Capítulo 15
Comienza el asedio

peparativos asedio

Preparativos para el asedio a Tenochtitlan

1. Olid y Alvarado parten de Texcoco el 10 de mayo de 1521 al frente de sus respectivas columnas y pernoctan en Acolman

2. Entran sin resistencia en Zitlaltepec donde pernoctan

3. Se detienen en Cuautitlán, abandonada igualmente

4. Llegan a Tacuba que ha sido despoblada.

5. Marchan a Chapultepec (15-20 mayo) para destruir el caño del acueducto.

6. Olid sienta su real en Coyoacán mientras Alvarado lo hace en Tacuba

7. Sandoval inicia operaciones contra Iztapalapa

8. Cortés, quien permanecía en Texcoco con los 13 bergantines se suma el ataque contra Iztapalapa desde la laguna (31 mayo).

Texcoco figuraba en aquellos días entre las urbes más populosas del Hemisferio, pero no tuvo un cronista que se ocupara de conservar su memoria. Cortés, que tan bien describió el mercado de Tlatelolco y habla con detenimiento sobre algunos usos y costumbres, en cambio, a Texcoco apenas le dedica unas líneas. Y eso, muy de pasada. La arquitectura indígena no parece haberlo impresionado, y lo mismo acontece con Bernal y otros conquistadores. A fuerza de reunir datos dispersos, y con apoyo en la prueba arqueológica, se ha podido elaborar una maqueta de Tenochtitlan, que permite reconstruir con alguna aproximación lo que fue el centro ceremonial. Pero de Texcoco, nada. Es tan escasa la información, que ni siquiera existe una idea de lo que fue ésta. Se conoce tan solo que el actual Palacio Municipal se encuentra edificado donde estuvo el palacio de Nezahualpilli, y que la catedral ocupa el asiento del que fuera el mayor de los teocallis. Cuatro peldaños más alto que el Templo Mayor. Zorita aporta el dato de que el mercado se encontraba enfrente, rodeado de portales. Eso es todo. Cuando fray Diego Durán, el historiador de las antigüedades texcocanas, llegó allí siendo muy niño, traído por su padre (hacia 1542-1544), iban transcurridos veinte años de la Conquista. La urbe prehispánica ya había desaparecido. Es de suponerse que desde el punto de vista arquitectónico guardaría numerosas similitudes con la vecina Tenochtitlan. Existen referencias en el sentido de que el Templo Mayor era de grandes proporciones, y de que existían numerosos adoratorios y casas señoriales. Cortés se alojó con su tropa en el palacio de Nezahualpilli y, según escribió, era éste de unas proporciones tales, que todavía podía albergar a un contingente doblemente mayor. Y en otra parte agrega el dato de que la ciudad se extendía a lo largo de tres leguas. Un área considerablemente mayor a la ocupada por Tenochtitlan, lo cual es explicable, al no existir las limitaciones de espacio de la ciudad isla. Torquemada refrenda el dato, señalando que tenía un número de casas considerablemente mayor que Tenochtitlan.[459]

Texcoco, la cabecera del reino de Acolhuacan, fue abandonada sin oponer resistencia. El hecho de que Coanacoch haya optado por la huida, muestra las grandes divisiones existentes en el reino. Una vez dueño de la ciudad, Cortés permaneció a la expectativa, aguardando alguna señal del campo contrario. Tenía la esperanza de que se avinieran a parlamentar. Pasaron dos días sin que nada ocurriese; al tercero, llegaron ante él los caciques de Coatlichán, Huexotla y Ateneo, las tres populosas ciudades aledañas, quienes venían a ofrecer la obediencia. Se disculparon por haber abandonado sus tierras. Cortés, a través de Aguilar y Malintzin, les hizo saber el compromiso que adquirían de obedecer en lo sucesivo todos los mandatos del rey de España. Prestaron los caciques el juramento de obediencia y partieron a cumplir el mandato de ordenar a sus hombres que retornasen a las ciudades.

Al enterarse de lo ocurrido, Cuauhtémoc envió emisarios a los caciques invitándolos a que diesen marcha atrás; la respuesta de éstos fue apresar a los enviados, entregándolos a Cortés atados de pies y manos. Este, cuando los tuvo delante, ordenó que los desataran, tratándolos con toda clase de miramientos y, acto continuo, comenzó a dialogar con ellos, haciéndoles ver la futilidad de toda resistencia. Luego de un extenso parlamento, los envió de regreso a Tenochtitlan. Sus términos eran que si se entregaban sin resistencia no habría represalias. Cuitláhuac, el principal responsable, había muerto; «que lo pasado fuese pasado», fueron sus palabras.[460] Durante siete u ocho días no se combatió. Estaba en espera de una respuesta de Cuauhtémoc que no llegó. La actitud de Cortés no iba del todo desencaminada, pues dentro de Tenochtitlan no todos estaban por la defensa a ultranza; entre la clase dirigente hubo un grupo de notables del más alto nivel, que favorecía la idea de parlamentar, evitando así los horrores del sitio y la destrucción de la ciudad. Pero éstos fueron suprimidos por la facción más radical, que se mostró intransigente. Ya veremos cómo está esa página tan relegada al olvido, cuando más abajo se trate de la situación interna.

Transcurrido ese plazo, al no recibir ninguna señal, Cortés decidió pasar a la ofensiva. El sitio elegido para iniciar operaciones fue Iztapalapa. Iba al frente de doscientos españoles, de los cuales dieciocho eran de a caballo, treinta ballesteros y diez escopeteros. Lo seguían de tres a cuatro mil indios aliados. Los de la ciudad estaban prevenidos; a poco de andar, surgieron centenares de canoas desde las cuales los combatían desde ambos lados de la calzada. Se luchó ferozmente. Los tlaxcaltecas, por odios antiguos buscaban venganza, matando indiscriminadamente a mujeres, niños y ancianos. Saqueaban y pusieron fuego a la ciudad. En medio de ese desorden Cortés advirtió que, casi imperceptiblemente, el agua comenzaba a subir, inundando la calzada por donde iban. Rápidamente ordenó la retirada. Una estratagema indígena que ha pasado un tanto inadvertida, con el propósito de ahogar al ejército atacante. Los defensores, anticipando que el ataque vendría por allí, destruyeron el dique que separaba las aguas de las lagunas dulce y salada, mientras ellos combatirían desde canoas. Se trataba del famoso dique construido en tiempos de Netzahualcóyotl (hoy, que el lago ha sido desecado, es preciso recordar que Iztapalapa se encontraba en el borde mismo del agua). Era noche cerrada cuando comenzó la retirada. A eso de las nueve, el contingente español consiguió pasar, haciéndolo con el agua al pecho. Los indios aliados, que venían atrás, encontraron el agua más crecida. En la carta al Emperador, Cortés dice que de haberse demorado la retirada tres horas más, no habría sobrevivido ninguno, aunque tal aseveración es dudosa, pues no se sabe que la diferencia de nivel entre ambas lagunas fuese tan acentuada.[461] Esa noche la pasaron al raso, calados hasta los huesos, mientras los tlaxcaltecas perdieron todo el botín obtenido. En la lucha murió un soldado español que fue llevado a Texcoco para ser sepultado en secreto. Ese fue el primer caído en el sitio.

Al día siguiente, llegaron mensajeros de Otumba que venían a buscar la amistad de los españoles. Se disculparon por la batalla pasada, diciendo que habían sido compelidos a ello por los mexica. Cortés, al aceptarlos como aliados, les repitió lo que ya venía diciendo, que en lo sucesivo, cada vez que los visitasen emisarios de éstos deberían entregárselos atados de pies y manos. Ofrecieron que así lo harían, y Otumba quedó como aliada de los españoles. A continuación se presentaron los de Mixquic con idéntico propósito. Bernal cuenta que a este pueblo lo llamaron Venezuela, por tener muchas de sus casas edificadas sobre estacas en el agua.[462] Cortés era dueño de Texcoco y sus alrededores, pero tenía interrumpido el contacto con Tlaxcala. Para mantener abierta la comunicación envió a Sandoval, quien partió al frente de veinte jinetes y doscientos de a pie. La operación perseguía objetivos diversos: uno, el de escoltar a un contingente de tlaxcaltecas, quienes sintiéndose ricos con el botín obtenido, regresaban a sus hogares a disfrutarlo; otro, el de restaurar las comunicaciones con la Villa Rica. Debería, además, buscar a unos principales de Chalco que habían enviado aviso de que querían dar la obediencia. En el trayecto se topó con fuerzas mexica, pero como el terreno era llano, los caballos no encontraron impedimento para correr y los jinetes alancearon a placer. Esa misma noche volvió a Texcoco trayendo a una comitiva de notables, entre quienes figuraban los dos hijos del recién fallecido cacique de Chalco. Ese cacique, cuyo nombre se ignora, aunque buscó la amistad de Cortés no llegó a conocerlo, pues sucumbió víctima de la epidemia. Cuando sobrevinieron los sucesos de la Noche Triste, se encontraban dos españoles en sus dominios, con el encargo de supervisar la recolección de una partida de maíz. Para evitar que pudieran matarlos, el cacique los hizo conducir a Huejotzingo, donde quedaron a salvo, ya que esta ciudad se mantuvo firme en respetar el juramento de vasallaje. Los hijos del fallecido eran dos adolescentes, quienes refirieron que, antes de morir, su padre les encargó que fuesen en su busca para ponerse bajo su amparo. Estudió el caso, escuchando el parecer de los notables y procedió a dividir el señorío; al mayor le correspondió Chalco, junto con los pueblos que le eran sujetos, y al otro, dio Ayotzingo, Chimalhuacán y Tlalmanalco. Por ser menores asignó preceptores a ambos, que gobernarían en su nombre, hasta alcanzar la mayoría de edad.[463] Sandoval los escoltó de regreso a Chalco, y a continuación se dirigió a Tlaxcala. Llevaba igualmente el encargo de traer al Príncipe elegido por Cortés para gobernar Texcoco.

Durante la huida de México, Cortés había llevado consigo a tres príncipes texcocanos: Cacama, Cuicuitzcatzin y Tecocoltzin; el primero murió en los puentes, mientras los otros dos sobrevivieron. El segundo, Ypacsuchil Cucuscazin, como lo llama Cortés, había sido designado por éste como soberano de Texcoco, pero está visto que algo no funcionó bien. El caso es que, como él mismo dice, «teniéndolo en son de preso se soltó y volvió a la dicha ciudad de Tesuico [Texcoco]». Al llegar a ésta, se encontró con la novedad de que ya habían alzado por rey a su hermano Coanacoch; no está del todo claro si lo que buscaba era recuperar el trono o servir de mediador para alcanzar la paz. El caso es que al actuar como un Rudolph Hess, se hizo sospechoso ante los suyos, quienes no creyeron que actuase por iniciativa propia, y tomándolo por un agente enviado por los españoles para sembrar disensión, Coanacoch le dio muerte aconsejado por Cuauhtémoc.[464] Muerto éste y Texcoco sin gobierno por la huida de Coanacoch, Cortés hizo venir de Tlaxcala a Tecocoltzin. Ese sería el soberano de repuesto. En el bautismo se le había impuesto el nombre de Fernando; a éste lo había venido preparando para reinar y, en cuanto puso los ojos en él, le asignó al bachiller Estrada y a Antonio de Villarreal como preceptores. Fernando Tecocoltzin pasa a ser el primer hispanizado en sentarse en el trono de Texcoco.

Hacia finales de enero Tecocoltzin hizo su entrada en Texcoco; para entonces llevaría ya unos siete meses de estar sujeto a cursos intensivos de hispanización. Fue bien recibido. La nobleza le hizo acatamiento y muy pronto se repobló la ciudad. El reino Alcolhua, cuya cabecera era Texcoco, se pasó abiertamente el bando español. Su entrada en la contienda significó un duro golpe para los de Tenochtitlan, pues se trataba de gente de su propia sangre, con quienes los unían lazos de parentesco.

Llegó un mensajero. Traía nuevas de que los bergantines se encontraban a punto, y que a la Villa Rica había aportado un navío «en que venían sin los marineros treinta o cuarenta españoles y ocho caballos y algunas ballestas y escopetas y pólvora». Aunque Cortés no proporciona más datos, se trata sin duda de la carabela de Juan de Burgos, un intrépido mercader, quien llegó directamente desde España vía Canarias. Como maestre de la nave venía un tal Medel y, una vez vendida su mercancía, Burgos y acompañantes, incluida la marinería, se quedaron para participar en la Conquista. La llegada de éste habla del entusiasmo que comenzaba a despertar en España la aventura de Cortés. Ese refuerzo fue un alivio, pero, lo que realmente causó viva impresión en el campo español, fueron las circunstancias como se supo la noticia. Las comunicaciones con Tlaxcala se encontraban interrumpidas; ello no obstante, no faltó un joven soldado adicto a Cortés, quien sabiendo la alegría que ocasionaría a su jefe, emprendió la aventura por decisión propia. Cruzó territorio enemigo viajando de noche y permaneciendo oculto durante el día. Con el retorno de Sandoval trayendo a Tecocoltzin, las comunicaciones habían vuelto a interrumpirse, y no podía pensarse en el empleo de tlaxcaltecas, pues éstos eran claramente identificables por el tipo de horadaciones de las orejas. Esa acción imposible impresionó de tal manera, que el propio Cortés la refirió al Emperador, destacándola como una de las más grandes proezas individuales ocurridas durante la campaña.[465] Omitió mencionar su nombre. Cervantes de Salazar sólo aporta el dato de que tenía veinticinco años.[466]

Visto que los bergantines ya se encontraban terminados, Cortés dispuso que Sandoval fuese en su busca. En ese momento llegaron emisarios de Chalco. Venían en demanda de ayuda, pues Cuauhtémoc, al enterarse de que se habían pasado al bando español, mandaba contra ellos una fuerza considerable. Cortés les hizo ver que, aunque quisiera, en esos momentos no estaba en condiciones de distraer gente para ayudarlos, en cambio, les propuso que buscasen la ayuda de los de Cholula, Huejotzingo y Texcoco. No terminó de agradarles la propuesta, pero al darse cuenta de que no tenían otra alternativa, le solicitaron que les diese una carta. (Aunque no comprendieran lo que estaba escrito, reverenciaban las cartas como si tuvieran un poder mágico. Con una orden escrita los demás pueblos aliados no podrían rehusarles ayuda.) Justo en ese momento llegaban emisarios de Huaquechula y Huejotzingo. Cortés los reunió y les hizo ver que siendo súbditos de un mismo soberano todos deberían ayudarse. Allí, en Texcoco, terminó de perfeccionarse la gran alianza orquestada por Cortés contra los mexica; en lo sucesivo, los pueblos coaligados rechazarían todos los ataques lanzados por Cuauhtémoc, sin que en esas acciones hubiesen participado un solo español o tlaxcalteca. Toda el área de Chalco había sido sustraída al control mexica sin la participación directa de fuerzas españolas. Cuauhtémoc iba quedándose solo.

Partió Sandoval. Llevaba quince de a caballo y doscientos peones, pero antes de ir a Tlaxcala, por el camino debería desviarse dirigiéndose a Zultepec. Allí habían matado españoles y el propósito de Cortés fue que no quedasen sin castigo. En las inmediaciones, en la pared de una casa encontraron un mensaje escrito con carbón: «aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste».[467] Se trataba del Pueblo morisco (Calpulalpan). El capitán del grupo era Francisco de Moría (aquel que se tiró al mar para recuperar el timón de su nave). En el teocalli encontraron las caras de dos de los sacrificados. Habían sido desollados y conservaban barbas y facciones. Horrorizados ante ello, sentaron la mano sin piedad; mataron a muchos y apresaron a mujeres y niños. La matanza cesó sólo cuando un grupo de notables consiguió aplacar la ira de Sandoval.

Los bergantines

Antes de entrar en Hueyotlipan, los jinetes de Sandoval que avanzaban en descubierta toparon con un contingente tlaxcalteca. Los bergantines venían en camino. Ocurrió que, como éstos estaban terminados y se encontraban sin comunicación con Texcoco, Martín López, Alonso de Ojeda y Márquez, quienes se encontraban a cargo de la operación, no le vieron sentido a continuar cruzados de brazos y resolvieron ponerse en camino. Abría la marcha Chichimecatecutli al frente de diez mil hombres con los bergantines desarmados; a continuación seguían Ayotecatl y Teuctepitl con ocho mil tamemes, transportando la jarciería y otra impedimenta. Cerraban la formación dos mil aguadores y avitualladores. El haberse puesto en marcha sin aguardar órdenes muestra a las claras el talante entusiasta con que Tlaxcala participaba en la campaña. Era su propia guerra.

Llegados a los límites del territorio Alcolhua, Sandoval procedió a cambiar el orden de la columna, disponiendo que Ayotecatl y Teuctepitl pasasen al frente, mientras que Chichimecatecutli ocuparía la retaguardia. Aquí se sucedió un altercado grave, pues éste se sintió afrentado al considerar que se le retiraba del sitio de mayor peligro. Fue necesario un largo razonamiento para convencerlo de que se trataba exactamente de lo contrario, y para demostrárselo, Sandoval pasó a marchar junto a él. Cuando la columna entró en Texcoco, Cortés presidió la recepción sentado en un escaño. A su lado tenía a Fernando Tecocoltzin y a un grupo de dignatarios. La entrada en la ciudad se hizo con música, vítores y toques de caracoles. Los hombres de guerra ataviados con sus penachos lanzaban sus gritos de combate. Cortés asegura que la columna tardó seis horas en desfilar, mientras que Bernal dice que medio día. Xicoténcatl no participaba.[468]

Mientras se iniciaba la construcción de una inmensa zanja que permitiría poner en el agua los bergantines, Cortés, para no mantener ocioso el ejército, decidió no aflojar la presión. El punto elegido fue Xaltocan, una ciudad situada en medio de la laguna del mismo nombre. Para evitar filtraciones, en vista de que desconfiaba de algunos principales texcocanos, el objetivo se mantuvo secreto hasta el último momento. Se obtuvo la sorpresa y la ciudad fue tomada sin dificultad. Pasaron por Cuautitlan, que encontraron despoblada. Pernoctaron allí y al día siguiente siguieron rumbo a Tenayuca, despoblada igualmente. A ésta la llamaron El pueblo de las sierpes, por dos inmensas esculturas de serpientes que encontraron en el teocalli. Siguieron adelante y pasaron por Azcapotzalco, sin tampoco encontrar resistencia. Continuaron la marcha y alcanzaron el punto de destino: Tacuba. El plan de Cortés respondía a razones muy claras, puesto que se trataba de la segunda ciudad ribereña en importancia, superada sólo por Texcoco; además, según escribe al Emperador, lo movía un doble propósito: cobrarse las muertes ocasionadas durante la Noche Triste, y acercarse a Tenochtitlan para intentar el diálogo con sus dirigentes, convenciéndolos de la inutilidad de toda resistencia. Tacuba fue ocupada y se alojaron en el palacio de Totoquihuatzin, que debió ser un edificio de grandes proporciones, pues en él hubo acomodo para toda la fuerza española. Los tlaxcaltecas se dedicaron a pasar a saco la ciudad, poniéndole fuego; en un momento dado, las llamas comenzaron a devorar una de las alas del palacio que les servía de alojamiento.[469]

Vieron a un grupo de guerreros de quienes sólo los separaba una acequia, y Cortés se acercó para hablarles. Preguntó si entre ellos se encontraba algún señor, a lo que replicaron que todos eran señores. Ante tal respuesta comenzó a hacerles exhortaciones, diciéndoles que no soportarían un sitio y que a la postre morirían de hambre, a lo que éstos respondieron que tendrían comida en abundancia, pues para alimentarse dispondrían de las carnes de los españoles y los tlaxcaltecas. No llegó ningún parlamentario, y como estaba claro que no existía disposición para hablar, optó por retirarse. Durante los seis días que permanecieron en Tacuba, se sucedían a diario combates entre capitanes mexica y tlaxcaltecas; éstos se desafiaban, y «peleaban unos con otros muy hermosamente».[470] Aquí se muestra como un camorrista que disfrutaba de una buena pelea, al igual que el público que asistía al Coliseo para presenciar los combates entre gladiadores.

Ocurrió un incidente que pudo haber sido de graves consecuencias; Cortés lo omite, pero Bernal lo trata con lujo de detalles. Durante una de las diarias escaramuzas en la calzada los defensores se replegaron, y los atacantes, llevados por el entusiasmo, se lanzaron en su persecución para explotar el éxito obtenido. Esperaban una victoria fácil, pero de pronto los papeles se invirtieron; los fugitivos se dieron la vuelta y atacaron a los perseguidores con determinación. Juan Volante, el alférez que portaba la bandera, cayó en una zanja, salvándose a duras penas, pues ya varios enemigos lo tenían sujeto. Con grandes dificultades salió del aprieto y todavía pudo rescatar la bandera. Bernal, quien según se aprecia a lo largo del libro, no quería a Pedro de Ircio, cuenta que éste, por afrentar a Volante le dijo que «había crucificado al hijo y que quería ahogar a la madre», en clara alusión a la imagen de la Virgen que figuraba en la bandera. Una referencia a que Volante era de estirpe de conversos. [Cuando esa anécdota le fue referida a Carlos V, éste alabó la presencia de ánimo de Pedro de Ircio, quien en medio de una situación tan crítica decía gracias.][471] Esa noche llegaron a dormir a Acolman, adonde los aguardaban con sus fuerzas Sandoval y Tecocoltzin.

Una vez más, otro contingente de tlaxcaltecas que ya se encontraban satisfechos con el botín obtenido, solicitó licencia a Cortés para retornar a su tierra para disfrutar de esas riquezas, ofreciendo que volverían en cuanto fueran llamados. Este la concedió sin oponer reparos, pues los bergantines todavía no estaban listos; además, con la participación de los texcocanos y demás pueblos aliados, tenía hombres de sobra. La partida de ese grupo significaba menos bocas que alimentar. Regresaron a Texcoco, y al cuarto día de estar allí llegaron emisarios de Tuxpan, Mexicaltico y Nautla. Venían a pedir disculpas por las muertes de Escalante y los suyos, achacándolo todo a instigaciones de Cuauhpopoca, quien ya había pagado por ello. Se echaron las culpas al muerto y Cortés los recibió como vasallos del rey de España.[472]

La tropa española pasaba unos días de relativo descanso, mientras se terminaba el ensamble de los bergantines; a su vez los mexica, a través de sus espías, seguían el progreso de la obra. Estaban conscientes del daño que les podrían ocasionar, por lo que mediante un audaz golpe de mano intentaron ponerles fuego. Los bergantines se encontraban bien custodiados y la operación fracasó. Se capturó a quince de los infiltrados, quienes fueron interrogados por Cortés, y a través de ellos supo que Cuauhtémoc no contemplaba la posibilidad de hacer la paz.[473]

Llegaron los de Chalco en demanda de socorro. Una fuerza reunida por Cuauhtémoc se encontraba pronta a marchar contra ellos. Solicitaban ayuda urgente. Cortés designó a Sandoval, quien iría con veinte jinetes y trescientos infantes españoles, y como el grueso de los tlaxcaltecas se había ausentado, el contingente se complementaría con guerreros de Huejotzingo y Huaquechula. El núcleo mayor estaría compuesto por texcocanos. Esa sería la primera acción en que éstos participarían hombro con hombro con los españoles. Curiosamente, la lucha no se escenificaría en las riberas de la laguna, sino a gran distancia, tierra adentro, en lo que hoy es el estado de Morelos. El objetivo seleccionado fue Oaxtepec, y hacia allá se encaminó la fuerza coaligada. En el trayecto ocurrieron algunas escaramuzas en medio de bosques de pinos. Los atacantes vencieron con facilidad y prosiguieron la marcha, aunque en un momento dado se llevaron un sobresalto. Ello ocurrió cuando desmontaron para que los caballos pudieran pastar; fue entonces cuando inesperadamente se produjo un contraataque que los tomó por sorpresa. Montaron apresuradamente, y con la ayuda de los confederados los rechazaron, persiguiéndolos por más de una legua. Bernal, quien no participó en ese combate por encontrarse recuperando de una herida de lanza recibida en el cuello en Iztapalapa, cuenta que en esa acción murió Gonzalo Domínguez, quien «era uno de los mejores jinetes y esforzado que Cortés había traído en nuestra compañía, y teníamosle en tanto en las guerras, por su esfuerzo, como a Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval, por la cual muerte hubo mucho sentimiento entre todos nosotros».[474] Dominguez, junto con Lares el Buen Jinete eran consumados caballistas. Acabó sus días en una escaramuza sin importancia: el caballo perdió pisada, cayendo a una barranca. Murió aplastado por el animal.

mapa campaña

Campaña en territorio del actual estado de Morelos, concluida con anterioridad al 28 de abril de 1521

1. Chalco; 2. Tlalmanalco; 3. Ozumba; 4. Chimalhuacan;

5. Huaxtepec; 6. Tlayacapan; 7. Yecapixtla; 8. Yautepec;

9. Tepoztlan; 10. Jiutepec; 11. Cuauhnahuac (Cuernavaca); 12. Xochimilco.

Ocuparon Oaxtepec. Allí se detuvieron dos días a descansar. Tuvieron entonces noticia de que, en el vecino pueblo de Yecapixtla, se había hecho fuerte una guarnición mexica y hacia allá se encaminaron. Los defensores se encontraban en lo alto de un peñón de tan difícil acceso, que Sandoval estuvo tentado a pasar de largo; sin embargo, intervino Luis Marín aduciendo que se envalentonarían si no los enfrentaban. Se ordenó el ataque, mas los indios aliados no se movían por lo difícil del terreno y la lluvia de piedras que no cesaba de golpear. Ante esa situación, Sandoval puso el ejemplo, y seguido de la tropa española comenzó la escalada. Los coaligados no tardaron en seguirlos. Pese a la desventaja de pelear cuesta arriba, pronto se posesionaron de las alturas. Una vez que fueron dueños de la situación, los españoles andaban a la rebatiña con sus aliados, buscando cada cual adueñarse de una buena hembra.[475] En cuanto a los defensores, un gran número de ellos murió despeñado en la huida, al caer en un barranco por cuyo fondo discurría un arroyo. Según Cortés, fue tan grande la mortandad que la tropa padeció sed, pues durante largo tiempo las aguas bajaban teñidas de rojo. Gómara repite lo mismo; y en cuanto a Bernal, éste apostilla que «no duró aquella turbieza más de media Avemaria».[476] Sandoval regresó a Texcoco, con «muy buenas piezas de indias», según Bernal, quien siempre da muestras de estar muy atento a la belleza femenina. Todavía no rendía Sandoval el parte, cuando ya estaban de nueva cuenta ante Cortés emisarios de Chalco, anunciando que se les venía encima un fuerte ataque. Cuauhtémoc no les perdonaba el cambio de bando, y deseaba hacer con ellos un escarmiento, enviando en su contra todas las fuerzas disponibles. Cortés se molestó, interpretando que el ataque que se fraguaba se debía a flojedad de Sandoval, por no haberse esforzado en perseguir a las guarniciones mexica que huían de Oaxtepec. Por tanto, cuando éste compareció ante él, lo trató en forma desabrida, responsabilizándolo por su supuesta tibieza. Sandoval, que era hombre muy elemental y de pocas palabras, quedó muy dolido. Sin tener tiempo para el reposo, a pesar de que venía herido, partió con sus hombres a impartir el socorro solicitado. Llegó tarde a la batalla. Los mexica acababan de ser derrotados en campo abierto. En ese combate, en el que no intervino un solo español, la participación de los de Huejotzingo, que llegaron en auxilio de los de Chalco, resultó decisiva. En Tenochtitlan la derrota causó gran pesar, pues habían sido vencidos por pueblos antes sujetos a ellos. Y como ya nada tenía que hacer allí, Sandoval se regresó a Texcoco llevando a cuarenta prisioneros, capturados por los coaligados, entre los cuales se contaba un jefe militar y personajes de monta. Una vez llegado al campamento, se retiró a su alojamiento sin pasar a informar a Cortés; éste, durante la ausencia de su subalterno se enteró de cómo se había desarrollado la acción durante los combates de Oaxtepec y Yecapixtla, por lo que le envió un recado muy afectuoso, pero aún así, Sandoval se rehusaba a verlo. Finalmente, Cortés volvió a ganarse la voluntad de su subalterno. Cabe destacar que, al parecer, ésa sería la ocasión única en que hubo un malentendido entre ambos.[477]

La buena estrella brillaba para Cortés. En cuanto se restableció la comunicación con la costa, tuvo conocimiento de que habían aportado a la Villa Rica tres naves de gran porte, trayendo buena copia de soldados. Un socorro que le llegaba como llovido del cielo. A los pocos días, entraban en Texcoco los primeros de esos hombres. En el curso de la campaña ya se había visto favorecido por el refuerzo involuntario de las naves de Garay, las de Velázquez y la de Juan de Burgos. Llegaron otras dos naves de Garay. Una venía al mando de un tal Ramírez el Viejo; a los que venían con él, los apodaron los de las «albardillas», a causa del vestuario acolchado para protegerse de las flechas. Vinieron a continuación los de Miguel Díaz de Aux. Éste era un aragonés, antiguo compañero de Colón en el segundo viaje. Se trataba, por tanto, de un miembro del pie veterano en las Antillas; era además hombre rico, por lo que su participación a una edad avanzada, prueba que con el paso de los años no había perdido el gusto por la aventura.[478] A sus compañeros los apodaron los de los lomos recios, por tratarse de individuos vigorosos. De entre todos los hombres de Garay, este contingente fue el más valioso, tanto por la buena condición física como por su número. Llegó también otro navío procedente de España. En éste vinieron Julián de Alderete, fray Pedro Melgarejo de Urrea, y Jerónimo Ruiz de la Mota, personajes que habrían de desempeñar un papel relevante en la Conquista, en especial los dos primeros. Julián de Alderete traía el nombramiento de tesorero. Aquello para Cortés significaba una noticia buena y otra mala. Después del rompimiento con Velázquez, la intromisión de Narváez y el silencio del monarca, que no daba respuesta a su carta, la llegada de un tesorero nombrado por la Corona venía a ser una especie de reconocimiento tácito. La España oficial tomaba nota de que existía. Ya no era un rebelde fuera de la ley. El lado malo lo representaba el hecho de que ahora tendría una cuña. Y como pronto se vería, una cuña que apretaría mucho. El tesorero procedía de una de las familias prominentes de Castilla. En Tordesillas, en la iglesia de San Antolín, se encuentra una riquísima tumba en la que reposa uno de los miembros de la familia junto a su esposa. Del franciscano fray Pedro Melgarejo de Urrea disponemos del retrato que Bernal hace de él: «Y vino un fraile de San Francisco que se decía fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de Sevilla, que trajo unas bulas del Señor San Pedro, y con ellas nos componían si algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos meses el fraile fue rico y compuesto a Castilla».[479] Según esto, se trataría de un pícaro redomado; lo único que aquí se puede adelantar, es que esa apreciación es muy personal, existiendo testimonios que muestran otra cosa. Se da el caso de que este fraile fue una de las contadísimas personas con quienes Cortés se aconsejó. Más adelante le confiaría misiones delicadas. Acerca de los refuerzos traídos por esas naves, sólo se conoce en forma aproximada el número de hombres que trajeron; y en cuanto al orden en que llegaron, eso es algo prácticamente imposible de establecer, ya que ningún cronista puso especial cuidado en registrarlo. Es más, está dada la posibilidad de que tanto Alderete como fray Pedro Melgarejo hayan llegado en el navío de Juan de Burgos.

El miércoles santo, que ese año cayó en 27 de marzo, Cortés hizo traer a su presencia a los notables mexica apresados en Chalco. La exhortación que les hizo fue que aceptaran el cese de hostilidades, pues la suya era una causa sin esperanza. Se habían quedado solos y no tenían de dónde esperar ayuda. Los pueblos que antes tenían sometidos se habían rebelado pasándose al campo español.

Los dignatarios no se atrevían a presentarse ante Cuauhtémoc con tal embajada; finalmente, hubo dos que se prestaron a hacerlo, pidiendo sólo que se les diese una carta. Se redactó una, explicándoseles su contenido. Cinco de a caballo los escoltaron hasta el borde de la laguna para que abordaran una canoa. Un esfuerzo que a nada condujo. Al día siguiente, de nueva cuenta, estaban de retorno los de Chalco. En una manta traían pintado el dispositivo de las tropas que Tenochtitlan tenía preparadas para lanzarlas contra ellos. Esa era la respuesta de Cuauhtémoc. Cortés se dispuso a la pelea saliendo de Texcoco para ir a su encuentro; llevaba treinta de a caballo y trescientos de a pie. Llegando a Chalco se les unirían cuarenta mil más; mientras, Sandoval quedaría en Texcoco con veinte de a caballo y trescientos de a pie, con el encargo de cuidar el ensamble de los bergantines.

En la espera habían transcurrido varios días, era ya viernes, cinco de abril (tanto Bernal como Cortés coinciden en la fecha). El propósito de éste consistía en bordear la laguna. Las referencias constantes a las acciones de Sandoval podrían dar la impresión de que todo el peso de la campaña descansaba sobre sus hombros, mientras los demás capitanes se encontraban ociosos, pero lo que ocurre es que en la reseña de los sucesos de esos días, es el único al que Cortés identifica por nombre.

Fueron a dormir a Tlalmanalco, y según recuerda Bernal, nunca antes habían marchado en medio de un número tan grande de aliados. Llegaron a un peñón (cuya identificación no puede establecerse con precisión), e intentaron tomarlo por asalto. Los ataques resultaron infructuosos. La naturaleza del terreno presentaba serias dificultades para escalarlo. Luego de sufrir la muerte de dos soldados y de otros más, que resultaron heridos, Cortés renunció a tomarlo y siguió de largo. Ésa sería la ocasión única en toda la guerra en que se habría dado la vuelta sin ocupar el objetivo. El precio en sangre hubiera resultado muy alto y la posición carecía de valor estratégico. En las cercanías se encontraba otro peñón de más fácil acceso, y hacia allá se dirigió. Ante la embestida, los defensores comenzaron a replegarse. Con ellos había un regular número de mujeres y niños. El calor y la falta de agua tornaban precaria la situación; de pronto, las mujeres comenzaron a agitar mantas pidiendo que cesase la lucha, al par que dirigiéndose a los españoles batían las palmas, señalando que servirían para hacer tortillas, por lo que pedían que no las matasen.[480] Cortés aceptó la rendición dando órdenes a los aliados para que no se cebasen en los vencidos. En este punto viene al caso ocuparse de una disputa ocurrida entre Bernal y Pedro de Ircio. Ocurre que a todo lo largo de su libro, Pedro de Ircio es la cabeza de turco sobre la que descarga sus golpes. Está visto que tiene por él una profunda antipatía, y no pierde ocasión en zaherirlo. Lo considera un inútil para la guerra, y cuando no tiene otro argumento, lo llama paticorto. Pero por las demás referencias se nota que se trata de un capitán ameritado, al menos así lo considera Cortés. Pues bien, en la acción del peñol ocurrió un suceso que quizás explique el origen de esa animadversión. Bernal en esa ocasión iba a las órdenes de Ircio, y cuando ocuparon el sitio cargó a cuatro de sus naborías con sacos de maíz que allí encontraron. Ircio se opuso a ello, y hubo de desistir. Pero aquí hay algo más que no debe pasarse de lado: ésta no será la única ocasión en que Bernal hable de los indios a su servicio, lo cual muestra que cada soldado español, durante las batallas, tendría a su lado a varios de ellos como auxiliares personales.

Prosiguieron la marcha rumbo a Oaxtepec, alojándose en el trayecto en la casa del señor local, situada en medio de huertas y jardines. Cortés, que es tan poco dado a describir lugares, en esa ocasión se hace lenguas al hablar; según esto, tendría dos leguas de circunferencia, y en ella había grandes jardines muy frescos, árboles frutales, hierbas aromáticas y flores olorosas, «que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta».[481] Bernal, quien repuesto ya del bote de lanza, esa vez sí participó en la acción, habla muy admirado de la huerta, expresando que tanto Cortés, como Alderete y fray Pedro Melgarejo, dijeron que no habían conocido cosa semejante en Castilla.[482] (En la actualidad, los paseantes de fin de semana pueden disfrutar de ese parque, que sirve de asiento al conocido centro vacacional que allí opera.) Yautepec fue ocupado sin resistencia. Los defensores, al ver aparecer el enorme ejército atacante, se desbandaron al momento. En Jilotepec sus moradores fueron tomados por sorpresa y muchos sucumbieron en el ataque. Cortés permaneció allí dos días en espera de que el cacique viniera a ofrecer la obediencia y, como no apareció, le puso fuego al lugar. Allí mismo se presentaron los caciques de Yautepec que andaban huidos, para prestar el juramento requerido. El punto siguiente de destino fue Cuauhnahuac. (El nombre comenzó a corromperse desde el primer momento; Cortés —quien más tarde fijaría allí su residencia— la llama Coadnabaced; Bernal, que al principio comenzó llamándola Cornavaca, termina por escribir Cuernavaca. No debe descartarse que haya sido él quien le impusiera el nombre.) Se trataba de un lugar de muy difícil acceso, protegido por barrancas profundas. Los defensores habían levantado los puentes y, con la seguridad de encontrarse a salvo, lanzaban flechas e insultos a los asaltantes. Se encontraban en eso, cuando un tlaxcalteca encontró un paso. Fue seguido por cinco españoles, y cuando estuvieron dentro del recinto cayeron por la espalda a los defensores. Estos, creyendo que era un ejército numeroso el que atacaba, se desbandaron al momento. Unos murieron desbarrancados, y otros huyeron por los cerros. Al declinar el día, el cacique del lugar, acompañado de algunos principales, se acercó a dar la obediencia.[483]

Al día siguiente, concluida victoriosamente esa campaña, Cortés resolvió marchar sobre Xochimilco; es entonces cuando ocurrirá uno de los sucesos más sorprendentes e inexplicables de toda la campaña. Una imprevisión que estuvo a punto de costarle la vida, tanto a él como a todo el ejército. Los hechos ocurrieron así: se internaron por un sendero entre bosques de pinos frescos y aromáticos, el cual, a grandes rasgos, sigue el trazo de las actuales carreteras. Es la ruta obvia que va serpenteando entre montañas y valles. Y como cualquier automovilista lo puede apreciar, en todo el trayecto no se encuentra ni un solo río, arroyo o manantial. El día era caluroso, y a la caída de la tarde la sed comenzó a morder a toda aquella masa humana. Siguieron avanzando, y al día siguiente, como no dieran con un pozo que supuestamente estaría a mitad del camino, Cortés destacó a seis jinetes para que fuesen de avanzada, explorando en busca de agua. Bernal refiere que la sed lo atormentaba de tal manera, que junto con tres tlaxcaltecas servidores suyos se fue tras los de a caballo. Olid, cuando se dio cuenta de que los seguía, le ordenó volverse, pues corría riesgo en caso de que tuviesen un mal encuentro. Argüyó Bernal, y como eran amigos, le permitió que los siguiera, advirtiéndole que en caso de que toparan con los mexica, debería aparejar los puños para pelear, y los pies para ponerse a salvo. Media hora antes de llegar a Xochimilco, encontraron agua dentro de unas casas; Bernal y sus servidores bebieron hasta saciarse, y luego, con un cántaro lleno, se regresaron a buscar al ejército. Se toparon con Cortés quien venía al frente de los jinetes, y allí les ofrecieron el agua que habían traído oculta, «porque a la sed no hay ley».[484]

Desfalleciente por la sed, el ejército llegó a Xochimilco, aunque tuvieron que ganarse el agua, pues los habitantes del lugar presentaron una resistencia firme. Cortés se metió dentro de las filas enemigas, y en un momento dado, el Romo se echó al suelo de puro fatigado. El animal llevaría al menos tres días sin beber. Defendiéndose con la lanza, mantenía a raya a los que lo rodeaban intentando capturarlo vivo; fue en esos momentos críticos cuando apareció un tlaxcalteca, quien lo ayudó a salir del trance. Juntos se abrieron paso combatiendo. La batalla se resolvió con victoria para los atacantes, y dueños ya del campo, Cortés preguntó por su salvador. Nunca lo encontró. Años después, cuando comenzaron a forjarse las leyendas, se quiso ver en ese hecho una intervención de la Providencia. Cervantes de Salazar escribe que Cortés quedó convencido de que su misterioso salvador no habría sido otro que el apóstol San Pedro.[485] Por supuesto, él nunca afirmó tal cosa.

La actuación de Cortés en este caso resulta desconcertante; ¿cómo explicar que hubiera emprendido esa marcha de Cuernavaca a Xochimilco sin antes informarse debidamente si encontrarían agua en el trayecto? En ese momento se estima que venía al frente de sesenta mil hombres, y lo acompañaban otros caudillos indígenas, que se supondría conocerían bien el terreno. Y para saciar la sed de una masa humana de esa magnitud no bastaba ese pozo aislado que nunca encontraron; ¿de quién fue la culpa, por haber dado un informe erróneo? Además, se trataba de terreno conocido para los españoles. Cortés, en su carta no señala culpables; lo que sí dice es que «muchos de los indios que iban con nosotros perecieron de sed». Bernal apunta que los muertos fueron un español y un indio.[486] Una imprudencia que pudo haberle costado la vida al ejército entero. Nunca se aclararon las razones que lo decidieron a lanzarse a esa marcha forzada. Un contraste notorio con la llegada ordenada de los tlaxcaltecas a Texcoco, cuya columna venía seguida por una legión de aguadores y avitualladores.

A través de cinco notables hechos prisioneros, se tuvo conocimiento de que se planeaba un contraataque para recuperar Xochimilco. Cortés subió a lo alto del templo, y desde allí pudo contemplar cómo la laguna se hallaba cubierta de canoas que se aproximaban. Estimó que serían unas dos mil, y doce mil los atacantes que venían por tierra. Se trabó la pelea. Los capitanes mexica esgrimían espadas españolas, de las capturadas durante la Noche Triste, movidos por algún factor psicológico, pensando quizás que con ello se igualarían a los españoles. El uso de la espada por parte suya constituyó un desacierto, pues prescindieron de la macana con la que eran eficientes, para utilizar un arma cuya esgrima desconocían.[487] Pronto fueron rechazados. En ese combate resultaron heridos numerosos españoles y hubo dos muertos. Bernal apunta que cuatro españoles fueron capturados vivos en sorpresivo golpe de mano y llevados a Tenochtitlan; y allí, luego de interrogados, fueron sacrificados y sus cabezas exhibidas por los pueblos.[488] Ese sería el destino deparado a los españoles.

Cortés permaneció a la espera de que los notables de Xochimilco vinieran a prestar el juramento de vasallaje y, al no aparecer éstos, ordenó quemar el lugar. Y así desapareció el Xochimilco prehispánico; la única referencia que ha quedado de él, es lo que escribió: «… y cierto era mucho para ver, porque tenía muchas casas y torres de sus ídolos de cal y canto, y por no me alargar, dejo de particularizar otras cosas bien notables de esta ciudad».[489] Se movieron rumbo a Coyoacán, adonde llegaron a las diez de la mañana. La ciudad se encontraba despoblada. El propósito de Cortés era completar el recorrido de todas las márgenes de la laguna para reconocer el terreno e identificar los puntos por los cuales los sitiados podrían recibir refuerzos, así como los más apropiados para el ataque. Reposaron allí dos días, para proseguir la marcha rumbo a Tacuba. En ésa, hizo una breve parada; sólo lo suficiente para estudiar su situación defensiva. Cuando reanudaron la marcha, los mexica equivocadamente pensaron que huían y atacaron el centro de la columna, donde iba la impedimenta. El terreno era llano, por lo que los jinetes lo recorrían a media rienda, alanceando a todos los que se les ponían por delante. De pronto, en medio de la confusión del combate, pasó inadvertido a Cortés que dos de sus incondicionales mozos de espuelas, quienes siempre corrían combatiendo a su lado, habían desaparecido. Se trataba de Pedro Gallego y de Francisco Martín, a quien apodaban Vendaval, por lo alocado que era. Después del tropiezo de la Noche Triste, ésta vendría a ser la segunda ocasión en que Cortés se sentiría más afectado; según Bernal, la emoción hizo que se le quebrara la voz. El franciscano fray Pedro Melgarejo de Urrea hacía esfuerzos por consolarlo. El bachiller Alonso Pérez, quien andando el tiempo sería fiscal en la ciudad de México, se acercó para decirle, «Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer». Cortés, al referir este episodio al Emperador, escribió: «Sabe Dios el sentimiento que hube».[490] Y como se vivía en una época en la que todavía se componían romances, al momento surgió un cantar que recogía el trance:

En Tacuba está Cortés

con su escuadrón esforzado

triste estaba y muy penoso

triste y con gran cuidado,

una mano en la mejilla

y la otra en el costado[491]

Siguiendo el borde de la laguna llegaron a Cuautitlan. Entraron sin combatir. Se hallaba despoblada. Venían calados hasta los huesos. No cesaba de llover, de hecho, nadie logró dormir. No conseguían hacer fuego para calentarse, de puro mojada que se encontraba la leña. Eso ocurre a comienzos de la segunda semana de abril, lo cual indica que fue un año en el que la temporada de lluvias se adelantó. De Cuautitlan pasaron a Acolman, donde los aguardaba Sandoval con un grupo de españoles y aliados texcocanos, quienes ya se encontraban preocupados por no saber de ellos. Las noticias eran buenas. Los bergantines se encontraban ya a punto, y habían llegado más españoles.