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Buenos días, Leo.
Buenos días, doctora.
No viniste el último día.
No.
¿Por qué no avisaste?
No pude.
Sabes que…
Le pagaré la hora igual, como siempre.
No es eso.
Ya, pero…
Podría haberle dado ese tiempo a otro paciente.
¿Ahora los llama así?
Algunos no vienen por su propio pie.
¿Están más locos los que no vienen por su propio pie?
Siéntate, va.
Le gusta hablar con ella. Es una mujer un poco más joven que él, como de cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Pero la llama de usted. Ella, en cambio, le tutea. Lo de ir a visitarla se le ocurrió viendo Los Soprano. El tío va al psiquiatra. El tío va al puto psiquiatra, que además es mujer. Se tira a una stripper en su club y va a la psiquiatra. Mata a un prójimo y va a la psiquiatra. Se reúne con su
grupo mafioso para decidir sobre la vida o la muerte de otro clan y va a la psiquiatra. Genial.
Así que se buscó una. Solo para hablar.
Hablar.
¿Has estado fuera?
Sí.
¿Por tu trabajo?
Sí.
¿Cuánto hace que vienes por aquí?
No sé.
Sí lo sabe. Casi un año. Lo cumple el mes próximo.
Sí lo sabes. Casi un año. Lo cumples el mes próximo.
¿Ah, sí?
Sí.
Bueno, se encoge de hombros.
Y todavía no me has dicho en qué trabajas.
No creo que sea necesario.
Yo sí lo creo.
Piensa en el hombre del coche. Y antes, en los otros.
Piensa en ellos.
Los manda al otro mundo.
Sí.
Digamos que tengo una agencia de viajes, lo resume.
Una agencia de viajes, repite ella.
Digamos.
¿Te das cuenta de que no colaboras mucho?
Colaboro mucho.
¿Cómo lo sabes?
Hablo más aquí, en una hora con usted, que el resto de la semana.
Así que vienes solo a eso.
Es lo que hacen los psiquiatras, ¿no? Escuchan.
Es algo más, Leo.
No. Yo hablo y usted escucha. Al cabo de cinco años me dice que he mejorado y yo me lo creo.
¿Me tomas el pelo?
No.
Me parece que sería mejor dejar esto. No creo que me necesites.
La necesito.
Entonces dame un resquicio.
Le cuento cosas. Me abro.
El móvil suena en ese momento.
Su zumbido característico.
Leo, apágalo, dice ella.
Lo mira un momento. Frunce el ceño. Se muerde el labio inferior. Pero la obedece. Lo apaga. La doctora Constanza es inflexible. En una estantería de su consulta tiene varias fotos. Tres hijos. ¿Ya es abuela? La encontró de casualidad. Le gustaría preguntarle si ha visto Los Soprano. Lo hará. Lo hará. Pero no hoy.
Vuelve a guardarse el móvil.
El señor Gonzalo se enfadará.
Cuéntame qué has hecho esta semana, dice ella.
Piensa en el hombre.
En su cara, en el último suspiro, en su sangre.
Según como se mire, hice que este mundo fuera un poco mejor.
¿Ah, sí?
Sí.
¿Cómo?
Arenas movedizas. El hombre era un hijo de puta, claro. Pero el señor Gonzalo…
Ayudé a limpiar algo.
¿Para una ONG?
Oiga, ¿qué tiene que ver lo que hice estos días? ¿Por qué no hablamos de mi infancia, o mi adolescencia? ¿No es ahí donde salen todos los traumas?
¿Y cuál es tu trauma?
Se mueve en su asiento.
En Los Soprano, la psiquiatra, además de estar más buena, le seguía el rollo a Tony Soprano. Y le daba caña.
Quiere caña.
Quiero contarle algo.
Adelante.
Cuando tenía trece años apareció un matón en el colegio, arranca. Desde el primer día que llegó la tomó conmigo. Hostia va, hostia viene. Fue demoledor. Dos o tres meses muy duros. Hasta que un día, jugando al fútbol (aunque no sé por qué jugaba, si a mí no me gustaba el fútbol, supongo que sería para impresionar a alguna chica, tampoco me acuerdo), se me echó encima en pleno partido gritando: «¡Voy a por ti, Leo! ¡Voy a romperte todos los huesos!». Entonces yo le di una patada entre las piernas y lo tumbé. Pensé: «Estoy muerto». Pero cuando salió de la enfermería, no me hizo nada. Quiero decir que… pasó de mí. No sé si me explico. Aún no entiendo qué sucedió. Podría haberme aplastado y en cambio no lo hizo.
¿Por qué me cuentas esto ahora?
No sé. Creí que le interesaría saberlo.
Me interesa.
Bien.
¿Quieres hablar de la violencia?
¿Señor Gonzalo?
¿Dónde coño estabas?
No podía coger el teléfono.
¿Estabas en pleno orgasmo?
Conduciendo. Y tenía a la poli al lado.
Vale. Ven.
Y va.
Primero, le pone la foto en las manos.
Yolanda Arias Velasco. La dirección está detrás.
El nombre le golpea la mente.
La imagen de la foto le corta el aliento.
No es una mujer.
Es una diosa.
Toda ella.
Toda.
Ella.
Alta, como de metro ochenta, cabello negro, ojos intensos y enormes, labios gruesos, nariz pequeña, rostro simétrico, hombros largos y rectos, pecho medido, cintura breve, piernas largas, manos y pies perfectos. Todo a la vista, porque la foto es de estudio y va en bikini.
Un bikini muy muy pequeño.
¿Quiere que…?, pregunta.
Claro.
No mato a mujeres.
A esa sí.
¿Por qué?
¿Desde cuándo preguntas tanto?, frunce el ceño.
Desde que me pide que mate a una mujer.
¿Es porque está buena?
También. Da pena estropear algo tan hermoso.
¿Te gusta la belleza?
La belleza me duele.
No te veo a ti yendo a museos.
Pues voy.
No te preocupes. Te pagaré un extra.
No se trata de dinero.
¿Escrúpulos?
Bueno, y si es así, ¿qué?
Leo, Leo, Leo…, le pasa una mano por encima de los hombros, amigable, y eso lo hace más peligroso si cabe. Hay gentes buenas y malas, gentes que merecen vivir y gentes que merecen morir. Personas inocentes que acaban mal y personas culpables que siguen bien. ¿He de hablarte de la filosofía de la vida? ¿He de hablarte de mi filosofía?, recalca el «mi» como si fuera un dogma de fe. Yoly la cagó. La cagó del todo. Sabes que en lo nuestro, un error, por pequeño que parezca, puede suponer la diferencia entre el éxito y el fracaso. No hay que cometer descuidos, ni dejar nada al azar. No me gusta arrancar algo tan hermoso de la faz de la Tierra, pero…, sube los hombros haciendo un gesto de infinita, infinita y serena paciencia. Se lo buscó. Ella se lo buscó.
¿Cómo?
El señor Gonzalo se irrita.
Ha matado a otros por menos.
Aunque, si lo mata a él, ¿quién le hará la limpieza?
Después de tantos años…
Se acostó con un poli, suspira. ¿Puedes creerlo? Se acostó con un jodido poli cabrón hijo de puta.
¿Le dijo algo?
No lo sé. Pero después de estar conmigo, va y se acuesta con un poli. ¿Qué he de pensar? Basta un desliz, un comentario, lo que sea, y los tendré a todos en el puto culo mordiéndome las pelotas. Ni siquiera sé si él se lo hizo con ella para sonsacarle información o si fue accidental o, incluso, si ha llegado a enamorarse del tipo. Todo es posible. Cuando un tío y una tía follan, todo es posible. En pleno
orgasmo uno suelta las gilipolleces más inauditas. Y en pleno ataque pasional hasta la mujer más fuerte es capaz de rendirse.
¿Qué sabe Yoly de usted?
Ni idea. Pero todo el mundo tiene oídos, imaginación, suma dos y dos… No es tonta. Oh, no. Yoly es lista. La mejor. Sobre todo en la cama. Tiene un pedazo de terciopelo mojado que es una gloria. Ella tenía que imaginar que después de estar conmigo, hacérselo con un poli era tentar a la suerte, jugar a la ruleta rusa.
O sea, que le contó algo.
¡Y yo qué sé, hombre! No recuerdo… ¿Qué te pasa?
¿Es modelo?
Y puta. De altos vuelos. Para fines de semana en el Caribe.
¿Cómo pudo pagarla un poli?
¿Lo ves?
Ya.
Demasiadas sospechas, Leo. Mejor prevenir. No voy a matar al poli, ¿verdad?
No.
Tú no matarías a un poli, ¿verdad?
Tal vez, ¿por qué no?
Vuelve a mirar la foto. Los ojos se salen del papel y le atraviesan. Son de fuego. Una mujer así corta la respiración, produce sudores fríos. Se la imagina con el señor Gonzalo y le sudan las manos.
Siempre le sudan las manos cuando algo lo incomoda.
O le fastidia.
O le desagrada.
Y, además, allí el aire siempre está enrarecido, es denso, pesado, porque es un despacho sin ventanas. No las quiere. Tiene miedo de que un tirador lo fulmine. Así es su jefe. Precavido. La mayoría de las veces, la única luz es la de su mesa, una lámpara vulgar y corriente que vierte un cono blanco y amarillo boca abajo, con lo
cual las sombras son demoníacas si perfilan el rostro o difusas si se confunden con las formas corporales.
Sí, así es el señor Gonzalo.
El mismo de siempre.
Trabaja en la Agencia Stela, para todo: para fotos, pases o clientes ricos. Vamos. Ponte en marcha.
Sabe que necesito mi tiempo.
No.
Estudiarla, ver la forma, dónde, cómo. Usted lo sabe, señor Gonzalo. Tiempo. Es la clave para no cometer errores e impedir que me cojan. Un simple rastro y la pasma es capaz de todo.
No sé si sigue viéndose con el poli, pero es posible que sí. No puedo estar pendiente de sus pasos o llamadas. Si lo hace…
¿Vive sola?
Sí.
¿Estuvo mucho tiempo con ella?
El suficiente.
¿Tiene amigas, familia…?
No lo sé.
¿Escribe un diario?
¡No lo sé!
Un hombre que decide sobre la vida y la muerte de los que se mal cruzan en su camino es peligroso. Y más si se le acorrala. Y más si teme por sí mismo. Y más si se enfada y se vuelve loco.
Lo mismo que Robert de Niro haciendo de Al Capone en Los intocables de Eliot Ness, ha visto cómo le reventaba la cabeza a uno, en su caso, con una estatuilla de bronce.
Aquel día le dijo:
Este muerto te lo descontaré a ti del próximo trabajo, Leo.
Y Leo le respondió:
No me ha dado tiempo…
Y el señor Gonzalo fue categórico:
Pues haber sido más rápido.
Ahora se guarda la foto en el bolsillo, y al momento le quema.
Leo.
¿Sí?
No la mires a los ojos.
Hola, Matías.
¿Qué hay, Leo?
¿Tienes lo mío?
Claro, hombre.
El brazo derecho del señor Gonzalo. No lleva libros porque todo lo tiene en su cabeza. Si le da una embolia se le apaga el disco duro. La contabilidad legal sí está limpia. A rajatabla. Por si viene Hacienda a inspeccionar. Todo en solfa. La suerte es que el dinero negro corre como el Ebro, hasta el gran delta, donde sedimenta.
¿Has venido a ver al señor Gonzalo?
Sí.
¿Por placer?
¿Cuándo he venido a ver al señor Gonzalo por placer?, sonríe.
También es verdad.
Matías abre la caja fuerte.
El dinero se amontona, forma pilas, montañas. Todo un espectáculo. Puede que ni ellos sepan cuánto hay.
Bueno, Matías sí. Hasta el último céntimo.
¿Lo quieres como siempre?
Ya sabes que sí. De cien, como mucho.
Luego te abulta un huevo.
Que abulte.
Vale.
Lo cuenta.
Dedos ágiles, manos suaves. Matías es un cincuentón orondo, elegante, discreto. Hace footing. Cada mañana hace footing, con su medidor de pulsaciones y todo ese rollo. Su novio es más joven. Ha de cuidarse. El señor Gonzalo se ríe de él:
«Te dará un infarto corriendo, igual que a mí me lo dará sentado. Y, sinceramente, prefiero que me dé sentado».
Matías tiene el cabello blanco, lleva gafas, luce pajarita.
El hombre de la pajarita.
Es un gay discreto.
Toma, le da el dinero.
Sí, abulta. Lo sopesa. Dame una bolsa de plástico, hombre.
Mira que eres…
No pasa nada.
Por mí…
Le da una bolsa del jodido Corte Inglés.
Dame otra, que una sola no aguanta.
Ya dejarás de pedir, ya. ¿Solo has venido a cobrar? Tú nunca tienes prisa.
Hay un encargo.
¿Otro?
Sí.
Joder…
Ya sabes cómo es.
Demasiado. ¿De quién se trata?
¿Por qué no le preguntas tú?
Vale, hombre.
Prefiero no hablar de ello.
Debe de ser esa zorra, la que se acuesta con un poli. Está nervioso por eso.
Tú lo sabes todo, ¿eh?
Tengo ojos para ver y oídos para oír.
Y es un perro fiel.
Lo observa con curiosidad.
¿Nunca te cuestionadas nada, Matías?
No, ¿por qué? ¿Acaso lo haces tú?
A veces.
¿Cuánto hace que nos conocemos, Leo?
Mucho. ¿Cuánto llevas tú con él?
Muchísimo, dice, y saca a tomar el sol la doble fila de sus dientes peleando por el espacio en mitad de su boca.
El bueno de Matías.
Se pregunta cómo será el novio. No se lo imagina.
Coge el dinero.
Nos vemos, se despide.
Claro, Leo.
No te lo gastes todo, y señala la caja fuerte, todavía abierta.
No sabría en qué.
Siempre se sabe en qué cuando se tiene. Y también cuando no se tiene, Matías.
Eres un poeta.
Bob Dylan revisited, dice.
Pero Matías ya no llega a tanto.
La foto.
Yolanda Arias Velasco.
La foto.
Agencia Stela.
La foto.
Unas señas y poco más.
No es una noche cualquiera. Es la noche de la foto. La noche de Yoly. La noche del silencio. La noche de las preguntas sin respuesta, las voces mudas, los gritos ahogados, las dudas. La noche del vértigo.
Todas esas noches.
Y lo mismo que la mosca atrapada en la tela de araña, sigue mirando la foto.
La foto de La Mujer.
Mierda, gime.
Se la imagina con el señor Gonzalo.
Se la imagina con el poli.
Se la imagina con todos los que han podido, pueden y ya no podrán pagarla cuando esté muerta.
Mierda, suspira.
La belleza puede ser un don o un castigo.
La perfección, una afrenta a los sentidos.
Y el destino, una trampa.
El destino, mezclado con el azar, siempre acaba siendo una trampa.
La última vez que había visto a Yolanda, Yoly, ella tenía apenas cinco años.
Parecía haber llovido mucho desde entonces.
Una eternidad.
Mierda, se hunde.
Agencia Stela, buenos días, ¿dígame?
Buenos días.
¿En qué…?
Yolanda.
¿Yolanda?
Esta noche.
La pausa es breve, rápida. También el cambio de inflexión.
¿Sabe las tarifas, señor?
Sí.
¿Está de acuerdo?
Sí.
¿Puedo preguntarle quién le ha dado el nombre de Yolanda?
No.
No hay problema. Su satisfacción siempre está garantizada. ¿Me dice en qué hotel se hospeda?
No tengo hotel. Deberá ser en su casa.
La mujer capta el tono de voz.
La voz de alguien que acostumbra a mandar.
La voz de alguien que tiene poder.
¿Podría llamarme dentro de… diez, quince minutos? No sé si esta noche la señorita Yolanda estará libre. Por lo general, las citas se conciertan con antelación, y con tan poco tiempo…
De acuerdo.
En caso de que no pudiera ser ella…
Tiene que ser ella.
Claro, señor. Perdone.
Diez minutos.
Corta la comunicación. Su número no deja rastro. A la larga noche le está siguiendo un largo día. Hay muchas formas de matar a alguien. Muchas. Pero solo una es la buena.
No llames, le ha dicho su instinto.
Y ha llamado.
¿Por qué?
¿Es por la foto?
¿El deseo?
La Yolanda del señor Gonzalo. La Yolanda del poli. La Yolanda de todos los hombres capaces de pagar su precio. La Yolanda del terciopelo húmedo. La Yolanda de su pasado.
Tantos años.
La Yolanda de Gabriel Arias.
El jodido Gabri.
Esta es mi hija.
¿Qué hace contigo?
Su madre me la ha dejado.
Su madre está loca.
Venga, tío. Déjame presumir de niña.
Y presumía.
La sujetaba de la mano. Brillaba. Una pequeña maravilla. Cinco años y ya parecía una mujercita. Lo miraba con sus ojos negros, desafiante. Ya había en ella algo espectacular. Una promesa.
Un mañana.
Es guapa.
Se parece a Blanca.
Y que lo digas, porque a ti…
Míralo, el guaperas.
Sabes que sí.
Para lo que te sirve…
Anda, cállate. ¿Adónde vamos? ¿Qué hacemos con una niña de cinco años?
Llevarla al Tibidabo.
No jodas.
Esa lengua, hombre…
No jodas.
Como se lo diga a Blanca no me la deja nunca más.
El día que te fuiste a vivir con ella siendo un crío tenía que haberte sacado el cerebro para que lo examinaran en un laboratorio. Eso y cortarte la… el pito.
Papá.
¿Sí, cariño?
¿Este es el señor capullo que decías?
Agencia Stela, buenos días, ¿dígame?
Diez minutos.
Su voz de hombre poderoso es buena. Derriba muros. Vence voluntades. La de la mujer se convierte en una arenilla viscosa y afable.
Ningún problema, señor, dice; la señorita Yolanda le recibirá con mucho gusto, dice; a las nueve de la noche, si le parece bien, dice; el trato no tiene límite de horas ni de contactos íntimos, dice; el pago puede hacérselo en metálico a ella misma, dice; no se aceptan cheques, dice; si paga con tarjeta, podemos mandarle a alguien donde diga con el terminal portátil, dice; el importe total…
Toma nota.
Importe y dirección.
Gracias.
Disfrutará usted de algo verdaderamente intenso, señor.
Buenos días.
Corta la comunicación por segunda vez.
Le sudan las manos.
Malo.
Le sudan las manos.
¿Qué está haciendo?
Conocer a la víctima, tratar de convencerse a sí mismo en voz alta. Como siempre.
Pero no es como siempre.
Nunca ha matado a una mujer.
Nunca ha matado a una mujer como Yoly.
Nunca ha matado a la hija de un amigo.
Aunque el maldito Gabri lleve casi más años muerto y evaporado que los seis millones de judíos convertidos en humo en los campos de exterminio nazis.
Leo, ¿sabes la noticia?
¿Qué noticia?
Han encontrado muerto a Gabri.
Entonces aún tenía amigos, o conocidos.
Entonces todavía le daban malas noticias.
¿Muerto?
Sí, tío.
¿De qué ha muerto?
Se pasó con la dosis.
¿Gabri estaba colgado?
Coño, ¿cuánto hacía que no lo veías?
No sé, cinco, diez años.
Pues ya ves.
Silencio.
Con lo amigos que erais…
Se fue a Madrid. Ni siquiera sabía que había vuelto.
¿Irás al entierro?
No.
¿Por qué?
No me gustan los entierros.
No le gustan a nadie, pero la gente va. Supongo que también es una prueba de que seguimos vivos.
Paso.
Qué cabrón…
¿Irá su hija? Debe de tener ya veinte años o…
Ni idea, ¿por qué?
Por nada.
¿La conocías?
Una vez. Me llamó «tío Leo».
Y se lo repite:
Qué cabrón.
Gracias por decírmelo, Segis.
Oye, ¿qué haces? ¿Qué es de tu vida?
Voy tirando.
Pero ¿te va bien?
No me quejo.
Si tienes algo para mí… Son tiempos chungos, ¿sabes?
Vale.
¿Vale, qué?
Eso, que vale, que tomo nota.
Y lo dijo por tercera vez, con más énfasis:
¡Qué cabrón!
Vete a la mierda.
Le colgó y no volvió a verlo.
Siete de la tarde, el baño.
Con la bañera llena, el agua caliente, relajado.
Afeitarse.
Escoger la ropa.
Sobre todo la interior.
Ocho de la tarde, vestirse.
Demasiado pronto.
Luego ha de esperar quince minutos.
La foto.
Se la sabe de memoria.
No lo hagas, dice.
Pero no se escucha a sí mismo. Tiene que hacerlo para entrar en el mundo de Yoly, de Yolanda Arias Velasco. Tiene que hacerlo para saber quién es, cómo y por dónde se mueve, buscar la forma de preparar su muerte. Cumplir con el señor Gonzalo.
¿O esa es la excusa?
Piensa en Petra.
En Petra y en su sueño de irse con él a vivir a una isla del Caribe.
Pobre Petra.
A años luz de una Yoly.
Ocho y media.
Sale de casa. Ningún detalle en su ropa, elegante, informal. Ningún papel en los bolsillos. Ninguna identificación. Solo el dinero. Una fortuna. Una verdadera fortuna. Y no puede pedírselo al señor Gonzalo. No para acostarse con Yoly. Quizás le diga que ha tenido más gastos de los normales para resarcirse. Quizás.
Pensar en dinero de camino a su encuentro le incomoda.
Pero solo con dinero puede tenerse a una mujer como ella.
La maldita pasta.
Taxi.
Doce minutos.
Nueve menos nueve.
Si llega antes, precipitado. Si llega más tarde, informal. Si llega puntual, metódico. Si llega antes, ansioso. Si llega más tarde, indiferente. Si llega puntual…
La casa es lujosa. Zona noble. Calle Ganduxer, por encima del colegio de las Teresianas. Ya no hay conserje. Mejor. Con suerte, subirá y bajará sin testigos. Es el ático. Mira la fachada. Desde la acera de enfrente divisa el último piso. Luz. El cielo. El cielo con su ángel. En unos minutos poseerá lo imposible: su cuerpo.
¿Cuántas almas se esconden dentro de una modelo y puta de lujo?
¿Por qué siente ira?
¿Por Gabri?
¿Por su trabajo?
Coño, Gonzalo…, suspira.
Una vuelta a la manzana.
Las nueve menos un minuto.
Llama al timbre del interfono. Uno, dos, tres.
¿Sí?
¿Cómo la llama?, ¿Yolanda o Yoly?
¿Yolanda?
Sube.
Un zumbido y un chasquido. La puerta del paraíso se abre. Cruza el vestíbulo y alcanza el ascensor. Entra en el camarín. Pulsa el botón.
El cubículo se eleva.
Se eleva.
Y Leo el asesino se queda abajo mientras que a las alturas asciende Leo el hombre.