Capítulo 10

 

Ahí estaba. Daisy contuvo el aliento y se quedó inmóvil, a pesar de que tenía los nervios a flor de piel. Lentamente, enfocó el objetivo. Clic.

La nutria no sabía que estaba siendo fotografiada, como le había pasado a Daisy la noche anterior. ¿Se sentiría la nutria tan intimidada como ella cuando publicara la foto en su web?

¿La había visto Seb? Cada vez que una foto de ellos aparecía en la prensa, se volvía más frío y retraído, y ella más apagada.

¿Qué era lo que más le importaba, la intromisión en sí o la imagen que se veía en las fotos? Se les veía muy felices, con las manos entrelazadas, y mirándose el uno al otro como si estuvieran en su propio mundo.

Y decían que la cámara nunca mentía…

Daisy apartó aquel pensamiento y siguió con su cámara mientras el mamífero subía río arriba, dando saltos en el agua. ¿Resultaría muy solitario nadar a solas? Quizá al final del verano tendría crías con las que jugar.

Sus pensamientos divagaron hacia la nueva vida que crecía dentro de ella y que apenas era perceptible salvo por sus pechos hinchados.

–¿Me sentiré menos sola cuando nazcas? –susurró.

Era demasiada carga para poner en un bebé. Felicidad y realización personal. Daisy volvió a poner su atención en la nutria. Tenía su cámara, su trabajo y su familia. Eso era suficiente. Tenía que ser suficiente.

Pero ¿y si no lo era? Estaba tratando de mantener la paciencia y acostumbrarse al lento ritmo de vida de Hawksley. Seb solía estar ocupado con su investigación o visitando las tierras, hablando con los aparceros o disponiéndolo todo para los turistas que iban los fines de semana a visitar las zonas abiertas al público. Era completamente diferente a su ajetreada vida de Londres.

Estaba haciendo una lista de las reparaciones más urgentes que necesitaba la casa y no paraba de hurgar en el desván abarrotado. Pero a pesar de todo lo que había dicho Seb, no se sentía con derecho a empezar a hacer cambios.

Era como si estuviera jugando a ser la señora de la casa. Seguía siendo una visita, una presencia temporal en la casa.

Y aunque Seb no había entrado en detalles, sabía que el dinero escaseaba, el fondo destinado al mantenimiento del castillo estaba muy mermado como consecuencia de un nivel de vida exorbitante. Seb tenía que esperar a conocer el valor de la tasación antes de que pudiera empezar a vender todos los objetos de lujo en los que sus padres habían derrochado el dinero. Hasta que no fueran vendidos, no sabía de cuánto dinero disponía. De momento, estaba aprovechando todo lo que encontraba en el desván, desde telas con las que hacía cortinas o cojines, hasta cuadros polvorientos.

Hawksley necesitaba más que algunos cambios estéticos. ¿Cómo pensar en reformas cuando sabía que el coste sería exorbitante?

Era difícil imaginar cómo sería su vida. La boda lo eclipsaba todo. Una vez que Sherry se fuera y pronunciaran sus votos, ¿qué le quedaría a ella? ¿Acabaría desesperada, gritando en medio del patio?

Quedaba un día para la boda y toda una vida por delante allí.

No tenía a nadie con quien hablar de aquello. Seb no quería emociones en su vida y había accedido a respetarlo. Aquel temor a la soledad, a llevar los sentimientos al límite, era la clase de cosas que él aborrecía.

Por eso, donde no había sentimientos, no podía haber amor.

Daisy se levantó lentamente, con cuidado de no asustar a la nutria. ¿Amor? Sabía muy bien que el amor no formaba parte del pacto que habían hecho.

Había pasión detrás de aquella expresión seria e intelectual. Lo había sabido desde aquella primera noche y lo había vuelto a ver una y otra vez. No solo en la cama, sino en el trabajo y en el amor hacia su casa. Y la pasión era una emoción.

Tal vez Seb pensaba que no tenía sentimientos, pero se equivocaba. Sus libros eran éxitos de ventas porque revivían el pasado. Nadie que no tuviera sentimientos podía escribir con aquella sensibilidad sobre la codicia de los Estuardo, sin sentir el mismo apetito.

Había momentos en que sus fríos ojos verdes parecían arder de deseo. Momentos en que su voz comedida se volvía más grave y profunda. Momentos en que dejaba a un lado el sentido común por una sensación apremiante. Seb la deseaba, estaba convencida. Y el deseo era otra emoción.

Por supuesto que era capaz de amar, aunque quizá no a ella. Tal vez, si no hubiera interrumpido el tranquilo curso de su vida, habría conocido a alguien afín, alguien que compartiera su interés por el pasado y que supiera cómo hacerle superar sus temores y ayudarle a sanar de sus heridas.

Le habían robado la oportunidad de enamorarse al igual que a ella, y en eso coincidían.

No quería obsesionarse con la manera en que se le encogía el corazón cada vez que la miraba ni en cómo su piel se estremecía cada vez que se rozaban. No quería pararse a pensar en cómo la hacía sentirse inteligente a la vez que sexy.

Eso la conducía a la locura y al resentimiento, a situaciones que no estaba preparada para afrontar. Quizá tener sentimientos era un precio demasiado alto a pagar. Quizá lo más importante de todo era la estabilidad.

–¿Dónde has estado?

Daisy se incorporó al oír aquella voz irritada y contuvo una risa nerviosa.

–Te he estado buscando por todas partes. Tu madre está preocupada. Dice que no te ha visto en toda la mañana y que parecías cansada –añadió Seb mirándola con intensidad.

–No podía soportar seguir discutiendo sobre si Will, el mejor amigo de Violet, debería considerarse su cita, o si Vi y Rose deberían llevar el mismo peinado, así que he salido a tomar un poco de aire fresco.

No era del todo mentira. Cuanto más se acercaba la boda, más ganas tenía de salir corriendo.

Era curioso pensar que había habido un tiempo en que había planeado todo aquello, en que había tenido en cuenta cada pequeño detalle. En ese momento, lo único que quería era acabar con aquello cuanto antes.

–Estás casi al límite de la propiedad –dijo Seb conteniendo una sonrisa–. Cuando Paul me ha dicho que te había visto caminar en esta dirección, no me lo podía creer.

–Me gusta este sitio. Es tranquilo.

El río transcurría por el fondo del valle arbolado.

Hawksley estaba al otro lado de la colina. Allí estaba sola, lejos de miedos, preocupaciones y nervios.

–Era uno de mis sitios favoritos cuando era joven. Hay una zona para nadar detrás de aquel recodo.

–Calla, mira –dijo Daisy, tomándolo del brazo y señalando–. Allí hay otra. ¿Crees que será la pareja?

Dejó caer el brazo y volvió a enfocar con la cámara antes de apretar el botón.

–Son muy territoriales, así que quizá tengamos la suerte de presenciar un apareamiento. Y dentro de dos meses, crías. Por cierto, que se aparean debajo del agua.

–Parece que la hembra intenta escapar.

–El macho tiene que perseguirla hasta que acceda.

–¡Típico del macho!

Permanecieron allí unos minutos más, incapaces de respirar, tratando de que los animales no se dieran cuenta de su presencia, hasta que la hembra desapareció río abajo perseguida por el macho y los perdieron de vista.

–Ha sido increíble –dijo Daisy, volviéndose hacia Seb emocionada–. No me puedo creer lo que acabamos de presenciar. Sería un reportaje fantástico documentar desde el apareamiento al nacimiento de las crías.

–No sabía que te interesara fotografiar la naturaleza.

Sus palabras le hicieron recordar la expresión de incredulidad del rostro del editor. Naturaleza, moda y arte eran temas intelectuales. ¿Las bodas? Simplemente no.

–Me interesa cualquier cosa bonita y maravillosa – afirmó, sintiendo una mezcla de rabia y vulnerabilidad–. ¿Pensabas que era demasiado superficial como para apreciar la naturaleza?

Seb la tomó por los hombros, obligándola a girarse para mirarlo. Sus ojos echaban chispas.

–No pongas esas palabras en mis labios, Daisy.

–Pero era eso lo que querías decir, ¿verdad? –dijo tratando de zafarse–. Una esposa fotógrafa de naturaleza encajaría mejor contigo. Sería mucho más intelectual que una tonta y frívola que se dedica a fotografiar bodas.

–¿Cómo demonios has llegado a esa conclusión? Esto no tiene nada que ver conmigo, sino contigo. ¿Por qué siempre piensas mal de ti? La única persona que se menosprecia eres tú, Daisy Huntingdon-Cross. Hacer fotos de bebés, de bodas, de gatos, de nutrias, me da igual. Pero no me culpes de todas tus inseguridades. No entraré en el juego.

–¿Por qué? ¿Porque eso supondría reconocer que sientes algo?

Daisy se daba cuenta de que lo que decía no tenía sentido, de que estaba revolviendo unas emociones y unos sentimientos que era mejor dejar estar. Estaba provocando una discusión sin pretenderlo.

–Dios no quiera que el altivo conde de Holgate tenga sentimientos –añadió.

–No voy a entrar en esto, Daisy. Ya te he dicho que no quiero vivir así. Si quieres discutir, ve a hacerlo con tu madre, pero no lo hagas conmigo.

Daisy tembló. El esfuerzo de contener las palabras era demasiado. Además de la rabia y la ira, surgió otra emoción: vergüenza. Porque Seb tenía razón. Estaba provocando una discusión para hacerle reaccionar.

Y también tenía razón en otra cosa: estaba culpándolo de sus inseguridades. Había sido muy franco con su trabajo; había bromeado sobre él, pero a la vez la había apoyado cuando lo había necesitado. Y aunque pensara que las bodas eran frívolas, había alabado muchas de sus fotos.

–No he sido justa –dijo ella con suavidad–. No sé si es el estrés por la boda, las hormonas del embarazo o la falta de sueño, pero siento haberte provocado.

Él se quedó de piedra con una extraña expresión en la cara.

–¿Lo sientes?

Los labios de Seb se curvaron en una media sonrisa.

–Ya sabes que tengo dos hermanas. De niñas, solíamos pelearnos con frecuencia.

Seb suavizó su expresión.

–¿Estás lista para volver? Voy a enseñarte dónde solía hacer mi guarida.

Daisy reconoció una nota conciliadora en su voz y aceptó la ofrenda de paz.

–Nosotras teníamos una casita en un árbol, pero nos la construyeron.

–Ya me lo imagino.

Fuera lo que fuese lo que estuviera imaginándose, no debía de estar lejos de la realidad.

Siguieron paseando y compartiendo una charla relajada, sin que ninguno de los dos se refiriera a lo que había pasado antes.

Daisy no podía quitarse de la cabeza que él había sido el primero en reaccionar. Había percibido la ira en sus ojos, en su voz, en sus palabras. Lo había hecho saltar aunque no lo admitiera. ¿Acaso era eso un avance?

No lo sabía, pero, al menos, era una prueba de que sentía algo y eso le daba esperanza.

 

 

–Son muy buenas, Daisy.

–No sé.

Daisy se mostraba muy crítica con los archivos que le estaba enseñando y Seb no entendía por qué. Todas las fotos, tanto las de blanco y negro como las de color, habían captado la esencia de la nutria. Al parecer, sentía por sus fotos, lo mismo que él por sus palabras; por más vueltas que les diera, siempre podían ser mejores.

–Lo que me hubiera venido bien habría sido un buen escondite. Preferiblemente con cojines y un aseo al lado.

–Pensé en abrir una ruta de senderismo, pero atraería a más gente.

–¿Y cuál es el problema? –preguntó ella, levantando la vista del ordenador.

–Esta es mi casa –contestó Seb, tratando de contener la irritación que sentía–. ¿Te gustaría que hubiera gente recorriendo Huntingdon Hall a todas las horas del día?

Ella se echó hacia atrás, con sus ojos azules fijos en él.

–Solemos abrir el pabellón. Mis padres organizan galas benéficas y tradicionalmente la fiesta del pueblo, y cualquier otra cosa que se quiera celebrar, se hace en el pabellón. Siempre hay algo. Y sí, tienen unos jardines amplios, pero no son comparables a Hawksley. ¿No crees que eres muy egoísta teniéndolos cerrados?

¿Egoísta? Las palabras eran la especialidad de Seb y en aquel momento se había quedado sin herramientas.

–Dejo que la gente visite el castillo.

–Sí, pero solo algunas zonas, los fines de semana de mayo a septiembre y en horario de once a tres.

–También alquilo el pabellón.

–Solo los sábados.

–Así hemos hecho siempre las cosas.

Era consciente de que su respuesta no había sido la más apropiada, pero hasta que no tomara algunas decisiones, era todo lo que podía decirle.

–Lo sé.

–¿Pero?

–Pero ahora las cosas son diferentes. Tienes que empezar a llevar la finca como una empresa y no como un entretenimiento.

–¿Qué crees que he estado haciendo estos últimos meses? Apenas he podido tocar un libro de mi investigación. He estado haciendo todo lo posible por obtener subvenciones y ayudas.

–Eso no va a ser suficiente –dijo Daisy, y bajó la mirada a la pantalla del ordenador–. No quería enseñarte esto hasta que lo tuviese más avanzado. No está terminado todavía.

–¿Enseñarme el qué?

Apretó un botón y le dio la vuelta al ordenador para que pudiese ver la pantalla.

–¿Una presentación de diapositivas?

Daisy se sonrojó.

–Sé que es un poco exagerado, pero no se me ha ocurrido otra forma de presentarlo.

–Vamos, adelante, sorpréndeme –dijo él en tono despectivo.

¿Qué demonios se le habría ocurrido a una fotógrafa de bodas que había sido expulsada del colegio con dieciséis años para salvar a Hawksley que no se le hubiera ocurrido a él? Pero, si iba a ser su casa, al menos debía escucharla.

–Muy bien, quiero que tengas la mente abierta, ¿de acuerdo?

Él asintió, a pesar de que había levantado una barrera.

–Esta es la casa de campo Chesterfield. La casa, el terreno y la finca son de dimensiones similares a Hawksley. Esta casa lleva abriendo quince años al público. Ofrecen senderismo y ocio al aire libre.

–Un dineral en seguros.

–La siguiente –dijo Daisy mientras en la pantalla aparecía una magnífica casa de estilo Tudor–, es conocida porque en ella se han rodado películas y también porque se celebran banquetes de temática medieval.

–¿Se disfrazan? No hablas en serio.

Daisy no contestó y se limitó a enseñarle foto por foto, mansiones repartidas por todo el Reino Unido, y a explicarle las distintas maneras en que habían atraído visitantes.

Los latidos de Seb se fueron acelerando con cada imagen. Todo lo que le estaba mostrando lo había considerado. Cada conclusión que le presentaba, ya la había sacado él. Y también rechazado.

Gastar dinero sin pensar en las consecuencias había estado a punto de arruinar Hawksley en una ocasión. Sus padres habían permitido entrar a las cámaras y solo había servido para alimentar su narcisismo.

No podía tomar esa dirección de nuevo. ¿Acaso no lo entendía? Pensaba que se había dado cuenta, pero era evidente que se había equivocado. Seb respiró hondo, se irguió en su asiento y se cruzó de brazos.

–Así que a la gente le gustan las casas señoriales.

–Hawksley tiene dos cosas que las demás no tienen.

–¿Cuáles?

–Su peculiar aspecto y a ti, un eminente historiador.

Escucha, he estado hablando con Paul…

–Has estado ocupada –comentó él, entornando los ojos.

Ella levantó la barbilla.

–La granja se mantiene sola, el pueblo también, pero las cuentas del castillo no salen. Puedes pedir todas las ayudas que quieras, pero eso no va a arreglar el tejado y tampoco sustituirá el dinero que tu familia despilfarró, el fondo del fideicomiso destinado a pagar las facturas del castillo y el coste de vida del conde y su familia. Ahora mismo apenas tienes para comprar otra tostadora.

Era una exageración, pero se le encogió el estómago al escuchar sus palabras. ¿Acaso pensaba que no lo sabía? ¿Acaso no se pasaba las noches en vela pensando en la manera de resolverlo?

–Pero, Seb, hay muchas maneras de que el castillo genere los ingresos que se necesitan. Empieza por usar el torreón, además del pabellón, para bodas y fiestas también. Coloca una estructura de madera y carpas entre sus muros, como han hecho en Bexley. Abre todos los días de la semana desde Pascua a septiembre, y todos los fines de semana durante el resto del año –dijo Daisy, y se detuvo un momento antes de continuar–. Organiza tours en la casa principal.

Seb sintió que le daba un vuelco el corazón ante la sola idea de tener desconocidos recorriendo su casa.

–¡No!

–No me refiero a accesos ilimitados, sino a tours con reserva y pago adelantado. Abre una tienda, rutas de senderismo y zonas de recreo. Podríamos destinar alguno de los edificios anexos a residencias de vacaciones y alojamientos para bodas.

–¿Con qué?

–Queda algo de capital.

–¿Quieres que apueste todo lo que queda y acabe con lo que mi padre empezó?

–Apostar no, invertir.

–Y mientras tanto, ¿a qué me dedico? ¿A comportarme como un conde, como si fuera el lord medieval de una mansión?

–Eres el lord de la mansión.

–Para ti, todo lo que cuenta es la fama, ¿no? Dices que no la quieres, pero no ves lo evidente: las fotos, los periódicos, el público…

–No –dijo ella poniéndose de pie–. Pero para un sitio como Hawksley, la publicidad bien llevada puede ser beneficiosa. Venga, Seb –continuó–, sabes que tengo razón. Solo tienes que fijarte en tus libros.

–Son mi trabajo. Esto es mi hogar.

Daisy se mordió el labio inferior. Su mirada era de preocupación.

–No puedes ver más allá de tus miedos. Estás tan decidido a hacer las cosas a tu manera que no ves otras opciones.

Seb frunció los labios, disgustado.

–¿Te refieres a los dichosos programas de televisión?

–Serían un buen comienzo.

–Pensé que lo entendías –dijo él con amargura.

–Sí, pero quieres casarte conmigo y que te dé un heredero. ¿Un heredero de qué, de preocupaciones, de deudas, de miedos? ¿O de un negocio próspero y de un hogar con historia?

Seb empujó hacia atrás su silla y se levantó.

–Hawksley es mío, Daisy. ¡Mío! Ya se me ocurrirá una forma de arreglar esto.

–¿Y yo no puedo decir nada?

No era lo que Seb había querido decir y lo sabía.

–Deja de tergiversar mis palabras y de montar un drama.    Pero Daisy no estaba dispuesta a ceder.

–No puedes hacerme callar de esta manera cada vez que opinamos de manera diferente. Así no funcionan los matrimonios.

–No pretendo hacerte callar.

Simplemente no quería discutir. ¿Qué había de malo en eso?

–Lo estás haciendo. Si vamos a hacer esto, tenemos que ser compañeros. Tengo que poder contribuir sin que me acuses de provocar enfrentamientos. Tengo que formar parte de tus decisiones y de tu vida.

Seb no pudo contestar. No sabía qué decir. No esperaba que saltara de aquella manera. Era evidente que la había subestimado. ¿Qué esperaba, una compañera complaciente que le calentara la cama y estuviera de acuerdo en todo con él?

El corazón se le aceleró y las manos se le humedecieron por el sudor.

–Eso no es lo que quieres, ¿verdad? –susurró ella–. Te parece bien que redecore algunas habitaciones, pero no quieres saber mi opinión sobre lo que verdaderamente importa. Tienes razón. De todas formas, ¿qué sabe una mujer sin estudios y con inclinaciones románticas?

–Eso no es lo que he dicho.

–Es lo que piensas.

Seb no podía negarlo.

–Sé que dije que podía hacer esto, pero no estoy segura de querer ser la mujer que te caliente la cama y que críe a tus hijos sin formar parte de tu vida.

–Me prometiste intentarlo.

–Lo he intentado.

Aquellas palabras parecían brotar directamente del corazón. Por un lado, quería dar un paso y abrazarla, asegurarle que todo saldría bien. Por otro lado, quería huir de las emociones.

–¿Qué me estás diciendo? ¿Que cancelemos la boda?

Ella tragó saliva.

–No sé. Sé lo importante que es esta boda por el bien del niño, pero también tengo que pensar en mí. Necesito tiempo, Seb, necesito estar sola para saber qué es lo que quiero. Lo siento.

Mientras buscaba las palabras adecuadas para hacer que se quedara, Daisy salió de la habitación. Entonces se dio cuenta de que la había perdido y no tenía ni idea de cómo volver a recuperarla.