Capítulo 7
CÓMO había permitido que sucediera de nuevo? Durante toda la noche aquella pregunta le atormentó durante las largas horas de vigilia, en las que no fue capaz de pensar más que en Gabriel, en el beso que se habían dado y la forma en que le había hecho perder el control.
¿Acaso no sabía que había que aprender de los errores pasados? Y si una cosa había tenido clara desde el primer momento era que no se podía confiar en Gabriel Tiernan. Le había visto usando a las mujeres a su antojo, seduciéndolas y abandonándolas después a placer, sin preocuparse lo más mínimo por sus sentimientos. Y ella había consentido en pasar por semejante trago nada menos que dos veces.
Ni siquiera podía justificar lo sucedido en su pretendida inocencia, ya no era ninguna chiquilla atolondrada. En aquel entonces, por desgracia estaba tan obsesionada por el objeto de sus fantasías de adolescente que había sido incapaz de prever lo que iba a pasar.
De hecho, faltó muy poco para que sus padres los sorprendieran. Por suerte, Gabriel oyó el ruido del coche en el que volvían Greg y Lydia a altas horas de la madrugada, y pudo despertarla. Tras ponerse sus ropas precipitadamente, Rachel escapó escaleras abajo a todo correr, metiéndose en la cama de inmediato. Se durmió imaginando el maravilloso futuro que le esperaba junto a Gabriel.
Al día siguiente se levantó de un ánimo excelente, sin asomo de resaca, y pasó toda la mañana dedicada en cuerpo y alma a los preparativos de la fiesta. No dejaba de extrañarle que Gabriel se hubiera marchado sin despedirse de ella, pero no pensó en ello demasiado, pues él y su padre estaban muy agobiados de trabajo.
Sin embargo, cuando se reunieron para la cena, él se mostró extremadamente reservado y distante, sin apenas mirarla. No podía imaginarse nada que contrastara más con la ardiente pasión que habían compartido la noche anterior.
Rachel se las arregló para hablar con él discretamente cuando, después de la cena, se dirigían a la sala de estar para tomar el café.
-Gabriel, ¿qué te pasa? ¿Algo va mal?
-¿Mal? -repitió fríamente-. No seas tonta, Rachel, todo va bien, pero tenemos que mantener las apariencias delante de tu madre. Sabes que nunca nos hemos llevado bien, así que supongo que le llevará algún tiempo acostumbrarse a la idea de vernos juntos.
En aquel momento sus palabras parecían tan razonables que no pudo por menos que darle la razón. Sin embargo, al día siguiente las cosas cambiaron a peor.
Cuando volvió de clase notó que el ambiente estaba bastante enrarecido. Probablemente su madre y Greg se habrían peleado, y aunque durante la cena por lo menos se hablaban lo hacían en un tono tan frío y desagradable que no pudo por menos que sentirse muy incómoda.
Para acabar de empeorar las cosas, en vez de cenar con ellos, Gabriel se había marchado sin dar explicaciones, y no había vuelto hasta altas horas de la madrugada. Aunque se había propuesto esperarle despierta, Rachel se quedó dormida a eso de las dos, mucho antes de que él regresara.
El día siguiente, sábado, era el de la fiesta, y ante semejante perspectiva no pudo por menos sentirse mucho más animada mientras se arreglaba en su habitación.
Complacida, se puso el vestido de encaje plateado que había escogido para la ocasión. Era exactamente lo que siempre había soñado. Era corto y de tirantes, con un diseño muy simple que resaltaba perfectamente sus formas, dejando a la vista sus largas y bronceadas piernas.
Se decidió por peinarse la melena suelta, y se aplicó solamente una ligera capa de maquillaje, haciendo sin embargo que resaltaran los ojos. Por fin, escogió unos pendientes de p^ata y un brazalete a juego que había diseñado ella misma. Cuando se miró al espejo se dijo sin pizca de vanidad que nunca había estado tan guapa como entonces.
-¡Por fin he dejado de ser una niña! -musitó sonriendo a su propio reflejo. Tenía un aspecto sofisticado, muy sensual, y, lo que era aún más importante, definitivamente parecía toda una mujer.
Estaba impaciente porque Gabriel la viera. Estaba segura que a pesar de su propósito de mostrarse discreto, no dejaría de hacer alguna alusión a su nuevo aspecto
Sin embargo, se quedó de piedra cuando, en vez de alabarla, Gabriel empezó a criticarla acerbamente nada más entrar en el salón donde le estaba esperando junto a Greg y Lydia.
-¿No te parece que vas muy atrevida?
Sintió que aquellas palabras se le clavaban como un puñal. Se dio la vuelta en redondo mirándolo asombrada: una cosa era mostrarse frío con ella, ¡pero aquello era llevar las cosas demasiado lejos!
-¡Nada de eso! -replicó. Menos mal que le había contestado antes de verlo, se dijo, porque tenía un aspecto tan imponente con aquel traje de etiqueta que lo único que pudo hacer fue quedarse mirándole con la boca abierta.
Le resultaba imposible dejar de pensar en el poderoso atractivo erótico que emanaba de aquel cuerpo, y mucho menos cuando se había pasado el día pensando en lo ocurrido entre ellos la noche anterior. Con un esfuerzo, tragó saliva dispuesta a defenderse otra vez.
-¡Creo que ya soy mayorcita como para vestirme como me dé la gana! -continuó impulsivamente.
De inmediato se dio cuenta de que no había sido una frase demasiado afortunada. Se parecía mucho a las cosas que se habían dicho en la intimidad de la habitación de Gabriel, y, evidentemente, a él se le había ocurrido lo mismo.
-Pues te diré que pareces una chica fácil y vulgar -repuso Gabriel con una sonrisa aviesa-. No sé cómo permites que vaya tan provocativa, Lydia -continuó, dirigiéndose de manera sorpresiva a su madre-. ¿De verdad vas a permitir que tu hija salga así vestida... o, mejor dicho, desvestida?
-Como Rachel ha dicho, ya tiene diecinueve años, y yo estoy de acuerdo en que ya puede vestirse como quiera -respondió Lydia ce a una tono glacial, saliendo de inmediato en defensa de su hija-. La verdad, Gabriel, no tenía ni idea de que fueras tan retrógrado. Yo pensaba que un hombre de mundo como tú, apreciaría como merece el buen gusto de una muchacha tan atractiva...
Justo entonces Rachel se dio cuenta exactamente de lo que Gabriel pretendía: estaba haciendo de abogado del diablo para que nadie sospechara que era lo que realmente pensaba de su nuevo aspecto.
A partir de entonces, a Rachel le dio lo mismo lo que él pudiera decirle. Así, cuando Greg intervino en la conversación para ponerse de su parte incluso fue capaz de seguirle el juego, mirándolo con una sonrisa desafiante
-Ya ves que somos tres contra uno -le dijo-. No pienso cambiarme, pero... si te portas bien, te reservaré un baile para que se te pase el enfado.
En cuanto empezó la fiesta se olvidó por completo de aquel pequeño incidente. Recibió tantos halagos, felicitaciones, y obsequios que a penas pudo pararse a pensar con calma en la actitud tan extraña de Gabriel.
Sólo mucho después se dio cuenta de que, al mirarla de arriba abajo en el salón, no había en sus ojos ni pizca de humor, ni siquiera de complicidad. Temerosa, empezó a pensar que quizá le había dicho todo aquello del vestido en serio.
En cuanto llegó a aquella conclusión empezó a darse cuenta de que había otras muchas cosas que no ' encajaban. Para empezar Gabriel la trataba con más rigidez de la estrictamente necesaria para convencer a sus padres de que no eran más que amigos. Para empeorar las cosas, cada vez que acababa un baile y ella se volvía para buscarle, se limitaba a rechazarla con un gesto adusto. Por fin, empezó a hacer como que no la veía.
Rachel apretó los dientes enfadada ¿Qué demonios se había creído? No estaba dispuesta a que le estropeara su fiesta e iba a demostrárselo.
Completamente lanzada, a partir de aquel momento bailó cada canción con una pareja diferente, bebió champán como una posesa, se rió a carcajadas de todos los chistes estúpidos que le contaron y flirteó como una loca con cualquiera que le dirigiera un cumplido.
Todo para nada. Gabriel permaneció con el rostro inmutable apoyado en la pared, en uno de los extremos del salón de baile, mirando. La única vez que hablaron fue cuando ella pasó a su lado, camino del buffet para servirse otra copa de champán.
-¡Hola, Gabriel! -saludó alegremente-. ¿Dónde te escondes? ¿No te parece que ya es hora de que tú y yo bailemos para celebrar mi cumpleaños?
-No parece que te falten precisamente los pretendientes...
-¡ Ah, sí! Me lo estoy pasando de maravilla -afirmó Rachel intentando ocultar su decepción-. Ahora, si me perdonas, voy a buscar otra copa...
-¿Seguro que es una buena idea? -preguntó Gabriel mirando su copa vacía con aire de reproche-. ¿No sería mejor que pararas? Ya sabes que cuando bebes champán se te va la cabeza...
Con una presencia de ánimo inesperada, Rachel levantó su copa en una especie de brindis burlón.
-¡Las burbujas también afectan a otra parte de mi anatomía más interesante! -declaró provocativamente. Él la miró con mayor fijeza aún.
-Creo que será mejor que hablemos, Rachel.
-¿Hablar? Tengo cosas mejores que hacer. ¡Me lo estoy pasando muy bien!
-Pues después de la fiesta, antes de que te vayas a la cama -dijo Gabriel en un tono que no admitía réplica.
-¡Esa no es forma de pedir una cita romántica! Tienes que ser más amable con las damas.
-Rachel...
Algo en su voz hizo que ella se diera cuenta de que estaba yendo demasiado lejos, así que decidió contenerse. Después de todo, por pasar un rato a solas con él estaba dispuesta a hacer lo que fuera.
-De acuerdo, después de la fiesta entonces -sin embargo, la molestaba haber cedido tan fácilmente, y no pudo reprimir la tentación de fastidiarle un poco-. Bueno, eso si no tengo nada mejor que hacer, claro -añadió temeraria dándose la vuelta.
No fue hasta un rato más tarde cuando tuvo que afrontar las consecuencias de la tormenta que acababa de provocar.
Cuando la orquesta se paró para hacer un descanso y todo el mundo se dirigió a cenar, Rachel se dio cuenta súbitamente de que Gabriel no estaba por ninguna parte. Preguntando discretamente se enteró de que la última vez que le habían visto estaba hablando con Amanda Bryant, la hermana mayor de una de sus compañeras del colegio.
-Ella casi se lo estaba comiendo -le informó Becky encantada con el cotilleor- Él es un bombón... y ya sabes como es Amanda...
Demasiado bien lo sabía, se dijo Rachel sintiéndose repentinamente fatal. La hermana de Becky era una morenaza impresionante, con un cuerpo de modelo, realzado por un sugerente vestido de terciopelo negro.
-Después han salido los dos juntos -añadió su amiga enarcando las cejas para darle a entender que tenía muy claro qué es lo que les había hecho irse con tanta urgencia-. Amanda no paraba de decir que estaba muy aburrida, que no aguantaba las fiestas para niñatos.
A Rachel le dolió sobremanera aquel comentario.
-Lo que pasa es que son dos carrozas estirados -declaró despectivamente, intentando salvar las apariencias como fuera-. Están pero que muy mayores.
Todavía se resistía a creer que la conducta de Gabriel no fuera más que una tapadera. Después de todo, ¿qué mejor forma para convencer a sus padres respectivos de que no estaba interesado en ella que simulando ir detrás de otra?
Sin embargo, y por alguna extraña razón, aquella explicación no acababa de convencerla. A partir de entonces fue incapaz de seguir disfrutando de su fiesta, por lo que suspiró aliviada cuando el último de los invitados se marchó a su casa.
Aunque Gabriel todavía no había regresado, parecía que era ella a la única a la que le importaba su ausencia. Sin embargo, ya casi estaba amaneciendo y no podía esperarle por más tiempo.
-Si no os importa, creo que me iré derecha a la cama -les dijo a Greg y su madre, rezando para que no insistieran en comentar con ella los detalles de la fiesta-. ¡Estoy completamente agotada! ¡Muchísimas gracias a los dos por una fiesta tan maravillosa!
Pero aunque estaba realmente exhausta, fue incapaz de conciliar el sueño, incluso mucho después de que Greg y Lydia se hubiesen acostado también, así que oyó perfectamente el ruido de la llave en la cerradura y los pesados pasos de Gabriel en la escalera.
Inmediatamente se incorporó en la cama, preguntándose si él entraría en su cuarto, pero, para su decepción, se encaminó directamente al ático.
Empezó entonces a librarse en su interior una lucha sorda: sabía que si se levantaba e iba a su encuentro, él se reiría de ella en su cara, tachando su comportamiento de infantil. Se dijo que lo mejor sería esperar a la mañana siguiente para hablar con calma.
Sin embargo, no tenía paciencia para soportar la espera. Estaba muy excitada y nerviosa, y pensar en Gabriel no hacía sino empeorar las cosas.
Tenía que verle como fuera: incluso aunque se burlara de ella sería mejor que soportar aquella tensión. Necesitaba que la abrazara y que la dijera que había sido una tonta... después de todo, él mismo había dicho que necesitaba hablar con ella.
Quizá si iba a su encuentro Gabriel la besara como lo había hecho la noche anterior, haciéndola sentirse una mujer... puede que empezara a acariciarla, y que le desabrochara muy lentamente los botones del camisón...
Se levantó de un salto con la sangre hirviéndole en las venas y, sin molestarse en ponerse una bata, salió lo más silenciosamente que pudo del cuarto. Tan rápido como pudo subió las escaleras que conducían al ático, pero, en cuanto llegó a la puerta, se detuvo sin saber muy bien qué hacer.
Entonces oyó un sonido que no supo interpretar, mezcla de risa y gemido.
-¿Gabriel?
Al no obtener respuesta empezó a pensar que su oído le había jugado una mala pasada. Pudiera ser incluso que Gabriel ni siquiera hubiera regresado a la casa... pero justo entonces oyó que alguien se removía en la cama y, decidida, asió el picaporte e irrumpió en la habitación.
-¿Gabriel?
Oyó de nuev^j aquel extraño sonido. Definitivamente, era como si alguien contuviera la risa enterrando la cara en la almohada.
-Gabriel, ¿estás ahí?
-¿Qué demonios quieres, Rachel? -repuso fría y bruscamente, haciendo que se sobresaltara como un gatito asustado.
-So... sólo quería verte...
-¿Verme? -repitió Gabriel con un tono tan amenazador que la hizo retroceder asustada, como si estuviera a punto de precipitarse en un abismo-. ¡Pero qué demonios....!
-¡Por favor, Gabriel! Yo sólo quería...
Las palabras murieron en sus labios en cuanto Gabriel se incorporó en la cama y con un movimiento brusco encendió la luz de la lámpara.
Rachel parpadeó, incapaz de creer lo que estaba viendo. No podía ser cierto... y sin embargo...
Gabriel estaba sentado en la cama con el torso desnudo y el pelo revuelto y, a su lado, con la cabeza asomando entre las sábanas, la piel aún palpitante de pasión, los labios aún ardientes por los besos que acababan de darse, y la hermosa mata de pelo cayendo descuidadamente sobre la espalda desnuda, estaba la mismísima Amanda Bryant.
¡Gabriel! Quiso gritar su nombre, pero era como si se le hubiese formado un nudo gigantesco en la garganta.
-¿Qué te pasa, pequeña? -preguntó burlón-. ¿No podías dormirte? Bueno, pues si has venido a que te lea un cuento ya ves que no puede ser, estoy ocupado... -dijo, y volviéndose a la mujer que yacía a su lado, empezó a acariciarle los pechos con deleite, haciéndole gemir de puro placer-. Tengo cosas entre manos -continuó-, cosas de mayores... cosas que una mujer y un hombre...
Pero Rachel no escuchó el final de sus crueles palabras. Incapaz de resistirlo, se dio la vuelta y escapó corriendo a su habitación, como si la persiguiera una legión de demonios.
Gracias a Dios, su madre y Greg no se habían despertado. Habría sido incapaz de darles una explicación coherente si hubieran acudido a su dormitorio alarmados por el ruido.
Aún desde la distancia de los años transcurridos, seguía sin poder soportar el recuerdo de aquella noche terrible.
No sabía muy bien siquiera cómo había logrado superar los días que siguieron a la malhadada fiesta. Al menos, Gabriel le puso las cosas fáciles; apenas paraba en la casa, pasando la mayor parte del tiempo en el trabajo y saliendo casi todas las noches, probablemente con Amanda, pensaba Rachel, aunque nunca tuvo ocasión de preguntárselo.
Días después de la fiesta Gabriel tuvo una discusión terrible con su padre y se marchó. Pero antes de que saliera de su vida, recordó, aún pudieron mantener una última conversación, la más amarga de todas sin duda.
Muy lentamente había conseguido aprender a vivir con el peso de aquel fracaso, pero, cuando casi había logrado enterrar aquella parte de su pasado, se veía obligada, por las circunstancias a enfrentarse de nuevo a ella.
Lo primero que Rachel vio al regresar a la casa a la tarde siguiente fue la maleta preparada al pie de la escalera. Durante un instante sintió que se le cortaba la respiración, como si por arte de magia estuviera reviviendo lo ocurrido dos semanas después de aquel cumpleaños de hacía tanto tiempo. Entonces, después de lo que había tenido que padecer aquellos días terribles, se había sentido casi aliviada al comprobar que Gabriel había decidido marcharse. Por el contrario, al ver de nuevo la maleta delante dé ella, ya no estaba tan segura de que sus sentimientos fueran los mismos.
-¿Qué significa esto? -le preguntó a Gabriel sin más preámbulos al ver que bajaba las escaleras con otra maleta más pequeña en la mano.
-Pues, obviamente, que me marcho -respondió.
- ¿Que te marchas? -se quedó sin saber qué decir ante tan inesperado anuncio-. Pero, ¿por qué?, ¿adonde?
-Me vuelvo a América -replicó frío y cortante.
-Pero, ¿por qué? -insistió Rachel- ¿Es por el testamento?
Tampoco ella había tenido tiempo de asumir la noticia. Sabía que nada más celebrarse la precipitada boda,Greg había llamado a su abogado para que cambiara el testamento, pero todo lo que les había dicho a ella y a su madre es que iba a repartir su fortuna entre su hijo y su nueva esposa. Lo que no podía imaginar era que ella iba a recibir la misma parte, ya que finalmente Greg ; había hecho tres divisiones.
-¿El testamento? -replicó Gabriel con una áspera carcajada-. ¡Si eso era la única cosa que me esperaba!
-Entonces, ¿no estás enfadado porque me haya dejado el estudio de diseño? -aparte de una fortuna tan considerable que le permitiría vivir sin agobios el resto de sus días.
-¡Oh, Rachel...! -esta vez su risa se hizo más suave, más cargada de ironía, mucho más difícil de soportar-. Si eso es lo que piensas, no me conoces en absoluto. Me alegro mucho de que te haya dejado tanto, y pienso que tú y tu madre merecéis eso y mucho más. Os lo habéis ganado por querer al pedazo de testarudo de mi padre... aunque eso signifique que yo reciba menos.
-No me parece que fuera tan difícil llegar a quererlo...
-¡Por supuesto que lo era! -exclamó Gabriel haciendo una mueca de amargura-. Y si no se hubiera mostrado tan generoso en su testamento con vosotras, yo mismo habría hecho los arreglos necesarios para que recibierais vuestra parte. Sólo que... -empezó a decir, deteniéndose bruscamente-. En fin, será mejor que lo dejemos así -dijo en cambio-. Me alegro por ti, Rachel -concluyó con sinceridad.
-Entonces, ¿por qué te vas?
-Estuvimos de acuerdo en que sería lo mejor.
-¿Esínvimos? -exclamó Rachel presa del pánico. ¡Pero si ella no había dicho nada!
-Me has dejado bien claro que no quieres que haya nada entre nosotros.
-Pero no tienes por qué...
-Rachel -le interrumpió Gabriel pacientemente-, tengo un negocio que dirigir.
-Pues a mí me parece que puede funcionar perfectamente aunque te quedes aquí unos cuantos días más -protestó, incapaz de soportar la idea de no volver a verlo en otros cuatro años... o, aún peor, de que no regresara jamás.
-¡Rachel, no insistas!
-¿Es por lo que pasó ayer -preguntó rápidamente-.
Porque si es por eso, ya sé que estuvimos de acuerdo en que...
-Eso fue exactamente lo que hicimos -la interrumpió Gabriel-, pero si me quedo aquí, no respondo de mi palabra.
No podía haber dicho nada mejor para alimentar sus locas esperanzas. Sintió que se le aceleraba el pulso.
-Entonces, no te vayas -murmuró sonrojándose.
Impulsivamente se acercó hacia él y le rodeó con sus brazos, haciendo caso omiso de la forma en que él se ponía tenso. Sus oscuros ojos parecían de hielo.
-Rachel... -la previno.
Ella se negó a escucharlo. De algún modo, después de sufrir tanto dolor, de la confusión de aquellos años había nacido en ella una nueva determinación, casi una certeza.
A pesar de todo lo ocurrido entre ellos, seguía sintiendo algo por aquel hombre. Le necesitaba, y su instinto femenino le decía que Gabriel también sentía lo mismo, aunque por alguna razón que no llegaba a entender, estaba dispuesto a resistir.
-No te vayas -susurró mirándolo con los ojos tan brillantes que parecían de plata-. Por favor, no te vayas.
-No sigas, Rachel, ya te he dicho que no va a volver a ocurrir -replicó Gabriel con la firmeza que le caracterizaba. Con suavidad, pero implacablemente, la obligó a que le soltara.
Aquel gesto tuvo la virtud de devolverla al pasado, cuando, como entonces, él estaba a punto de marcharse a América. En el último instante se volvió hacia ella, cínico y brutal.
-¿Qué es lo que ha pasado, Rachel? -le había preguntado-. Normalmente no soy tan descuidado. Espero que mi absurda falta de control no tenga consecuencias.
¡Consecuencias! Aquella pregunta le indicaba bien a las claras lo que Gabriel pensaba de la noche que habían pasado juntos; lo que para ella hubiera sido un niño concebido por amor, Gabriel lo consideraba sólo un posible estorbo, y actuaría en consecuencia de forma fría y eficaz, como si fuera uno más de sus problemas de negocios.
-Si a lo que te refieres es a si estoy embarazada -replicó apretando los labios-, puedes quedarte tranquilo.
Era la pura verdad, aunque no estaba segura de si lamentarlo o alegrarse.
-¡Gracias a Dios! -exclamó Gabriel, y su alegría fue como un bofetón para Rachel.
-¿Por qué estás tan contento? -dijo con amargura-¿Porque así ya puedes dedicarte a tu nueva amante sin remordimientos?
-¿Mi nueva amante? -repitió Gabriel cínicamente; sólo entonces se dio cuenta Rachel de que jamás había tenido la intención de adjudicarle el mismo título a ella, que, en definitiva, no había sido más que un capricho pasajero, un simple pasatiempo.
Incluso dudaba de haber conseguido que se lo pasara bien con ella. Seguramente su inexperiencia habría hecho que se mostrara más inhibida, menos apasionada que las mujeres con las que él solía salir, tan sofisticadas y sensuales como Amanda. Aquella noche debía haber supuesto una terrible decepción para él.
-Eres una jovencita muy atractiva, Rachel -le consoló Gabriel como si le hubiera leído el pensamiento-, y algún día harás muy feliz al afortunado que... -llegado a este punto se calló abruptamente, recuperando de inmediato su compostura habitual-. Por supuesto -continuó en un tono bien diferente-, tienes libertad completa para hacer lo que quieras, podrás escoger a quien te venga en gana.
No podía ser cierto, no podía estar oyendo semejantes cosas. Él era el único hombre a quien había querido, ¿cómo podía estar diciéndole semejantes cosas?
-¡Ah, sí! ¡Desde luego! Ahora que me has iniciado en los misterios del sexo, espero estar preparada para complacer al «feliz afortunado» -al decir estas palabras, Rachel tuvo la satisfacción de ver cómo por un momento cerraba los ojos, aparentemente incapaz de soportar semejante crudeza.
-Y yo espero que te respetes más a ti misma que todo eso -replico con dureza.
-¡Qué hipócrita eres! ¿No te parece un poco tarde para empezar a hacerte el adulto responsable otra vez?
-Demasiado tarde -convino Gabriel haciendo un esfuerzo visible por controlarse, con los ojos llameantes y más pálido que nunca-. Pero te lo advierto, Rachel, en el futuro, si no puedes tratarme como a un simple conocido, será mejor que dejes de pensar en mí. Incluso creo que lo mejor sería que me olvidaras por completo.
Dios sabía que lo había intentado con todas sus fuerzas... pero cuatro años y medio después de aquella escena tenía que reconocer que había fracasado lastimosamente.
Levantó la barbilla orgullosamente, tragó saliva y lo miró directamente a los ojos.
-Sí, por supuesto que no va a volver a ocurrir. Pero, ¿por qué no me dices la verdad de una vez? ¿Por qué no admites que nunca llegaste a sentir nada por mí?
-¡Por favor, Rachel! ¡No digas eso! -casi gritó Gabriel con el rostro contraído en una mueca terrible. : Aunque aquellas palabras encerraban buena parte de pesar y remordimiento, tuvieron sobre ella el efecto casi opuesto al que era de esperar: en vez de devolverle Un poco de confianza, le recordaron instantáneamente todos los sufrimientos por los que había pasado.
-Aquella noche -continuó Gabriel- me pilló completamente por sorpresa tu reacción; además –añadió-te recuerdo que no estábamos precisamente sobrios..
-Sí, así fue -dijo al fin, sin saber muy bien todavía si él había actuado motivado por una momentánea pérdida de control, o si había pretendido seducirla deliberadamente-. Pero, ¿y después?
Ante aquella pregunta, Gabriel se quedó mudo, momentáneamente desconcertado.
-¿Y después? -repitió Rachel obstinadamente, aunque sabía que su respuesta iba a resultarle más dolo-rosa que cualquier otra cosa que le hubiera dicho antes-. ¿Qué me dices de la noche de la fiesta, Gabriel? ¿De lo de Amanda? ¿Acaso con ella hiciste algo diferente a lo que hicimos nosotros sin estar precisamente sobrios'!
-No -reconoció Gabriel sacudiendo la cabeza-. Lo hice deliberadamente -confesó.
A pesar de haberle oído perfectamente, Rachel no podía creer lo que acababa de decirle. ¡No podía ser cierto! Le resultaba insoportable pensar en las implicaciones de lo que acababa de decir.
-Entonces, tú sabías que yo... -Rachel hizo un enorme esfuerzo por intentar comprender cuáles habían sido sus motivos, pero lo único que consiguió fue hacerse más daño aún. Seguía sin saber cómo protegerse del dolor que él la infligía con cada palabra.
-Sí, lo sabía -reconoció Gabriel. Exasperado, se dio la vuelta con las manos en los bolsillos y se quedó mirando por la ventana.
-¡No! ¡Díme que no es verdad! -suplicó, aunque lo único que quería era taparse los oídos para no seguir oyendo-. Díme que fue ella la que se empeñó en ir a tu cuarto..., que tú estabas dormido, o borracho... Dime que yo llegué en el peor momento, cuando estabas a punto de echarla...
Frenéticamente, Rachel suplicaba para que él le dijera lo que ella quería oír, pues aunque fuera la mayor mentira del mundo, estaba deseando hacer lo imposible por creerle.
Por unos instantes interminables se hizo un terrible silencio entre los dos. Finalmente, Gabriel se dio la vuelta, pálido y tenso como un espectro.
-Es muy tentador -dijo fríamente-, pero no puedo mentirte.
Rachel sintió como si le hubiera dado un puñetazo terrible en la bo^a del estómago. Tuvo que hacer acopio de todo su valor para resistir frente a él.
-¿Entonces...?
-Era exactamente lo que parecía ser. No fui víctima de una encerrona ni nada por el estilo. De hecho, fui yo quien insistió, por decirlo de alguna manera... -le explicó con el mayor cinismo-. No estaba en absoluto borracho, aunque te puedo jurar que durante aquella noche bebí como una esponja...
En aquel punto Rachel no pudo soportarlo más, y se tapó los oídos con las manos. Implacable, Gabriel se acercó a ella y le obligó a bajar las manos.
-Amanda no era precisamente mi tipo, -continuó-pero estaba disponible, y no me costó mucho convencerla. ¡Oh, Rachel...! -exclamó, al ver que ella prorrumpía en llanto-. Te aseguro que no merezco que te pongas así. Te dejé y me lié con ella en menos de dos días, y si se me presentara la ocasión, ahora haría exactamente lo mismo. Por eso tengo que marcharme a América.
Sin añadir nada más, se dirigió al recibidor, asió las maletas y salió de la casa sin siquiera volver la vista atrás.
Cuando por fin oyó que ponía el coche en marcha, Rachel se dio cuenta con meridiana claridad de porqué le había suplicado a Gabriel que le diera una explicación: lo amaba, siempre le había amado. A pesar del dolor y de la ausencia, de haber creído durante tantos años que le odiaba, lo cierto es que nunca había dejado de quererlo. Ahora sabía además que no le sería posible dejar de hacerlo.