12. Cierta avidez se había apoderado de nosotros
A veces nos reuníamos para hablar de nuestros problemas. Y cuando estábamos juntas empezábamos a hablar de todas las cosas que habían pasado, los cambios de marido, los orgasmos felices, los abandonos y cosas así, las viejas, los maridos que se habían ido con las fulanas y bueno, de cosas así. Fíjate por ejemplo que la Tapatía Grande hacía el amor con dos muchachos al mismo tiempo, y para evitar que terminaran pronto les hacía unos pases misteriosos, yo qué sé. ¡Contaba unas historias! La Chica un día pescó tricomonas, ya casada con Napoleón, dizque en un baño público. Y La Vestida de Hombre había ido al consultorio de Gabriel Infante, que ya sabes que es el tipo más grosero del universo, pero groserísimo. Y contó que le dijo pásale pinche flaca. Y así no, no seas tan grosero Gabriel, que no sé cuánto. Aquí todos los pacientes tienen que saber que yo soy así, y si no, a chingar a su madre, toditititos, a chingar a su madre todos, a mí que no me vengan a cagar… Y tú te quedas que no lo puedes creer, pues así trata a toda la gente…
Bueno, el otro día le hablé… Y no, gorda, la onda está gruesísima. Fíjate que el otro día me fui a Acapulco y te venden marihuana en las calles, te jalonean, de a devis, porque unos tienen mejor mota que otros. ¡Te jalonean para venderte la nieve…! Pero yo no te puedo hablar como él porque habla chistosísimo, con todas las palabras de moda, es ultraexagerado, a tal grado que no lo entiendes… Cuando me ha terminado de contar una historia le tengo que decir fíjate que ahora sí, ahora sí no te entendí ni madres, Gabriel. Entonces me la mienta doscientas diez veces porque no entiendo. Así que mejor le digo francamente qué ondas tan gruesas pasan en México… Porque fíjate que me estaba contando una historia de drogas de la chingada, que él se había ido a vivir con unas putas canadienses, y que tenían un circo y lo estaban manteniendo, total, me estaba contando toda la historia. Y de repente, tú, que dice, no, no, todavía no chava, no tienes que cerrar la boca, quédate así, quédate así como te dejé. Y entonces le dije oye Gabriel ¿con quién estás? Aquí, con una paciente. ¿Y me estás contando todas las enmotadas que te pusiste delante de ella? Y dice no hay fijón, es una chava pero es muy gruesa, fíjate, tiene doce años. Y al mismo tiempo estaba diciendo la tipa dile que soy bien pasada… Por Dios, te lo juro. Soy bien pasada y bien maciza… Y dice Gabriel ¿cuántos años tienes, chava? Y dice doce años… ¿Ya oíste, gorda? Creo que aquí la única pendeja eres tú, pasada de moda y todo. Y sí, por Dios que la niña tenía doce años, y por Dios que dijo no, hombre, dile que soy bien pasada y bien maciza. Así es que imagínate. Así es Gabriel Infante…
O hablábamos de Alexis ¿no? Él había vivido mucho tiempo con una artista famosa, pero muy, muy famosa, gringa, muy rubia y de ojos amarillos… Su cara aparecía en todas las cajas de un jabón ¿no te acuerdas? Pero un día terminó con ella y para Alexis fue un golpazo, porque la quería muchísimo, pero muchísimo. Entonces fíjate que él nunca había andado con una chica de Acapulco. En realidad él nunca había andado con una muchacha mexicana, ni de Acapulco ni de Tampico ni de ninguna otra parte ¿no? Y un día decidió casarse para complacer a sus papás y ver si se tranquilizaba, porque estaba destrampadísimo, él. Para esto me contó de una época padre, pero se me olvidó… Estuvo en una correccional, en algo así, y se me olvidó totalmente, fíjate. Porque me contaba lo que pasaba, lo que había… ¡Qué lástima! Eso no te lo puedo platicar. Se me olvidó…
Una vez él fue a un baile en donde estaba la mejor sociedad de Acapulco. Para esto él tenía vetado llegar a casi todas esas partes. Le tenían cerradas todas las puertas de… Era destrampado en ese entonces porque andaba con artistas y vivía con mujeres. Ése era su destrampe, realmente no llegaba a más. Y entonces estaba parado en la orilla de la pista, viendo los toros desde la barrera, como quien dice, y le dijo a su hermano Carlos ¿ves a esa muchacha que está allí? Y señaló a una morenita de nariz respingada y cejas hacia arriba. Sí, dijo su hermano. Pues con esa me voy a casar… Y a manera de explicación y como para convencerse a sí mismo, dijo es bonita, tiene mucha lana, me puede servir… Dice que lo pensó toditito… Y además es una muchacha decente, dijo por último y entonces la sacó a bailar y a los seis meses se casó con ella. Se casó con esta muchacha y entonces se vinieron de luna de miel a México, el mismo día de la boda, pues los papás de ella les regalaron una casa aquí, en el Paseo de la Reforma, y se vinieron a pasar su luna de miel…
Alexis pasó su noche de bodas llorando. Lloró toda la noche y lloró horrible. Dice que lloraba y lloraba y lloraba y que ella le decía ¿por qué lloras? Es que soy un cabrón le respondía, no debí haberme casado contigo, no debí… Porque supo que iba a ser infeliz desde esa noche, desde el momento en que la poseyera. ¿O era ya infeliz cuando recibió los abrazos al final de la ceremonia religiosa, todavía en Acapulco? No lo sabía en ese momento de cómo te diré… De cruda moral e ira reprimida, sí, de cruda moral. Aunque después decía que exactamente desde que quedaron casados él fue el hombre más infeliz del mundo… Y de pronto estaba allí, imagínate, en una casa llena de muebles elegantísimos, tapizados con terciopelo azul marino, junto a una mujer que no quería, que no lo atraía, que ni siquiera lo excitaba, y que en cambio no dejaba ni por un instante de interrogarlo con una mirada lánguida y estremecedora… Entonces le dijo mejor vamos a bailar, para no enfrentarse a su desnudez ni a una sesión eléctrica de recriminaciones e intentos de ajuste imposible. Entonces le dijo vamos a salir… Y con el aire de un condenado a muerte, después de cuatro horas encendidas de melodrama y contradicciones, horas mexicanas como les dices tú, dijo oye, ahorita regreso, mientras tú te arreglas voy a dar una vuelta y regreso…
Tuvo la impresión de recobrar su sangre fría cuando se instaló en uno de los bares del hotel Continental Hilton. Ansiosamente pidió media botella de güisqui y dos vasos. Las nalgas de una gringa de piernas recias y quemadas por el sol comenzaron a sonreírle. Entonces alzó los vasos y con guiño profesional la invitó a beber. Estaba hospedada en el hotel y acababa de llegar de Tequesquitengo, tú. Así que hablando y hablando terminaron con el contenido de la botella. Entonces fíjate que subieron a su cuarto para ver si no la habían engañado en la compra de unos productos artesanales. Entonces se pasaron allí una semana entera de semen y vaivenes, sin salir para nada. Pero al final del séptimo día fue el temblor del 27 de julio ¿te acuerdas? El de 1957, cuando se cayó el Ángel de la Independencia… Entonces él salió aterrado, pensando en la mujer que se había quedado sola en aquel caserón. Y entonces se fue corriendo para ver qué pasaba, para saber si había regresado a Acapulco o seguía allí. Y corrió mucho y en la calle había turistas en piyama o en bata y patrullas policiacas con la sirena abierta. La desgracia parecía mirarlo con insistencia desde los faros de todas las ambulancias. Y desde afuera, la casa, parecía estar a punto de derrumbarse… Cuando entró ella estaba allí con unos amigos de sus papás que se habían quedado a acompañarla, un matrimonio anciano desesperado por escapar y comprobar la salud de su parentela. Ellos vivían en México, sí, y ella estaba aterrada porque no sabía qué le había pasado, sobreviviendo a base de calmantes. Lo habían buscado en todas las cruces rojas, verdes, en todos los hospitales del mundo lo habían buscado, en todas las delegaciones, en todas partes…
Entonces dice que cuando llegaron a Acapulco él habló con ella. Y entonces ella le dijo que estaba loco si creía que se iba a divorciar, porque era una muchacha muy católica y de buena familia. Que nunca, nunca, nunca se iba a divorciar… Entonces comenzó a irles mal, mal toda la vida, hasta que llegó el momento en que optaron por esa clásica decisión… Ella, que nunca le iba a dar el divorcio; él, que nunca haría el amor con ella. O no, pero es que no me acuerdo, el caso es que no la quería. Entonces comenzaron a hacer cada quién su vida ¿no? Bueno, ella eligió tener hijos y se las ingenió para quedar embarazada sin que Alexis supiera quién era el responsable. ¿Te imaginas? Y tuvo dos hijos… Cuando yo los conocí tenía nada más uno y ni quien sospechara que Alexis, El Me Importa Madres, no era el padre. Bueno, eso contaba él. Y por su parte eligió ser soltero toda la vida, vivir como le diera la gana…
Fíjate que en 1957 yo estaba en Europa. Estuve en París con Gabriel Infante y luego fuimos a España. De ahí él se fue a Grecia, pues andaba de gira con Los Pilotos de la Muerte… Yo iba a estar cuatro meses y nos íbamos a encontrar en Venecia para casarnos. Bueno, así eran los planes de él, no los míos. Él iba a ver a sus papás en Grecia. Venían del Japón y los iba a encontrar allí. Pensaba decirles que iba a casarse y quería que volviéramos a México casados y todo. Era una pasión repentina, muy estimulante, muy bonita, pero yo iba a cumplir diecinueve años y me consideraba muy verde para el matrimonio. Entonces, cuando llegué a Venecia y demás, no fui al hotel convenido, sino a otro. Y luego supe que ni me fue a buscar, que en Montecarlo encontró una italianita muy inocente y hasta interrumpió la gira de exhibiciones automovilísticas. ¡Trompas de Falopio! Ah, en París tenía un departamento sensacional. Era muy chiquito y había un anuncio luminoso en la ventana, el anuncio de un hotel. Era un cuarto de hotel. Ahí mismo tenía un lavamanos y junto, una puerta que daba a un clóset con un excusado que parecía dragón. Entonces él, con una manguera, llevaba agua del lavabo hasta el excusado. Y entonces para bañarte tenías que poner una tablita atravesada en la taza del excusado y pararte allí, rociarte con la manguerita y conservar el equilibrio. Y toda el agua se iba por el excusado ¿no? Una cosa chistosísima… Y cuando regresamos a México, Gabriel me habló por teléfono desde Bélgica. Me dijo fíjate que tú eres una persona que quiero muchísimo y estoy muy acostumbrado a ti, a todo lo que seas tú, entonces no me quiero separar de ti pero tengo un problema, y es que acabo de conocer a una muchacha increíble, una muchacha muy inocente, muy joven, digo, una muchacha que para mí sería un problema empezar, digo a convivir con ella, pero me quiero casar y ahora no sé si me quiero casar contigo o me quiero casar con ella, y entonces, mientras me decido, me voy a quedar una temporada en Europa pero te voy a escribir… Y yo le dije fíjate que no tiene caso porque yo no quiero saber nada de ti… En fin. Estábamos loquísimos. Y pregúntame si al par de semanas estaba en Europa o en mi casa en el Pedregal de San Ángel…
Una vez estábamos comiendo todos juntos. Y estábamos el guapo guapo, Gabriel, Andrés, Napoleón, dos o tres gentes de esas de Tito Caruso ¿te acuerdas? Y Alexis. Estábamos comiendo carne asada y ensaladas en La Cabaña, allí en la Zona Rosa. Comiendo y tomando una copa, Alexis y yo. Los manteles eran amarillos y la carne estaba retejugosa, bien que me acuerdo. Y estábamos comiendo y llega un tipo y se sienta con nosotros. Entonces, tú, que se voltea Alexis. Perdóname, manís, pero no oí que ninguno de los que estamos aquí te haya invitado a sentar, y yo en especial no quiero que te sientes, así que hazme el favor de levantarte y de irte, pero rapidito… ¡De ese tipo! ¡De ese tipo, tú! Claro que esas cosas sólo pasaban con otras gentes ¿entiendes? Conmigo era de lo más normal, simpatiquísimo, sensacional en todos aspectos… yo no sabía realmente quién era… Porque todo mundo hablaba tanto de él, y le tenían tanto miedo… Y conmigo era tan, tan increíble…
Ya teníamos muchos años, años y años de andar juntos. Y entonces todos sabían perfecto que andaba con él desde hacía muchísimo tiempo. Entonces estábamos comiendo y el guapo guapo nos invitó a tomar una copa a su despacho. Entonces llegó mi amiga La Vestida de Hombre y lo primero que hizo fue decirle al guapo guapo ¿nunca te han dicho que tienes los ojos más bellos del mundo? E inmediatamente después le dijo, casi sin darle tiempo para respirar, yo creo que así han de haber sido los del niño Dios… ¡Imagínate al guapo guapo oyendo una cosa de ésas! Todo mundo se murió de las carcajadas ¿verdad? Se deben haber pitorreado doscientas horas de ella. ¡Imagínate! Pero les caía bien y entonces fuimos a tomar una copa en la oficina del guapo guapo…
Yo fui a dejar a La Vestida de Hombre a su coche, porque tenía que ir a encontrarse con mi tío. Y entonces llegué al despacho cuando ya estaban todos reunidos allí. Era una especie de garito lujoso donde aparentaban dedicarse a importaciones y exportaciones, y en realidad centralizaban apuestas y desarrollaban algo así como relaciones públicas confidenciales. Entré quedito, quedito, quedito, porque quería ir al baño y no quería que se dieran cuenta. Entonces entré quedito, queditito y logré llegar y encerrarme en el baño. Entonces se oía todo lo que estaban hablando. Porque platicaban y platicaban… Entonces oí que le decían a Alexis que no fuera pendejo, que por qué, si ya tenía tantos años conmigo… No seas idiota, le decía Napoleón, ya hubiera querido durar con una gente con la que me llevara tan bien. El guapo guapo espetó yo me quería casar con ella hace mucho tiempo. Andrés habló también. Además ella es padre y no sé qué y no sé cuánto. Yo me sentía temblar ignorante del destino de aquellas acariciadoras palabras. Y pues a qué le tiras, mano, si te va de la fregada allá. Oí a Alexis admitir con un suspiro declamado que no, no sabía. Entonces por qué no te casas con ella insistió Andrés… Yo me salí del baño otra vez queditito… Había dejado la puerta entornada y ya afuera, me arreglé la falda y destaqué mis senos bajo el suéter. Entonces entré, y mientras avanzaba una oleada de reconocimiento me invadió, me pareció que temblaba… Alexis estaba como muy orgulloso de lo que le habían dicho y me recibió con mucho cariño. Era cariñosísimo conmigo, eso sí, siempre fue anormalmente cariñoso conmigo… Entonces me recibió con mucho cariño y estuvimos un rato allí, conversando ¿no?
Cuando se empezaron a ir los muchachos Napoleón le dijo bueno, entonces pasamos por ustedes, te va a gustar y que la fregada. El guapo guapo tenía que hacer unas llamadas por teléfono y convino también en pasar al hotel. Entonces nos despedimos… Fíjate que yo decía en mi casa que me iba con la Vestida de Hombre a Cuernavaca, y me iba con él a encerrarme al hotel. Yo creo que eso era amor, tú. Digo, que a mí no me importaba nada… Yo estaba con él y fíjate, salíamos a caminar por la Zona Rosa, comíamos en la Zona, desayunábamos en la Zona… Todo el día me veían amigos de mi mamá, de mi papá, todos, y a mí me valía una chingada, digo, no importaba que me vieran todos ¿no? Era inconsciencia o qué… No ligo qué era. Hasta la fecha no sé si era inconsciencia o amor. No sé… Yo me atrevía a todo…
Entonces fíjate que estábamos en el hotel y le pregunté ¿a dónde vamos a ir? Van a pasar por nosotros empezó Alexis con una franca alegría, despreocupado al mismo tiempo, van a venir porque les dije que tenía ganas de probar elesedé. Y sonriendo con picardía entonces me dijeron que me van a conseguir y que me van a dar… Cuando oí elesedé, en ese instante, tú, dije júrame que es cierto. Te lo juro dijo, como si hubiera acabado de contar un chiste hilarante. Entonces, quién sabe por qué, empecé a llorar. ¡Tú no vas a ir a esas cosas! ¡No puede ser! Total, lo traté de convencer novecientas dos horas y por favor no vayas, no vayas. Alexis me agarró por los hombros y mirándome fijamente dijo bueno, si tú no quieres ir, no vayas gordita, pero yo sí tengo muchas ganas de ir… Y para esto él tenía como treinta y seis, no, como treinta y cinco, como treinta y cuatro años. Entonces me decía sí, sí voy a ir, tengo muchísimas ganas de ir. Entonces me desprendí de su brazo, y tras lanzarle una mirada tortuosa, repliqué pues yo no voy… Total, terminó de arreglarse. Entonces yo cogí mis cosas y dije con toda la ferocidad que podía reunir pues me voy. Pues vete, vete, ni modo, vete. Feliz, el hombre… ¿De verdad no te importa que me vaya? De verdad no me importa que te vayas, insolente, castigador, indudablemente dueño de la situación. ¿De verdad no te importa? Para esto él se estaba rasurando y tenía una manera muy chistosa de rasurarse… Siempre se rasuraba con un pie subido en, este, en el lavabo. Lo subía totalmente arriba del lavabo. Fíjate, rarísimo ¿no? Se recargaba en la rodilla y se rasuraba. Entonces le dije bueno, adiós, en la vida me vuelves a ver, nunca en la vida me vuelves a ver… Todo esto con sollozos infantiles y gemidos de moribunda, casi fervorosa, casi desesperada. ¿Crees que ni me volteó a ver? En la vida no te vuelvo a buscar, no te preocupes gruñó. Y me salí y toqué llamando al elevador, ofendidísima, llore y llore. El amor para mí era un poco una sed de los sentidos, un mucho afecto verdadero, otro poco una necesidad de aparentar ante el mundo que alguien era mío y que yo le pertenecía a la vez ¿me entiendes? Aunque a veces todo pareciera una escaramuza de los verdaderos sentimientos o vulgares fanfarronadas de galanes de octava categoría. Claro que no me atrevía a pensar así en aquel entonces. Así que sube el elevadorista y me dice ¿ya se va, señorita? Me conocían de años, porque Alexis siempre se quedaba en el hotel Presidente. Me conocían de siempre, los trabajadores de todos los turnos. Si, ya me voy, pero no entré en el elevador. Mi adolescente y burguesa no participación, mis caprichos. Sus endemoniadas palabras, que brotaban gratuitamente al margen del amor, y su prepotencia… Entonces me quedé parada y dije no, no, mejor no me voy, gracias, no. Y dije al rato le vuelvo a tocar y regresé otra vez al cuarto…
¡Alexis! En el fondo yo era culpable de todas esas situaciones. Bastaba no ceder, mostrar la ferocidad aprendida de todos ellos. Entonces que me pego al timbre, ya ves que tienen timbre, así, durísimo. Y que lo oigo que viene chifle y chifle y chifle, que abre chiflando. Entonces cuando abre la puerta le digo por qué chiflas, pendejo. Entonces me dice porque estoy contento, porque voy a tener una nueva experiencia y estoy contento… En mi pancita, de golpe, la revelación de mi nuevo papel. Le dije ¿sabes por qué regresé? Para eso, con voz entrecortada, ya sabes… Y me dice no ¿a qué regresaste? A que me pidas perdón porque no me puedo ir así, no, no me puedo ir así, me tienes que pedir perdón. Entonces se empezó a reír, desde las visceras, con todo el cuerpo. Y le dije ¿de qué te ríes? Dijo una de dos, o me río o te doy en la madre ¿cuál de las dos prefieres? Dijo qué escoges, porque contigo una de dos, o me río o te madreo. Y le dije todavía recogiendo las últimas amarras de una dignidad naufragante, por última vez, Alexis, por favor pídeme perdón, porque yo no me quiero ir así, y si no me pides perdón voy a tener que irme y no quiero, no quiero, así que por favor pídeme perdón… Entonces me vio tan sinceramente desesperada que empezamos a hablar con calma. Lo sentía más que mirarlo, sentía sobre todo su seguridad afectada. Entonces fíjate que otra vez empezamos el mismo diálogo de idiotas y ya se hizo tardísimo. Entonces decidimos racionalmente que él iba a ir y yo no. Entonces llegaron Napoleón y el guapo guapo y dijeron ¿qué pasó, ya están? Y dijo bueno, Napoleón dijo bueno tú, y esa cara, qué te pasó… Porque yo así de hinchada por las lágrimas. Entonces dijo Alexis qué les parece esta pendeja, no me quería dejar ir… Ah, no, y ¿no la madreaste? inquirió el guapo guapo pero riéndose ¿no?, porque a mí me trataba de una manera muy especial. Entonces dijo no, es lo que te digo, no quiere, estas jovencitas no son como las de antes. Bueno, si tienes mucho miedo dijo el guapo guapo, vamos y entonces tomamos una copa, no es necesario que vueles tú también ¿verdad? Bueno, y es que yo estaba tan descompuesta, tan aterrada… Napoleón murmuró hacia Alexis te puedes llevar el ácido, si quieres…
Y total, ya fuimos. Alexis me juró por todos los santos que no iba a probar el ácido lisérgico. Yo bien lavada de la cara, por supuesto. Todo muy escenográfico, con luces de colores y todo. Alexis me juró por el sagrado prepucio de nuestro señor y nuestra señora del dulce clítoris que no iba a probar eso y efectivamente, lo único que hizo fue acompañarlos ayudándolos a terminar con un atado de cigarros de marihuana. Digo, que para ellos no era nada, pero nada ¿verdad? ¡Imagínate! Entonces yo probé… Entonces yo di tres fumadas muy lentas de un cigarrito que me pasó Napoleón y guardé el humo, diablos, el humo. Pero entonces fíjate que inmediatamente me comencé a reír, así ja, jo, para que se me saliera todo el humo, porque me dominó un miedo terrible, casi infantil, cinematográfico… Júrenme que se me va a pasar, de verdad júrenme que se me va a pasar. Y ¿sabes lo que hice mientras ellos bebían? Me iba al baño a parar enfrente del espejo para ver cuándo se me transformaba la cara, te lo juro, ellos riéndose, fascinados y normalísimos, y yo frente al espejo esperando que se me deformara la cara, que se me hiciera de degenerada… Y lloré. Entonces otra vez empecé a llorar, creo que ya te conté. No creas que porque me había hecho efecto el pinche cigarrito de marihuana, no, no, del susto, de la idiotez de estar allí, de vergüenza. Entonces Alexis comprendió que me había esforzado realmente, verdaderamente, que semejante desplante había sido como un salto mortal, como una paseadita en trapecio… No una cosa que yo había hecho así, para ver qué se sentía, no, sino algo más, mucho más, más allá de mi mundo, de mis ideas de monjita decimonónica, de mi amor o mi necesidad de él…