Capítulo 8
LA UNA y cuarto. Nerviosa, Rachel miró su reloj por enésima vez. Le resultaba muy extraño que Gabriel se retrasara tanto, sobre todo teniendo en cuenta que era él quien había propuesto aquel encuentro. Después de doce meses de silencio total, la primera noticia que había tenido había sido aquella sorprendente invitación para reunirse con él en Nueva York. Pero ya desde el primer momento se había dado cuenta de que su estilo de vida en América era muy diferente al que ella conocía.
Por ejemplo, su apartamento: Rachel había esperado que fuera de un estilo muy similar al del sencillo ático de su casa natal, así que se quedó atónita al ver el tamaño y riqueza del piso donde vivía, desde donde se podía disfrutar, además, de unas espectaculares vistas a Central Park.
Tampoco había previsto que él no estuviera allí para recibirla. De hecho, había decidido dejarle el apartamento para ella sola durante el tiempo que durara su estancia. Si ella lo hubiera sabido, pensaba, habría insistido en reservar una habitación en un hotel.
-Perdona, llego tarde -la saludó por fin Gabriel apresuradamente, al tiempo que le tocaba ligeramente un hombro-. Justo cuando salía de la oficina ha habido un problema de última hora. ¿Has tenido algún problema para encontrar el restaurante?
-No, ninguno -tenía que hacer un verdadero esfuerzo para concentrarse en la conversación.
No estaba en absoluto preparada para resistir la impresión que le produjo ver a Gabriel después de tanto tiempo, impecablemente trajeado y más atractivo que nunca; incluso sabiendo que no sentía nada por ella, no pudo evitar contemplarlo con el ansia acumulada tras doce meses de ausencia. Le devoró con la mirada, como si eso de algún modo pudiese compensar el vacío que había dejado en su vida.
-Tus instrucciones estaban muy claras, sólo un idiota habría podido perderse.
-Y los dos sabemos que tú no eres precisamente una tonta, ¿verdad? -repuso Gabriel llamando con un gesto al camarero-. ¿Quieres otra copa?
-No, gracias, todavía no he terminado con ésta -no le dijo que ya sentía eufórica sólo con verle. Además, sabía por experiencia que los efectos combinados del alcohol y Gabriel Tiernan sobre ella podían ser letales.
-Estás estupenda -dijo Gabriel-. Te queda muy bien ese corte del pelo.
-Gracias -repuso Rachel complacida pasándose la mano por la melena corta-. Me ha costado un poco acostumbrarme, pero creo que también me gusta.
-¿Como es que te decidiste a cortártelo tanto?
-Bueno, ya sabes, creo que necesitaba un cambio de imagen -no estaba dispuesta a confesarle que, cuando él regresó a América, ella decidió volver a tomar las riendas de su vida, empezando por una drástica revisión de su aspecto y guardarropa.
Aunque no le había servido de mucho para hacerle olvidar a Gabriel, por lo menos la había mantenido distraída. Aquel día se sentía especialmente atractiva, con su atrevido corte de pelo y vistiendo un elegante traje color crema.
-Ya estaba harta de parecer Alicia en el País de las Maravillas.
-Pues a mí me gustaba ese estilo
-A los hombres siempre os gusta más el pelo largo-dijo Rachel nerviosamente procurando eludir su atenta mirada.
-También has adelgazado, ¿verdad? ¿Es que te has puesto a dieta? -continuó Gabriel interesado.
-No, y no me he tomado tantas molestias por ti, si eso es lo que quieres decir... -replicó un poco molesta.
-¡Ya me imagino que no! -dijo Gabriel con suavidad-. ¿Qué te parece si pedimos la comida?
Inmediatamente se acercaron dos solícitos camareros, por lo que Rachel no tuvo siquiera opción a replicar, así que, con esfuerzo, procuró concentrarse en el menú que tenía delante.
-He perdido algo de peso por la gripe -contestó a la defensiva. De hecho, había tenido que guardar cama durante todo el tiempo que él estuvo en Londres para acudir al los servicios religiosos por el primer aniversario de la muerte de su padre.
Había lamentado no estar en condiciones de verle, aunque sólo fuera por un instante, pero se daba cuenta al tenerle delante de nuevo que había sido lo mejor, ya que con ello sólo habría conseguido despertar los más dolorosos recuerdos.
Durante aquella breve estancia en Inglaterra, Gabriel había visto todos los diseños en los que estaba trabajando y los había comprado para su cadena de tiendas en América. De alguna forma, aquel había sido el origen de la invitación que le había hecho para que fuera a verle.
-La verdad es que he estado tan ocupada desde entonces que ni tiempo he tenido de recuperar esos kilos-Rachel se maldijo por sentirse en la obligación de darle tantas explicaciones.
-¿Y cómo estás ahora? ¿Y tú madre? -Gabriel formuló la pregunta de manera tan formal que no pudo por menos que recordar lo esquivo que se había mosIrado con ella en Londres, eludiendo con cualquier excusa ir a verla. Después de todo, no había estado tan enferma como para eso.
-¡Como si eso te importara algo! -replicó sin poderse contener.
-Pues la verdad es que sí que me importa.
-¿Ah, sí? ¿Y como es que entonces no te has molestado en llamarnos o en ir a vernos? -preguntó Rachel cada vez más enfadada.
-Sabes muy bien porqué -replicó Gabriel cortante tomando otro sorbo de su copa con un movimiento que a Rachel le pareció perfectamente estudiado-. Pensé que sería lo mejor
-¿Eso pensaste? ¿Es que no eres capaz de pensar en los demás, para variar?
-Lo hago muchas veces -repuso Gabriel inexpresivo-. Pero nuca dejo que eso interfiera en lo que yo considero que es lo mejor.
-Eso puedes jurarlo.
Rachel apenas podía soportar el recuerdo de tantas noches sin dormir, esperando desvelada y ansiosa a que él la llamara. Era desolador comprobar lo fácil que a él le había resultado prescindir de ella.
-Además, nunca has podido disimular tu disgusto porque mi madre heredara parte del negocio. Sé muy bien lo que te molesta tener que seguir tratando con nosotras.
Por fin pareció que aquellas palabras habían hecho algún impacto sobre él.
-¡Sabes perfectamente que lo que dices no es cierto! -exclamó con ojos llameantes-. Y por una razón muy clara: soy el principal accionista de Tiernan, y sería una locura que me desentendiera de la marcha de los negocios -asió la copa con tal furia que Rachel no pudo por menos que temer que quisiera hacer lo mismo con ella-. También sabes que tu madre no tenía ninguna experiencia en los negocios... aunque tengo que reconocer que se las está apañando bastante bien. La cotización de las acciones bajó un poco después de la muerte de papá, pero ahora se mantiene estable -tras esta declaración, y no sin hacer un esfuerzo evidente, relajó un poco la presión con la que aferraba la copa-. Te diré también que sé perfectamente lo bien que estás trabajando.
-Así que has estado espiándome.
-¿Acaso piensas tomarte todo lo que te digo a la tremenda? -preguntó Gabriel impaciente-. Es parte de mi trabajo sabe cómo funcionan todos los departamentos de Tiernan. Por eso es por lo que estás aquí. ¿Qué te parece lo que has visto esta mañana? -pre-'guntó acto seguido, cerrándole así a Rachel cualquier oportunidad de seguir discutiendo sobre asuntos demasiado personales.
Era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que aquel asunto no podría por menos que interesarla.
-¡Absolutamente maravilloso! -replicó Rachel entusiasmada-. Me encanta todo lo que has hecho. ¡No me extraña que la cadena de tiendas T2 tenga tanto éxito! Y los escaparates... -se quedó sin palabras al recordar la excitación que había sentido al ver sus diseños expuestos en la tienda de la Quinta Avenida que había visitado-. Gracias por darme semejante oportunidad -concluyó con absoluta sinceridad.
-No las merece -respondió Gabriel amablemente-. Es mérito tuyo, has sido tú la que has creado esos diseños tan maravillosos; no podía por menos que exponerlos de la mejor forman. ¿Sabes? casi todas las mujeres que pasan por delante de la tienda no pueden evitar pararse para mirarlos... y entonces se vuelven locas por ellos. Incluso a los hombres les gustan tus joyas y las compran pensando lo bien que les van a quedar a sus mujeres o a sus amantes.
-Me alegro de que te gusten -consiguió articular Rachel. Estaba como hipnotizada oyendo sus elogios, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera lo que le estaba diciendo, sin desear ver otra cosa que no fueran sus ojos fijos en ella-. Me alegro muellísimo.
-Te diré que eres toda una estrella -le dijo Gabriel sonriéndole con calor-. Tienes un talento maravilloso. Te he pedido que vengas a verme para que compruebes por ti misma el éxito que tienen tus creaciones.
¿Sólo por eso? Tuvo que reprimir un gesto de decepción: en el fondo de su corazón había deseado que él la hubiera llamado por algo más que negocios.
-Sin embargo -continuó Gabriel-, ésa no es la única razón por la que te he pedido que vinieras
-¿Ah, no? -fue como si el corazón le diera un salto dentro del pecho ante aquellas palabras que volvían a alimentar sus más locas esperanzas.
-Tengo dos noticias importantes que darte, una es personal, la otra de trabajo. Empezaré con la del trabajo: tengo un encargo para ti, uno muy especial.
-¿Un encargo? -repitió, intentando mostrarse entusiasmada. Estaba tan nerviosa que, a pesar de que la comida estaba deliciosa, sabía que iba a ser incapaz de tomar nada más-. Cuéntame de qué se trata.
-Todavía no es el momento -fue la misteriosa respuesta de Gabriel-. Primero quiero que me cuentes lo que has hecho todos estos meses... además de trabajar, claro. ¿Estás saliendo con alguien?
Rachel sintió una oleada de pánico.
-¿Acaso tus espías no te han informado? -replicó secamente, rezando para que Gabriel no insistiera en aquel tema,
-No son mis espías, Rachel. Sólo me informan de los asuntos de trabajo, no sé nada de tu vida privada.
-¡Vaya! ¿Así que no tienes noticia de la multitud de hombres que hacen cola en mi casa para pedirme que salga con ellos? -aunque procuró que su voz sonara alegre y despreocupada, se temía que no lo había conseguido en absoluto.
-Eso me lo creo -dijo Gabriel con lentitud, mientras una sonrisa indescifrable se dibujaba en su rostro.
-¿Sí?
Por suerte en aquel momento volvió a interrumpirles el camarero, dándole así la oportunidad de tranquilizarse un poco. Por desgracia, Gabriel no estaba dispuesto a dejar el tema tan fácilmente.
-No sé de que te sorprendes. Por si todavía no te has enterado eres una mujer muy atractiva ¿Es que acaso no hay ningún hombre en tu vida?
Instintivamente Rachel se dio cuenta de que aquella no era una pregunta casual. Con dolorosa claridad recordó el día de su despedida, cuando él le dijo que era ubre para estar con cualquier hombre que quisiera.
-¿Te refieres a si tengo un amante en exclusividad? -contestó, simulando obstinadamente el mismo tono frivolo de antes-. No, no creo que se pueda decir eso. Todavía no he encontrado a ningún hombre con el que quiera sentar cabeza.
Él pareció disgustarse ante su respuesta, aunque no hubiera podido decir si se debía a que había utilizado la palabra amante, o a que se había mostrado deliberadamente ambigua. Lo mismo podía entenderse que tenía docenas de admiradores que no tenía ninguno.
La triste realidad, sin embargo, es que había intentando con todas sus fuerzas encontrar a alguien. Durante los meses que siguieron al funeral había salido prácticamente con todos los que se lo propusieron, en un vano intento por olvidar a Gabriel. Se pasaba todo el tiempo que duraba la cita comparando a su pareja con él, y, por desgracia, nunca había encontrado a nadie que estuviera ni remotamente a su altura.
-Ya sabes que antes de escoger hay que probar -añadió con el único fin de echar un poco más de leña al fuego.
-Deberías tener cuidado, Rachel... -le aconsejó Gabriel con una tranquilidad, que, era evidente, estaba muy lejos de sentir-. Ese comportamiento no es muy aconsejable ni saludable en los tiempos que corremos... y sería muy triste que se perdiera un talento como el tuyo.
¡Su talento! ¿Acaso aquello era lo único que Gabriel lamentaría perder si ella desapareciera?
Ofuscada, se dijo que era muy injusto tener que aguantar la caprichosa forma en la que él entraba y salía de su vida, permitiéndose, además, darle consejos que nadie le había pedido.
-Vivo mi vida como me da la gana, Gabriel -declaró-. No es asunto tuyo si yo...
-La promiscuidad no es precisamente una virtud -la interrumpió Gabriel ácidamente.
-¿Y la hipocresía sí lo es? -preguntó Rachel a su vez-. La verdad, querido hermanito, es que me parece que te estás pasando. Dime, ¿todavía sigues ligando por ahí a tu antojo como solías hacerlo cuando estabas en casa? -le acosó con voz aguda. Para su desgracia, todavía le afectaba vivamente lo ocurrido entre ellos hacía ya más de cinco años.
-Sabía muy bien lo que estaba haciendo.
-¡Ah! ¿Acaso yo no? -replicó Rachel, sin preocuparse por si la oían en las mesas vecinas. Estaba tan ciega de ira y de despecho que el restaurante entero podría haberse desvanecido sin que ella se diera siquiera cuenta.
-Sólo tenías diecinueve años -se justificó Gabriel, visiblemente incómodo.
-¿Y acaso por eso era incapaz de pensar o actuar a mi modo? ¿No se te ha ocurrido pensar que no fuiste tú el único responsable?
-He vivido con esa carga desde entones, puedes creerme, y no he dejado nunca de lamentar lo sucedido -respondió Gabriel sin apartar por un momento la vista de ella. Realmente sabía muy bien cómo hacerle daño-. Debería haberme dado cuenta de que estabas aún más borracha que yo...
-¿Borracha? ¡Así que ahora resulta que la culpa fue de la bebida! -lo peor de todo fue enterarse de que de lo que se arrepentía era de haberse acostado de ella, y no de su cruel comportamiento. Para Rachel, aquella única noche constituía el momento más maravilloso y feliz de su vida, y él acababa de destruirlo para siempre-. Pues a mí me parece más bien que te aprovechaste de la ocasión... -le espetó vengativamente.
-¡Aprovecharme! -repitió Gabriel tensando cada músculo de la cara pero manteniendo el ánimo suficiente para controlar que el tono de su voz y no llamar la atención de los demás comensales.
-Bueno, ¿y cómo lo dirías tú entonces? Has dicho que yo era sólo una chiquilla de diecinueve años, tierna e impresionable, y los dos sabemos que siempre se te ha dado muy bien conseguir que las mujeres hicieran exactamente lo que tú querías.
-¿Así es como tú lo ves? -Gabriel inició su defensa en un tono tan glacial que hizo que casi se le helara la sangre en las venas-. Pues yo creo que nadie te manipuló. Si lo recuerdo bien, fuiste tú la que insistió, la que indujo... Te di varias oportunidades para que no siguieras adelante, pero tú no aceptaste ninguna.
-¡Por supuesto que no! Pero eso fue porque... -se detuvo horrorizada al darse cuenta de la magnitud de lo que había estado a punto de confesarle. «Porque te amaba», le habría dicho, traicionando así el más preciado secreto de su corazón, exponiéndose a que él se burlara y arrastrara el único tesoro que la quedaba.
El amor que sentía por Gabriel tenía que seguir escondido, pues sabía demasiado bien que no lo entendería. Para él sólo habían compartido una noche de puro placer físico, sin ninguna trascendencia, y lo último que desearía es que ella le ofreciera su amor.
-¿Porque qué? -le apremió Gabriel-. Venga, dímelo.
Pero a ella se le había quedado la mente en blanco. No había nada que pudiera decir para enmendar la metedura de pata que había estado a punto de cometer.
Pero cuando estaba a punto de dejarse llevar por la desesperación y confesárselo todo, apareció inesperadamente su salvación.
-¡Gabriel! -exclamó una joven a su lado. Su voz era alegre y cantarína, con un ligero acento americano. Daba la sensación sólo con oírla de que se trataba de una mujer que sabía controlar muy bien sus sentimientos.
-¡Hola, Cassie! -respondió Gabriel. En un momento pareció completamente relajado y tranquilo, casi afectuoso.
Rachel alzó la mirada para ver a la mujer que había provocado tal efecto. Casi se cayó de la silla al ver a aquella especie de doble de Amanda Bryant. La desconocida tenía una silueta magnífica, y una mata de pelo negro espléndida que enmarcaba un hermoso rostro en forma de corazón.
Gabriel se había puesto en pie para saludarla con un beso en la mejilla.
-No te esperaba tan pronto -comentó en un tono tan cálido que Rachel se sintió como si algo muriese en su interior. Hubo un tiempo, recordó con la mirada perdida, en que a ella también le había hablado así.
-Sí, creo que me he adelantado. Perdonad si os he interrumpido.
Aquella mujer estaba celosa, se dijo Rachel incrédula. Resultaba evidente no sólo por su tono de voz,sino por las inquietas miradas que le dirigía, y, sobre todo, por la forma en que había asido el brazo de Gabriel, como queriendo indicar a todos los que les vieran que aquel hombre era suyo. Rachel podía reconocer perfectamente todos esos síntomas porque ella los había sentido también.
-¿No vas a presentarnos? -preguntó educadamente.
-Por supuesto -dijo Gabriel con una amplia sonrisa-. Ya te he dicho que tenía que darte una noticia, y sólo estaba esperando a que llegara Cassie para hacerlo. Cass, te presento a Rachel Amis, la diseñadora de la que te he hablado. Rachel, quiero que conozcas a Cass Elliot...
Rachel tuvo el presentimiento de lo que iba a decir Gabriel a continuación y no pudo por menos que dar gracias a Dios por estar sentada, porque si no, estaba segura de que se hubiera caído redonda de la impresión.
Cuando Cassie entrelazó su mano izquierda con la de Gabriel no pudo por menos que reparar en el brillo del diamante del anillo que llevaba en el dedo anular. Y por si aquello no fuera suficiente, el mismo Gabriel le confirmó la noticia.
-Cassie es mi prometida. Le pedí hace un mes que se casara conmigo, y, por suerte para mí, aceptó. Nos casaremos en Londres dentro de seis semanas.