Frente del escenario delante de un telón de gasa semitransparente tras el cual se ve parcialmente el cementerio. Una silla, un tocador, un baúl abierto. La actriz se está vistiendo y maquillando de duquesa.

 

ACTRIZ.- No me lo puedo sacar de la cabeza. Francisco de Goya y Lucientes. Cuando quiera reírme de él lo llamaré “Hombre Rana”. ¿Cómo es posible que yo, Doña Cayetana, con mi belleza, mi buen gusto, mi nombre, no pueda sacármelo de la cabeza? Me obsesiona como ningún hombre me ha obsesionado. Cuando se va, no desaparece, aquí se queda. Es bajo, paticorto, fondón y entrado en años. Y lo que es aún peor: está casado y es padre de Dios sabe cuántos hijos. ¿Cómo es posible? Igual da, al fin y al cabo, pienso seguir viviendo con él o sin él. Y voy a enseñar a todos quién es la Duquesa de Alba.

(Sube el telón revelando una noche otoñal. Jardín de una de las residencias de la Duquesa cerca de Madrid. Farolillos chinos. El decorado es básicamente el mismo del cementerio, al igual que en el resto de la obra. Al lado de las ruinas de la capilla hay un carruaje con las ruedas blancas. Un faetón inglés. El ENANO, caracterizado de BUFÓN de la corte de la duquesa, está de pie al lado del carruaje. La ACTRIZ, convertida ahora en DUQUESA, se mueve de un lado al otro del escenario.)

DUQUESA.- En Francia hacen la revolución. Il ne faut pas rater ça!

(La DUQUESA sale hacia la casa y la música.)

ENANO.- No hay un país en el mundo más divertido que éste. Nuestros tribunales envían a la horca a veinte ciudadanos por día y luego se pasan veinte años discutiendo sobre la mejor manera de desenjaezar una mula. (Observa el carruaje.) Todo es comedia. Siendo como somos la gran nación de los conquistadores que propagaron la fe en el continente americano, los océanos están de nuestro lado. Nuestra marina tiene quince navíos. ¡Y para estos quince navíos contamos con un Almirante, dos vice-almirantes, veintinueve contra-almirantes, sesenta y tres capitanes de fragata y doscientos capitanes de navío!

(Entra la DUQUESA con una antorcha encendida en la mano y acompañada del MÉDICO, FEDERICO, el JARDINERO y TONIO. Todos, menos el JARDINERO, van vestidos de cortesanos.)

Somos una nación de harapos y uniformes.

(El ENANO abre la portezuela del carruaje. Sale GOYA —un hombre de unos cuarenta años—, elegantemente vestido de pintor de la corte.)

Este hombre pinta los uniformes. Los uniformes lo adoran.

(GOYA cruza el escenario para besar la mano a la DUQUESA. Ésta la retira pronta, majestuosamente, y avanza hacia las candilejas; el MÉDICO la sigue. Se dirige al público.)

DUQUESA.- Los Jacobinos insisten en la necesidad de ejecutar a Luis y a María Antonieta. Serán ejecutados... y para nosotros, con nuestra experiencia, es un final inevitable. A mí también me gustaría que me ejecutaran. Te cortan el cuello y tu nombre es recordado para siempre.

GOYA.- ¡Cayetana!

DUQUESA.- Todavía no he dado la orden. Los monarcas ordenan su propia ejecución, aunque para los ignorantes parezca otra cosa. Esta noche la decimotercera Duquesa de Alba ha tomado una decisión, y os ha reunido aquí para que seáis los primeros en oírla. (Al MÉDICO) ¿Está seguro de que la servidumbre está dispuesta? (Al público) El siglo en el que nacimos está tocando a su fin. Se está construyendo un observatorio para que los hombres puedan estudiar el cielo nocturno con telescopios. Las mujeres no necesitan telescopios. Doña María Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo ya ve acercarse el nuevo siglo. Será el siglo XIX. “Siglo diecinueve”. Suena raro. Es un número impar. El veinte suena mejor.

ENANO (golpeando el carruaje).- ¡Puto faetón sombra de plata!

DUQUESA.- Tal vez en el siglo veintidós, que tiene dos doses, lo imposible será posible, y nos abriremos como flores otra vez, y otra vez y otra vez... (Al ENANO) Amore, Amore, ¿te gustaría vivir en una época en la que no se marchitaran las flores? (Al MÉDICO) No estaría mal que los supervisara. Quiero que las llamas estén perfectamente sincronizadas.

(Sale el MÉDICO.)

Hoy la decimotercera Duquesa de Alba tiene algo que anunciaros. Y lo que tiene que anunciaros es que va a hacer donación de todas sus posesiones. Todo lo que ha heredado será vuestro. Esta tierra, sus bosques, la caza que habita en ellos...

GOYA.- Se ha vuelto loca. La caza es para los reyes, no para los campesinos.

DUQUESA.- ... sus rebaños de ovejas y sus caballos, sus molinos y fuentes, sus presas y sus frutales, sus viñedos y cobertizos, todo, toda su hacienda os será entregada antes de que tengáis que pasar la vergüenza de reclamarla, antes de que os convirtáis en una masa que arrebata ciega, inconsciente de lo que toma. Doña María Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, decimotercera Duquesa de Alba, os dona a vosotros, sus antiguos servidores y aparceros, el patrimonio de su familia en Castilla. Tomadlo junto con su bendición.

(Entra el MÉDICO apresuradamente.)

MÉDICO (confidencialmente a la DUQUESA).- ¡Los sirvientes se niegan!

DUQUESA.- ¡Entonces ordene que los azoten!

MÉDICO.- Ya le advertí que se negarían.

FEDERICO.- ¡Como si la historia fuera un niño al que se enseña! (A GOYA) Su Cayetana vive en otro planeta.

GOYA.- Un planeta en el que yo he estado.

DUQUESA (volviéndose al ENANO).- ¿Qué te gustaría ver arder?

ENANO.- Los trajes de todas las novias del mundo.

DUQUESA.- ¿Por qué?

ENANO.- Porque así podré ver lo que si no nunca vería.

DUQUESA (al público).- La Duquesa de Alba os pide un último favor. Que la acompañéis a prender fuego a su palacio. ¡Que arda todo! Salones, galerías, biblioteca, camas, tapices, retratos.

(GOYA sale apresuradamente.)

¡Que arda todo! Linos, terciopelos, encajes, sedas, brocados. ¡Que arda, que arda toda la porquería de esta vida de vanidades! ¡Guardarropas, carruajes, cofres, chiffoniers! ¡Que arda y que nosotros nos sintamos purificados y satisfechos de cómo nos hemos enfrentado juntos al final de nuestro tiempo!

(Entra GOYA transportando un gran cuadro enmarcado —no se ve lo que hay pintado en él— que deposita cuidadosamente en el carruaje.)

¿Por qué nadie vitorea?

TONIO.- Es prematuro, doña Cayetana, demasiado pronto.

DUQUESA.- Quiero verlo arder.

TONIO.- No puede suceder todavía.

DUQUESA.- Insisto en que así se haga.

TONIO.- Si insiste, la matarán a usted primero.

(Entra el MÉDICO.)

MÉDICO.- Están llenando sacos de arena para apagar un posible incendio. Están transportando agua del pozo.

DUQUESA (a TONIO).- Usted, don Antonio, usted que sabe tanto, dígame por qué.

TONIO.- No es su locura.

DUQUESA.- Les estoy dando todo.

ENANO.- Hoy es martes, Doña Cayetana, y los martes no se cometen delitos en Madrid. Ni robos, ni violaciones, ni asesinatos. Ni tan siquiera un simple incendio premeditado.

DUQUESA.- Quiero verlo arder, Amore.

ENANO.- Los martes el demonio se va a París, a cenar con Robespierre. Inténtelo un viernes, doña Cayetana, un viernes o un lunes.

(Sale la DUQUESA acompañada por el MÉDICO y el ENANO.)

JARDINERO (a GOYA).- Poco astuta es su dama. Estaba haciendo un sondeo de opinión. Probando a ver que pasaba. Menos mal que nadie ha reaccionado. Afortunadamente vivimos tiempos de paz.

FEDERICO.- ¡Paz, dice! La Inquisición promete paz para las almas de los cuerpos que tortura.

(FEDERICO se dirige hacia una sepultura al fondo del escenario y se sienta en ella. El JARDINERO cruza el escenario, abre la portezuela del carruaje, saca un bote de pintura y una brocha y, sentándose en el suelo, empieza a pintar de blanco las ruedas ya blancas. GOYA se dirige a TONIO.)

GOYA (pasando la mano por el carruaje).- Es inglés. Me lo enviaron despiezado a Barcelona. Lo montaron en Madrid. Me costó ocho mil reales. Él es mi cochero. Vino conmigo a Madrid. Es de Fuendetodos, como yo. Pastoreábamos cabras juntos. También sabe de caballos y de mulas. Mientras Juan conduce, yo me reclino en la tapicería, que huele a lima y a jerez, y le levanto suavemente la mantilla.

TONIO.- El pelo de Cayetana...

GOYA.- De “la Duquesa de Alba”, Tonio, así suena mejor, saliendo de tu boca.

TONIO.- No tienes de qué preocuparte, Francisco; no me toma en serio. Escucha mis consejos sobre ciertas cosas, pero no cuento para ella más que Amore, el enano, o que Rodríguez, el médico, o que su marido, el violinista. Si dejo hablar a mi corazón, se burla de mí: “¿Por quién me toma, don Antonio? ¿Por una tortolita? Véame, amigo mío, con otros ojos”. Si yo tuviera un poco de tu genialidad, Francisco...

GOYA.- ¡Genialidad! ¡Dios no lo quiera! La genialidad es una catástrofe. Una perdición. Algo en lo que caes... como Pablo en el camino de Damasco. ¡Brillantez! ¡Dominio! ¡Soltura! Hay palabras que me gusta oír y palabras que me he acostumbrado a oír. En cualquier caso, ella tiene razón: no es una tortolita. Por la noche se escapa y busca la compañía de desconocidos.

(Entra el ENANO que ha estado escondido detrás de un árbol.)

ENANO.- Una mariposa nocturna con medias y un anillo en el dedo que lleva grabada una letra, ¡la F!

GOYA.- Un día te quemarán, Amore.

ENANO.- ¡Enséñanos su pareja! ¡Enséñanos el anillo que lleva en la mano izquierda! (El ENANO intenta cogerle la mano.)

GOYA.- ¿Quieres que te tire por encima de la valla del cementerio?

(FEDERICO se acerca a los otros.)

FEDERICO.- ¡La tensión aumenta! ¿Es que nunca dejáis de jugar? ¡Y a tu edad, Francisco! Tengo que decirte algo un poco más prosaico. Agentes del Santo Oficio entraron en mi casa ayer por la mañana y expurgaron mi biblioteca. Sistemática y limpiamente, con corrección. Se llevaron 233 libros, contando dos que le presté a un alumno y que no sé seguro si me llegó a devolver. También me dejaron una advertencia.

GOYA.- ¿Qué decía?

FEDERICO.- La ciencia francesa corrompe. Es sólo el principio. Ya han arrestado y encarcelado a Luis de Samaniego. Cada vez que llegan noticias de París, endurecen las medidas. Por desgracia, no es el teatro de la Duquesa lo que nos liberará. ¿Vuelves al centro esta noche? ¿Podrías llevarme?

(GOYA abre la portezuela del carruaje y se inclina en una reverencia. FEDERICO, TONIO y GOYA entran en el carruaje y cierran la puerta. El JARDINERO sigue pintando las ruedas. Se apagan las luces.)