CAPÍTULO II 

EL SOL DEL ATARDECER proyectaba la sombra de un aviso de neón sobre la pared de una habitación. Roger Schofield estaba en la ventana y observaba el extremo de la cola que se había formado calle abajo esperando entrar en un cinematógrafo. En diez minutos más, la cola podía prolongarse, estirándose hasta por detrás del hotel. 

Roger probó el whisky con fruición y luego estudió a su viejo amigo. Viejo amigo: así era como pensaba de Edward Bromley, después de un año de sociedad. 

Edward se inclinaba sobre el tocador, atándose el moño de la corbata. Parecía complacerse en el ritual. Había algo infantil en ello. Cuando Edward salía por la noche, extraía hasta la última gota de todos los aspectos de esa noche. 

Roger puso un dedo por dentro de su cuello y lo aflojó ligeramente. Había sido un día caluroso. Con una mezcla de resentimiento y buen humor, inquirió: 

—¿Puedes darme una buena razón por la cual el usar un smoking me ayude a gozar una obra de teatro? 

—Mi querido amigo. si una función puede hacerte olvidar lo que llevas puesto o hasta que tienes algo puesto, entonces la función es un éxito. 

—Estoy seguro de que debe haber otras maneras más fáciles de descubrirlo —rezongó Roger. Observó al hombre más joven ponerse su smoking. Todo lo hacía Edward en forma ágil y minuciosa, las cosas en su habitación del hotel estaban siempre en el mismo lugar, todo listo y a mano, como si en cualquier momento pudiera necesitar empacarlas y salir. En el último año, este pensamiento, a menudo, había dado a Roger una sensación de incomodidad. Aventuró—: Edward, todavía hay en ti una cantidad de cosas que me intrigan. 

—Excelente —respondió Edward, tomando su copa—. Todos los seres humanos deberían reservarse, por lo menos, un poco de misterio. 

—¿Por qué vives en un hotel? —insistió Roger—. No es una vida para ti. 

—Los hechos parecerían contradecir eso. He vivido aquí desde que me conoces. Deberías estar acostumbrado ya. 

—Todavía me parece extraño. 

Edward levantó con burla su oscura ceja por encima del vaso. 

—Tú sabes que amo el teatro. Voy dos o tres veces por semana, cuando puedo. El hotel está bien ubicado. Eso es todo. 

—¡Oh, tonterías! Hay algo más que eso. 

Edward no respondió. En cambio se dirigió a la ventana y miró hacia abajo a la calle. Roger estaba de pie a su lado. Ambos tenían conciencia de la palpitación de Londres que los rodeaba por todas partes, una apagada palpitación que nunca perdía su excitación. Roger era ahora un hombre de cincuenta años y había venido a Londres desde Yorkshire, hacía casi treinta años; pero todavía la capital no había perdido nada del inquietante estremecimiento que había sentido la primera vez. Y Edward, quien había dicho que estuvo en Sud África durante muchos años, sentía lo mismo. 

"Quién había dicho que estuvo ausente en África del Sur..." Bien, porque ... se preguntó Roger, ¿acaso lo estoy poniendo en duda?

—Es difícil creer que éste es nuestro primer aniversario. Me parece que deberíamos celebrarlo en la iglesia, más bien que en el teatro. Después de todo, fue un regalo del cielo que contestaras mi aviso. 

—Todo lo que tú querías eran mis cinco mil libras —dijo. Edward burlonamente—. Ni siquiera pediste referencias. 

—Y tú diste el dinero con tanta facilidad... —dijo Roger—. Desconfié durante muchos meses. 

Al instante se arrepintió de lo que había dicho. Había sido una manera de expresarse desacertada y absurda: Edward se puso serio y se dirigió desafiante hacia él.

—¿Confías en mí ahora? 

—Por supuesto que sí. 

—¿Estás seguro? 

—¿Hablas en serio? —preguntó Roger. 

—Sí —entonces Edward, de pronto volvió a ser el cínico que era—. Oh, bien, no importa. Te haré la misma pregunta de aquí a un año. 

Roger tomó una decisión. Había estado esperando esta oportunidad durante un tiempo. Se hundió en un sillón próximo al tocador y dijo:

—¡Oh, no! No lo harás. No fui yo quien sacó el tema de la confianza. Fuiste tú. De manera que arreglaremos el asunto aquí y ahora. Siempre me ha preocupado, y sé que siempre has tenido conciencia de ello. Ni siquiera pudiste ocultarlo en nuestra primera entrevista —rió al recordarlo—. ¡Cuando pienso ahora en esa entrevista... !Ahí estaba yo, al borde de la bancarrota, muerto de miedo de preguntarte cualquier cosa que pudiera hacer que me mandaras al demonio. Y aun cuando tú tenías todas las ventajas, estabas más asustado que yo de que te hiciera alguna pregunta, Oh, sí, lo sentí a los pocos minutos, y también que te importaban un bledo las cinco mil libras. Lo que tú querías era probar algo, y ese algo era más importante para ti que el dinero. 

Hubo una larga pausa. Entonces Edward preguntó tranquilamente: 

—¿Y he probado algo? 

—Sí, has probado que eres un hombre de negocios, mucho mejor que yo —curioso, pensó, cómo algunas personas tienen el olfato para ello. Cuando Edward se unió a Futuristic Printers & Publishers Ltd. no conocía nada de esas actividades. No distinguía entre un "pelo de espacio" y un "punto", y sin embargo...—. El año pasado —dijo Roger— tuvimos más beneficios que en cualquiera de los tres mejores años sumados. ¿Era eso lo que querías probar? 

Edward dejó su copa. 

—Iba a ofrecerte otro whisky, pero me parece más conveniente no hacerlo. Ahorraremos tiempo si comemos abajo. Sé que es una ocasión para algo mejor, pero para celebrar nuestro aniversario el año que viene, arreglaré algo realmente bueno, te lo prometo. .¿Vamos? 

—No —dijo Roger—. Y tomaré otra copa. He estado esperando esta oportunidad durante meses. 

Extendió su vaso vacío. Edward lo tomó con una sonrisa sesgada. Algunas veces parecía tener más de sus treinta y ocho años; no era sólo la barba lo que le agregaba años, sino un curioso cansancio, una cautela que algunas veces asomaba a sus ojos, y que en cierta forma se extendía a las leves líneas que la desilusión había marcado en su cara. 

Después de haber llenado los vasos, inquirió: 

—¿Te gustaría volver a comprar mi parte, en plazos cómodos? 

—No —repuso rápidamente Roger. Luego agrego—: Eso es lo que querías que te respondiera, no es así? 

—Roger, eres un hombre bueno. Lo advertí desde el momento en que te vi. Es por eso que no me preocupé por el destino de mi dinero. 

—Sin embargo, te estabas arriesgando. Un pequeño error de juicio... y podías haber perdido cinco mil libras. 

—Uno de los secretos de los buenos negocios —respondió Edward—, radica en no cometer pequeños errores de juicio.

—Ahora escucha, Edward. Estamos discutiendo una cuestión de confianza, y tú has dejado de lado el tema con mucha habilidad. He esperado un año por esta oportunidad, y no esperaré otro. 

—Parecería que quieres descargarte de algo que tienes entre pecho y espalda. 

—Así es. 

Edward rió, pero cautelosamente: 

—Continúa, entonces. 

Roger hizo una profunda inspiración. 

—He hecho algunas averiguaciones sobre ti. 

—¡Oh! 

—Sí, pero adondequiera que me haya dirigido, no saqué nada en limpio. 

—Entonces, ¿no confiaste en mí, después de todo? 

—Sí, confié en ti. Pero tenía mucha curiosidad. 

—¿De veras? 

Roger a pesar de su afecto por Edward, sintió cierta irritación. No era extraño que hubiera sentido curiosidad por el hombre que había tomado como socio, ¿no es así? Un hombre que apareció de improviso, respondiendo a su aviso, que había dado el dinero sin discutirlo siquiera y salvado la firma de la bancarrota; que, sin embargo, permanecía reservado con respecto a su pasado y al origen de su dinero. 

Roger dijo, a la defensiva: 

—Siempre he sido un hombre de negocios, recto franco. Me gusta saber a qué atenerme. Me gusta saber con quién trabajo. 

—Nunca he estado en la cárcel. 

—Es la única cosa que he podido averiguar. O si has estado, no ha sido con el nombre de Edward Bromley. 

Edward se echó a reír, áspera e inesperadamente. Roger se inclinó hacia adelante. 

—Edward, déjame preguntarte algo, por favor. Y dormiré mucho mejor si me lo respondes. 

—No. 

—Entonces, dime una sola cosa. ¿Me consideras sólo como tu socio o como un amigo? 

La respuesta estaba en la cara de Edward antes de que hablara. Dijo suavemente: 

—Como mi único amigo. 

Roger tuvo deseos de estirar su mano y tomar el brazo del más joven. Pero había sido criado en una ciudad norteña, áspera, en donde no se tenían demostraciones de ese tipo. Había aprendido desde temprana edad a ser poco demostrativo, y era demasiado tarde para cambiar. 

Se puso de pie. 

—Ahora bajemos, ¿quieres? 

—Lo lamento, Roger —Edward se alejó—. La razón por la que no quiero que me hagas preguntas, es porque odio mentir. 

—¿Y tienes que mentir? 

—Hay dificultades... 

—Dices que soy tu único amigo: ¿Para qué son los amigos si no para ayudar? Y tú necesitas ayuda, ¿no es así? 

Edward comenzó a pasear por la habitación. No había mucho espacio para ello en este cuarto de hotel. 

—¡Oh, Dios! No sé qué hacer. Escucha, haz tus preguntas. Puede ser que las responda y puede ser que no. Pero si lo hago, no pidas explicaciones. ¿Estás de acuerdo? 

—Me parece bastante justo —asintió Roger. 

—Muy bien. Adelante. 

—Aún quiero saber por qué vives en un hotel en lugar de establecerte en alguna parte. 

—A causa del teatro —respondió tercamente Edward—, ya te lo dije. 

—Y yo te he respondido que me parece una tontería —Roger titubeó y luego espetó—: ¿Hay alguna razón por la cual no puedes o no quieres establecerte? ¿Eres casado? 

—No lo sé —respondió Edward. 

Roger quedó sorprendido. Era lo último que esperaba. 

—¿Qué demonios quieres decir con eso? 

—No lo sé, y esa es la verdad. La otra pregunta... 

—Muy bien. ¿Tienes familia? 

—No lo sé. 

—¡Pero, tienes que haberlo sabido en uno u otro momento! —protestó Roger—. ¿Qué familia tenías la última vez que lo supiste? 

—Tenía mi madre y un hermano cuatro años mayor que yo. 

—¿Viven? 

Edward se encogió de hombros. 

—Probablemente... 

—¿Qué significa eso de "probablemente"? 

—No he visto a ninguno de ellos, desde hace casi seis años. 

—¿No tienes deseos de verlos? 

—Sí, y muchos —Edward sonrió abstraído—. Pobre Roger. ¿Aún quieres que continúe? 

—Dime, ¿no estarás acaso sufriendo de amnesia? —preguntó Roger. 

—Por el contrario. Recuerdo todo vívidamente. Demasiado vívidamente. 

—Es evidente que necesitas urgente ayuda —dijo Roger—. ¿Por qué no la has solicitado? 

—No tengo nada que decir a eso —Edward echó una ojeada al reloj—. Ya es hora de que bajemos al restaurante.

—Muy bien. Una sola pregunta más. Edward Bromley... ¿es tu verdadero nombre? 

El tránsito continuaba palpitando afuera, y había un ligero arrastrarse de pies, a medida que la cola para el cinematógrafo se desplazaba sobre la acera. Dentro de la habitación se hizo el silencio, pesado y sofocante. Los hombres se miraron. 

En este momento sonó el teléfono. 

Edward, agradeciendo, se apresuró a contestar la llamada y levantó él receptor. 

—¡Me salvó la campana! —dijo entre dientes. Y, en el teléfono—; ¿Sí? Oh, ¿cuál es su nombre? —miró a Roger por un momento, y cubriendo la bocina con la mano, le preguntó—: ¿Conoces a alguien llamado Forrest... Miss Forrest? 

—Nunca he oído su nombre. 

—¿Tiene, algún negocio urgente con nosotros? 

—Si tú no lo sabes, entonces es seguro que no lo tiene —respondió Roger. 

Edward retiró la mano del teléfono. 

—Siento mucho, pero no la conozco. Dígale que llame en otro momento a mi oficina. Usted tiene anotada mi dirección, ¿no es así? ¿Qué? Mire, dentro de unos momentos voy al teatro, y ahora no es oportuno —su entrecejo se arrugó impaciente. A Edward no le gustaba que sus planes se interrumpieran o alteraran en el más mínimo detalle. Su vida privada y su vida de negocios estaban impecablemente organizadas, y quería mantenerlas así—. Bien —dijo con violencia—, no puede ser tan importante como para no telefonear de antemano. No. No quiero que espere en el hall de entrada. 

Roger pensó que era el momento para encaminarse, con discreción, hacia la puerta. 

—Desapareceré por un momento, si quieres. 

—¡Tonterías! Quédate donde estás. Debe estar loca o ebria —escuchó durante un momento; luego suspiró—. Oh, muy bien. Dígale que suba —colgó el receptor, y se volvió con irritación hacia Roger—. Dijeron que se estaba convirtiendo en un engorro. Creen que podría hacer una escena si no la recibo. 

—Espero que no sea una escena con respecto a tu pasado... 

Edward ignoró esto último. 

—Es un maldito fastidio —dijo—. Angela Forrest..., ¿estás seguro de que ese nombre no tiene ningún significado para ti? 

—No en conexión con los negocios —insistió Roger con firmeza—. Mientras esperamos, ¿puedo seguir haciendo preguntas? 

—No. 

—Bien. Pero no estés tan preocupado. Y mejor será que seas cortés. Puede ser joven y atractiva. 

Edward miró nuevamente su reloj. 

—Podemos perder parte del primer acto. Ninguna mujer lo merece. y supongo que el miserable portero me guiñará con complicidad cada vez que me vea pasar —gruñó con exasperación—. Creo que será mejor que comamos un sándwich en un bar, y que luego cenemos. Ah... a propósito, mañana a la tarde no iré a la oficina. 

—¿Otra vez Wimbledon? 

—¿Te importa mucho? 

—Si no fuera tan viejo, podría pensar en aprender golf, como contraparte. ¿Por qué no te tomas el resto de la semana? Te lo has ganado. 

Se oyó un golpe en la puerta. Edward casi salto hacia ella y la abrió. Como se mantuvo de pie, con una mano en el picaporte, debió ser evidente para la visitante, que se esperaba que permaneciera apenas contados minutos. 

—Buenas noches —dijo ella. 

Trataba de que sonara firme, pero había un leve temblor en su voz. Podría pensarse que deseaba ganar un momento de alivio, mientras reunía valor para explicar su misión. Pero tal cosa no encuadraba bien en la personalidad de quien había estado dispuesto a provocar una escena desagradable, abajo. 

Este último pensamiento, por cierto, estaba en la mente de Edward. Sin ningún preámbulo, y aun sin apartarse de la puerta, gruñó: 

—Vea usted.. ¿Qué demonios significa esto de armar un escándalo con el personal del hotel? 

—Cuidado Edward —había algo en la cara de la muchacha, pálida, pero decidida, que provocó el aviso de Roger—. Buenas noches, Miss.. eh... Forrest. ¿no es así? 

—Gracias, Mr. Schofield. 

Esto era inesperado. 

—¿Sabe mi nombre? Qué interesante... 

—Me interesaba conocerlo. 

En ese momento Edward se apartó de manera que ella pudiera entrar en la habitación. Titubeó; luego cerró la puerta tras de ella. 

—Tal vez —dijo con frialdad— será usted lo suficientemente amable para decirnos qué asunto la trae aquí. 

Es bonita, pensó Roger. Siendo joven, se hubiera sentido muy impresionado por esa combinación de pelo castaño claro y grandes ojos azules, desconcertantemente azules, y desconcertantemente francos. Su boca debería haber estado llena de risa, pero en ese momento se mostraba apretada y desafiante. Debía tener entre veinticinco y treinta años; las ojeras agregaban a los ojos una mirada triste y pensativa que la hacía parecer mayor. 

—Sí; tengo la intención de hacerlo, Mr. Newman. 

Roger se sobresaltó. 

—¿Mister qué... ? 

—Mr. Newman —la joven tragó—. Creo que es corriente en estos casos —continuó en un tono que hubiera podido elevarse en cualquier momento a un grito de angustia— que usted diga: "Creo que está equivocada. Mi nombre no es Newman. Es Bromley. Edward Bromley..." —trató de reír. 

Roger se encontró haciendo eco a la risa, pero sin la nota de histeria. Ella lo miró en forma inquisitiva. 

—Lo lamento, Miss Forrest —dijo—, pero es bastante gracioso que esto suceda precisamente después de la conversación que acabamos de tener —inclinó la cabeza hacia Edward—. ¿Tal vez, Miss Forrest, quiera usted presentarnos, ahora? 

—Está bien —dijo Edward con brusquedad—, lo haré yo mismo. Ella tiene razón. Mi nombre es David Newman. ¿Significa algo para ti? 

—¿Acaso debiera significar algo. David Newman...? 

Movió negativamente la cabeza, pero hasta cuando lo hacía, sintió que el nombre sonaba como una campana en alguna parte. No podía ubicarlo. David Newman... En alguna parte lo había oído o había leído algo sobre él, o lo habían mencionado en conexión con algo sucedido años atrás; era tan vago como todo eso. Lo recordaría. Y aunque no lo recordara, tenía la sospecha de que sería informado de cualquier manera 

Roger, de pronto, tuvo conciencia de que algo frío había irrumpido en la tibia noche de verano. Tuvo la sensación de que no iba a gustarle lo que iba a oír.