18.

Madame la Guillotine

Victor Amteim no murió asesinado mientras dormía. A decir verdad, cuando volvimos a verle (el domingo por la tarde en Tite Street con motivo de la velada benéfica de Oscar), estaba exultante de vida. Chisporroteaba de energía. Aunque teóricamente estaba allí sólo para tomar parte en el espectáculo en calidad de ayudante del ilusionista Alphonse Byrd, su porte y su actitud poco o nada tenían en común con la de un humilde empleado. Mientras que Byrd, vestido completamente de negro, se quedaba de pie en el extremo más apartado del abarrotado salón de la primera planta de los Wilde, custodiando en silencio su mesa de mago como un enterrador con su ataúd, Amteim, que también iba vestido de negro, se movía como pez en el agua entre la multitud, asintiendo con la cabeza aquí, sonriendo allí, como el hijo de la familia que saludaba a un puñado de parientes lejanos al pasar. Era un hombre que llamaba la atención por su imponente altura y atractivo físico. Era memorable por su cabeza afeitada, sus cálidos ojos azules y su curiosa y rasposa voz.

—Es realmente atractivo —apuntó Willie Hornung, de pie junto a la chimenea, sirviéndose una copa de ponche de frutas mientras observaba la escena.

—Es una extraña mezcla —dije—. No llego a comprenderle. Tiene la corpulencia de un boxeador…

—Y los modales de un donjuán —añadió Conan Doyle, rascándose el bigote con la boca de la pipa—. Yo no le perdería de vista.

—Ninguno de nosotros lo hará —dijo Walter Sickert con una sonrisa maliciosa—. Es la atracción estelar de la tarde.

—Hoy no —intervine—. Quizá mañana en el Circo Astley, donde celebrará su combate de gala para dar buena muestra de los méritos de las Reglas de Queensberry. Pero creo que hoy su presencia quedará un poco más deslucida. Es el ayudante del mago.

—En cualquier caso, será en él en quien estén fijas todas las miradas —dijo Sickert, sirviéndose un segundo helado del aparador—. Soy un gran conoisseur de los teatros de revista. Amteim tiene lo que se necesita.

Conan Doyle saludó el comentario con un sorbido y se elevó del suelo sobre las puntas de los pies durante un instante.

—¿Eso cree? Lo dudo.

—Yo no —respondió Sickert—. Por algo estamos aquí hablando de él. Hay en su presencia algo que atrapa nuestra atención.

—Sí —refunfuñó Doyle—. Su chulería.

Willie Hornung se rió y se subió el pince-nez sobre la nariz para observar mejor a Amteim.

Sickert agitó su cucharilla de postre en el aire.

—Le he visto pelear… sólo en una ocasión. Y he podido hablar con él… solamente una vez, cuando me senté a su lado durante la cena el domingo pasado. Aunque apenas le conozco, ha dejado en mí una profunda impresión. ¿Por qué? Pues porque, a su manera, es un artista… tanto en el cuadrilátero como fuera de él.

—No me parece un artista muy sutil, ¿no cree? —dije. Mientras yo hablaba, Amteim recibía los saludos de nuestra anfitriona. Se llevó a los labios la mano de Constance como si fueran viejos amigos.

—Recuerda siempre la regla de oro de Whistler, Robert: «En el arte, nada importa mientras seas descarado».

Si bien es cierto que Victor Amteim fue esa tarde la atracción estelar de la velada, también lo es que tuvo una dura competencia. Para empezar, tuvo que competir con los pequeños Wilde. Oscar y Constance habían engalanado a sus hijos para la ocasión. Llevaban unos trajes de terciopelo de color naranja y verde, con camisas de volantes y zapatos de hebilla. Cyril iba disfrazado del Pequeño Lord Fauntleroy y Vyvyan, su hermano menor, a causa de su pelo rizado, representaba al chiquillo que aparece en Bubbles, el famoso cuadro de John Millais. Los propios niños, como bien se encargaban de explicar a todo aquel que se detenía a admirarles y a acariciarles, habrían sin duda preferido haber acudido vestidos con sus idénticos trajes de marinero (confeccionados con auténtica tela naval, con cabos coronados por verdaderos cuchillos), «pero esto es lo que papá quería, y es la fiesta de papá».

En cuanto a su propio vestuario, «papá» sin duda había tomado buena nota de la regla de oro de Whistler. El color de la chaqueta y de los pantalones de Oscar era azul ultramarino; el chaleco era de brocado de oro; la corbata, carmesí; en el ojal lucía una copa de rey encajada en un pequeño abanico de hojas de palomilla de muro. Según explicó, el «tout ensemble» estaba inspirado por los gemelos que llevaba para la ocasión: «Un maravilloso regalo de Wat Sickert… Son una exquisitez, ¿no te parece? Se niega a decirme dónde los encontró… Todos tenemos nuestros secretos».

Los gemelos eran de esmalte, exquisitos y extraordinarios. Representaban una casi perfecta reproducción en miniatura de La Virgen de las Rocas de Leonardo da Vinci. Como explicó Oscar con los ojos velados por las lágrimas, el color de su chaqueta iba a juego con el del manto de la Virgen; el chaleco estaba inspirado en los ropajes del pequeño Cristo; la corbata era del mismo tono que la túnica del ángel Uriel, y la solapa incluía plantas que habían sido incluidas en el cuadro: «La copa de rey simboliza el Espíritu Santo, y la palomilla de muro representa la constancia».

Conan Doyle chupó con fuerza su pipa cuando Oscar le acercó el puño de la camisa para que el doctor lo inspeccionara con detenimiento.

—No estoy seguro de poder expresarle mi aprobación, Oscar —gruñó.

—¿Por qué?

—No sé si sabría decírselo —masculló Doyle—. Es sólo que no me parece adecuado, eso es todo.

—¿Cuándo empieza la magia, papá? —El Pequeño Lord Fauntleroy tiraba de la manga de su padre.

—¡Ahora! —dijo Oscar—. ¡En este preciso instante! —Y reunió a sus dos hijos y se los llevó al extremo de la habitación donde Alphonse Byrd y Victor Amteim esperaban para empezar con la actuación—. El público —seríamos un total de treinta personas— encontró sillas o taburetes donde sentarse, apoyándose contra la repisa de la chimenea o contra el piano. Constance tomó asiento en un sofá situado junto a los dos artistas, en compañía de su amiga Margaret Brooke y de la señora Robinson, la clarividente, sentadas una a cada lado de ella, y Charles Brooke y Edward Heron-Allen se sentaron en los brazos del sofá. La señorita Bradley y la señorita Cooper, que habían aparecido vestidas con inmaculados trajes de noche de caballero, se habían sentado con las piernas cruzadas en el suelo delante de la multitud, con Bosie, lord Drumlanrig, Vyvyan y Cyril a su lado. En el último momento, justo cuando el reloj del vestíbulo dio las cinco, Arthur, el mayordomo, la señora Ryan, la cocinera, y Gertrude Simmonds, la institutriz de los dos pequeños, asomaron por la puerta para ver el espectáculo.

Por fin, los invitados terminaron de acomodarse y Oscar habló. Lo hizo con voz queda (de hecho, casi tuvimos que aguzar el oído para oírle) y en sus ojos seguían brillando los restos de las lágrimas.

—Había una vez —empezó— un imán… y en su vecindario más próximo había también pequeñas limaduras de acero.

—¡Va a contarnos un cuento! —exclamó Cyril.

—¡Silencio! —dijo Constance, llevándose el dedo índice a los labios.

Oscar elevó un poco la voz.

—Un día, dos o tres de las pequeñas limaduras sintieron un repentino deseo de ir a visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que podría resultar la visita. Otras limaduras próximas a ellas oyeron la conversación y también se sintieron contagiadas por el mismo deseo. Y otras más se unieron a ellas hasta que por fin todas las limaduras empezaron a discutir la cuestión, de modo que el vago deseo que en un principio las había asaltado se convirtió en impulso. «¿Y por qué no vamos hoy?», dijeron algunas. Pero otras opinaban que lo mejor era esperar al día siguiente… Mientras tanto, sin que las limaduras se hubieran dado cuenta, se habían ido acercando involuntariamente al imán, que seguía inmóvil, aparentemente ajeno a ellas.

Oscar sacó de su bolsillo la pitillera de plata.

—Y así siguieron —prosiguió, recorriendo la estancia con la mirada mientras hablaba— acercándose insensatamente cada vez más a su vecino… Y, cuanto más hablaban, más sentían aumentar en su interior el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, independientemente de lo que decidiera el resto. Algunas llegaron incluso a decir que era su deber visitar al imán y que tendrían que haberlo hecho hacía tiempo. Y, mientras hablaban, fueron acercándose más y más, sin darse cuenta de que se movían. Por fin, fueron las impacientes las que se salieron con la suya y, presas de un irresistible impulso, todas al completo exclamaron: «No tiene sentido esperar más. Iremos hoy. Ahora. Inmediatamente». Y entonces empezaron a avanzar en una masa unánime, y al instante siguiente estuvieron enganchadas a cada lado del imán. Entonces el imán sonrió…, pues las limaduras de acero no tenían la menor duda de que estaban haciendo esa visita movidas por su propia voluntad.

Oscar hizo una pausa y miró a su alrededor. Luego sonrió y encendió el cigarrillo.

—¡Bravo, papá! —exclamó el Pequeño Lord Fauntleroy, rompiendo a aplaudir.

Conan Doyle se inclinó hacia Wat Sickert sin dejar de chupar su pipa y murmuró:

—¿Quién había dicho usted que era la «atracción estelar»?

Oscar saludó con una breve inclinación de cabeza y luego volvió a levantarla, dio una lenta calada a su cigarrillo y, entre una nube de humo de color gris claro que ni siquiera se molestó en despejar, prosiguió:

—Lo que les ha congregado hoy aquí, damas y caballeros, es su generosa voluntad. Juntos, esta tarde, hemos recaudado más de treinta libras en beneficio del Earl’s Court Boys Club. Gracias a ustedes, estos chiquillos —toscos muchachos, muchachos de clase obrera, pilludos de la calle algunos de ellos— podrán adquirir disciplina, buena forma física y destreza aprendiendo a boxear en un cuadrilátero de boxeo adecuado, con auténticos guantes de boxeo ¡y fieles a las Reglas de Queensberry! —Esta vez fueron Drumlanrig y Conan Doyle los primeros en aplaudir.

—Disciplina, buen estado de forma y destreza… —repitió Oscar, dejando a la vista sus dientes y una sonrisa maliciosa—. Sin duda es eso lo que se necesita en Earl’s Court. Ni que decir tiene que aquí, en Chelsea, nos inclinamos más hacia la indulgencia, la indolencia y la holgazanería.

—¡Qué malvado es usted, Oscar! —siseó la señorita Cooper.

—Por eso le queremos —murmuró lord Alfred Douglas a su lado.

Oscar se acercó a la repisa de la chimenea.

—En breve se servirá champán helado y caviar ruso —anunció—. Pero antes… —tendió el brazo hacia la arena que acababa de abandonar— ¡el espectáculo!

—¡Sí! ¡Sí! —chillaron Cyril y Vyvyan al unísono.

—Damas y caballeros, den la bienvenida a Alphonse Byrd, maestro de la magia y príncipe de la ilusión que esta tarde nos visita y que ha sido la reciente atracción del Victoria Music Hall, de Solihull, en su día héroe del circuito por las West Midlands y actualmente el niño mimado de la despensa del Hotel Cadogan, junto con su capaz ayudante, el David y Goliat del Circo Astley, ¡el señor Victor Amteim!

Oscar levantó las manos sobre su cabeza y aplaudió con fuerza al tiempo que Byrd apareció en solitario desde un rincón del salón y saludó con una reverencia. Era un hombre flaco, pálido y desconcertantemente solemne para tratarse de un artista. Cuando saludó, lo hizo con una gran reverencia, dejando que el brazo le colgara hacia delante de modo que sus dedos casi tocaron el suelo. Tenía la coronilla calva y salpicada de manchas, y el poco pelo que aún conservaba era blanco y ralo. Se quedó inclinado hacia delante, manteniendo la reverencia más tiempo del que resultaba cómodo, y luego, de pronto, cuando el aplauso remitió, se incorporó abruptamente, extendió los brazos cuan largos eran y en ese momento ¡dos enormes ramos de flores de papel de brillantes colores aparecieron en cada una de sus manos! Mientras conteníamos el aliento, nos reíamos y estallábamos en vítores, Byrd dio un paso hacia Constance y con suma delicadeza depositó los dos ramos sobre sus rodillas, como lo habría hecho un doliente que hubiera acudido a depositar un par de tributos florales sobre una tumba.

La actuación duró media hora. Su destreza era cuando menos considerable. Sin esfuerzo aparente, y desprovisto de cualquier sombra de emoción, con apenas un comentario y la ayuda mínima de Amteim, hizo desaparecer cartas y sombreros de copa. Sacó un violín de una caja de cartón vacía que había agujereado repetidamente con un estoque. Transformó naranjas en limones, limones en bolas de billar y un paraguas plegado en una bandera del Reino Unido. Oscar disfrutó especialmente cuando convirtió una jarra de agua en una garrafa de vino.

—Ha sido desde siempre mi truco favorito —murmuró.

El clímax del espectáculo no incluía el encantamiento de serpientes ni la deglución de fuego, como yo había esperado. Constance había vetado ambos números, que fueron reemplazados por una celebración que Oscar describió jubiloso como «los peores excesos de la Revolución Francesa».

—Finalmente —anunció Alphonse Byrd—, ¿o quizá debería decir «finalement»?, (ése fue el único guiño humorístico de toda su presentación), permítanme presentarles a Madame La Guillotine. Hoy es su cumpleaños. Felicitémosla.

Mientras Byrd hablaba, Amteim se adelantó cargando con un objeto alto y pesado, envuelto en una sábana de seda negra. Tendría una altura de dos metros aproximadamente y una anchura de poco más de medio metro, un poco más pequeña que un espejo de cuerpo entero. Con una floritura, retiró la sábana y dejó a la vista lo que parecía ser la réplica exacta de una guillotina. Los dos pequeños Wilde chillaron encantados. La señorita Bradley y la señorita Cooper dejaron escapar sendas risillas. El resto de las damas congregadas en el salón contuvieron el aliento.

—Este instrumento de ejecución —dijo Byrd, sin inmutarse— se utilizó por primera vez en las calles de París, en la plaza de la Grève, para ser precisos, esta semana hace cien años. Nuestro modelo es más pequeño que el original francés, pero es muy sólido. Las vigas son de pino galés; la cuchilla, de acero de Sheffield, y el tocón, de roble inglés. Y funciona a la perfección… ¡Vean!

De una cesta colocada bajo la mesa de mago, Amteim cogió una col enorme y la sostuvo en alto sobre las yemas de los dedos para que todos pudiéramos verla. Hizo entrega de la col a Byrd, que la tomó a su vez y, tras calcular su peso la colocó sobre el tocón de ejecución, bajando sobre ella una barra de madera con forma de yunque de buey para asegurar su colocación. Luego, no sin cierta ceremonia, el mago desató la fina cuerda que sujetaba la cuchilla en lo alto de la guillotina. Mantuvo tensa la cuerda para impedir que la cuchilla se moviera.

—Observen —susurró con suavidad, cerrando los ojos y apartando la mirada de la escena. Se detuvo. Inspiró hondo y contuvo el aire en los pulmones—. ¡Ahora! —gritó con una repentina y aterradora vehemencia, soltando la cuerda y dejando caer la cuchilla, que se deslizó al instante (afilada, veloz y silenciosa) y aterrizó con un pequeño chasquido sobre el tocón de roble. La col cayó al suelo, limpiamente cortada en dos.

El salón estaba en silencio. Alphonse Byrd abrió los ojos y lo que vio provocó en él una más que evidente satisfacción. Amteim se agachó y recuperó las dos mitades de la col. Las sostuvo por separado en sus manos y saludó con una inclinación de cabeza.

Por primera vez en el curso de la tarde, Alphonse Byrd sonrió.

—Gracias —dijo—. Su atención es para mí más valiosa que su anterior aplauso —añadió, mirando el aparato que tenía a su lado—. Nuestra guillotina parece estar en perfecto funcionamiento —prosiguió—. Ha llegado el momento de ponerla a prueba como es de rigor. Hace cien años, en el París de la primavera de 1792, un caballero llamado Nicolas Jacques Pelletier fue el primer hombre que perdió la cabeza bajo la cuchilla de Madame La Guillotine. Hoy, cien años después, a finales de la primavera de 1892, en la ciudad de Londres, ¿contamos quizá con algún voluntario que sea lo suficientemente valiente como para seguir sus pasos?

—¡Sí! —chilló el Pequeño Lord Fauntleroy, levantándose de un brinco y agitando la mano en el aire.

—No…, ¡por favor! —jadeó Constance Wilde, tendiendo su brazo hacia el pequeño. Las señoritas Bradley y Cooper tiraron juntas del niño hasta que volvió a estar sentado en el suelo.

—¿Por qué no? —preguntó furioso el pequeño—. ¿Por qué no?

—La señora Wilde tiene razón —dijo Byrd—. Este no es un juego para niños.

—¡Cumpliré once años el cinco de junio! —chilló Cyril.

—Aun así —dijo Byrd solemnemente—. Creo que para esta misión se requieren los servicios de un caballero ligeramente mayor. —Recorrió la estancia con ojos como dardos—. ¿A quién le gustaría colocar la cabeza sobre el tocón?

Willie Hornung se movió junto a la chimenea. Levantó el brazo y dijo amigablemente:

—Yo podría intentarlo.

Conan Doyle retuvo a su joven amigo a su lado con una rápida mano sobre su hombro. Nadie más se movió.

Byrd se volvió despacio hacia Amteim.

—Muy bien —dijo—. En ese caso, deberé pedirle a mi asistente que haga honor a su cargo. —El boxeador sonrió y empezó a quitarse la chaqueta. Byrd se volvió de nuevo hacia la guillotina, alzó la cuchilla y volvió a asegurarla en su punto de partida. Sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y limpió con él los restos de col del filo. Luego levantó el tablón de madera que había sujetado la col e invitó a Amteim, que para entonces se había quitado ya la corbata, el cuello y los cierres de la camisa, a que colocara la cabeza sobre el tocón.

El boxeador, que no había dejado de sonreír en ningún momento, se arrodilló tras la guillotina. Con sus enormes manos morenas se agarró a cada uno de los extremos del tocón, se inclinó hacia delante y colocó la cabeza en el lugar indicado. Levantó entonces el rostro y estudió al público durante un instante. Byrd aseguró la madera superior alrededor de su cuello para inmovilizarlo.

—¿Les parece éste un espectáculo adecuado para una fiesta infantil? —preguntó Conan Doyle desde la posición que ocupaba junto a la chimenea.

—¡Sí! —chilló Cyril Wilde, aplaudiendo encantado. Vyvyan se había acercado a gatas por encima de la señorita Cooper y se había tumbado sobre las rodillas de su madre.

—Ya casi estamos —dijo Byrd—. Dentro de un instante, nuestras celebraciones tocarán a su fin. La decapitación propiamente dicha no lleva más que un tercio de segundo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Bosie con una risilla.

Alphonse Byrd miró a Victor Amteim.

—¿Preparado, señor? —preguntó—. ¿Preparado para lo que está a punto de suceder?

—Preparado —respondió su ayudante con voz áspera y ronca.

—¿Desea que le vende los ojos?

—No.

—Muy bien —dijo Byrd con voz queda—. El momento de la ejecución ha llegado.

Se volvió hacia la guillotina y con un gesto solemne desató la cuerda, que mantuvo en tensión con una mano. Acercó la otra a la cuchilla y con suavidad pasó el dedo índice por el filo. Se estremeció y de pronto contuvo el aliento antes de mostrar el dedo a la habitación. Un diminuto pinchazo de sangre violeta burbujeó hasta convertirse en una gota. Byrd se llevó el dedo a la boca y lo mantuvo allí. Luego, como ya lo había hecho anteriormente, cerró los ojos y apartó la cabeza.

—Observen —susurró con voz queda—. Miren atentamente.

Amteim bajó la cabeza. Ya no podíamos verle los ojos, pero en el vértice de su cráneo, en el interior de una mella superficial, claramente visible, palpitaba firmemente un pulso. Byrd se quedó quieto. Esperamos. No se oía nada, salvo a Oscar dando una calada a su cigarrillo.

—¡Ahora! —chilló Byrd con una vehemencia aún mayor que antes. Soltó la cuerda y la cuchilla cayó, precipitándose contra el tocón de roble en apenas un instante.

De cada uno de los rincones de la estancia se elevaron chillidos de alarma y de incredulidad.

—¿Qué ha ocurrido, Oscar? —siseó Sickert.

—¿Está muerto? —preguntó Cyril Wilde, expectante.

—¡No es más que un juego! —exclamó Oscar.

—¡Naturalmente! —gritó Byrd, sonriendo por segunda vez.

Al parecer, la cuchilla había atravesado el cuerpo de Amteim, se la podía ver claramente a ambos lados de su cuello, pero el boxeador no estaba muerto. Despacio, levantó la cabeza y abrió los ojos como platos. Sonrió y, con su voz rasposa, declaró:

—Parece que he sobrevivido.

Cuando el boxeador habló, Byrd se puso manos a la obra: alzó rápidamente la cuchilla, levantó la barra de madera y liberó a su asistente de la guillotina. Amteim se puso en pie al acto, rodeó el letal aparato y ocupó de inmediato su lugar junto a Byrd. Juntos saludaron con una reverencia. De pronto, el salón del número 16 de Tite Street se llenó de risas y de aplausos.

—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó Cyril, corriendo hacia los dos hombres, boquiabierto de admiración.

—Enhorabuena, caballeros —dijeron la señorita Bradley y la señorita Cooper, poniéndose en pie.

Constance llamó al mayordomo.

—Arthur, es hora de servir el champán.

—Creo que lo necesitamos —dijo Edward Heron-Allen.

—¡Creo que nos lo merecemos! —exclamó Margaret Brooke—. Tengo los nervios destrozados.

Su marido se secó su amplio rostro enrojecido con el pañuelo y se rió entre dientes:

—No estoy seguro de si mi caritativa donación debe aumentar o menguar después de haber visto esto.

La señora Ryan y Gertrude Simmonds cruzaban ya el salón con bandejas cargadas de cortos barquillos moldeados como diminutos botes de remos y rellenos de una cucharadita de caviar.

Oscar se adelantó y estrechó afectuosamente la mano de los dos artistas.

—Señores Byrd y Amteim —dijo—. Gracias. Dudo que el propio señor Irving hubiera deleitado con mayor brillantez este salón.

—¿Cómo lo han hecho, papá? —preguntó Cyril, tirando de la levita de la chaqueta azul marino de su padre.

—No debemos permitir que se haga la luz en la magia —respondió su padre.

—¿Por qué no, papá?

—Porque un secreto hermoso se vuelve banal cuando se revela.

En absoluto convencido, el pequeño se puso a examinar la guillotina mientras Byrd y Amteim empezaban a desmantelarla.

—Mira, papá —chilló, excitado—, el dedo del mago sigue sangrando.

—Sólo un poco —dijo Byrd, envolviéndoselo con un pañuelo.

—El señor Byrd corre sus riesgos por su arte —explicó Oscar—. Todo artista debe hacerlo. —Sonrió a Amteim, que en ese instante envolvía la cuchilla de la guillotina con un tapete—. Me alivia sobremanera que haya sobrevivido usted a su propia ejecución, señor.

El boxeador se rió y lo miró fijamente a los ojos.

—Y si sobrevivo hasta mañana a mediodía, señor Wilde, creo que podremos considerar cerrado el caso.

—¿Puedo quedarme con la col? —preguntó Cyril, cogiendo una de las dos mitades y llevándosela al pecho.

—Naturalmente —dijo Amteim—, siempre que tu padre lo permita.

Oscar suspiró.

—Intento dar ejemplo. Llevo una copa de rey en el ojal inspirada en La Virgen de las Rocas de Leonardo y mi hijo anhela media col recuperada de la guillotina… ¿Qué puedo hacer?

—¿Eso es que sí, papá? —preguntó el pequeño. Y, dando por hecho que así era, y sin esperar una respuesta, corrió a reunirse con su madre para mostrarle su trofeo.

El mayordomo apareció junto a Oscar con una bandeja de champán.

—¿Una copa, caballeros? Se la han ganado.

Amteim a punto estuvo de aceptar, pero Alphonse Byrd le detuvo.

—Creo que no, señor Wilde. Éste no es exactamente lugar para nosotros, ¿no le parece? Recogeremos nuestras cosas y nos iremos.

—Como quiera —respondió Oscar.

Despidió al mayordomo con un movimiento de cabeza acompañado de una sonrisa y juntó las yemas de los dedos en un silencioso salaam. Luego se volvió hacia Byrd y Amteim.

—Estoy en deuda con ustedes, caballeros. Pasaré mañana por el Cadogan y pondremos solución a eso.

Los artistas siguieron recogiendo su parafernalia mientras Oscar se disponía a moverse por el salón. Me encontró cerca, junto al piano, zampando caviar y dejando que la señora Robinson «me leyera» la mano.

—¿Ve también algún asesinato en la palma de Robert, señora Robinson? —preguntó burlón.

Ella, que estaba sentada en el taburete del piano, inclinó la cabeza a un lado y alzó los ojos hacia él.

—No, señor Wilde —respondió con firmeza—. Cada uno de nosotros es único y cada mano distinta. En la del señor Sherard no veo ninguna muerte repentina ni tampoco ningún asesinato…, ¡sino numerosos matrimonios!

—Estoy a la espera de divorciarme, señora Robinson —dije con voz queda.

—Eso es algo que ha de llegar —respondió la señora con ánimo conciliador—. Pero volverá a casarse… dos veces.

—¡No puedo creerlo! —exclamé.

—Quizá no quiera creerlo —dijo—, pero está claramente escrito. Mire… —Mantuvo mi palma abierta—. Su línea de la vida es larga y firme… desde aquí hasta aquí… y, cortándola, como puede ver, tiene diminutos racimos de líneas paralelas que son como puentes. Cada uno de esos puentes representa un matrimonio. Y hay tres a lo largo de su línea de la vida… —Alzó la mirada y me sonrió. Luego se volvió hacia Oscar, le tomó la mano derecha, la volvió boca arriba y la puso junto a la mía—. Veamos: cuando observamos la línea de la vida del señor Wilde, ¿qué vemos? Es más profunda que la suya, y más ancha… Los ríos fluyen más deprisa, las corrientes son más profundas y más poderosas…

—¿Y cuántos puentes cruzan mi vida? —preguntó Oscar, inclinándose más hacia delante para verse la mano.

—Sólo uno —fue la respuesta de la señora Robinson—. Éste. —Vi entonces las diminutas líneas paralelas que había mencionado.

—¿Y dónde está esa «muerte repentina» que vio en mi desgraciada mano?

—Aquí —dijo la señora Robinson, posando la afilada uña de su dedo en una concentrada confusión de diminutas líneas que resultaban sin duda evidentes en la palma de Oscar… y que desde luego no aparecían en la mía—. Su mano es el mapa de su vida, señor Wilde —explicó la adivina, pasando suavemente los dedos por la palma de mi amigo—. Al mirar su mano veo desplegarse un paisaje ante mis ojos, con sus colinas, sus valles, sus densos bosques y sus campos abiertos, y entre ellos veo también correr las aguas del río principal: su línea de la vida, con sus múltiples afluentes (ríos más pequeños, arroyos, riachuelos, torrentes y barrancos, cada uno de los cuales representa una corriente distinta de su vida). Donde este arroyo linda con este campo, señor Wilde, yo veo un remolino… y me preocupa.

—«Donde este arroyo linda con este campo…» —repitió Oscar—. ¿Elige usted sus palabras a conciencia, señora?

—Eso espero —respondió ella—, aunque trabajo más con imágenes que con palabras. Las líneas de su mano dibujan formas. Veo el paisaje de su vida, pero también veo imágenes de muchas criaturas de Dios ocultas en él. Y cada una de las imágenes cuenta su historia. Mire la base del dedo anular del señor Sherard. ¿Qué ve?

Observé atentamente mi mano.

—¿Un triángulo? —sugerí.

—Sí —dijo ella.

—¿Y un segundo triángulo dispuesto encima? —me aventuré a decir.

—Yo veo una estrella de mar, señor Sherard —declaró ella.

—¿Y qué significa una estrella de mar?

—Normalmente una isla.

—Vaya —dije—. Me crié en la isla de Guernsey…

—Sí —se burló Oscar—, y yo me crié en la isla de Irlanda, pero no veo ninguna estrella de mar en la base de mi dedo anular.

—No —intervino la señora Robinson, acercándose a los ojos la palma de Oscar—, y sin embargo sí tiene dibujada una criatura…, un pájaro. —Me mostró la mano de mi amigo—. Es claro como la luz del día, ¿no le parece?

—¿Un pájaro? —exclamó él—. ¿Un pájaro, dice usted? ¿Será una cotorra?

La señora Robinson se rió y empujó la mano de Oscar hacia él.

—No sea absurdo, señor Wilde. No se parece en nada a una cotorra. Mire las largas patas y el pico alargado… ¿Una garza real, quizá?

Alphonse Byrd y Victor Amteim pasaron junto a nosotros cargados con el material que habían utilizado para su espectáculo. Edward Heron-Allen les seguía con Cyril sentado sobre sus hombros. El Pequeño Lord Fauntleroy llevaba la col pegada al pecho.

—Nos vamos ya, señor Wilde —dijo Byrd—. Al parecer nos ha pedido un coche. Le estamos sumamente agradecidos.

—Disculpe, mi querida señora —dijo Oscar, retirando la mano que sostenía la de la señora Robinson—. Debo acompañar a estos caballeros a su carruaje.

Les seguimos al vestíbulo donde encontramos a Constance charlando con Conan Doyle y con el joven Willie Hornung.

—Gracias por una velada tan maravillosa, caballeros —dijo la señora Wilde.

Alphonse Byrd se limitó a asentir con su calavérica cabeza y dijo:

—Buenas tardes, señora.

Victor Amteim, en cambio, dejó sus bultos en el suelo y se preparó para estrechar la mano de su anfitriona. Al hacerlo, justo cuando se inclinaba hacia Constance, se llevó la mano al pecho en un gesto desesperado, le dio la espalda y cayó de cabeza por las escaleras.

Nos quedamos paralizados. Cyril, que seguía sobre los hombros de Heron-Allen, soltó un chillido alarmado y también la col que sostenía en las manos y que cayó escaleras abajo tras los pasos de Amteim. Cuando la col llegó al pie de la escalera y siguió rodando hacia el cuerpo del boxeador, Oscar se asomó a la barandilla, se echó a reír y empezó a aplaudir antes de volverse hacia su hijo.

—No te preocupes, hijo mío —dijo—. Es sólo un juego.