Capítulo 22
La rebelión de Olid
¿Qué motivó la rebelión de Olid? Existen evidencias demostrando que las cosas ya no andaban bien entre él y Cortés; si examinamos la Tercera Relación, en la que este último informa al Emperador acerca de la caída de Tenochtitlan, se observa algo muy peculiar: Alvarado aparece mencionado treinta y siete veces, Sandoval dieciséis, mientras que el nombre de Olid, sólo aparece en dos ocasiones. Y eso tratándose del maestre de campo. El jefe militar sobre el terreno. Ese afán por disminuirlo parece demostrar que la mala relación entre ambos ya vendría de tiempo atrás. A su vez, Pedro Mártir dice: «Quienes conocen a Olid lo conceptúan valiente soldado y hábil capitán, juzgando que desde los comienzos de la guerra contribuyó bastante a las victorias; pero que, como suele suceder, inspiraba recelo a Cortés, por lo que éste con pretexto de honrarle, lo había apartado de su lado, no sin que alguien le hiciera ver el peligro de confiar misión alguna a persona a la que había humillado de palabra».[692] Eso explicaría el resentimiento que lo movió a rebelarse. Parece fuera de dudas de que se trató de una iniciativa personal suya, sin que nadie le hubiera metido ideas en la cabeza. Llegó a La Habana conforme a las instrucciones recibidas, procediendo a completar el aprovisionamiento. Embarcó unos catorce o dieciséis caballos y yeguas que Alonso de Contreras, uno de los agentes de Cortés, ya había comprado, y comenzó a escribir cartas a Diego Velázquez, Andrés de Duero y al bachiller Parada, anunciándoles que se había rebelado y que buscaba confederarse con ellos. La confabulación no parece haber ido más allá de ese envío de cartas, y sin más levó anclas, dirigiéndose al Golfo de Honduras. Al recibir la primera noticia de la rebelión, Cortés saltó como impulsado por un resorte, y sin aguardar confirmación, se lanzó a organizar una expedición para someterlo. Al frente puso a su pariente Francisco de Las Casas, quien iría al mando de cuatro navíos, con alrededor de cuatrocientos hombres y abundante artillería. Las Casas se dirigió a Cuba a completar el aprovisionamiento, y una vez terminado, zarpó rumbo a Las Hibueras. La idea de que su antiguo maestre de campo se le hubiera rebelado, traía a Cortés fuera de juicio. Pedro Mártir apunta: «fue tanta la cólera que se apoderó de don Hernando, que parecía no querer vivir mientras su subordinado siguiese impune; dilatábanse sus narices, hinchábansele las venas de ira y daba otras señales de su ánimo hondamente conturbado».[693] Francisco de Aguilar corrobora que actuó «movido con pasión o enojo que le cegó».[694] Sin aguardar a tener noticias de Francisco de Las Casas, resolvió ser él mismo quien fuese en persona a castigar al rebelde. En su ánimo pudo haber pesado la idea de que se había precipitado, enviando a un bisoño contra un conquistador tan experimentado como Olid. La elección habría sido hecha a la ligera, pues disponiendo de capitanes ameritados, que habían demostrado su valía sobre el terreno, delegó un mando tan importante en alguien que se encontraba inédito, sólo por razones de parentesco. El nepotismo siempre presente en sus acciones.
Este Cortés en nada se parece a aquel de quien hablara Bernal, que era un individuo que impartía órdenes en voz baja, y que no perdía la compostura. Cabe preguntar, entonces, qué es lo que ha ocurrido y, ¿por qué actúa así? Es importante indagar sobre su estado de salud. Era un hombre que, además de verse sometido a grandes tensiones, sufría atroces dolores a causa de la fractura del brazo. Por la carta que dirigió al Emperador, dándole cuenta del accidente se vio que llevaba sesenta días de mal dormir; de manera tal, mediante un conteo regresivo, podríamos establecer, con bastante aproximación, la fecha del percance. Garay desembarcó en 25 de julio, lo cual, yendo atrás los sesenta días que menciona, más otros pocos en que tardaría en llegarle la noticia, sitúa el percance a finales de mayo o comienzos de junio. En el momento en que se decide a salir de México rumbo a Las Hibueras, todavía no debía encontrarse restablecido del todo, según escribió: «porque me pareció que ya hacía mucho tiempo que mi persona estaba ociosa y no hacía cosa nuevamente de que vuestra majestad se sirviese, a causa de la lesión de mi brazo, aunque no más libre de ella, me pareció que debía de entender en algo».[695] Ese no más libre de ella da a entender que todavía experimentaba dolores. Ni que decir tiene que la caída del caballo le aguó el disfrute de su gran victoria. Las grandes decisiones de aquellos días hubo de tomarlas en momentos en que se encontraba presa de intensos dolores y con el brazo en cabestrillo.
Al momento de realizar los preparativos para la partida, sus finanzas no andaban muy boyantes. Había tenido desembolsos muy fuertes. Las expediciones lo habían dejado sin flujo de caja y, además, se encontraba empeñado; en la que vendrá a ser la Cuarta Relación (15 de octubre de 1524), que suscribirá en México al momento de la salida, dirá al Emperador, refieriéndose a los comprobantes que ha presentado: «por la dicha carta-cuenta parece haber yo gastado de las rentas de vuestra majestad sesenta y dos mil y tantos pesos de oro en la conquista y pacificación de estas partes, demás de haber gastado todo cuanto tenía, que son más de otros cien mil pesos de oro, sin contar que estoy empeñado en más de otros treinta mil pesos, que ahora me han emprestado para enviar a esos reinos».[696] Según eso, Carlos V resultaba debiéndole dinero, pues tan sólo el montaje de la expedición de Olid le habría costado sobre cuarenta mil pesos y, como la búsqueda del estrecho le había sido ordenada por la Corona, esperaba cargarle el gasto (no obstante que él la tuviera decidida con antelación); por supuesto, los oficiales reales se negaron a reconocérselo. Como no tenía otra alternativa, acabó remitiendo sesenta mil pesos de oro al monarca. También, por aquellos días, envío a la Corte un obsequio extravagante: se trataba de la famosa culebrina denominada El Fénix, fundida enteramente de plata y oro bajo, en la que grabó la dedicatoria siguiente:
«Aquesta nació sin par
Yo en serviros sin segundo;
Vos sin igual en el mundo».
Andrés de Tapia, quien a lo que se ve, también tenía ingenio vivo, apuntó:
«Aqueste tiro, a mi ver,
Muchos necios ha de hacer».[697]
Oviedo deja constancia: «Esta pieza vi yo en el palacio de Su Católica Majestad el año de mili e quinientos e veinte e cinco, cuando aqueste caballero Diego de Soto la llevó».[698] Se trataba de la primera plata extraída de las recién descubiertas minas de Taxco. Y también para ganar voluntades remitió un valioso presénte al infante don Fernando, hermano menor de Carlos V, que en 1526 sería rey de Hungría y de Bohemia, y más tarde Emperador, cuando éste abdique en él el título. Lo único que se sabe de ese obsequio proviene de Bernal, quien nos dice haber visto la carta en que el infante acusaba recibo, «y acuérdaseme que en la firma decía: Yo, el rey e infante de Castilla, y refrendada de su secretario, que se decía fulano de Castillejo; y esta carta yo la leí dos o tres veces en México, porque Cortés me la mostró para que viese en cuán gran estima éramos tenidos los verdaderos conquistadores».[699] Acerca de la región de Taxco hay una curiosidad que consignar; aquí Cortés señala: «topé entre los naturales de una provincia que se dice Tachco, ciertas piecezuelas de ello estaño a manera de moneda muy delgada, y procediendo por mi pesquisa, hallé que en la dicha provincia, y aún en otras, se trataba por moneda».[700] Alboreaba el monetarismo.
Finalmente, llega el momento en que Cortés empuña la pluma para escribir lo que será su Cuarta Relación, que aparece fechada el 15 de octubre de 1524; algo a tenerse muy presente, aparte del prolongado silencio, es la prepotencia que asoma en ella (es en la que habla de ir a Cuba para apresar a Velázquez), pues contiene una línea en la que dice «vuestra alteza debe suplicar a su Santidad que conceda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieren, uno de la orden de San Francisco, y otro de la orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra majestad pudiere».[701] Ese «debe suplicar» parece un término fuera de lugar para dirigirse a un monarca, máxime que, en las audiencias para hablar con él, hasta sus más cercanos colaboradores lo hacían puestos de rodillas (en ello no debe verse nada de extraordinario, pues se trata de una práctica que venía de la época de sus abuelos, los Reyes Católicos. Éstos como una deferencia muy especial que tuvieron con Colón, le permitieron que se sentara en presencia suya.) Es más que probable que los términos de la relación hayan sentado mal en los ambientes cortesanos. Se advierte además que, al exponer sus proyectos futuros, señala que espera explorar de la costa de la Florida al norte, «hasta llegar a los Bacallaos»; adonde esperaba encontrar el estrecho que comunicaría ambos océanos para acortar el camino a la Especiería (por Bacallaos se designaba el área de los grandes bancos pesqueros comprendida entre las costas de Terranova e Islandia, conocidas desde finales del siglo anterior).[702] Aunque grandioso, no debe considerarse tan descabellado el proyecto, pues todavía en época tan tardía como es 1778, el capitán Cook recorría la costa de Oregon hasta el estrecho de Behring en busca de un hipotético Pasaje del Norte, que resultara navegable, que supuestamente existiría en esa área. La sugerencia cayó en el vacío. Ya no volverá a insistir.
En cuanto Cortés hizo público el propósito de ausentarse de México, se alzaron numerosas voces pidiéndole reconsiderar. Le hicieron ver que la Conquista no estaba consolidada, y que faltando él los indios podrían rebelarse. Aparte de las dudas que lo hayan acometido sobre la capacidad de su primo Francisco de Las Casas, existen otras razones que ayudan a entender el por qué de esa decisión, que hoy parece descabellada, y que vendrá a marcar el comienzo de su declive. Así lo vemos con criterios actuales, en que la atención aparece centrada en torno al castigo de Olid. Pero ése no era el único propósito, ya que como telón de fondo yacía un argumento de peso considerable: la búsqueda del estrecho que comunicaría ambos océanos. Se suponía que se hallaría en esa región. Hoy, que se sabe que no existe tal paso, ese objetivo se pierde de vista; pero en aquellos días eso era de primerísima importancia. No podía permitirse que un subalterno rebelde fuese el descubridor. Al parecer, cuando concibió el plan de ausentarse, lo consideraría como un paseo. Una especie de revista de inspección, para conocer territorios conquistados por sus subalternos. La sorpresa la constituirían los ríos crecidos y las ciénegas de Tabasco. Para ver lo despistado que andaba, sólo hay que fijarse en la forma en que montó la expedición. La nómina de los que llevaba consigo incluía mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico, músicos (tanto sacabuches como chirimías), botiller, muchos pajes, dos halconeros y hasta un indio acróbata, de esos que jugaban un palo con los pies y un prestidigitador y titiritero. Para su servicio, vajillas de oro y plata. Y para que no faltase carne a su mesa, lo seguiría una inmensa piara de puercos. Llevaba la casa a cuestas. Un boato inmenso, el de un sátrapa oriental que se desplazaba. Ello marca un cambio substancial con aquel Cortés, ágil de movimientos, que cuatro años atrás saliera a batir a Narváez. El triunfo se le había subido a la cabeza. Cuando llegue la hora de informar al Emperador, se mostrará cauteloso, omitiendo todo aquello que le resultara desfavorable. Por ello, Bernal se convertirá en el Jenofonte de ese viaje. El relato de este último, además de vibrante, aporta muchos datos que ayudan a un mejor conocimiento de las condiciones en que se llevó a cabo. En vista de que las cosas han salido mal, Cortés se maneja en tono menor al señalar el número de los participantes «algunos deudos y amigos míos, y con ellos Gonzalo de Salazar y Peralmíndez Chirinos». Ninguna alusión al excéntrico séquito que llevó. El número de soldados, incluidos los recogidos en la zona de Coatzacoalcos, sería de noventa y tres jinetes, quienes con las remudas llevaban ciento cincuenta caballos y «treinta y tantos peones»; las cifras de Bernal son «doscientos y cincuenta soldados, los ciento y treinta de a caballo, y los demás escopeteros y ballesteros, sin otros muchos soldados nuevamente venidos de Castilla».[703] Es también éste quien proporciona una nómina más detallada, figurando entre los capitanes más destacados, Gonzalo de Sandoval, Luis Marín, Pedro de Ircio, Juan Jaramillo, Diego de Godoy, Juan de Herrada y Jerónimo Ruiz de la Mola. Entre los bisoños, se contaban Diego de Mazariegos y Francisco de Montejo el Mozo, futuros conquistadores de Chiapas y Yucatán, respectivamente. Y para evitar que durante su ausencia pudiesen provocar disturbios, se traía consigo a los principales que no le inspiraban confianza, figurando entre los más significados, Cuauhtémoc, Tetlepanquétzal y Coanacoch. Bernal menciona a algunos más, pero como lo hace por el nombre cristiano, resulta difícil establecer de quiénes se trata; es así que habla de un Juan Velázquez, que fue uno de los jefes militares de Cuauhtémoc; de Tapiezuela, de quien nos dice que era personaje de primera fila, y dos caciques michoacanos. Como intérprete figuró únicamente Malintzin, «porque Jerónimo de Aguilar ya era fallecido». Aquí Bernal se equivoca, pues seis años más tarde lo encontraremos declarando contra Cortés en el juicio de residencia.[704] La comitiva la completaban los religiosos flamencos fray Juan Tecto y fray Juan de Ayora, quienes sucumbirían en el viaje de retorno. Bernal alude a un tercer clérigo, que no resulta posible identificar. La fuerza principal la constituían tres mil indios mexica. El núcleo español marchaba diluido entre ellos. La desproporción entre españoles e indios parece indicar que Cortés confiaba más en sus antiguos enemigos que en su propia gente.
Antes de proseguir es preciso detenerse un momento para tener muy claro cuál era la situación de Cortés en esos momentos: sin lugar a dudas un rey sin corona. No había nadie que le hiciese sombra. Sólo así, estando completamente seguro de sí mismo, se comprende el inmenso embuste que va presentar al Emperador. El 15 de octubre de 1524, fecha en que iniciará el viaje firma en México (que todavía llama Temixtitan) la que vendrá a ser conocida cómo Cuarta Relación. Se trata de un escrito muy extenso, que salta a la vista que se habría confeccionado mucho tiempo atrás, pero que por alguna razón no se remitió (casi al final anuncia que Gonzalo de Salazar que había llegado hacía dos días, siendo que este llevaba ya cinco meses en el país). Pues bien, está ya con un pie en el estribo y no dice una sola palabra anunciando el viaje; quizá para encubrir ese silencio, ese mismo día firma una segunda carta (que no titula «relación»), que va como complemento de la anterior. En ésta dice al Emperador que tenía planeado «ir hasta donde está o puede estar Cristóbal de Olid para saber la verdad del caso, y si así fuese, castigarle conforme a justicia; porque para ir, según soy informado hay por tierra muy buen camino». Agrega más adelante que al discutir el proyecto con los oficiales reales, éstos lo hicieron desistir por todos los inconvenientes que le señalaron; por tanto «mudé el propósito, por de cualquier manera que sea, yo espero nuevas de aquí a dos meses, y según fueren así proveeré lo que me pareciere que más convenga al servicio de vuestra majestad».[705] Esto lo esta diciendo sin que le tiemble la mano al estampar la firma, el mismo día en que se ponía en marcha… Si es que ya no iba en camino «en la Quinta Relación, que escribirá a su retorno, señalará que la partida fue el 12 de octubre». Lo que se pone de manifiesto es que el Cortés que actúa de esa manera es un hombre que no espera que algún día tenga que rendir cuentas.
Partió dejando el gobierno en manos del tesorero Alonso de Estada y del licenciado Alonso Suazo. El factor Gonzalo de Salazar y el veedor Peralmíndes Chirinos, al ver que no les daba un cargo de importancia, en lugar de permanecer en la ciudad, prefirieron acompañarlo. Por el camino, harían labor de zapa en contra de Estrada y, según recuerda Bernal, no paraban de aconsejarle que se diese la media vuelta. Salazar cantaba, y en los cantos decía «¡Ay tío, volvámonos, que esta mañana he visto una señal muy mala!». Y respondíale Cortés, cantando: ¡adelante mi sobrino, y no creáis en agüeros, que será lo que Dios quisiere![706] En las inmediaciones de la actual Orizaba, en el «poblezuelo de un Ojeda, el Tuerto», tuvo lugar el matrimonio de Malintzin con Juan Jaramillo. Siendo éste de condición hidalga, no sabemos si con ello Cortés pretendió honrar a su fiel intérprete y compañera, o si era a Jaramillo, al cederle a su amante. Gómara escribe: «creo que aquí se casó Juan Jaramillo con Marina, estando borracho. Culparon a Cortés, que lo consintió teniendo hijos con ella».[707] No sabemos de dónde sacaría la versión de la borrachera de Jaramillo, y se advierte que al mencionar hijos en plural, está implicando que habrían tenido más de uno, lo cual es inexacto. Bernal, quien no se halló presente, pues se unió a la expedición un poco más adelante, señala que uno de los testigos fue un tal Aranda, «y aquel contaba el casamiento, y no como lo dice el cronista Gómara».[708] Él mismo refiere que, en cuanto tuvieron noticia en Coatzacoalcos de la proximidad de Cortés, salieron a su encuentro treinta y tres leguas para darle la bienvenida. El recibimiento que se le hacía en las villas por donde pasaba era con arcos triunfales y grandes festejos. Gonzalo de Salazar no dejaba de prevenirlo contra la imprudencia de haberle entregado el poder a Alonso de Estrada, recordándole cómo éste se jactaba de ser hijo de rey.[709] Y antes de que saliesen de la villa del Espíritu Santo, llegaron cartas de México hablando mal del gobierno de Estrada y Suazo. No se entendían. Llegaron más cartas, y en una, le informaban que ya en una ocasión habían echado mano a las espadas. Estaban a matarse. Para poner remedio, Cortes resolvió enviar a México a Salazar y Chirinos, provistos de un poder para que «supiesen quien era el culpado y lo apaciguasen. Y aún les di otro poder secreto para que, si no bastase con ellos buena razón, les suspendiesen el cargo que yo les había dejado de la gobernación y lo tomasen ellos en sí, juntamente con el licenciado Alonso Suazo, y que castigasen a los culpados, y con haber proveido esto se partieron el dicho factor y veedor».[710] Si mal se encontraban las cosas, peor fue el remedio. Resulta inconcebible cómo pudo cometer semejante desatino.
En Coatzacoalcos hizo venir a todos los caciques de la región y, según apunta Bernal, en esa ocasión acudieron la madre de Malintzin y un hermano de ella que había adoptado el nombre de Lázaro. Se presentaron con conciencia culpable, pues pensaban que los habría mandado buscar para castigarlos por haberla entregado a mercaderes de Xicalango. Bernal conocía su historia, pues «días había que me había dicho la doña Marina que era de aquella provincia y señora de vasallos». Y, ¿por qué se deshicieron de ella? No se sabe. Supuestamente sería para que no heredase, pero aquí debe quedar bien sentado que lo único conocido de la vida pasada de Malintzin, antes de que la entreguen como esclava en Tabasco, son estas pocas líneas de Bernal, quien la llegó a conocer muy bien. Todo lo demás son leyendas. Siempre según este testigo presencial, la madre y hermano se encontraban llorosos, pero ella los consoló y les dio muchas joyas, oro y ropa, diciéndoles que Dios le había hecho la merced de que se volviese cristiana, y de que hubiese tenido un hijo con su amo Cortés y de estar casada con un caballero como Juan Jaramillo. A continuación, Bernal afirma enfático: «Y todo esto que digo sélo yo muy certificadamente». [En el original figura «y lo juro», que luego tachó]. Un detalle interesante de testigo de vista es su observación de que Malintzin se parecía mucho a su madre.[711] Gómara parece estar muy despistado cuando habla de ella; según él, en el momento en que Cortés en el arenal le preguntó por su historia, Malintzin le habría dicho: «que era de cerca de Jalisco, de un lugar llamado Viluta, hija de padres ricos y parientes del señor de aquella tierra; y que cuando era muchacha la habían robado algunos mercaderes en tiempo de guerra, y llevado a vender a la feria de Xicalanco, que es un pueblo sobre Coazacualco, no muy lejos de Tabasco; y de allí había llegado a poder del señor de Potonchan».[712] Su historia, en versión de Cervantes de Salazar, es como sigue: «diré quien fue, aunque en esto hay dos opiniones: la una, es que era de tierra de México, hija de padres esclavos, y comprada por ciertos mercaderes, fue vendida en aquella tierra; la otra y más verdadera es que fue hija de un principal que era señor de un pueblo que se decía Totoquipaque y de una esclava suya, y que siendo niña, de casa de su padre la habían hurtado y llevado de mano en mano a aquella tierra donde Cortés la halló».[713] Como vemos, tampoco tiene sentido y, si a ambas versiones se les da cabida aquí, es sólo para ofrecer el panorama completo. Tratándose de un personaje tan sugerente, es mucho lo que se ha escrito sobre ella, pero fuera de las contadas líneas de Bernal, quien la conoció muy bien, todo lo demás no pasa de ser ficción.
La selva
Cortés se informó sobre la ruta a seguir. A través del interrogatorio de los caciques y de algunos mercaderes llegados de la zona de Bahía de la Ascensión, se confeccionó un mapa. Según los datos recogidos, podría ir por tierra. En consecuencia, ordenó que el carabelón que se encontraba en Espíritu Santo, cargado de víveres que le había remitido de Medellín su mayordomo Simón de Cuenca, descendiese aguas abajo, para situarse en la desembocadura del río de Tabasco (el Grijalva), mientras él se dirigiría allá por tierra. No disponía de barcos para transportar un contingente tan numeroso, de manera que, ¡andando! Bernal rememora un episodio importantísmo para él en el orden personal: es entonces cuando Cortés le confió su primera comisión como capitán. Al frente de treinta españoles y «tres mil guerreros mexica» debería ir a someter a unos pueblos situados en una zona a la que llama Zimatán. Al estar escribiendo, dice que aún conservaba las instrucciones, «las cuales tengo hoy día firmadas de su nombre y de su secretario Alonso Valiente».[714] (La cifra dada está notoriamente exagerada, pues vendría a ser el total de la fuerza indígena.)
La marcha propiamente dicha comenzó cuando dejaron atrás Espíritu Santo en el alto Coatzacoalcos; a partir de ese momento comenzaron las dificultades. Para dirigirse a Tonalá hubieron de cruzar el Ayagualulco, que venía crecido. Pasaron en canoas llevando a los caballos del diestro y se internaron en una provincia a la que Cortés da el nombre de Cupilcon, a unas treinta y cinco leguas de Espíritu Santo, donde ya toparon con el primer río que no consiguieron cruzar en canoas. Tuvieron que construir un puente que tenía novecientos treinta y cuatro pasos, «y fue cosa bien maravillosa de ver». En el mapa que traía figuraba una provincia llamada Zagoatán, que venía a continuación; para llegar a ella hubieron de construir «más de cincuenta puentes».[715] En cuanto entraron en sus términos ya marchaban a tientas porque los ríos iban crecidos y no había caminos. Preguntaban, pero los indios no sabían darles razón. Ellos viajaban en canoas. Los árboles eran tan altos que por las noches no conseguían ver las estrellas para orientarse. En el mapa aparecían los pueblos que supuestamente encontrarían en el trayecto, y con base en ello, un piloto llamado Pedro López, con ayuda de una brújula intentaba sacarlos de ese atolladero. Cortés, igualmente recurría a ella, lo cual no pasó desapercibido a los indios, quienes pensaban que aquello era cosa de magia, y que a través de ella se enteraba de todo lo que ocurría; «yo también les hice entender que así era la verdad, y que en aquella aguja y carta de marear veía y sabía y se me descubrían todas las cosas».[716]
Cada vez se internaban más en zona despoblada y de jungla más espesa. Bernal refiere que llegados a ese punto, entre las filas de los soldados españoles se hablaba cada vez más de darse la media vuelta. A la hora en que Cortés comía, los músicos tocaban y, según Bernal, más que melodía aquello parecía un concierto de aullidos de zorros y coyotes; «valiera más tener maíz que comer, que música». Ya para finalizar la expedición cesarían los aullidos, pues los músicos enfermaron y llegó el momento en que quedó sólo uno para amenizar las comidas. Cortés comía con regalo; siempre había carne de puerco en su plato, mientras el hambre se hacía sentir en las filas. Se encontraba muy cambiado: en un periodo muy breve los años le cayeron encima. Se teñía la barba y comenzaba a echar barriga. Además, había adquirido el hábito de dormir la siesta, por lo que debían tenderle una estera para que reposara y, mientras tanto, la marcha se interrumpía. Ésta es la forma en que lo describe Bernal por aquellos días.[717]
El hambre apretó. Cortés escribe en su carta al Emperador, que un español sorprendió a un indio que comía un trozo de carne humana y vino a informárselo. En cuanto lo supo, riñó con los caciques, amenazándolos con castigarlos si reincidían. Uno de los franciscanos les predicó, y cuando terminó el sermón, como escarmiento, hizo quemar vivo a uno de ellos, disimulando con los demás.[718] No se volvió a registrar otro caso de canibalismo durante la expedición. Este mismo incidente lo narra Bernal con una ligera variante; según él, los caciques que venían en rehenes, hicieron que sus servidores capturaran a dos o tres indios de los pueblos por donde cruzaban. Los traían escondidos, y en un momento en que el hambre se les hizo insoportable los mataron, asándolos bajo tierra «como en su tiempo lo solían hacer en México, y se los comieron».[719]
Continuaron la marcha. Bernal dice que para evitar que los soldados viesen los puercos de Cortés y se echaran sobre ellos, éstos eran conducidos cuatro jornadas atrás. Las penalidades aumentaban; antes de llegar a Acala toparon con una ciénega que parecía imposible de pasar. Se construyó otro puente, en que se emplearon vigas de «treinta y cinco y cuarenta pies, y sobre ellas otras atravesadas». Llegaron a Chilapan, un pueblo de «gentil asiento y harto grande». A pesar de que el lugar se hallaba desierto, allí encontraron algunos víveres y descansaron dos días. Sólo consiguieron echarle mano a dos indios, a los que utilizaron como guías. Al siguiente pueblo que llegaron lo encontraron quemado, pero entre los rescoldos de los silos encontraron algo de maíz que no terminó de quemarse. Eso fue lo que alcanzaron a llevarse a la boca. A partir de ese momento, toparán con otros pueblos incendiados. Política de tierra quemada ordenada por el señor de Zaguatán, quien en una canoa iba por los pueblos ordenando que los abandonasen y todo lo destruyesen.
Se toparon con unos mercaderes, quienes les dieron referencias sobre el camino a seguir para llegar a Acala. Cortés despachó a dos españoles en una canoa, los cuales volvieron para corroborar que la información era correcta. El problema se presentó cuando llegaron a un ancón, y al sondearlo desde una canoa, encontraron que tenía cuatro brazas de profundidad. Cortés hizo que ataran varias lanzas para ver qué clase de suelo era, hallando que además de las cuatro de profundidad, había otras dos de cieno. Los españoles desmayaban ante la idea de construir el puente, y lo que murmuraban a sus espaldas era que deberían darse la vuelta antes de fatigarse y ya no tener fuerzas para el regreso. Viendo cuál era el sentir general, Cortés hizo de lado a los españoles, diciéndoles que él haría el puente valiéndose de los indios. Y luego de hablar con éstos y hacerles ver la necesidad de construirlo, mientras todavía tenían energías para ello, puso manos a la obra a su batallón de zapadores. Adelante estaba Acala, donde los esperaba la comida. En cuatro días lo construyeron. En su carta al Emperador lo describe como teniendo «más de mil vigas, que la menor es casi tan gorda como el cuerpo de un hombre, y de nueve y de diez brazas de largura, sin otra madera menuda que no tiene cuenta».[720] A poco andar dieron con una ciénega tan difícil de pasar, que los caballos desensillados se hundían hasta la barriga y tuvieron que ponerles debajo grandes ramas para que pudieran cruzar. Cuando la atravesaron, apenas podían mantenerse en pie de puro fatigados. En ese momento aparecieron unos españoles que Cortés había despachado a Acala y que volvían cargados de víveres. Bernal era uno de ellos, y cuenta que junto con sus tres compañeros y los porteadores indígenas traían ciento treinta cargas de maíz, ochenta gallinas, frijol, huevos, sal y otros víveres. Llegaron de noche y los ocultaron, pero a pesar de la oscuridad no pasaron inadvertidos, precipitándose los soldados sobre la comida. El mayordomo Carranza y el despensero Guinea daban voces pidiendo que dejasen algo de aquello para Cortés, a lo que los soldados les respondían «buenos puercos habéis comido vos y Cortés».[721] No le dejaron ni un grano para llevarse a la boca. Cortés quedó muy molesto y quería iniciar una averiguación para saber quiénes habían sido los que mencionaron aquello, pero viendo que eso no conducía a nada, habló a Bernal pidiéndole que si tenía oculta alguna comida, la compartiese con él y Sandoval. A ello, éste habría respondido diciendo que, al cuarto de la modorra, cuando estuviese reposado el real, podrían ir a recoger unas cargas de maíz, veinte gallinas, unas jarras de miel y dos indias que le habían dado para que preparasen la comida. Esa fue una ocasión en que la tropa estaba ya prácticamente insubordinada. Este incidente sirve para mostrar la distancia mantenida por Cortés con el grueso de sus hombres, quienes no compartían su mesa. Las alusiones que tanto Cortés como Bernal hacen de Acala resultan confusas, pues en ocasiones se refieren a los pueblos de la región y, en otras, a la ciudad de ese nombre, que en aquellos días era la cabecera.
Acala era, al parecer, un centro comercial y a su cacique, Cortés le da el nombre de Apaspolom, diciendo de él que era el más rico mercader de toda el área. Los subordinados de éste habían tenido contacto con los españoles asentados en la costa. Acudieron otros caciques comarcanos, y los frailes les hicieron la prédica habitual, que dio como resultado que trajesen muchos ídolos y los quemasen en su presencia. Prestaron el juramento de vasallaje y se despidieron en términos de lo más amistosos. Se movían en las inmediaciones de la tierra en que había vivido Malintzin en sus días de esclava, por lo que hablaría a la perfección el idioma de la zona.
Muerte de Cuauhtémoc
Se hallaban en un lugar llamado Izcancanac, cuando uno de los caciques previno a Cortés acerca de que Cuauhtémoc andaba promoviendo una conjura para matarlo a él junto con todos los españoles. Al denunciante Cortés lo identifica como a un «ciudadano honrado» oriundo de Tenochtitlan, llamado Mexicalcingo y quien más tarde, al bautizarse, adoptaría el nombre de Cristóbal. La designación de «ciudadano honrado» ya está indicando que, conforme a la terminología de la época, se trataría de persona principal. Según la denuncia, Cuauhtémoc, Tetlepanquétzal, Coanacoch y un tal Tacitecle habrían invitado a este Cristóbal o Mexicalcingo a unirse a la conjura. La idea era matar a todos los españoles, ya que eran muy pocos, y una vez muertos todos, poner guarniciones en las costas para evitar que viniesen más. A este Mexicalcingo ya le habían ofrecido hacerlo señor de una provincia si se sumaba a la conjura.[722] La oferta da a entender que éste no poseería tierras con anterioridad, lo cual sugiere que pudiera tratarse del jefe o uno de los jefes del contingente de guerreros mexica que hacían parte de la expedición. Torquemada lo llama Mexicatzincatl, reiterando el dato de que, al bautizarse, pasó a llamarse Cristóbal.
Como primera providencia, Cortés detuvo a los sospechosos y comenzó a interrogarlos por separado y, de acuerdo con los datos proporcionados por Mexicalcingo, decía a unos que eran los otros quienes los acusaban. Del interrogatorio sacó en limpio que los principales responsables eran Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal y, en un juicio sumarísimo, los sentenció a muerte. Por su lado, Bernal asegura que quienes denunciaron la conjura fueron dos caciques llamados Tapia y Juan Velázquez: así, sin el nombre indígena y el cargo que tenían, el dato no aporta nada. Pero, desde luego, a quien se debe dar crédito es a Cortés, puesto que además de que escribía su informe a poco más de un año de ocurridos los sucesos, fue él quien recibió la denuncia. Bernal apunta que, antes de morir, Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal se confesaron, lo cual viene a dar fe de que ambos se encontrarían bautizados desde tiempo atrás, ya que de no haber sido así, conforme a la liturgia de la iglesia, en lugar de confesión con bautizarlos en el momento hubiera bastado. Las últimas palabras de Cuauhtémoc, recogidas por Bernal habrían sido para reprocharle la muerte injusta que le daba, «¡Dios te la demande, pues yo no me la di cuando te entregaba mi ciudad de México!».[723] Ese Dios te la demande parecería indicar que el hombre que iba a morir había cortado todo vínculo con el antiguo tlamacazque. Murió como cristiano.
Las ejecuciones ocurrieron en Izcancanac el martes de carnaval, que en aquel año de 1525 cayó en 28 de febrero. En torno a la muerte de Cuauhtémoc se han tejido diversas leyendas, pero aquí se contemplan tan sólo las aseveraciones de los únicos testigos presenciales que dejaron testimonio escrito: Cortés y Bernal. Años más tarde, Torquemada introducirá la versión de que Coanacoch sería otro de los ahorcados. Según afirma, el dato lo encontró «en una historia texcocana (escrita en lengua mexicana, que la tengo por verdadera, porque en otras cosas, que en ella se dicen, he hallado mucha puntualidad y verdad)», prosigue diciendo que fueron ahorcados de noche, «de un árbol, que llaman pochotl, que los castellanos llaman ceiba, que es muy grande, y muy copado. Aquí amanecieron todos estos tres reyes colgados, y otros cinco señores con ellos».[724] Aquí ya hace ascender a ocho el número de muertos. En realidad, se desconoce cuál sería el fin de Coanacoch; en la crónica de Alva Ixtlilxóchitl existe un testimonio truculento, que habla de que al ser avisado Ixtlilxóchitl de que ahorcaban a su hermano, se encaró a Cortés, por lo que a éste no le quedó otro recurso que cortar la cuerda con la espada, salvándolo momentáneamente, ya que moriría pocos días más tarde. (No deja de extrañar que siendo Ixtlilxóchitl un personaje de considerable relieve, tanto Cortés como Bernal pasen por alto su nombre al referirse a esos sucesos, mientras que Sahagún claramente apunta que sí fue a ese viaje, y que sería a su retorno cuando gobernó Texcoco durante ocho años.)[725] Los ahorcados fueron únicamente Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal, en eso ambos testigos y protagonistas son muy claros. Cortés puntualiza que sólo los mató a ellos por ser los instigadores; en cuanto a los demás, no tenían otra culpa que la de haber prestado oído atento, «aunque aquella bastaba para merecer la muerte». Absolvió a éstos últimos, pero dejó pendiente sobre sus cabezas la amenaza de que los procesos quedarían abiertos. Existen otras versiones sobre su muerte, pero se trata de testimonios tardíos. Bernal dedica un sentido recuerdo a los muertos: «… y verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas que se me ofrecían, especial en darme algunos indios para traer yerba para mi caballo. Y fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos».[726] Cuauhtémoc fue ejecutado a la vista de un contingente de más de un millar de guerreros mexica, muchos de los cuales, a no dudarlo, habrían sido combatientes suyos. Éstos presenciaron la escena impasibles. Ninguno movió un dedo para salvarlo. Su lealtad estaba ahora del lado de Hernán Cortés. Nadie se ocupó de marcar su tumba. Bernal no aclara si marchaba a pie, iba a caballo, o era llevado en andas, lo cual nos hubiera aclarado si llegó a recuperarse del todo de las secuelas del tormento. Para finalizar con este triste pasaje, hay que señalar que Gómara hace ascender a tres el número de ahorcados, agregando a un desconocido a quien llama Tlacatlec. Ni idea de quién se trate. Este autor introduce el dato de que aquellos caciques que no estaban involucrados, para demostrar su inocencia, pedían a Cortés que consultase con la caja que traía (la brújula), para que viese que ellos habían sido ajenos a la conjura. Es significativo que Bernal al leer en el libro de Gómara este pasaje siga de largo, sin confirmarlo ni rechazarlo, y sin que le merezca el menor comentario; en cambio, procede a identificar a uno de los caciques que denunciaron a Cuauhtémoc con el nombre de Juan Velázquez, lo cual revela que durante el período anterior a la llegada de Narváez, en Tenochtitlan sí hubo bautizos de principales. Como en la práctica seguida los nuevos cristianos recibían el nombre de su padrino, resulta obvio que este cacique habría sido bautizado en vida de Juan Velázquez de León, quien como se recuerda murió durante la Noche Triste.[727]
Acalan quedó atrás. Se internaron en la región de Mazatlán. Los pueblos se encontraban muy apartados, pero la zona distaba mucho de encontrarse deshabitada. El problema era el de la incomunicación a causa de las aguas. Bernal refiere que en uno de los poblados Cortés se alojó en un adoratorio, y de noche, no pudiendo dormir, se levantó de la cama. Caminaba a oscuras y perdió pisada cayendo de una altura de más de «dos estados» (unos tres metros), descalabrándose.[728] Ésa sería otra de las lesiones importantes que sufriría a lo largo de su vida. Prosiguieron la marcha. Pronto encontraron un fuerte abandonado. Se hallaba construido enteramente de madera, rodeado de un foso y con un pretil de tablones muy gruesos. Tenía troneras desde donde se podía flechar a cubierto. Dentro, todas las casas se encontraban alineadas en buen orden y concierto. Primera construcción defensiva hecha enteramente de madera; una imagen reminiscente de Fort William Henry en la primera versión de El último de los mohicanos. Bernal lo describe como un pueblo cercado.[729] Conforme avanzaban, encontraron más fuertes de madera, todos prácticamente iguales. Una sorpresa la constituyó encontrar en medio de la selva, en un adoratorio, una alpargata y un bonete colorado ofrecidos a los ídolos.
Abandonaron la región de Mazatlán para entrar en los dominios de Canee, uno de los caciques más importantes del área. Cortés lo mandó llamar, pero como tardara en presentarse, reiteró la demanda ofreciendo a un español en rehenes. Finalmente, el cacique se presentó acompañado de treinta de los suyos. Fue muy bien acogido, y como era hora de la misa, Cortés dispuso que fuera cantada. Para mayor solemnidad se acompañó con música de gaitas y chirimías (los aullidos de que habla Bernal). A continuación, uno de los frailes le predicó un sermón para darle a conocer lo errado que andaba en sus creencias, mismo que sería traducido con toda fluidez por Malintzin. Es preciso tener presente que iban transcurridos más de cinco años de que ella convivía con los españoles, por lo que ya hablaría el idioma a la perfección, circunstancia que volvió innecesarios los servicios de Aguilar, por lo que éste no fue llevado al viaje, y quizás el no verlo haya ocasionado que Bernal se confundiera y pensara que ya habría muerto.
Cortés sostuvo una larga conversación con Canee, haciéndole ver que debería prestar juramento de obediencia a Carlos V, a lo que éste repuso que nunca antes había reconocido a nadie por señor, aunque manifestó estar enterado, a través de los de Tabasco, que unos cinco o seis años atrás había aparecido por la costa un capitán con gente de su nación, que los venció en batalla. Desde entonces habían pasado a ser vasallos de un gran señor. Cortés le dijo entonces que ese capitán era él, y que a Malintzin, a quien traía como lengua, se la habían dado allí junto con otras mujeres. Canee dio la obediencia, comió con Cortés y, a preguntas que se le hicieron, proporcionó amplia información acerca de los españoles que se encontraban poblados en la costa. Conocía bien la zona por tener en las cercanías grandes plantaciones de cacao y, con frecuencia, llegaban de allá mercaderes que lo mantenían al tanto de la situación. Cortés le pidió guías que le mostraran el camino, a lo que el cacique lo previno de la aspereza de las sierras que tendría que atravesar, sugiriéndole que hiciese el viaje por mar. Cortés le replicó que aquello le resultaba imposible, por lo numeroso que era el contingente que traía. Canee lo invitó a que, antes de partir, fuese a conocer su casa y viera cómo destruía los ídolos. Haciéndose acompañar de una escolta de veinte ballesteros, abordaron unas canoas y partió en compañía del cacique. Pasó con él el resto del día, y por la noche volvió al real. Dejó al cuidado de Canee un caballo rosillo que se había lastimado una pata. El cacique prometió cuidarlo. Nunca volvieron por él.
A lo largo del trayecto, a cada paso encontraban plantaciones de cacao, lo cual habla de que la selva estaba poblada. Baja densidad de pobladores, pero era zona habitada. Evidentemente, cruzarían por alguna de las grandes poblaciones de la época del esplendor maya, pero todas deberían de encontrarse en ruinas y abandonadas. No existe mención acerca de que en la región de Chiapas hubiesen encontrado alguna de esas grandes ciudades. La ausencia de menciones en ese sentido lleva a pensar que no las vieron, que ya en aquellos días la selva se habría apoderado de ellas. Algo notable es la constante alusión a las plantaciones de cacao que encontraban a su paso y, siendo tan baja la densidad de población, es claro que una vez cubierta la necesidad de consumo local quedaría un excedente importante destinado a la zona del altiplano. Se hallaban, por tanto, en un área que pese a la escasa población tenía un comercio muy activo.
Cortés cuenta que, conducidos por los guías de Canee, a un día de marcha llegaron a unos llanos muy verdes donde pastaban numerosos venados. Los jinetes se dedicaron a alancearlos y mataron dieciocho. Como hacía mucho tiempo que los caballos no galopaban se les murieron dos a causa del esfuerzo que se les exigió. Bernal, al corroborar esa cacería, agrega que los venados no se espantaban ya que no eran molestados, pues los reverenciaban como dioses. Esa era la tierra de los mazatecas, «que quiere decir en su lengua los pueblos o tierras de venados».[730] Salieron de esa región y enseguida cambió el panorama: ahora les tocó subir por país de montaña. La parte alta de Chiapas. Comenzaron a moverse por una sierra con piedras que cortaban como navajas. No cesaba de llover y el agua hacía que resbalaran los caballos. Caían, y tanto montura como jinete se cortaban en los filos de las piedras. Dos caballos murieron y los más de los que escaparon quedaron desjarretados. Cortés ha dicho que un sobrino suyo se partió una pierna en varias partes; aquí Bernal puntualiza que fue en ese mal paso donde a un soldado se le quebró una pierna, y éste se apellidaba Palacios Rubios y era deudo de Cortés.[731] El apellido del sobrino viene a aportar un dato más acerca de las relaciones de la familia de Cortés; según eso, una de sus hermanas estaría casada con un Palacios Rubios, y ésta era una familia conocida en Castilla. Su más notorio representante fue el doctor Palacios Rubios, aquel jurista cortesano autor del Requerimiento. También venían Juan de Avalos y Alvaro de Saavedra, primos suyos; acerca del primero, Cortés escribe que «rodó él y su caballo una sierra abajo, donde se quebró un brazo, y si no fuera por las placas de un arnés que llevaba vestido, que le defendieron de las piedras, se hiciera pedazos». Esta mención deja ver cómo esos hombres iban por la selva vestidos de hierro. Avalos y Saavedra eran hermanos, lo cual, pese a la diferencia de apellidos, no tendría nada de extraño, pues en aquellos días existía una gran anarquía en la materia; cada cual podía adoptar el apellido del pariente que mejor le acomodaba. Comenzaba a adoptarse la desinencia ez que habría de normar la formación de los apellidos; de manera que Martínez indicaba hijo de Martín, como González era el hijo de Gonzalo. Uno de los puntos que desafían toda comprensión, es que siendo Diego uno de los nombres más comunes de la época, el apellido Diéguez no sea hoy día el más generalizado. En un lugar al que Cortés llama Taniha, el hambre los mordía de manera tal, que el ejército no tenía otra cosa que llevarse a la boca que palmitos sin sal, que comían cocidos. Al referir al Emperador las penalidades del viaje dirá: «y otros muchos trabajos, que serían largos de contar, que aquí se nos ofrecieron, en especial de hambre, porque aunque yo traía algunos puercos de los que saqué de México, que aún no eran acabados».[732] La afirmación resulta desconcertante, ¡todavía quedaban unos puercos vivos! Mientras todos se morían de hambre, había unos hombres entregados a la tarea de conducir una piara para que no faltase carne en el plato del jefe. No se sabe qué pensar de esa actuación de Cortés. Bernal no parece haber sido uno de lo convidados, lo cual mostraría que no figuraba entre los personajes de primera fila. No se requiere de mucha imaginación para representarnos el esfuerzo que significó conducir esos cerdos a través de la selva y hacerlos cruzar por esos pasos donde los caballos perdían pie y caían desbarrancados. Sin lugar a dudas, los porquerizos fueron los héroes anónimos de la jornada. Se trataría de puercos muy flacos, pues en caso contrario se sofocarían al caminar. Pero de todas formas queda sin explicarse cómo se agenciarían para franquear los pasos difíciles entre las peñas, por lo que se plantea la pregunta si en algunos tramos no serían transportados a hombros.
Unos indios dieron noticia de que un grupo de españoles estaba establecido en Nito, a dos jornadas de distancia. Cortés ordenó que, guiados por esos informantes, partiesen al momento quince soldados para indagar de qué gente se trataba. Bernal especifica que Sandoval era el capitán que iba al mando. Llegaron a la orilla de un río y allí estuvieron dos días al acecho, hasta que salieron a pescar cuatro hombres en una barca. Los cogieron por sorpresa y sin resistirse. Según refirieron, se encontraban allí poblados sesenta hombres y veinte mujeres, que formaban parte de una expedición colonizadora, enviada desde Panamá por Pedrarias Dávila al mando de Gil González de Ávila. Este los había dejado allí, prosiguiendo su camino. Se morían de hambre y muchos de ellos se encontraban enfermos. Tan débiles estaban, que no se habían adentrado en la tierra más de una legua. Su única esperanza era terminar de calafatear una carabela y un bergantín, que tenían varados en la playa, y hacerse a la vela rumbo a Cuba en cuanto hubiesen reunido víveres suficientes para la travesía. Avisado de quiénes se trataban, Cortés llegó con el grueso de su contingente. En Nito sólo había hambre. Debieron compartir con ellos los últimos puercos que quedaban. Como Cortés dice «unos pocos puercos que me habían quedado del camino», resultaría que serían más de dos los que llegaron al punto de destino.[733] Habían caminado gruñendo desde Coatzacoalcos hasta el Golfo de Honduras. Allí hay un desafío a repetirse: arrear una piara a través del sur de los estados de Veracruz, Tabasco, Chiapas y parte del territorio de Honduras.
Cortés se puso manos a la obra para auxiliar a aquella población que allí se encontraba perdida sin remedio; y en aquellos momentos, por una de esas casualidades, apareció la carabela de un mercader que venía de las islas con un cargamento para vender. Consistía en «trece caballos, setenta y tantos puercos y doce botas de carne salada, y pan hasta treinta cargas de lo de las islas».[734] Aquello fue un alivio inmenso. Cortés compró en cuatro mil pesos de oro el cargamento junto con el navío. Y además, en él venía un hombre que, «aunque no era carpintero» fue de grandísima ayuda para dirigir la reparación de la carabela y el bergantín. A poca distancia se encontraba un poblado llamado Lenguela, adonde se encontraban unos españoles, y a través de ellos se tuvo conocimiento de lo ocurrido: Cristóbal de Olid llevaba meses muerto. Lo habían matado Francisco de Las Casas y Gil González de Ávila. Un esfuerzo vano. Pudo haberse ahorrado el viaje. Los hechos ocurrieron en el vecino pueblo de Naco, y se desarrollaron de la siguiente manera: Olid zarpó de La Habana dirigiéndose al Golfo de Honduras y catorce leguas abajo del puerto de Caballos desembarcó y tomó posesión de la tierra en nombre de la Corona, fundando una villa a la cual impuso el nombre de Triunfo de la Cruz. Y cuando por unos mensajeros interceptados tuvo conocimiento de que se aproximaba Gil González de Ávila, se puso en espera al acecho en un paso del río, donde se suponía que habría de cruzar. Al no aparecer, dejó allí a su maestre de campo y comenzó a preparar dos carabelas, para marchar contra un poblado que éste tenía establecido costa arriba. En ese momento, asomó Francisco de Las Casas con sus dos navíos, y Olid lo recibió a cañonazos. Se entabló la lucha. Las Casas desembarcó a su gente y le tomó los navíos. Olid, mañosamente, pidió una tregua esperando ganar tiempo para que llegaran los hombres que había dejado emboscados. Suspendieron hostilidades. Esa noche se desencadenó un temporal que le hundió los navíos a Las Casas. Se ahogaron treinta y tantos hombres; los demás quedaron allí desamparados y desnudos. Olid los aprehendió a todos fácilmente. Antes de que entraran al pueblo, uno a uno, con la mano puesta sobre los evangelios, les hizo jurar que nunca harían armas contra él. Luego los soltó. El maestre de campo, que Olid había dejado al acecho, capturó a cincuenta y siete hombres de Gil González de Ávila, dejándolos libres a continuación para que se fuesen a otra parte. Unos días más tarde, Olid supo dónde se encontraba González de Ávila y envió de noche alguna gente contra él. Lo capturaron junto a sus hombres, y también a éstos dejó libres, luego de tomarles juramento. González de Ávila no cesaba de repetirle que algún día había de matarle, pero como Olid era hombre que desbordaba confianza en sí mismo, no tomaba en serio esas advertencias. Incluso, los invitaba a su mesa. En una ocasión, terminada la cena, cuando se levantaron los platos, quedó a solas con Las Casas y González Ávila, quienes se abalanzaron sobre él. El primero sacó de entre sus ropas un cuchillo de escribanía, hiriéndolo en el cuello. Dieron voces y sus partidarios fácilmente desarmaron a la guardia. En un momento fueron dueños del campo. Olid había conseguido huir pero muy pronto lo encontraron. Las Casas y González de Ávila le celebraron juicio, siendo condenado a muerte. Fue decapitado en Naco. Se le guardó la hidalguía, de la misma manera que Pedrarias Dávila lo hiciera con Balboa; Cortés, en cambio, no se la reconoció a Escudero que la reclamaba, ni a Villafaña, tenido como hijodalgo notorio. Cuestiones de honra. Para aquellos hombres era fundamental la forma de morir. Así fue el fin de uno de los más grandes capitanes que tuvo Cortés, de quien dice en sus escritos que era natural de Úbeda o de Baeza, sin poder precisarlo (aunque ambas poblaciones son casi vecinas, por lo próximas que se encuentran entre sí; el no poder precisar en cuál de ellas nació, lleva a suponer que no tendría con él demasiada familiaridad). Acerca de Olid, Bernal dice: «que si como era esforzado tuviera consejo, fuera muy más temido, más que había de ser mandado». Tenía al morir treinta y seis años.[735] Agrega que se encontraba casado con Felipa de Araoz o Arauz, una bella portuguesa, con quien tenía una hija, y que, supuestamente, habría abreviado la campaña cuando anduvo por Michoacán para estar con ella, ya que por aquellos días había llegado a México. Los llantos por viudez de la bella Felipa serían de corta duración, pues para el 18 de septiembre de 1525 otorga el siguiente poder: «Felipa de Araujo, viuda de Cristóbal de Olid, confiere poder a Juan de la Peña, estante en Tenustitán, para que por mí y en mi nombre pueda comparecer ante el muy reverendo padre fray Toribio Motolinia, guardián del monasterio del Señor San Francisco desta dicha ciudad, juez apostólico que diz que es para la causa yuso escrita…». Lo que pide es la nulidad del matrimonio recién contraído con Don Diego López Pacheco: «por cuanto yo fui engañada por él, porque él es casado en Castilla e tiene biva la muger, e a causa dello el dicho casamiento no debe haver lugar de derecho…».[736] A juzgar por las fechas, apenas se enteró de la muerte del marido volvería a contraer nuevas nupcias (sería a través de Francisco de Las Casas y Gil González de Ávila como le llegaría la noticia; el matrimonio ya no debería andar muy bien, puesto que Olid no la llevó consigo). Aquí se pierde de vista Felipa; a quien sí se volverá a ver es a su madre, quien aparecerá defendiendo los derechos de su nieta Antonia. En carta que se verá más adelante, el mayordomo de Cortés, cuando éste se encuentre en España, al darle cuenta de diversos asuntos, le dirá que la suegra de Olid se había apersonado en la Audiencia, llevando de la mano a la nieta, para demandar el castigo para los matadores del yerno. Acusó de su muerte a Diego Becerra, Francisco de Las Casas, Juan Núñez, Rodrigo Peña, Bello, y al bachiller Ortega, que fue quien instruyó el proceso. Unos huyeron, otros buscaron refugio en San Francisco, y el bachiller Ortega, le dio «treinta ovejas e dos carneros e cincuenta fanegas de trigo a la vieja porque se abajase de la querella e le dejase de acusar e sacáronle de la cárcel e diéronle su posada por prisión».[737] Por otra parte en el libro de Actas de cabildo de la ciudad de México, aparece asentado que el 20 de septiembre de 1529, se hizo donación de una huerta a doña Antonia, hija de Cristóbal de Olid. No parece que, en cuanto a generosidad, se hayan distinguido aquí los antiguos compañeros de éste; sobre todo, tratándose de la huérfana de quien fue el maestre de campo. Existió una falta de compañerismo muy grande en lo tocante a ayudas para los familiares de los caídos o de aquellos que quedaron inválidos; tampoco Cortés se preocupó mayormente en ese sentido. A los que murieron se les enterró, y nada más.
Parecería que muerto Olid, ya no tenía sentido mantenerse más tiempo alejado de la Nueva España; además, Cortés disponía de un navío en buenas condiciones para navegar, el cual, según se desprende por el número de soldados que transportó, así como el cargamento de caballos y puercos, debería ser de gran porte. Podía embarcarse y, en cuestión de pocos días, encontrarse de regreso en Medellín, dando término a esa pesadilla. El viaje había sido penoso en extremo; aunque sólo hubo algunas escaramuzas aisladas con los indios, las avenidas de los ríos cobraron vidas; pero el grueso de las bajas lo ocasionaron el hambre y las enfermedades. Fueron muchos los que sucumbieron en el trayecto. Y cuando la mayoría de sus hombres lo único que ansiaba era embarcar sin dilación, los lanzó en una expedición aguas arriba en un río que desaguaba en ese golfo. El objetivo era llegar a unos poblados donde le informaron que podrían encontrar víveres. Cortés lo explica diciendo que era preciso hacer acopio del bastimento suficiente para la travesía a Cuba.
Remontaron el río, y antes del amanecer cayeron sobre el poblado. Esperaban sorprender a los moradores en el sueño, pero cuando tenían rodeada la casa principal un soldado bisoño comenzó a dar voces: «¡Santiago!», «¡Santiago y a ellos!» Los indios despertaron y rápidamente salieron por los costados, ya que la casa carecía de paredes. Se entabló la lucha. Capturaron hasta quince hombres y veinte mujeres, y murieron otros diez o doce que no se dejaron prender. En esa primera acción se frustró todo intento de penetración pacífica. Recogieron pocos víveres, encaminándose a un poblado cercano donde, según les aseguraron, encontrarían provisión abundante. Avanzaban extremando precauciones, pues según advirtieron, eran seguidos por un gran número de indios que en cualquier momento, podrían emboscarlos. Iban en esa formación, cuando sorpresivamente dieron con algo que los sobrecogió: ¡una ciudad maya que se mantenía viva! Aquello fue como una vista espectral. Cortés cuenta: «y con mi gente junta salí a una gran plaza donde ellos tenían sus mezquitas y oratorios, y como vimos las mezquitas y los aposentos alrededor de ellas a la forma y manera de Culúa, púsonos más espanto del que traíamos, porque hasta allí, después que pasamos Acalan, no las habíamos visto de aquella manera».[738] En medio de la selva hondureña habían topado con la última población, de que se tenga memoria, en la que la antigua civilización maya se mantenía viva. Chiapas abunda en construcciones mayas, que a juzgar por lo que escribe Cortés, se encontrarían ya abandonadas y engullidas por la selva; de allí el espanto que les produjera ver esa ciudad que sobrevivía. Lástima que no haya dejado constancia de su nombre. A partir del momento en que dejaron atrás Izcancanac, resulta muy difícil trazar la ruta seguida, puesto que no existen puntos de referencia. Ya en su día Gómara topaba con dificultades: «y aunque he procurado mucho informarme muy bien de los propios vocablos y nombres de los lugares que nuestro ejército pasó en este viaje de las Higueras, no estoy satisfecho del todo».[739] Aquí proclama a las claras que no encontró a un interlocutor que supiera decírselo. Procede recordar que Andrés de Tapia, al único que identifica como informante suyo, no tomó parte en esa expedición.
Cortés habla de que durante esa incursión le tocó vivir «la mayor agua que nunca se vido, y con la mayor pestilencia de mosquitos que se podía pensar». Bernal escribe: «dejemos de decir de Cortés y de sus entradas que hacía desde Puerto de Caballos, y de los muchos mosquitos que en ellas les picaban, así de día como de noche, que, a lo que después le oía decir, tenía con ellos tan malas noches, que estaba la cabeza sin sentido de no dormir». La marcha por la selva era penosísima. Es el propio Bernal quien refiere que Sandoval lo había puesto al mando de un grupo de ocho soldados y cuatro indios mexicanos. Luego de unos reencuentros, consiguieron llegar al campamento, y allí, al rendirle el parte, le hizo saber que en el trayecto se les había muerto uno de los soldados recién llegados de España, y como venían exhaustos, habían dejado el cuerpo abandonado. Sandoval estalló en cólera y lo envió de regreso a él y a un tal Bartolomé de Villanueva, para que fuesen a darle sepultura. Partieron en compañía de dos indios y, entre los efectos del muerto, encontraron un papel donde tenía escrito todo lo relativo a él y a su familia. Se trataba de un canario, hijo de padre genovés. Pusieron una cruz sobre su tumba, «y el tiempo andando, se envió aquella memoria a Tenerife».[740] El episodio pinta el temple de Sandoval, que no dejaba abandonado el cuerpo de uno de sus soldados.
Refiere Cortés que, descendiendo por un río «yo me quité la celada que llevaba, y me recosté sobre la mano, porque iba con gran calentura».[741] A poco fueron sorprendidos por una lluvia de flechas y piedras, resultando herido en la cabeza, que llevaba desprotegida. Ésta es otra de las heridas que se encuentran registradas. Es interesante observar que, incluso en la selva, habitualmente se movían cubiertos de hierro. El asiento en que se hallaban los dejados por González de Ávila estaba mal elegido, por lo que Cortés los recogió a todos, los puso a bordo de los navíos, y partió en busca de una mejor ubicación. La encontró, y fundó una villa a la que impuso el nombre de Natividad de Nuestra Señora. A ella se mudaron cincuenta de los vecinos asentados en Naco, y algunos de los que venían con él. En la carta al Emperador dice: «señalé alcaldes y regidores, y dejéles clérigos y ornamentos y todo lo necesario para celebrar, y dejé oficiales mecánicos, así como herrero con muy buena fragua, y carpintero y calafate y barbero y sastre. Quedaron entre estos vecinos veinte de caballo y algunos ballesteros; dejéles también cierta artillería y pólvora».[742]
Pronto quedó claro para el ejército que Cortés no tenía prisa en regresar. Bernal expresa el malestar del pie veterano de los conquistadores, al ver que los había metido en una nueva aventura. Se había propuesto conquistar toda el área, «porque tengo noticia de muy grandes y ricas provincias… en especial de una que llaman Hueitapalan, y en otra lengua Xucutaco, que ha seis años que tengo noticia de ella».[743] Es sorprendente el desinterés por todo lo que ha dejado atrás; ahora sólo piensa en nuevas conquistas. Parecería rejuvenecer con los nuevos proyectos. No consideraba un fiasco el viaje. Se adaptaba a la nueva situación. Casi no tenía ejército; pero eso no parecía importarle. Pensaba hacer las nuevas conquistas basándose en su prestigio. Cuando llegó a la villa de Trujillo, fundada por Francisco de Las Casas, envió a un español y a tres de los indios principales de Tenochtitlan para que fueran por los pueblos informando quién era el que había llegado. Sabía que, en mayor o menor grado, su nombre era conocido a través de los mercaderes que divulgaban las noticias. Y no andaba tan equivocado; la noticia del desplome del imperio mexica había permeado hasta el interior de las selvas centroamericanas. Su objetivo inmediato eran dos lugares a los que denomina Chapagua y Papayeca, cabeceras de diez pueblos el primero, y dieciocho el segundo. Mandó llamar a los caciques y a los pocos días se presentaron ante él enviados de ambos, trayéndole un presente de maíz, fruta y aves. Excusaron a los caciques, ya que, según dijeron, éstos se encontraban temerosos a causa de que otros españoles que incursionaron por el área, habían capturado a algunos hombres a los que se llevaron en sus navíos. Estaban muy en guardia ante el riesgo de ser capturados; a poca distancia se encontraba la isla de la Guanaja, y tenían conocimiento de que, con frecuencia, aparecían por allí barcos que venían a llevarse a sus pobladores. Cortés les dio seguridades de que eso ya no volvería a suceder, y que procuraría que fuesen devueltos aquellos que localizara. Por lo demás, a través de los notables mexica, les dio a conocer la obligación en que estaban de dar la obediencia al rey de España, quien según expuso, era el más poderoso monarca sobre la tierra. Tenía cosas muy importantes que decirles para la salvación de sus almas; «y que esta era la causa de mi venida, y que fuesen ciertos que de ella se les había de seguir mucho provecho y ningún daño; y que los que fuesen obedientes a los mandatos reales de vuestra majestad habían de ser muy bien tratados y mantenidos en justicia y los que fuesen rebeldes serían castigados».[744] El mensaje estaba entregado. En pocos días, se presentaron los caciques de quince o dieciséis pueblos o señoríos a dar la obediencia. Aportaron víveres y hombres para talar el bosque y construir el pueblo. Con esas provisiones se sostuvieron hasta que regresaron los navíos enviados a las islas a comprar víveres. En los tres navíos despachó a los dolientes, y a continuación llegó otro, que también compró. Uno de los despachados iba al mando de su primo Juan de Avalos, quien tenía el encargo de dirigirse a la Nueva España llevando cartas donde informaba de todo lo ocurrido; el segundo, tenía como punto de destino La Trinidad, con objeto de traer caballos, víveres y a todos aquellos que quisieran unírsele. El tercero debería dirigirse a Jamaica con el mismo propósito; y en el bergantín envió a un criado suyo, con cartas para los oidores de La Española, informándoles de la situación. El navío al mando de Juan de Avalos, conforme a las instrucciones recibidas, se dirigió primero a Cozumel para recoger a cincuenta españoles, abandonados allí por el licenciado Parada. Los subió a bordo y prosiguió el viaje. Con él iban los dos franciscanos flamencos. Ni Cortés ni Bernal ofrecen una explicación de las razones que movieron a estos últimos para apartarse de Trujillo; se desconoce si su intención era regresarse a México, a España o a Flandes. Pero no llegaron lejos: el buque aportó en la punta de San Antón, y allí un temporal lo lanzó contra la costa ahogándose Avalos, los franciscanos fray y Juan Tecto y fray Juan de Ayora y treinta más. Los supervivientes vagaron por los montes, y muchos murieron de hambre. En total, de ochenta que iban a bordo, sobrevivieron quince que llegaron al puerto de Guaniguanico. En aquellos momentos un vecino de La Habana que poseía una estancia en las inmediaciones procedía a cargar un barco propiedad de Cortés, enviándole bastimentos. Allí encontraron remedio a su necesidad. Fray Jerónimo de Mendieta, el historiador de la orden franciscana, escribe que fray Juan Tecto se encontraba tan débil, que se recostó en un árbol y allí expiró de hambre. El relato de éste es de fecha tardía, mientras que el de Cortés está muy próximo a los sucesos que narra.[745]
Los navíos que iban a La Española y Jamaica aportaron en La Trinidad, donde se hallaba el licenciado Alonso Zuazo, quien había sido expulsado de la Nueva España por los funcionarios reales. En el puerto se encontraba un navío cargado con treinta y dos caballos, artículos de montar y bastimentos, cuyo dueño, en cuanto tuvo conocimiento de que Cortés vivía y dónde se encontraba, puso proa rumbo a Trujillo esperando vender todo a mejor precio. Con él, el licenciado Alonso Zuazo le envió una carta informándole de lo sucedido en México durante su ausencia. Bernal, que en aquellos momentos andaba bajo las órdenes del capitán Luis Marín, cuenta que él y el grupo del que hacía parte se encaminaron a Triunfo de la Cruz, que encontraron despoblada. Sobre la playa yacían unas naves desarboladas y dadas de través. Prosiguieron su caminata rumbo a Trujillo. Llegaron a hora de vísperas, y lo primero que vieron fue a cinco jinetes que paseaban por la playa. Cortés era uno de ellos. Este, en cuanto los reconoció fue hacia ellos y se apeó del caballo. Estaba tan flaco que daba lástima verlo, «porque según supimos había estado a punto de muerte de calenturas y tristeza que en sí tenía… y dijeron otras personas que estaba ya tan a punto de muerte, que le tenían ya hechos unos hábitos de Señor San Francisco para enterrarle con ellos».[746] Se encontraban allí dos navíos chicos, llegados tres días atrás, procedentes de Santo Domingo, en los que le enviaban caballos, potros, mulas, armas viejas, unas camisas y bonetes colorados y cosas de poca valía. Trajeron una sola pipa de vino. En esos momentos apareció el navío que traía la carta de Zuazo.
En cuanto puso pie a tierra, el capitán del navío fue a cumplimentar a Cortés y entregarle la correspondencia. Las nuevas eran tan dolorosas que, según Bernal, en cuanto hubo leído la carta de Zuazo, «tomó tanta tristeza que luego se metió en su aposento y comenzó a sollozar, y no salió de donde estaba hasta otro día por la mañana, que era sábado, y mandó que se dijesen misas de Nuestra Señora muy de mañana».[747] Terminada la misa, Cortés les leyó las cartas. Se les daba por muertos. Mientras tanto, la ciudad de México vivía en un clima de terror bajo el mandato despótico del factor Gonzalo de Salazar, quien en esos momentos venía a ser el mandamás. Se daba el caso de que antiguos conquistadores como Andrés de Tapia y Jorge de Alvarado, habían buscado refugio en el convento de San Francisco. Sólo faltaba que los indios se rebelaran. Todo había comenzado cuando Gonzalo de Salazar y Peralmíndez Chirinos llegaron provistos del doble poder otorgado por Cortés en Coatzacoalcos. Uno era para la eventualidad de que se hubiese restablecido la concordia entre el tesorero Alonso de Estrada y el contador Rodrigo de Albornoz, en cuyo caso deberían gobernar los cuatro oficiales juntos, quedando en manos del licenciado Zuazo la administración de la justicia. De no ser así, los primeros quedarían fuera, pasando el gobierno a Salazar y Chirinos, con Zuazo en el desempeño de su cargo. Este segundo poder fue el que mostraron. Detuvieron durante unos días a Estrada y Albornoz, hasta que el magistrado Zuazo, con su vasta experiencia como juez, logró un avenimiento para que gobernasen los cuatro. Poco duró esa concordia. Y por otro lado, Rodrigo de Paz, el primo y administrador de los bienes de Cortés, comenzó a marchar por su lado. Se sentía importante. Estrada, Albornoz y Zuazo lo detuvieron; Salazar, para ganárselo, lo puso en libertad. Por otra parte, Zuazo fue apresado; lo pusieron en cadenas, y recordando que tenía pendiente de tomar un juicio de residencia en Cuba, allá lo remitieron. El gobierno quedó en manos del factor Salazar y el veedor Chirinos.
A su llegada a México, Francisco de Las Casas y Gil González de Ávila fueron juzgados y sentenciados a muerte por Salazar y Chirinos, bajo el cargo de haber matado a Olid. Apelaron a sus sentencias, y fueron remitidos a la metrópoli. Ocurrió que en esos momentos, luego de pasar una larga temporada en España (mayo de 1521-octubre de 1525), Diego Ordaz volvió a México. El 2 de noviembre de 1525 era recibido como alcalde mayor por orden de los tenientes de gobernador.[748] Y al saber que Cortés se encontraba desaparecido, partió en su búsqueda. A bordo de una carabela fue recorriendo el litoral y al llegar a Xicalango, le dieron noticias de que allí habían matado a unos españoles (se trataba del grupo de Simón de Cuenca). Escribió a México informando y prosiguió viaje a Cuba, adonde se dirigió para comprar ganado.
Mientras tanto, como a Cortés y acompañantes se les dio por muertos, Salazar y Chirinos les organizaron unas solemnes exequias, para a continuación echarse sobre sus bienes. Ocuparon las casas de éste, pero al no encontrar oro, detuvieron a su mayordomo Rodrigo de Paz para que les dijese dónde lo tenía oculto. Este no pudo confesarlo, porque sencillamente no lo había; pero no le creyeron y lo atormentaron, quemándole los pies con aceite hirviente. A continuación, le instruyeron proceso y lo ahorcaron «por revoltoso y bandolero».[749] Rodrigo de Paz tenía un ascendiente inmenso sobre Cortés, según se desprende del apunte que sobre él nos ha dejado Bernal: «mandaba absolutamente sobre el mismo Cortés».[750] Esa era la situación en México. Por otro lado, a Narváez le habían otorgado licencia para conquistar en la zona del río de las Palmas. Una buena noticia era la desaparición de Fonseca. Había muerto.
El paso siguiente de Gonzalo de Salazar fue hacerse proclamar gobernador y capitán general, y una de sus primeras provisiones fue ordenar que todas aquellas mujeres cuyos maridos se daban por muertos, deberían volverse a casar. Juana de Mansilla, la esposa de Alonso Valiente, se opuso como otra Penélope, aduciendo que estaba segura de que Cortés y su esposo se encontraban vivos, pues los viejos conquistadores eran duros de roer y no para tan poca cosa como los recién llegados, que ahora acompañaban a Chirinos en su incursión contra los zapotecas. Salazar la hizo azotar por las calles, acusándola de hechicería. Y como nunca faltan serviles y traidores, Bernal cita el caso de uno de ellos con fama de hombre honrado, «que por su honor aquí no nombro», que fue ante el factor con el cuento de que se encontraba malo de espanto, porque una noche, en el patio del antiguo teocalli de Tlateloco, se le habían aparecido los fantasmas de Cortés, Malintzin y Sandoval ardiendo en llamas vivas.[751]