CAPÍTULO PRIMERO

ESTUVO BUSCÁNDOLO durante cinco años. Con frecuencia, durante ese tiempo, se sintió tentada de escuchar a la gente que le aconsejaba renunciar. A menudo, el cansancio llegaba reptando por su cuerpo hasta su mente, de manera que había estado dispuesta a olvidar. Pero esa inclinación nunca fue lo bastante fuerte. Nunca pudo, en realidad, olvidar. Continuó buscando. 

Y ahora, en esta hermosa tarde en Wimbledon, cuando en verdad no lo buscaba ni esperaba encontrarlo, al fin lo vio. 

Estaba sentado en el extremo lateral del Central Court. La mayor parte de los hombres se habían quitado el saco. El sol caía sobre las cabezas: aquellos sentados adelante, fuera de la sombra, estaban "decorados" con pañuelos anudados y diarios doblados. La luz del sol se reflejaba con intermitencias en un par de anteojos. La mujer que los usaba se volvía de un lado a otro, y cada vez que lo hacía, un breve resplandor se proyectaba de acá para allá. Entre los vestidos de verano y las camisas blancas de sport, la acicalada barba negra del hombre era como un oscuro signo de puntuación. 

Los ojos de Angela Forrest dejaron de seguir el ir y venir de la pelota. Se sentó tensa, sin poder creer lo que veía. 

Pero era verdad. Más allá, enfrascado en el juego, se encontraba el hombre que había estado buscando. Aun a esa distancia, tenía la seguridad de ello. Recordaba demasiado bien las horas que ella y aquel pobre joven artista que la adoraba habían pasado agregando barbas de todos los tipos y formas posibles a las copias fotográficas, para que aun disfrazado, pudiera reconocer al hombre verdadero. 

El hombre verdadero... Angela rió con tristeza. Una curiosa palabra para hablar de David Newman. 

David Newman ... o cualquiera fuese el nombre que usara ahora. 

Hubo un estallido de aplausos al terminar el "set". Angela no podía distraerse ni por un segundo en mirar a los jugadores. Era demasiado fantástico que esto hubiera sucedido al fin. Siempre había sabido, siempre había tenido fe en que en algún momento, en alguna parte, se encontraría con Newman; pero ahora que él estaba ante sus ojos, tenía miedo, miedo de apartar sus ojos ni por un momento, temerosa de que todo resultara un espejismo. 

A la distancia, las caras resplandecían y se deformaban por el calor. El hombre sentado al lado de Angela se enjugó el cuello, exhalando un pequeño gruñido. Era uno de esos sábados de julio que llevan a la gente a la costa o al campo o, absurdamente, a la fatigante excitación de Central Court. Una de las cosas que sabía con respecto a su presa era que podía confiar en que el hombre volvería siempre que le fuera posible, cuando se jugara alguno de los grandes torneos. Había averiguado mucho acerca de él y no tardaría en enrostrarle todo lo que había sabido. 

—Disculpe —dijo el hombre que estaba al lado de ella. 

Angela ni siquiera había advertido el puntapié casual que aquél le había dado al cambiar de posición. Sonrió abstraída, sin mirarlo. Después de unos momentos, tuvo la sensación de que su vecino la estaba estudiando. Casi podía sentir su mirada sobre sus largas piernas, en los brazos desnudos y en la turgencia de sus pechos bajo el vestido del color del narciso amarillo. 

De pronto se volvió hacia él: El hombre tosió, simuló mirar a alguien que estaba más abajo, y luego aprovechó la oportunidad para aplaudir una fuerte devolución de uno de los con ten dores. 

Un hombre regordete y grasoso, pensó Angela despectivamente. Cuando apartó sus ojos de él, olvidó por completo sus fláccidas facciones. Fueron reemplazadas por los rasgos de ese rostro duro y cruel que estaba del otro lado de la cancha: el rostro de un asesino. 

—Asesino— dijo Angela por lo bajo. 

No hubiera sido raro que David Newman, a pesar de la distancia, sintiera la intensidad de su odio y al mirarla, adivinara quién era ella y cuáles eran sus intenciones. Pero no movió la cabeza. Estaba totalmente absorto en el duelo que se llevaba a cabo entre esos dos hombres que bailaban, corrían y saltaban en la cancha. 

Hubo un estruendo de aplausos. Uno de los hombres —ya había olvidado quiénes estaban jugando y no le importaba el resultado— se abalanzó a la red y estiró los brazos. 

—¡Lo logró! —exclamó una mujer, a pocos metros de distancia—. Te lo dije... Te lo dije... Yo lo sabía... 

Angela sintió pánico. Algunos ya estaban poniéndose de pie. Los "singles" habían terminado. Algunas personas se dirigían hacia las salidas; otros se estiraban en sus asientos y decían: "Hace calor, ¿no es cierto? y nos íbamos a quedar para ver los dobles mixtos... Pero, acaso sería una buena oportunidad para irnos. ¡Qué día!" 

Angela se puso de pie. Hubo un movimiento confuso en el otro lado. Había perdido al hombre de la barba. Se había ido. Pero no podía haber desaparecido tan ligero. No podía desvanecerse. 

Volvió a encontrarlo. Él también estaba de pie. Él también había decidido no quedarse a ver los dobles mixtos, demasiado lentos, comparados con esta última lucha. Lo observó alejarse a lo largo de la fila. 

Ella se dirigió hacia la salida, abriéndose paso con los codos, a medida que avanzaba. 

Había una multitud de personas en el camino principal. Si Newman caminaba ligero podría perderse de vista. Pero él no estaba escapando: ni siquiera sabía que ella estaba allí. Lo vio, alto y bien plantado, entre las cabezas que se movían. No tenía prisa. Tal vez estuviera recordando y juzgando el partido que acababa de ver. 

Angela se abrió paso entre el gentío hasta que estuvo a pocos pasos de él. No se atrevió a ponerse a su lado y mirarlo de frente, pero podía observar su perfil, cuando se movía indiferente de un lado a otro. 

Era una cara de la que conocía cada detalle, pero hasta ahora no la había visto con vida. Era toda una realidad: en lugar de ser una colección de rasgos congelados para siempre en una fotografía, ahora tenia vida. Se la podía llamar una cara enérgica: los ojos eran oscuros y de mirada intensa, la boca de expresión decidida y su barbilla agresiva; y la prominente barba negra acentuaba esa determinación. Determinación... o crueldad. Era la arrogancia y la suficiencia en la cara de un hombre que limpiamente se había alzado con más de cien mil libras esterlinas. 

Hubo un estruendo de aplausos del otro lado del cerco. Uno o dos de los caminantes se detuvieron a mirar por entre los intersticios hacia la cancha. Newman titubeó. Angela rogó porque no regresara a presenciar la nueva partida. Ahora que lo había encontrado; debía seguirlo para saber dónde vivía. Una vez localizada su residencia, lo demás seguiría en forma ineludible. Él no lo sabía, pero parado allí bajo el sol de verano, era ya un prisionero. 

Después de un momento interminable, comenzó a caminar. Apresuró el paso. Era el tipo de hombre que, una vez tomada una decisión, la pondría sin demora en acción. 

—Asesino —volvió a decir Angela, hablando consigo misma, a medida que caminaba tras de él, moviéndose entre los grupos y parejas que marchaban despacio por el sendero—. Asesino...

El hombre se dirigió hacia la playa de estacionamiento. Entraron casi juntos. 

Él tenía un coche sport grande, de color rojo. Eso, también era una parte esencial de su personalidad. El dinero que le costaba, reflexionó ella con amargura, provendría de los miles robados. Su padre estaba muerto: la firma se había hundido, y aquí estaba este hombre gozando de la vida, gracias al dinero ajeno. 

Una vez más tuvo miedo de perderlo. Su pequeño coche, de segunda mano, nunca podría alcanzarlo si el otro llegaba a correr. Afortunadamente no había mucha oportunidad de poderlo hacer esta tarde. El tránsito era intenso en ambas direcciones. Se producían innumerables detenciones y demoras, durante las cuales el sol castigaba las hileras y amontonamientos de coches, saturando el aire con el olor del metal caliente y las emanaciones de los combustibles. El coche sport no pudo abrirse paso con facilidad, hasta que llegaron a Putney Hill, y luego roncando se alejó hacia el puente. Angela apretó los dientes y aceleró su coche pasando a un pesado camión. El rojo vivo del coche sport resplandeció colina abajo; luego aminoró su velocidad, volviendo a una marcha normal. Ella podía maniobrar más ágilmente de lo que podía hacerlo Newman, y cuando cruzaron el Putney Bridge, girando a la derecha, estaba de nuevo próxima a él. Atravesar Fulham y hasta un poco más allá, era difícil. Había momentos en que el hombre se alejaba con alarmante velocidad, pero una y otra vez la salvaron las luces del tránsito. Cuando al fin llegó a Leicester Square, ella lo seguía de cerca. En forma sorpresiva, el hombre aminoró la marcha, dirigiéndose hacia un costado. Antes de que ella pudiera comprender lo que pasaba, el hombre había entrado en el garaje de un hotel. Cuando Angela pasó frente a la entrada, tuvo una vislumbre del coche rojo que desaparecía por una rampa descendente. 

Estacionó a quince metros del hotel, y volvió caminando. Un portero uniformado detuvo la puerta giratoria. Ella sonrió y entró. 

Ahora estaba perdida. Si preguntaba en la receptoría por David Newman había probabilidades de que negaran conocerlo. No tenía la menor idea del nombre que podía estar usando. Y en el caso poco probable de que fuera lo bastante tonto como para continuar usando el apellido Newman, no quería encontrarlo todavía cara a cara. Su encuentro tendría que ser diferido hasta que hubiera decidido lo que quería hacer. 

Angela se sentó en un sillón próximo a la receptoría y trató de simular que aguardaba a alguna amiga. 

Apenas se había sentado, cuando David Newman entró por una puerta lateral acercándose al empleado. Angela mantuvo la cabeza baja. No era probable que él la hubiera visto ni en Wimbledon ni en el camino de vuelta, pero no quería correr ningún riesgo. 

—¿Me consiguió esas localidades para el teatro? —preguntó. 

—Aquí están, Mr. Bromley. Dos plateas adelante, para el miércoles. 

—¿Bien ubicadas, espero? 

—¿Mr. Bromley, alguna vez le hemos...?

—No, Charles, nunca... Discúlpeme... Estoy seguro de que tendremos los mejores asientos del teatro. 

Por supuesto que la cara de las fotografías no tenía voz. Este hombre tenía una voz profunda, pero un tanto brusca... No precisamente lo que ella hubiera esperado. Había un algo de nerviosidad en ella, que estaba en conflicto con la seguridad que aparentaba su cara. 

Angela permaneció con la mirada fija en la alfombra hasta que el hombre que se hacía llamar Bromley se retiró. "El próximo miércoles...", pensó. De pronto se sintió sorprendida por la realidad de las cosas que estaban sucediendo ese día. Levantó los ojos cuando el hombre entraba en el ascensor. Las puertas se cerraron tras de él, pero aún podía verlo con tanta claridad como lo había visto en su imaginación. cuando estudiaba los concurrentes a los estrenos teatrales, mes tras mes, año tras año, y las muchedumbres de Wimbledon. 

Salió del hotel, despacio. El próximo miércoles sería perfecto. El plan comenzaba a tomar forma en su mente. El próximo miércoles David Newman, ese asiduo concurrente a los teatros se encontraría asistiendo a una función de muy distinto carácter.