De: laurasumisa@hotmail.com
Para: maestroyuko@wanadoo.es
Enviado: Domingo, enero 12, 2003, 18:19
Querido Maestro, espero agradecida el momento de recibir tan precioso regalo de sus manos. Que usted diga que soy la piedra que reposa en su jardín, la roca que lo engalana, hace que crezcan mis ansias de ser el suelo que mi Maestro pisa, el papel donde dibuja, el agua con que se baña, el alimento que come.
Sí, su alimento. Que me mastique, que me devore. No sería, en modo alguno, un evento pavoroso o truculento. Más bien el regreso a un país que, lo siento en mis entrañas, ya conozco.
A veces cierro los ojos, en la oficina, en casa, y pienso en usted. Está cerca de mí y eso me provoca un estremecimiento. Sus manos recorren mi cuerpo y me caliento tanto que tengo la impresión de deshacerme bajo sus dedos. También me siento humilde. Hace pocas noches, mientras leía, imaginé que estaba a sus pies, atada. ¡Qué paz inundaba su habitación, cuánto sosiego! Los ruidos de la calle llegaban amortiguados, como si su casa se levantara en el fondo de un lago. Usted trabajaba, concentrado, manipulaba los pinceles con gran destreza y yo, acurrucada en el suelo, era el ser más feliz de la creación. La posición en la que me hallaba era muy incómoda, pero el hormigueo de mis miembros inmovilizados resultaba embriagador. A pesar de la dificultad, cuidando mucho de no hacer ningún movimiento brusco, de no molestarlo, conseguí arrastrarme muy poco a poco, hasta alcanzar con mis labios sus pies desnudos. Los besé como si fuesen objetos sagrados.
Entonces, usted, Maestro, alzó la vista de lo que hacía y puso sus ojos en mí; a continuación una de sus manos descendió para dejar una levísima caricia en mi espalda.
¡Qué gozo!
Todo mi ser se convirtió en pura dicha.
Mientras imaginaba esta escena, no pude evitar masturbarme.
Obtuve un orgasmo delicioso, largo.
Amo, y su Sumisa y Alumna, Maestro, pasan por una etapa de exaltación sexual sin precedentes, hasta donde recuerdo. Sólo hablamos de sexo, dominación, entrega, y hacemos el amor con mucha frecuencia; lo que no nos calma, paradójicamente, sino que aumenta nuestra lujuria; la frecuencia de las sesiones también ha aumentado.
Amo aprende y cobra confianza, y yo soy la beneficiaría de sus avances.
Sí, mi sueño tenía lugar en Osaka. ¿Cree usted que constituía un homenaje inconsciente al poeta del que me habla?
Si existiese esa posibilidad, ¡qué hermoso sería!
¿No?
Sumisa Laura