XIII. ¿QUÉ CAMIÓN?
No soy una persona visual. Y lo que es más, poseo una vida interior muy intensa, por lo que siempre hay cosas dando saltos en el interior de mi cráneo, y eso me distrae. Las demás personas se quedan atónitas ante las cosas que no veo. La gente cambia de peinado y no me doy cuenta de ello. Entran muebles nuevos en casa, y los utilizo sin hacer el menor comentario.
Sin embargo, en una ocasión, parece que batí el récord al respecto. Iba caminando por Lexington Avenue, hablando animadamente (como suelo hacer) con alguien que paseaba conmigo. Crucé la calzada, sin dejar de hablar, mientras mi acompañante cruzaba también pero con lo que parecía cierta reluctancia.
Al llegar al otro lado, mi compañero confesó:
—Ese camión no nos ha arrollado por milímetros. —Y yo respondí, con la mayor inocencia:
—¿Qué camión?
Así que recibí una regañina más bien floja, que no me reformó, pero que me hizo pensar acerca de la facilidad con que uno puede dejar de ver los camiones.
Por ejemplo…
Hace algún tiempo, un lector me envió un ejemplar del número de octubre de 1903 del Munsey’s Magazine, y lo miré con considerable interés. La enorme sección de anuncios parecía una ventana a otro mundo. Sin embargo, lo que había causado una particular fascinación al lector, y sobre lo que quería llamar mi atención, era un articulo titulado «¿Pueden los hombres visitar la Luna?», de Ernest Creen Dodge, licenciado en Letras.
Era la clase de articulo que yo mismo podía haber escrito ochenta años atrás.
En realidad, he tenido a menudo la ocasión de preguntarme si mis propios intentos por escribir acerca de la tecnología del futuro podrían parecer menos que inspirados a la luz brillante de la visión retrospectiva. Con frecuencia, he sentido, con bastante tristeza, que sería así, que resultaría que habría camiones que no había visto, o camiones que había visto y que realmente no estaban allí.
No puedo esperar vivir ochenta años más y comprobarlo yo mismo, pero ¿qué pasaría si mirase las observaciones que pudiera haber hecho ochenta años atrás, y comprobar qué tal sonarían a la luz de lo que ahora sabemos?
El artículo de Mr. Dodge es la forma perfecta de hacer esto, puesto que era un hombre claramente racional, con un buen conocimiento de la ciencia y con una fuerte pero disciplinada imaginación. En resumen, era como me gusta imaginar que soy yo.
En ciertos aspectos da exactamente en el blanco.
Referente a un viaje a la Luna, dice «… no es, como el movimiento perpetuo o la cuadratura del círculo, una imposibilidad lógica. Lo peor que puede decirse es que ahora nos parece tan difícil como debió de parecerle en otro tiempo el cruzar el gran Atlántico al desnudo salvaje de sus riberas, sin más navío que un tronco derribado, y sin más remos que sus simples manos. La imposibilidad del salvaje se convirtió en el triunfo de Colón, y el sueño imposible del siglo XIX puede convertirse en el logro incluso del siglo XX».
¡Exactamente! Los seres humanos pisaron la Luna sólo sesenta y seis años después de que apareciese el artículo de Dodge.
Dodge prosigue con la lista de dificultades del viaje espacial que, según señala, surgen de forma primaria del hecho de que «el espacio está en realidad vacío, en un sentido al que ningún vacío artificial se puede aproximar… una porción del espacio exterior del tamaño de la tierra no contiene absolutamente nada, por lo que sabemos, excepto unos cuantos granos flotantes de piedras meteóricas, con un peso tal vez de diez o quince libras en total».
Dodge es un hombre cuidadoso. Aunque la afirmación parecía irrefutable en 1903, inserta la cautelosa frase «por lo que sabemos» y estuvo muy acertado al hacerlo.
En 1903, las partículas subatómicas comenzaban sólo a conocerse. Los electrones y las radiaciones radiactivas se habían descubierto menos de una década antes. Sin embargo, se trataba sólo de fenómenos terrestres, y los rayos cósmicos no se descubrieron hasta 1911. Dodge por lo tanto, no podía saber que el espacio estaba lleno de partículas energéticas cargadas eléctricamente de una masa insignificante, pero de una importancia considerable.
Sobre la base de lo que conocía en 1903, Dodge da la lista de cuatro dificultades que podrían surgir al viajar desde la Tierra a la Luna a través del vacío del espacio exterior.
Naturalmente, la primera es que no existe nada para respirar. De una forma casi correcta, dejó esto de lado señalando que la nave espacial sería hermética y que transportaría su propia atmósfera interna, igual que llevaría provisiones de alimentos y bebidas. Por lo tanto, respirar no es un problema.
La segunda dificultad es la del «terrible frío» del espacio exterior. Esto Dodge se lo tomo más en serio.
Sin embargo, es un problema que tiende a ser sobreestimado. Con seguridad, cualquier trozo de materia que se encuentre en el espacio profundo y lejos de cualquier fuente de radiación, alcanzaría una temperatura equilibrada de unos tres grados absolutos, de modo que ésta puede considerarse «la temperatura del espacio». Cualquier cosa que viaje desde la Tierra a la Luna, sin embargo, no se encuentra alejada de una fuente de radiación. Se halla cerca del Sol, como lo están la Tierra y la Luna, y bañada durante todo el trayecto por la radiación solar.
Y lo que es más, el vacío del espacio es un excelente aislante del calor. Esto era bien conocido en 1903, puesto que James Dewar había inventado el equivalente del termo once años antes de que se escribiese el artículo. Es seguro que existirá calor interior en la nave, aunque sólo sea por el calor corporal de los mismos astronautas, y se perdería con mucha lentitud por la radiación a través del vacío. (Es la única forma de perder calor en el espacio).
Dodge cree que las naves tendrían que estar protegidas contra la pérdida de calor con «unas paredes… muy bien acolchadas». También sugiere el suministro de calor en forma de «grandes espejos parabólicos en el exterior [que] arrojarían rayos de la luz solar concentrados a través de la ventana».
Esto es una estimación excesiva, puesto que nada parecido es necesario. El aislamiento debe colocarse en el exterior de las naves, pero esto se hace con el propósito de evitar la ganancia de demasiado calor durante el paso por la atmósfera. La pérdida de calor no preocupa a nadie.
La tercera dificultad deriva del hecho de que la nave se hallaría en caída libre durante la mayor parte, o la totalidad del viaje de la Tierra a la Luna, por lo que los astronautas no experimentarán atracción gravitatoria. A esto Dodge le quita importancia. Señalando que «los platos podrían sujetarse a la mesa, y las personas podrían saltar y flotar, aunque no pudieran andar».
No especula acerca de posibles cambios fisiológicos deletéreos, surgidos de la exposición a una gravedad cero, y esto podría considerarse falta de visión. Una vez más, este punto ha demostrado no ser un problema. En años recientes, ha habido personas que han permanecido en condiciones de gravedad cero sin cesar durante más de medio año y aparentemente, no han mostrado efectos nocivos permanentes.
El cuarto y último peligro que Dodge considera es la posibilidad de colisiones meteóricas, pero (a pesar del hecho de que los escritores de ciencia-ficción siguieron viéndolo como el mayor peligro durante otro medio siglo). Dodge también rechazó esto, como estadísticamente insignificante. Y estuvo en lo correcto al hacerlo.
No menciona el quinto peligro, el de los rayos cósmicos y otras partículas cargadas eléctricamente, algo que, simplemente, no podía saber en 1903. Hubo algunos recelos en este aspecto después del descubrimiento de los cinturones de radiación en 1958, pero, como se demostró, no impidieron que la Humanidad llegase a la Luna.
Así pues, Dodge decidió que no existían peligros en el espacio que impidiesen a los seres humanos alcanzar la Luna, y estaba en lo cierto. En todo caso, sobreestimó el peligro del supuesto frío espacial.
La siguiente cuestión era cómo recorrer realmente la distancia entre la Tierra y la Luna. En este sentido, menciona cinco posibles «planes». (A uno le da la impresión, aunque en realidad Dodge no lo diga, que esos cinco planes son los únicos concebibles).
El más simple es el «Plan de la Torre». Esto implicaría la construcción de un objeto lo suficientemente alto para alcanzar la Luna, algo parecido al plan de los constructores de la bíblica torre de Babel. Dodge menciona la torre Eiffel, que se había construido catorce años antes, y que con una altura de 300 metros era la estructura más elevada del mundo en la época en que se escribió el artículo (y siguió siéndolo durante veintisiete años más).
Dice: «juntando la riqueza de todas las naciones se podría construir un edificio de sólido acero de ocho o diez millas de altura, pero no mucho más, por la simple razón de que las partes inferiores no podrían ser lo suficientemente fuertes para soportar el peso que descansaría sobre ellas». Para llegar a la Luna, se necesitaría «un material de construcción unas quinientas veces más fuerte que el cemento armado, y eso tal vez no se descubrirá nunca». (Nótese por ese «tal vez» que Dodge es un hombre cauteloso).
Existen en el plan otras muchas deficiencias que Dodge no menciona. La Luna, al tener una órbita elíptica en un ángulo respecto del plano ecuatorial de la Tierra se aproximaría a la cumbre de la torre sólo en una ocasión de vez en cuando, y cuando lo hiciera, la gravedad lunar produciría una gran tensión sobre ella. El aire permanecería sólo en la parte baja de la torre, gracias a la atracción de la gravedad terrestre, y existiría aún el problema de atravesar los más o menos 300 000 kilómetros de distancia del perigeo de la Luna, después de que se construyese la torre (dejando aparte el atravesarlo al construir la misma). Hay que tachar el «Plan de la Torre».
Dodge no menciona la posibilidad de un «rascacielos de gancho», una larga estructura vertical en una posición tal entre la Tierra y la Luna, que la atracción gravitatoria de ambas la mantuviese en su sitio, y que se podría utilizar para facilitar la travesía de la Tierra a la Luna. Personalmente, no creo que esto fuese tampoco en absoluto práctico.
El segundo plan de Dodge es el «Plan del Proyectil». Esto implica el disparar una nave con un cañón gigantesco y hacerlo salir con la velocidad suficiente para alcanzar la Luna (una vez correctamente apuntado). Es el método empleado por Julio Verne en su obra De la Tierra a la Luna, que se publicó treinta y ocho años antes, 1865.
Dodge señala que, para llegar a la Luna, el proyectil debe salir por la boca del Cañón a la velocidad de 11,2 kilómetros por segundo (la velocidad de escape de la Tierra), más un poco más para compensar las pérdidas producidas por la resistencia del aire al pasar a través de la atmósfera. La nave espacial tendría que acelerar, pasando del estado de reposo a 11,2 kilómetros por segundo, en la longitud del ánima del cañón, y esto aplastaría por completo a los pasajeros que estuviesen a bordo, sin dejarles ni un solo hueso entero.
Cuanto más largo fuese el cañón, más baja sería la aceleración, pero, dice Dodge, «aunque el anima del cañón tuviese la imposible longitud de 60 kilómetros, los pobres pasajeros se verían sujetos durante once segundos a un presión equivalente a cien hombres tumbados encima».
Pero supongamos que pudiéramos superar esta dificultad, e imaginemos que la nave espacial sale por la boca del cañón con los pasajeros aún vivos. La nave sería un proyectil, moviéndose en respuesta a la fuerza de la gravedad y nada más. Sería incapaz de alterar su recorrido, como no puede hacerlo ninguna bala de cañón.
Si la nave estuviese apuntada a la Luna, y finalmente, aterrizase en ella, chocaría contra la misma a una velocidad de no menos de 2,37 kilómetros por segundo (la velocidad de escape de la Luna). Y esto, como es natural, significaría la muerte instantánea. O, como dice Dodge, «… a menos que nuestra nave-obús pudiese llevar en su morro una pila de cojines de 3 kilómetros de altura con los que protegerse, el aterrizaje aún sería peor que el despegue…».
Naturalmente, la nave no precisaría aterrizar en la Luna. Dodge no prosigue con este plan, pero el cañón podría apuntarse con sobrehumana precisión para esquivar la Luna, lo necesario y a la velocidad exacta para hacer que girase en torno de ella obedeciendo a la gravedad lunar, y volviese de nuevo a la Tierra.
Si entonces la nave chocase de frente con la Tierra, lo haría a una velocidad de no menos de 11,2 kilómetros por segundo, con lo que los pasajeros quedarían abrasados por completo al pasar a través de la atmósfera de la Tierra, antes de morir destrozados en la colisión con el sólido suelo o (muy poco mejor a semejante velocidad), el océano. Y si la nave espacial alcanzase una ciudad, mataría a muchos millares de inocentes también.
La puntería sobrehumana del principio podría traer la nave de regreso a la Tierra justo lo suficientemente descentrada para atraparla en la gravedad de la Tierra y ponerla en una trayectoria orbital dentro de las capas superiores de la atmósfera terrestre. La órbita decaería gradualmente. Además, podría disponerse algún paracaídas que se abriese y acelerase ese decaimiento e hiciese descender sana y salva la nave.
Pero esperar todo eso de la puntería es esperar demasiado, aunque la aceleración inicial no resultase mortífera. Hay que tachar el Plan del Proyectil.
El tercer plan es el «Plan del Retroceso».
Dodge señala que un cañón puede disparar en un vacío y, al hacerlo, experimentar un retroceso. Podemos imaginarnos una nave espacial que fuese una especie de poderoso cañón que lanzase un proyectil hacia abajo, de modo que el retroceso se produjese hacia arriba. Al retroceder, podría lanzar a otro proyectil hacia abajo y se daría así un nuevo impulso hacia arriba.
Si la nave disparase proyectiles con la suficiente rapidez, retrocedería hacia arriba cada vez más aprisa y, de hecho, iría retrocediendo hasta llegar a la Luna.
Sin embargo, Dodge aduce que el retroceso es cada vez más grande a medida que la masa del obús aumenta, y que «para ser efectivo, su peso [realmente, masa] debería ser igual o superior al del mismo cañón».
Así pues, debemos imaginar un objeto que disparase la mitad de sí mismo, dejando a la otra mitad desplazarse hacia arriba y disparar la mitad de lo que le quedase a medida que ascendiese, moviéndose así hacia arriba más deprisa y luego disparar la mitad de lo que ahora restase de si mismo, y así sucesivamente, hasta que llegara a la Luna.
Pero ¿cómo habría de ser de grande una nave espacial, al principio, si tiene que disparar la mitad de si misma, luego la mitad de lo que queda, luego la mitad de lo que queda, y así sucesivamente? Dodge dice: «Sería necesario un artefacto original del tamaño de una cadena de montañas para hacer aterrizar simplemente una pequeña caja en la superficie lunar sin que sufriera daños». Por lo tanto, opina que el Plan del Retroceso es, aun menos práctico que el Plan del Proyectil.
Llegamos al cuarto plan: «El Plan de la Levitación».
Este implica nada menos que protegerse, de alguna manera, de la fuerza de la gravedad. Dodge admite que no se conoce ninguna pantalla contra la gravedad, pero supone que tal vez sería posible descubrirla en alguna época futura.
En cierto modo, un globo lleno de hidrógeno parece anular la gravedad. Realmente parece «caer» hacia arriba a través de la atmósfera y presentar levitación (de una palabra latina que significa «ligero»), en vez de gravitación (de una voz latina que significa «pesado»).
En su relato La aventura sin paralelo de un tal Hans Pfaall, publicado sesenta y ocho años antes, en 1835, Edgar Allan Poe emplea un globo para viajar a la Luna. Sin embargo, un globo simplemente flota en las capas más densas de la atmósfera, y no neutraliza realmente la gravedad. Cuando se eleva hasta una altura en que la atmósfera no es más densa que el gas contenido en el globo, ya no asciende más. Poe imaginó un gas mucho menos denso que el hidrógeno (algo que ahora sabemos que no existe, y que no puede existir), pero ni siquiera eso habría elevado un globo más que una fracción del 1% de la distancia entre la Tierra y la Luna. Dodge lo sabía y por eso no menciona los globos.
Lo que Dodge quería decir era una verdadera neutralización de la gravedad, tal y como H. G. Wells empleó en su obra Los primeros hombres en la Luna, publicado dos años antes, en 1901.
Naturalmente, si se neutralizara la gravedad se tendría un peso cero, pero ¿eso por sí solo nos llevaría a la Luna? ¿No estaría una nave espacial con un peso cero meramente sujeta a los caprichos del viento? ¿No iría simplemente a la deriva de esta manera, y en una especie de movimiento browniano, y aun cuando finalmente (un finalmente muy alejado, tal vez), llegara a la parte superior de la atmósfera y siguiera más allá, no podría entonces estar apartándose de la Tierra en una dirección al azar que sólo llegaría a las cercanías de la Luna como resultado de una muy poco probable coincidencia?
No obstante, Dodge tenía una noción mejor de todo ello. Imagínense que están ustedes en una nave espacial en reposo en el ecuador de la Tierra. La Tierra gira sobre su eje, de modo que cada punto en el ecuador, incluyendo la nave espacial, se mueve sobre el eje a una velocidad de unos 0,46 kilómetros por segundo. Ésta es una velocidad supersónica (unos 1,5 Mach), y si intentasen ustedes agarrarse a un objeto corriente que estuviese girando a su alrededor a semejante velocidad, no podrían sujetarse durante la más pequeña fracción de segundo.
Sin embargo, la Tierra es muy grande, y el cambio de dirección de la línea recta en el tiempo de un segundo es tan pequeño, que la aceleración interior es bastante moderada. La fuerza de la gravedad en la nave es lo suficientemente fuerte para retenerla en la superficie de la Tierra, a pesar de la velocidad con que la hace girar. (Tendría que dar vueltas alrededor de la Tierra a diecisiete veces esta velocidad antes de que la gravedad cesase de ser lo suficientemente fuerte para retenerla).
Pero supongamos que la nave espacial posee una pantalla antigravedad que protege todo su casco, y en un momento determinado se activa. Ahora, sin gravedad que tire de ella es soltada de la Tierra como un terrón de fango de un volante que gira. Se movería en una línea recta tangente a la curva de la Tierra. La superficie de la tierra descendería bajo ella, con lentitud al principio, pero cada vez más aprisa, y si se tuviese cuidado de activar la pantalla justo en el momento oportuno, el vuelo de la nave cortaría finalmente la superficie de la Luna.
Dodge no menciona que el movimiento curvo de la Tierra alrededor del sol introduciría un segundo factor, y que el movimiento del Sol entre las estrellas añadiría un tercer componente. Eso representaría, no obstante, unos ajustes comparativamente menores.
El aterrizaje en la Luna sería mejor que en los planes anteriores, ya que una nave espacial no afectada por la gravedad de la Luna no tendría que aproximarse a la misma a la velocidad de escape. Una vez la nave estuviese casi tocando la Luna, la pantalla antigravedad se desconectaría y la nave, sujeta de repente a la relativamente débil gravedad de la Luna, caería desde unos pocos centímetros, con una leve sacudida.
Pero ¿qué pasaría con el regreso? La Luna gira sobre su eje muy lentamente, y un punto en su ecuador viaja a una velocidad de 1/100 de un punto en el ecuador terrestre. El empleo de la pantalla antigravedad en la Luna daría a la nave espacial sólo 1/100 de la velocidad que tenía al abandonar la Tierra, por lo que el viaje desde la Luna a la Tierra sería 100 veces más largo que desde la Tierra a la Luna.
No obstante, podemos descartar todo esto. Albert Einstein promulgó su teoría general de la relatividad trece años después de que se escribiese el artículo de Dodge, por lo que no se puede culpar a éste de no saber que esa pantalla antigravedad es algo simplemente imposible. Hay que tachar el Plan de la Levitación.
Dodge tiene más esperanzas en su quinto plan, «El plan de la Repulsión». Aquí no confía sólo en algo que le permita neutralizar la gravedad, sino en alguna clase de fuerza repulsiva que, de un modo activo, desequilibre la atracción gravitatoria.
A fin de cuentas, existen dos clases de carga eléctrica y dos clases de polo magnético, y, en cualquier caso, tanto las cargas como los polos se repelen mutuamente. ¿No podría haber una repulsión gravitatoria igual que hay una atracción gravitatoria, y no sería posible que las naves espaciales empleasen algún día una combinación de ambas, unas veces alejándose de un cuerpo astronómico y otras siendo atraídas hacia él, y no podría esto ayudarnos a llegar a la Luna?
Dodge, realmente, no dice que pueda existir algo como la repulsión gravitatoria, y su prudencia es buena, puesto que, según el posterior punto de vista einsteiniano, la repulsión gravitatoria es imposible.
Sin embargo, Dodge menciona la presión de la luz, señalando que, en algunos casos, puede contrarrestar la fuerza de la gravedad. Emplea como ejemplo las colas de los cometas. Cabría esperar que la gravedad atrae las colas hacia el Sol, pero la presión de la luz solar las empuja en dirección opuesta, venciendo así la gravitación.
En realidad, aquí se equivoca, puesto que resulta que la presión de la luz solar es demasiado débil para realizar eso. Es el viento solar el que lo efectúa.
La presión de la luz podría emplearse como una fuerza motivadora, seguramente, pero sería demasiado débil para actuar contra la cercana atracción de un cuerpo de cierto tamaño o, en lo que se refiere a eso, contra la resistencia del aire. En primer lugar, una nave espacial tendría que encontrarse en pleno espacio profundo, y debería tener velas que fuesen sumamente sutiles y de un área de muchos kilómetros cuadrados.
Elevar una nave espacial desde la superficie de la Tierra hacia la Luna por la presión de la luz, o cualquier cosa de este tipo, resulta imposible. Hay que tachar el Plan de la Repulsión.
Y esto es todo. Dodge era un hombre inteligente y con conocimientos, que comprendía con claridad la ciencia (la de 1903); sin embargo, si consideramos sólo sus cinco planes tal y como los describe, ninguno de ellos tiene la más mínima posibilidad de permitir a los seres humanos viajar de la Tierra a la Luna.
¡Y, sin embargo, se ha hecho! Mi padre estaba vivo cuando se escribió ese artículo, y vivió para ver a los seres humanos pisar la Luna.
¿Cómo es esto posible?
¿Ya se han percatado de la palabra que Dodge omitió? ¿Se han dado cuenta de que no vio el camión? ¡No mencionó el cohete!
No había ninguna razón para que lo omitiera. Los cohetes se conocían desde hacía ocho siglos. Se habían empleado en la paz y en la guerra. En 1687, Newton había explicado a fondo el principio del cohete. Incluso antes, en 1656, Cyrano de Bergerac, en su relato Un viaje a la Luna hizo una lista de siete maneras de llegar a la Luna, e incluyó a los cohetes como uno de los métodos.
Así pues ¿cómo es que Dodge lo excluyó? No porque no fuese un hombre agudo. En realidad, al final de su artículo fue lo suficientemente brillante para ver algo, en 1903, por lo que yo he estado trabajando como un loco para que la gente lo comprendiera ahora, ocho décadas después. (Hablaré de ello en el capítulo siguiente).
No, no mencionó los cohetes porque los mejores de nosotros en ocasiones no vemos el camión. (Me pregunto, por ejemplo, qué camiones estamos dejando de ver ahora mismo).
Dodge casi lo consiguió con su plan del retroceso, pero sólo porque cometió un disparate. Pensó que, para conseguir un retroceso decente, el cañón debía disparar un obús que tuviese una masa por lo menos igual a sí mismo, y eso es un error.
Lo que cuenta en el disparo y en el retroceso, en la acción y en la reacción, es el momento. Cuando una bala sale de un arma con cierto momento, esta última debe ganar un momento igual en la dirección opuesta, y el momento es igual a la masa multiplicada por la velocidad. En otras palabras, una masa pequeña produciría el suficiente retroceso si se moviese a suficiente velocidad.
En los cohetes, los vapores calientes expelidos se mueven hacia abajo a gran velocidad, y lo hacen continuamente, por lo que el cuerpo del cohete se impulsa hacia arriba con sorprendente aceleración, considerando la pequeña masa del vapor expulsado. Aún sigue haciendo falta una gran masa para hacer llegar a la Luna un objeto comparativamente pequeño, pero la diferencia se halla muy lejos de lo que Dodge temía.
Además, el efecto de retroceso es continuo durante tanto tiempo como esté ardiendo el combustible y los vapores se expulsen, y esto es equivalente a un proyectil que es desplazado centenares de kilómetros a lo largo de un cañón. La aceleración se hace lo suficientemente pequeña para ser soportable.
La posesión de un depósito de reserva de combustible, una vez el cohete se encuentra ya camino de la Luna, significa que el cohete se puede maniobrar; se puede frenar su descenso a la Luna; puede despegar de nuevo hacia la Tierra a voluntad; y puede maniobrar de modo apropiado para entrar en la atmósfera terrestre.
Y esto es todo realmente, excepto por dos coincidencias, una moderada y la otra disparatada, y ya saben lo que me gustan las coincidencias.
La coincidencia moderada es ésta: El mismo año en que se escribió ese artículo para el Munsey’s Magazine, Konstantin Tsiolkovski comenzaba una serie de artículos en una revista de aviación rusa, que trataban de la teoría de los cohetes aplicada, específicamente, a los viajes espaciales. Fue el primer estudio científico de esta clase, de modo que la moderna cohetería astronáutica empezó exactamente en la época en que Dodge especulaba acerca de todo menos de los cohetes.
La coincidencia disparatada es ésta: Inmediatamente después del articulo de Dodge, en el que no mencionaba la palabra «cohete» ni se daba cuenta de que era el cohete, y sólo el cohete, lo que permitiría que los seres humanos lograsen la gran victoria de llegar a la Luna, apareció, naturalmente, otro artículo, ¿y cuál creen que era el título de este artículo?
No se molesten en adivinarlo. Se lo diré.
Se titulaba La gran victoria del cohete.
No, no es que alguien corrigiese la omisión de Dodge. Sólo es un relato de ficción, con el subtítulo: «La estratagema con la que Willie Fetherston ganó una carrera y una novia».
Y en esta historia, El cohete es el nombre de un caballo.