Capítulo 8

13 de junio de 1996. Salt Lake

AMANDA no podía creerse que fuera ella quien tuviera que recoger los pedazos de cristal del suelo y el gato en descomposición que Carla había encontrado. Su madre siempre solía enseñar lecciones a Carla mediante castigos que debía soportar Amanda, lo cual a ella le resultaba tremendamente injusto.

Carla miraba sonriente desde fuera de la cocina cómo Amanda recogía el gato con una bolsa entre las manos y la anudaba. Amanda miró de reojo a Carla con su mirada de “te vas a enterar” que siempre le ponía cuando sufría algún castigo en nombre de su hermana.

Kate entró en la cocina, y ayudó a Amanda a barrer los pequeños trozos de cristal del tarro, mientras Amanda vaciaba en la cocina todo un bote de ambientador olor a lavanda que había encontrado bajo el fregadero.

—¿Sabes Amanda? No te he castigado por lo del gato, sino por cómo has hablado a los vecinos. Sólo intentaban ser amables. No debes pagar con los demás el que no quieras venir aquí. Este año debemos considerarlo una celebración. Tanto esfuerzo de tu padre ha dado sus frutos, y a partir de ahora podremos disfrutar de una posición económica mucho más desahogada. —argumentó su madre.

—Ya, mamá. Si lo entiendo. Sólo es que tú no me entiendes a mí. —respondió tajante Amanda.

—Veamos, te propongo un trato. Intenta disfrutar durante esta primera semana con nosotros aquí y, si el domingo sigues queriendo estar en la ciudad, podrás volverte a Nueva York y quedarte con tu tía —dijo su madre con aire reconciliador.

—¿Lo dices en serio?

—Si es lo que quieres, no puedo tenerte aquí en tu contra. Ya eres lo suficientemente mayor. Ahora bien, tienes que prometerme que hasta el domingo te esforzarás en disfrutar de estas pequeñas vacaciones. ¿De acuerdo? —negoció.

—Trato hecho mamá —respondió Amanda agradecida.

—Bueno, y ahora prométeme que no le dirás nada a tu padre sobre lo del gato. Creo que no está de humor. Acaba de recibir una llamada de un cliente y está un poco alterado.

—Está bien. ¿Aunque a ti no te parece extraño que hubiera un gato dentro de un tarro de cristal? —preguntó Amanda.

—Podría haberse quedado atrapado accidentalmente, o quién sabe. No le demos más vueltas —argumentó Kate, intentando quitarle importancia al asunto.

—Qué raro.

—¡Por cierto! —interrumpió su madre— me han comentado los vecinos que el jueves por la noche comienza la feria de Salt Lake. ¿Recuerdas que nunca podíamos venir, porque siempre veníamos de vacaciones a final de verano?

—Vaya, una fiesta de pueblerinos. ¡¡Yuju!! —respondió Amanda irónica.

—Me lo has prometido Amanda. Intenta mostrar algo más de entusiasmo —aseveró su madre.

—Está bien... perdona...—se disculpó— ¡Qué pasada! ¡Una fiesta de pueblerinos! ¡Yuju!—volvió a añadir Amanda, en un tono más alegre, aunque igualmente irónica.

—Bueno, me conformaré con eso —respondió Kate comprensiva.

Steven Maslow, entró en la casa. Había estado un buen rato hablando por teléfono, y ni siquiera se había percatado de la visita de los vecinos, ni del jaleo al romperse el tarro de cristal.

Se acercó a la cocina algo alterado y resopló.

—¿Qué demonios es esta peste a ambientador? —protestó mientras olfateaba enérgicamente con cara extrañada.

—Olía a cañerías y las niñas han estado jugando con el bote de ambientador. Créeme, este olor es mejor que el que había antes —respondió Kate encubriendo la travesura de las niñas y su descubrimiento.

—Hablaré con el casero. Espero no tener que pasarme todas las vacaciones oliendo a ambientador en la cocina. —añadió.

Kate guiñó un ojo a las niñas que se encontraban apoyadas sobre un mueble de la cocina, con cara de disimulo y una sonrisa cómplice.

Kate siempre había sido muy conciliadora. Había intentado educar a sus hijas en el respeto y en la comprensión, e intentaba disfrutar de los momentos en los que estaba con ellas. Steven, que pasaba mucho menos tiempo con las niñas por su trabajo, intentaba suponer una figura de autoridad, tal y como él había vivido con su padre.

Su padre nunca había mostrado muestra de cariño alguna hacia él, hecho que forjó el carácter inamovible que le había llevado al éxito en el mundo de la abogacía. Steven entendía que aunque la época en la que él fue educado era muy distinta a la actual, un equilibrio entre seriedad, disciplina y cariño, debía ser la base de su esquema familiar. Kate, por mucho que él intentara modularlo, aportaba todo el cariño que las hijas requerían, así que debía conformarse con realizar la parte de seriedad y disciplina de la educación, aunque cediera en muchas ocasiones.

—Amanda, ¿por qué no vas al pueblo y compras algo para comer? —preguntó su padre, a modo de orden.

—¿Tengo que ser yo? ¿En serio? —replicó Amanda.

—No rechistes, Amanda —respondió su padre—. Puedes darte un paseo con tu hermana.

—¿Y por qué no pedimos unas pizzas?—argumentó.

—¿Eso es comida? No entiendo esa moda que hay ahora de comer pan aplastado con queso y embutidos.

—¡Siiii pizza! —gritó Carla con una sonrisa de oreja a oreja, enseñando dos huecos que habían dejado dos dientes que habían preferido probar fortuna bajo una almohada hace pocas semanas.

Steven miró a los ojos a Kate, que le estaba sonriendo. Steven sabía que esa sonrisa de Kate denostaba que sabía que acabaría cediendo una vez más. Que le era imposible resistirse a la alegría que desprendía Carla y, sobre todo, que su estrategia de padre duro era imposible de mantener con sus dos hijas.

—Bueno, ¿alguien se sabe el número de la pizzería? —dijo Steven sonriente.