniendo todo su valor, ella le había preguntado su edad.

-¡Veintiséis! -había exclamado sorprendida-. ¡Pero si acabaste la universidad hace sólo dos años! ¿Qué te pasó? ¿Tuviste que repetir algún curso?

En cuanto dijo estas palabras deseó que la tierra se la tragara. Por suerte, Gabriel parecía más divertido que otra cosa por su comentario.

-¡Qué directa! -rió-. Pues no, no repetí ningún curso. Lo que ocurrió es que después de acabar el instituto estuve dos años en África trabajando en una ONG.

Había pasado aquel tiempo en un país arrasado por la guerra civil, atendiendo a los refugiados. Precisamente la noche antes Rachel había visto un documental sobre todo aquello en la televisión, y no pudo evitar estremecerse al pensar en los riesgos que Gabriel habría tenido que enfrentar al vivir en tan terribles condiciones.

-Pero... ¿no te pareció horrendo? ¿Gomo fuiste capaz...?

-Era muy cabezota -repuso Gabriel lacónicamente-. La verdad es que una vez que estás allí, ni te planteas lo que estás haciendo. Tú y yo podemos elegir qué hacer, pero toda esa gente no tiene elección posible. Han de soportarlo como sea porque no tienen nada más... En cambio, a mí me resultó fácil, porque sabía que estaría allí por un tiempo limitado.

-¿Cómo se te ocurrió ir hasta allí? -preguntó Rachel admirada.

-Creo que fue un caso claro de conciencia culpable -respondió secamente. Se dio la vuelta y se quedó mirando largamente por la ventana la vista sobre el río Támesis-. Era joven, tenía buena salud, ninguna atadura y había recibido, además, una educación esmerada -le explicó-. De repente me di cuenta de que había estado viviendo en una jaula de oro, muy conforable, cierto, pero jaula al fin y al cabo. Sabía que después de la universidad conseguiría trabajo con facilidad en el negocio familiar. Quise pararme y hacer algo diferente, estaba harto de que todo me resultara tan fácil, no quería acostumbrarme. Sobre todo, deseaba hacer algo que mereciera la pena.

-¿No te parece que las empresas Tiernan merecen la pena?

-¿Diseñar joyas para los más ricos? -preguntó Gabriel a su vez dándose la vuelta en redondo-. No me parece precisamente una obra de caridad.

-¡Pues a mí me encantaría hacer algo así! ¡Imagínate todo lo que podrías conseguir con tu fortuna si consigues hacerte tan rico como tu padre! Si yo tuviera mucho dinero lo. gastaría ayudando a los demás de ese modo. Puedes hacer tanto...

-Tienes razón -la interrumpió Gabriel, pero en sus palabras se escondía una nota de ironía que la hizo volverse hacia él con amargura.

-No hace falta que te burles así de mí. Ya sé que piensas que soy una ingenua, una tonta rematada...

-¡Nada de eso! -repuso Gabriel ácidamente-. Créeme, mi dulce Rachel, nunca pensaría que eres tonta. Inocente, tal vez, vulnerable, por supuesto... y desde niego, sí, bastante inocente.

-¡No soy ninguna niña! ¿sabes? -protestó la joven-. Cumpliré dieciocho la semana que viene.

-Todavía eres lo suficientemente joven como para creer ciegamente en tus ideales. Por desgracia, pequeña, la vida real no es tan sencilla ni mucho menos...

-mientras hablaba, Gabriel se paseaba por la estancia, hasta que por fin se sentó en el brazo de un sillón, mirándola directamente a los ojos-. Te darás cuenta pronto de que hay problemas en el mundo que no se pueden solucionar con dinero. A veces lo único que se puede hacer es poner parches y rezar para evitar que todo se venga abajo.

«El poder del dinero hace que muchas veces nos olvidemos de lo que es realmente importante en la vida

-le explicó al tiempo que echaba una ojeada a la elegante habitación con sus espléndidos muebles-. Antes de que puedas darte cuenta, te conviertes en un adicto al consumismo, y a partir de entonces, nada te será suficiente. Siempre querrás algo más, más caro, una casa nueva, un coche... -se detuvo bruscamente, mirándola con atención para ver si se había dado cuenta de lo que había querido decir.

-¿Una nueva esposa también? -dijo Rachel completando la frase por él-. O al menos, una nueva amante -se corrigió, ya que, al menos legalmente, Greg aún continuaba casado con la madre de Gabriel.

Él asintió lentamente. Rachel empezó a atar cabos al recordar que le había dicho que se había ido a África al acabar el instituto.

-Entonces... decidiste marcharte tan lejos... -empezó dubitativa.

Intuía que Lydia no había sido la única mujer en la ajetreada vida sentimental de Greg. Sabía que ambos se habían conocido hacía más de veinte años, aunque pensaba que su affaire habría durado poco tiempo, ya que poco después Lydia había conocido a John Amis y se había casado con él.

-¿Al enterarme de que mi padre le era infiel a mi madre? -replicó Gabriel completando la frase por ella-. Sí, tuvo mucho que ver con eso. Cuando descubres que los pilares sobre los que se asienta tu vida se están tambaleando, empiezas a cuestionarte todo lo demás, y se te quitan las ganas de hacer incluso aquello con lo que has estado soñando toda la vida. Decidí entonces posponer mi carrera y marcharme para encontrarme a mí mismo.

Hizo esta declaración con un tono tan amargo que Rachel no se revolvió inquieta en su asiento.

-¿Y lo conseguiste?

-Bueno, regresé, ¿no? -replicó Gabriel con una sonrisa que más parecía una mueca-. Sin embargo, no había dejado de darle vueltas, incluso pensaba que mis padres habían decidido poner fin a sus hostilidades. Sólo tardé seis meses en darme cuenta de que mi padre había vuelto a sus antiguas artimañas -con un gesto brusco se puso de nuevo en pie, sacudiendo la cabeza como para librarse de tan malos recuerdos-. No puedo creer lo que estoy haciendo -murmuró para sí, plantado de espaldas a ella en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos.

-¿Qué? ¿Qué quieres decir? -insistió Rachel al ver que se había detenido en seco.

-No puedo creer que te esté contando todo estoque esté hablando de estas cosas con una chiquilla.

Sus palabras le hicieron un daño terrible, sobre todo por el contraste que suponían después de que Gabriel le hubiera estado hablando como si la considerara una igual, una persona adulta en quien poder confiar y cuyas opiniones merecían ser .tenidas en cuenta.

-¡No soy ninguna chiquilla! -protestó airadamente, pero sin poder disimular del todo el pánico-. ¡Sé bastante más de la vida de lo que te imaginas! Y aunque era muy pequeña, te puedo asegurar que me acuerdo perfectamente de lo mal que me sentí cuando él murió, cuando me di cuenta de que no iba a verlo nunca más... sólo podía pensar que le podía ocurrir lo mismo a mi madre y a toda la gente a la que quería...

-¡Dios mío! ¡Lo siento mucho! -rápidamente Gabriel se acercó a ella; con mano firme le asió por la barbilla, obligándola a que lo mirara. Le oyó reprimir una maldición al darse cuenta de que las lágrimas empezaban a desbordarse por su rostro-. Lo siento -repitió-, no me he dado cuenta...

Rachel se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, esforzándose por parecer y sonar desafiante.

-Sé muy bien... -empezó.

-Sí, ya lo sé -la interrumpió Gabriel con voz profunda-. ¡Eres una criaturita tan seria y solemne!

Delicadamente le retiró un mechón de pelo de la cara, con una ternura tal que a Rachel le resultó casi dolorosa. Sus ojos eran tan oscuros profundos que por un instante le pareció posible hasta poder zambullirse en ellos.

Presentía que iba a besarla, y lo deseaba además desesperadamente. Aquello era exactamente con lo que había soñado durante toda su vida, lo que más había ansiado en el mundo.

-Yo... -empezó a decir Gabriel, pero justo en aquel momento se abrió la puerta de la habitación de golpe.

-Así que estás aquí -Lydia se les quedó mirando a ambos enarcando una ceja; no hizo falta que dijera nada más para demostrar bien a las claras su desaprobación-. ¡Rachel !, te he dicho que te quedaras en tu habitación haciendo los deberes. ¿Qué haces entonces merodeando por aquí?

A la joven le costó un largo instante reaccionar a la sorpresa provocada por la repentina irrupción de su madre, mientras que Gabriel, sin embargo, había recuperado de inmediato la compostura, no sin antes haberle acariciado la mejilla, en un gesto que Rachel quiso interpretar diciéndose que, por alguna razón, él lamentaba romper el contacto.

-¡Pero...! -emepezó a protestar.

-¡A tu cuarto ahora mismo te he dicho! Rachel buscó la mirada de Gabriel, su apoyo, pero lo único que recibió fue una sonrisa burlona.

-Mejor será que hagas lo que te mandan. Después de todo, te será difícil hacer esa fortuna de la que hablas si antes no haces los deberes.

Apretando los labios, Rachel se dio la vuelta y salió de la habitación. Apenas había llegado a las escaleras cuando oyó a sus espaldas la voz de su madre dirigiéndose a Gabriel llena de hostilidad mal reprimida.

-Te agradecería que dejaras en paz a mi hija -le advirtió-. Es una chiquilla muy impresionable y no consentiré que le llenes la cabeza de tonterías.

-No hace falta que se preocupe, señora Amis -replicó Gabriel con la fría formalidad que reservaba para hablar con Lydia-. No sé qué ideas se habrá hecho, pero le aseguro que son sólo figuraciones suyas. Para mí su hija no es más que una amiga, y como tal, no puede estar más segura conmigo.

Al oírle, las ilusiones que Rachel se había hecho tan sólo unos instantes antes se desvanecieron por completo, dejándola desconcertada y confusa. Ella no quería estar segura con Gabriel, y mucho menos que él la considerara simplemente una amiga.

Rachel volvió de golpe a la realidad; se había sentado en el borde de la cama, con la mirada perdida, mientras las imágenes de lo ocurrido hacía tanto tiempo pasaban por delante de sus ojos como una película.

Ni siquiera había vuelto a encender las luces, y las sombras y el frío de la noche de primavera se cernían ominosamente a su alrededor.

Se abrazó intentando controlar el temblor que la dominaba; pensó en encender las luces, pero sabía que eso no le serviría para alejar las sombras que acechaban su alma.

Si por lo menos las cosas se hubieran quedado en aquel punto... Ojalá se hubiera conformado entonces... Sólo así habría conseguido estar realmente segura.

Sin embargo, su emergente sexualidad se había aliado con un poco de vanidad femenina herida para forzar la situación hasta un punto en que escapó por completo a su control.

En un primer momento no le había quedado más remedio que obedecer a su madre. Había regresado a su cuarto y se había metido en la cama, donde se había pasado la noche llorando abrazada a la almohada. Cuando por fin se hubo tranquilizado un poco, un único pensamiento dominaba todo su ser.

-Él quería besarme, ¡y lo habría hecho si ella no hubiese entrado! -se repetía una y otra vez. Estaba convencida de que Gabriel había hablado con tanta frialdad sólo para complacer al Lydia, sin creer en absoluto en lo que la estaba diciendo.

Se lo repitió tantas veces que acabó convencida de ella, aunque el fondo sabía que lo que Gabriel pensara o dijera carecía de importancia ante el hecho irrefutable de que ella lo amaba. Y estaba completamente decidida a que él lo supiera.

Llegaría un día, se dijo, en que Gabriel la vería como realmente era, reconocería que era una persona adulta, una mujer madura. Y aquel día, se repitió una y mil veces, dejaría de decir que lo único que podía sentir hacia ella era una pura amistad.

Rachel recordó con un estremecimiento su infantil determinación de aquella noche tan lejana. Se lo había propuesto como el más solemne de los juramentos, y por y ello y desde entonces, por su propia culpa, había conseguido no estar nunca más segura al lado de Gabriel.