3. Periférico
Íbamos mi esposa y yo por el Periférico, la vía rápida más lenta del mundo (a ciertas horas) y más desaforada (a otras horas). Salíamos de una reunión del Comité para la Protección de Periodistas sobre el tema de cómo defender la libertad de prensa. Yo había leído “Notas sobre la pirámide de la desinformación”. Enumeré los ataques que habían sufrido los periodistas durante 1997. Las cifras superaban a las del año anterior, las cuales habían superado al precedente. Mi recuento no era original, las noticias de los 21 periodistas asesinados en los últimos meses estaban en los diarios.
“Soy un hombre marcado”, así se definió José Luna. Nacido el 27 de marzo de 1946 en Ensenada, Baja California, el director del semanario El Correo de la Frontera mostró fotos de sí mismo desplazándose escoltado por las calles de Tijuana. Reveló que cuando estaba a punto de volar a Nueva York para recibir el Press Freedom Award, lo visitó un jefe de la policía para advertirle que si aceptaba el premio estaba firmando su sentencia de muerte. El reconocimiento le había sido otorgado por reportajes sobre los narcojuniors de Tijuana, hijos de familias adineradas atrapadas por el narcotráfico y el crimen. En la reunión lo acompañaba Luis Valdés, su chofer y guardaespaldas.
Fernando Puente leyó el testamento de su hermano Jesús Puente, el editor del diario 9 Días, cuyo cuerpo rociado de balas había sido encontrado en Acapulco en un coche en llamas. En caso de muerte, había pedido Jesús Puente, investiguen al Almirante RR y a su banda de policías.
La reportera Laura Morales narró el secuestro exprés que sufrió al abordar de noche un taxi ecológico en Avenida de los Insurgentes. Salía de su trabajo y paró el primer coche de alquiler que vio, un Volkswagen viejo conducido por un hombre gordo, desaliñado y mal vestido. El chofer se adentró por calles oscuras de la colonia Roma, comunicándose por su celular y con las luces de las direccionales con cómplices que lo seguían de cerca. Hasta que disminuyó la velocidad y abordaron el auto dos sujetos (El Tecolote y El Niño). Ambos flanquearon a Laura. Ambos la encañonaron con pistolas automáticas. Ambos la esculcaron y abrieron su bolso. El Niño le quitó sus tarjetas de crédito y documentos de identidad. “Ju-jú, no nos mires porque te chingo”, le gritó El Tecolote. “Acuéstate en el piso, si levantas la cabeza te mato”, le dijo El Niño, con el pelo blanco largo sobre la espalda como si fuera mujer, y le tapó la cara con una cobija. A partir de ese momento y hasta después de la medianoche, la pasearon por los cajeros automáticos de varios bancos para retirar el máximo de dinero permitido. “Si no cooperas, te mueres”, le apuntó El Niño a la nuca. “¿Adónde tiramos su cadáver?”, le preguntó El Tecolote. “En la carretera.” “Ya nos reconoció, mejor le damos en la madre.” “Te vas a morir, sabemos dónde vives y dónde trabajas. Tenemos fotos de tus hijos.” “Ni se te ocurra ir a la policía, la policía trabaja para nosotros.” Luego de vaciar sus cuentas bancarias y mancillarla, antes de que saliera el sol la aventaron en los límites de Ciudad de México y Ciudad Moctezuma.
“En los ataques a periodistas siempre queda la duda si la agresión fue casual o motivada por el Almirante RR”, dije.
“¿Podría explicarlo con más detalle, señor Medina?”, Guillermina Durán, reportera de un diario rival de gran circulación, miró hacia distintas direcciones con sus ojos de distinto color.
“Cuidado”, sopló a mi derecha el jefe de redacción de El Tiempo. “La señora está grabando lo que decimos para entregar la cinta a los servicios de inteligencia.”
“¿Para qué necesita explicaciones?”, la interrogué.
“Para escribir un artículo sobre las amenazas a la libertad de prensa”, la Durán clavó en mí su ojo negro, mientras con el grisáceo miró hacia la salida.
“Lo que aquí se dice no va a ser publicado.”
“Ah.”
“¿Puede guardar su grabadora?”
La reportera obedeció. Pero a los pocos minutos, con el pretexto de pasar al baño, se marchó.
“Ahora nominaremos a los candidatos para la comisión encargada de monitorear la libertad de expresión”, el jefe de redacción procedió a las elecciones.
Elegido José Luna secretario técnico, la reunión terminó y mi esposa Beatriz y yo emprendimos el regreso a casa. El cielo era color café con leche. Una nata agria revelaba inversión térmica. La luna era un huevo huero. El aire dolía. Mi reloj de pulsera marcaba la una. En el Pedregal de San Ángel, detrás de los vidrios polarizados que los políticos y los empresarios habían colocado delante de sus fortalezas para encerrarse fuera del mundo, vigilaban policías invisibles y ojos electrónicos. Los altos muros no sólo ocultaban a habitantes y jardines, sino también escondían la luz de los faroles interiores. Si bien en tiempos de la Colonia los criollos se habían protegido del vulgo mestizo levantando gruesos muros, ahora los mestizos ricos se refugiaban en búnkers por razones de seguridad.
La autopista estaba mal iluminada, mal señalada y mal pavimentada. Las salidas se indicaban cuando se les había pasado. Los rodeos por callecitas sombrías eran trampas que devolvían al mismo sitio. Beatriz iba al volante. Yo hacía de copiloto. Los coches, como una plaga de cucarachas metálicas, pasaban zumbando. El Chevrolet Malibú 1980 era rebasado por BMWs, Fords, Jeeps, Toyotas, Tsurus, y hasta por modestos Volkswagens. Beatriz no dejaba de ver por el espejo retrovisor, temerosa de los cristaleros armados que interceptaban coches en los carriles centrales del Periférico.
Oíamos “El mirlo de la roca”, música para piano de Catálogo de Pájaros de Olivier Messien, cuando un camión de carga surgió detrás de nosotros. Ignorando los límites de velocidad y las señales de tránsito, entre chirriar de ruedas y alaridos mecánicos volaba sobre el suelo con los faros apagados.
“Parece un monstruo de la era de los kronosaurus que emerge del pasado para cazarnos”, dije.
“No me expliques lo que veo, dime lo que puedo hacer”, Beatriz intentaba apartarse de su ruta.
“El chofer, encendiendo y apagando luces, trata de chocarnos. Avanza en línea recta. Se detiene en el aire. Acelera la marcha. Ya está encima de nosotros”, advertí.
“No traemos antibióticos, alcohol ni vendas. Estamos fritos.”
Ante la inminencia del impacto, ya presentía la sangre agolpada en la cara, la vista turbada, los ojos perdidos en las cuencas, la barbilla lívida, la lluvia de vidrios y metales cayendo sobre la frente, los labios rajados, los dientes quebrados, la cabellera hecha una corona de sangre y la cabeza rodando sobre el pavimento como una computadora fuera de servicio. Un dolor color fuego cobraba forma dentro de mí. Como en una receta azteca ya preveía mis miembros cocinados con flores de calabaza por los sacerdotes de Uichilobos.
Las barreras de seguridad se desvanecieron. Los edificios giraron. La luna pasó de un lado a otro. Un murciélago entró por una ventana. Salió por otra, como golondrina chillona. Beatriz estaba espantada. Olí su miedo. Su rostro estrellado en gritos como un vidrio. Envuelto por las tinieblas periféricas, leí póstumamente la noticia de nuestra muerte: “Otro accidente en una vía de alta velocidad. Sucumbe en choque colaborador de este diario. La imprudencia es la única culpable. La impericia al volante de la esposa ocasionó el suceso. Cegada por el alcohol se atravesó a un camión que transportaba pollos. Se les dispensó la autopsia.”
Mientras el camión pasaba rozándonos, adentro subieron el volumen de la música tecno. Su martilleo aturdió los sentidos, se convirtió en taquicardia, en delirio sexual. La ansiedad colaboró con el enemigo, dio un ritmo fatal a mis latidos. El cafre olió mi adrenalina. Se dio vuelta para embestirnos otra vez. Hizo sonar la música más fuerte. Los faros ciegos hacían difícil registrar su número de placas. La razón social era borrosa. Alcancé a ver: Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Zacatecas.
Cuando el camión retornó para aplastarnos, vi el zapato negro del chofer gordo saliéndose por la portezuela entreabierta. Lo vi rodar por el asfalto.
Con el camión se nos vino encima el Periférico: sus vallas carcomidas, sus edificios con ventanas rotas, sus espectaculares iluminados, su luna enferma y los olores acres que las cloacas eructan de madrugada.