Capítulo 6
Prendimiento de los Calpixques

En Quiahuiztlan aparecieron los recolectores de impuestos de Motecuhzoma. Eran cinco y, ensoberbecidos, pasaron ante los españoles sin dignarse volver la cara para mirarlos. Cada uno sostenía entre las manos una flor que venía oliendo; y, así, en actitud prepotente, se dirigieron a los notables recriminándoles el haber dado acogida a esos extranjeros sin licencia de Motecuhzoma. Los notables temblaban, mientras los calpixques (así se denominaban esos funcionarios) exigieron como reparación la entrega de veinte jóvenes destinados al sacrificio. Cortés, que presenciaba la escena, una vez que se enteró de qué se trataba, instó a Quauhtlaebana a sacudirse de una vez por todas el yugo de Motecuhzoma. Éste vaciló un momento, pero al fin, sopesando el ofrecimiento de ayuda que se le hacía, dio la orden y al momento sus hombres se abalanzaron sobre los calpixques, atándolos de pies y manos. A uno que se resistió lo molieron a palos. En el poblado totonaca hubo euforia al constatar lo fácil que había resultado sacudirse el yugo mexica. Los prisioneros fueron entregados a Cortés, quien solicitó tenerlos bajo su custodia y, apenas llegada la noche, ordenó que dos de ellos fuesen llevados a su presencia; en cuanto los tuvo delante, les preguntó qué les había ocurrido. Los asombrados calpixques no daban crédito a que se les hiciese esa pregunta, replicándole que se hallaban reducidos a ese estado por instigación suya, pues de otra forma los totonacas no se hubieran atrevido a alzar un dedo en su contra. Con toda naturalidad y cinismo, Cortés les aseguró ser ajeno a lo ocurrido, ordenando que se les diese de comer y beber. Y cuando se hubieron repuesto lo suficiente, a través de los intérpretes les trasmitió un mensaje para Motecuhzoma, en el que le reiteraba su amistad y el deseo de ir a visitarlo. Para evitar que pudiesen caer nuevamente en manos totonacas, fueron embarcados en un navío de poco porte, que partió para depositarlos en una playa fuera de la jurisdicción de Cempoala. A la mañana siguiente, al tener conocimiento de lo ocurrido, el Cacique Gordo tuvo un sobresalto. Pidió explicaciones y Cortés negó su participación en el hecho y, fingiéndose enojado, para evitar la fuga de los restantes, hizo subirlos a un navío cargados de cadenas. Esa misma noche repitió con ellos la acción, poniéndolos en libertad. La angustia de los caciques aumentó a tal grado, que no encontraban la forma de volver a granjearse la gracia de Motecuhzoma. Cortés los atajó con firmeza: no habría marcha atrás; el paso dado era irreversible. Además, allí estaba él para brindarles protección.

Antes de que transcurriese mucho tiempo, los totonacas pusieron a prueba los ofrecimientos de su protector, diciéndole que los de un pueblo vecino, por instigación de los mexica, se disponían a atacarlos. Cortés, quien, al parecer, intuyó que allí había una trampa y lo querían involucrar, para ser ellos quienes saqueasen el pueblo vecino, discurrió entonces una salida que no deja de tener un toque humorístico. Les respondió que enviaría un soldado y que con eso sería suficiente. El designado fue un vasco apellidado Heredia, veterano curtido de las guerras de Italia, quien tenía una catadura impresionante: barba espesa, tuerto, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y, por añadidura, cojeaba. Bernal cuenta cómo entre risas les dijo que siendo un hombre tan feo, lo tomarían por un ídolo. Heredia, muy ufano por la misión que se le encomendaba, escuchó las instrucciones y con la escopeta al hombro partió rengueando, seguido por un nutrido grupo de totonacas que no acertaban a comprender de qué se trataba. Llegado a un arroyo se detuvo a lavarse las manos y, luego, dirigiéndose hacia unos árboles, tras los cuales sabía que se encontraban infinidad de ojos observándolo (incluidos algunos mexica), se encaró la escopeta al hombro y disparó en dirección al bosque. Luego, dándose la vuelta, retornó al campamento.[180] Imposible saber cómo interpretarían la acción totonacas y mexica, pero el caso es que la jugarreta surtió efecto. Con un solo disparo, Cortés había ganado una batalla.

Se presentó en la Villa Rica una embajada de Motecuhzoma. La encabezaban dos jóvenes, aparentemente sobrinos suyos (podría tratarse de hijos de Cuitláhuac). Traían un doble encargo: por una parte, agradecer la libertad de los calpixques, y, por otra, reclamarle que anduviese fomentando la sedición. Cortés, revirtiéndoles la demanda, los acusó de una grave falta de cortesía, por haberlo dejado solo en el arenal, privado de alimentos; en cambio, los totonacas sí habían demostrado ser sus amigos. De nueva cuenta insistió en la visita a Motecuhzoma. Aquello era inexcusable, pues, según dijo, se lo había ordenado su soberano. Como gran final, para impresionarlos, el pelotón de jinetes, con Alva rado a la cabeza, escaramuceó e hizo todo tipo de evoluciones. Eso formaba parte del mensaje. Sin más, los emisarios se retiraron. No hubo acuerdo.

Antes de marchar hacia el interior, Cortés quería asegurarse de que tenía las espaldas cubiertas; para ello buscó concertar una alianza con Cempoala. Malintzin tuvo a su cargo traducir fielmente los alcances del juramento de vasallaje a los reyes de España, que Diego de Godoy dejó consignado en una escritura pública, para los efectos de darle solemnidad al acto. A su vez, los caciques ofrecieron ocho doncellas, hijas de notables, para que los españoles tuviesen descendencia con ellas, de manera que ambas naciones quedaran unidas por lazos de sangre. Cortés expuso que, para aceptarlas, primero tendrían que bautizarse, y a su vez, Cempoala debería abandonar el culto a sus dioses. En un principio los caciques rehusaron, aduciendo que sus dioses eran quienes les daban las buenas cosechas. Pero Cortés se mostró irreductible. No podía existir alianza entre cristianos e idólatras. Se trataba de hacer que rompieran lazos con el pasado. El dilema fue, o aceptaban la protección en los términos en que les era ofrecida, o quedarían a merced de Motecuhzoma. Ante trance tan doloroso, los caciques repusieron que ellos no tocarían a sus dioses, pero… tampoco interferirían si otros lo hacían. Aquello fue suficiente; a una señal de Cortés, cincuenta hombres escalaron la pirámide, y al momento comenzaron a rodar ídolos gradas abajo; mientras, los totonacas contemplaban la escena paralizados por el terror. A golpe de martillo se continuó la destrucción, arrojándose los pedazos a una hoguera para que quedasen calcinados. Se trataba de borrar la memoria de los dioses de Cempoala. Concluida la destrucción, de manera meticulosa se procedió a limpiar las costras de sangre de la pirámide para blanquearla con cal a continuación. Terminado eso, se le coronó con la Cruz y se colocó una imagen de la Virgen.

Fue bautizada la sobrina del Cacique Gordo, que le correspondió a Cortés (ésta, según apunta Bernal, era muy fea), recibiendo el nombre de Catalina, mismo de su madre y de la esposa que dejó atrás, y que más tarde impondría a tres de sus hijas, ¿algún oscuro recoveco freudiano? Una vez concertada la alianza prohibió los sacrificios humanos y la antropofagia, exhortándolos a que abandonasen la sodomía. El travestismo era cosa corriente en Cempoala; según refiere Bernal, numerosos jovencitos vestidos de mujer se ganaban la vida ejerciendo el oficio.[181] El desenfado con que se movían llamó poderosamente la atención a los españoles. La repugnancia con que era vista la homosexualidad en el siglo dieciséis no era exclusiva de España, puesto que en varios países europeos se hallaba penada con la hoguera.

El pensamiento del ejército

En vísperas de la marcha hacia el interior, aparece patente que la mayoría de aquellos hombres no tenía una idea clara de lo que venían a buscar. Constituían una masa heterogénea en la que los pareceres variaban; un grupo lo constituían desocupados y antiguos soldados de los tercios del Gran Capitán, gente que se ganaba el pan con la espada, quienes habían venido con el propósito exclusivo de obtener un botín; aventureros que embarcaron porque no tenían mejor cosa que hacer. Por otra parte, se contaban aquellos quienes ya comenzaban a tener una situación estable en Cuba, y que, movidos por la ambición o porque se aburrían, se embarcaron en la aventura. Algunos de éstos ya habían llenado su cuota de emociones fuertes y ansiaban regresar, conscientes de la magnitud del peligro que tenían enfrente. Estaba la facción velazquista, muchos de los cuales favorecían la idea de permanecer sin apartarse de la costa, en espera de que les llegasen refuerzos, conscientes además del riesgo que entrañaba seguir a un rebelde. Velázquez era el gobernante legítimo, y desconocerlo equivalía a oponerse a la voluntad real. Como cabezas visibles, además de Diego Ordaz, se identifica a Juan Velázquez de León, Francisco de Moría, Escobar El Paje, Alonso de Ávila y Alonso de Grado, entre los más notorios. Se trataba de una facción numerosa, y en la que se contaban personajes de monta, pero Cortés les ganó la mano. Las ejecuciones sirvieron para afianzar su autoridad. Se impone la voluntad de internarse en el país, pero en ese momento se plantea la pregunta: ¿cuál era el plan? Las ideas de Cortés las conocemos, pues éstas se manifestaron claras desde el comienzo, pero, ¿las compartía el ejército? Por la carta del cabildo, se diría que quienes estuvieron detrás de ella sí suscribían el proyecto, pero al parecer, estaban lejos de constituir mayoría. Eso parece desprenderse de los términos de la escritura redactada por el notario Diego de Godoy el 5 de agosto de 1519, o sea, diez días antes de que iniciaran la marcha hacia el interior del país. En ésta se recoge un acuerdo celebrado entre Cortés y el cabildo de la Villa Rica de la Vera Cruz de Archidona (este es el nombre completo), estipulando la igualdad de condiciones para aquellos que permanecerían en la costa con respecto a los que partían hacia el interior. El propósito fundamental era garantizar a estos últimos, que habrían de recibir partes iguales a las de aquellos que Cortés llevaba a las provincias de Coluacan. Se trataba de no quedar en desventaja a la hora del reparto. Hay varios puntos que se consideran en este documento: el primero, que si los totonacas eran atacados y derrotados, podrían quedarse aislados en el interior del país; por ello, era imperativo dejar una guarnición que les cubriese las espaldas y, para eso, quedaban los de la Villa Rica. Por tanto, deberían corresponderles partes iguales «de todo el oro, joyas e piedras e otras cualesquier cosas de valor que en la dicha entrada se obieren, hasta volver a la dicha Villa».[182] Eso habla de una incursión de ida y vuelta. Se obtenía un botín y se regresaba a la costa. Ninguna mención a lo que seguiría después. Una incursión a la manera de las que se realizaban durante la Reconquista, cuando llegado el verano las tropas musulmanas organizaban la aceifa para adentrarse en reinos cristianos, asolándolo todo a su paso y traer de regreso esclavos, ganado y todo lo que hubieran encontrado en el camino. A su vez, los cristianos respondían con las entradas o cabalgadas, que venían a ser lo mismo. Pues esos fueron los alcances fijados para la incursión. El acuerdo está redactado en unos términos vagos, en los que, aparentemente, se contempla el retorno a la Villa Rica pero sin precisar lo que harían a continuación; ello es, si permanecerían allí en espera de refuerzos o si se volverían a Cuba a disfrutar de sus riquezas. Y, por demás está decirlo, en ninguna parte aparece la menor alusión a ganar adeptos para la fe de Cristo y agregar nuevos territorios a la Corona de España. En materia de tiempo, son muy pocos los días que separan esta carta de aquella que llevaron los procuradores, pero en contenido son algo diametralmente distinto. La primera, en la que se trasluce la mano de Cortés, contiene una visión de estadista; en ella se dan a conocer los informes que ya se tienen sobre el interior del país —tierras aptas para apacentar ganado—, así como de las muchas almas que se ganarán para la fe una vez erradicada la práctica de los sacrificios humanos; en fin, la creación de un nuevo país a imagen y semejanza de España. Una de las características de la segunda escritura es que lleva nada menos que veinte firmas, señal evidente de que fue un documento ampliamente discutido y en el que hubo muchos que metieron mano. La comparación de esta escritura con la carta llevada por los procuradores pone al descubierto que, en vísperas de iniciarse la marcha hacia el interior, no terminaban de ponerse de acuerdo acerca de los objetivos perseguidos; obtendrían un botín, ¿y después, qué? La escritura contiene otro punto que reviste importancia: se otorga a Cortés el quinto de todo lo que «se obiere en las dichas entradas», después de sacado el quinto correspondiente a la Corona, en virtud de los cuantiosos gastos hechos por él para socorrer a todos los que vinieron en su compañía.[183] Éste es el segundo documento, en que sus propios hombres reconocen que ha sido él, quien de su peculio personal, ha cargado con la mayor parte del gasto para el financiamiento de la expedición.

La marcha al interior

En Cempoala, Cortés convocó a los caciques para notificarles que era llegado el momento en que debería iniciar la marcha al interior. El propósito era entrevistarse con Motecuhzoma. Los totonacas aportaron un número suficiente de esclavos para transportar el fardaje y, lo que es más importante, un contingente militar cuyo número, en una parte se cifra en trescientos, y en otra, en seiscientos hombres. La participación de estos primeros aliados de los españoles, que sería de gran importancia en los combates que sostendrían con los tlaxcaltecas, tiende a soslayarse; imposible saber cómo se hubiera escrito la historia de no haber contado con su ayuda. Está claro que, en un primer momento, este contingente contribuyó en buena medida a inclinar la balanza a favor de Cortés. Los nombres de los jefes militares totonacas recogidos por Cervantes de Salazar serían Teuch, Mamexi y Tamalli (Torquemada, versado en lenguas indígenas, los escribe de la misma manera).[184] Los tres demostraron ser esforzados. En su Segunda Relación, Cortés apunta que tomó rehenes; «Y para más seguridad de los que en la villa quedaban, traje conmigo algunas personas principales de ellos con alguna gente, que no poco provechosos me fueron en mi camino».[185] Ningún autor menciona los nombres de esos rehenes; pudiera ser que los propios jefes militares fuesen esas personas principales a que alude.

Cortés se disponía a iniciar la marcha hacia el interior, cuando fue informado de la presencia de un navío que, ignorando todas las señales que le hicieron para que fondease en la Villa Rica, se siguió de largo. Como navegaba tan próximo a la costa, Escalante galopó a lo largo de la playa, llevando sobre los hombros una capa grana que ondeaba al viento. Estaba seguro de que lo habían visto. Cortés, sin pérdida de tiempo, se dirigió a la Villa Rica y allí, éste le informó que el navío había largado el ancla en un paraje distante tres leguas. Y hacia allá se encaminó acompañado de cuatro jinetes y seguido a distancia por cincuenta de a pie, seleccionados entre los más ágiles. Bernal dice que él fue uno de ellos. Llegaron hasta donde se encontraba el navío, y allí, ocultos entre los arbustos, permanecieron largas horas al acecho. Bajaron a tierra cuatro hombres y al momento les pusieron la mano encima. Se trataba de gente de Francisco Álvarez Pineda, un capitán de Garay, que había poblado en la desembocadura del río Pánuco y que ahora los enviaba a tomar posesión de la tierra. Se enteraron entonces que desde el año anterior, Garay había obtenido de la Corona la autorización para poblar del río de San Pedro y San Pablo hacia el sur (no está claro de cuál se trate); esta sería otra evidencia de que en el momento en que Cortés puso pie en tierra mexicana ya era conocido todo el litoral del Golfo. Mientras las expediciones partidas de Cuba iban costeando de sur a norte, las originadas en Jamaica lo hacían en sentido inverso a partir de la Florida. A la muerte de Garay, ocurrida en la ciudad de México, se perdieron todos sus papeles, de manera que no hay forma de saber cuándo inició los viajes de exploración, cuántos fueron, y hasta dónde llegaron. Cortés concedió suma importancia a la presencia de ese navío, como lo pone de manifiesto el hecho de que alterase sus planes de marcha y que, teniendo capitanes disponibles, acudiera en persona a ocuparse del asunto. Todavía no se internaba en el país y ya tenía que cuidar que no se le fuera a meter otro en sus terrenos para disputarle la Conquista.

Hicieron señas al navío, pero éste no respondió. Visto eso, Cortés dispuso que cuatro de sus hombres vistiesen las ropas de los capturados, mientras él y el resto de su gente hicieron ademán de alejarse de la playa. Los cuatro disfrazados hicieron su aparición y comenzaron a llamar a los del navío. Para que no se advirtiese el engaño, lo hacían bajo unos arbustos que les daban sombra. Llegó el batel a recogerlos y, en ese momento, hicieron aparición Cortés y los suyos. Los del batel emprendieron la huida, pero dejaron en tierra a seis que no consiguieron reembarcar, siendo apresados. El navío levó anclas y Cortés se encontró con que su ejército había aumentado en diez hombres. Entre los capturados figuró Alonso García Bravo, el Jumétrico. Éste sería el hombre que más tarde habría de auxiliarlo en el trazo de la ciudad de México.

De regreso en Cempoala, el 16 de agosto de 1519, Cortés dispuso la partida. Habían transcurrido cuatro meses menos cinco días, desde aquel jueves santo en que llegó al arenal de Chalchicuecan. En ese periodo había instigado una rebelión, sustrayendo a la obediencia de Motecuhzoma una parte de la región totonaca. Atrás, para cuidarle la retaguardia, quedaría Juan de Escalante, quizás su mejor amigo y, quien figuraba como uno de sus colaboradores más destacados. Éste permanecería al mando en la Villa Rica, con el encargo de concluir la construcción de la fortaleza; con él quedaría un contingente de ciento cincuenta hombres, entre los que se contaban los enfermos y buena parte de la marinería. También le dejaba dos caballos y unos tirillos de campo. Según explicó a los caciques, Escalante quedaba allí para protegerlos, y ellos, a su vez, deberían velar por que no le faltasen víveres y acudir cuando los llamase. Gómara se equivoca al decir que quien quedó al mando fue Pedro de Ircio (error que Bernal advierte al momento); se trata, desde luego, de un yerro importante, ya que en aquellos momentos en que dividió el ejército, el mando de Escalante era el más importante después del suyo.[186] En Cempoala quedó como ermitaño a un soldado cojo para cuidar el adoratorio colocado en la pirámide, y también dejó encomendado con el Cacique Gordo a Juan Ortega, un chico de doce años.[187] Se trata del único niño español participante en la Conquista. Este venía con su padre, un soldado veterano de las guerras de Italia.

Pedro de Alvarado, sobre los lomos de su yegua, marchaba en punta al frente de un centenar de hombres; Cortés lo seguía, con el grueso del ejército, con un día de diferencia. Iban separados para no resultar una carga excesiva para los poblados por donde pasarían. La forma despreocupada como la vanguardia se internaba en territorio desconocido, pone de manifiesto que no esperaban sorpresas, como en efecto sucedió. Avanzaban por terreno dependiente del área totonaca, siendo bien acogidos por dondequiera que pasaban. La subida al altiplano transcurrió sin incidentes. De pronto el paisaje cambió y, en lugar de la vegetación tropical, comenzaron a discurrir por bosques de pinos de gran altura, cubiertos de brumas. Se sentía frío. Bernal informa que, en una jornada, llegaron a Jalapa, mas fray Juan de Torquemada al momento le enmienda la plana, señalando que serían de tres a cuatro, máxime encontrándose en medio de la temporada de lluvias.[188] Fray Juan de Torquemada fue un inquieto franciscano que pudo seguir muy de cerca las pisadas de los conquistadores, pues vino a muy corta distancia de ellos. En Guatemala alcanzó a conversar con Bernal Díaz del Castillo cuando éste se encontraba «ya en su última vejez, y era hombre de todo crédito».[189] Los testimonios de fray Juan, recogidos en su Monarquía indiana, son valiosos en extremo, pues se trata de un autor muy ponderado que pasó por el tamiz de la crítica muchos de los relatos iniciales; además, se trata de la obra de alguien que llegó a dominar varias lenguas vernáculas. Por lo mismo, pudo aquilatar debidamente los relatos de algunos de sus informantes indios, quienes fueron testigos presenciales de los hechos que le relataron. Existen pasajes verdaderamente interesantes de la obra de este franciscano, que aportan luz sobre algunas situaciones confusas. Torquemada vendrá a ser el cronista más tardío cuyo testimonio se recoja en estas páginas. Su libro fue publicado en 1616.

En Jalapa, la antigua Xalapan, que en aquellos días no pasaba de ser un caserío insignificante, unieron fuerzas Cortés y Alvarado, para marchar juntos en lo sucesivo. Fue allí donde se les perdió el potro de la yegua de Juan Núñez Sedeño, al cual encontrarían año y medio más tarde conviviendo con una manada de venados. Resultó un buen caballo. A la vista estaba el cono nevado del Pico de Orinaba, que en aquellos momentos, para ellos continuaba siendo la Sierra de San Martín. Hasta allí habían llegado sin contratiempos, prueba de que los aliados totonacas resolvieron adecuadamente todos los problemas de logística. Pronto el paisaje varió abruptamente, entrando en terreno inhóspito donde sólo crecían cactáceas. El agua faltaba por completo y lo único que podían llevarse a la boca eran tunas. Esa fruta desconocida les ocasionaría un gran sobresalto, pues algunos, al ver que la orina se les tornaba roja, pensaron que expulsaban sangre. Fueron tres los días de pesadilla que pasaron deambulando por ese páramo. Hambre y sed, y por la noche se helaban si el viento venía de la Sierra de San Martín. Una granizada de grandes pedruzcos, que los sorprendió a campo abierto, les hizo mucho daño, muriendo varios indios cubanos, según menciona Cortés en su Relación. Llegaron a un paso donde se encontraba apilada mucha leña. Ese sería llamado el Puerto de la Leña; de allí en adelante el paisaje comenzó a tornarse más amable. Volvieron a adentrarse por senderos que discurrían por bosques de coníferas. Finalmente, llegaron a Zocotlan (la actual Zautla), dentro ya de los límites de la Sierra de Puebla. Unos soldados portugueses dijeron que, por lo blanco de las casas, se parecía a la villa de Castilblanco en Portugal (Castelo Branco, evidentemente), y así llamaron al lugar. De tan maltrechos que venían, apenas podían sostenerse de pie. En el trayecto pudieron haberlos matado a todos con facilidad, pero está visto que los caciques de la Sierra de Puebla tuvieron razones para abstenerse de hacerlo. Acerca de las penalidades que padecieron, atribuibles a la ruta seguida, no estará por demás que escuchemos lo que Cervantes de Salazar dice al respecto: «muchos conquistadores de quien yo me informé, que se hallaron en la jornada, dicen que dos Capitanes de Motezuma que gobernaban lo subjeto al imperio de Culhúa, le acompañaron desde Cempoala hasta Tlaxcala y más adelante, y que con malicia llevaron a Cortés por la rinconada, por tierras ásperas y fragosas, de diversos temples, unas muy calientes, para que con las asperezas de los caminos y destemplanza de las tierras enfermasen y muriesen los nuestros y así excusase su ida a México».[190]

Zautla era entonces una población importante, con casas labradas de piedra y muchas huertas. Allí les dieron de comer y les volvió el alma al cuerpo. El cacique se llamaba Olintetl y era un individuo tan obeso que, para moverse, tenía que apoyarse en dos mancebos. Un rictus nervioso ocasionaba que sus carnes se estremecieran a cada momento, de allí que los españoles le impusieran el mote de el Temblador. Este temblador se encontraba verdaderamente angustiado, sólo de pensar cuál sería la reacción de Motecuhzoma cuando se enterase de que había dado acogida a esos forasteros sin licencia suya. Cortés lo acorraló a preguntas y, cuando le demandó si era vasallo suyo, apesadumbrado, respondió con otra pregunta: «¿pero es que hay alguien que no sea vasallo de Motecuhzoma?».[191] Eso marcaba el horizonte visual del cacique: Motecuhzoma señor del universo. Cortés lo atajó de inmediato, haciéndole saber que él venía en representación de un señor todavía más alto, a quien todos deben rendir vasallaje, incluido el propio Motecuhzoma. El mundo de el Temblador se cimbró hasta los cimientos. Eso era más de lo que podía comprender. Dejándose llevar por un impulso, Cortés quiso destruirles los ídolos y poner en su lugar una Cruz, como había venido haciéndolo, pero fue refrenado por fray Bartolomé de Olmedo, quien le hizo ver que ello sería prematuro, pues no los veía bien dispuestos y podrían cometer algún desacato con ella. Cortés se limitó a decir a Malintzin que repitiese el mensaje que iba dejando por todos los sitios donde pasaba: deberían apartarse de los ídolos que los traían muy engañados, dejar la sodomía, abandonar los sacrificios humanos y la antropofagia. En Zautla los españoles vieron lo que era un verdadero tzompantli, con centenares de cráneos sostenidos por varas que los atravesaban por las sienes. Se escuchó que muchos murmuraban por lo bajo, y aconsejaban darse la media vuelta, para regresarse por donde habían venido. La respuesta de Cortés fue en tono grandilocuente; «buscaba engrandecerse en grandeza y no en pobreza». Entre más le ponderaban el poderío de Motecuhzoma, mayor era el deseo que sentía de ir a su encuentro.

Por la región se esparció la fama de esos extranjeros, siendo los totonacas los principales propaladores, puesto que con grandes exageraciones decían todo aquello de lo que eran capaces: «traíamos buenos echacuervos», apunta Bernal.[192] Cuando, intrigados por el mastín de Francisco de Lugo, que ladraba mucho de noche, preguntaban si acaso era león o tigre, éstos les respondían que lo traían para matar a todo aquel que se les opusiera. Y también esparcían la historia de cómo se habían sacudido a los recaudadores de impuestos de Motecuhzoma. Cuando Cortés preguntó por la mejor ruta para ir a ver a éste, Olintetl manifestó que era por Cholula, a lo que los totonacas replicaron que por allí resultaría peligroso a causa de las guarniciones mexica, señalando que lo mejor sería ir por Tlaxcala. Tanto lo afirmado por Bernal, como la lectura de la carta al Emperador, producen la impresión de que sería hasta ese momento, un tanto tardío, cuando Cortés vendría a tener noticia de las rivalidades entre mexica y tlaxaltecas. Decidió, por tanto, ir por tierra de éstos últimos y, para anticiparles su visita, envió a cuatro totonacas como emisarios. Dio a éstos una carta que, aunque no la podrían leer, les haría comprender que se trataba de cosa de mensajería. Como presente acompañó una ballesta y un sombrero de Flandes. Pasó allí cuatro o cinco días descansando y, a continuación, resolvió moverse a Ixtacamaxtitlan, un pueblo vecino, cuyo cacique, Tenamaxcuicuitl, esto es, «Piedra pintada», lo invitaba a visitarlo.[193] Llegado el momento de la partida, Cortés pidió a el Temblador que le diese oro, a lo que éste replicó que, aunque lo tenía, no podía entregarlo sin la autorización de Motecuhzoma; en cambio, aceptó facilitar a veinte notables para que los acompañasen, quienes supuestamente irían para indicar el camino, aunque su verdadera condición sería la de rehenes. Y como ya nada lo retenía en Zautla, se encaminó a Ixtacamaxtitlan. Junto con «Piedra pintada» y el acompañamiento de dignatarios, lo seguían agentes de Motecuhzoma, atentos a cada paso que daba. En ese pueblo reposaron tres días y, al seguir sin noticias de los emisarios enviados desde Zautla, resolvió no aguardar más, por lo que demandó a Tenamaxcuicuitl un contingente militar y, en cuanto lo tuvo, emprendió la marcha. En su compañía iban el cacique y algunos notables que decidieron acompañarlo un trecho. Durante el trayecto, el cacique y los agentes de Motecuhzoma intentaban persuadirlo para que mudase de parecer tomando el camino de Cholula, mientras los totonacas le aseguraban que podría confiar en la amistad de los de Tlaxcala. Y así, avanzaban por valles muy verdes, cuando, de improviso, toparon con una muralla de piedra. Se trataba de una impresionante obra defensiva que se encontraba abandonada. Ese era el límite con Tlaxcala.

Aquella construcción llamó poderosamente la atención, al grado de que todos los autores hablan de ella. Cortés, en su Segunda Relación, dice al Emperador que iba de una montaña a otra, cerrando por completo el valle, y que sería tan alta como estado y medio, o sea, en medidas actuales, unos tres metros; tenía veinte pies de ancho y una entrada estrecha, curvada en forma de ese, lo que la hubiera hecho difícil de franquear en el caso de haber estado defendida. Lo que más intrigó a los españoles, y sigue siendo hoy día una incógnita, es que aquella formidable obra aparentemente carecería de sentido, pues bastaba dar un breve rodeo para franquearla. A una pregunta de Cortés, el cacique de Ixtacamaxtitlan repuso que se encontraba allí a causa de las guerras que ellos, como vasallos de Motecuhzoma, sostenían periódicamente con Tlaxcala; sin embargo, no supo decir quién la había construido. Por lo visto, se trataba de una obra tan antigua, que ya se había perdido la memoria del constructor. En cuanto a su finalidad, ésa no llega a comprenderse, salvo que se tratase de un proyecto inconcluso, de algún déspota que pretendió levantar una especie de Gran Muralla china. Hoy día no queda de ella la menor traza.[194] Permanecieron largo rato contemplándola admirados y luego, tranquilamente, la traspusieron por la puerta La acción tendría lugar el veintinueve o el treinta de agosto de mil quinientos veinte. Hasta ese punto llegó Tenamaxcuicuitl, quien facilitó un contingente de trescientos hombres de guerra, conforme le había sido demandado. Este contingente indígena, que igualaba en número a la fuerza española, resultará invaluable para Cortés en los encuentros con los tlaxcaltecas, ya que se convertirán en los segundos «colaboracionistas». Se desconocen los nombres de sus jefes, ya que ninguna crónica se ocupó de recogerlos.

A poco de andar, cuando cruzaban en medio de un espeso bosque de pinos, encontraron que el sendero se encontraba atravesado por multitud de hilos, de los que pendían papeles. Aquello, según fueron informados, era un maleficio, obra de los hechiceros de Motecuhzoma, con el que confiaban detenerlos. En el caso de que siguieran adelante, el maleficio surtiría efectos, haciendo que perdiesen las fuerzas. Los españoles rieron al enterarse de lo que era aquello, cortaron los hilos y prosiguieron la marcha.[195] Caminaron durante horas sin ver a nadie, y ya al atardecer, al subir una loma, encontraron un grupo armado. Serían una treintena de hombres. Los de a caballo, que iban en descubierta, picaron espuelas para alcanzarlos, instándolos a que no huyesen. De pronto, los fugitivos se dieron la media vuelta, plantaron cara y de unos golpes certeros de macana, mataron dos caballos. La acción resultó sorpresiva para los españoles, que no esperaban esa respuesta. El resto de los jinetes los alanceó, matándolos a todos. Uno de los caballos muertos fue el de Cristóbal de Olid —según refiere Francisco de Aguilar—, al que de un tajo le hicieron un corte profundo en el cuello.[196] Era el primer día en tierras de Tlaxcala, y ya se había venido abajo el mito del caballo. No tardaron en hacer aparición escuadrones de guerreros, obligándolos a replegarse. Parecía que Tlaxcala entera estaba en armas. Se sabía que Cortés iba en camino para visitar a Motecuhzoma y, como además, venían en su compañía los de Ixtacamaxtitlan, de allí que lo tomaran como enemigo. Se combatió hasta el oscurecer, hora en que los tlaxcaltecas se retiraron sin haber conseguido capturar o matar a algún español. No tenían por costumbre combatir de noche. Los españoles y sus auxiliares indígenas acamparon en un caserío próximo a un arroyo. Se presentaron entonces dos de los totonacas enviados como emisarios, a quienes acompañaba una delegación de tlaxcaltecas. Estos se excusaron diciendo que quienes habían dado muerte a los caballos fueron otomíes, una fuerza de bárbaros al servicio de Tlaxcala; pero que, de todas formas, ellos asumirían la responsabilidad pagando su importe. Cortés declinó el ofrecimiento diciéndoles que lo único que buscaba era ser su amigo. No obstante lo manifestado por esa delegación, permanecieron con la guardia alta, recelando ser atacados en cualquier momento. A poco de estar allí comenzaron a aparecer esos perritos mudos que los indios criaban para comer; en la huida los habían llevado consigo, pero, en cuanto los soltaron, comenzaron a volverse a sus casas. Esa fue la cena de esa noche. Según Bernal, las heridas las cauterizaron con el unto sacado del cadáver de un indio gordo.[197]

A la mañana siguiente, los otros dos enviados totonacas estaban de regreso, diciendo que habían huido para escapar a una muerte cierta. En ese momento aparecieron escuadrones de guerreros portando la enseña de Xicoténcatl, uno de los paladines de Tlaxcala. Los españoles comenzaron a batir el terreno con escopetas y cañones pedreros. El efecto psicológico causado fue grande, pues los tlaxcaltecas veían caer a sus hombres sin atinar a comprender qué era lo que los mataba. Los trece jinetes restantes, a media rienda, recorrían el campo apuntando a la cara con las lanzas. Los tlaxcaltecas centraron su empeño en tratar de capturar vivo algún español, cosa que estuvieron en un tris de lograr. Bernal refiere que ese día Pedro Morón, quien era consumado caballista, entró en combate montando la yegua de Núñez Sedeño, la cual cayó muerta de un golpe de macana. Intentaron echar mano a Morón que se encontraba malherido, pero éste sería rescatado por sus compañeros, muriendo dos días después.[198] Se combatió hasta el crepúsculo, hora en que los tlaxcaltecas abandonaron el campo. La yegua sería cortada en cuartos para ser exhibida por todos los rincones de la señoría, y las herraduras ofrendadas a Camaxtle, deidad máxima de Tlaxcala.

Entre los tlaxcaltecas tomados prisioneros, figuraban algunos que denotaban ser personas importantes. Cortés tuvo para con ellos un trato deferente, y luego de asegurarles, a través de los intérpretes, que sólo buscaba su amistad, los puso en libertad. Pero el gesto no tuvo eco. En el día que siguió casi no se combatió; pero uno más tarde, apenas amanecido, ya estaba en el campo un ejército que doblaba en número a los combatientes de los encuentros anteriores. El estandarte era la grulla blanca, emblema de Tlaxcala. Esta vez habían unido fuerzas Xicoténcatl y Chichimecatecutli. Tantos eran, que Teuch sintió que había llegado su última hora. En ese trance, Malintzin lo alentó para levantarle el ánimo. Ese gesto de ella es relatado por Cervantes de Salazar; Bernal, por su parte, alaba su temple: «jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer».[199]

Los tlaxcaltecas no atacaban de manera coordinada; por antiguas rencillas entre sí, los capitanes no se consultaban. Cada cual lo hacía de forma independiente, de manera tal, que en determinados momentos, la masa en lugar de favorecerlos iba en su contra, pues los contingentes se entorpecían mutuamente. Se combatió todo el día sin que los españoles tuvieran una sola baja. No debe perderse de vista que buena parte de la acción recayó sobre los hombros de los de Cempoala e Ixtacamaxtitlan. Y así transcurrió durante los días sucesivos. Cervantes de Salazar recoge una acción ocurrida entonces. Sucedió que en una de las batallas, en un momento dado, uno de los otomíes al servicio de Tlaxcala, se adelantó de entre sus filas para dirigirse al campo español. Venía armado de macana y escudo, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, desafió a los indios auxiliares, para que el más valiente se enfrentase contra él. Uno de los guerreros de Cempoala aceptó el desafío y luego de recibir la autorización de Cortés, salió al campo a enfrentarlo. Los dos ejércitos suspendieron el combate, y a la vista de todos se inició aquel duelo individual. Ambos rivales se acometieron vigorosamente, pero muy pronto el cempoalteca logró asestar a su adversario un golpe en el cuello, derribándolo. Una vez caído lo remató, cortándole la cabeza, y sosteniéndola por los cabellos la mostró ante los tlaxcaltecas como trofeo. Estos, cabizbajos, se retiraron. Fue la acción individual más notable de un aliado indio.[200] Los llanos al pie del monte Matlalcueye serían escenario de una serie de encuentros que se librarían a lo largo de dos semanas. Xicoténcatl, desconcertado al ver que no conseguían matar o capturar a un solo español, para poner en claro contra quiénes combatía, si eran hombres o dioses, discurrió enviarles a cuatro viejas con el mensaje siguiente: «tomad esas cuatro mujeres para que las sacrifiquéis y podáis comer de sus carnes y corazones; y por que no sabemos de la manera que lo hacéis, por eso no las hemos sacrificado ahora delante de vosotros, y si sois hombres, comed de esas gallinas y pan y fruta, y si sois teules mansos, ahí os traemos copal».[201] En vez de seguirle la corriente para mantenerlo en el engaño, Cortés replicó diciendo que eran hombres enviados por un poderoso monarca, y que, si salían con bien de las batallas, ello era porque contaban con la protección del único Dios verdadero. La reacción del adalid tlaxcalteca fue enviarles trescientos guajolotes y doscientas canastas de tamales, «para que no les faltasen las fuerzas».[202] Tapia cuenta que, concluido el combate del día, los tlaxcaltecas se apersonaban en el campamento español con objeto de saber si habría muerto algún soldado, atribuyendo el ataque a los otomíes, y que, a manera de reparación, entregaban tortillas, guajolotes y fruta, para luego inquirir: «¿Qué daño han hecho estos bellacos en vosotros?». Unos espías que traían de comer.[203] Y así continuó esa singularísima guerra; los tlaxcaltecas enviaban comida y Diego de Godoy, el notario real, expedía a Cortés la constancia de que, pese a haber sido requeridos para que viniesen de paz, porfiaban en continuar la guerra. Los hechiceros vaticinaron que los españoles perderían la fuerza en la oscuridad, aconsejando atacar de noche. Para la preparación del ataque nocturno introdujeron algunos espías entre los portadores de la comida, que iban por el campamento mirándolo todo. A Teuch, el totonaca, le sorprendió el tipo de preguntas que hacían a los de Ixtacamaxtitlan. Comunicó sus sospechas a Cortés, y éste hizo detener a uno, quien al ser interrogado, confesó el propósito de su misión. Detuvieron a otros, que también manifestaron lo mismo, y así hasta llegar a cincuenta. Cortés en esa ocasión se mostró tajante y despiadado, ordenando cortarles las manos a todos. Bernal habla de que sólo serían diecisiete a quienes se aplicó el castigo y que a unos únicamente les fueron cortados los pulgares; empero, Cortés, en su carta al Emperador, dice claramente que fueron cincuenta.[204]

En previsión del ataque nocturno, se pusieron pretales de cascabeles a los caballos, y cuando éste se produjo, los jinetes salieron a batir el campo. Era noche de luna, y se movían sin obstáculos, creando una confusión inmensa en las filas contrarias. El ejército tlaxcalteca se puso en fuga. Otra noche, mientras realizaba una de sus habituales rondas, Cortés al pasar junto a una choza escuchó lo que adentro se hablaba: «si el capitán quiere ser loco e ir donde le maten, que se vaya solo. No le sigamos».[205] Por el campamento, se decía en los corrillos, que les había de acontecer lo mismo que a Pedro Carbonero, aquel renombrado personaje que, por adentrarse imprudentemente en tierras de moros, con fuerzas insuficientes, resultó muerto con todos sus acompañantes. La situación llegó a ser tan tensa, que siete de los principales personajes del ejército, cuyos nombres, «por su honor», Bernal silencia (pero que es de suponerse quienes serían, pues resultan conocidos los que hacían cabeza del bando velazquista), realizaron una representación ante Cortés, pidiéndole que aprovechasen ese momento en que los tlaxcaltecas habían aflojado en sus ataques, para darse la media vuelta y ganar la costa. La respuesta fue que Dios estaba de su lado, ya que de otra manera, no se explicarían las victorias a partir del día en que perdieron la yegua.[206]

Transcurrieron tres días de calma, al término de los cuales Cortés resolvió tomar la iniciativa. Salió al campo con cien españoles, trescientos de Ixtacamaxtitlan y cuatrocientos de Cempoala.[207] La acción de esa noche sería la primera en la que el peso de la contienda recaería sobre los auxiliares indígenas. Quemó algunos caseríos, regresando sin resentir pérdida alguna. Lo ocurrido se presta a la conjetura de que, quizás, quiso demostrar a todos aquellos a quienes flaqueaba el ánimo, que él solo, con un puñado de españoles que le eran adictos y los indios aliados, sería capaz de llevar adelante la Conquista. Y algo muy importante a destacar es que, a pesar de que los indios auxiliares poseían lenguas distintas (mientras los de Cempoala eran de habla totonaca, los de Ixtacamaxtitlan tenían el náhuatl como idioma), la diversidad lingüística no parece haber representado un impedimento para coordinar la acción. Sin embargo, la hazaña de esa noche no impresionó mayormente al ejército, y continuó prevaleciendo el derrotismo. Seguía fuerte la idea del regreso a Cuba. Ante tal situación, a la noche siguiente, salió a batir el campo al frente del pelotón de jinetes y sus auxiliares indígenas. Hacía frío y, a poco andar, uno de los caballos rodó por tierra. Mandó que el jinete volviese con él al campamento, y a poco caía un segundo. Repitió la orden y prosiguió la marcha. Vino por tierra un tercero, luego un cuarto y, a continuación, el quinto, y la orden era siempre la misma: que se volviesen. Mientras, él seguía adelante. Finalmente cayó su propio caballo. Llegados a ese punto, sus acompañantes espantados le pidieron que no fuera loco y volviera al campamento.[208] Los agüeros eran funestos. Y aquello de los agüeros era algo a tomarse muy serio, pues, como se verá más adelante, en el ejército figuraba un astrólogo, quien ejercía un ascendiente inmenso y llegó a ser quien estuviera detrás de una acción decisiva que más abajo se verá. Cortés los exhortó a no creer en agüeros, logró que su montura se incorporara y siguió adelante. Vio unos fuegos y hacia allá se dirigió. Aquello era Tzompantzinco, un poblado grande, donde cayó por sorpresa. Los moradores huyeron apresuradamente, presa del pánico, mientras Cortés ordenaba que no se les persiguiese ni se les hiciese daño. Y una vez dueño del campo, subió a una torre y, desde allí, pudo contemplar una gran ciudad: Tlaxcala. A la vista de ella, dijo a Alonso de Grado, alcalde mayor y uno de los personajes de monta en el ejército, que no hubiera tenido caso matar a los pocos que huían habiendo allí tanta gente. El de Grado, que aparte de hombre sensato, no andaba muy excedido de valor, repuso que lo pertinente sería retirarse a la costa y escribir a Diego Velázquez en demanda de refuerzos. La respuesta de Cortés fue que si en ese momento emprendían la retirada, hasta las piedras se volverían contra ellos.[209] En este punto, Bernal afirma que el malestar provenía de que iban muertos ya cincuenta y cinco soldados desde la partida de Cuba. Su cómputo aparece fuera de lugar; cincuenta y cinco muertes habrían significado un agujero inmenso en el ejército.[210] Cortés, en cambio, al dirigirse a Carlos V, expresa que Dios estaba de su lado, pues de otra forma no se explicaría que hubiesen muerto tantos enemigos «y de los nuestros ninguno».[211] Es importante subrayar esas incursiones nocturnas, pues por primera vez Cortés aparece como adalid de indios, conduciendo una guerra entre indios. Se tiene muy presente el odio que se profesaban mexica y tlaxcaltecas, pero suele pasarse por alto que los grupos de la sierra de Puebla y los tlaxcaltecas se tenían un odio semejante. Eso explica la ferocidad con que combatieron los de Ixtacamaxtitlan. No deja de sorprender que Bernal, luego de saltarse el paso por ese lugar, omita igualmente la participación de esos guerreros. Sería de suponerse que la lectura del libro de Gómara le hubiera servido para refrescar sus recuerdos. Pero no fue así; Cortés, en cambio, da el crédito debido a los guerreros de Ixtacamaxtitlan. Una vez más, téngase presente que, mientras Bernal escribía a más de treinta años de distancia, en este caso concreto, Cortés lo haría a los trece meses de ocurrida la acción (Segunda Relación, 30 de octubre de 1520).

Llegó el día en que los tlaxcaltecas dejaron de combatir, limitándose a proveer de víveres el campo español. Frente a su campamento, levantaron unos cobertizos, en los cuales quedaron instaladas unas mujeres encargadas de prepararles la comida, a la vez que hasta allí llegaban numerosos porteadores, trayendo los víveres. Aquello era un ir y venir de emisarios; mientras, la tropa española empleaba su tiempo en reponerse de las fatigas y hacer saetas. Se vivía una tregua, presagiándose ya que la paz era inminente. Aprovechando esa calma, se presentaron ante Cortés embajadores de Motecuhzoma. Éstos, que habían seguido paso a paso, como observadores militares, las incidencias de los combates, venían ahora con un mensaje de su soberano: estaba dispuesto a rendir vasallaje a Carlos V, y a pagar el tributo que se le fijase.[212] Aquello significó un triunfo enorme para Cortés; sin haberse visto las caras, ya Motecuhzoma se reconocía como vasallo. Además, había demostrado a los vacilantes que le eran suficientes unos pocos, dispuestos a seguirlo, para conquistar todo el país. Al conocer las rivalidades entre los pueblos indígenas, escribió citando el evangelio de San Marcos: Omne regnum in se ipsum divisum desolavitur (todo reino dividido contra sí mismo será destruido).[213]

Los caciques enviaban mensajes de paz, pero la paz no llegaba. El obstáculo lo constituía Xicoténcatl. Por fin, una mañana, a eso de las diez, éste se presentó en el campo español rodeado de un nutrido acompañamiento de notables. En cuanto llegaron ante Cortés, realizaron el saludo, poniendo la mano en el suelo y llevándosela a los labios a continuación. Antes de que comenzaran a hablar, Cortés los atajó, y fingiéndose el agraviado, se dirigió a ellos en términos especialmente duros. Había venido de muy lejos para buscar su amistad y enviado emisarios para anunciar su visita, y ellos, no obstante sus buenas intenciones, lo habían combatido. Xicoténcatl esgrimió la disculpa de que los había engañado aquello de que en su compañía venían los de Ixtacamaxtitlan, que como tributarios de Motecuhzoma, eran enemigos suyos. Se hicieron las paces, y se ofició una solemne misa de acción de gracias. Pero Cortés todavía se mantuvo cauteloso, permaneciendo «seis o siete días» en el adoratorio donde tenía el puesto de mando, antes de decidirse a entrar en Tlaxcala.[214]

Antes de proseguir con el paso siguiente, conviene detenernos un instante, para efectuar un post mortem de lo realmente ocurrido durante la campaña de Tlaxcala, pues ésta nos ha sido presentada como el más esperpéntico de los relatos. Un bando envía la comida al otro, y éste, luego de comer, les hace un requerimiento para que vengan de paz. No hay respuesta y se entabla la batalla. Resulta demasiado, inclusive para una novela del absurdo. Pero así fue, y ambos modos de actuar resultan perfectamente coherentes. Para desenredar la madeja comenzaremos por tratar de fijar fechas; Cortés no menciona qué día entraron en términos de Tlaxcala, pero ateniéndonos a las jornadas, que va marcando a partir de la salida de Cempoala («un día», «al día siguiente», «cinco días que me detuve en ese lugar») ello lleva a finales de agosto, entre el veintinueve y el treinta. Por su lado, Bernal, aunque tampoco precisa la fecha, en cambio, apunta dos cosas: una, que los combates se extendieron a lo largo de quince días, y otra, que ocurrieron tres grandes batallas en las que tomó parte. La primera de éstas la ubica el dos de septiembre, la segunda el cinco, y para la tercera, que vendría a ser el combate nocturno, no fija fecha, pero podría asumirse que sería inmediatamente a continuación. Cervantes de Salazar señala que la noche del primero de septiembre, luego de las escaramuzas de los dos días anteriores, durmieron con grandes precauciones, pues al atardecer habían observado a multitud de indios que comenzaban a asomar por los cerros cercanos. El día dos, apenas amanecido, Cortés habría enviado mensajeros invitándolos a ser sus amigos, a lo que éstos respondieron montando un ataque mayor (coincide con Bernal); a continuación agrega que otro día, «que fue seis de septiembre» ocurre el episodio de los espías descubiertos y amputados.[215] A muy corta distancia, seguirá el combate nocturno, y después ya no atacarán. Será entonces cuando Cortés les arrebate la iniciativa, y sea él quien realice las incursiones de que tenemos noticia; siguen los enfrentamientos con Xicoténcatl, hasta que finalmente éste se presenta en el campamento, y se ajusta la paz, ¿qué día?; eso lo sabremos si a la fecha en que entrará en Tlaxcala, que será el veintitrés, le restamos esos seis o siete días de inactividad, de que antes ha hablado, lo cual nos lleva a que el cese definitivo de hostilidades habría ocurrido entre el quince y el dieciséis. Una campaña de muy corta duración. Pero, ¿qué ocurrió en el intervalo que va de la última batalla a la entrada en la ciudad? Comencemos por el lado tlaxcalteca. Lo primero que se detecta, es que desde un primer momento, existió una facción que estuvo por buscar un entendimiento, como parecería desprenderse del ofrecimiento de pagar los dos caballos muertos. Sobreviene la primera batalla, en la que participan todos los caciques, o al menos la mayoría. Son derrotados, y comienzan las deserciones; los que están por la paz, para demostrar su buena voluntad comienzan a enviar provisiones al campo español. Se produce el segundo encuentro con resultados desastrosos, mientras los totonacas hacen una labor de zapa, dándoles seguridades de que las cosas no son como aparentan ser; que a pesar de que los de Ixtacamaxtitlan vengan en su compañía, y que Cortés se encamine a verse con Motecuhzoma, ello no significa que busque la amistad de éste, sino todo lo contrario, pues a Cempoala la libró del pago del tributo; deliberaron los caciques y acordaron enviar a cuatro principales para que se acercasen al campo español llevando comida, al par que ordenaban a Xicoténcatl que cesase la guerra, pero éste no quiso obedecer; «y desde que vieron la desobediencia de su capitán, luego enviaron los cuatro principales que otra vez les habían mandado, que viniesen a nuestro real y trajesen bastimento y para tratar paces…»; pero Xicoténcatl, que era soberbio y muy porfiado, así ahora como en las otras veces, no quiso obedecer.[216] Se queda solo, y continúa la lucha al frente de su facción. Pasan los días, y no logra capturar o matar a un solo español. Mientras tanto, por su lado, el acercamiento de los caciques es cada vez más abierto; ahora hacen levantar cobertizos, en los que instalan mujeres encargadas de preparar la comida para los soldados españoles. Dos Tlaxcalas; una busca la paz, y la otra quiere proseguir la guerra. Finalmente, llega el día en que Xicoténcatl ya no puede sostenerse solo y, muy a su pesar, se presenta en el campo español para buscar el cese de hostilidades. Pasamos al bando español. El proceder de Diego de Godoy, levantando testimonios por escrito, no debe verse como algo descabellado; como explica Bernal, era para que «no nos demandasen las muertes y daños que se recreciesen, pues los requeríamos con la paz». De entre todos los conquistadores españoles en América, Cortés se cuenta entre los más escrupulosos en aquello de guardar las formas. No combatía si antes no les leía el requerimiento. Sabía que tenía que cuidarse de todos los desafectos que se contaban en sus filas, y que el día de mañana podrían acusarlo (como en efecto, lo hicieron). Algo a tenerse muy presente es que, una vez obtenida la victoria en la batalla nocturna, y perdida la iniciativa por los tlaxcaltecas, la facción velazquista levantó cabeza, iniciando una especie de huelga de brazos cruzados. Se niegan a participar en las correrías, limitando su actuación a la de meros espectadores. Con esa actitud presionan para volverse a la costa.

Bernal recuerda que participó «en tres batallas que hubimos con los de Tlaxcala», de lo cual se desprende que durante los quince días la mayor parte de los enfrentamientos se limitaría a escaramuzas.[217] Batallas campales, propiamente dichas, habrían sido únicamente las tres mencionadas. El balance lo conocemos: un español muerto, algunos heridos y la perdida de tres caballos: los dos muertos por los otomíes en el primer momento, y la yegua de Núñez Sedeño. Evidentemente, debió de haber ocurrido un regular número de bajas en las filas de indios aliados, pero éstas no fueron contabilizadas, como tampoco disponemos de cifras sobre las sufridas por los tlaxcaltecas, que evidentemente serían numerosas. La aparición del caballo y de las armas de fuego fueron una novedad que, a no dudarlo, tendrían un peso considerable en inclinar la victoria hacia el bando español. Pero no fueron el argumento decisivo. Una vez muerto el primer caballo, el mito de esos seres monstruosos se habría desvanecido. Eran mortales. Y lo propio podría decirse de las armas de fuego; en un principio sería el estampido del trueno y un hombre que caía, por lo que quedarían desconcertados, sin atinar a darse cuenta de la causa de la muerte. Pero los escopeteros eran muy pocos, y además, entre disparo y disparo mediaba un largo intervalo. Una carga decidida hubiera cambiado el curso de la guerra. La explicación de la derrota podemos encontrarla en la manera de guerrear del mundo indígena; los números contaban poco, pues no acostumbraban atacar en forma coordinada. Los que se encontraban en primera fila se trababan en encuentros individuales con el adversario que tenían enfrente. No maniobraban de conjunto apoyándose unos a otros; si los de una fila fracasaban, eran reemplazados por los de la siguiente, y así sucesivamente. Además, lo que importaba era capturar vivo al adversario, para poder conducirlo a la piedra de los sacrificios. Eso puede explicar el resultado de la contienda; por un lado, los jinetes españoles dispersando a la masa, para propiciar que chocasen unos con otros, y por otro, los tlaxcaltecas centrando todos sus esfuerzos en capturar vivos a los españoles.