14
Conducía por la autopista hacia el sur en su Seat Ibiza rojo; el sonido del mar, cuyas olas bañan la avenida le llegaba como un susurro lejano y casi podía oler y saborear el agua salada; las luces de las farolas a ambos lados de la calzada, penetraba por los cristales, dándole un aire fantasmal al interior del vehículo. No circulaba ningún otro coche por la carretera, ni parecía que hubiera nadie vivo en aquella ciudad, que a Tommy le resultó fantasmal.
A lo lejos pudo divisar las luces del túnel, que se iba acercando poco a poco, cual un lobo gigante con sus fauces abiertas, dispuestas a engullirlo. Incluso, desde aquella distancia, el túnel, parecía tener dos ojos que lo miraban, que lo observaban atentamente como si quisieran asegurarse de que no podía escapar. La luminosidad interior del túnel era tanta, que se podía ver desde muy lejos; él siguió conduciendo por aquella carretera solitaria hasta acercarse cada vez más, hasta penetrar en el interior del túnel –¡Ya no te tengo miedo!–, pensó.
De pronto, todos los focos que iluminaban el túnel se apagaron y se quedó completamente a oscuras, sin siquiera una rendija de luz, ni siquiera un rallo brillante de luna, que esa noche lucía llena.
Los susurros llenaron la oscuridad y hasta aquella luna llena, parecía burlarse de él, mostrando una sonrisa maligna; que en un principio no parecía tener. Todo se volvió contra Tommy, que mirara a donde mirara, parecía que miles de ojos diabólicos lo escudriñaran.
Pudo escuchar entonces, como lo llamaban por su nombre con una voz lejana –. ¡Tommy! ¡Tommy!... –Eran voces interpuestas y no podía precisar de quien se trataba –. ¡Tommy! ¡Tommy!... –. Ahora le latía el corazón con mucha fuerza y lo embargó una sensación muy intensa de terror y…
Se despertó de un salto con una mano en el pecho y empapado en sudor, respiraba con pesadez y sentía un pánico extremo. Encendió la luz de su mesilla y observó toda la habitación iluminada, mirando en cada centímetro de las paredes, en cada cuadro, detrás de las cortinas, entre los libros. Tenía la sensación de que algo lo observaba dentro de su propia habitación.
Cogió un libro y comenzó a leerlo, con la esperanza de distraer su mente y volverse a dormir. Una nueva mirada, para cerciorarse y después intenta mantener los ojos cerrados; pero cuando observó las cortinas, éstas parecía que se alejaban, como si la pared se estuviera alargando. Era una sensación que no había tenido desde niño. Así que se levantó muy despacio y se encaminó hacia la pared de la ventana, para comprobar si era real lo que veían sus ojos. Al llegar a las cortinas, esperó un instante, temeroso de descubrir algo o a alguien detrás. De un manotazo y haciendo acopio de valor, corrió las cortinas para descubrir que no había nada; que su subconsciente le había jugado una mala pasada.
Después, regresó a la cama y pero no se volvió a dormir; se quedó leyendo hasta que amaneciera para poder ir a buscar a Virginia.
Sobre las seis de la mañana, su madre vio luz en la habitación de Tommy y abrió la puerta.
–He visto luz y quería saber si te encontrabas bien –dijo ella.
–Sí mamá, me siento bien. Siento haberte despertado –se disculpó Tommy.
–No, cariño. Yo ya estaba despierta… No he podido dormir con lo que me has contado sobre lo que pasó en el túnel –dijo y se sentó en la cama a la altura de su hijo.
–Mamá… –comenzó a decir, pero se detuvo.
–¿Sí? Dime hijo mío –le dijo ella cariñosamente y le atusó el pelo.
–Hay algo que debo decirte… –Hizo una pausa, respiró hondo y prosiguió–. Lo que no te he contado es… quien fue nuestro salvador… bueno, nuestra salvadora…
–¡Pues dímelo! –Su madre le acarició el pelo; la relación con su hijo era muy sincera, directa y cariñosa.
–Fue la abuela, tu madre; ella nos ayudó a salir de allí, nos salvó a todos llevándose a Vanther consigo… Me dijo que lo venía a buscar y que lo quería mucho, que ella lo cuidó como una madre. –Su madre lo escuchaba sonriente.
–Sí, ella cuidaba de él mejor que su propia madre. Por supuesto que le cogió cariño, incluso yo lo vi como un hermano, hasta que… –Reflexionó un momento–, nos enteramos de que mató a mi hermano.
–Sí, eso me contó. También me dijo que te dijera que te quería mucho y que nunca te ha olvidado… Dijo que no la olvides y que te manda un beso… Me dijo que si te lo contaba, me creerías –terminó de hablar y esperó la respuesta de su madre.
–¡Pues claro que te creo, mi amor! ¡Te creo! –Ella seguía sonriendo, pero por sus ojos azules, rodaron sendas lágrimas.
Después se abrazaron como hacía un año que no lo habían hecho y rompieron a llorar sin tapujos, consolándose uno en el hombro del otro.
Aprovechando las vacaciones de José, Bianca también se había tomado una semana de descanso en el trabajo y así poder disfrutar del comienzo de ese amor que estaba floreciendo.
Pasaron la semana juntos y disfrutaban de su compañía, saboreando cada segundo del día; se dedicaban a cocinar sus platos favoritos, para que su nuevo amor lo degustara, iban al cine o se tumbaban en el sillón del salón y veían juntos las películas que más le gustaba a cada uno; paseaban por la avenida de Las Canteras al atardecer, tomando un helado y dejándose abrazar por la brisa tibia del mar. Les gustaba salir a cenar a restaurantes donde el ambiente fuera romántico, cambiando siempre de un italiano a un francés o japonés, dependiendo del apetito del momento; para después ir paseando hasta casa cogidos de la mano.
Bianca y José dormían plácidamente abrazados en el apartamento de ella. Habían hecho el amor y disfrutaron el uno del otro: acariciándose, besándose, oliéndose, penetrándola él a ella. Disfrutando de los sentidos y descubriendo los placeres secretos de ambos. El deseo de Bianca iba aumentando a medida que se iba consumando el acto sexual y se admiraba de poseer a aquel bello ser; la extraña belleza de su hombre la satisfacía plenamente y la llenaba de placer; el suave aroma de todo su cuerpo la embriagaba y la hacía enloquecer extasiada. Él recorría el cuerpo de ella con su lengua saboreando todo su ser, hasta centrarse en su pubis y hacerla volver loca de placer; saborear su esencia, extasiarse de su olor. Acariciaba sus firmes pechos con las yemas de los dedos y le gustaba sentir que se endurecían en respuesta a sus caricias; después jugaba con ellos con su lengua y sentía como Bianca respondía con jadeos enloquecidos; se llevaba sus dedos a su boca y los lamía o se agarraba la cabeza con ambas manos como si se fuera a volver loca. Después era penetrada y estallaba de placer. A José le encantaba oírla jadear y gritar, le encantaba escuchar su nombre entre gemidos de placer; escucharla pedirle más y más lo ponía como una moto, hasta que él también estallaba y quedaban uno sobre el otro abrazados y sudando.
Continuaron entrelazados como dos serpientes, mientras se acariciaban y besaban y volvían a repetir. Bianca pudo disfrutar del sexo de su hombre, subiendo y bajando hasta quedar agotada y a la vez encantada, feliz.
Ya temprano por la mañana, ella se despertó y lo miró durante largo rato, jactándose de la belleza de José, de su atractivo, de todo su cuerpo fornido y duro, de todo su ser. Entonces supo que realmente amaba a aquel hombre y que lo amaría siempre; supo que estarían eternamente juntos y que no se separaría de él jamás. Comenzó a besarle la frente, la nariz, las mejillas, los ojos, los labios, el cuello; mientras sus manos recorrían su cuerpo, hasta llegar a su sexo, que lo acarició y frotó hasta que éste recobró vida. José se despertó excitado y se unió a la fiesta particular, que se había montado Bianca sola. Hicieron el amor nuevamente hasta quedar rendidos y dormidos; abrazados en la cama y unidos por mucho tiempo.
Ya por la mañana, después del desayuno, Bianca descolgó el teléfono, que resonó en la sala de su apartamento; era viernes y no esperaba que nadie la llamara a su casa, a no ser, que fuera una llamada urgente del hospital, referente a algún nuevo paciente que coincidiera con su reincorporación del lunes y que su secretaria querría puntualizar para cuando ella llegara.
–¿Diga? –preguntó Bianca una vez descolgado el auricular.
–Soy Virginia… –Se hizo un silencio.
–¡Ah! Hola guapa. ¿Qué tal estas?
–Bien, y ¿ustedes? –preguntó Virginia.
–Nosotros estupendamente. Y Tommy… ¿Qué tal?
–Pues… bien.
–¿Ocurre algo?
–Bueno, la verdad es que nos gustaría visitarte.
–¡Ah sí!, por supuesto. Podríamos vernos los cuatro esta tarde. ¿Te parece?
–¡Vale, buena idea! Pero lo cierto es que nos gustaría que nos viéramos en tu consulta, hay algo de lo que debemos hablarte… –Virginia se quedó callada en espera de una respuesta.
–Vale, no hay problema. Si quieren, nos vemos esta tarde y me lo cuentan, ¿de acuerdo? –dijo Bianca.
–Bueno, nos vemos esta tarde,… ¿sobre las seis?
–Vale, buena hora. Estupendo.
–Hasta luego entonces –se despidió Virginia.
–Vale, hasta luego. –Bianca se despidió y colgó el teléfono; se quedó un momento junto al aparato observándolo y pensando en su conversación con Virginia.
La primera semana, después de lo ocurrido, fue muy apacible; Virginia y Tommy se veían a diario y compartían los temores producidos por las secuelas dejadas por la incursión en el túnel. Aquella experiencia los había unido mucho más, sellando su amor para siempre y fortaleciendo sus corazones para luchar contra cualquier cosa que se les viniera encima; por muy dura que fuera la vida y por mucho que se empeñaran en hundirlos, en machacarlos, ellos seguirían adelante.
Cada día iban a pasear por las calles o por la avenida marítima intentando despejar las ideas; no hablaban siempre del túnel, pero de vez en cuando, salía la conversación sin que ellos se dieran cuenta. Se quedaban juntos hasta tarde, sin percatarse de que a ambos les costaba irse a dormir, por temor a tener pesadillas. A pesar de que Virginia no sentía ningún poder como el que obtuvo durante su traumática estancia en el túnel, se sentía, en ese momento, fuerte y segura de sí misma. Lo extraño eran aquellos sueños que comenzó a tener a raíz de aquella mala experiencia; sueños que la atormentaban y la hacían revivir lo vivido por culpa del sádico de Wilfried, aquel ser que los quería matar y quedarse con su alma; sueños que la hacían incluso llorar.
Había hablado con Ivonne, y también le ocurría lo mismo que a ella y a Tommy: escuchaban que alguien los llamaba, sintiéndose atraídos por aquella voz sin rostro; una voz que les era imposible identificar de quién procedía. En los sueños, cada uno hacía algo diferente; hablaba con gente distinta y mientras Tommy viajaba en coche, Virginia iba en bicicleta e Ivonne caminaba por un sendero en un bosque. Siempre era de noche y lucía una gran luna llena, que parecía burlarse de ellos; pero todos terminaban en el mismo lugar, atraídos por las luces diabólicas del túnel. Por aquellos ojos luminosos que los observaba a lo lejos.
–¡Cuéntamelo! –le pidió Virginia a Tommy.
–Tú sueñas lo mismo que yo, incluso Ivonne sueña lo mismo que nosotros –replicó Tommy.
–Eso no lo sabemos, solamente nos contamos el principio del sueño. Aunque Ivonne sí que me lo ha contado y es similar a lo que sueño yo. Solamente hay una diferencia: y es que ella va caminando por un bosque, perdida y asustada, hasta que a lo lejos, aparece ese túnel con esos ojos que nos miran.
–No te preocupes, no será nada –dijo Tommy en tono tranquilizador –Quizás es que nos estamos volviendo todos locos, los tres.
–También ves esos ojos, ¿no? El túnel te mira y te llama como a nosotras, ¿verdad?
–¡Sí!... Pero debe de ser algo natural después de haber pasado por una experiencia tan traumática. A mí me pasó cuando lo de Elisa, ¿lo recuerdas? –preguntó él.
–¡Sí, claro que lo recuerdo! Sé que pasaste por un infierno y que te costó meses de terapia superarlo; sé que tuviste pesadillas que te atormentaba y que sólo eran el reflejo de lo que habías pasado. Pero esto no es igual… –Hizo una pausa para tomar aire–. Presiento que esta vez no es lo mismo.
–Quizás tengas razón, pero a lo mejor, le están dando demasiado importancia…
–¡Yo no lo creo así! –lo interrumpió ella–. Deberíamos hablar con Bianca y descubrir que significa… A lo mejor si descubrimos su significado y lo intentamos resolver, podemos dormir todos tranquilos… Por intentarlo no perdemos nada.
–¡Vale, está bien!... Pues hablemos con ella. Bianca seguro que nos ayudará; además, yo no sé cómo termina el sueño… Nunca recuerdo lo que sueño, sobre todo los finales.
–Hablaré con ella y nos hará la hipnosis ¿Vale? –aseguró ella.
–¡De acuerdo! –aceptó Tommy al fin.
Se abrazaron durante un largo rato y después se besaron apasionadamente; poco a poco se fueron acariciando y quitando se la ropa hasta quedarse desnudos. Llevaban algún tiempo sin hacer el amor y creían que no lo necesitaba, que les bastaba con estar juntos; pero ahora, en este momento les apetecía, sentían la necesidad de practicar sexo. Se fueron entrelazando hasta quedar unidos por sus sexos, sus caricias y sus besos. Después, acabaron nuevamente abrazados, disfrutando de su olor corporal, de su calor, de su amor.
Tumbados boca arriba en la cama de Tommy, miraban hacia el techo sin decir nada; ambos se encendieron un cigarro y fumaron pensando en las musarañas.
Al cabo de un rato, Virginia y Tommy se levantaron y se fueron a duchar juntos. Cuando terminaron, ella descolgó el teléfono y marcó el número de Bianca.
–Soy Virginia… –dijo después de que Bianca respondiera a la llamada.