Cuando salimos dije Yiovani, estás dando por hecho que me voy a casar contigo. Sí, un sí grande y sereno como la basílica de san Pietro. Pues fíjate que no… Yo dudaba. La Vestida de Hombre y su amiga decían es perfecto gordita, está guapísimo, es rico y nadie lo conoce en México… Yo no entendía esta última razón. Imagínate casada con Gabriel Infante o con Pancho. ¡Por favor! Al día siguiente fuimos a una agencia de detectives y mandamos investigar a Yiovani. Ya sabes: drogas, mujeres, antecedentes penales, comportamiento social, fortuna en bienes y fortuna en efectivo. ¡Nos dieron reportes tan increíbles! Pero tan superduperreportes que entonces sí, realmente empecé a reflexionar. A lo mejor es el muchacho que me conviene, decía. ¿Sí o no? Y entonces fue cuando de verdad, de verdad, lo empecé a pensar…

Desde luego hablé con Dino. Oye, tú qué piensas, qué me dices. Estábamos en un parque calentándonos al delicado sol que bañaba los setos recortados y las estatuas centenarias… Piénsalo muy bien decía Dino, sobre todo si es un muchacho que te obnubila tanto, piénsalo bien. Yo te propondría que te casaras conmigo pero de qué íbamos a vivir… tú no eres rica y yo no tengo trabajo ni fortuna ni nada… Y no quiero trabajar en mi vida…

Hablé a México y me dijeron que La Tapatía Grande estaba en Amsterdam haciendo un reportaje de modas para una revista mexicana, y que Alberto y El Monje habían ido con ella, que por qué no los alcanzábamos… La Vestida de Hombre y su amiga no podían, pensaban ir a Verona. («¡Se celebraba el adulterio de María con la paloma sacra!»). Le hablé a Yiovani y le dije que tenía que regresar… Es increíble lo que me alteraba oírlo…

Nos invitó a una cena en su casa con velas y crustáceos crujidores. El futuro parecía preocuparle y hacía movimientos que resultaban cómicos, de una comicidad barata, casi de carpa… Cuando lo veía no me ponía medias ni ropa interior, para no ahogarme ¿sabes?, porque transpiraba como una condenada… Estábamos en su casa y su abuela me dijo ah, ya entiendo por qué Yiovani quiere casarse contigo… Estaba achispada… Eres una gente muy abierta, muy extrovertida, cautivadora y además muy bonita… Intentaba encender un voluminoso habano y el encendedor oscilaba en su mano insegura. Sus joyas tintineaban… Como buenas turistas preguntábamos y preguntábamos y no hubo forma de conocer su vida privada. No cedían ni un recuerdo. Nada más corteses sonrisitas de admiración o asentimiento. Yiovani levantó su vaso y brindó por México y sus niñas bonitas… El terror de que todo se desvaneciera me hizo beber más de la cuenta. Yiovani sentado en la cocina de mi departamento. Yiovani mezclando las fichas de una ruleta. Yiovani manejando un coche. Mi cuerpo se dejó obsesionar a tal grado por el miedo que Yiovani se convirtió en un ser gigantesco y magnetizado. Todos mis pensamientos se precipitaban hacia él, todos mis deseos, como si no hubiera nadie más en el mundo. Yiovani prometía venir a México tan pronto se lo pidiéramos… Yo me sentía mareada de vino tinto, y el olor a moluscos que flotaba en el elegante comedor evocó una suerte de marea que me arrastraba hacia él. («Mis pezones se incendiaban al pensar en su pecho áspero, como un felpudo…»). ¿Me habrían puesto algo en el aperitivo? Vertiginosamente recordé la yombina y algunas fantasías alrededor de los afrodisíacos que elaborábamos en Las Dos Tortugas. ¡Las Dos Tortugas! Yiovani vendría a México tan pronto se lo pidiera. Carajo… Al despedirnos le ofrecí mis labios y me besó en la mejilla. ¡Ginecólogos agripados!

Entonces me fui directamente a Holanda, a iniciar mi despedida de soltera y decidir si iba a casarme o no viendo las nubes desde la ventanilla del avión…

(«Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos…»).

La princesa del Palacio de Hierro
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