Aprender a estimar a los demás
Desde lo más profundo de nuestro corazón, deseamos ser felices en todo momento, pero por lo general no nos preocupamos mucho de la felicidad ni la libertad de los demás. Sin embargo, en realidad, nuestra propia felicidad y sufrimiento son insignificantes en comparación con los de los demás, puesto que ellos son incontables, mientras que nosotros solo somos una persona. Con este entendimiento, debemos aprender a estimar a los demás y alcanzar la meta última y suprema de la vida humana.
¿Cuál es la meta última y suprema de la existencia humana? Debemos preguntarnos qué es lo que consideramos más importante en la vida, cuáles son nuestros deseos, sueños y aspiraciones. Para algunos es acumular posesiones materiales, como una lujosa mansión, un coche de último modelo o un trabajo bien remunerado. Para otros es conseguir poder y una buena reputación, vivir aventuras, divertirse o ser atractivos. Muchos intentan darle sentido a su vida manteniendo relaciones con personas que son su objeto de deseo. Estas cosas pueden satisfacernos temporalmente de forma superficial, pero también nos causan numerosas preocupaciones y sufrimiento, y nunca nos aportarán la felicidad pura e imperecedera que desde lo más profundo de nuestro corazón tanto deseamos todos. Puesto que no podemos llevarnos nada de esto al morir, si consideramos que son lo más importante en la vida, sufriremos una gran decepción. Como fin, en sí mismos, los logros mundanos son vacíos, no constituyen el verdadero significado de la existencia humana.
De todas las posesiones mundanas, se dice que la más valiosa es la legendaria gema que colma todos los deseos. En estos tiempos de degeneración es imposible encontrar esta clase de piedras preciosas, pero en el pasado, cuando los seres humanos poseían abundantes méritos, existían gemas mágicas que concedían deseos. Sin embargo, solo podían colmar deseos mundanos, no proporcionaban la felicidad no contaminada que surge de una mente pura. Además, una gema que colma todos los deseos solo podía beneficiar a su dueño durante una vida, no podía protegerlo en las futuras. Por lo tanto, al final, incluso estas gemas nos decepcionan.
Lo único que nunca nos va a decepcionar es el logro de la iluminación total. ¿Qué es la iluminación? Es la luz interior de la sabiduría que está completamente libre de todas las apariencias equívocas y cuya función es proporcionar paz mental a todos y cada uno de los seres sintientes cada día. Es la fuente de la felicidad de los seres sintientes. La persona que posee esta sabiduría es un ser iluminado. Los términos ser iluminado y Buda son sinónimos. Con excepción de los seres iluminados, todos los demás seres tienen apariencias o percepciones equívocas en todo momento, día y noche, incluso durante el sueño.
Todo lo que percibimos aparece como si existiera por su propio lado. Esta es la apariencia equívoca. Percibimos «yo» y «mío» como si tuvieran existencia inherente y nos aferramos a estas apariencias con intensidad creyendo que son verdaderas. Como resultado, cometemos numerosas acciones inapropiadas que nos causan sufrimiento. Esta es la razón principal por la que sufrimos. Los seres iluminados se han liberado por completo de las apariencias equívocas y de los sufrimientos que provocan.
Solo cuando alcancemos la iluminación podremos colmar nuestro más profundo deseo de disfrutar de felicidad pura y duradera, porque nada en este mundo impuro tiene el poder de cumplirlo. Solo cuando nos convirtamos en un Buda, un ser totalmente iluminado, disfrutaremos de la paz profunda y duradera que surge de la cesación permanente de todas las perturbaciones mentales y de sus impresiones, estaremos libres de todas las faltas y obstrucciones mentales, y poseeremos las cualidades necesarias para ayudar de manera directa a todos los seres sintientes. Entonces nos convertiremos en un objeto de refugio para todos los seres. Por lo tanto, podemos comprender con claridad que el logro de la iluminación es la meta última y suprema y lo que da verdadero sentido a nuestra preciosa vida humana. Puesto que nuestro deseo principal es ser felices en todo momento y liberarnos por completo de todas las faltas y sufrimientos, hemos de generar la firme intención de alcanzar la iluminación. Debemos pensar: «Tengo que alcanzar la iluminación porque en el samsara, el ciclo de vidas impuras, la felicidad verdadera no existe en ningún lugar».
La causa principal de la iluminación es la bodhichita, el deseo espontáneo de alcanzar la iluminación motivado por compasión hacia todos los seres sintientes. Aquel que posee esta preciosa mente es un Bodhisatva. La raíz de la bodhichita es la compasión. Puesto que para cultivar la compasión hemos de estimar a los demás, el primer paso para alcanzar la felicidad sublime de la iluminación es aprender a amar a los demás. Las madres quieren a sus hijos y es posible que nosotros apreciemos a nuestros amigos en cierta medida, pero este amor no es imparcial y, por lo general, está mezclado con apego. Hemos de generar una mente pura que estime a todos los seres sintientes sin preferencias ni favoritismos.
Todos y cada uno de los seres sintientes poseen en su interior la semilla o el potencial de convertirse en Buda, un ser totalmente iluminado –esta es nuestra naturaleza de Buda–. En las enseñanzas de Buda encontramos el mejor método para madurar esta semilla o potencial. Lo que debemos hacer ahora es poner en práctica estas enseñanzas. Esto es algo que solo los seres humanos podemos hacer. Los animales son capaces de conseguir y acumular alimentos y otros bienes, derrotar a sus adversarios y proteger a sus familias, pero no pueden comprender ni seguir el camino espiritual. Sería una verdadera lástima utilizar nuestra existencia humana solo para conseguir los mismos objetivos que podría lograr un animal y desperdiciar así la extraordinaria oportunidad de convertirnos en una fuente de beneficio para todos los seres sintientes.
Debemos elegir entre dos alternativas: seguir desperdiciando nuestra vida persiguiendo placeres mundanos, que no proporcionan verdadera satisfacción y desaparecen cuando morimos, o dedicarla a la realización plena de nuestro potencial espiritual. Si nos esforzamos mucho en practicar las enseñanzas que se exponen en el presente libro, sin lugar a dudas alcanzaremos la iluminación. En cambio, sin esfuerzo nunca la alcanzaremos, por mucho tiempo que esperemos no se producirá de forma natural. Para seguir el camino hacia la iluminación no es necesario cambiar nuestro estilo de vida. No tenemos que abandonar la familia, los amigos o nuestros disfrutes y retirarnos a una cueva en las montañas, lo único que tenemos que cambiar es el objeto que estimamos.
Hasta ahora nos hemos estimado a nosotros mismos por encima de los demás, y mientras sigamos haciéndolo, nuestro sufrimiento no tendrá fin. Sin embargo, si aprendemos a estimar a todos los seres más que a nosotros mismos, pronto disfrutaremos del gozo de la iluminación. En realidad, el camino hacia la iluminación es muy sencillo, lo único que tenemos que hacer es dejar de estimarnos a nosotros mismos y aprender a estimar a los demás. A partir de esta realización, los demás logros espirituales surgirán de manera natural.
Nuestra manera instintiva de pensar nos hace creer que somos más importantes que los demás, pero los seres iluminados piensan que los demás son más importantes que ellos. ¿Qué punto de vista es más beneficioso? Vida tras vida, desde tiempo sin principio, hemos sido esclavos de la mente de estimación propia. Hemos confiado en ella sin reservas y obedecido sus órdenes, creyendo que la manera de solucionar nuestros problemas y encontrar la felicidad es considerarnos más importantes que los demás. Hemos trabajado duro y durante mucho tiempo por nuestro propio beneficio, pero ¿qué resultados hemos obtenido? ¿Acaso hemos solucionado nuestros problemas y encontrado la felicidad duradera que deseamos? No. Es evidente que perseguir nuestros propios intereses egoístas nos ha defraudado. Después de tantas vidas dejándonos llevar por la estimación propia ha llegado el momento de comprender que no funciona. Ahora es el momento de cambiar el objeto de nuestra estima y, en lugar de estimarnos a nosotros mismos, amar a todos los seres sintientes.
Todos los seres iluminados descubrieron que gracias a que abandonaron la estimación propia y estimaron solo a los demás lograron alcanzar la paz y felicidad verdaderas. Si practicamos los métodos que enseñaron, nosotros también podremos conseguir lo mismo. Nuestra mente no va a cambiar de la noche a la mañana, pero si practicamos con paciencia y perseverancia las instrucciones sobre cómo estimar a los demás, y al mismo tiempo acumulamos méritos, purificamos nuestras faltas y recibimos bendiciones, podremos sustituir de manera gradual la mente ordinaria de estimación propia por la actitud sublime de estimar a todos los seres sintientes.
Para lograrlo no tenemos que abandonar nuestro estilo de vida, pero sí nuestras creencias e intenciones. Nuestra creencia ordinaria es que somos el centro del universo y damos importancia a los objetos y a los demás seres según el modo en que nos afectan. Por ejemplo, nuestro coche es importante solo porque es «nuestro» y nuestros amigos lo son porque «nos» hacen felices. Por el contrario, las personas desconocidas no nos importan tanto porque nuestra felicidad no depende directamente de ellas, y si les roban el coche o se les avería, apenas nos preocupa. Como veremos en capítulos posteriores, esta perspectiva egocéntrica del mundo está basada en la ignorancia y no se corresponde con la realidad. Esta creencia es el origen de todas nuestras intenciones ordinarias y egoístas. Precisamente debido a que pensamos: «Soy importante, necesito esto, me merezco aquello», cometemos acciones perjudiciales, cuyo resultado es una cadena interminable de problemas tanto para nosotros mismos como para los demás.
Si practicamos estas instrucciones, adquiriremos una visión más realista del mundo basada en la comprensión de la igualdad e interdependencia de todos los seres sintientes. Cuando consideremos que todos los seres son igual de importantes, tendremos buenas intenciones con respecto a ellos de manera natural. Mientras que la mente que estima solo al propio yo es la base de todas las experiencias impuras del samsara, la mente que ama a los demás es el fundamento de las buenas cualidades de la iluminación.
Estimar a los demás no es tan difícil, solo tenemos que comprender por qué debemos amarlos, y luego tomar la firme decisión de hacerlo. Como resultado de meditar en esta decisión, generaremos un profundo y poderoso sentimiento de amor hacia todos los seres. Hemos de integrar este sentimiento especial en nuestra vida diaria.
Hay dos razones principales por las que debemos estimar a todos los seres sintientes. La primera es que nos han mostrado una inmensa bondad, y la segunda, que estimarlos aporta enormes beneficios. A continuación, se exponen estas razones con más detalle.
Debemos reflexionar sobre la gran bondad de todos los seres sintientes. Podemos comenzar recordando lo bondadosa que ha sido con nosotros nuestra madre de esta vida, y luego, por extensión, pensamos en la bondad de los demás seres sintientes que, como se expondrá más adelante, han sido nuestras madres en vidas pasadas. Si no somos capaces de reconocer la bondad de nuestra madre actual, ¿cómo vamos a apreciar la de todas nuestras madres del pasado?
Puesto que resulta muy fácil olvidar la bondad de nuestra madre o darla por supuesta y acordarnos solo de los momentos en que consideramos que nos hizo daño, hemos de recordar con detalle lo bondadosa que ha sido con nosotros desde que vinimos al mundo.
Al principio nuestra madre fue muy bondadosa con nosotros porque nos ofreció un lugar donde renacer. Antes de ser concebidos en su seno, vagamos sin rumbo de un sitio a otro, como un ser del estado intermedio, el estado entre la muerte y el renacimiento, sin un lugar donde descansar. Empujados por el viento de nuestro karma viajamos sin poder elegir adónde ir y nuestros encuentros con otros seres fueron efímeros. Padecimos mucho dolor y miedo, pero finalmente logramos encontrar amparo en el seno de nuestra madre. A pesar de que no nos había invitado, cuando se dio cuenta de que estábamos creciendo en su seno, nos dejó permanecer en él. Si hubiera querido abortar, podría haberlo hecho y hoy no estaríamos vivos para disfrutar de las oportunidades que tenemos. Ahora podemos generar el deseo de alcanzar la felicidad suprema de la iluminación gracias a que nuestra madre tuvo la bondad de dejarnos permanecer en su seno. Si en un día frío y tormentoso de invierno alguien nos invita a disfrutar del calor de su hogar y nos acoge con bondad, pensaremos que es muy amable. ¡Cuánto más bondadosa es nuestra madre que nos dejó entrar en su propio cuerpo y nos ofreció la mejor hospitalidad!
Mientras permanecimos en su seno, nos protegió con más cuidado que a la joya más preciosa. En cada situación solo pensó en nuestra seguridad. Consultó a los médicos, hizo ejercicio, siguió una dieta especial y durante nueve meses nos alimentó día y noche, siempre consciente de no hacer nada que pudiera perjudicar el desarrollo de nuestras facultades físicas y mentales. Gracias a que nos cuidó tan bien, nacimos con un cuerpo sano con el que podemos hacer muchas cosas buenas.
Cuando nacimos, nuestra madre padeció intensos dolores, pero cuando nos vio se alegró más que si alguien le hubiera regalado un magnífico tesoro. Incluso durante los dolores del parto lo que más le preocupaba era nuestro bienestar. Nada más nacer, aunque parecíamos más una rana que un ser humano, nos acogió con todo su amor. Estábamos completamente desvalidos, más aún que un potrillo recién nacido, que al menos puede ponerse en pie por sí mismo y mamar en cuanto nace. Como si fuéramos ciegos, no éramos capaces de reconocer a nuestros propios padres, ni entendíamos nada. Si alguien hubiera tenido un plan para matarnos, no nos habríamos enterado. No sabíamos lo que hacíamos y ni siquiera nos dábamos cuenta de cuando orinábamos.
¿Quién cuidó y protegió a esta pobre criatura? Nuestra madre. Nos vistió, nos acunó y alimentó con su propia leche. Nos limpió el cuerpo sin sentir ningún asco. Algunas madres limpian la nariz de sus pequeños con la boca para no hacerles daño con sus manos ásperas. Incluso cuando nuestra madre tenía problemas, intentaba siempre mostrarnos una expresión amorosa y llamarnos con dulzura con nombres hermosos. Cuando éramos pequeños, estaba siempre pendiente de nosotros. Si se hubiera descuidado por un solo instante, podríamos haber muerto o quedado discapacitados para el resto de nuestra vida. Durante la niñez, cada día tuvo que salvarnos de incontables peligros, y siempre tenía en cuenta nuestro bienestar y seguridad.
En invierno se aseguraba de que no nos enfriáramos y de que estuviéramos bien abrigados, aunque ella misma pasara frío. Siempre elegía los mejores alimentos para nosotros y los peores para ella, y hubiese preferido enfermar e incluso morir antes de que lo hiciéramos nosotros. De manera natural, nuestra madre se comporta con nosotros como alguien que ha alcanzado la realización de cambiarse por los demás, nos estima más que a sí misma. Prefiere nuestro bienestar antes que el suyo, y lo hace de manera natural y espontánea. Si alguien nos amenazase de muerte, ofrecería su vida por la nuestra. ¡Así es la compasión que siente por nosotros!
Cuando éramos pequeños, nuestra madre nunca podía dormir bien. Su sueño era ligero, se despertaba varias veces, siempre estaba atenta de escuchar nuestros gemidos. Cuando fuimos creciendo, nos enseñó a comer, a beber, a hablar, a sentarnos, y a caminar. Nos llevó al colegio y nos enseñó a ser buenas personas. Si ahora tenemos conocimientos y habilidades, se debe principalmente a su gran bondad. Cuando éramos adolescentes, preferíamos irnos con nuestros amigos y nos olvidábamos por completo de ella. Mientras nos divertíamos, parecía como si no existiera y solo nos acordábamos de ella cuando necesitábamos su ayuda. Aunque nos olvidábamos de ella y estábamos totalmente absortos en las diversiones, nunca dejó de preocuparse por nosotros. A menudo se inquietaba, y en el fondo de su corazón estaba siempre pensando en nuestro bienestar. Sentía una preocupación que normalmente solo tenemos por nosotros mismos. Incluso cuando ya somos adultos y tenemos nuestra propia familia, ella no deja de cuidar de nosotros. Aunque haya envejecido, esté débil y apenas pueda ponerse en pie, una madre nunca se olvida de sus hijos.
Si meditamos de este modo, recordando con todo detalle lo bondadosa que ha sido nuestra madre con nosotros, sentiremos un gran amor por ella. Cuando hayamos generado este sentimiento de amor desde lo más profundo del corazón, debemos ampliarlo hasta abarcar a todos los seres sintientes, recordando que cada uno de ellos nos ha tratado con la misma bondad.
¿Cómo es posible que todos los seres sean nuestra madre? Puesto que es imposible encontrar el principio de nuestro continuo mental, podemos afirmar que en el pasado hemos renacido innumerables veces y, en consecuencia, hemos tenido incontables madres. ¿Dónde están ahora? Nuestras madres son todos los seres sintientes.
Es incorrecto pensar que nuestras madres de vidas pasadas han dejado de serlo solo porque ha transcurrido mucho tiempo desde que cuidaron de nosotros. Si nuestra madre muriera hoy, ¿dejaría de ser nuestra madre? No, todavía la consideraríamos como tal y rezaríamos por su felicidad. Lo mismo ocurre con todas las madres que tuvimos en el pasado: murieron, pero siguen siendo nuestras madres. Ahora no nos reconocemos porque nuestra apariencia física es distinta. En nuestra vida diaria nos encontramos con muchos seres sintientes, humanos y no humanos. A algunos los consideramos amigos; a otros, enemigos, y a la mayoría, desconocidos. Esta discriminación es producto de nuestras mentes equívocas y las mentes válidas no la corroboran.
Debido a que hemos obtenido un nuevo renacimiento, no reconocemos a nuestras madres, amigos y familiares del pasado, y, por ello, ahora consideramos que la mayoría de los seres sintientes son desconocidos y que muchos de ellos son incluso nuestros enemigos. Esta apariencia y concepción equívocas son ignorancia. Los desconocidos y los enemigos son solo creaciones de esta ignorancia. En verdad, ninguno de los seres sintientes es un desconocido o un enemigo, porque todos ellos han sido y son nuestra madre, familiar o amigo cercano. Nuestro único enemigo verdadero son nuestros engaños, como el deseo incontrolado, el apego, el odio, los celos y, en particular, la ignorancia del aferramiento propio. Si entendemos esto y creemos en ello, llenaremos de gran sentido tanto esta vida como las incontables vidas futuras.
A continuación, podemos meditar en la bondad de nuestras madres cuando tuvimos otra clase de renacimientos, recordando, por ejemplo, la atención con que las aves protegen sus huevos de posibles peligros y cómo cuidan a sus crías acurrucadas bajo sus alas. Aunque se acerque un cazador, no las abandonan dejándolas desprotegidas. Se pasan todo el día buscándoles alimento hasta que las crías tienen fuerzas suficientes para abandonar el nido.
En cierta ocasión, en el Tíbet, un ladrón apuñaló a una yegua que estaba preñada. Su arma penetró tan hondo que le cortó el útero y el potrillo salió por el costado del vientre de su madre. Mientras moría, la yegua dedicó con gran amor las pocas fuerzas que le quedaban a lamer a su pequeño. Al verlo, el ladrón sintió un profundo arrepentimiento. Se quedó conmovido al ver cómo la madre, incluso en la agonía de su dolorosa muerte, mostraba tanta compasión por su potrillo y se preocupaba solo por él. A partir de entonces, el ladrón abandonó la mala vida y emprendió el camino espiritual con sinceridad.
Todos los seres sintientes nos han mostrado la misma clase de preocupación altruista, la bondad incondicional de una madre. Además, aunque no queramos admitir que los demás seres son nuestras madres, es evidente que han sido muy bondadosos con nosotros. Por ejemplo, nuestro cuerpo no es solo el resultado de la bondad de nuestros padres, sino también de la de innumerables seres que nos han proporcionado alimentos, vivienda, etcétera. Debido a que ahora tenemos este cuerpo humano, podemos disfrutar de los placeres y oportunidades que nos ofrece la vida. Hasta los placeres más sencillos que disfrutamos, como dar un paseo o contemplar una hermosa puesta de sol, son el resultado de la bondad de innumerables seres. Nuestros conocimientos y habilidades también se los debemos a los demás; nos han tenido que enseñar a comer, andar, hablar, leer y escribir. Incluso el idioma que hablamos no lo hemos inventado nosotros, sino que es el producto de la aportación de numerosas generaciones. Sin él no podríamos comunicarnos con los demás ni compartir sus ideas. No podríamos leer este libro, aprender prácticas espirituales y ni siquiera pensar con claridad. Los servicios a los que estamos acostumbrados, como casas, coches, carreteras, tiendas, escuelas, hospitales y la Internet, son el resultado de la bondad de los demás. Cuando viajamos en coche o en autobús, damos por hecho que hay carreteras; no obstante, muchas personas han tenido que trabajar duro para construirlas y hacerlas seguras para nuestro uso.
No importa si alguna de las personas que nos ayudan no tiene la intención de hacerlo. Sus acciones nos benefician y, por lo tanto, desde nuestro punto de vista son bondadosas con nosotros. En lugar de pensar en su motivación, que de todas formas desconocemos, debemos apreciar el beneficio práctico que recibimos de ellas. Todo el que contribuye de alguna manera a nuestro bienestar y felicidad merece nuestra gratitud y respeto. Si tuviéramos que devolver todo lo que hemos recibido de los demás, nos quedaríamos sin nada.
Es posible que pensemos que nadie nos ofrece nada de manera gratuita y que tenemos que trabajar para adquirir cualquier cosa. Cuando compramos algo o comemos en un restaurante, tenemos que pagar. Puede que dispongamos de un coche, pero también lo tuvimos que comprar y ahora debemos pagar la gasolina, los impuestos y el seguro. Nadie nos regala nada. Pero ¿de dónde procede nuestro dinero? Es cierto que, por lo general, tenemos que trabajar para ganarlo, pero son otras personas quienes nos ofrecen un trabajo o compran nuestros productos, por lo que son ellas quienes nos proporcionan el dinero. Además, somos capaces de desempeñar un determinado trabajo gracias a que hemos recibido la educación o la formación necesarias de otras personas. Donde sea que miremos, solo encontraremos la bondad de los demás. Todos estamos interconectados en una red de bondad de la cual no podemos desligarnos. Todo lo que poseemos y lo que disfrutamos, incluso nuestra propia vida, depende de la bondad de los demás. De hecho, toda la felicidad que hay en el mundo procede de la bondad de los demás.
Nuestro desarrollo espiritual y la felicidad pura de la iluminación total dependen también de la bondad de los seres sintientes. La oportunidad que ahora tenemos de leer y contemplar las enseñanzas espirituales y de meditar en ellas depende por completo de la bondad de otros. Además, como se expondrá más adelante, si no hubiera seres sintientes con quienes practicar la generosidad, poner a prueba nuestra paciencia o por quienes sentir compasión, no podríamos cultivar las cualidades virtuosas necesarias para alcanzar la iluminación.
En resumen, necesitamos a los demás para nuestro bienestar físico, emocional y espiritual. Sin ellos no somos nada. Pensar que somos como una isla, un individuo independiente y autosuficiente, no se corresponde con la realidad. Es más realista pensar que somos como una célula dentro del inmenso cuerpo de la vida, distintos de los demás, pero íntimamente relacionados con todos ellos. No podemos existir sin los demás, y ellos, a su vez, se ven afectados por todo lo que hacemos. La idea de que es posible conseguir nuestro propio bienestar sin tener en cuenta el de los demás –o incluso lograrlo a sus expensas– es totalmente absurda.
Al contemplar cómo los demás nos ayudan de innumerables formas, hemos de tomar la siguiente firme resolución: «Debo amar a todos los seres sintientes porque son muy bondadosos conmigo». Apoyándonos en esta resolución generamos un sentimiento de amor –de que todos los seres, así como su felicidad y libertad, son importantes–. Intentamos fundir nuestra mente con este sentimiento en concentración convergente y mantenerlo durante el tiempo que podamos sin olvidarlo. Cuando surgimos de la meditación, intentamos mantener esta mente de amor, de manera que cuando nos encontremos con alguna persona o recordemos a alguien, pensemos de forma natural: «Esta persona es importante y su felicidad y libertad también lo son». De este modo, progresaremos en la práctica de estimar a los demás.
LOS BENEFICIOS DE ESTIMAR A LOS DEMÁS
Otra de las razones por las que hemos de estimar a los demás es que es el mejor método para solucionar tanto nuestros problemas como los suyos. Los problemas, las preocupaciones, el dolor y la infelicidad son clases de mente; son sensaciones y no existen fuera de la mente. Si estimamos a cada persona que veamos o en quien pensemos, tendremos una mente apacible en todo momento, por lo que seremos felices y no habrá base para sentir celos, odio ni otros pensamientos perjudiciales. Los celos, por ejemplo, son un estado mental que no puede soportar la buena fortuna de los demás, pero si amamos a alguien, ¿cómo nos va a molestar su buena fortuna? Si pensamos que la felicidad de los demás es de suma importancia, ¿cómo vamos a desear perjudicarlos? Si estimamos de verdad a todos los seres sintientes, actuaremos siempre con amor, de manera amistosa y considerada, y ellos corresponderán a nuestra bondad. Los demás no nos perjudicarán y no habrá base para conflictos ni disputas. Resultaremos agradables y nuestras relaciones serán más estables y satisfactorias.
Estimar a los demás también nos protege de los problemas que produce el apego. A menudo nos apegamos con intensidad a una persona que creemos que nos va a ayudar a mitigar la soledad al proporcionarnos las comodidades, la seguridad o las emociones que tanto ansiamos. Sin embargo, si estimamos a todos los seres, no nos sentiremos solos. En lugar de querer utilizar a los demás para colmar nuestros deseos y necesidades, desearemos ayudarlos a satisfacer los suyos. Estimar a todos los seres sintientes resolverá todos nuestros problemas porque estos provienen de la mente de estimación propia. Por ejemplo, si ahora nuestra pareja nos abandona por otra persona, lo más probable es que nos enfademos, pero si de verdad los amamos, desearemos que sean felices y nos alegraremos de su felicidad. No habrá ninguna base para sentir celos ni deprimirnos, y aunque la situación suponga un desafío para nosotros, no se convertirá en un problema. Estimar a los demás es la protección suprema contra el sufrimiento y los problemas, y nos permite permanecer en paz y mantener la calma en todo momento.
Si estimamos a nuestros vecinos y a las personas de nuestro alrededor, contribuiremos a que haya armonía en nuestro entorno y en la sociedad en general, y esto ayudará a que todos se sientan más felices. Aunque no seamos famosos ni influyentes, si estimamos con sinceridad a los demás, podremos hacer una gran contribución a la comunidad. Esto es así incluso para aquellos que niegan el valor de la religión. Si un maestro de escuela estima a sus estudiantes y no es egoísta, ellos lo respetarán y no solo aprenderán los temas que enseñe, sino también la bondad y las admirables cualidades que muestra con su ejemplo. Este maestro ejercerá de manera natural una influencia positiva en los demás y con su mera presencia transformará la escuela. Se dice que hay una piedra mágica de cristal que puede limpiar cualquier líquido en el que se deposite. Aquellos que estiman a los demás son como esta piedra de cristal, ya que con su mera presencia eliminan la energía negativa del mundo y responden con amor y bondad.
Aunque una persona sea inteligente y poderosa, si no ama a los demás, tarde o temprano tendrá problemas y le resultará difícil satisfacer sus deseos. Si un gobernante no estima a su pueblo y solo se preocupa por sus propios intereses, recibirá críticas, la gente no confiará en él y acabará perdiendo el cargo. Si un maestro espiritual no estima a sus discípulos y no mantiene una buena relación con ellos, les resultará difícil generar fe en él, por lo que sus enseñanzas no tendrán poder.
Si un empresario se preocupa solo por sus propios intereses y no tiene en cuenta el bienestar de los trabajadores, estos no se sentirán felices. Lo más probable es que no trabajen de manera eficiente y, por supuesto, no tendrán ningún entusiasmo por satisfacer los deseos del jefe, quien sufrirá las consecuencias de su propia falta de consideración hacia ellos. Del mismo modo, si los empleados solo piensan en lo que pueden obtener de la empresa, el empresario se enfadará y es posible que les reduzca el salario o los despida. Incluso puede que la empresa quiebre y todos pierdan su empleo. De este modo, los empleados sufrirán las consecuencias de su falta de consideración hacia el empresario. La mejor manera de tener éxito en cualquier actividad es reducir la estimación propia y aumentar la consideración por los demás. En ocasiones es posible que parezca que la estimación propia nos aporta beneficios temporales, pero a largo plazo solo nos causará dificultades. Estimar a los demás es la solución a todos los problemas de la vida cotidiana.
Todo nuestro sufrimiento es el resultado de nuestro karma negativo, que a su vez tiene su origen en la estimación propia. Debido a que nos atribuimos una importancia exagerada a nosotros mismos, frustramos los deseos de los demás con tal de cumplir los nuestros. Dominados por los deseos egoístas, no nos importa alterar la paz de los demás ni hacerlos sufrir. Con estas acciones solo sembramos las semillas para experimentar más sufrimiento en el futuro. Si estimamos de verdad a los demás, no querremos perjudicarlos y dejaremos de cometer acciones destructivas y dañinas. De manera natural mantendremos una disciplina moral pura y nos abstendremos de matar o de ser crueles con otros seres, de robarles o de interferir en sus relaciones. Como resultado, en el futuro no padeceremos las malas consecuencias de haber cometido estas acciones perjudiciales. De este modo, estimar a los demás nos protege de los problemas futuros que produce el karma negativo.
Si estimamos a los demás, acumularemos méritos en todo momento, y los méritos son la causa principal del éxito en todas nuestras actividades. Si estimamos a todos los seres sintientes, realizaremos de manera natural numerosas acciones virtuosas y beneficiosas. De forma gradual, nuestras acciones físicas, verbales y mentales se volverán puras y beneficiosas, y nos convertiremos en una fuente de inspiración y felicidad para todo el que se encuentre con nosotros. Descubriremos por propia experiencia que esta preciosa mente de amor es la verdadera gema que colma todos los deseos, porque satisface tanto nuestros deseos puros como los de todos los seres sintientes.
La mente que estima a todos los seres es sumamente valiosa. Mantener este buen corazón solo nos traerá felicidad tanto a nosotros mismos como a todos los que nos rodean. Este buen corazón dará lugar a la gran compasión –el deseo espontáneo de liberar para siempre a todos los seres sintientes de los temores y del sufrimiento–. Esta se transformará finalmente en la compasión universal de un ser iluminado, un Buda, que tiene el verdadero poder de proteger a todos los seres sintientes del sufrimiento. De este modo, estimar a los demás nos conduce hacia la meta última y suprema de la vida humana.
Como resultado de contemplar todas estas ventajas de estimar a los demás, tomaremos la siguiente determinación:
Voy a estimar a todos los seres sintientes sin excepción, porque esta preciosa mente de amor es el método supremo para solucionar los problemas y colmar todos los deseos. Finalmente me proporcionará la felicidad suprema de la iluminación.
Meditamos en esta determinación de manera convergente durante tanto tiempo como podamos y generamos un intenso sentimiento de amor hacia todos y cada uno de los seres sintientes. Cuando surgimos de la meditación, intentamos mantener este sentimiento y poner en práctica nuestra determinación. Cuando estemos con otras personas, debemos recordar en todo momento que su felicidad y libertad son al menos tan importantes como las nuestras. Aunque es cierto que no podemos amar a todos los seres de inmediato, si nos adiestramos en cultivar esta actitud comenzando con nuestros familiares y amigos, podremos extender nuestro amor de manera gradual hasta que abarque a todos los seres sintientes. Cuando estimemos de verdad a todos los seres, dejaremos de ser una persona ordinaria y nos convertiremos en un gran ser, como un Bodhisatva.