CAPÍTULO IV
¿QUERÍAN MOTIVOS... los tendrán.
—Comencemos con Theo —dijo David.
El enterarse de que Joan era ahora la esposa de Theo, fue como recibir un puntapié en el estómago. Había logrado aprender a no pensar en Joan, pero la imagen de ella siempre estuvo en el fondo de su mente, intacta e inmaculada. Por supuesto que Theo tenía razón para decir que no podía haber imaginado que ella lo esperara, fielmente, para siempre, sin recibir una palabra de él, y sin tener indicaciones de que pudiera regresar alguna vez. En tanto que él había desaparecido seis años de su vida, Joan tuvo que seguir viviendo, y eligió vivir, con Theo. Pero razonar no ayudaba. La impresión todavía lo tenia enfermo.
Su primer impulso había sido olvidar la evidencia contra Colin... los temores que lo mantuvieron ausente de Inglaterra... y acusar a Theo.
—¡"Tiene que haber sido usted!" —le había gritado a Theo. Ahora contemplando las cosas con más frialdad, continuaba considerando la posibilidad de que hubiera sido Theo. Recordaba las reuniones en que Theo había bailado con Joan y recordaba pequeños detalles, a los que no había prestado mucha atención en aquel entonces, el leve sonrojo complacido cuando volvía de la pista de baile, la forma entusiasta en que ella hablaba algunas veces de Theo y, aun más significativo que todo eso, la forma en que guardaba silencio cuando se mencionaba el nombre de él. Ella siempre había ponderado la forma de trabajar de Theo, y expresaba sus dudas sobre la de David. Siempre consideró que Theo era un ejemplo. Y éste siempre la había rondado, agradable y atento. Theo había deseado a Joan. Con David lejos no habría ningún obstáculo.
—Theo —dijo David— deseaba mi esposa. ¿Qué mejor, para sacarme del camino, que imputarme el robo de ese dinero?
—Admito eso, David: lo que más le he envidiado ha sido Joan, y ¡Dios sabe cuánto se lo he envidiado...! Pero quitarle su esposa y además cien mil libras, me convertiría en un hombre mucho más brillante de lo que soy, ¿no le parece?
—El oportunismo proporciona él a la gente más éxito, que la brillantez. Eso ha sido lo único que le he envidiado a usted. Su oportunismo.
—El hecho de que usted me haya envidiado algo, ya es algo, supongo.
Sus miradas se encontraron como si estuvieran cruzando espadas. Todavía, no estaban luchando, realmente, pero podían llegar a eso antes de que terminara la noche. Aún no había una evidencia sólida contra Theo, pero existía un buen motivo.
—Ahora le toca el turno a Roy —continuó David.
—Le advierto...
—Mrs. Kingsley, la debilidad de Roy Morgan era que, por mucho que ganara durante el año, siempre gastaba mil libras más.
Roy había tratado desesperadamente de sobreponerse a su complejo de inferioridad, invitando a amigos y a simples conocidos a almorzar y a comer, más a menudo. de lo que era necesario por razones de negocios o personales. Siempre era Roy el que insistía en pagar las rondas de bebidas más caras, haciendo entrar en ella a personas de afuera, con quienes sólo había cambiado unas palabras cordiales. Era Roy quien andaba en coches más grandes, en gran parte a expensas de la compañía, pero con una cantidad de extras que pagaba de su bolsillo, haciéndolo jactanciosamente y demostrando desprecio por el dinero. En alguna parte, en el oeste de Inglaterra tenia una mujer que visitaba con regularidad durante sus giras de ventas. Todos lo sabían menos su esposa Ninguno de sus colegas de directorio le dijo nada, y eran aún muy discretos entre ellos al respecto. Pero allí estaba, y David sospechaba que esa mujer era un pesado rubro en los gastos de Roy. Éste gastaba pródigamente en sus mujeres, aun en las más despreciables de ellas: muchachas que se hubieran sentido satisfechas con una comida barata, eran invitadas a lujosos restaurantes; risueñas dactilógrafas que esperaban encontrarse en la última fila del cinematógrafo, eran llevadas a las mejores plateas de les teatros, donde veían obras que no sólo las desconcertaban a ellas, sino a su benefactor.
En sus viajes por el continente, era Roy más extravagante aún. Las muchachas extranjeras, que destrozaban el inglés despertaban invariablemente lo peor que había en él. Daba por sentado que eran mucho más caras que las inglesas, y casi ninguna se tomaba el trabajo de desengañarlo. Hubo momentos en que estuvo desesperado. Sólo una vez pidió ayuda y dando tantos rodeos que no era posible encontrar un modo de sacarlo del enredo sin descubrir que sus secretos no habían sido tales desde hacía algunos años. En una ocasión Metcliffe declaró un dividendo mayor del aconsejable, con el único objeto de facilitar las circunstancias de Roy Morgan, sin avergonzarlo.
—Estoy dispuesto a apostar —dijo David— que en este momento la caja chica está repleta con sus pagarés.
—¡Esa es una maldita mentira! —gritó Morgan.
—Temo que no lo sea, Roy. Ha estado usted prometiendo levantarlos desde hace tiempo —intervino Colin.
La exaltada indignación de Morgan, desapareció. Trató de mantenerse efervescente y enojado, pero su tono carecía de convicción.
—Entonces me he descuidado. Lo lamento. Lo corregiré en la mañana —se volvió con rencor hacia David—. De paso, si usted se levantó con cien mil libras, ¿cree que tiene derecho a hacer tanto alboroto por unos pocos pagarés?
—Podría ser una manera de cegar... una muy inteligente manera de hacerla. En cualquier caso; usted sería el tipo de persona que dejaría tras de sí, una cantidad de pagarés, aunque fuera millonario.
—Se está poniendo muy agresivo.
—Entonces, su piel no es tan áspera como creía —dijo David afablemente—. Mis excusas... Ahora, Mrs. Kingsley... ¿Quién será el próximo?
Margaret Kingsley miró en derredor, durante un momento. Esto dio a David la oportunidad de estudiar su perfil. Un hermoso perfil de ave de presa, pensó. Ella estaba tan dispuesta a atrapar, como él. Al elegir una víctima, desplegaba un insano placer. ¿Sería, tal vez, porque él estaba siguiendo una pista equivocada, y ella no quería desengañarlo?
—¿Será Mr. Littlefield? —preguntó Margaret. Littlefield se humedeció los labios.
—Continúe David. Me interesa saber lo que piensa de mí.
En realidad, Stanley Littlefield era la última persona que David hubiera inculpado. Pero eso mismo lo hizo cauto. Siempre hay que sospechar de la persona que parece menos indicada. ¿No es esa la regla de oro de las novelas policiales? Pero había algo demasiado blando en Stanley. No tenía más que media pulgada de imaginación. Nunca veía más allá de la nariz, que distaba mucho de ser grande.
Y sin embargo... Stanley era un obstinado trabajador, y el continuo avanzar aunque fuera con lentitud, durante cinco o seis años, puede llevar a un hombre muy lejos.
David siempre lo había conocido como un ejecutivo, loco por el sistema. Siempre había alguno, en todas las grandes organizaciones. En Sud África, cuando David trabajaba allí; y en todas las firmas con que había tratado, siempre reconoció los síntomas. Stanley intentó convertir el manejo metódico de la oficina en un arte. En una ocasión, haciendo números, descubrió que era más barato servir el té y el café del personal en tazas de cartón que en las comunes, ahorrándose así el lavaplatos. Como resultado, todas las veces que eran requeridos los empleados o las dactilógrafas con urgencia, él o ella estaba ausente de la oficina, lavando la cuchara. Era más que probable que el primer matrimonio de Littlefield se quebrara, por su pasión por el sistema. Era el tipo de marido que confeccionaría pequeños diagramas para la limpieza de distintas habitaciones en diferentes días de la semana, e insistiría en controlar que su esposa llenara sin errores las planillas correspondientes, al fin del día.
—No tengo mucho contra usted, Stanley —dijo David.
—Me siento aliviado de oírlo.
—Aparte de que es posible que su amor por las rutinas y los sistemas complejos haya podido llevarlo a un sistema para terminar con todos los sistemas. Con el fin de justificar su fe en la planificación, puede haber querido demostrar que por una concentración sistemática cabal, usted podría obtener algo que muy poca gente ha logrado hacer, sin sufrir las consecuencias... esto es, el desfalco perfecto. No puedo pensar en ningún otro que tuviera la paciencia suficiente para trazar el esquema, y esperar cinco años para dar el golpe.
—Ingenioso —dijo Margaret Kingsley, algo decepcionada—, pero muy rebuscado, ¿no le parece?
—Ya dije que no tenía mucho contra Stanley.
—¿Tal vez tenga algo mejor contra su hermano?
—Creo que el caso contra Colin surgió antes —dijo David—. Es muy simple, en caso de que no lo hayan advertido en aquella época. Colin siempre fue el favorito de nuestros padres. Era un maravilloso hermano mayor para mí, cuando estábamos en la escuela, pero un poquito arrogante. Encontraba más fácil ser amable cuando se sentía superior. Pero no se sintió tan bueno cuando descubrió que no podía hacer las cosas por sí mismo. Cuando se metió en dificultades por aquella ocasión de impuestos a las ventas, y cuando luego se encontró obligado hacia mí porque yo lo puse en el directorio de Metcliffe, no puede haberse sentido muy feliz. Cualquiera fuera su expresión exterior, por dentro ha de haberse sentido humillado. Sus celos pudieron haber sido un motivo para adjudicarme el robo.
—¿Por qué trajo usted a Colin al directorio, sin decirnos el caso en que estaba implicado? —preguntó Hibbert.
—Hubiera sido difícil para él y para ustedes. Consideré mi deber consultar con nuestro abogado y también se lo referí a Theo. No había razón alguna para esparcido por todas partes.
—Todo lo que sé —dijo Roy Morgan— es que usted ha sido un buen contador, Colín.
—Puedo atestiguar eso —dijo Margaret Kingsley. Colin se ruborizó y agradeció con la cabeza. —¿Lo que me saca al medio... eh, David? —expresó Hibbert.
—Sí, Jacko.
—Bien... adelante.
—Cierta vez —dijo David— había dos falsificadores...
Recordó la impresión que el caso había producido en los diarios. Hasta había habido una fotografía de Jackson en la primera plana de uno de los vespertinos londinenses, en los días en que trabajaba como apoderado, saliendo del tribunal con sus dos jubilosos clientes. Había hecho una espléndida defensa, y casi llegó a constituir una historia legal. Los dos hermanos habían sido acusados de falsificación, y la policía había confiado en que serían declarados culpables. Demasiado confiada: Hibbert había hecho pedazos el caso, arrojando una duda aquí, y dejando caer una acusación allá. El alegato que confecciono para la defensa fue impresionante, y Hibbert se aseguró de que su origen fuera ampliamente conocido. Los letrados son los que se lucen, pero si el apoderado hacía un buen trabajo, la noticia se conocía. En esto caso Hibbert se había jactado mucho, y creía que tenia buenos motivos para hacerlo.
No era improbable que los hermanos le hubieran ofrecido después, como una prueba de agradecimiento, que si alguna vez necesitaba que hicieran algo por él, no tenía más que hacérselo saber.
—Usted, más que nadie, consiguió el fallo absolutorio para esos dos falsificadores —dijo David—. Se jactó durante mucho tiempo, y recuerdo cómo solía hablar de ello, ¡A veces, casi con nostalgia! Pero apostaría que no lo ha mencionado ni una sola vez desde el asunto Metcliffe.
—¿Qué demonios tiene que hacer con Metcliffe?
—Bien —respondió David— puede haber sido pura coincidencia que usted estuviera íntimamente conectado con dos inteligentes falsificadores... y que la falsificación es el mayor cargo que me hacen. Pero no me satisfacen las coincidencias. He sido acusado de un crimen muy serio, y desafío a cualquiera de ustedes a que me atribuya un motivo que tenga la mitad de la importancia de los que he planteado contra ustedes. Y en caso de que se hayan olvidado, los volveré a enumerar. Henderson, codicia; Morgan, voracidad; Colin, celos; Littlefield, fatuidad; Hibbert, puede ser codicia, puede ser algo perverso que desconocemos, pero ciertamente tenia la oportunidad y los recursos. No necesitaba tener su propia firma en la trasferencia falsificada, por supuesto... sólo la mía.
—¡Al demonio con usted, David!
—No saldrá usted con la suya, en esto —dijo furioso Roy Morgan.
David se volvió hacia Angela Forrest. En cierta forma, su reacción era importante. Le diría si estaba progresando, y además de eso, quería saber lo que ella misma pensaba de él.
—Bien, Miss Forrest... ¿qué dice usted de todo esto?
—Sólo que creo que usted tiene derecho a hacer preguntas —dijo con inseguridad—. ¿Está de acuerdo. Mr. Cruickshank?
—Ciertamente, Miss Forrest —Lewis Cruickshank junto las puntas de sus dedos—. Bien, David. Ha demostrado usted que cada uno de estos caballeros ha tenido un motivo para cometer el desfalco. Pero los motivos no son suficientes. Si la policía arrestara a todos a causa de sus motivos, Mrs. Kingsley bien podría tener que buscarse otro directorio, y así tendrían que hacer las tres cuartas partes de otras compañías de la ciudad. Ahora, si sus preguntas pudieran ligar los motivos con la realidad, podríamos ir a alguna parte. ¿Cree usted que, eventualmente, nos llevarán por ese camino?
—Eso queda a juicio suyo y de Miss Forrest —dijo David.
—Bien, continúe.