Y este, nos fuimos. Íbamos por el estacionamiento y nos dice Mauricio bueno, a dónde quieren ir. Yo estaba tan pasada que no podía ni hablar, de verdad, y hacía señas con la cara de que a ningún lado, que no. Y entonces La Vestida de Hombre decía oye Mauricio, tengo una idea, por qué no vamos a ver a la vieja esa que está molestando a la gorda. ¿A cuál? dijo Mauricio. Pues esa vieja que va a molestar a la gorda al Palacio de Hierro… Porque había una señora con la que él después se casó… Deveras que todo el día me molestaba, todos los días, y me iba a ver al Palacio de Hierro. Entonces Mauricio dijo sí, sí, me parece muy buena idea…
En El Palacio de Hierro hasta mis jefes habían advertido que una señora me iba a molestar con frecuencia, pero ellos no sabían la causa. Entonces me pusieron un policía de guardia que se llamaba Serafín, para que me cuidara ¿no? Y yo le cambié de nombre y es mi amigo hasta la fecha. Se llamaba Serafín y se creía muy guapo y muy fuerte y el nombre no le iba, no me gustaba, y entonces yo le puse Espartaco. Cada vez que llegaba me decía tóqueme, tóqueme, cuarenta y ocho centímetros de bíceps. Y yo ¡híjole!, estás increíble Espartaco… ¡Qué bruto! Los domingos me iba a visitar a mi casa de San Ángel, porque iba con otro mastodonte, uno que se llamaba Sabueso, ya te contaré, y éramos cuatazazos… Ahora ya es jefe de detectives de El Palacio de Hierro ¿cómo la ves? Y ¿sabes lo que hizo? Me lo encontré una vez, tres o cuatro días después de que me liberó El Monje. Y un día voy a El Palacio de Hierro y me ve Espartaco y gime ay señorita, señorita, qué gusto verla. Me abrazaba y me abrazaba. ¡Qué bueno verla! Pero ¿qué le pasó? Y le digo pues nada, por qué. Y me dice ay, es que está usted toda marchita. ¿Ya se vio su cara qué acabadita la tiene? Y yo, imagínate si en esos días me quedaba algo de vida. Ay, pues no sé, Espartaco, pues qué me nota. Ay señorita, se quejaba. Sí, en efecto, he estado un poco mala, de gripe, le decía yo, pero no es para tanto ¿no cree? Ay no, señorita, es que está usted acabadísima, acabadísima. Y véngase, yo tengo una amiga aquí, no, yo sé que aquí hay un departamento que tiene muy buenas cremas, bueno, me dijeron que son las mejorcitas de aquí… La voy a llevar para ver qué le recetan, perdóneme… Y fuimos a un puesto y me vendieron por seiscientos pesos dos putas cremas. Todavía las tengo. Por cierto que una me saca granos. No lo vas a creer pero me saca granos… Estaba yo con mi mamá, estábamos en las telas y no me dio tiempo ni de decir ahorita vengo. Espartaco me llevó corriendo porque me encontró muy acabadita ¿crees?
Entonces esa vieja me iba a molestar y se quejaba y me amenazaba y aseguraba que Mauricio era su marido, bueno, unos dramones cotidianos. Y fíjate, yo ni idea. Por otra parte no era cierto que Mauricio era su marido, lo que pasa es que ella se lo quería ligar, pero no era cierto. Y estaba muy guapa, Era muy guapa. Entonces La Vestida de Hombre por qué mejor no vamos a verla, y vamos y le reclamamos… Para esto, hablando todos así como borrachos… Y vamos y le reclamamos. Por cierto que vivía en Chapultepec Morales, ahí cerca del Auditorio, por esa avenida llena de árboles con nombre de poeta, ya sabes dónde. Y entonces ahí vamos. Para esto yo nada más movía la cabeza diciendo no, que no y que no, porque estaba tan cuete que no podía pronunciar ni una palabra. Entonces llegamos y se baja Mauricio y comienza a gritar vieja, vieja, soy yo, Mauricio… Y como no contestaba desprendió el cenicero del coche y lo arrojó contra su ventana. ¡Asómate hija de puta! El coche estaba a media calle, con los faros encendidos. Era un corvet. ¡Sal hija de puta! En varias ventanas se empezaron a encender luces. Una que otra se abrió. La Vestida de Hombre se rascaba y rascaba…
Cuando se asomó arreglándose el cabello y gesticulando algo así como qué quieres, me la imaginé con los muslos sanguinolentos de menstruación torrencial, acabando de cagar tres o cuatro fetos. Y Mauricio, desde la calle ¡te vengo a decir que dejes de molestar a mi gorda! ¡Ya cállenlo! Gritó una voz de hombre. ¡Ven a callarme tú hijo de tal por cual! Y tambaleándose volvió al coche y se apoderó de una palanca de fierro. ¡Vieja, vieja! Apenas y podía mantenerse en pie y blandía el tubo aquel como preparándose para lanzarlo contra la ventana. ¡Vengo a decirte que dejes de molestar a mi gorda! ¡Que nos vamos a casar que quién sabe qué! Imagínate… Entonces La Vestida de Hombre se bajó del coche dando un portazo y con la voz más beoda que te puedas imaginar comenzó a hacerle segunda. Sí, sí, déjela vieja maldita ¿por qué la tiene que estar molestando? Para esto yo estaba sentada y les hacía ssss, ssss, porque no podía ni soplar. Y como no me hacían caso, entonces me acosté sobre el volante y empezó a sonar el claxon de una manera infernal… Entonces Mauricio cobró fuerza y lanzó la palanca del gato contra la sombra de su futura, y fue a estrellar otra ventana que estaba encendida y dos pisos abajo… Entonces empezaron a oírse las sirenas de unas patrullas, muy lejos, cada vez menos lejos…
Huimos rápidamente en zigzag, rozando uno que otro automóvil. La Vestida de Hombre decidió ir a dormir a mi casa porque no podía llegar así de borracha. Entonces Mauricio nos llevó, más incongruente que al salir del teatro. ¿Estás contenta?, preguntaba y dejaba de ver el camino para ver mi cara de pasada. No chocamos por puro milagro, deveras. Llegamos y le dije a La Vestida de Hombre ahora sí gordita, mucha discreción, por favorcito, para que mis papás no se vayan a dar cuenta. Y entonces, como no podíamos encender luces, la tomé de la mano y la conduje hasta la recámara. Para esto, ya se nos había pasado bastante. Con la luz apagada saqué unas piyamas, nos las pusimos. Todo esto era quedito. Para entonces ya no estaba tan ciega, me había acostumbrado a la oscuridad y me terminé de abrochar la piyama y me acerqué a la cama, tanteándola, y me acosté. Pero La Vestida de Hombre, como andaba mucho más ahogada que yo, pues tomaba en serio, había tomado mucho, tomaba mucho, estaba cuetísima, y llega y por el tacto piensa que ya había encontrado la cama y entonces dijo, como que dijo por fin la cama, y gritó al fin y chíngale, que se avienta y chíngale, se oye un chingadazo pero durísimo. Y entonces le digo qué te pasó, qué te pasó y la empiezo a buscar sobre la cama, mi inmensa cama matrimonial, y nada, tú. Y entonces pensé ésta, al aventarse, ha de haber caído del otro lado. A un lado de la cama ¿me entiendes? Y la busco del otro lado y nada. Entonces yo diciendo a dónde te fuiste, para este momento asustadísima porque me bajé de la cama y tampoco estaba en los pies. Pensé ya se la tragó la tierra, desapareció, vino un monstruo y se la comió… Digo, imagínate, oí un chingadazo y no la volví a ver… Y yo borracha en la oscuridad, a gatas, arrastrándome, buscando debajo de la cama. Entonces la encontré, tirada de mi lado de la cama. O sea que si acierta me hubiera caído encima, la muy idiota. Ay, parecía rana estirada, estirada, porque como ella se aventó así como para caer sobre la cama, de clavado, no calculó y chíngale, que se cae, pero quedó así con las manos estiradas hacia delante.
Yo no la podía subir, tú, así que la agarré de los pelos. ¿Qué te pasó? ¿Qué te pasó? Súbete, no seas pendeja… Así, agarrada de los pelos. Y dice ay, ay, ay… Le digo gordita ¿por qué no gritaste? Y me dice gorda, no te preocupes, yo creo que no hay que hacer escándalo, no, nada de escándalo, no te preocupes, pero creo que me rompí una costillita… Así era de discreta… Para qué hacer más escándalos, creo que me acabo de romper una costillita. Ay no, no. Era vaciada. Y total, anduvo vendada y con corsé y todo quién sabe por cuánto tiempo. Y tú crees que se quejó… No, nunca se quejó. No.
(«El NO, el no inóvulo, el no nonato, el noo, el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan noan y nooan…»).