10
Frente a ellos se materializó una puerta antigua; por arriba tenía forma arqueada y ocho rombos grandes tallados. Dentro de cada uno de ellos tenían una chapa puntiaguda de color negro. La cerradura era grotesca y anticuada; poseía un pomo redondo con una cara diabólica tallada en el centro.
De repente se abrió de par en par, como si alguien estuviera esperando por ellos y la hubiese abierto para que pasaran. Pudieron divisar entonces un largo pasillo que se extendía ante ellos; para finalizar en una sala de la que emanaba la típica luz rojiza del lugar. Una niebla espesa lo cubrió todo de momento hasta que, de súbito, desapareció.
–Creo que debemos ir por aquí, parece como si nos estuviera esperando –dijo Tommy mirándolos a todos de uno en uno como si quisiera asegurarse de que lo habían escuchado.
–Estoy de acuerdo. Además, Ivonne nos está esperando; debe de estar muerta de miedo –comentó Virginia.
–¡Vamos muchachos! ¡A por el fantasma de Amityville! –bromeó José. Bianca lo miró y sonrió con una sonrisa burlona.
–¿No era Freddy Krueger? –preguntó Bianca. José le devolvió la mirada sorprendido por la pregunta de la doctora y también sonrió–. ¡Vamos a machacarlo! –gritó ella seguido, levantado el brazo derecho con el puño cerrado y esta vez rieron todos.
–Creo que debemos seguir adelante; debe de tener alguna sorpresa preparada para nosotros. Tenemos que ser fuertes. Debemos impedir que nos destruya. Él nos ha estado probando para ver como encajamos los golpes, nos ha intentado desmoralizar aislándonos a unos de otros, nos ha querido robar nuestra alma, nuestra voluntad. –Bianca ya seria, los miraba uno por uno diciendo su discurso; le cogió las manos a Virginia y a Tommy y éstos a José, que también se unió formando un círculo. –No nos separaremos; es preciso que sigamos unidos.
–Creo que deberíamos prepararnos antes de pasar a la acción –propuso José y todos asintieron continuando cogidos de las manos formando un círculo–. ¡Oremos pues!... ¿Virginia?
Virginia gesticuló con la cabeza para indicar que estaba de acuerdo y todos mantuvieron la cabeza gacha y los ojos cerrados.
–Señor… –comenzó diciendo–, estamos aquí ante ti, en este momento, para rogarte que nos des ayuda, fuerza y protección. Que tu amor sea nuestro arco y tu palabra las flechas. No somos creyentes, no somos religiosos, pero queremos recurrir a ti, al dios del que todo el mundo habla para que nos ayudes, para que nos des parte de ti. Fortalece nuestros corazones para luchar contra el mal. También te pedimos por nuestros amigos, que han sido tomados por las fuerzas del mal. Amén.
Permanecieron callados y en la misma postura. Sus labios susurraron un padre nuestro.
Juntos comenzaron a recorrer el largo pasillo; José y Bianca caminaban delante, Virginia y Tommy detrás. Un pequeño zumbido les llegó desde la habitación contigua y después una voz grave y muy penetrante se alzó; hablaba en alemán y parecía recitar algo, una oración tal vez. Todos continuaron caminando hasta que ya casi se divisaba la estancia. Entonces la voz comenzó a hablar en tono solemne en el idioma que Virginia sin querer hablaba; después en español.
–Oh mi señor, acude a mí. Yo tu hijo y siervo reclama tu presencia. Concédeme tu poder y sabiduría. Tú que reinas desde el comienzo de todos los tiempos. Tú que te enfrentaste con aquel que te quería dominar…
Cuando entraron en la amplia sala, un olor acre inundó sus fosas nasales. Frente a ellos, apareció un púlpito en el que yacía el cuerpo sin vida de David; tras dicho púlpito, una figura vestida con una túnica negra.
–¡Bienvenido! –exclamó el ser de la túnica negra; en una mano sostenía una daga antigua y en la otra un libro de oraciones y ritos satánicos, el cual tenía en su portada un grabado dorado de un ser alado y con unos cuernos enormes. Su cabeza estaba encapuchada y no se podía ver de quien se trataba.
El decorado de la sala se completaba con la estrella de cinco puntas, bordeada por un círculo, que había pintada en el suelo, justo en el centro de la sala.
El hombre encapuchado de detrás del púlpito, estaba custodiado por dos velas de pie y a derecha e izquierda, dos aparatos de tortura que sostenían los cuerpos de Ivonne y Nico: la primera tenía la cabeza gacha y el cuerpo tendía a caer hacia abajo. Cuando notó la presencia de sus amigos, intentó levantar la cabeza muy poco a poco debido al cansancio. Casi no podía abrir los ojos por lo dañados que los tenía por el largo llanto del que había sido protagonista. Así mismo, a pesar del cansancio, su cara reflejaba mucho terror; El segundo, yacía muerto. Su cabeza gacha y ladeada le daba un aspecto cómico y grotesco a la vez, pero la imagen que daba a sus admiradores, era atroz, espeluznante.
Estaban todos en fila india observando el horrible panorama que se extendía ante sus ojos. Virginia rompió la fila para dirigirse a paso ligero, hacia donde se encontraba Ivonne. Quería liberarla de tan horrible artilugio; quería que dejara de sufrir. Entonces recordó cómo se habían conocido: ambas estaban en el instituto. Cursaban primero de bachillerato; un día, un pequeño grupo de chicas intentaron molestar a Virginia, ya que ella, según las otras chicas era una niña pija. Ivonne, que pertenecía al grupo agresor, pero con más sentido común que sus compañeras, evitó la reyerta optando por salir a favor de Virginia. A partir de ese momento, fueron muy buenas amigas; salían siempre juntas, cambiaban sus prendas de vestir, estudiaban juntas y hasta se enamoraban de los mismos chicos, compitiendo entre ellas, pero sin nunca llegar a pelearse. Habían hecho muchas cosas juntas como para perderla. No, no iba a dejar que ese fantasma de mala muerte matara a su mejor amiga. Antes tendría que matarla a ella, y no tenía pensado morir tan joven; ni darle la satisfacción a ese tarado de quedarse con su alma; aún le quedaba mucho por hacer; mucho por vivir.
Logró llegar hasta Ivonne y cuando se dio cuenta, Tommy la estaba ayudando a desatarla. El hombre encapuchado interrumpió sus rezos y dijo algo en alemán, con la daga señalando a Virginia. De pronto, ella salió volando por los aires para detenerse contra una pared por la acción de una fuerza invisible y quedar colgada de dicha pared.
Tommy corrió a salvarla y sólo consiguió quedar atrapado en una jaula de un metro por un metro, que no se sabe de dónde salió. O al menos, él no la vio aparecer hasta que se vio metido en ella.
Mientras, Bianca y José estaban paralizados.
Cuando Bianca pudo reaccionar, se dirigió a aquel extraño hombre a toda prisa para intentar quitarle la daga mágica. Notó que tras de sí José le gritaba algo, pero no supo que era lo que decía. Sin darse cuenta y sin haber llegado a tocar el púlpito, salió despedida por los aires y quedó empotrada al lado de Virginia.
José hizo otro tanto y se acercó lo más que pudo al hombre, pero no pudo llegar hasta él, sino que fue interceptado por alguien o algo que le heló la sangre y lo volvió a dejar paralizado.
La sábana roja que cubría el cuerpo sin vida de David, se cayó al suelo dejando al descubierto el cuerpo desnudo del muchacho; pero ya no yacía recostado, sino que se estaba incorporando.
Un David increíblemente pálido y con unos ojos azules muy penetrantes, que ya habían dejado de ser marrones, se postró ante José; a quien se le antojó enorme. Un David que a los ojos de sus amigos era mucho más alto y musculoso. Por suerte, José también estaba en forma.
Una mano grande, cerrada en puño, le golpeó en la mandíbula haciéndolo rodar por los suelos debido al fuerte impacto. José aturdido, se llevó las manos a la mandíbula para sostenérsela por si acaso se le caía. Sin darse cuenta, se elevó por los aires y pudo descubrir que David lo sostenía en alto oprimiéndole el cuello. José le lanzó una ráfaga de puntapiés obligando a aquel monstruo a soltarlo, mejor dicho, a lanzarlo nuevamente por los suelo.
Rodó unos dos metros y luego se incorporó, mientras David ya estaba dirigiéndose hacia él para volver a castigarlo, pero esta vez José corrió hacia su agresor y cogiéndolo por la cintura como en la lucha canaria, lo levantó en peso y lo lanzó por encima del púlpito; haciéndolo caer por detrás. Para mayor sorpresa, Nico también cobró vida y soltándose de la máquina de tortura, se acercó hasta donde estaba José, este se retiró lo más lejos posible del otro.
Nico tenía los brazos en alto y las manos en forma de garras; la expresión de su cara era de pura rabia y sus ojos ya no eran marrones, sino grises como el acero. Miraba a José con mucha intensidad, como si tuviera grabado en su mente que tenía que ir a por él, a matarlo.
Bianca y Virginia se miraban, mientras Tommy soltaba improperios contra el conde sin mucho éxito, ya que éste estaba absorto en la lectura del libro de ritos satánicos, como los curas en la misa de los domingos.
Ivonne lloraba aterrada por la poca esperanza que tenía de salir de aquel infierno al ver que todos sus amigos también estaban atrapados y por sus labios sólo se le escapaba una palabra –¡Basta!–, la cual pronunciaba como si fuera la única palabra que se supiera del vocabulario español.
–Virginia, ¿no puedes hacer nada? –le gritó Bianca, que aún colgaba de la pared semejando a las cabezas de los ciervos que ganaban los cazadores como trofeo.
–No puedo concentrarme, estoy nerviosa –respondió la otra, que también perecía un trofeo.
–¡Concéntrate!... Tú sabes cómo hacerlo –la instó Bianca.
–Lo intentaré, pero hagámoslo juntas. ¿Vale? –dijo Virginia, hablando de trofeo a trofeo.
Y los dos trofeos se pusieron a concentrarse: Virginia ya experimentada, utilizó una de las técnicas aprendidas en su cursillo de relajación; Bianca simplemente, evocó una pared completamente blanca y se concentró en ella, evitando escuchar los sonidos y las voces procedentes de la sala.
Ambas habían alcanzado un punto alto de concentración, que las llevó a comunicarse telepáticamente. Mientras José volvía a ser ahogado por tercera vez consecutiva; esta vez, las manos en garra de su contrincante le daban la impresión de que eran de puro acero y al notarlas sobre su cuello, le trasmitían a todo su cuerpo una fuerte sensación de frío, ya que las manos de su agresor estaban heladas.
Nico lo había cogido por el cuello al igual que lo había hecho David con anterioridad y también Bianca en su momento, y lo apretaba fuertemente.
José lo estaba intentando todo: puntapiés, puñetazos, movimientos bruscos, cabezazos que no alcanzaba a dar, para conseguir soltarse y todo era inútil con aquella mole en la que se había convertido Nico.
Tommy ya no aguantaba más la situación en la que se encontraba su grupo; por un lado Virginia, Bianca e Ivonne colgadas de la pared; José agredido por dos tipos corpulentos que parecían porteros de discoteca con los rostros de sus dos amigos ya muertos; y por último él, allí enjaulado, se contorsionaba como podía en la jaula igual que un animal salvaje para intentar romperla, pero la jaula seguía completamente intacta, ni siquiera podía arañarla. Al cabo de un rato, la situación ya era extrema en la sala: a José ya casi no le quedaba una pizca de aire en los pulmones que poder respirar y debido a la presión a la que era sometido su cuello, no podía inhalar más oxígeno. Su cara volvió a transformarse en un pelota de playa morada, su boca estaba abierta y las órbitas de sus ojos distorsionadas y en blanco, dándole un aspecto cómico a la situación; Ivonne, que casi estaba al borde de la locura de tanto llorar y gritar, por no mencionar que se asemejaba a un loro repitiendo tanto –¡Basta!... ¡Basta!... ¡Basta!... –entre llanto y llanto; por su parte, Tommy dejó en paz a la jaula, que estaba intacta. Ya estaba cansado de tanto menearla y golpearla para no conseguir nada, ni siquiera un pequeño rasguño. Aunque él sí que recibió algunos rasguños debido al enorme esfuerzo que hizo en el intento de abrirla.
Las dos mujeres urdieron un plan, escogieron un objeto en el que concentrar toda su energía y se pusieron manos a la obra, o mejor dicho, mentes a la obra en aquella estancia donde por un momento reinaba el caos. Por fin la concentración hizo efecto y además hizo diana en el objetivo, ya que los candelabros de pie que custodiaban al conde, se movieron y tambalearon hasta caer sobre el hombre encapuchado, quien no notó la caída de los candelabros debido a lo absorto que estaba en la lectura de su libro.
Las velas cayeron al suelo y sobre la túnica del encapuchado incendiándola e incendiando también la sabana que anteriormente cubría el cuerpo torturado y sin vida de David. El fuego se extendió rápidamente hacia arriba prendiendo toda la túnica debido a la composición de la tela, que era de cera y algodón.
La criatura que vestía la túnica incendiada, comenzó a moverse alocadamente por la estancia intentando sofocar el fuego. Entre manotazos y movimientos de cadera que hacían al cuerpo contorsionarse, el hombre parecía un bailarín en un musical de Broadway.
Todos se lo quedaron mirando con notable asombro pero muy expectantes, aunque José tenía otras preocupaciones.
Como por arte de magia, el resto de la túnica cayó al suelo y con ella desapareció aquel que la ocupara, como si se lo hubiera tragado la tierra o evaporado como el alcohol al hervir. El asombro de todos llegó a su punto más alto quedando visiblemente plasmado en sus rostros; todos tenían la boca abierta y los ojos a punto de salírseles de las orbitas.
Y lo siguiente que ocurrió, fue muy rápido…