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El mayor dilema del asesino —escribió ansioso el Lobo Feroz— es precisamente calcular el tipo adecuado de proximidad. Hay que estar cerca, pero no demasiado. El peligro radica en el viejo cliché: al igual que una mariposa nocturna hacia una llama, uno se siente atraído hacia la supuesta víctima. No te quemes. Pero la interacción es un elemento integral de la danza de la muerte. El deseo de escuchar, tocar, oler es abrumador. Los gritos de dolor son como la música. La sensación de cercanía a medida que se proporciona la muerte resulta embriagadora. Pensad en todos los elementos de una comida de gourmet, cada especia, cada mezcla de sabores y cada alimento se unen para formar una experiencia. Elaborar una cena de cinco estrellas no difiere de esculpir un buen homicidio.

En el cuento, el lobo no se limita a acechar a Caperucita Roja por el bosque. Esa interpretación es demasiado simplona. Él está en su medio. Sus recursos duplican o quizá triplican a los de ella. Tiene una capacidad visual mayor. Un sentido del olfato infinitamente mejor. Corre más que ella. Se adelanta a sus pensamientos. Está en su entorno, familiarizado con cada árbol y cada piedra cubierta de musgo. Ella no es más que una intrusa asustada, sola y muy alejada de su medio. Es joven e ingenua. Él es mayor, más sabio y mucho más avezado. En realidad, el lobo podría matarla en cualquier momento, mientras tropieza impotente por entre las zarzas, espinas y sombras oscuras. Pero eso sería demasiado fácil. Convertiría la matanza en algo demasiado rutinario. Mundano. Él tiene que acercarse más. Tiene que comunicarse directamente antes de la muerte. Son esos momentos los que hacen que la experiencia de matar cobre vida. Orejas, ojos, nariz, dientes. Quiere oír el temblor de la incertidumbre en la voz de ella y notar el latido rápido de su corazón. Quiere ver cómo el pánico se le agolpa en la frente mientras va dándose cuenta de lo que está a punto de ocurrir. Quiere oler su miedo. Y, en última instancia, lo que quiere es sujetar toda la intimidad del asesinato en la garra… antes de probar lo que ha soñado y enseñar los dientes.

Había estado tecleando a toda velocidad, pero mientras escribía la palabra «dientes» se recostó de repente en la silla de oficina y se agachó ligeramente. Se frotó las palmas abiertas contra los viejos pantalones de pana, notó los surcos cada vez menos marcados del tejido suave y creó calor de la misma manera que frotando dos palos se crea una llama. Deseó poder estar al lado de cada Pelirroja, justo en aquel momento para presenciar el impacto de la segunda carta. Era un deseo tan intenso que de repente le hizo ponerse en pie y dar unos cuantos puñetazos cortos y rápidos al aire vacío, como un boxeador que de repente ha lesionado a su contrincante y lo cerca mientras nota la debilidad y ve la oportunidad en ese mismo instante, ajeno al ruido que va en aumento procedente del gentío y el ring inminente de la campana.

Ninguna de las tres Pelirrojas accedió inmediatamente a las direcciones de YouTube recibidas con la correspondencia diaria. Contemplaron primero el sobre antes de que la indecisión fuera aumentando como un alarido en su interior, luego rasgaron el papel encolado y contemplaron el jeroglífico de letras y números centrado en cada página. Un minuto se convirtió en dos. Dos se convirtieron en diez.

Cada una de las Pelirrojas sintió que perdía el control de forma temeraria.

Karen Jayson dejó caer el trozo de papel en su regazo. Había vuelto a subir al coche, cerrado las puertas con el seguro y se había quedado petrificada hasta que se armó del valor suficiente para abrirla y leer la única línea que contenía. Acto seguido, sujetó el volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos mientras el miedo se acrecentaba en su interior. Fue un poco como desmayarse o entrar en estado de fuga. Miraba fijamente por el parabrisas el camino de entrada a su casa, pero ya no veía los árboles, ni el sendero de gravilla serpenteante ni la silueta de su casa un poco más allá. Se había desplomado en algún lugar distinto, al borde de un ataque de pánico. Cuando por fin fue capaz de regresar al mundo que tenía delante con mucho dolor, se dio cuenta de que en poco tiempo aquello que el lobo quisiera que ella viera la sacaría todavía más de sus casillas.

Ya no era capaz de organizar sus pensamientos ni sus sentimientos. Teniendo en cuenta que era una mujer que se enorgullecía de sus conocimientos y de la aplicación constante de hechos a cada situación, aquello era lo que más la aterraba. Pensó que iba a romper el volante que sujetaba con las manos y entonces puso la marcha y aplastó el acelerador con el pie derecho al máximo; los guijarros y la tierra salieron disparados por detrás del coche, que giraba bruscamente y a lo loco mientras intentaba en vano huir de sus emociones.

Sarah Locksley se escondió en el cuarto de baño.

Puso el cerrojo y se acercó rápidamente al lavamanos, donde hizo correr agua fría y se la aplicó en la cara para que las gotas se mezclaran a discreción con las lágrimas.

Respiraba de forma entrecortada. Notaba las manos húmedas y frías en contacto con la porcelana del lavamanos. Era consciente de que apretaba cada vez con menos fuerza y se sintió mareada. «Debe de ser el alcohol y todas las drogas que he tomado», se dijo, intentando convencerse de una falsedad cuando sabía que la verdad era que tenía miedo.

Notó que perdía el equilibrio, como si lo que la mantenía erguida se le escapara como la sangre que brota de una herida.

Lanzó una mirada a la hoja de papel. Tenía ganas de arrugarlo, arrojarlo al inodoro y tirar de la cadena para que desapareciera como un desecho cualquiera. Pero por fuerte que fuera aquel deseo, sabía que no lo haría.

Por lo menos, no hasta que viera lo que el lobo quería que viera.

No tenía ganas de verlo. No quería saber de qué se trataba. Pero, al mismo tiempo, sabía que tenía que hacerlo.

Tomó la carta entre las manos y entonces, presa de unas náuseas incontenibles, se volvió hacia el inodoro y vomitó con fuerza.

Al comienzo Jordan Ellis se acurrucó en la cama como si le hubiera sobrevenido una enfermedad repentina, carta en mano. Permaneció en la misma postura durante casi un cuarto de hora. No miró el mensaje una segunda vez, sino que se quedó con la vista fija en el escritorio y el portátil abierto encima.

Tuvo que hacer un gran acopio de fuerza interior para apartar las piernas del colchón y bajarlas al suelo. Le costó el mismo esfuerzo levantarse y acercarse al ordenador. Por último, mientras se dejaba caer en la silla de escritorio de respaldo rígido, le costó un tercer esfuerzo incluso mayor que los dos primeros situar las manos por encima del teclado y teclear las primeras letras de la dirección web que el LF le había enviado.

Cada letra, número o barra invertida que tecleaba era como una aguja que le presionaba la carne. Cuando hubo tecleado la dirección completa, vaciló antes de pulsar la tecla de retorno, que la enviaría por medios electrónicos al mundo que el lobo quería.

Jordan hizo una pausa. Intentó imaginar qué suponía tanto para ella como para él pulsar esa última tecla. Se preguntó si se estaba haciendo o no un flaco favor. Pensó que se internaba en un terreno cenagoso en el que se jugaba un juego mortífero, pero sin que le hubieran informado de las reglas y sin disponer del material adecuado, por lo que estaba incapacitada desde un buen comienzo y ganar no solo era poco probable sino imposible.

«Puedo jugar —pensó, intentando hacer acopio de una especie de confianza fingida—. Puedo participar en cualquier juego. Mejor de lo que él se piensa.»

De todos modos, vaciló. Se mordió el labio inferior hasta que casi le dolió y entonces se dijo: «A tomar por culo» y pulsó la tecla de retorno con tal determinación que se sorprendió.

El logotipo y la página web reconocible de YouTube apareció en pantalla. En la imagen fija que tenía delante lo único que veía era un primer plano de un árbol yermo, con las ramas desnudas con un cielo nublado al fondo.

No tenía ni idea de qué era y una serie de pensamientos confusos del tipo «qué coño» se agolparon en su cabeza.

Movió el cursor hasta la flecha de reproducción y pulsó la tecla de retorno.

En el recuadro centrado de la pantalla aparecieron imágenes.

Se inclinó hacia delante para observarlas con detenimiento.

Al comienzo, la cámara —sujeta de forma inestable y poco profesional— temblaba un poco al enfocar un árbol. Luego se balanceaba rápidamente y Jordan comprendió que se trataba de un bosque. Vio las hojas que se acumulaban en el suelo, troncos de árbol oscuros que se fusionaban en una maraña, arbustos y troncos caídos. Pero la cámara parecía ligera, casi relajada mientras recorría los bosques oscuros. Unos rayos de luz mortecina interrumpían la escena de vez en cuando. A Jordan le pareció que las imágenes se habían rodado cerca del término de un día gris.

Observó, fascinada. El punto de vista sugería que quienquiera que estuviera detrás de la cámara no tenía problemas para seguir un sendero marcado.

Pero no reconocía nada. Las imágenes podían haberse captado en cualquier sitio.

De repente, la cámara se paró. Apareció un gran destello de luz que ocultó la vista y Jordan se echó hacia atrás con brusquedad, como si la imagen la hubiera abofeteado.

En un momento dado aparecieron imágenes granulosas, desenfocadas, difíciles de identificar, y entonces Jordan se dio cuenta de que estaba viendo una imagen a lo lejos de una persona que caminaba a última hora de la tarde.

Vio su pelo rojizo.

Vio los senderos del colegio.

Se vio. Sola.

Tuvo la impresión de estar a punto de echarse a gritar. Pero abrió la boca por completo y no profirió ningún sonido.

La imagen de la cámara se demoró durante unos instantes mientras se veía a ella misma desapareciendo en la residencia. Vio cómo la puerta delantera se cerraba detrás de ella.

Entonces la pantalla se quedó en negro.