Capítulo 13
La noche triste
Lloviznaba. Antes había caído una fuerte granizada.[396] Era el treinta de junio. En cuanto fue noche cerrada comenzó la salida. Abrían la marcha los capitanes Gonzalo de Sandoval y Antonio de Quiñones al frente de veinte de a caballo y doscientos de a pie. Venía a continuación Magariño, con cuarenta hombres escogidos que transportaban el puente. Cortés iba en el medio, en un grupo selecto, del que formaban parte Diego Ordaz, Francisco Saucedo, Francisco de Lugo, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid y cien de a pie. Su misión era acudir como refuerzo adonde fuese necesario. Seguían treinta rodeleros españoles y trescientos tlaxcaltecas, encargados de proteger a Malintzin y a una serie de notables indígenas. En este grupo venía la familia de Motecuhzoma, dos hijas, un hermano y el heredero Chimalpopoca, doña Luisa, la hija de Xicoténcatl, y algunos rehenes, de entre los cuales Cacama era el más significado (Cuicuitzcatzin también figuraba entre ellos). Los miles de guerreros aliados venían a continuación, seguidos por centenares de mujeres de servicio. Cerraba la marcha otro grupo de españoles del que hacían parte Pedro de Alvarado, Juan Jaramillo y Juan Velázquez de León.
En los momentos que precedieron a la salida, Cortés llamó a los oficiales reales y, mostrándoles el tesoro, les dijo que allí se encontraba la parte correspondiente al Emperador. Para transportarlo les facilitó una yegua y un grupo de tamemes. Ellos deberían hacerse cargo y allí daba por terminada su responsabilidad. Y de lo que no pudiera cargarse, puesto que de todas formas se perdería, cada cual podría tomar lo que quisiese. Bernal apunta que algunos de los soldados llegados con Narváez, y otros «de los nuestros», le echaron mano a todo el oro que pudieron, mientras que él sólo tomó unos cuatro chalchiuis, esa piedra tan preciada entre los indios, que se echó entre peto y pecho. Las escrituras y toda su documentación se cargaron en otra yegua y, antes de salir, encargó Cortés a Alonso de Ojeda que revisase todos los rincones del palacio para asegurarse de que no dejaban a nadie. Éste encontró a un joven soldado que se hallaba profundamente dormido, y en cuanto lo despertó dio comienzo la salida. Enfilaron para tomar la calzada que llevaba a Tacuba. Una elección obvia, tanto por ser la más corta, como por tener sólo tres cortaduras, mientras que la de Iztapalapa tenía siete.[397] No había nadie en las calles. Marchaban en silencio, tal cual se había ordenado, pero de ninguna manera la salida podría pasar inadvertida. Se trataba de miles de hombres, que aparte de arrastrar la artillería llevaban consigo caballos y perros; además, había salido la luna y en las azoteas ardían numerosos braseros.[398] La actual calle Tacuba, a grandes rasgos, corresponde en su trazo a la antigua, y por allí avanzaron hasta llegar al primer puente cortado, a un costado de donde se encuentra hoy día el Correo Central. Esa cortadura se llamaba Tecpantzinco. Colocaron el puente y comenzaron a pasar. Una versión recogida por Sahagún y divulgada más tarde por Torquemada, afirma que fueron advertidos por una mujer que había salido a buscar agua, y a las voces que ésta diera alertaría a la ciudad.[399] Evidentemente, se trata de una conseja que no resiste el menor examen. Los habitantes de Tenochtitlan no tendrían un sueño de piedra que les impidiese advertir a toda esa humanidad que cruzaba la ciudad. Simplemente esperaron a que llegasen al sitio en que serían más vulnerables. Cortés es claro al respecto; en el momento mismo en que procedían a colocar el puente, ya encontraron resistencia de parte de los centinelas que guardaban el sitio, los cuales a grandes voces daban la alarma; «apellidaban tan recio que antes de llegar a la segunda [cortadura] estaba infinita gente de los contrarios sobre nosotros».[400] La vanguardia avanzó hasta alcanzar la siguiente cortadura (la Toltecaacaloco, justo enfrente de donde hoy se alza la iglesia de San Hipólito), y allí quedaron detenidos. Con la precipitación con que se resolvió la salida, que debía ser precisamente esa noche, según la premonición de Botello, sólo alcanzaron a hacer un puente. La idea era que una vez que hubiesen cruzado la primera cortadura, lo levantarían para colocarlo en la segunda y así, sucesivamente, en la tercera. Quedaba por otro lado la esperanza de no ser atacados, que al ver que se iban los dejasen partir sin molestarlos. Ya en una ocasión se lo habían propuesto a Cortés. El caso es que como el suelo se encontraba reblandecido a causa de la lluvia, las vigas del puente se enterraron profundamente, y en la confusión ya no pudieron moverlo. En ese momento dio comienzo el ataque. A ambos lados aparecieron centenares de canoas desde donde eran flechados. Lo que siguió fue el caos; gritos de horror, ayes y desesperación. Cruzaban a nado los que sabían hacerlo. La zanja era poco profunda y pronto comenzó a llenarse con fardos, cañones y todo lo que podían arrojar en ella. Luego la ocuparían los muertos. El paso se haría pisando sobre cadáveres. Los que consiguieron cruzar llegaron a la siguiente cortadura, y como era de menor profundidad, los jinetes la vadeaban sin mucha dificultad; en cuanto a los de a pie, lo hacían con el agua al pecho. Además, pronto se fue cegando con bultos de la impedimenta. Allí el desastre fue de menores proporciones. Cortés y su grupo ganaron la tierra firme, pero al advertir que eran tantos los que faltaban, pidió a Juan Jaramillo que se hiciese cargo de reorganizar a los que habían conseguido salir, y él volvió grupas, para auxiliar a los que quedaban atrás. En la calzada topó con María de Estrada, que armada de espada y rodela se abría paso a estocadas.[401] Ya eran pocos los que salían; por el camino, Cortés y sus capitanes auxiliaban a los heridos que venían en la rezaga. Encontraron a Pedro de Alvarado, lanza en mano y cubierto de heridas. Con él venían cuatro españoles y ocho tlaxcaltecas, heridos todos. Eran los que cerraban la marcha. Después de él ya no salió nadie. Le habían matado la yegua, y utilizando la lanza como pértiga habría realizado su asombroso salto.[402] Un grupo de los de la retaguardia ya no consiguió cruzar, regresándose al Templo Mayor, donde se hicieron fuertes. Resistirían durante tres días. Las estimaciones sobre su número fluctúan mucho: entre cincuenta y doscientos. Los que fueron atrapados con vida terminaron en la piedra de los sacrificios.[403]
Por Popotla, ya en la tierra firme, pasaron a todo correr; por tanto, no hubo ocasión para que Cortés se sentara a llorar bajo la fronda de un ahuehuete, como quiere una tradición tardía. Llegaron a Tacuba. Todavía estaba oscuro y comenzaron a arremolinarse en la plaza. La confusión era tan grande que la mayor parte no sabía qué hacer. Cortés, que iba y venía por la calzada auxiliando a los rezagados, llegó allí para hacerse cargo. Puso orden, y en cuanto tuvo reunidos a los que consiguieron salir, los hizo proseguir la marcha. Acerca de esa noche, Alonso de Villanueva recuerda: «era hora en que quería amanecer, e que allí se comenzó a remolinar la gente, porque no sabían el camino por donde habían de ir, e porque algunos creían que habían de parar allí; e que a esta sazón e por esta causa, el dicho don Hernando Cortés se pasó a la vanguardia a guiar la dicha gente con algunos de a caballo».[404] No había tiempo para detenerse. Cervantes de Salazar cuenta que, en aquellos momentos, recordó la predicción de Botello, asegurándole que habría de volver sobre la ciudad y ser señor de ella; preguntó entonces si Martín López se encontraba entre los sobrevivientes, y cuando le respondieron afirmativamente, sintió un gran alivio, pues le sería muy útil para construir los bergantines para volver contra la ciudad.[405] A continuación, demandó si Malintzin y Aguilar habían salido.[406] Se resistía a darse por vencido; en aquellos momentos en que cada cual luchaba por salvar la vida, al parecer, ya vendría pensando en el retorno. Con las primeras luces del amanecer llegaron a un templete y allí se hicieron fuertes permitiéndose un descanso. [En la actualidad, se alza allí la basílica de la Virgen de los Remedios], Andrés de Tapia recuerda que Cortés venía herido en una mano, y por no poder valerse de ella, traía la rienda atada a la muñeca.[407]
Amaneció el primero de julio de mil quinientos veinte. Cuando el sol se alzó lo suficiente, paseando la mirada a su alrededor, Cortés pudo realizar una primera apreciación de lo ocurrido. Le faltaba muchísima gente, y además, de los que sobrevivieron, no había uno que hubiese salido ileso. En ese momento todos estaban ocupados en vendarse las heridas. El balance definitivo tardaría días en conocerlo; en la carta en que informa del desastre al Emperador, disminuye notoriamente el número de muertos: esa noche habrían caído ciento cincuenta españoles y dos mil indios aliados; a éstos habría que agregar un número indeterminado de notables que llevaba entre rehenes y prisioneros. De la familia de Motecuhzoma murieron todos, así como «todos los otros señores que traíamos presos» (Bernal es muy claro al señalar que Cacama se contó entre los caídos, aunque más tarde se acusaría a Cortés de haber ordenado darle garrote antes de la salida).[408] Entre las mujeres de servicio la mortandad fue altísima. Casi todas sucumbieron. Se desconocen las razones que tuvo para minimizar pérdidas. En los días que vinieron a continuación, aumentó notoriamente el número de bajas españolas, ya que un regular número de aquellos que se encontraban dispersos por el país, fueron muertos. La nómina de los caídos es extensa; entre los más significados faltaban Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo, Pedro González de Trujillo; de los soldados, ese excepcional caballista llamado Lares el Buen Jinete, y Orteguilla el Paje, junto con su padre. Un caído notable fue Blas Botello. Fallaron sus predicciones. Ésa no era su noche. Más tarde hallarían su petaca y, entre sus enseres, Bernal refiere que se encontraban unas tiras adivinatorias con el «morirás…, no morirás…».[409] Aparte de la inmensa pérdida de vidas humanas, estaba la del tesoro y la de cuarenta y cinco animales de silla entre caballos y yeguas. La artillería se perdió íntegra. En las zanjas quedaron sepultados más de seis meses de pacífica convivencia. Una convivencia difícil, pero pacífica a fin de cuentas.
¿Por qué los dejaron escapar? Bernal nos dice que estaban entretenidos en buscar el oro de los muertos. Ésa es una opinión. El oro no era especialmente valorado como instrumento de cambio en el mundo indígena, pero concurren dos circunstancias que pudieron influir para que cesara la persecución: una sería la búsqueda de la gente de palacio, servidores de Motecuhzoma, «y así mataron muchos, en especial de los serviciales o pages de Mocthecuzoma que traían bezotes de cristal que era particular librea o señal de la familia de Moctecuhzoma, y también a los que traían mantas delgadas que llaman ayatl que era librea de los pages de Moctecuhzoma: a todos los acusaban y decían que habían entrado a dar comida a su señor y a decir lo que pasaba fuera, y a todos los mataban, y de allí adelante hubo gran vigilancia que nadie entrase, y así todos los de la casa de Mocthecuzoma se huyeron y escondieron porque no los matasen». Éste es un relato de fuente indígena, recogido por Sahagún.[410] Eso se complementa con un pasaje que leemos en Torquemada: «Dícese en un memorial, que dejó escrito el indio que se halló en la conquista, (que después de cristiano aprendió a leer y escribir, el cual tengo en mi poder) que luego que los españoles salieron de la ciudad, hubo diferencias muy grandes entre los mexicanos, condenando los enemigos de los españoles, a los que habían sido amigos, y les habían socorrido en su cerco con bastimentos, y cosas de su regalo; y que llegando a las manos, como eran más los enemigos que los amigos, mataron algunos señores, entre los cuales murieron Cihuacohuatl, Tzihuacpopocatzin, Cipocatli, Tencuecuenotzin, hijos de Motecuhzoma, y de Axayácatl, su padre, que debieron ser algunos de estos, los dos que dexamos dicho, aver muerto en la retirada».[411] El párrafo parece muy explícito. Ese «llegando a las manos» está indicando que hubo lucha, y que a la postre, por ser mayoría, prevalecieron los enemigos de los españoles. La lista no aclara gran cosa, aunque indudablemente, debería de tratarse de personajes de alcurnia; lo que sí se advierte, es que entre ellos figuraba el cihuacoatl, aunque sin dar su nombre. Como cihuacoatl era el grado máximo de la milicia, se advierte que Cortés contaba con el jefe militar del Reino, de allí su oposición a abandonar la ciudad. Eso muestra hasta qué grado el factor Botello lo trastocó todo. La lucha interna para acabar con ese grupo de «colaboracionistas», unida al esfuerzo por terminar con los que retrocedieron para hacerse fuertes en el Templo Mayor, podría explicar el por qué no continuaron la persecución. Tenían las manos ocupadas en liquidarlos.
Bernardino Vázquez de Tapia, quien llevaba nota de todo, señala: «Había en México, con la gente que el Marqués había traído, más de mil y ciento hombres y más de ochenta caballos», de los cuales habrían sobrevivido «cuatrocientos y veinticinco hombres y veinte y tres caballos, todos heridos».[412] El post-mortem de la Noche Triste en números de Bernal es de ochocientos sesenta soldados muertos, a los que deberán agregarse setenta y dos caídos en Tuxtepec junto con cinco españolas.[413]
En el curso del día, todavía alcanzaron a llegar algunos rezagados que vagaban extraviados por los maizales. No tenían bocado que llevarse a la boca, pero en cambio, sed no pasaron, pues a los pies del montículo discurría un arroyo. Al menos, los caballos pudieron pastar y reponerse un poco, lo cual sería importante en los días por venir. A medianoche —según refiere Cortés—, lo más calladamente posible, para evitar ser sentidos, abandonaron el lugar, dejando encendidas numerosas hogueras. La artimaña dio resultado, pues los perseguidores tardarían horas en advertir la fuga. La retirada fue en perfecto orden; unos heridos fueron puestos de a dos en cada caballo, y otros llevados a cuestas, sin dejar abandonado a ninguno. La intención era dirigirse a Tlaxcala, pero ocurría que, por haber salido por la calzada que conduce al poniente de la ciudad, se encontraban precisamente en el sitio más alejado. Para llegar deberían bordear todo el lago, pero contaban con un tlaxcalteca que dijo conocer el camino y comenzó a guiarlos. Marchaban en orden cerrado. La consigna era no apartarse de la formación. A un soldado que abandonó las filas para coger unos capulines Alonso de Ávila le dio un golpe de lanza en un brazo. Éste se llamaba Hernando Alonso, y a consecuencia de ello pasaría a ser el Manquillo.[414] Finalmente, cuando llevarían andada media legua, los indios se percataron de la huida y comenzaron a seguirlos, observando su avance ocultos tras los arbustos, pero sin lanzar ningún ataque a fondo. Cuando se aproximaban demasiado eran rechazados. Llegaron a Cuautitlan, y según recuerda Bernal, lo atravesaron en medio de gran gritería y de una lluvia de varas, piedras y flechas que les lanzaban. Siguieron de largo para alcanzar Tepotzotlán, y aquí las versiones difieren en cuanto al trato recibido: Torquemada (que sigue a Sahagún) afirma que fueron bien acogidos y les dieron de comer. Durmieron ahí y al día siguiente entraron en Zitlaltepec, pueblo que encontraron desierto, pues sus moradores habían huido a esconderse por los montes. Siguieron a Xolox, que encontraron en iguales condiciones, y de allí a Aztaquemecan. En el trayecto tuvo lugar un encuentro con un grupo numeroso de indios que se encontraba emboscado en una barranca. Sancho de Barahona, el alférez de Diego Ordaz, tomó la bandera en una mano y la espada en otra, y al grito de «¡Santiago y cierra España!» condujo el ataque, causándoles graves estragos. Esa escaramuza fue la primera acción victoriosa de los españoles luego de la huida de México. Continuaron la marcha a campo traviesa. Por el camino comían asadas las mazorcas de maíz que cogían. Ese día, o al siguiente, les mataron un caballo. Era el de Martín de Gamboa, y lo comieron sin dejar un pellejo. Continuaron la marcha con constantes escaramuzas con los perseguidores, que los seguían pisándoles los talones. Llegaron a un pueblo grande. Allí junto, sobre un cerro, encontraron un grupo de indios, y para descubrir si habría más ocultos, Cortés se adelantó con cinco de a caballo y una docena de a pie. El grupo emboscado era numeroso, y luego de pelear con él, se replegaron al pueblo. Una escaramuza sin importancia, de no ser porque Cortés resultó muy malherido de una pedrada de honda recibida en la cabeza, y que más tarde habría de causarle serios quebrantos.[415] (En esa acción sitúa éste la muerte del caballo de Gamboa). A partir de ese momento, hizo que desmontaran los heridos que traían en ancas, y que se hicieran muletas para que caminaran por su propio pie. La medida liberó a los caballos para la acción que se libraría al día siguiente, y que resultaría decisiva.
Otumba
Amaneció. Estaban en el llano de Otumba y, frente a ellos, las alturas de Aztaquemecan. Las faldas del monte albeaban con las túnicas de la multitud de indios que descendían. Parecía estar cubierto de nieve. Nunca habían visto a tantos juntos. Eran decenas de miles. En ello están de acuerdo todos los autores. Entre aquella marea vestida de blanco, destacaban puntos de colores muy vivos. Eran los penachos de los capitanes. Frente a esa masa inmensamente abrumadora, para detenerlos estaban alrededor de trescientos españoles con veintidós caballos y una cifra cercana a los dos mil indios aliados. Al mando de los tlaxcaltecas se encontraba Calmecahua, un capitán que se había distinguido como hombre esforzado. Cortés hizo una arenga, invocó la ayuda de Dios y dispuso a la gente para el combate. El mando de la infantería lo dio a Ordaz, mientras que los capitanes, junto a él, combatirían montados. Las órdenes a los de a pie fueron cerrar filas y por ningún motivo romper la formación, mientras que los de a caballo, a rienda suelta, deberían correr el campo apuntando siempre a la cara, pero sin detenerse a alancear. Y dio comienzo la batalla. En un primer momento, ante la avalancha humana que se les vino encima, la caballería retrocedió buscando abrigo entre la infantería. Los de a pie se defendían a estocadas. No se hacía un solo disparo, pues la pólvora la habían mojado en los canales. El caballo de Cortés resultó herido en el hocico, por lo que cambió de montura. El animal lastimado se soltó del mozo de espuelas que lo llevaba por la brida, arremetiendo a coces contra los atacantes. De entre aquella multitud vestida de blanco, destacaba por su colorido un personaje ricamente ataviado, llevado en andas, el cual con un estandarte hacía señales dirigiendo el ataque. Cortés, seguido de Juan de Salamanca, se dirigió a él abriéndose paso entre las filas, y en cuanto lo alcanzó lo derribó de una lanzada. Al caer al suelo, Salamanca lo remató y entregó a Cortés el estandarte. Aguilar, quien presenció de cerca la escena, recuerda: «Diego de Ordaz con la gente de a pie estábamos todos cercados de indios que ya nos echaban mano, y como el capitán Hernando Cortés mató al capitán general de los indios, se comenzaron a retirar».[416] En cuanto Cortés alzó la insignia, se produjo la desbandada. Esa impresionante victoria es atribuible no sólo a ese rasgo de valor personal sino también a la debilidad de la estructura social indígena. Caída la cabeza, la masa ya no sabía cómo reaccionar. Además, los humildes macehuales, que quizás nunca antes habrían entrado en combate, fueron conducidos a una guerra que no era la suya. En su mayoría, se trataba de gente de los alrededores de Teotihuacán. Frente al pánico generalizado, los indios de guerra nada pudieron hacer para contenerlos. Otumba vino a significar una batalla de unas repercusiones políticas inmensas. Allí se revirtió la marea. Los españoles, que hasta el momento eran una partida de fugitivos, pasaron a ser los vencedores de la más grande batalla, en número de participantes, jamás librada en suelo mexicano. Y ello se logró sin las armas de fuego y sin experimentar la pérdida de un solo hombre. Acerca de Otumba, prácticamente todos, hasta los más acérrimos enemigos de Cortés, están de acuerdo en afirmar que el golpe de audacia de éste resultó definitivo para el desenlace de la batalla. No deja de llamar la atención la extrema modestia con que Cortés refiere el hecho en su relación: «… porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban que no podían pelear ni huir […] hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra».[417] Ni una palabra acerca de su actuación personal; fue la mano de la Providencia. Así era Cortés. Andrés de Tapia es el único en señalar que la batalla dio comienzo entre las ocho y las nueve de la mañana, y que «allí pareció tanto número de gente a todas partes, que mirando este testigo se admiraba de ver tanta gente junta, porque la vista no la podía alcanzar […] acometieron la gente con tan gran alarido y grita que parecía que rompían el suelo, llegaban pie con pie a los españoles peleando con ellos; y que por una parte donde más priesa daban y más gente parecía pareció una seña o bandera en medio de la gente»; Cortés se habría encaminado hacia el portaestandarte; «y vido este testigo como se metió entre todos peleando y vido que dende a rato el dicho don Fernando vino a la gente y trajo la señal consigo que parecía que este testigo ha dicho, y que con el dicho don Hernando vino un Salamanca, que la traía y otros españoles, los cuales dijeron a este testigo que el dicho don Hernando había muerto al principal que venía con aquella seña».[418] Bernal admite que, efectivamente, fue Cortés quien de un golpe de lanza derribó de las andas al comandante mexica, pero que sería Juan de Salamanca quien lo remató, y que en reconocimiento a ello, el monarca concedió a éste su escudo de armas.[419] De no haberse obtenido esa victoria, ¿Tlaxcala los habría acogido con los brazos abiertos?
Gómara asegura que la huida de México, «esta triste noche» (allí acuñaría el término), fue el 10 de julio, error que Bernal repetirá, y al cual Cortés viene a oponer un desmentido, cuando en su carta, redactada a poco más de tres meses de los sucesos, informe sobre la entrada en términos de Tlaxcala: «y así salimos este día, que fue domingo a 8 de julio, de toda la tierra de Culúa, y llegamos a tierra de la dicha provincia de Tascaltecatl».[420] Queda claro que la salida de México se habría efectuado varios días antes; de acuerdo con la secuencia de los hechos, habida cuenta de que está muy claro que su entrada en la ciudad fue el 24 de junio, si se siguen los combates que se libraron, así como los días de marcha antes de entrar a tierras de tlaxcaltecas, la cuenta regresiva nos lleva al 30 de junio, que es la fecha generalmente aceptada para la salida de México. Hueyotlipan sería el primer pueblo de la señoría de Tlaxcala en que entraban. Fueron bien recibidos, y ese mismo día, por la tarde, llegaban los caciques para darles la bienvenida. Estaban al corriente de lo ocurrido en Otumba. Cortés tomó el tlahuizmatlaxopilli, el estandarte ganado a Cihuacatzin (así se llamaba el comandante derrotado), entregándolo a los caciques para que se conservase en Tlaxcala como trofeo.[421] Y al par de la victoria, los caciques conocieron con detalle lo acontecido en la Noche Triste, lo cual les tocaba en carne propia, pues en la señoría todos tenían que lamentar la muerte del hijo, del esposo, del hermano o de algún pariente o amigo. Maxixcatzin, que en ese momento se enteró de la muerte de su hija, doña Elvira, recién había sufrido la pérdida de otro hijo, caído combatiendo al lado de un grupo de españoles emboscado por los mexica. Se trataba de la partida conducida por los capitanes Juan Yuste y Francisco de Moría, quienes al frente de treinta hombres se dirigían a Tenochtitlan, ignorantes de lo ocurrido. Un anticipo de lo que sería la suerte corrida por todos los hombres que andaban dispersos por el país. Reposaron tres días en Hueyotlipan antes de entrar en la ciudad de Tlaxcala. En ella toparon con sentimientos encontrados; había júbilo por la victoria, pero éste era empañado por el duelo por los muertos. Xicoténcatl el Mozo, que no había asimilado su derrota en el campo de batalla, se movía activamente procurando quebrantar la alianza. Para ello, buscaba capitalizar el dolor de todos los que lamentaban la pérdida de un ser querido. Proponía entregar los españoles a los mexica para concertar las paces con éstos.[422]
Cervantes de Salazar cuenta que Cortés habría dejado en Tlaxcala a Juan Páez al frente de setenta españoles, quienes en su mayoría se encontraban enfermos o convalecientes, para que se restablecieran, y que resultó de gran consuelo para él encontrar a ese núcleo con el que ya podía contar. Páez no le habría dado mayores explicaciones, pero más tarde habría de enterarse de que cuando se conoció en Tlaxcala la nueva de que se encontraba en dificultades en Tenochtitlan, los caciques le habrían propuesto ir en socorro de los sitiados. Estaban dispuestos a proporcionar un contingente, si él se ponía al frente. Páez habría declinado el ofrecimiento, diciendo que se le había ordenado permanecer allí, y por lo mismo no se movería. Cuando Cortés tuvo conocimiento de ello habría estallado en cólera, cubriendo de improperios a Páez, diciéndole que merecía ser ahorcado. Este sentir, de que existió una posibilidad de haber recibido unos refuerzos que hubieran permitido romper el cerco, lo recogió Cervantes de Salazar dentro del círculo de antiguos conquistadores en que se movía, mismo que Torquemada repite.[423] Bernal no habla de ello y, lo que es más importante, Cortés se limita a decir que a su paso rumbo a Tenochtitlan, «había dejado ciertos enfermos», con lo que da a entender que se trataría de un núcleo mínimo.[424] Es posible que esa leyenda haya sido fabricada años más tarde por los malquerientes de Páez. Además, las cifras no cuadran; ¿de dónde habrían salido esos setenta hombres?
A consecuencia de la pedrada recibida, Cortés sufrió unos desvanecimientos y durante unos días estuvo como pasmado. Lo atendió el maestro Juan, el único cirujano disponible, y también se menciona que fue asistido por otros médicos, quienes «sacáronle muchos huesos».[425] No debe descartarse que se haya tratado de curanderos indígenas, quienes al parecer, le habrían removido algún fragmento de hueso. En cuanto a la lesión de la mano, de la que antes se habló, una paité del pedernal le quedó dentro y no pudieron extraérselo. A causa de ello perdió el uso de dos dedos de la mano izquierda[426]. Y mientras se restablecía, lo propio ocurría con el resto del ejército. Todos tenían que atenderse de sus heridas. En esos días terminó de redondearse el balance de bajas de la Noche Triste. Al número de los muertos en la calzada, deberían sumarse los caídos en días subsecuentes, cuando muchos españoles, ignorantes de lo ocurrido, eran sorprendidos en caminos y poblados creyéndose seguros. Cortés sintió temor por la suerte corrida por los de la Villa Rica, ya que de haberlos matado, se encontrarían aislados a una distancia enorme de la costa. Escribió informando de lo ocurrido, aunque procuró manejar la noticia en tono menor, para evitar alarmarlos y que huyesen a Cuba. Mientras tanto, trataba de minimizar las quejas que le daban los soldados acerca de las burlas de que eran objeto de parte de los simpatizantes de Xicoténcatl el Mozo, quienes les decían que pronto habrían de morir. Las pruebas de amistad de los caciques eran sinceras, pero éste procuraba socavar la alianza. Cuando trascendió que Cortés, lejos de escarmentar, abrigaba intenciones de marchar nuevamente contra Tenochtitlan, la nueva conmocionó al ejército, pues la mayoría esperaba que, en cuanto hubieran recuperado fuerzas, se trasladarían a la Villa Rica. Las opiniones estaban divididas entre los que optaban por permanecer en ella, en espera de refuerzos y, los que lisa y llanamente, no querían otra cosa que el retorno a Cuba. Ya habían cubierto la cuota de emociones fuertes. Los amigos de Cortés le notificaron cuál era el sentir prevaleciente, aconsejándole la retirada, «fui por muchas veces requerido que me fuese a la Villa de Vera Cruz, y que allí nos haríamos fuertes antes de que los naturales de la tierra, que teníamos por amigos, viendo nuestro desbarato y pocas fuerzas se confederasen con los enemigos».[427] Pero él permanecía inconmovible. Los descontentos, en cuanto apreciaron que daba comienzo a los preparativos para el inicio de una nueva campaña, le presentaron un requerimiento hecho en toda forma y protocolizado ante notario, solicitándole el retorno inmediato a la costa.[428] Eran mayoría. Cuando los tuvo delante, Cortés les hizo un largo razonamiento. Trajo a cuento las grandes batallas en que habían resultado vencedores, y dada la notoria inferioridad numérica en que siempre combatieron, estaba visto que se encontraban bajo el amparo de la Providencia, pues de otra manera, no podrían explicarse sus victorias. Les recordó, además, que en España tenían los ojos fijos en ellos, y que en la Corte se encontraban pendientes de sus noticias. Se habían comprometido a colocar esos reinos bajo la corona del Emperador, y en esas circunstancias darse la media vuelta constituiría un deshonor. En cuanto a todas las maquinaciones de Xicoténcatl para congraciarse con los mexica, les aseguró que éstas no irían a ninguna parte. Confiaba en la alianza con Tlaxcala, y para demostrarles que ésta era sólida, les dijo que la sometería a una prueba. Planeaba iniciar una campaña contra Tepeaca. Allí se vería el comportamiento de Tlaxcala; por otro lado, si mostraban flaqueza ante sus aliados, corrían el riesgo de que éstos los abandonasen. Unos se dejaron envolver por su elocuencia, y otros pospusieron su decisión, supeditándola a los resultados de la campaña que se iniciaría.
Llegaron embajadores de Cuitláhuac. Eran portadores de ricos presentes, que consistían en mantas lujosas, objetos de pluma y sobre todo, sal, ese bien tan preciado que tanta falta les hacía; el mensaje que traían para los tlaxcaltecas era que, olvidando las viejas disputas, unieran fuerzas para acabar con los extranjeros. El senado de la señoría se reunió para deliberar. No se confiaba en la palabra de los mexica; demasiado bien los conocían. La única voz discordante fue la de Xicoténcatl el Mozo, quien a toda costa quería la muerte de los extranjeros. La discusión se caldeó, al grado de que en un momento dado, Maxixcatzin hubo de quitárselo de enfrente, dándole un empellón que lo hizo rodar gradas abajo. Lo tildó de traidor a Tlaxcala.[429] Libre de la presencia de Xicoténcatl, el senado aprobó por unanimidad rechazar el ofrecimiento de Cuitláhuac. En esos momentos llegó noticia de que los que se encontraban en la Villa Rica se hallaban sin novedad. Ya estaban enterados de lo ocurrido a través de Quauhtlaebana, el Cacique Gordo, pues la nueva se había esparcido por toda la tierra. En la carta, el comandante de la Villa Rica anunciaba que ya se disponía a enviar los refuerzos solicitados.