28. El Cuervo

Atravesamos el Zócalo. A esas horas las personas parecían piezas de ajedrez movidas sobre escaques pétreos por un jugador ignoto.

En el patio del palacio del Instituto Nacional salió a saludarme un escritor argentino que acababa de publicar la Historia universal del ego. Autobiografía del yo.

El Petróleo y Mauro repararon en tres literatos lánguidos, aguardando la conferencia. El primero tenía los ojos enrojecidos por el mal dormir o por frotárselos demasiado. El segundo, delgado y carilargo, vestido de verde y con zapatos blancos, parecía una cruza de saltamontes y avispa. El tercero sonreía, malévolo.

“Parecen terroristas. No me gusta su estampa.” El Petróleo crispó las manos en los bolsillos del pantalón como si quisiera estrangularlos.

“Mmm”, Mauro subió la escalera de piedra. Las paredes estaban llenas de retratos de próceres solemnes.

“¿Quién es esa señora? Me recuerda a la del Tsuru rojo”, El Petróleo indicó a una mujer que llevaba pantalones vaqueros deslavados, gafas baratas y bolso de mano deshilado.

“Estás obsesionado con Manuela, la vas a soñar.”

“Mauro, puede andar siguiendo al señor para secuestrarlo.”

“¿Por qué no la detienen?”, pregunté.

“No podemos probarle nada.”

“¿Quiénes son esos?”, preguntó el primer literato lánguido.

“Guaruras, qué otra cosa pueden ser, guaruras”, aseguró el vestido de verde. “Vienen de Gobernación para espiarnos.”

Los escoltas llamaron también la atención de los otros asistentes. Cuando intentaba alejarme de ellos, me seguían.

“Qué bajo ha caído Miguel Medina. Dime con qué guarura andas y te diré quién eres”, en la sala de conferencias los literatos lánguidos ocuparon asientos en la última fila.

Yo me senté junto a unas jóvenes gemelas bastante guapas. Tenían el pelo castaño recogido hacia atrás. Cada vez que cruzaban y descruzaban las piernas mostraban sus muslos bronceados. Cuando se agachaban, sus pechos se mecían como palomas trémulas. Mauro y El Petróleo no les quitaban la vista de encima. Pero ellas ignoraban su amor policial, reputado por desgarrar carnes y egos.

“Qué tipos tan vulgares”, dijo el segundo literato lánguido.

“¿Me acompañas? Tengo que mandarle un telegrama a mi tía”, quiso levantarse del asiento el tercero.

“Quédate donde estás. No existe tal tía, es un pretexto para largarte”, manifestó el primero. Y ninguno se levantó.

“La nueva estética de la subjetividad fundada por Edgar Allen Poe, enriquecida por la experiencia europea, volvió a América por obra del poeta nicaragüense Rubén Darío”, desde el estrado, don José Antonio Pérez, erudito sagaz, con rostro hocicudo y cuerpo desproporcionado en relación a la cabeza, acercó el micrófono a su boca de dientes postizos. Agitó un libro delante de los diez gatos del público y arrojó al espacio su mirada altanera.

“Qué inteligencia”, el viejo director del Instituto Nacional, sentado en la primera fila, miembro permanente de la Academia Mexicana de la Lengua, sonrió orgulloso.

“Quiero demostrar al mundo que El Cuervo de Poe no sólo es un cuervo, sino es un símbolo del paso del tiempo”, Pérez, desde su trono, paseó los ojillos saltones encerrados detrás de gafas circulares por las repisas vacías de los ventanales como si estuviesen ocupadas por multitudes.

“Qué brillante”, el segundo literato lánguido hizo un ademán para limpiarse el sudor, que se había limpiado antes.

“Tengo que escribir una reseña sobre un libro para mañana y todavía no lo leo”, dijo el primer literato lánguido.

“Simplifica la lectura, haz una crítica de solapa, destaca los errores, hazlo trizas”, sugirió el tercero.

“El poeta se internó tanto en los misterios de la Isis egipcia que llegó a ver en el cielo de Boston el ojo de Horus”, reveló Pérez, mientras yo preveía que las lunas rebosantes de las hermanas gemelas se alejarían de mi lado para siempre cuando terminara la conferencia, así como ahora se iba la luna de los ventanales del Instituto.

“No se admiten perros”, en la entrada, la subdirectora del Instituto le estorbó el paso a un dramaturgo homosexual que arrastraba un perrillo Chihuahua. “Váyase o llamo a la policía.”

“Me voy, señora, no sea neurótica”, el individuo desapareció con el can en los brazos detrás de las cortinas de terciopelo rojo.

“Estas páginas son el tributo que un gran poeta mexicano rinde a la metamorfosis del ave, nuevo Fénix, que aquí renace”, Pérez quiso quitarse las gafas que se había quitado.

“Debo reconocer que las disertaciones de Don Cuervo en torno del poema de Don Poe me causan indigestión sin haber comido”, suspiró el primer literato lánguido.

“Cuando el mono ese acabe la conferencia el restaurante estará cerrado y no tendremos dónde cenar”, dijo el tercero.

“Mi reino por un huachinango”, dijo el segundo.

“Yo por un arroz con leche”, dijo el segundo.

“Mal rayo parta a Don Cuervo, esta es nuestra desgracia por tener oídos.”

“Pobre Dante, no hizo un círculo del infierno para los críticos cuervos.”

“Todo comenzó la noche en que doña Tomasa concibió en un tren nocturno.”

“O ese anochecer de nuestra historia cuando el caballo de un conquistador anónimo tropezó y al caer en tierra se halló en brazos de una Malinche. El resultado histórico de esa fornicación fortuita fue la producción en serie de hombres como Pérez.”

“¿Por qué ese despliegue de prepotencia? ¿Por qué esa forma de intimidarme?”, me pregunté, preocupado por el posible accidente que mis guaruras habían estado a punto de ocasionar. “Qué tal si Mauro le vuela la tapa de los sesos al conductor del Tsuru. Qué tal si luego el gobierno dice que un pistolero de Miguel Medina mató a un inocente automovilista.”

Clamó el recitador:

Bruscamente abrí el postigo, y colóse con estrépito —de sacros siglos remoto— un cuervo grave y decrépito.

“Andar con un guarura es como andar con un perro bravo, no se tiene control sobre él, pero uno es responsable de su conducta”, reflexioné.

Siguió el recitador:

Quoth the Raven, “Nevermore”.

Dijo el Cuervo: “Nunca más”.

“Perdone usted”, dijo con una vocecita una de las gemelas, mientras las dos se levantaban de las butacas y pasaban delante de mí sin poder retenerlas.

“Pues si no entienden lo que digo, me importa un bledo”, gruñó el crítico desde su trono como si el público lo desafiase.

Cuando las hermanas atravesaron el pasillo hacia la salida, Mauro y El Petróleo, parados junto a la puerta, las miraron como hipnotizados.

Tras ellas, la mujer de los pantalones vaqueros deslavados, gafas baratas y bolso de mano deshilado, salió. Si era Manuela, alias El Águila Arpía alias La Venus de Oro, tal vez las estaba investigando para ver si eran dignas de ser secuestradas.

¿Qué estaban haciendo los guaruras? ¿Empuñaban debajo del saco sus pistolas? ¿Iban a dispararle a la araña para hacer saltar las luces de la sala a tiros? ¿En la oscuridad que provocarían, mientras la gente abandonara el recinto, pisoteando vidrios y pedazos de yeso, dirigirían el fuego amigo hacia mí? Pero yo era más listo: Me tiraría al piso, esperaría a que el peligro pasara y, boca arriba, miraría a la luna ebria por la ventana rota.

Then the bird said “Nevermore”.

Dijo el pájaro “Nunca más”.

Cuando salimos del Instituto Nacional las calles estaban desiertas. El Zócalo era un gigantesco tablero de ajedrez cuya siniestra arquitectura parecía urdida por un Giorgio de Chirico alucinado por un ataque de migraña. Mauro, El Petróleo y yo, yendo por la explanada, parecíamos piezas de un ajedrez espectral: un caballo, un alfil y una torre jugados por un jugador despiadado.