Capítulo 20
Dahel
Al ver la luz al final del túnel, Deimos contuvo el aliento. Le pareció oír voces y un grito de mujer. Instintivamente, aceleró el paso. Martín se adaptó al nuevo ritmo arrastrando los pies, que constantemente tropezaban entre sí. De no haberlo sujetado, probablemente su amigo se habría ido al suelo. Llevaba unos minutos delirando en voz alta. Casi nada de lo que decía resultaba inteligible… Lo único que Deimos pudo descifrar de sus deslavazadas frases fue el nombre de Alejandra, que repetía una y otra vez.
Cuando se encontraban a unos veinte metros de la salida del agujero de gusano, se detuvo y sacudió a su amigo por los hombros para hacerle reaccionar.
—Escúchame, Martín —le susurró—. Estamos a punto de salir, y ahí fuera no van a recibirnos con los brazos abiertos. Cuanto más tiempo tarden en descubrirnos, mejor… Tienes que callarte, ¿me oyes? Tienes que mantener la boca cerrada.
Martín consiguió enfocar la mirada sobre el rostro de Deimos y asintió con la cabeza. Parecía que había entendido el mensaje, porque mientras caminaban por el tramo final del túnel se mantuvo callado.
Al llegar a la salida, Deimos obligó a Martín a pegarse todo lo posible a la pared, y él se puso delante. Se asomó con precaución. La Sala del Tiempo, como la llamaban los Maestros de Perfectos, se encontraba tal y como la recordaba. Los mismos hologramas cambiantes cubriendo el suelo como una alfombra, los mismos candiles en las paredes, con sus débiles llamas azules…
Todo eso lo captó en un instante, y también captó algo más. En la habitación había dos personas, y una de ellas era el príncipe Ashura. Su mano derecha sujetaba férreamente las cadenas engarzadas a las manos y los pies de una mujer. Ella estaba de espaldas, y al principio no logró identificarla. Vio a Ashura tirar con crueldad de una de las cadenas y a la muchacha doblarse de dolor. Entonces, Martín emitió un grito salvaje y desgarrado, lo apartó derribándolo de un empujón y salió de la esfera como un huracán.
Deimos se incorporó tan deprisa como pudo y salió detrás de su amigo. Martín, debido a su estado, no había conseguido llegar muy lejos: Se había derrumbado a escasos metros de Ashura, que lo contemplaba con el rostro lívido. Deimos comprendió la reacción de su amigo al darse cuenta de que la prisionera de Ashura era Alejandra.
Tenía que pensar deprisa. Ashura miraba a los recién llegados como si hubieran regresado de la muerte, y en el rostro de Alejandra se reflejaba una inmensa alegría. Martín parecía inconsciente, y su espada había ido a parar a los pies del príncipe. En cuestión de segundos, este podía reaccionar y atacarles…
Pensó por un momento en adelantarse a su adversario e intentar coger la espada de Martín. Sin embargo, aquella no era su arma, y Deimos sabía que Ashura era uno de los espadachines más temibles de Areté. El príncipe llevaba su propia espada ceñida al cinturón, y podía desenvainarla en cualquier momento…
Deimos se concentró y llamó con todas sus fuerzas a la espada de su padre. Sus amigos le habían contado que, al creerle muerto, la habían enterrado en el jardín de su casa de Nueva Alejandría. Se envolvió en un manto de silencio, cerró los ojos y empleó toda su energía mental en evocar el nombre de la espada y el lugar en el que yacía. El arma tendría que atravesar una larga distancia en el espacio y en el tiempo para llegar hasta él. Nunca había intentado una evocación tan difícil…
Sintió un hormigueo frío en la mano, y antes de que la espada se volviera visible notó el metal de la empuñadura entre sus dedos. Luego vio arder los signos grabados en su hoja como una hilera de brasas en el aire… Y, finalmente, el acero se materializó ante sus ojos.
También Ashura lo vio, y eso le hizo salir de su estupor. Con gesto rabioso, desenvainó su espada y arrojó al suelo las cadenas que sujetaban a Alejandra. Su mirada de hielo se encontró con la de Deimos mientras su cuerpo se movía con agilidad, describiendo una curva precisa alrededor de su adversario. Estaba buscando el mejor ángulo para atacarle.
Deimos miró un instante a Alejandra y le señaló el cuerpo desmayado de Martín. Ella comprendió su gesto de inmediato. A pesar de sus cadenas, consiguió llegar hasta el muchacho inconsciente. Susurrándole palabras tranquilizadoras, Alejandra le pasó un brazo bajo las axilas y logró arrastrarlo más allá del escenario del combate.
Para entonces, los ojos de Deimos ya habían vuelto a Ashura. El príncipe tenía ahora una espada en cada mano, y ninguna de ellas era la de Martín. ¿De dónde había sacado la segunda espada? Debía de haber evocado su nombre para obligarla a acudir, como había hecho Deimos con la suya. Lo raro era que las dos espadas parecían idénticas, y Kirssar no había forjado jamás dos espadas iguales…
Pero no había tiempo para elucubraciones. Aullando un viejo grito de guerra ritual, Ashura se abalanzó sobre él con las dos espadas en alto. Deimos dejó que su espada eligiese con cuál de ellas quería medirse, y él esquivó el ataque de la otra. Sin embargo, no fue lo bastante rápido, y la hoja del arma le rozó el costado. Al menos eso fue lo que vio, aunque no sintió su contacto…
Entonces comprendió que su espada había elegido bien, ya que la segunda espada de Ashura no era un arma real, sino virtual. Aparentemente no se diferenciaba en nada de la espada auténtica, pero en realidad no podía hacerle ningún daño. No podía herirle ni clavarse en su cuerpo. Eso sí, podía distraerle, engañarle y obligarlo a dirigir un golpe contra ella mientras la otra espada, la verdadera, lo cogía por sorpresa atacándole desde un ángulo distinto.
Deimos no se había recuperado del todo de su caída por el precipicio del Monte Olimpo. Tenía una rodilla seriamente magullada, y cada vez que movía aquella pierna sentía un pinchazo de dolor. Sin embargo, la llegada de su espada parecía haberle despejado la mente: Rechazó una estocada de Ashura, vio cómo las dos espadas del príncipe se cruzaban en el aire, y aprovechó aquel momento para lanzar un ataque directo al pecho del príncipe. Este lo rechazó y contraatacó con agilidad, pero Deimos tuvo los reflejos suficientes como para retroceder en el preciso instante en que una de las espadas de su rival rasgaba el aire a escasos centímetros de su hombro derecho.
La rapidez con que Ashura manejaba sus dos armas le desconcertaba. Pronto cayó en la cuenta de que el príncipe estaba intentando cansarlo hasta que ya no pudiera distinguir la espada virtual de la real. Pues bien, si era eso lo que quería, le seguiría el juego…
Se concentró e hizo desaparecer su espada para recuperarla apenas un instante después. Repitió la maniobra tres veces seguidas sin dejar de cambiar de posición, hasta lograr desconcertar a Ashura.
Entonces atacó. Lo hizo tan deprisa que no se dio cuenta de que arremetía contra el arma virtual, lo que provocó que, al no encontrar ningún obstáculo sólido, su propia espada lo arrastrara al suelo. Pero, al menos, ahora sabía a ciencia cierta cuál era la espada real… Desde el suelo, propinó una brutal patada al brazo que la sostenía, haciendo que el arma saliera disparada.
Ashura lo miró con los ojos inyectados en sangre. Ahora solo tenía una espada virtual, pero no parecía que eso le acobardase. Deimos rodó por el suelo para intentar hacerse con el arma del príncipe. Ya tenía la mano sobre su empuñadura, cuando la espada desapareció. Ashura la había llamado por su nombre, y un instante después volvía a tenerla en la mano.
El príncipe se movió con mortal rapidez. Deimos detuvo una estocada, pero Ashura utilizó la fuerza de su rechazo para inflingirle un nuevo golpe. Aunque el muchacho logró esquivarlo, la hoja de acero le rozó el costado, y esta vez sí notó un agudo dolor cuando el filo desgarró su piel. La camisa se le empapó de sangre. No era una herida profunda, pero sí lo bastante larga como para dificultarle los movimientos del brazo derecho. Eso le dejaba sin muchas opciones… Le gustase o no, tendría que combatir con el otro brazo.
Para compensar su desventaja, Deimos decidió sacar el máximo partido de su agilidad con las piernas. A pesar del mal estado de su rodilla, podía cambiar de posición con mayor facilidad de Ashura, y se había entrenado para avanzar y retroceder cambiando de ritmo, una técnica muy útil a la hora de desconcentrar al adversario. Recordó las lecciones de su padre en los años de su adolescencia: Sostener la mirada del rival, tratar de introducirse en su mente y robarle el nombre de su espada. Era más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo con un enemigo tan poderoso como Ashura. Lo más temible del príncipe no era su destreza con las dos armas, sino el poder de su mente. Deimos tenía que emplear buena parte de su capacidad de concentración en repeler los continuos ataques del príncipe a sus implantes neurales, con los que pretendía robarle el dominio de su propia espada.
Aquella necesidad continua de defenderse mentalmente le estaba minando las fuerzas segundo a segundo. Seguía repeliendo bien las estocadas reales, y casi nunca se dejaba engañar por las virtuales. Sin embargo, el cansancio le hacía cometer cada vez más errores. El tiempo jugaba en su contra. Cada minuto que se prolongaba el combate era una pequeña victoria para el príncipe.
Por un momento, deseó que Martín despertara y pudiera ayudarle con la espada, pero en seguida rechazó esa idea. Un guerrero no debía reconocer nunca su propia debilidad. Si Ashura leía en sus ojos que empezaba a desesperarse, sabría cómo aprovechar aquella fisura en su entereza de ánimo.
No podía flaquear. Si quería vencer al príncipe debía lanzar un ataque tan audaz que no se lo esperara. Debía derrotarlo en un solo lance, sorprenderlo con algo que ni siquiera pudiese imaginar.
Concentró todo el poder de su pensamiento en el nombre de su espada, intentando entablar un silencioso diálogo con ella. Sin dejar de repeler los ataques de Ashura, dirigió toda la capacidad de sus implantes neurales hacia el flujo de información que le enviaba su arma.
Y entonces, ella le reveló lo que tenía que hacer.
Manejar dos espadas a la vez obligaba a Ashura a dividir su atención. Solo una de las dos espadas tenía nombre; la otra no era más que un artefacto incapaz de viajar en el tiempo y en el espacio, un elemento de atrezzo. Pero cuando Ashura dedicaba unas décimas de segundo a mover la espada virtual, se desentendía momentáneamente de la otra. No custodiaba su nombre con la ferocidad con que debía. Dejaba abierto un resquicio a la atención del rival que lo buscaba.
Aprovechó el resquicio. Consiguió hacerlo sin alterar su táctica de lucha, de modo que el príncipe no sospechó nada. Seguía lanzando y repeliendo estocadas, confundiéndose deliberadamente de vez en cuando y atravesando con su espada la hoja de la espada virtual. De ese modo, animaba a Ashura a utilizarla cada vez más, que era lo que a él le convenía.
Y por fin llegó el momento que estaba esperando. Ashura hizo desaparecer la espada virtual para intentar despistarle, y Deimos se dio cuenta del engaño. Mientras fingía prepararse para la reaparición de la inofensiva espada, proyectó toda su energía mental en la mente dividida de Ashura. En el preciso instante en que la espada virtual apareció de nuevo en la mano del príncipe, Deimos le robó el nombre de la espada verdadera. Era un nombre sencillo: «Dolor». Deimos la llamó con toda la desesperación que había acumulado en las últimas horas de su vida, y la espada saltó a su mano. Ni siquiera llegó a desaparecer en el trayecto desde Ashura hasta él; o, si lo hizo, fue tan fugazmente que no llegó a notarlo.
El príncipe se miró la mano vacía, atónito. El miedo enturbió sus pálidos ojos de serpiente. Deimos comprendió que no podía flaquear. Si vacilaba, Ashura recuperaría la espada. Apoyando todo el peso de su cuerpo en «Dolor», se lanzó sobre su enemigo. La hoja de acero se hundió en el abdomen del príncipe hasta la empuñadura, dejándolo clavado al suelo.
Deimos se apartó con horror. Nunca había matado a un hombre, y el espectáculo de la agonía de Ashura era más de lo que podía soportar. Se puso en cuclillas y fijó la mirada en el suelo. Cada gemido del príncipe le hacía estremecerse de pies a cabeza…
El ruido de unos pasos le hizo reaccionar. Al ver que él no hacía nada, Alejandra había decidido acercarse a Ashura. El sonido de sus cadenas, que recordaba el lento arrastrarse de un fantasma, aumentó la desazón de Deimos. Alzó los ojos justo a tiempo para ver a la muchacha inclinarse sobre el cuerpo convulso del príncipe.
—¿Puedo hacer algo para aliviar tu sufrimiento? —le preguntó Alejandra al moribundo.
Desde donde estaba, Deimos no pudo oír la respuesta, pero vio que Alejandra le quitaba un anillo al príncipe y se lo acercaba a los labios.
Ashura reunió fuerzas para arrancar con los dientes la piedra del anillo. Unos segundos después, había muerto.
—Debía de contener un veneno fulminante —dijo Alejandra en tono apagado—. Cianuro, quizá…
Deimos reunió fuerzas para levantarse del suelo e ir hacia ella.
—Gracias por hacerlo —murmuró—. Es… Es horrible ver sufrir a un hombre.
Alejandra, arrodillada en el suelo, mantenía los ojos clavados en Ashura.
—Nadie merece sufrir inútilmente —contestó. Su mano derecha se adelantó, temblorosa, hasta tocar la túnica ensangrentada del príncipe—. Le vi meterse la llave de las cadenas en un bolsillo —añadió. Su voz sonaba asustada, y también culpable—. Mira, está aquí…
Sacó de entre los pliegues de la ropa del príncipe una especie de botón con la forma de una cabeza de lagarto. Al presionar el ojo, la pequeña joya proyectó un láser rojo que ella dirigió inmediatamente al candado de los grilletes de sus piernas. Luego, desprendió las dos anillas de hierro que se ceñían a sus tobillos con las manos. Deimos la observó repetir la operación con las cadenas que le sujetaban las muñecas.
Cuando quedó libre, se volvió hacia Martín.
—¿Por qué está tan mal? —preguntó con voz temblorosa, sin apartar los ojos del muchacho inconsciente—. ¿Qué le ha pasado?
Deimos meneó lentamente la cabeza.
—La verdad es que no lo sé —contestó—. Apareció de la nada cuando estaba cayéndome por el precipicio del Monte Olimpo. Me dio la mano y consiguió que los dos flotásemos en contra de la fuerza de la gravedad hasta volver a la explanada del mirador. Me salvó la vida… Dice que lo hizo utilizando el poder de su espada. Desde entonces, no quiere separarse de ella. No sé lo que le ocurrió, pero es como si hubiese consumido toda su energía… Las espadas fantasmas son peligrosas. Dicen las leyendas que, si establecen un vínculo muy fuerte con un ser humano, pueden llegar a robarle el alma.
Le pareció que Alejandra palidecía ligeramente.
—Solo son leyendas —dijo ella, sin embargo—. Lo único seguro es que Martín necesita ayuda… Pero no creo que aquí vayamos a encontrarla.
Esa observación hizo reaccionar a Deimos.
—Esto es Dahel —contestó, poniéndose en pie y caminando hacia el rincón donde yacía Martín—. Muchos amigos míos están haciendo el noviciado aquí. Estoy seguro de que encontraré a alguien dispuesto a echarnos una mano.
El gesto escéptico de Alejandra le hizo interrumpirse.
—Has matado a su príncipe, Deimos —observó la muchacha—. No creo que te reciban con los brazos abiertos.
—No todos los perfectos respaldan al príncipe. Además, no tengo por qué decírselo… De momento. De todas formas, estaría bien saber algo de lo que está pasando. ¿Llevas mucho tiempo aquí? ¿Sabes si Dhevan está en la ciudad?
Alejandra negó con la cabeza.
—No sé casi nada, lo siento —se disculpó—. Dhevan me trajo aquí desde el pasado a través de la esfera. Por lo visto, era muy importante para él que no me ocurriera nada… Puede que quisiese utilizarme como rehén.
—Entonces, está aquí…
—Creo que no. Hace días que no lo veo. Me han tenido prisionera en una mazmorra en este mismo edificio, así que ni siquiera he visto la ciudad. Un robot me servía la comida… Hoy ha sido el primer día que me han sacado y me han traído aquí encadenada para que Ashura me gritase. No sé, era como si todo esto formase parte de una especie de espectáculo…
—Qué raro —murmuró Deimos—. Me pregunto qué se traían entre manos. En fin, ya lo averiguaremos más tarde. Ahora, lo importante es encontrar un médico para Martín.
Alejandra lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Vas a salir a buscarlo?
—Claro. —Deimos logró esbozar una sonrisa para tranquilizarla. No quería que ella le viera flaquear.
Echó una ojeada rápida a la sala en la que se encontraban y en seguida se ubicó. Sabía que el complejo de la esfera formaba parte del Trébol Rojo, uno de los edificios más antiguos de Dahel. Los dormitorios de los novicios se encontraban a un par de calles de distancia. Allí encontraría a alguien conocido…
Resistiéndose a la tentación de mirar por última vez hacia el cadáver de Ashura, se encaminó hacia la puerta.
—Pase lo que pase, no te muevas de aquí —le dijo a Alejandra sin volverse—. Si oís venir a alguien, podéis esconderos dentro de la esfera… Nadie mirará en su interior.
—Tal vez podría intentar arrastrar a Martín por el agujero de gusano y volver con él al pasado —propuso Alejandra, vacilante—. Para buscar ayuda…
Deimos regresó sobre sus pasos para mirarla a los ojos.
—Alejandra, me temo que eso ya no es posible —le explicó con suavidad—. Recuerda lo que pasó en Marte después de la muerte de… de mi hermano. La esfera estalló, él le había colocado una bomba… El agujero de gusano conectaba Dahel con la esfera de Marte, y esa esfera dejó de existir tras la explosión.
—Pero siempre podríamos regresar a un momento anterior del tiempo, cuando la esfera aún existía…
Deimos la miró de hito en hito.
—¿Estás segura de que es eso lo que quieres hacer? —preguntó.
Alejandra se lo pensó un momento.
—No, no estoy segura —dijo por fin.
Deimos la zarandeó cariñosamente con una débil sonrisa en los labios.
—Volveré en seguida —le dijo, alejándose.
Estaba llegando a la puerta cuando oyó la voz de Alejandra a sus espaldas.
—Deimos, no te he dicho lo mucho que me alegro de que estés vivo —dijo. Hablaba atropelladamente, como si no quisiese entretenerle demasiado tiempo—. Ha sido muy duro para todos nosotros. Tengo tantas ganas de decírselo a Casandra…
Eso le dio una idea al muchacho.
—¿Has intentado ponerte en contacto con ella? —preguntó.
—Desde el primer día, pero no ha captado mi señal. Es muy raro. Desde que volvisteis de Zoe, no había implante ni rueda neural que se le resistiera. Yo esperaba que me detectase aunque estuviese al otro lado del mundo.
—Sería lo lógico —coincidió Deimos—. Si no te ha detectado… quizá sea porque le ha pasado algo…
—Al mundo entero le está pasando algo. No sé qué es, Deimos. Desde que llegué nadie me ha explicado nada. Pero, cuando me trajo, a Dhevan le brillaban los ojos de un modo que no presagiaba nada bueno, y Ashura, hace un momento, no paraba de repetir que la hora de la justicia universal había llegado…
—Tienes razón —admitió Deimos; y esta vez sí fue capaz de alzar la vista hacia el cadáver que yacía en el suelo—. Si Ashura dijo eso, la cosa no pinta nada bien.