CAPÍTULO III
ANGELA FORREST miró a uno y otro hombre. Le daba pena Schofield, quien evidentemente temía lo que iba a suceder. En cierta forma le recordaba a su padre. Tenía el mismo cabello erizado, peinado hacia atrás sin mucho éxito, y lo misma mandíbula ancha. Era un hombre responsable, y esperaba responsabilidad en los otros. Como su padre, había confiado en Newman; y era más que posible que fuera engañado y traicionado por Newman, lo mismo que su padre. Era mejor que supiera la verdad ahora y no demasiado tarde.
—Miss Forrest, mi amigo necesita alguna ilustración. Estoy seguro que usted tendrá gran placer en suministrarla. Y de paso, tal vez nos diga quien es usted. Forrest, Forrest... Cierta vez conocí a un Forrest —por supuesto que su memoria era muy buena, y notable su capacidad para el detalle; si no hubiera sido así, no hubiera podido realizar aquel golpe con éxito—. Era dueño de una fábrica en algún lugar de West Riding. Es usted...
—Era mi padre.
—¿Era...?
—Se suicidó.
Newman quedó mirándola. La muchacha hubiera podido jurar que su expresión era de pena sincera.
—¡Qué terrible! —dijo por último—. Lo siento profundamente. Era uno de los hombres más agradables que he conocido.
—¿Pretende que no lo sabía? —exclamó ella.
—Juro que no lo sabia. ¿Qué sucedió?
Por supuesto que había estado bien lejos en aquel momento, viviendo de lo robado. Era posible que hubiera ignorado la muerte de su padre. No se apartaría de su camino, para preocuparse de la vida y muerte de las personas que ya no le interesaban.
—Cuando Metcliffe Distributors... —comenzó Angela.
—¡Eso es! —interrumpió Roger Schofield—. Metcliffe Distributors. ¡Por supuesto! Alguien desfalcó más de cien mil libras y huyó, y la firma quebró —su voz bajó—. Edward, esto...
—Creo que bien podrías llamarme David, ahora —dijo Newman tensamente—. De todos modos, nunca me gustó mucho Edward.
—Edward, maldito sea... o David, o lo que quieras ... ¿fuiste tú...?
—Soy la persona que busca la policía —dijo Newman—. Lo siento, Roger, pero es la verdad. Creo que había una orden para mi arresto.
—Todavía existe —dijo Angela.
Newman se inclinó con ironía ante ella.
—Gracias. Como está colmada de informaciones, habrá otras cosas que podrá referirme. Pero llegaremos a eso más tarde. Nos estaba refiriendo algo sobre su padre.
Ella hubiera podido rehusarse a continuar. Este no era el tipo de conversación que había intentado mantener. No creía en la simpatía de él. Pero tenía el poder de sondear a la gente... un poder, advirtió Angela mientras ella misma estaba hablando, que había ejercitado en el pasado con absoluta insensibilidad.
—Metcliffe Distributors —dijo ella—, compró toda su producción. ¿Imagino que no necesito decirle eso? Cuando quebraron, él también quebró. Había tenido una vida muy dura y era muy escrupuloso.
—Lo sé.
—Fue demasiado para él. La vergüenza lo llevó a ello... la vergüenza y el vacío que quedó, cuando el trabajo de toda su vida, cayó hecho pedazos. Y —la furia volvió a surgir en ella—, como parece sediento de informaciones, puede también interesarle saber que mi madre murió pocos meses después que mi padre se mató.
—No sé qué decir. Sólo puedo repetir que lo lamento.
—¿Lamenta haberle asesinado?
Roger Schofield levantó una mano de protesta.
—Un momento, Miss Forrest, acusaciones de ese tipo...
—Está bien, Roger —dijo Newman. Hizo una pausa; luego, con un esfuerzo, continuó—: Sucede, Miss Forrest, que Mr. Schofield y yo estábamos por celebrar el primer aniversario de nuestra sociedad, con una ida al teatro. Usted, obviamente, ha... —Angela no podía decir si la ironía de su tono. era en beneficio de ella, o sólo una segunda naturaleza de su personalidad— ... hecho otro programa para entretenernos esta noche. ¿Qué le parece que haga con las entradas?
Ella —trató de responderle de la misma manera. —Podría dárselas a la mucama, pero tengo la impresión de que usted no estará aquí mañana para saber lo que ella pensó de la obra.
—Es una lástima. La mucama tiene puntos de vista muy poco ortodoxos.
Roger Schofield, incómodo, cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—Escucha, Edward, vas a ...
—David.
—Oh, muy bien. David. Vas a ... esto es...
—Hay una cosa que deseas saber, ¿no es así? —preguntó David Newman—. Muy bien, te la diré. No tomé ese dinero.
El hombre mayor titubeó. Entonces las palabras le salieron a la fuerza:
—¿El capital que invertiste en mi negocio...?
—Pasé cinco años en Sud África trabajando, y me propuse disponer de cinco mil libras antes de volver.
Era demasiado simple. Seguramente, Schofield era lo bastante perspicaz para advertirlo. Demasiado simple y demasiado vago. Angela dijo con rapidez:
—Detesto desilusionarlo, Mr. Schofield, pero la evidencia en la cual se basaba la orden emitida para el arresto de Mr. Newman era irrefutable.
—Nunca he sabido que Mr... er ... Mr ....
—Newman, Roger —David Newman facilitó—. Newman.
—Nunca he sabido que Mr. Newman haya mentido. Ni siquiera —dijo Schofield con sequedad—, en los negocios. Y como a usted le gustan las palabras largas, eso, para mi, es incontrovertible.
—Parecería —dijo David Newman— que estamos por descubrir lo que sucede, cuando los hechos irrefutables se encuentran con afirmaciones incontrovertibles. Pero antes de la explosión, Miss Forrest, espero que usted conteste ciertas preguntas... las que me hizo hace un momento Mr. Schofield, y que yo no pude contestar.
Angela, de pronto tuvo conciencia de la carga que se le echaba encima. Las piernas que le temblaban al aproximarse a la puerta de la habitación, ahora amenazaban dejarla caer Trató de parecer serena e indiferente cuando preguntó:
—¿Puedo sentarme?
—Perdón... —David Newman indicó un sillón próximo al tocador. Angela tomó asiento. Roger Schofield se agachó y se sentó en el borde de la cama, pero David Newman permaneció de pie, a la defensiva, pensó ella.
—Quería usted hacerme algunas preguntas.
—¿Cuándo entra en esto la policía? —preguntó Schofield.
—Cada cosa a su tiempo —Angela continuó mirando a Newman—. ¿Cuáles eran sus preguntas?
—Es usted una cliente muy serena.
—Tengo un gran programa preparado para esta noche, y me sentiré muy defraudada si mi plan se estropea —esperó a que él hablara, pero David parecía estar muy distante. Miraba abstraídamente, por encima de ella.
—Por favor, continúe —dijo Angela.
—Muy bien —Newman continuaba mirando más allá de ella—. ¿Sabe usted si aún estoy casado?
—Su esposa se ha divorciado, por abandono del hogar.
—¿Ha vuelto a casarse? —preguntó casi sin expresión.
—Sí.
Ahora, al fin, lo había golpeado. Se dio cuenta de que el golpe lo había alcanzado... advirtió su dolor. Aun cuando él permaneció callado, supo que lo había conmovido íntimamente. Y no se sintió arrepentida.
—Oh, Dios —murmuró—, Joan... pobre Joan.
Su actitud era inútil. Ni por un momento creyó ella que hubiera pensado en su mujer más de lo que había pensado en sus colegas directores o en las infortunadas firmas acreedoras, entre las cuales se encontraba la de su padre.
En un silencio de piedra, esperó la próxima pregunta.
—¿Puede decirme algo sobre mi hermano Colin?
—A su hermano le va bien. Su matrimonio es feliz: tiene dos hijos educados en un buen colegio, y su madre vive con ellos. ¿Algo más?
—¡Gracias a Dios que están bien!
Roger Schofield se aclaró la garganta y preguntó:
—¿Cómo es que sabe todo esto?
—Porque —respondió Angela— Colin Newman es el director financiero de la firma donde trabajo, Hendersley Supplies. Soy la secretaria del director de administración —sintió que la voz volvía a temblarle—, Mr. Theodore Henderson.
—¿Theo Henderson? —exclamó Newman—. ¿Theo... director administrador? Bien, bien —rió con incredulidad—. ¿Me dirá ahora que Morgan, Littlefield y Hibbert están también en el Directorio?
—Están.
La sorpresa de Newman era auténtica. No podía encontrar palabras.
—Pero... Señor, qué es lo que... qué es lo que ha sucedido? Evidentemente no había motivo para que me sintiera apenado por ellos.
—Sí, han recuperado su trabajo —dijo Angela—, pero han perdido su capital.
—Pero, ¿cómo se han reunido todos otra vez? Pensé que Metcliffe Distributors había quebrado definitivamente.
Angela comenzó a sentir que estaba perdiendo otra vez el control de la entrevista. Todavía había tiempo para poner en práctica la otra parte del plan, pero había pensado en utilizarla tratando de arrancarle la verdad, más bien que en responder a sus preguntas. Sin embargo, no cabía duda de que todo esto era una novedad para él. Lejos de Inglaterra, gastando el dinero robado, ni siquiera se había tomado el trabajo de seguir el destino de los hombres que había tratado de arruinar. Debía ser un gran desencanto para él; debía quitarle algo del deleite de sus realizaciones, el saber que aún estaban bien. ¿O acaso le hacia sentir que todo estaba bien ahora, que después de todo, tenía muy poco sobre su conciencia?
Como ella titubeara, Roger Schofield dijo con áspera gentileza:
—Me gustaría conocer el planteo general de la historia, Miss Forrest. Recuerdo el escándalo, pero no lo que sucedió después. No me interesó en aquel momento, pero en verdad me interesa ahora.
Ella se lo refirió. Le recordó la publicidad que había recibido el caso, y la simpatía que muchos de los principales periódicos habían demostrado por los directores que quedaron en dificultades después del desfalco. Pero la simpatía no era suficiente.
Las advertencias en los editoriales y en las columnas financieras podrían prevenir desastres similares en otras firmas, pero no podrían hacer que la gente de Metcliffe se recuperara. Entonces apareció Margaret Kingsley. Su marido había muerto un año antes, dejándole mucho dinero. Había sido un hombre activo, que viajó mucho, y ella siempre lo había acompañado. A los treinta y dos años, estaba lejos de pensar en establecerse y vivir tranquila con su dinero. Angela sospechaba, pero no intercaló el comentario en la historia que estaba relatando a Newman y Schofield, que Mrs. Kingsley pudría, fácilmente, haberse casado de nuevo, pero que fue demasiado cauta para hacerlo. Hubiera exigido mucho— hubiera requerido de los hombres más de lo que la mayoría de ellos podría haber dado. Acostumbrada a ser la esposa Y socia de un enérgico y animoso magnate de los negocios, no estaba preparada para adaptarse a temperamentos más pasivos. Debieron haber muchos hombres que se apartaron de ella, asustados por su dinero, y otros demasiado ansiosos por echar mano a su fortuna. Ella no tenía tiempo para ninguno de los dos tipos. Necesitaba urgente y desesperadamente una ocupación estimulante, aunque fuera engañosa... algo que le ofreciera un riesgo, tal como siempre lo había hecho el trabajo de su marido.
Entró en la firma, explicó Angela, y puso el dinero para que los antiguos directores de Metcliffe pudieran empezar otra vez. Aclaró que pensaba ser la presidenta, y así fue. El nombre de la nueva organización era Hendersley Supplies. Pero sus operaciones cubrieron el mismo terreno que aquellas de Metcliffe. Las ganancias de Metcliffe habían sido buenas, y con la pública simpatía que había despertado el caso en aquel entonces, la buena voluntad hacia la compañía fue tan valiosa como siempre.
—Fui en gran parte responsable de esa buena voluntad —observó David Newman cuando Angela hubo terminado—. Esta Mrs. Kingsley sabía que estaba en algo bueno. Debe ser una mujer inteligente.
—Lo es —le aseguró Angela.
—Y usted es la secretaria de Theo Henderson.
—Trató de ayudarme a causa de lo ocurrido a mi padre.
—Bien, le diré algo referente a Theo —dijo Newman con suavidad—. Siendo muchacho, es probable que arrancara las alas de las moscas y las patas a las arañas, hasta que alguien le dijo que la bondad daba resultado. Siendo un buen hombre de negocios, se preocupó de que así fuera. Apostaría a que usted es una devota secretaria.
Roger Schofield se acomodó en la cama, cruzando sus manos sobre la rodilla derecha.
—De manera que tú eras el director gerente de la vieja compañía —musitó—. No es de extrañar que pudieras enseñarme en mi negocio. Pero si eres inocente —se movió hacia adelante, y se detuvo enhiesto—, ¿por qué no trataste de probarlo?
Angela observó a Newman para ver cómo reaccionaba. No hubo respuesta y no hizo ningún movimiento.
—¿Y por qué —persistió Schofield—, no trataste de ponerte en contacto con tu esposa ni con tu madre?
—Supongo que debo parecer un canalla insensible.
—Se describe usted perfectamente —dijo Angela.
Esto lo sorprendió.
—Entonces, déjeme permanecer así —se volvió hacia su amigo—. Lo lamento, Roger. Había una buena razón. Me temo que tendrás que confiar en mí un poquito más.
—Si tú dices que hay una buena razón, eso me basta.
—Gracias. Y ahora, Miss Forrest, ¿qué es, con exactitud, lo que intenta hacer? Si va a llamar a la policía. por favor, hágalo.
Angela echó una mirada a su reloj. Si dejaran el hotel ahora, y tomaran un taxi...
—Un momento —dijo Schofield—. Todavía tengo curiosidad por un par de cosas. Me sorprende que no haya pensado en ellas usted misma. Dígame, Miss Forrest, ¿cómo encontró a Mr. Brom... er ... Mr. Newman?
Ella lo refirió brevemente. Hasta cuando estaba hablando, se sintió sorprendida de que tantos acontecimientos pudieran resumirse en una narración corta e imprecisa. No había manera, aunque lo hubiera querido hacer, de trasmitir a este hombre la angustia que la había poseído en esos primeros meses de la muerte de su padre. No había manera de hacerle comprender cómo, a través de los años, nunca había dejado, en realidad, de sufrir incertidumbres. David Newman no ocupaba su mente todos los minutos del día. Nadie podría vivir y trabajar con un peso de esta índole... pero el recuerdo siempre estaba ahí, cada vez que ella lo evocaba. Se había sentido agradecida por la oportunidad de trabajar para Mr. Henderson, no sólo porque ella y su madre necesitaban dinero, sino porque ella quería trabajar con la gente que podía decirle las cosas que necesitaba saber sobre David Newman. Su vida, como hombre de negocios ya la conocía: era del conocimiento de todos, cuando los diarios dejaron de tratar el tema. Lo que ella deseaba era formarse una idea del hombre fuera de su trabajo... sus hábitos, su idiosincrasia, lo que le gustaba y lo que no le gustaba. Cuando ubicó las pieza del rompecabezas, encontró que formaba un dibujo muy atractivo. Pero probablemente, los amigos de Haig y una cantidad de sus conocidos casuales, pensaban que era una persona muy agradable, si no hubiera sido por sus inclinaciones al asesinato.
La imagen que ella tenía del hombre era la de un atleta, inteligente, con gusto por las artes, y una mente vivaz. Resultaba tanto más chocante que hubiera inferiorizado su talento e inteligencia, aplicándolos a un desfalco artero. Pero por muy inteligente que fuera, lo encontraría algún día. Ya conocía su fuerza, y también conocía sus dos debilidades. No creía que fuera a permanecer lejos de Inglaterra por mucho tiempo. Volvería atraído por esas dos debilidades... y ella estaría esperándolo.
Al principio, cuando murió su padre, y aun más cuando murió su madre y quedó sola, Angela había deseado más que nada en el mundo, ver sufrir a David Newman. Noche tras noche, estuvo en la puerto de los teatros, observando entrar al público y soñando ver a Newman allí, para luego, correr y denunciarlo a la policía y contemplar cómo lo prendían. Aun cuando estaba allí de pie, sabía que él podía encontrarse en el otro extremo del mundo. Sin embargo, la paciencia se convirtió en un hábito, y buscarlo en una costumbre. Y esta paciencia dio resultado cuando menos lo esperaba.
—No estaba buscándolo en Wimbledon, el otro día —dijo—. No lo he buscado conscientemente desde hace años. Renuncié a ello cuando advertí que me estaba volviendo loca, pero, sin embargo, sabía que lo encontraría, y cuando llegara, ese momento, sabría lo que tenía que hacer.
—¿Usted ha estado de veras rondando todos los teatros del West End y por Wimbledon durante todos estos años? —preguntó maravillado—. Debe haber tenido un gran deseo de encontrarme.
—Usted mismo dijo —le recordó— que mi padre era el hombre más agradable que había conocido. Eso no llega ni siquiera a la mitad de la realidad. ¿Puede usted empezar a imaginar lo que significaba para nosotros... para su familia? Y usted lo asesinó por su miserable y egoísta codicia.
—¿Supongo que le gustaría verme ahorcado?
—Desgraciadamente sólo lo juzgarán por malversación de mala fe. Pero al menos, habré realizado algo... Sabré que dispone de bastante tiempo para sentarse y pensar lo que ha hecho, y preguntarse si valía la pena. Y no se holgará en el lujo que se había prometido.
Newman echó una ojeada por la habitación.
—Esto no me parece particularmente lujoso
—Pero esto no es lo permanente, ¿no es así? —Estaba a punto de preguntarle qué planes tenía proyectados para defraudar a Roger Schofield, cuando éste mismo intervino:
—Tengo una o dos cosas que decirle, Miss Forrest. La primera es que no creo esta historia acerca... acerca de David. Creo que debe haber alguna terrible equivocación. Aun cuando tenga algo que ver en ello, no creo en la historia tal como se la cuenta.
—Si usted tuviera la experiencia que tuvieron mi padre y otros...
—Tengo una considerable experiencia con respecto a David Newman —dijo Roger Schofield— y me gustaría relatársela... y decirle algo de él.
CAPÍTULO IV
PERO ¿cómo, pensó Roger, podría decirle a esta muchacha lo que Edward había significado para él? No, Edward no... David. Era difícil el reajuste, pensar en él como en David. Tomaría tiempo. Roger deseó que se le diera tiempo.
Ella no podría comprender. Y, sin embargo, debía intentar llegar hasta ella. Recordando lo que había ocurrido a su padre, Angela debía ser capaz de captar, por lo menos, un poco de lo que David Newman había significado para Roger Schofield.
—Créame, conozco por lo que pasó su padre —le manifestó—. Sé con exactitud, porque hace poco más de un año estaba yo en la misma situación.
Había dedicado muchos años a levantar Futuristic Printers and publishers Ltd. … haciéndolo con gran dificultad, sin asociados, sin contactos en Londres, excepto los que hacía personalmente. Desde el principio no tuvo más que una esperanza: que cada cliente estuviera lo bastante satisfecho como para volver. Era la única manera de establecer su reputación, sin entregarse a manos de otros. Roger conocía sus propias limitaciones. Sabía que no era un hombre para formar parte de comisiones y que las reuniones de directorio lo hubieran exasperado. Quería mantener las riendas en sus propias manos. Quería hacer las cosas a su manera, tomar sus propias decisiones, y resolver sus propios problemas. Si las cosas andaban mal, no habría que culpar más que a un solo hombre.
Durante muchos años las cosas no anduvieron mal, aunque muy despacio, como resultado de una paciencia infinita, y de una devota mano de obra, sin lograr nunca atraer la atención del mundo exterior. Nadie se incomodaba en hacer una propuesta para hacerse cargo de Futuristic. Ningún impresor le ofreció a Roger comprarle la firma. Lo mismo daba, desde que le hubiera resultado difícil ser, ni siquiera, cortés con cualquiera que lo hubiera sugerido.
La firma comenzó en un depósito modificado, en Kentish Town. El padre de Roger Schofield había sido un vendedor de artículos para imprenta en Yorkshire, y con esta base Roger levantó una pequeña firma que podía hacerse cargo del trabajo local y, paso a paso, con el correr de los años, pudo encargarse de trabajos más ambiciosos, de organizaciones mayores. El depósito estaba en un pedazo de tierra, cerca del Regent's Canal, con algunos edificios decrépitos, y un gran baldío próximo. Roger lo había elegido por esa misma razón. Cuando los negocios llegaron a un nivel lo bastante alto como para que contemplara la posibilidad de gastar algo de sus ganancias, pudo comprar una gran superficie adyacente al lugar de su trabajo, e hizo nuevas construcciones. Su planta de impresiones se extendió, y también instaló máquinas de litografía. Había comenzado como impresor de boletas, pequeños folletos y formularios, y ahora se aventuraba en el mundo de los catálogos en colores y hasta en revistas. Trabajaba con un margen ajustado. Ningún capital adicional había entrado jamás en la firma, y era esencial hacer una cuidadosa reorganización. Roger mantuvo esa reorganización con su propio y duro trabajo. Elegía sus operarios con cuidado y los trataba bien, como su padre lo había hecho siempre con los artesanos que habían trabajado con él. Roger era su propio gerente, y hasta algunas veces, su propio diseñador. Era su propio y más importante representante en ventas. Era un trabajo duro y siempre sería duro; pero era eso lo que le gustaba. No apartaba dinero para su retiro; le era imposible imaginar el momento en que pudiera tener necesidad de retirarse.
Cuando se cruzó en su camino la posibilidad de imprimir una revista de deportes, pequeña pero de alta calidad, la asió en el aire. Producir una revista semanal era una oportunidad. Las noticias de último momento, los resultados de los deportes, debían entrar pocos minutos antes de aparecer; tenían que hacerse las páginas de fotografías, y las coloreadas cubiertas, debían rasparse y rehacerse el día antes de que la revista llegara a los vendedores. Significaba descartar otros trabajos. Si la revista tenía éxito, Futuristic Printers seguiría con ella y alcanzaría una mayor estatura. Si fracasaba, pasaría meses de ansiedad tratando de construir algo nuevo para reemplazarla. Pero Roger Schofield era un hombre para enfrentar dificultades. Tomó la revista no sólo como impresor, sino como coeditor, trabajando conjuntamente con el impetuoso joven editor, que como él mismo, no tema paciencia para entenderse con las comisiones y mil vueltas de los grandes grupos de editores de revistas.
Las cosas marchaban bien para ambos. La circulación aumentó. Roger consideró una posterior expansión en la sección editorial.
Fue entonces cuando el editor compró los derechos por las memorias seriadas de un famoso jugador de fútbol. Habían sido escritas para él en algo parecido al inglés, por un competente reportero de deportes y vendidos a un conocido editor. El futbolista apareció en televisión, como propaganda para el libro y para la traducción en serie.
Dos días después de aparecer el primer capítulo en la revista, y quince días antes de la. publicación del libro, un wing izquierdo escocés demandó al autor por libelo.
El autor era un centro—forward. Era un brillante táctico, con un olfato casi pavoroso para anticipar los movimientos de los hombres con los que se enfrentaba, para engañarlos y volver a su favor las técnicas de los otros. Los columnistas lo habían llamado en distintas oportunidades "Charlie, el de la doble vista", y el "Clarividente Charlie". En sus memorias trataba de describir cómo había desarrollado esa facultad. "Conoce la medida de tu oponente", era uno de los subtítulos. "Conoce a tus opositores", decía el autor, "y aprende a engatusarlos". Describía los jugadores cautelosos y los impetuosos. Halagaba a unos y criticaba a otros. Y en un párrafo dijo que había un cierto wing—izquierdo, a quien nombraba, que era un hombre corpulento que podía atemorizar a un jugador inexperto, en razón de sus rápidos ataques desde el flanco, y su determinación de concluir con lo que había empezado. Desgraciadamente, dejaba al lector, o así lo dijo, con la clara impresión de que era un jugador peligroso, que podría causar daño nada más que por el placer de hacerlo.
Se demandó al editor del libro, se demandó al autor, y también se demandó al impresor. Tales eran los términos de la ley.
—Nos defenderemos —dijo Roger sin titubear—, es un comentario honrado.
—Dicen que no —respondió el editor que había venido a verlo. Era un hombre rubio, con corbata de seda y que usaba jabón perfumado con especias. La corbata era de las que usan en los colegios públicos que abastecen la columna vertebral de los editores ingleses. Después de su encuentro con él, Roger no se sintió muy feliz con respecto a la calidad de esa columna vertebral—, Dicen —declaró franca y tristemente— que es malicioso, y calculado para acarrear menosprecio y mala reputación, o algo por el estilo
—Siempre dicen esas cosas —respondió Roger tratando de aparentar confianza, como si hubiera disputado y ganado una docena de batallas legales.
—No somos muy hábiles para librar esta lucha —dijo el joven—. El libro era, en realidad... bueno, con franqueza, compañero, algo un poco fuera de lugar en nuestra nómina, en primer término. En general no trabajamos con ese tipo de cosas. Era sólo uno de esos lances. lo hemos perdido ... es una lástima... pensé que podría venderse bien. Y no deseamos vernos envueltos en complicaciones.
—¿Quiere decir que está pensando en algún arreglo?
—Si lo intentamos en este momento, probablemente nos desembaracemos sin mucho trabajo.
—Escuche —respondió con terquedad Roger—, no sé si usted lo ha hecho, pero yo he estado en partidos de fútbol. Ahora no tengo tiempo para ir, pero aún puedo decirle una o dos cosas referentes a los mejores jugadores. Y este hombre no tiene una reputación muy buena. Recuerdo uno o dos incidentes... un par de rótulas deshechas, y algunas sucias infracciones. Creo que...
—Me temo que no sé mucho sobre fútbol... no es mi juego.
Ellos iban a hacer un arreglo. Roger lo sabía desde el principio. El editor iba a ceder. Y el editor y su "fantasma"... ¿qué sucedería con ellos?
Fue a verlos. Titubeaban. El editor aconsejaba rendirse, y no se mostraban propensos a desoír ese consejo. Roger se sentó a conversar con el jugador. Si, era cierto que el wing izquierdo tenía mala reputación. Había dos hombres que se vieron obligados a retirarse del fútbol profesional, como resultado de las lesiones sufridas en choques producidos con él. Otro, se sentiría encantado de testimoniar que fue forzado a hospitalizarse durante un año por la rotura del bazo. Si el caso fuera al tribunal, habría bastantes evidencias para demostrar que el libro y la serie contenían comentarios justos con respecto a su estilo de juego.
Esto era suficiente para Roger. Si querían luchar, contraatacaría.
Pero los editores no estaban seguros. Su abogado investigó y señaló que los jugadores profesionales no recibían salarios altos. Era cierto que recibían bastante dinero marginal de trabajos adicionales proporcionados por sus entusiastas partidarios; pero el ala izquierda declararía su ingreso nominal, y era probable que solicitara ayuda legal. Y lamentara la posible pérdida de sus ingresos. Si los inhumanos auto editor e impresor no retiraban sus comentarios
—Y —dijo el abogado en presencia de Roger—. Aun si pierde…
—Como sucederá —dijo Roger.
—Aun si pierde, usted tendrá que pagar las costas. Puede repetir las costas contra él, pero como alegará su insolvencia, usted tendrá que costear los gastos.
El hombre sabía lo que estaba diciendo. El editor del libro, que había pasado antes por este tipo de cosas, también sabía lo que estaba diciendo El autor y su colega periodista estaban dispuestos a aceptar el consejo de aquellos que sabían, pero el editor de la revista era como Roger..., y Roger había sido criado por un padre estricto y recto que creía en la verdad como en una cosa real, más bien que como en una abstracción; declaró que no iba a dejar que el wing izquierdo se saliera con la suya. Lucharía.
No tenía la menor posibilidad de ganar. El autor y el editor del libro admitieron su responsabilidad. En cuanto a los editores de la revista, tercamente, negaron el cargo sosteniendo que era una locura. Perdió. El editor joven no tenía dinero propio.
En la misma semana que se iba a realizar el juicio, hubo una huelga. La mayoría de los hombres se negaban a participar, pero la Unión había declarado la huelga, Y durante tres semanas las máquinas se mantuvieron silenciosas. La acusación de libelo y esas tres semanas se sumaron para ocasionar una terrible pérdida. Veinte años de éxito lento, más diez años de moderada comodidad se fueron en el drenaje. Roger estaba terminado.
—Sé con exactitud lo que sintió su padre —repitió a Angela Forrest— Y yo también estaba tentado de tomar el camino que él tomó.
Pero en Roger Schofield había una veta de terquedad que le faltaba al viejo Forrest. No se rendiría hasta haber agotado la última posibilidad. Puso un aviso solicitando más capital en dos periódicos Y dos semanarios. Era una esperanza remota, y sabía en su interior que cualquier buen negociante lo rechazaría.
El hombre a quien aún consideraba como Edward Brornley no lo había rechazado. Había dado el dinero con la condición de convertirse en socio. Roger lo aceptó, considerando esto como una derrota parcial. Estaba agradecido a aquel hombre más joven, y determinado a hacer algo bueno de la sociedad; pero hubiera deseado dirigir las cosas a su manera, como lo había hecho durante treinta años. Ese sentimiento duró sólo pocas semanas. Desde el momento que vio a Edward... a David Newman, no tenía la menor importancia el nombre del hombre... actuando, supo que había encontrado a alguien cuya capacidad iba mucho más allá de la suya. David Newman tenía una habilidad para diseñar y una manera de manejar los asuntos del negocio, que inspiraba confianza y entusiasmo. Trasmitía este entusiasmo, no sólo a los clientes, sino al personal. Las muchachas en los bancos de confrontación lo admiraban. Los hombres que habían trabajado lealmente para Roger, ahora rendían ese pequeño extra que convierte un margen de ganancia adecuada, en algo considerable.
Al año, Futuristic Printers and Publishers Ltd. no sólo estaba fuera de dificultades, sino preparado también para competir con rivales más poderosos. Y ahora, con esa perspectiva por delante, había la negra perspectiva de perder a su socio.
—Miss Forrest... sólo le he dado una idea general de mi propia historia, pero debería ser bastante para demostrarle cómo Edward... , es decir, David... me ayudó y salvó la vida. ¿No diría usted que eso empareja algo las cosas?
El rostro fresco de ella permanecía inflexible. Las sombras se habían aposentado allí durante demasiado tiempo para que se borraran con facilidad.
—Diría que usted no es mi padre, Mr. Schofield. Admiro su lealtad, pero debo advertirle... ahora que sabe quién es David Newman, y que lo busca la policía, que si trata de interferir en cualquier forma, se colocará usted en contra de la ley.
Por supuesto, tenía razón. Pero a pesar de su experiencia con la revista de deportes, Roger aún estaba dispuesto a librar una batalla perdedora.
—No te preocupes, Roger —dijo David—. Continúa siendo un amigo. Te aseguro que no hay ningún riesgo en ello. Bien, Miss Forrest, usted dijo que tenía preparado para la noche un programa largo. Si ese es el caso, creo que fue un "bluff" eso de la policía, o ya estarían acá. ¿No cree usted que ha corrido un riesgo viniendo sola?
—No creo que usted sea lo bastante tonto como para tener que deshacerse de un cuerpo.
—Si no ha ido a la policía, entonces ¿para qué ha venido aquí? ¿Es una extorsión?
—El dinero no me devolvería a mi padre —dijo Angela Forrest—. Lo que yo quiero es que el asesino sea llevado a la justicia.
—¿Y con su venida al hotel, conseguirá eso?
—Mr. Newman. Ya se lo dije antes... He dedicado mucho tiempo... años, a acariciar la idea de encontrarlo. Es terrible acariciar algo durante tanto tiempo. Produce cosas terribles en la mente. Pero advertí lo que estaba sucediendo, y no queda convertirme en una loca... ni confundir la justicia con venganza. De manera que vine aquí, en primer lugar, para estar absolutamente segura de que usted era David Newman.
—¿Y en segundo lugar... ?
—He descubierto que es una terrible responsabilidad entregar a un hombre... cualquier hombre, a la policía. Sus ex colegas son las personas adecuadas para esa tarea, de manera que lo entregaré a ellos, primero. He estado pensándolo desde el último sábado, cuando lo vi en Wimbledon...
—¿El sábado...? —repitió como un eco David—. Pero, hoy es miércoles. Pero, ¿por qué esperó?
—Hendersley Supplies realiza sus reuniones de directorio una vez al mes —dijo Angela Forrest—. Después de la reunión, los directores van siempre al departamento de Mr. Henderson a tomar cocktails.
David sonrió.
—Eso solía realizarse en mi casa.
—Realizan su reunión de directorio esta noche —continuó Angela.
Hubo una pausa. Luego David rió.
—¿Y vamos a reunirnos con ellos para los cocktails?
—Sí.
—¿Y Theo... Mr. Henderson nos espera?
—No.
—Esto —dijo Roger con suavidad—, probablemente le costará su empleo.
—No, si Mr. Newman no puede probar su inocencia.
David hundió las manos en sus bolsillos. Bajó la cabeza como un animal irritado y acosado, listo para embestir. Luego caminó hacia la ventana. El sol había desaparecido detrás de las chimeneas Y altos tejados, y la luz trazaba un diseño de largas líneas y sombras sobre la pared de enfrente. Alguien, en alguna parte, tocaba un acordeón, y se escuchaba el ruido de un zapateo sobre el pavimento. Chirriaron los frenos de un coche. Roger se preguntaba si David estaba contemplando la posibilidad de evadirse. La muchacha no podría detenerlo. Podía desaparecer en la noche y no reaparecer jamás. Había desaparecido una vez; podía volver a hacerlo. Si tenía bastante dinero reservado...
Roger se recuperó con un estremecimiento. No iba a permitir que sus pensamientos tomaran esa dirección. David Newman no era culpable. Puso su fe en ello.
David se volvió hacia la habitación.
—Lo siento mucho, Miss Forrest, pero no iré con usted. Prefiero que llame a la policía.
Ella lo miró detenidamente.
—¿Lo preferiría?
Roger se levantó con rapidez de la cama. Angela se puso de pie.
—¡Al demonio con usted! —dijo David.
Ella miró el reloj de nuevo, y esta vez era evidente que estaba decidida.
—Es hora de salir. Si me da usted sus entradas al teatro, las regalaré cuando salgamos.
David rió con aspereza.
—¡La perfecta secretaria hasta el fin! —Tomó los billetes de su cartera y, cuando ella se acercó para recogerlos, él la tomó por los brazos—. ¿Sabe usted una cosa, Angela Forrest... ? ¡Es usted todo una mujer!
Ella se separó de él, coléricamente. David levantó una ceja burlona, mirando a Roger. Aun ahora podía rehusarse a seguirla o podría apartarla y huir, o hasta...
Pero cuando ella se dirigió hasta la puerta, los dos hombres la siguieron.