7
La puerta se fue cerrando muy despacio hasta que terminó de cerrase definitivamente con un golpe seco; ella se apresuró para intentar impedirlo, pero su esfuerzo fue inútil, pues la puerta no sólo se cerró, sino que desapareció con marco y todo, como si allí nunca hubiera habido ninguna.
Giró varias veces sobre sus pies y golpeó en varios lados de la pared buscando algún indicio de la puerta o cualquier otra salida: una ventana, un conducto de ventilación o cualquier otra cosa que le permitiera salir de aquella estancia semioscura y húmeda en la que se veía atrapada; pero no halló absolutamente nada. Un sonido extraño la sacó de su búsqueda, haciéndola girar hacia el lugar de procedencia. Una luz tenue bañaba la estancia y dejaba entrever un bulto postrado a escasos metros de ella.
–¿Quién está ahí? –preguntó Bianca asustada; su corazón latía a cien por hora–. ¿Quién está ahí? –volvió a preguntar con voz entrecortada, pero no hubo ninguna respuesta.
Bianca se fue acercando hacia el bulto y poco a poco fue divisando una figura de un hombre maduro. La piel de su cara estaba pálida con algunos tonos morados en los carrillos. Su cuerpo no estaba apoyado en el suelo sobre sus pies, más bien, pendía inerte de una cuerda, la cual le rodeaba el cuello con presión.
Ella lo miró aterrada y se paró en seco. Sus piernas se negaron a seguir adelante y parecía que se hubieran quedado clavadas al suelo; la piel de su cara palideció y gotas de sudor perlaron su rostro.
–¿Qué… significa… todo… esto? –Sus palabras sonaron bajas, con poca fuerza y salteadas; negándose casi a salir de su boca seca y pastosa.
El cuerpo abrió de repente, unos ojos bañados en sangre en los que no se podía distinguir ni la pupila ni el iris; miró muy intensamente a Bianca, quien le devolvió la mirada con unos ojos abiertos de par en par, reflejando el temor que sentía ante aquella presencia.
–¿Ya no me reconoces? ¡Cariño! –Habló la cosa inerte –. Soy yo, papá; tu papaíto.
–No… tú… no eres él. Mi… mi padre está muerto. Yo lo vi en su ataúd y asistí a su entierro. –Hablaba como si meditara.
–¡Sí, claro, exactamente como tú me dejaste morir! –le reprochó el fantasma de su padre.
–Yo… yo no te dejé morir. –Su boca ya le respondía y sus palabras sonaban algo más enérgicas; su cuerpo ya reaccionaba, así que valientemente dio un paso al frente y se acercó un poco más al ahorcado. No lo dejaba de mirar a pesar de la repulsión que sentía.
–Ya no lo recuerdas por qué no te interesa –dijo acusador su padre.
–Yo sólo era una niña, y no entendí lo que había pasado –se defendió ella con un tono más severo.
–Sí cariño, fue todo por tu culpa. Eras una niña muy caprichosa y lo querías absolutamente todo. –De pronto cambió su tono de voz y habló en falsete, como imitando la voz de una niña malcriada–. ¡Mamá! Quiero este vestido rosa y aquellos zapatos blancos; quiero el vestido azul y la rebeca amarilla y quiero esto y quiero aquello y lo otro; pedías y pedías. –Su voz volvió a cambiar y suavizó el tono, sonando más apenado y abatido–. Yo trabajaba todo el día para que tu madre y tú lo gastaran todo en trapitos y chorradas, hasta que ya no pude más y un día me arruiné. Me despidieron y el banco nos quitó la casa y hubo que vender el coche; todo por tu culpa, por los caprichos de una niña malcriada.
–Yo no te maté ni nunca te pedí nada. Tú querías que tu niña lo tuviera todo. –Se acercó más al cuerpo y lo miraba fijamente–. Fueron ellos quienes te despidieron no yo. Tú no supiste llevarlo bien, no fuiste fuerte, incluso te diste a la bebida. Después nos abandonaste a mamá y a mí.
En cierto modo, su padre tenía razón. Todo era para su niña: los mejores vestidos; los zapatos más bonitos aunque fueran los más caros; todas las muñequitas y las casitas; dinero para que saliera con las otras niñas. Todo lo que pedía so lo daba, pero era su padre quien se lo daba. Era él quien pretendía darle todo lo que su niñita quería, todo para su princesita; como a él le gustaba llamarla. Eran una familia feliz; llena de amor y comprensión; además de que económicamente estaban bastante bien, ya que su padre tenía un trabajo bien remunerado. Bianca aún recordaba los días en que todos iban al campo, a la playa e incluso al cine. Se lo pasaba en grande con sus padres, a diferencia de otros niños, que no querían que sus padres los llevaran a ninguna parte o no tenían mucho dinero. En fin, eran una familia modelo.
Los problemas llegaron cuando la empresa para la que trabajaba su padre, quería rebajar la plantilla por problemas económicos. Quince años trabajando en los astilleros. Una empresa dedicada exclusivamente a los barcos. Manolo embarcaba durante días, o el barco varaba para reparar toda clase de averías: Motores, cambio de piñones, correas rotas, cabrestantes, etc. Barcos de todas partes del mundo atracaban en el muelle para ser reparados. Durante quince años y medio en barcos, llenándose de grasa hasta el cuello, haciendo horas extras que casi no le pagaban; para luego acabar en la calle. Cada vez venían menos barcos y el trabajo escaseaba, sin contar la presencia de las nuevas empresas, mucho más fuertes y modernas, que hacían competencia. Esto llevó finalmente a la quiebra de la empresa de su padre. Volver a encontrar trabajo se le hizo muy difícil, entregaba currículos en muchas otras empresas, pero ninguna lo llamaba. “¿Sería por la edad?” se preguntaba.
–Hasta que un día no pudo aguantar mucho más. Quería a su mujer y a su hija y no quería que ellas pasaran penurias, tan acostumbradas a tenerlo todo. Su niñita necesitaba cosas, vestidos y dinero para los estudios. Todo esto y los pequeños problemas matrimoniales que tenían, porque él no lo superaba, lo llevaron a la bebida. Con la cabeza dándole vueltas debido a la cantidad de alcohol que había consumido, pensó que quizás ellas podrían cobrar su seguro de vida y tener dinero para vivir.
Esperó al día clave: con Bianca en el instituto y su mujer cuidando de su madre. Era el momento de cumplir la idea que venía consolidando desde hacía un par de semanas. Todo estaba listo, era el día y la hora apropiados. Buscó una cuerda, que guardaba celosamente en el garaje para esta ocasión. La colgó en el mismo gancho donde colgaba el saco de boxeo en el garaje. Subiría a una banqueta, se quedaría a la altura propicia y con solo darle un empujón quedaría colgado y sus pies no tocarían el suelo. Ya estaba listo, subió a la banqueta y se puso la soga al cuello; luego cerró los ojos y contó hasta tres. –Os quiero –dijo en alto, como para que quedara grabado en el garaje y ellas pudieran oírlo. Seguidamente, balanceó la banqueta hasta que ésta calló y él quedó colgando. Sus pies se movían con mucha rapidez e instintivamente se llevó las manos a la soga, como si estuviera arrepentido y quisiera soltarse, pero ya era demasiado tarde. Abrió los ojos y sintió que se le salían de las órbitas al tiempo que su cara se quedaba morada. Después dejó de luchar y quedó colgado con un ligero balanceo.
Cuando Bianca llegó a su casa, escuchó el sonido suave proveniente de la televisión que se encontraba en el salón; así que se dirigió hacia él pensando que encontraría a su padre tumbado en el sofá viendo las noticias, pero al entrar, se encontró con que en el sillón no había nadie; se dirigió a la cocina y también estaba vacía. Llamó a su padre un par de veces y subió a su habitación, pero tampoco lo halló allí. Finalmente se dirigió al garaje pensando que estaría practicando boxeo como sabía que a él le gustaba. Al entrar en el garaje, volvió a llamar a su padre, y se quedó mirando hacia donde estaba éste colgado, mirándola él a su vez. Al principio no sabía lo que era aquello, pensó que el saco tenía una forma atípica. Después se acercó y se dio cuenta de lo que miraban sus ojos; era su padre, colgado inerte, cual saco de boxeo, mirándola sin vida.
De pronto, la habitación comenzó a girar a su alrededor y todo se nubló; perdió el tino y cayó desplomada, sin sentido. Allí murió su amor, allí se apagó la luz y se cerró la puerta de una gran parte de su corazón.
La voz de aquella cosa que pretendía ser su padre, la sacó de sus pensamientos y la devolvió a aquel momento. Ella permaneció callada como si quisiera que él le leyera el pensamiento.
–¡Calla niña impertinente! Todo fue por tu culpa o si no, pregúntaselo a tu madre; ella te lo dirá.
–¡Calla tú, cuerpo putrefacto; saco de huesos! –Su voz era segura y denotaba firmeza. –Tú no eres mi padre y yo no lo maté; se mató él solito, sin ayuda de nadie. Él decidió lo mejor para sí y nos abandonó a mi madre y a mí. –Dio varios pasos más hacia la presencia; se veía más fuerte y decidida–. ¡Apártate de mi camino fantasma de pacotilla! ¡Apártate o te arrepentirás!
–¡Jamás me apartaré, guarra! –El fantasma ya no hablaba con la voz de su padre, e incluso, su cara había cambiado y casi no se reconocían las facciones de su difunto padre.
–¡Ni siquiera tienes poder para detenerme! ¡No eres nada! –Cerró los ojos y evocó la habitación vacía. Después siguió caminando; sin saberlo, pasó a través del fantasma. Se detuvo y se giró–. Ya no puedes detenerme fantasma de pacotilla. Vete por dónde has venido. Lárgate a los infiernos; no tienes fuerza para destruirme, porque yo soy más fuerte que tú.
–Volvió a abrir los ojos y pudo ver lo que se estaba produciendo; el cuerpo aparentemente de su padre fue desapareciendo y apareciendo durante unos instantes, y a pesar de que ella lo había atravesado y estaba detrás de él, el fantasma no le daba la espalda, si no que la miraba de frente, como si se hubiera dado la vuelta. Su cara cambiaba de parecido cada vez que desaparecía y volvía a aparecer. Cuando finalmente se esfumó, un sonido casi humano llenó la estancia y cuando éste se apagó, no quedó ningún rastro de la presencia.
Continuó su camino sin que lo que había sucedido le afectara en lo más mínimo hasta que llegó a otra estancia. Ante sí, una hilera de bancos de iglesia a derecha e izquierda se visualizaron. Al fondo de la aparente capilla, había un Cristo crucificado de unos tres metros de alto que colgaba de la pared, y bajo este un ataúd. La iluminación corría a cargo de cientos de velas, que daban al lugar un aspecto lúgubre. Pasó pues del triste día en que se suicidó su padre al fatídico día en que su madre falleció.
Recorrió paso a paso la tétrica sala in bajar la mirada, manteniéndola fija en el ataúd. Fue así divisando la figura de su madre, que yacía postrada en el féretro con las manos en el regazo y el rostro pálido. Cuando ya alcanzó la altura del ataúd, bajó la mirada y observó a su madre. Su rostro seguía tan suave y terso como cuando vivía; su belleza seguía destacando aunque yaciera muerta. Su madre abrió sus ojos verdes y los fijó en los de Bianca, quien se quedó petrificada sin esperarse semejante reacción por parte de la difunta; pero no pudo apartar la mirada de aquellas perlas que la observaban.
–¿Qué te pasa, cariño? ¿Te sorprendes de ver a tu madre? –dijo aquella voz sin boca–. No te quedes ahí parada sin decir nada. ¿Es que no te piensas disculpar? ¿No te arrepientes de lo que me hiciste? ¿No crees que debas pedirme ya perdón? –La boca por fin se movía, pero las palabras no parecían proceder de la misma persona. Sonaban como si estuvieran huecas, parecía que estuviera hablando a través de un micrófono de los años veinte.
–¿Qué… qué quieres… decir? ¿A qué te refieres? –La parálisis de Bianca fue pasando a un ardiente furor que la hizo reaccionar ante tan absurda acusación. Se sentía cansada, pero no físicamente, si no moralmente; cansada de sufrir las acusaciones de sus supuestos padres que realmente no tenían ningún fundamento; ya que lo que les había sucedido a sus verdaderos padres, estaba fuera de su alcance, es decir, que ella no podía haber hecho nada por ellos, ya que en ningún caso estaba de su mano ayudarles.
–¡Sí! ¡Tú me abandonaste! Me dejaste morir sola, no me cuidaste ni me visitaste cuando estuve ingresada; tampoco me apoyaste, es como si me hubieras matado tú misma. Te portaste muy cruel y egoístamente. ¡Mala hija! –El tono de la madre era frío y reprochador. Su cara se había transformado de bondad y hermosura a una maldad y una tosquedad nunca pensada para un rostro y un cuerpo con tanta fragilidad y beldad.
–¡Esto es increíble! No tengo porque escuchar tales fanfarronadas de un fantasma. Yo no dejé morir a mi madre. Ella tenía cáncer y le llegó la hora; era inevitable su muerte, sólo había que esperar a que muriera pronto para que no sufriera tanto… ¡Y tú no eres mi madre! –Bianca habló alto y claro sin quitarle la vista de encima a la mujer que la miraba como si quisiera matarla con la mirada.
–¡Yo, si soy tu madre y tú me dejaste morir sola en aquel hospital! –dijo la mujer horrorizada, como apenada por el rechazo de su hija. Luego, llorando añadió–. No puedo creer que no me reconozcas. Yo te di la vida, yo te crié y te cuidé durante la mayor parte de tu vida. ¿Cómo olvidar eso? ¿Cómo puedes olvidar a tu madre? ¿Es que ya no te queda una pizca de bondad, hija mía? Por ti acabé así; enferma y luego muerta. Por tu abandono y descuido. Por tu ambición de irte a estudiar sin mirar atrás; sin pensar en mi, en tu madre… ¡Mala hija!
–¡Yo no te abandoné! Cuando tú moriste, yo aún estaba en la facultad. Yo estudiaba durante muchas horas y te atendía; te daba la cena, te cuidaba, te acompañaba al médico y atendía la casa. Todo era muy duro para mí, porque te estaba perdiendo y ya había perdido a mi padre. Después de tu muerte, me quedé sola y perdida; tuve que luchar por sobrevivir, trabajar y estudiar mucho para llegar hasta aquí. Hasta llegar a tener una carrera y un buen trabajo. Yo quiero mucho a mi madre, pero tú no eres ella. –Esto le había servido de terapia y para decirle de alguna manera a su madre lo mucho que sufrió por su enfermedad y después por su muerte. Una vez dicho todo esto, algo se endureció en su interior y continuó dirigiéndose al fantasma–. Tú sólo eres un fantasma en pena fruto de mi imaginación; fruto de mis temores internos, de los sucesos más tristes que me ocurrieron en el pasado.
–Dicho esto, se arrodilló ante el féretro y mirando al crucifijo de enfrente, comenzó a orar; y aunque ella ya no era creyente, se acordaba de cuando era niña y asistía a misa los domingos.
–Estuvo rezando durante un buen rato con Padre Nuestros y Ave Marías que aprendió de pequeña y que aún recordaba. Después de varias plegarias, y sin saber que otra cosa hacer para acabar con aquella estúpida aparición, le pidió al Señor por el alma de sus padres. Le tomó las manos a su supuesta madre y dijo:
–Escucha Señor esta oración, en la que te pido que acojas en tu seno a esta buena señora. Una grave enfermedad acabó con ella. Fue buena esposa y buena madre también, pero si alguna vez cometió algún pecado, perdónala y condúcela por el buen camino hasta ti. Amén. –La mujer se retorcía en el ataúd y su cara se transformaba de buena a mala persona, de hombre a mujer. Y de su boca salían improperios y gemidos horrorosos.
Después, la mujer se desvaneció y con ella el enorme crucifijo que colgaba de la pared. A Bianca le pareció una buena prueba de fe en Dios para una persona atea. Una mujer como ella, dedicada a estudiar el perfil psicológico de las personas, escuchando tan horribles historias que hacen pensar a cualquiera que en este mundo no puede haber la existencia de un dios. Se levantó del suelo y se persignó ya seguida por la influencia de las oraciones, aunque no le satisfizo la experiencia de tener que acudir a la religión para pasar tan amarga prueba; una religión que a su juicio se basaba en el engaño y en la manipulación de las pobres gentes que creían en los sacerdotes; una religión que fue capaz de matar y causar tantos males a lo largo de la historia. Luego siguió caminando dispuesta a superar cualquier otra prueba que aquel lugar le tuviera preparada, sin pensar siquiera que la próxima sería más dura.
Anduvo por los pasadizos semioscuros y tenebrosos que componían toda aquel entramado de túneles; iba pensando en su madre y en su padre y en lo que sufrió debido a sus pérdidas. Estaba segura de que ya había superado ambas muertes, pero el hecho de revivirlas y encontrarse cara a cara con ellos, o con fantasmas que poseían sus rostros, la hacían flaquear; se sentía mal porque el ser que estaba manipulando su mente, utilizara a sus padres para hundirla y acabar con ella. Al cabo de un largo tramo recorrido, se encontró frente a una luz roja que parpadeaba suavemente, es decir, se encendía lentamente hasta alcanzar su mayor tonalidad y brillo, para luego morir poco a poco hasta desvanecerse y así sucesivamente. Bianca se acercó con curiosidad para descubrir de qué se trataba. Ante sus ojos, una especie de huevo del tamaño de un balón de futbol se materializó. Este huevo parecía flotar y daba la sensación de que la intensa luz roja provenía de su interior.
Cuando Bianca se acercó aún más al huevo, pudo observar que se trataba de una placenta que en su interior, contenía a un feto de unos tres meses; el embrión media unos nueve centímetros y ya casi se podían distinguir la cabeza y las extremidades. Ella rodeó la pieza hasta que volvió a colocarse de frente al feto. De pronto, el engendro abrió sus ojillos para mirarla.
–¡Mamaaaa! –gritó el feto con una voz que hacía recordar a un cabrito.
Bianca se quedó pálida y se llevó las manos al vientre–. ¡Noooo!, yo no soy tu madre. –Y las lágrimas le rodaban por sus mejillas.
–¿Por qué me mataste? –preguntó el engendro acusadoramente.
–No te maté… yo no quise hacerlo, pero lo tuve que hacer… Yo era muy joven –respondió ella con cierto nerviosismo; sus manos continuaban agarrándose el vientre.
Todo ocurrió cuando se había quedado embarazada por error de un chico del que estaba locamente enamorada. Su amor duró cuatro meses escasos. Ella quería estudiar, pero lo quería tanto, que estaba dispuesta a dejarlo todo y casarse con él; estaba dispuesta a tener ese niño. Él también estaba enamorado, pero no quería darse prisa con el matrimonio, y mucho menos formar una familia cuando se veía tan joven para ser padre. Su deseo era sacar la carrera de psiquiatría y llegar a ser un gran psiquiatra, trabajar en un hospital hasta que pudiera montar su propia consulta. Además, la ilusión de sus adinerados padres era que su hijo se casara con una mujer que estuviera a su altura, y Bianca en ese momento de su vida, no lo estaba. Hubiera sido un gran trauma para su madre el que tuviera un hijo tan joven y sin haber alcanzado los objetivos impuestos por ella para su hijo; no le puso impedimento a la hora de elegir carrera, pero si le puso la condición de que tenía que llegar no sólo hasta el final, si no conseguir ser un médico de prestigio. En caso contrario, peligraría su herencia.
Hablaron de la situación y llegaron a la conclusión de que tendrían otra oportunidad para casarse y tener un hijo en años venideros, así que optaron por el aborto. Lo hicieron cuando tenía tres meses de embarazo, para que no hubiera complicaciones.
Después de haberlo hecho, todo cambió entre los dos; un mes después de haber abortado, comenzaron a haber diferencias y disputas entre ambos. Ella se sentía sola, triste y destrozada. Los estudios, la casa y el tener que cuidar de una madre enferma, tampoco ayudaron a mitigar la situación; ni pudo soportar la idea de haber matado a un ser humano por muy pequeño que fuera; era en definitiva una vida, su futuro hijo. Él no pudo soportar sus reproches malhumorados salidos de tono, sus cambios de humor y su desesperación. La relación entró en un torbellino de disputas que hizo insostenible la situación, hasta que por fin se separaron.
Ahora, ya han pasado diez años después de haber abortado y el feto le estaba reprochando su muerte. Aunque pasados unos años del suceso, ella lo había superado a base de estudiar y trabajar, el revivir la experiencia de esta forma, con el mismo embrión acusándola, la estaba destrozando psicológicamente y la hizo recordar la ruptura con su novio y la mala experiencia de ver a aquella criatura salir sin vida de su vagina, tan pequeña e indefensa como la que tenía ahora mismo ante ella.
–Bianca se arrodilló con sus manos en su regazo y seguía llorando y entre sollozos lograba articular frases de consuelo y disculpa.
–No, por favor. Esto no… no puedo resistirlo;… yo no quise hacerlo… Yo quería tenerte, pero no pude; mamá te quería… –decía.
–¡Siiii! Tú si quisiste hacerlo. Te libraste de mí por un hombre y una carrera. –Aquel embrión con aquella voz de cabrito, hablaba con ira y decía frases demasiado coherentes para un ser tan diminuto y tan poco desarrollado, pero Bianca no tuvo la oportunidad de planteárselo.
–No… no tuve… elección… –le costaba hablar–; sólo… era una chiquilla…
–Sí que la tenías –interpeló el feto–. ¡Tú me mataste! ¡Mataste a un ser humano indefenso! ¡Acabaste con una vida y ahora deberías pagar con la tuya! ¡Dios te castigará! ¡Irás al infierno por lo que me hiciste… mala madre… inhumana!
––No podía tenerte… no podía mantenerte… Ellos me abandonaron y yo… yo estaba sola… estaba sola… solaaaa… –Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, llorando y gimiendo.
La voluntad de Bianca se había puesto por primera vez en peligro, a pesar de su gran experiencia como psiquiatra con la que ella creía que se había fortalecido, haciendo que su vida peligrara también; ya que el mal que anidaba en el túnel, afligía a las personas que en él entraban hasta adueñarse de su voluntad, para después conseguir que ellos mismos se mataran o volvieran locos.
–¡Morirás tu también por ello! ¡Irás al infierno directamente y sin ni siquiera ser juzgada! ¡Mala madre!... ¡Tienes que pagar por lo que hiciste, nadie más tiene la culpa de lo que tú has hecho! ¡Asesina! ¡Criminal! ¡Perra inhumana! ¡Pagarás por matarme! –le reprochaba sin cesar la criatura.
–No, no, no… no… sola… sola… no. –Las lágrimas bañaban su rostro y sollozaba como una niña continuando con su balanceo constante adelante y atrás cual un autómata; las palabras se ahogaban en su garganta y salían al exterior como el suave susurro del viento.
En el fondo de su mente, una voz que a Bianca le resultaba familiar, comenzó a hablarle y a darle ánimos; era una voz tranquilizadora, pero a la vez enérgica y hablaba con seguridad, casi autoritaria. Era la voz de Virginia, que desde el otro lado, intentaba ayudar a la doctora, comunicándose con telepatía. Virginia había aprendido a aprovechar la energía del lugar, y gracias a ello, podía entender el extraño idioma escrito en el techo del habitáculo donde estuvo encerrada; aprendió a atravesar paredes y ahora podía comunicarse con sus amigos.
–Bianca, ¿me oyes? Soy Virginia; ¡no debes dejar que esa cosa te venza! –Ahora suavizó el tono de voz y continuó hablándole–. Sabes que todo es mentira… Utilizan nuestros recuerdos para acabar con nuestra voluntad, así nos vuelven locos e incluso nos matan y se apoderan de nuestra alma, de nuestra energía…
–No, no puedo soportarlo. Me golpea en la cabeza, me atenaza el cerebro. No puedo más, me está volviendo loca… me quiero morir. –Bianca lloraba y le respondía a Virginia en voz alta; de fondo escuchaba los llantos y reproches del feto.
–¡Bianca escúchame! –dijo Virginia autoritariamente–. Tú eres fuerte y no debes rendirte; ya superaste esa etapa de tu vida y ahora sólo es un recuerdo que debes olvidar. Bianca, no te dejes llevar por un recuerdo del pasado, todo esto es una mentira –dijo suavizando el tono–. Además, te necesito; todos te necesitamos, Tommy y yo te necesitamos; estamos en peligro, y sólo tú nos puedes ayudar… Vuelve con nosotros. Sé fuerte.
–No sé que puedo hacer, me voy a volver loca. Esta cosa no para de hablar… ¿No lo oyes?... ¿Escuchas sus llantos y sus gritos? ¿Escuchas sus reproches?... –Sin darse cuenta, Bianca ya se estaba comunicando con Virginia por telepatía, ya no hablaba en alto, aunque sus ojos no dejaban de llorar–. ¡Tú me mataste! ¡Tú me abandonaste!... Escucha, no para de repetir lo mismo una y otra vez…
El feto seguía llorando; gritaba y pataleaba con sus piececillos al tiempo que le reprochaba el haberlo matado y abandonado, le recriminaba el hecho de que no hubiera sido una buena madre y lo hubiera tenido y cuidado.
–Esa voz me hace daño en la cabeza, los gritos no los soporto…
–¡Bianca! –la interrumpió la chica–. ¡No escuches! Cierra los ojos y concéntrate en mi voz; solamente escúchame a mí, discrimina los sonidos que vienen de ahí. Puedes hacerlo. ¿Me escuchas? ¿Bianca?
–Sí,… sí,… te escucho. –Bianca cada vez se iba metiendo más en su mente y los sonidos producidos por el feto, le llegaban desde lejos.
–Bien, ahora relájate. Siéntate en el suelo con las piernas cruzadas como en la posición del loto y relájate. Inspira por la nariz y expira por la boca muy suavemente. –Ahora ya sólo escuchaba la voz de Virginia e iba siguiendo sus instrucciones; cada vez se iba sintiendo más relejada y los gritos que antes llenaban su cabeza, ahora ya no los escuchaba–. Tú no has tenido la culpa; la vida nos hace a veces unas pruebas muy difíciles y nos coge en los momentos más débiles. Tú has hecho lo que creíste correcto en aquel momento. Te voy a contar una historia que me contó mi madre hace tiempo. –Virginia hizo una pequeña pausa y notó la tranquilidad de Bianca, cuyas lágrimas ya no fluían–. Verás, una vez, antes de que yo naciera, mi madre quedó embarazada. Tanto ella como mi padre estaban enamorados y querían tener ese niño, pero hubo una complicación. Si mi madre completaba el embarazo y lo tenía, ella podría morir. Así que mis padres hablaron de la situación y ambos decidieron que lo mejor sería abortar y así lo hicieron. Después del aborto, mi madre se quedó muy triste; no quería hacer nada ni hablar con nadie, incluso llegó a enfermarse. Mi padre la quería tanto, que siempre estuvo a su lado, apoyándola y consolándola. Una noche, mi madre tuvo un sueño; en él veía como el niño que no pudo nacer, finalmente nacía. Ella lo tomaba en brazos y lo besaba, pero no podía ver su rostro. Entonces, el niño cerró los ojos y su espíritu lo abandonó. Ella comenzó a llorar por la muerte de su hijo, pero sintió algo a su lado; era el espíritu del niño, que se le acercó a su cara y después de besarla, le dijo–: “Tranquila mamá, pronto volveré a ti y estaremos siempre juntos, los tres; tú lo has hecho muy bien”. Después de haber tenido ese sueño aquella noche, la vida de mi madre cambió: mejoró su salud, dejó de estar triste y comenzó a salir y relacionarse, y volvió a tener relaciones con mi padre. Meses más tarde, volvió a quedar embarazada de mí; y ella siempre asegura, que el niño que tuvo en sus brazos en aquel sueño, era yo. ¿Lo entiendes Bianca? Tu verdadero hijo nacerá y volverá a ti y lo tendrás siempre contigo. Esta cosa no es tu hijo. ¡Díselo, enfréntate a él y véncelo! ¡Hazlo Bianca! Hazlo porque yo te necesito. Todos te necesitamos.
La voz de Virginia resonó en su mente y ella se quedó un instante más con los ojos cerrados y por un momento escuchó una risa de bebé y un sonido suave que sonaba a “mamá”. Ella había olvidado todo lo que había sentido después de haber abortado: rabia, miedo, odio hacia ella misma y hacia su pareja, y una tristeza tan profunda, que no la dejaba vivir, que no le permitía continuar con su vida. Hasta que una tarde, mientras dormía la siesta, tuvo un bonito sueño: ella se veía en un campo lleno de césped y flores por todas partes; estaba tumbada baca arriba en una manta con los ojos cerrados, oliendo el suave aroma de las flores y escuchando el canto de algunos pájaros que se posaban en los árboles; un sonido suave y diferente a los que se escuchaban, la hizo abrir los ojos y sonreír; era la dulce sonrisa de su bebé, que tumbado a su lado, miraba una mariposa. Ella le cogió su manita y el bebé la miró y volvió a sonreír. Ahora, lo que le había contado Virginia, la hizo revivir aquellos momentos y recordar cómo había logrado recuperarse después de tener aquel bonito sueño, ya que sabía, que volvería a tener otro bebé.
Los sonidos del horrible feto que parecía haber salido de los mismísimos infiernos, volvieron a aflorar en su cabeza escuchándolos de fondo, como perdidos en la distancia, o como el eco de una voz ahogada en la montaña; oyéndolo nuevamente llorar y gritar. Volvió a resurgir una oración en su interior y con una sonrisa irónica en los labios, pensó como una atea podía recurrir a una religión en la que no creía y a un Dios que no existía; pero que aun así, sintió la necesidad de hacerlo, ya que su madre le dijo una vez, que cuando tuviera un problema rezara, ya que Dios nos atiende a todos; tanto creyentes como ateos.
Después de la oración mental, abrió los ojos y se enfrentó al ya debilitado espectro del feto, que la miraba con terror.
–¡Apártate de mí, demonio! –dijo levantándose del suelo–. ¡No conseguirás destruirme!
Ahora la placenta comenzó estirarse hasta tocar el suelo y aquél feto, se fue alargando y creciendo hasta tener la altura de un niño de tres años: era un niño muy bonito, con un cabello rizado y castaño claro; sus ojos eran verdes y muy grandes. Bianca pensó que si era su hijo en el futuro, a ella no sacó los ojos, ya que los suyos eran marrones.
La transformación la tomó por sorpresa y no supo cómo reaccionar ante la figura de aquel niño que la observaba muy atentamente, como si intentara leerle los pensamientos para saber cuáles eran sus intenciones, o que paso era el siguiente que realizaría.
–¿Mami? –preguntó el niño con una voz muy dulce.
–No, yo no soy tu madre –le respondió Bianca con extrañeza.
El niño rompió a llorar desconsolado por la respuesta de Bianca y daba la impresión de que fuera uno de esos niños que se pierden en los centros comerciales y andan por ahí llorando y buscando a sus padres. Bianca comenzó a agacharse para ponerse a su altura y hacerle entender que ella no era su madre, que estaba equivocado y que probablemente se había perdido, pero en eso momento, volvió a escuchar la voz de Virginia, que se había ausentado por un momento.
–¡Bianca! ¡Tienes que darte prisa, te necesitamos! ¡Rápido! –Virginia parecía desesperada y aunque no dijera lo que estaba pasando, Bianca pudo verlo a través de su mente y así comprendió que debía acabar con todo aquello e ir en su ayuda.
–¡Yo no soy tu madre! –comenzó a decir mientras se ponía en pie–. Tú no eres mi hijo, eres un engendro del demonio y no permitiré que me lleves contigo…
–¡Mamita! –La interrumpió el pequeño y rompió a llorar
–¡Apártate! –gritó Bianca y comenzó a caminar hacia el chiquillo–. ¡Apártate de mi camino!... ¡Tú ya no tienes poder sobre mí!... ¡Ya no puedes controlar mi mente ni mi voluntad!... ¡Ya no puedes poseer mi alma! –Bianca gritaba aquellas palabras salidas de lo más profundo de su alma como si quisiera que otra persona que no estaba en la habitación la oyera–. ¿Me oyes? ¿Fantasma del demonio?... ¡No puedes conmigo!
El niño comenzó a encogerse y a transformarse en el feto metido en su placenta; seguía gritando y llorando, pero a Bianca ya no le impresionaba nada de aquello, sólo le importaba ayudar a sus amigos. Comenzó a caminar hacia el feto y vio que nuevamente se transformaba en el niño de tres años.
–Aparta de mí –le dijo autoritariamente sin detener su avance hacia él y en ese momento, como siguiendo su orden, el niño se fue desvaneciendo.
Después, se produjo un vacío en el hueco del chiquillo y una potente luz roja cegadora y cargada de energía empujó a Bianca hacia atrás y la hizo tambalearse. Entonces, el poder maligno se desvaneció y perdió toda su fuerza, llevándose consigo los recuerdos oscuros de Bianca. Ya no había nada en aquella estancia, solamente las antorchas de las paredes que la iluminaban y su ligera llama de colores vivos.
Una vez más, la voz de Virginia volvió a apelar a la ayuda de Bianca; esta se dirigió hacia la pared que tenía enfrente e hizo ademán de abrir una puerta, que realmente, no estaba allí; era acaso una puerta invisible imaginada por Bianca, pero que ella en ese momento la pudo visualizar a la perfección, ya que la puerta se materializó. Ella giró el pomo y la abrió para pasar al otro lado a encontrarse con los suyos.
Ambos aparecieron al otro lado, en el mismo corredor lleno de puertas desde donde habían partido y se abrazaron.
–Tommy, cariño ¿Te encuentras bien? –le preguntó Virginia después de un momento.
–Sí, no te preocupes, pero déjame respirar; me falta el aire. –Tomó una gran bocanada de aire y continuó hablando–: ¿Qué es lo que pasa aquí dentro? Esa no era Elisa, ¿Verdad?... –Dejó de abrazarla la miró para ver que ella negaba con la cabeza; y aunque Virginia no había conocido a Elisa sabía de sobra que aquella aparición no era ella en absoluto–. ¿Quién era entonces?
–Es este lugar, la maldad de los infiernos está concentrada aquí. Este lugar se alimenta de nosotros; de nuestra fuerza vital, de nuestra voluntad, en definitiva, de nuestra alma. Todo lo que vemos y oímos forma parte de nuestro pasado; la gente que vemos no son nuestros amigos y familiares desaparecidos, ellos no están aquí. Este lugar o el ente que lo habita, busca nuestra destrucción por medio de nuestras peores experiencias, pero tergiversadas, vueltas hacia nosotros. –Virginia lo miraba para ver si él era capaz de entender lo que le estaba contando, mientras su novio movía la cabeza en señal de asentimiento.
–Esto es una locura. ¿Qué hemos hecho nosotros para que nos hagan esto? ¿Quién o qué lo hace y… con qué fin? –preguntó Tommy desconcertado.
–Nada, mi amor, no hemos hecho nada. –Ella le agarró la barbilla con una mano y se la levantó para que la mirara–. Él o ellos nos necesitan. Aún no he podido captar cuantos son… Te contaré algo sobre este lugar… –Sonó un ruido y se detuvo, ambos voltearon la cabeza hacia el lugar de procedencia.
–¿Quién está ahí? –preguntó Tommy asustado.
–Soy yo, José… ¿Estáis bien? –dijo el detective acercándose a la pareja.
–¿Donde está Bianca? –volvió a preguntar Tommy.
–¡No lo sé… ni me importa esa puta de mierda! –dijo José con una voz que no sonaba para nada a la que acababan de oír los chicos–. ¡Ni a vosotros tampoco os importa esa maldita puta! ¿Os enteráis muchachitos… mocosos? –Sus ojos cambiaron de verde a un azul pálido, casi gris y tanto Virginia como Tommy se quedaron por un momento paralizados por la sorpresa que les causó este cambio repentino de José. Por un momento se movieron y volvieron a abrazarse por el miedo al ver que José sostenía su pistola en alto y los apuntaba.
–¡Baja esa pistola! ¿Estás loco? –Tommy intentó acercarse para arrebatarle el arma pero se detuvo en seco al ver el movimiento de muñeca que hizo el otro apuntándole a él.
–¡Calla niñato! No se te ocurra moverte o te vuelo la tapa de los sesos. O ¿Quieres ver cuán grande es el cerebro de tu novia? ¿Quieres comprobar si se ven las neuronas a simple vista? Quizás te apetezca que le saque un ojo de un tiro… o simplemente le puedo partir su maldito corazón en dos. –Hablaba con rabia y odio; su voz era algo más grave que la de José y en su cara se reflejaba una sombra de maldad.
–¡No! ¡Tranquilo, no hagas nada! –dijo Tommy nervioso al ver que la pistola se volvía para apuntar en dirección a Virginia–. Déjala en paz, por favor. Cógeme a mí, pero déjala a ella tranquila. –Tommy se fue colocando entre el arma y su novia–. Yo puedo traer a más chicos, ya lo hice la otra vez. Nadie más puede hacerlo, sólo yo.
–Vendrán los chicos que yo quiera y cuando yo quiera. –aseguró José y soltó una horrenda carcajada–. ¿Acaso no te has dado cuenta quién manda en este lugar, imbécil? –Se burló José.
–Tommy, no… no digas nada. Déjalo. No lo pongas nervioso. –Virginia alargó la mano y le agarró el brazo a la altura del codo a su novio y tiró de él hacia sí, ya que éste se estaba acercando cada vez más al detective.
–¡A callar coño! –gritó repentinamente José–. Ahora nos vamos de aquí, hay mucho que hacer. Tú, puta, ve delante. El polluelo va detrás. ¡Sí intentáis algo, os mato a los dos!
–¡No me llames puta! –protestó Virginia.
–¿Cómo no quieres que te llame? ¿Puta? Pues qué tal te parece zorra,… o cabrona o quizás te guste más cerda, daifa, hetaira, pelandusca, perra, pendeja o guarra…
–¡Vale, de acuerdo! Llámame como quieras… ¡Cabrón! Pero cállate. ¿De acuerdo? ¡Cállate! –dijo Virginia enfurecida clavando su mirada en la de José.
–Venga perra y tú cabrón, adelante y que no os oiga una sola palabra. No quiero llenarme la camisa de sangre. Además, tengo otros planes para vosotros –dicho esto clavó el cañón de la pistola en el costado de Tommy–. ¡Vamos, andando!
Tommy se llevó la mano izquierda al costado derecho y se encorvó de dolor; seguidamente, dio unos pasos hacia delante, se detuvo en seco y giró sobre sus pies poniéndose cara a cara con su agresor. Se abalanzó sobre él, le agarró el brazo que sujetaba el arma y se lo levantó hacia arriba, empujando a José contra la pared. El arma se le resbaló de las manos y cayó al suelo, donde los dos hombres se lanzaron para intentar cogerla. Ambos forcejearon rodando por los suelos durante un rato, mientras que Virginia estaba como sumida en un estupor y no reaccionaba; sentía la presencia de Bianca y podía notar que estaba muy triste, pero no lograba acceder a ella. Tommy consiguió atrapar la pistola primero, pero las manos de José pugnaron por arrebatársela. Un fuerte puñetazo en la barbilla hizo que José soltara la mano del chico, pero esto no impidió que continuara forcejeando. De pronto, José propinó tal fuerte rodillazo en la entrepierna de Tommy, que hizo que éste soltara el arma para llevarse las manos a su sexo; rodó por el suelo gimiendo de dolor. José recogió la pistola y se incorporó hasta donde estaba Virginia y la apuntó con el arma; ella salió de su estupor y sin pensárselo dos veces, corrió a ayudar a su novio, que permanecía postrado en el suelo.
José se llevó la mano a la mandíbula e hizo una mueca de dolor al rozar la zona magullada por el golpe que le propinó Tommy; luego, apuntó a los chicos con la pistola, que ya se levantaban del suelo.
–¡Vais a pagar muy caro esta tontería! No habéis ganado nada haciendo esto; yo soy más fuerte que vosotros dos. Os voy a matar, me da igual, aún me quedan dos zorras y este gilipollas.
Virginia se quedó pensativa por lo que el demonio que poseía a José acababa de decir. “Ha dicho dos zorras, es decir, dos mujeres. Una tiene que ser Bianca y la otra, si no se refiere a mí, ¿Quién podía ser?... ¡Ivonne!... ¡Claro!... ¡La otra es Ivonne! –Pensó–. ¡Ivonne está viva! –Este último pensamiento la hizo esbozar una sonrisa.
–¿Y tú de qué te ríes, zorra? –dijo José apuntándola con el cañón de la pistola.
–De nada… de nada. –De repente, Virginia cerró los ojos y se volvió a concentrar en Bianca, comenzó a llamarla mentalmente y hasta que la pudo visualizar. Pudo verla arrodillada llorando y balanceándose adelante y atrás. Leyó sus pensamientos y vio todo lo que le había sucedido hasta ese momento; pudo sentir el dolor y el abatimiento de la mujer. También pudo escuchar al feto, con su eco resonante en la mente de Bianca; con esa voz de cabrito, los llantos y alaridos. Entonces supo que debía ayudarla, porque la sentía como su amiga y porque Tommy y ella la necesitaban; si la convencía de que todo era un juego de la mente antes de que José los matara, ella podría salvarlos y continuar todos juntos hasta la salida, si no, estaban perdidos. Así que empezó a hablarle, primero con suavidad, después con un poco de autoridad, mientras José los hizo caminar por un angosto pasillo y los detuvo en una nueva sala.
–Bianca, ¿me oyes? Soy Virginia; ¡no debes dejar que esa cosa te venza!... –Virginia ayudó a Bianca a concentrarse y fortalecerse para vencer sus miedos y después vencer al fantasma que tenía delante; ese ser inhumano que tanto era un feto flotando en la placenta como un chaval de tres años de edad.
El dedo se dispuso a rodear el gatillo y presionarlo; los chicos se abrazaron temerosos y cerraron los ojos. Virginia seguía alentando a Bianca y le pedía que se apresurara, al tiempo que Tommy rezaba para que el arma no tuviera balas. Pero cuando la pistola se disponía ya a escupir su primer proyectil con la misión de detonar en la cabeza de Virginia, apareció Bianca atravesando la pared y se abalanzó sobre José empujándolo hacia la otra pared y sosteniéndole le pistola con ambas manos, al tiempo que forcejeaba para lograr arrebatarle el arma. La pistola se disparó y el proyectil salió disparado hacia el techo, justo en el momento en que tiraron con los brazos hacia arriba, en el que rebotó y cambió de dirección para ir a incrustarse en uno de los laterales de la estancia; Tommy y Virginia se encogieron en el suelo asustados por la detonación estruendosa que se produjo en la estancia.
Al chocar las manos contra la pared, el arma salió despedida y cayó al suelo, a la vez que José se deshacía de Bianca, tambaleándose por la fuerza del golpe; Bianca, con mucha agilidad, se puso frente a él y le propinó tan fuerte bofetada, que lo lanzó contra la pared haciéndolo rebotar, para ir a detenerse en el suelo.
Pasados unos minutos, Bianca se arrodilló junto a José para saber cómo estaba y si ya había cambiado de personalidad; su cara presentaba dos marcas rojas: Una en forma de mano que cubría la parte izquierda y la otra en forma de roca marcada con puntitos de sangre, en la parte derecha.
–José. ¿Te encuentras bien? –Bianca le sostenía la cabeza.
Tras ellos, Virginia y Tommy se pusieron en pie y se fueron acercando. Tommy se detuvo a recoger el arma mientras que Virginia ya estaba de pie al lado del herido.
–Creo que sí…; me duele mucho la cabeza. ¿Qué ha pasado? –Su mano derecha se posó sobre su frente como para impedir que su cabeza botara como una pelota, siguiendo el ritmo de los zumbidos que resonaban en su cabeza.
–No lo sé, creo que te has desmayado –mintió Bianca–. Te has ido hacia la pared, golpeándote a la altura de la sien, has rebotado y al caer al suelo, te golpeaste el otro lado de la cara. Te has dado un buen golpe, deja que te limpie la cara con este pañuelo –dijo y se puso a limpiarle la sangre de la cara con el pañuelo que había sacado de su bolsillo. José hizo una mueca de dolor y ella intentó pasar el pañuelo con más suavidad de la que había hecho gala.
–¿Estás bien? ¿No sientes nada? Es decir… ¿Eres realmente tú? –preguntó Virginia.
–¡No, puta!... ¡Soy yo tu verdugo, que viene a torturarte! –La voz de José se hizo más grave y sus ojos cambiaron de color nuevamente, y volvían a tener esa expresión de odio.
José cogió a Bianca por el cuello con una sola mano y se lo apretaba para asfixiarla; ella le sostuvo el brazo con ambas manos para impedírselo, pero le era imposible; Virginia se agachó y con las dos manos agarradas al brazo de él, tiraba para intentar que la soltara. Tras ellos, Tommy apuntaba con la pistola nerviosamente observando la escena sin saber que más hacer.
–José. ¿Me oyes?... Tienes que luchar, tienes que intentar sacarlo de tu cuerpo. ¡Sé fuerte! ¿Me oyes? ¡Sé fuerte y lucha! –Virginia le hablaba mientras intentaba impedir que Bianca fuera estrangulada, que ya presentaba un aspecto bastante morado.
Ahora, Bianca pudo soltarse después de un momento de forcejeos y era ella quien intentaba estrangular a José, tambaleando su cabeza, la cual le golpeaba contra la pared.
–¡Sal de él hijo de puta!... ¡Abandónalo!... ¡Abandónalo o morirás otra vez en un cuerpo diferente –Bianca lo zarandeaba y gritaba como una loca.
–¡Lo vas a asfixiar! –le gritó Virginia a Bianca–. ¡José tienes que luchar! ¡Ayúdanos a sacártelo!
–¡Sal de él!... ¡Sal de él o lo mato, cabrón! –La psiquiatra había perdido los estribos y los chicos la miraban conmocionados.
–¡Sal de él, te lo ordena Dios!... ¡Cam ah min!... ¡Cam ah min! –dijo Virginia en una lengua extraña que ya había utilizado antes sin saber por qué.
El espíritu que habitaba el cuerpo de José gritó con un aullido sofocado por las manos de Bianca, que se abrazaban como una prensa entorno a su garganta. Los ojos de éste se abrieron de par en par y todos pudieron ver como su color cambiaba de un gris azulado al verde parduzco típico del detective.
Y el espíritu salió de José vencido por las palabras, los ahogos y meneos de las mujeres; y la fuerza de la lucha interna que mantuvo José con el espíritu que lo habitaba. Una nube de luz roja casi púrpura se elevó por encima de las cabezas de sus enemigos y desapareció atravesando la pared “como alma que lleva el diablo”.
José comenzó a tomar bocanadas de aire como si fuera el último espacio de oxígeno que quedaba en el mundo; ya libre de las manos de Bianca, que se habían convertido por un rato en abrazaderas de acero.
Bianca, Virginia y Tommy se separaron y entre los tres se abrió un círculo más grande para darle más espacio de aire a José. Quien seguía respirando desesperadamente. Tenía el cuello amoratado por la acción de las manos de la mujer. Después, quedó sentado esperando a recuperarse.