34. Salón Malinche

A la medianoche, Alberto Ruiz y yo llegamos al Salón Malinche, un antro muy popular entre jóvenes fresas y hombres casados buscando teiboleras importadas de Sudamérica y de Europa del Este, y prostitutos masculinos tipo brasileño. Pasando la entrada azul metálica y dos puertas de cristal, nos formamos en el vestíbulo para la revisión en busca de armas y de drogas. Entonces, una recepcionista en minifalda nos condujo al salón de mesas y pistas, la número uno en forma de luna negra. Al final de cada lado de la pista estaban los tubos y dos plataformas, una que subía a otra planta y otra que conducía a los privados, cuartos pequeños donde las mujeres prestaban sus servicios sexuales.

Abrazada a un tubo Miss Caracas bailaba al ritmo de música tecno. Llevaba peluca roja y maquillaje dorado, tanga y brasier rojos, y un liguero blanco que le sostenía las mallas rojas. Mientras entrábamos, luces rojas, azules y rosas la seguían por la pista.

“Eeeeeh, ¿a qué horas cierran?”, preguntó un joven ebrio a una mesera en cueros de vaquera.

“Es Tony de Silva, el hijo del dueño de una cadena hotelera, Manuela Montoya anda tras de sus huesos”, me susurró Ruiz, quien, enterado de que en ese antro podría agarrarla con las manos en la masa, me había pedido que lo acompañara. “Sin guaruras, por razones de seguridad.”

“Les dije que cenaríamos en El Perro Andaluz, y estaría bajo su custodia.”

“El Salón Malinche está abierto de las cuatro de la tarde hasta la madrugada”, contestó la mesera formalmente, a pesar de su atuendo provocativo. “Tenemos tres escenarios con dos pistas con pisos de pura acción. Lo único que se recomienda es venir bien vestidos y traer un milón.”

“¿Cuántas chicas hay?”

“Cuarenta o cincuenta, más las ganadoras del concurso Miss Table Dance.”

“¿De todos tamaños, sabores y colores?”

“Si van a los privados, se asombrarán de lo que pueden hacer allí.”

“Eeeeeh, las meseras rascuachas como tú, ¿también le entran?”

“Somos de buen ver, pero mejor no tocar.”

“No le busques, güey, hace rato me dijeron que un cabrón se murió de un paro cardiaco en un privado”, rió el acompañante de Tony, más borracho que él.

“Eeeeeeh, ¿cuánto cuestan las nenas y las nenonas, las mamadas y las mamomas?”, preguntó Tony.

“Depende.”

“Eeeeh, y por retratar a niñas sexy hablando sexy ¿también cobran?”, el hijo del dueño de la cadena hotelera indicó a una modelo juvenil con la blusa desabotonada hasta el ombligo.

“Ya no es niña, ¿no ves que tiene cara de adulta en cuerpo de adolescente?”, replicó el otro.

“Eeeeh, ¿cuándo ponen música más chida como rock pop en inglés y rolas colombianas?”

“Al ratito”, la mesera se fue a atender otros clientes.

“Qué fiestesota”, se exaltó Tony al ver pasar a mujeres disfrazadas de enfermeras, monjas y policías con tanga y brasier, zapatillas transparentes con tacón de aguja y medias de red.

“Cuidado con esas, son bien perras”, advirtió su acompañante.

“El sexo en exceso es malo para uno, pero un pedazo de pastel no le hace daño a nadie.”

“Hemos hecho una lista de los giros negros que frecuenta Manuela Montoya como Águila Arpía o como Venus de Oro, y de los que es cliente Tony de Silva”, reveló Ruiz.

“¿La Venus de Oro es su nom de putain?”

“Elaboramos un mapa de burdeles, discotecas, bares y antros del perímetro Roma-Juárez-Condesa-Cuauhtémoc, pero el Salón Malinche es donde ella opera más a su gusto.”

“¿Cuánto tiempo les llevó establecer su territorio?”

“Semanas. Visitamos La Tortillería de Tomasa, La Boca Baja, El Puf Puf, Las Apariciones de la Matriz, El Vientre de Verónica, La Jungla de Júpiter y El Bien Jodido. No se imagina las noches salaces que pasamos buscándola”, Ruiz se distrajo mirando a una mujer que bailaba delante de nosotros.

“¿Se admiten cámaras?”, pregunté, pero la mesera me ignoró.

Ruiz dijo:

“Las de los ojos. Las otras están prohibidas bajo estrictas medidas de seguridad. Como en las películas donde aparecen huesos pelados, en estos templos del sexo se encuentran rotos trípodes, micrófonos, dientes y cámaras. Los guardianes de las damas que viven en los antros esculcan a los parroquianos debajo de las gabardinas para detectar armas, cámaras y drogas.”

“Tomaré notas.”

Ruiz sonrió: “¿Ve a esa mujer con chaquetilla negra, copete blanco, reloj Cartier, pintarreajada hasta más no poder? Es Manuela Montoya jugando el papel de La Venus de Oro. No la mire de frente, porque si nota que la estamos siguiendo se pela.”

“Se dice que los jóvenes cachondos que escapan de las trampas que ella les tiende realizan una hazaña comparable a la de los que salvan sus orejas de las tijeras de Montoya.”

“Ella no es la única que detecta jóvenes fresas. En aquel poste falso están recargadas sus subsidiarias: La Laredo, la Miss Caracas, la Reina de los Juegos Florales, La Puerto Peñasco y La Río de la Plata, todas cazan sexo y sacan comisiones de la banda de los Montoya. No sabe cuánto me gustaría que una de esas sexys palomitas me chupara la sangre en un abrazo mortal. ¿Ya vio a Manuela, digo, a La Venus de Oro, digo, a El Águila Arpía?”

Ella estaba en la barra. Solitaria. Vestida de negro, con un copete de plumas blancas en la cabeza, buscando a su conejo. No podía vernos entre tanta gente que fumaba y bailaba entre ella y nosotros.

“La autoestima y la confianza en uno mismo son imprescindibles en este trabajo”, Ruiz puso sobre la mesa un montón de cristales relucientes. Como si fueran glaciares diminutos los miró por un momento. Luego vertió el polvo blanco sobre el dorso de su mano descolorida. Sus dedos temblorosos se alzaron para tocar su cara calavera y esnifó la cocaína. En pocos minutos sus ojos brillaron, su ansiedad desapareció.

“¿Sufre de paranoia transitoria o de paranoia perpetua?”, le pregunté.

“A veces padezco locura dermatozoica, ese delirio en que uno siente que hay insectos moviéndose debajo de su piel.”

“Una sensación semejante me la causó una araña apodada La Venus de Oro”, repliqué.

“¿Quiere probar coca, nieve, perico? ¿O prefiere crack, roca, bazuco? Si es así le presto mi pipa de vidrio.”

“No, gracias.”

“Hola”, Ruiz se fue a saludar a Manuela.

“¿A mí me hablas?”, una muchacha argentina, más alta que él, se le atravesó en el camino.

“No a ti, a ella.”

“Mmmmhhh”, mugió El Águila Arpía o La Venus de Oro, mirándolo fríamente por encima de su plato de bistec a las brasas y papas fritas.

“Te invito un trago.”

“Tengo compañía”, mintió ella.

“¿Se le ofrece algo, señor?”, vino a preguntarle el jefe de seguridad.

“No, gracias”, Ruiz pretendió ignorarlo.

“Le pregunté si se le ofrece algo”, el hombre, amenazante, sacó las manotas de la chamarra.

“Le dije que no.”

Manuela dejó la barra y empezó a bailar con el acompañante de Tony una, dos canciones, hasta llegar al hijo del dueño de la cadena hotelera. Asida a él movió sensualmente las caderas. Los pechos se le desbordaban por el escote.

“Él cree que la está seduciendo, pero es ella la que lo seduce. Él creerá que la está fornicando, pero es ella la que se lo está cogiendo. Si tiene suerte, Tony de Silva se pasará un par de semanas atado al pie de una cama en un hotel de cinco estrellas, no precisamente acostado con ella, sino acompañado por El Tecolote y El 666”, dijo Ruiz.

“La desaparición de Tony de Silva será noticia de primera plana en El Tiempo, tendré la exclusiva.”

“Esa puta asesina se siente un ángel vengador plagiando al hijo de un hotelero repugnante.”

“¿Baila?, vino a preguntarme Miss Caracas, mientras Manuela como Venus de Oro abandonaba el antro con el joven ebrio.

Ruiz y yo hicimos a un lado a Miss Caracas y nos dirigimos rápidamente hacia la puerta.

“¿Adónde creen que van con tanta prisa? ¿Pagaron la cuenta?”, el jefe de seguridad nos estorbó el paso.

“Está liquidada”, respondió Ruiz. “Si no te quitas, tus dientes lo lamentarán.”

“Si vuelven aquí les irá mal.”

“Veremos”, Ruiz apartó la cortina de terciopelo negro y se lanzó al vasto estacionamiento, seguido de cerca por el jefe de seguridad y dos pistoleros.

“El Águila Arpía o La Venus de Oro ya no tendrá que ir de tugurio en tugurio esta noche, ha cazado su presa”, dije.

“Si podemos agarrarla con los genitales de Tony en las manos, la acusaremos de ejercer la prostitución con fines delictivos y, como carambola, llegaremos a su hermano”, Ruiz trataba de alcanzarla entre los coches del subterráneo del Salón Malinche.

“Veremos”, dije, porque en ese momento ella abordó una camioneta van blanca dejando con un palmo de narices a Tony.

“Allá va La Venus de Oro acompañada de El 666 y El Tecolote, a cien kilómetros por hora”, Ruiz acarició la cacha de su pistola. “Ojalá tuviera licencia para dispararle.”

“Eeeeh, nena”, el joven, parado entre los coches con un vaso de ron en la mano, vio con asombro el vehículo con la mujer alejándose velozmente por Avenida Chapultepec.