CAPÍTULO V
DAVID LOS LLEVÓ en su automóvil a Mount Street en menos de cinco minutos. Había en su coche, teóricamente, un asiento trasero, pero Roger descubrió que no estaba destinado a personas que tuvieran piernas de más de dos pulgadas de espesor. Se alegró cuando David y Angela Forrest descendieron, y él pudo recuperar su libertad.
Subieron tres escalones y entraron en un hall tapizado con una espesa alfombra. Había flores en un gigantesco florero en el centro del hall con una luz que lo iluminaba desde abajo. El sucesor de David se trataba muy bien pensó Roger.
El departamento estaba en el segundo piso. Cuando llegaron a la puerta, Angela titubeó.
David saltó en seguida:
—Pensándolo por segunda vez, Miss Forrest...? Después de todo, bien pensado, ¿no es una idea tan buena, verdad? Nunca se sabe lo que se puede provocar... Cosas que pueden atraerle la antipatía de su empleador y sus asociados.
Angela tocó el timbre.
Hubo una pequeña demora. Ninguno de ellos habló. Roger estaba sorprendido con la incongruencia de todo ello: la muchacha atractiva con su rostro decidido, y David y él mismo, vestidos de smoking como si fueran a asistir a una fiesta. No era posible que fuera una reunión muy alegre.
Abrieron la puerta. La mujer que vino a abrirles tendría treinta y seis o treinta y ocho años. Si Angela mostraba una firme determinación en sus facciones, esta mujer tenía una energía permanente, adquirida a lo largo de la vida. Tenía pómulos altos y una frente amplia, con cabellos negros echados suavemente hacia atrás. Su rostro era hermoso pero expresaba preocupación. Probablemente tendría la misma apariencia durante veinte años más, y cuando comenzara a envejecer, conservaría su belleza por la hermosa estructura de su cabeza. Con algunas mujeres, uno piensa en forma automática en la juventud y en lo que deben haber lucido años antes; con esta mujer, se pensaba en cómo luciría años después.
Por lo que había oído hasta entonces, no podía ser más que una sola persona.
—Buenas tardes, Mrs. Kingsley —saludó Angela.
—Buenas tardes, Miss Forrest. No esperaba verla esta tarde. Hay algo que...
—Es muy urgente. Debo ver a Mr. Henderson.
Mrs. Kingsley apretó los labios.
—Está aquí, por supuesto, preparando las bebidas con su habitual eficiencia —se sonrieron fugazmente una a la otra, como ante una vieja broma compartida—. Pero usted sabe que detesta ser interrumpido en casa. ¿Está segura de que es algo importante?
—Muy importante —respondió Angela—. Afecta a todo el directorio de Hendersley Supplies.
—¿De veras? —había algo un tanto protector, un poco demasiado presumido en la inclinación de su cabeza. Miró en forma inquisitiva a los dos hombres—. ¿No merecemos ser presentados?
Angela, confundida, se apartó un paso.
—Mrs. Kingsley, éste es Mr. Roger Schofield.
—¿Cómo está usted?
—Y éste… —se detuvo.
—¿Tal vez pueda presentarme yo mismo cuando entre? —exclamó David.
Mrs. Kingsley cruzó su mirada con la de él, como si estuvieran cruzando espadas. Su pestañeo de sorpresa fue tan calculado como había sido un momento antes.
—Espero que sabrá lo que hace, Miss Forrest. Es usted la que tiene que explicar a Mr. Henderson que puede ser tan importante como para irrumpir en su casa... especialmente en una oportunidad como esta —expresó.
—Lo explicaré con el mayor gusto.
—Muy bien. Adelante, entonces.
La siguieron a través de un pequeño hall a una gran habitación que estaba más allá. Había un murmullo de conversaciones que se convirtió en estruendo al abrirse la puerta. De pronto se silenció.
Un hombre de cara angosta y cabello color arena se volvió hacia ellos cuando entraron. Había estado riéndose por algo, pero cuando vio a Angela Forrest, frunció el ceño con irritación.
—Miss Forrest insiste en verlo, Theo —explicó Mrs. Kingsley.
—En verdad. Miss Forrest, no entiendo qué puede...
—Lamento interrumpir así —aclaró Angela—. No lo hubiera hecho si no fuera... esto es... yo... Oh Dios...
Roger se preguntó si David tendría la misma sensación de ahogo que él sentía en la garganta. Se obligó a hablar.
—Miss Forrest probablemente estará desconcertada ante tal concentración de directores. Buenas tardes, mi nombre es Roger Schofield.
Todavía intrigado y con el entrecejo fruncido, Henderson tendió la mano. Detrás de él, otro hombre se estaba poniendo de pie. Era alto y fornido. pero un poco agobiado de hombros. Miró más allá de Roger.
—Hola, Colin —saludó David.
Hubo un segundo de silencio absoluto; luego surgió un murmullo de voces.
—¡David!
—¡David Newman! —un hombre grueso con un vaso de whisky en la mano, se puso de pie con dificultad—. ¡Bien que me condenen...!
—¡Maldito sea… ¡De dónde…
—¡Qué coraje!
Todos avanzaban hacia él. Cinco hombres ultrajados y desconcertados al mismo tiempo... pero no se acercaron demasiado. Angela Forrest y Mrs. Kingsley retrocedieron David permaneció donde estaba, solo.
Roger, que se había adelantado al entrar en la habitación, retrocedió y quedó detrás de su amigo.
El rostro de David estaba impasible. No daba señales de lo que sentía al enfrentarse con sus viejos colegas. a quienes, según se decía, había traicionado. Todos lo detestaban y él lo sabía.
¿Qué era lo que David Newman veía, cuando miraba uno tras otro los rostros; en qué pensaba?