Sexta magia
La barca, el mar, el cielo y un montón de cosas salidas de unas
tripas sucias
Por entonces te parecía que los llanos de debajo de casa, las playas y, sobre todo, el mar estaban muy lejos, aunque en realidad no era así. El mar se adentraba en la costa rocosa haciendo una pequeña curva desde la Punta, más al sur, donde estaban el muelle y el puesto de vigilancia de la pesca, hasta los farallones del este. La llamábamos Playa del Sol y sirvió de campo de juego hasta que el viento y las tormentas se llevaron la arena fina y no quedó más que un montón de tierra muerta. En general, las casas del barrio estaban dispersas, pero por encima de la playa varias se agrupaban transformándose en una aldehuela que llamábamos «el centro».
Casi en medio de la curva, que se llamaba La Cala y se adentraba un poco en la orilla, el mar era poco profundo y por eso prácticamente se vaciaba del todo en bajamar. La arena de aquel lugar era de un blanco amarillento y de ella sobresalían unas rocas planas. Cuando bajaba la marea se filtraba agua dulce desde unos manantiales que al parecer había en la playa, y eso te hacía pensar que bajo tierra se ocultaba alguna clase de vida que intentaba salir disfrazada de agua y que, igual que todo lo demás, deseaba llegar al mar para unirse a su infinitud. Daba un poco de miedo mirar aquella vida que manaba, de una frialdad que helaba, y te entretenías pensando que los manantiales albergaban una infinitud diferente a la del mar. A pesar del miedo, con frecuencia era imposible reprimir el impulso de meter un pie en las charcas un poquito, para sentir la corriente que pasaba entre los dedos con un cosquilleo.
Aquella corriente era, en mi imaginación, el río de vida de la muerte; y cuando me hacía cosquillas sentía miedo de que aquella gélida boca de la tierra me mordiera el pie y una fuerza oculta con forma de animal saliera velocísima y me arrastrara con ella hacia las profundidades.
Yo pensaba que La Cala no era igual de bonita en todas partes, ni tenía en todos sitios el mismo hechizo. En un lugar era, por decirlo con suavidad, muy fea y triste, pero te atraía precisamente por su fealdad, sobre todo un recodo, con suelo de roca y muchas charcas poco profundas y de diferente tamaño, que estaba cerca de las casas. No sé por qué La Cala era atrayente pero no bella. Mi sentido de la belleza y de los efectos de la magia no armonizaban uno con otro, y es posible que el lugar me pareciera feo sobre todo porque era difícil caminar por él a causa de la rugosidad de la lava amontonada en la orilla. Por esa razón, sospechaba que todo debía de estar intentando dirigirse hacia el mar, no sólo la vista y los propios deseos, sino también el río de vida que habitaba bajo tierra. Pero qué maravilla contemplar los prietos pliegues en el borde superior de la elevada orilla. Eran como los que se producen al pasar la pala de la cuchara por unas gachas de avena a medio enfriar, o cuando se las dejaba chorrear sobre el plato desde la cacerola. En algunos sitios parecía que el mar había conseguido meterse debajo de las capas de roca de distintos grosores, y la rompiente había ido descortezando las más altas de modo que se podía ver la capa de más abajo e incluso otra más, exactamente iguales. Quizá las capas de la orilla eran infinitas y atravesaban toda la tierra.
Con todo esto se habían formado en varios sitios de la playa unas pequeñas charcas, lo bastante grandes y templadas en verano como para quitarse los calcetines y meter los pies. Al sol, el mar olía a algas, a fuco en putrefacción y a pausados caracoles, mientras las moscas corrían por la superficie con las alas extendidas, dejándose arrastrar por la brisa para esquiar sobre sus patas. Todo esto hacía aquel recodo atrayente a mis ojos, pero no bastaba para que lo considerase bello, tal vez porque cuando era niño no veía nada en común entre él y yo. No me lo pareció hasta mucho después, cuando uno se da cuenta de que los senderos de la niñez se han convertido en una especie de camino personal por la vida. Un cierto sentido de belleza, aunque inmaduro, es ya perceptible en los sentimientos que despiertan cuando la apariencia o el contenido de alguna cosa producen la sensación de que uno mismo es así también en cierta manera, aunque eso no sucede con la belleza que no se parece a nada. «Tengo la sensación de que dentro de mí mismo hay algo como esto», piensa la gente cuando cree ver algo bello en las cosas. Pero el sentido de la belleza ya maduro busca por todas partes y sale de uno mismo para irse hacia lo abstracto: las ideas que están más allá de la materia.
Una persona poco madura (y muy en especial los niños) se ve fascinada por la belleza que apela a los sentimientos y que cree surgida de lo que es bueno y, por eso mismo, bello, pues ambas cosas deberían ir unidas y ser los eslabones principales de su carácter, y piensa: «Yo he de ser el punto de comparación de todas las cosas». De manera que se baña en la satisfacción de sí mismo para quitarse de encima la sensiblería, como en una charca. Eso es lo que siempre he intentado evitar.
Una vez, durante la temporada de matanza, en otoño, caminaba dificultosamente en dirección a aquel lugar, acarreando unas entrañas de cordero en unas angarillas para pescado en compañía de la última esposa de mi abuelo. Íbamos a lavar las tripas en la mayor de las charcas. Aquello era poco después de los días del Rodeo en que se recogen las ovejas tras el verano, y mamá me había hecho sustituirla porque ella ya había salido de cuentas.
A principios de otoño, finales de septiembre y comienzos de octubre, solía ser siempre difícil hacerse una idea del tiempo que podía hacer, porque un mismo día podía empezar con frío y luego caldearse. Así sucedía en esa ocasión, a ratos se veía el sol o un rayito se deslizaba por el suelo, y luego el cielo se encapotaba. Yo estaba a punto de desfallecer de cansancio por el esfuerzo y se me aflojaban las piernas; trataba de pensar en otras cosas y miraba las hinchadas tripas azuladas de las angarillas. Una columna de un cálido y misterioso olor acre se elevaba desde las infladas asaduras y se mezclaba con el aroma que aún manaba en oleadas desde el mar moribundo. Las tripas no eran muy diferentes al basalto azotado por el mar, y parecían tan pesadas como los guijarros de la playa, aunque más blandas. Se bamboleaban despacio de un modo extraño, que dependía de cuánto se sacudían las angarillas a cada uno de mis torpes pasos. La mujer había querido ir delante, y yo tenía que caminar justo detrás de ella. Así podía vigilar absorto los movimientos de las tripas y pensar en la hierba a medio digerir que muy pronto saldría de ellas, en cuanto cortáramos la membrana.
«¿Cómo serán por dentro?», pensaba, con la cabeza en otra cosa a pesar de que tenía que andar con cuidado para no caerme sobre el suelo pedregoso.
Las asas eran demasiado gruesas para empuñarlas bien. La distancia entre ellas era también demasiado grande para mí. Sin embargo, superamos sanos y salvos los resbaladizos guijarros de basalto de lo más alto de la cresta y descendimos, con mucho esfuerzo y mucho refunfuñar, por las piedras y la arena suelta hasta la playa, hasta detenernos al lado de la charca más grande. Dejamos las andas en el suelo con mucho cuidado, para descansar; luego nos arrodillamos y volcamos las tripas hinchadas y blandas de las angarillas sobre las rocas planas antes de sacar los cuchillos.
—Aquí tienes tu navajita —dijo la mujer.
Colocamos los filos casi simultáneamente sobre la lustrosa superficie e hicimos un corte rápido para hacer salir la caca de tal forma que cayera sobre un canalillo que había en la roca lisa, a fin de que la charca no se ensuciara y pudiéramos lavar las tripas pasándolas de una charca limpia a otra.
—Parece que no eres nada perezoso; nada en absoluto —juzgó la mujer rompiendo el silencio, como extrañada, tras una prolongada reflexión.
Hasta entonces no nos habíamos dirigido la palabra en todo el camino. Se había quedado sin resuello, estaba un poco ida y hablaba con menos claridad aún de lo que solía hacerlo, por el cansancio y el esfuerzo.
Yo no respondí. Había agarrado las tripas con las dos manos y disfrutaba sintiendo cómo la tibia superficie gris verdosa se me pegaba a las palmas, hasta que me levanté a mirar pensativo cómo salían las heces y se iban por el canalillo de la charca pequeña. Al desinflarse la tripa, iba extendiéndose algo azulado, y acabó convertida en una especie de costra repugnante, tan poca cosa que me inspiró lástima.
—No me encuentro muy bien —añadió la mujer, sosteniendo sin fuerza el cuchillo en la mano.
—A lo mejor basta con que corte yo —me ofrecí, voluntarioso.
Sin embargo, en cuanto se quitó de encima el cansancio se empeñó en cortar ella también.
—¡Es el colmo! —refunfuñó—. Podría creerse que estas ovejas se han zampado el mundo entero y han engordado con él más que las personas.
—A lo mejor ésa es la ventaja de ser oveja —dije yo, intentando mostrarme gracioso y filosófico.
—Vaya, ¿será por tu mucha experiencia? —preguntó la mujer, inquieta por lo que yo pudiera responderle.
Callé sin comprender lo que pretendía decir con aquello. Ella continuó, aunque no en el mismo tono sino ahora en otro distinto, y yo dejé que me diera la matraca con las ovejas, los carneros y los corderos, convencido de que ya les tocaría el turno a las gambas.
En ciertas partes de las tripas había unas líneas bellamente trazadas que se entrecruzaban como una filigrana blanca encima del azul brillante. Eran fibras de grasa medio seca que sobresalían al vaciar las tripas y juntarse las líneas. Un hedor dulzón llenó el aire durante un rato, y yo me asombré de que el mal olor pudiera ser a veces atractivo e incluso agradable. Éste lo era. Para colmo, aquello procedía de una tripa que poco tiempo atrás había sido el estómago de un precioso corderito, por lo que habría debido lamentar su muerte y considerar repulsivo el olor por ese mismo motivo. Entonces dije de pronto con vehemencia, después de aquellas meditaciones:
—Quiero una piltrafita para mí.
—Desvergonzao —dijo la mujer, chasqueando la lengua repetidamente en el paladar de su boca desdentada.
Callé y me quedé quieto.
—Ahí la tiés —dijo la mujer, al tiempo que me tiraba el intestino grueso que acababa de cortar; tenía la cara roja por el esfuerzo de permanecer inclinada tanto rato.
Estudié el interior de la tripa de cordero medio vacía en lugar de lavarla; la examiné y empecé a limpiar la porquería con más cuidado. Luego la fui pasando de una charca a otra, lavándola y relavándola hasta que quedó más o menos limpia. Me quedé pasmado al ver lo decorada que estaba por dentro, aunque los adornos sólo se veían después de quitar la mierda. La tripa era incluso más bella que un tapiz recamado, y más agradable al tacto.
—¿Cómo puede haber algo tan bonito dentro del intestino? —dije.
—Desvergonzao, no tentiendo —replicó extrañada la mujer, con voz chillona.
Las tripas no eran curiosas sólo porque transformaran flores en la caca de la que estaban llenas, dándole así fuerzas al cordero para subir corriendo por las montañas mientras transformaba olores y colores en una masa apestosa, sino porque estaban recamadas, aunque fueran blandas, con celdillas casi cuadradas y básicamente iguales aunque de distintos tamaños. Por eso, la tripa se parecía a casi todo lo que existe en el mundo, que es diferente o no del todo igual por fuera y por dentro, y lo más interesante estaba en lo que no se podía ver a simple vista; o hasta después de la muerte. Todo aquello me asombraba y despertaba mi curiosidad. Al abrirse aparecía algo que a mis ojos era valiosísimo, por eso se me ocurrió pensar que tal vez también nosotros fuéramos más bellos por dentro que por fuera. «¿Pasará lo mismo conmigo?», pensé, y me dieron ganas de rajarme con el cuchillo para echar un vistazo a mis entrañas.
Aquel otoño, papá había destripado dos corderos lechales y uno mayor, y se quedó una oveja para hacer empanadas con la carne; además, se había repartido medio potro con el hermano de mi madre. Era la madre de éste quien estaba conmigo lavando nuestras tripas y parte de las suyas. La matanza se había hecho toda de una vez para ahorrar tiempo y trabajo.
Y yo, venga a pensar en la belleza interior y exterior y en la relación o la falta de armonía que pudiera existir entre ambas, sobre todo en esas partes en que estamos llenos de caca. Probablemente, el ser humano era más bello, pese a todo, en el vientre que en la mente o la cara, cuando no en las palabras y las obras, en las que papá decía que con demasiada frecuencia se hacía demasiado visible «la mierda mental». Por eso, todos necesitan acicalarse con autohalagos o lavándose. Pero la mayoría de las personas se embellecen con palabras. La mujer se dio cuenta enseguida de lo listo que me había vuelto yo, aunque no sabía que la frenética actividad de mis manos era consecuencia de la frenética actividad de mi cabeza y no de mi laboriosidad; así que dijo:
—Nadie pensaría que un muchacho tan niñita como tú sería capaz de enguarrarse las manos lavando tripas. Y encima eres más listo que cualquier mujer. A lo mejor es porque no estás embarazado ni llevas nada dentro de la madre, y porque le das a la lengua menos que la mayoría de las mujeres. —Dicho esto, suspiró y siguió raspando tripas—. A lo mejor piensas hacerte carnicero, ¿eh? —preguntó pensativa.
No respondí.
—No, puede que sea mejor que te hagas impresor de libros, aunque la tinta de imprenta no es mucho mejor que la casquería —añadió.
No respondí.
—O las dos cosas a la vez, eso dará más dinero —prosiguió ella.
Me contenté con seguir lavando.
—O te organizas las dos cosas, la carnicería en otoño y el trabajo de impresor el resto del año —continuó—. Así seguro que serás un partido estupendo. —Hice como que no había oído el halago, y ella prosiguió, incansable—. Una ha oído decir que eres muy aplicado para aprender. Yo diría que no vas a gastar muchos zapatos en la vida, con tanto pasarte el tiempo dentro de casa. Por eso creía que eras un vago y un ñoño, las personas activas están siempre gastando los zapatos. Bueno, puede que sea verdad que eres muy bueno quitando piedras en vuestro huerto. ¿No sacó tu padre cuatro barriles de patatas este otoño, más uno de nabos? Así que ahora tenéis un huerto la mar de grande.
No me miraba mientras parloteaba como una cotorra, como si estuviera pensando en otra cosa. Yo sí la observaba, casi sin apartar los ojos de ella. Era una mujer mayor, fina, amable, a la que siempre llamaban Vieja Jóa, aunque quizá no fuese tan vieja, y alguna vez había debido de ser guapa. Vestía con elegancia pero siempre con la misma ropa, incluso el delantal, si bien su aspecto era decente; era mucho más baja que mi abuela y parecía hacer mejor pareja con el abuelo, en cierto modo. Él era bajo y un tanto regordete, suficiente para entrarles por los ojos a las mujeres de todos los tamaños y formas, jóvenes y viejas. Ella era veinte años más joven que él. Yo estaba de acuerdo con papá en esto, pero no en lo que venía después: «¡Vaya con las mujeres! No es de extrañar que a veces se les vengan encima las máquinas de coser. Seguro que es lo que más desean todas ellas. Los taponcetes lo saben a la perfección».
El que la mujer no tuviera dientes y por eso pronunciara con un peculiar ceceo parecía el motivo de que hablase a aquella velocidad, aunque al mismo tiempo era ágil de movimientos y tenía una mente más bien infantil.
—Otros chicos no estarían nunca dispuestos a hacer esta clase de trabajo —continuó—. Y ya no hay forma humana de empujar a las chicas a hacer nada que parezca sucio. Han empezado a esperar impacientes un novio desde mucho antes de confirmarse y hacerse cristianas de verdad, y se compran cremas para las manos. ¿Adónde pretenden ir a parar? Estoy segura de que dentro de nada todo el mundo querrá ir al hospital o al médico privado. Es del todo imposible estar apuntado en la seguridad social y seguir siendo un ciudadano útil. De verdad lo digo. O las personas son útiles en la sociedad, o son unos inútiles en la seguridad social.
El mar estaba tranquilo y azul. Las olas rompían salpicando apenas sobre las rocas y el sol había conseguido romper la calina. Todo olía ahora a algas y piedras calientes. Me entraron ganas de tumbarme a no hacer nada en aquella paz que crecía con el rumor repetido de la ola.
—¿Qué será en el futuro de la producción de morcillas en este país? —preguntó casi en un sollozo—. No todo el mundo puede estar en una sociedad médica o en una imprenta.
Sentí la futura añoranza de las formas de vida abandonadas en un oscuro porvenir aún por llegar, y se me hizo la boca agua como si tuviera hambre, pues cuando llegara a adulto ya no habría morcillas de sangre en unos barriles que olían a ácido y a moho. Las morcillas de hígado me daban igual, en realidad me alegraba de que no fuera a haber nadie dispuesto a hacerlas.
—Podría creerme perfectamente que en el año dos mil no quede bicho viviente dispuesto a hacer la matanza o a preparar tripas de oveja —dijo la mujer—. Yo no creo que el fin de siglo vaya a ser nada del otro mundo. Mis padres festejaron el último preparando las tripas de dos ovejas extra, porque entonces reinaban el optimismo y la fe en el país.
Sacudí la cabeza, incapaz de pensar en un futuro tan inmensamente lejano que nunca podría ser distinto a como uno pudiera imaginarlo.
—Si para cuando las viejas hayamos muerto tiene que abandonarse la elaboración de morcillas de sangre por la mojigatería de la gente, ¿será eso la ruina total? —preguntó perpleja.
Yo estaba trabajando sentado, con las piernas abiertas, y miraba entre ellas hacia el mar, el cielo y las nubes, inclinándome hacia delante para enjuagar la tripas. La voz de la mujer se volvía cada vez más aguda, cargándose de un tono quejumbroso, mientras a nuestro alrededor lucía el pálido sol del otoño. Un vapor extraño se elevaba desde las tripas que iban enfriándose, y se mezclaba con el aroma dulzón de las algas que se pudrían en la playa. Entonces me incorporé. El cielo estaba tan limpio, tan azul y tan llano como el mar. Con aquel cielo despejado casi podían verse los países extranjeros más allá, y escuché dentro de mí el eco de un himno fúnebre: «Tú ves más allá del mar del otoño en las costas desiertas…».
«Dios mío», oí dentro de mí, como en una oración.
Sabía ya que mi hogar estaba en esos países extranjeros, y tenía la costumbre de esconderme en algún pensamiento impenetrable siempre que escuchaba algo desagradable: «Déjalo, da igual. Ésta no es tu casa. Escapa hacia lo incierto, porque lo incierto es mejor que la certeza que te rodea».
—No dices nada —continuó la mujer con cierto tono de reproche; seguramente quería que yo mostrara mi acuerdo con lo que estaba diciendo y llorara el destino de nuestras morcillas.
—No —respondí, pensando en otra cosa.
Había dejado que mi mente se deslizara casi por completo hacia mi país extranjero e intentaba ser insensible a cualquier cosa que no fueran mis propios pensamientos.
—Vaya, pero por lo menos sabes escuchar a tus mayores y a las personas con más experiencia que tú, lo que es poco frecuente en los niños —añadió.
No contesté. Deseaba que el cielo y el mar me devorasen y me llevasen con ellos por los corredores que los atraviesan y que conducen hacia un cálido espacio azul. Sentí que la mente se me escapaba de la cabeza como una masa espesa y desaparecía en lo infinito.
—No, no eres tan femenino como para estar hablando sin parar y sin cerrar el pico todo el santo día sin decir nada —dijo ella con voz profunda, y me estudió con los ojos. Me encogí de hombros, cansado de aquella cháchara que no podía evitar—. Es una mala costumbre de algunas personas —continuó, sin mirarme; al parecer prefería fijarse en su trabajo en vez de en mí.
Estaba inclinada hacia delante, afanándose con un cuchillo de mesa que no tenía filo, para no rajar el interior de las tripas sin querer.
—Venga, di algo por una vez —me acució.
Abrí la boca y señalé con el dedo la tripa de su oveja.
—¿Qué pretendes decirme con semejante gesto? —me preguntó, intrigada, mirando la tripa.
—Los diamantes tan bonitos que tiene por dentro.
—¿Qué? —preguntó la mujer.
La examinó y pareció quedarse de piedra ante la multitud de celditas cuadradas que sobresalían.
—Es bonito —dije. La mujer refunfuñó, dejó de mirar e incluso se puso a raspar con más energía.
—¿A ti no te lo parece? —pregunté. Que la naturaleza hubiera decorado con baldosines las tripas de las ovejas se me antojaba algo sacado de un cuento—. Los campesinos alimentan a las ovejas con heno, pero Dios alimenta las paredes de sus estómagos con un patrón de tapiz —añadí, para desarrollar la idea.
—Nunca he escuchado decir nada semejante —replicó la mujer, consternada, jugueteando nerviosa con el cuchillo.
—No me lo claves —dije yo.
—Me parece que no estás en tus cabales —repuso la mujer, con cierta expresión de susto en los ojos, porque era una mujer decente, nada partidaria de tener opiniones propias ni mucho menos de presumir de ellas. En cambio, siempre estaba de lo más dispuesta a ayudar a los demás para que no se oyera nada feo sobre la vida y la conducta de la gente del pueblo. Refunfuñando, añadió—: Pues entonces todo debe ser bonito, si lo son hasta las tripas.
—Los intestinos tienen buen sabor —repuse.
—Y yo que creía que eras un chico listo —dijo ella, en tono conmiserativo; dio un respingo y dejó de trabajar—. ¿Y esas tonterías son todo lo que tienes en la cabeza?
Entonces le pregunté por qué las celdillas estaban por dentro en vez de por fuera de las tripas y por qué tenían una forma tan regular.
—¡Pues ya ves lo caprichosa que es la belleza! —respondió, perpleja.
La mujer se me quedó mirando sin comprender, moviendo la boca desdentada sin saber qué decir, y me observó varias veces de reojo.
Callé, y ella pareció alegrarse de mi silencio, hasta que dije:
—Quiero saber por qué tienen cuadraditos las tripas y por qué las cagarrutas salen con formas regulares de los corderos mientras que las cacas blandas de las vacas son redondas y se les forma un agujero en el centro al secarse en el suelo. El pienso se convierte en una masa pastosa en el estómago de todos esos animales.
—¿Qué? —preguntó la mujer—. A ti te falta un tornillo, pensando esas cosas cuando está a punto de empezar la escuela en la que vais a aprender tantas cosas bonitas. ¿No empieza la semana que viene?
—Mamá me puso a mí a remover la sangre, cuando le cortaron el cuello a la oveja con el cuchillo de matar —repliqué—. Me apetecía tener sangre en los dedos y saber cómo es la muerte.
—No lo sabrás hasta que te mueras —dijo ella con una risotada fría.
—Un poco ya lo sé, cuando siento la sangre en los dedos —repuse—. Igual que los asesinos.
—Me he equivocado de lleno contigo, no andas bien de la azotea —repitió la mujer, y aceleró su trabajo para poder volver a casa.
Lavé el cuchillo de cortar en el agua de la charca, que estaba turbia de sangre y porquería. Empuñándolo, pregunté:
—¿También las personas tenemos esos baldosines?
—Ten cuidado con el cuchillo, que corta —advirtió la mujer, asustada—. No es una navajita desafilada. —Debía de haber apuntado el cuchillo hacia ella sin darme cuenta, porque protestó y añadió, casi llorosa—: Encima eres malo y te divierte remover la sangre, como a los malhechores.
—Sí, es verdad —admití—. Me gusta remover la sangre caliente hasta que se enfría, para que no se solidifique, y también me gusta sentir en los dedos eso que son como los nudos de una telaraña roja.
—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Los coágulos de sangre?
—Quiero saberlo todo sobre la sangre —respondí.
—Me parece que nunca más voy a llevarte conmigo a lavar tripas —replicó ella—. Prefiero hacerlo sola, así estaré tranquila.
Interrumpimos la conversación y nos quedamos en silencio. Me sobrevino una paz que me adormilaba. Sólo se escuchaba el rumor del mar y algún que otro chapoteo en la charca mientras lavábamos. Sentí que acababa de acceder al discernimiento o la comprensión de La Cala y la bahía, allí donde la lava brotó, por alguna razón desde las entrañas de la tierra y en su avance formó un inmenso número de delgadas capas.
«Fue el deseo de fluir hacia el mar, pero se solidificó a medio camino», pensé.
Como consecuencia de estas cosas, se me vino a la cabeza mi madre, que estaba en casa moviéndose con grandes dificultades, embarazada, y a quien aún le quedaba por delante parir y desembarazarse. Así que de repente dije:
—Las mujeres cagan críos.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó la mujer.
—Los niños son las cacas de su madre —respondí.
—¡Desvergonzao! —exclamó la mujer.
—No —dije yo.
—Tienes que respetar a tu mamá —dijo ella, preocupada.
—Claro —asentí.
—No pienso seguir escuchando —replicó la mujer—. Me vuelvo para casa ahora mismo y te dejo solo con tus guarrerías.
—¿Entonces no es verdad que la mamá caga al niño? —pregunté, hechizado por mis ideas y por el aleteo de las palabras que surgían de ellas.
Cuando se les preguntaba de dónde venían los niños, las mujeres solían responder: «Bueno, pues del estómago de su mamá, claro». Todos los chicos conocían la verdad y les gustaba jugar a hacer mentir a su madre, porque así sabían que las mamás no eran tan santas como ellas se creían. «Bah, todas mienten», decían los chicos. Pensaban que las madres se alababan demasiado a sí mismas como para poder darles crédito, y los muchachos no estaban dispuestos a cortarse lo más mínimo en su adquisición de experiencia. Solían decir que habían visto a su papá meneándose por la noche encima de su mamá para intentar meterle otro niño y poder así dejar de pelearse y pensar en otra cosa que no fuera que el matrimonio había llegado a un punto muerto. Todos se amontonaban debajo del mismo edredón en la misma cama. Después, los chicos se divertían metiendo la mano entre las piernas de su papá para agarrarle el rabo con mucho cuidado.
Los más valientes aseguraban que lo habían hecho, habían cogido muy suavecito el pito resbaladizo, recién salido de dentro de su mamá; pero el papá era un tonto y estaba tan alelado, tan cansado o todo a la vez después de aquel meneo, que se limitaba a suspirar, a punto de dormirse: «Otra vez no, cariño; ya es suficiente por ahora». Los chicos se divertían con esa clase de historias.
—Semejante tontería no merece respuesta, me arrepiento de haberte traído —chilló asustada la mujer.
No insistí más y continué el trabajo, experimentando el placer de sentir las tripas rugosas y resbaladizas entre mis dedos, casi hipnotizado por la sensación. La mujer preguntó entonces, de pronto, como si hubiera tenido una revelación:
—¿Estás molesto conmigo por haberme casado con tu abuelo, quizá?
No respondí, pero aquellas palabras empezaron a darme vueltas dentro de la cabeza.
—Hacía ya mucho tiempo que se había terminado todo entre tu abuela y él —añadió—. No es sólo el asunto de la máquina de coser, qué va.
No respondí, pero vi el golpe de mi abuela al caer.
—Bueno, vamos a darnos prisa en abrir los intestinos —dijo la mujer con un tono como de rendición.
Los agarramos de un extremo cada uno y empezamos a cortarlos en tiras y a rasparlos a fin de poder usarlos para envolver salchichas de oveja. Me di cuenta de que lo que parecía hierba mal masticada se iba haciendo más compacto a medida que bajaba por los intestinos, hasta que en el intestino grueso se había convertido en algo así como chirles, todos del mismo tamaño.
La mujer refunfuñó cuando hice esta observación, pero no volvió a encomendarse a Dios.
—Me encanta cortar intestinos y darme cuenta de cuánto aporta a la despensa familiar la elaboración de las salchichas de oveja ahumadas o saladas —dijo con una voz casi alegre.
—A mí me gusta el intestino grueso más que nada en el mundo —coincidí, mostrándome irónicamente de acuerdo con ella.
—Por fin nos ponemos de acuerdo —dijo la mujer, resplandeciente de felicidad.
Una vez terminado el trabajo, teníamos que llevar las tripas a casa, y la mujer las colocó aún empapadas sobre las angarillas.
—Ahora estaos tranquilitas y quietecitas —les dijo risueña a las tripas.
No había forma de mantenerlas en su sitio, se iban de un lado a otro y eran más difíciles de controlar ahora que estaban limpias que cuando estaban llenas. La mujer decidió facilitarme las cosas esta vez yendo detrás de mí con las angarillas; de todas formas, me cansaría igual porque era más bajo que ella, menos cuando estuviéramos subiendo la cuesta por el suelo sembrado de piedras. Así que cada uno agarró sus asas y levantamos las angarillas. Las tripas mojadas se corrieron instantáneamente hacia la mujer.
—Vamos a dejar las angarillas un momento —oí que decía, mascullando maldiciones.
Obedecí.
—Las malditas tripas se me vienen encima —protestó, al tiempo que se raspaba con la navajita la porquería que le había caído en el delantal y en las piernas.
—Vale —dije yo mirando hacia atrás.
—Vaya por Dios —musitó ella.
Volvimos a ponemos en camino y llegamos casi hasta la cresta. Entonces levanté más las angarillas y volví a tambalearme. La mujer se rindió al fastidio de las tripas y exclamó, más resuelta aún que antes:
—Vamos a dejar las angarillas para poner bien las malditas tripas. Menudas tripas, me han puesto hecha un asco.
Obedecí. Esta vez no miré atrás. La mujer me hizo una señal con un silbido y nos pusimos en marcha de nuevo, pero en cuanto levantamos las angarillas las tripas dejaron bien claro que el descanso no las había tranquilizado.
—Ahora ya no entiendo ni jota —dijo la mujer—. Parecen más vivas que muertas.
Daba la impresión de que las tripas no dejarían de embestir nunca y no hacíamos otra cosa que levantar las angarillas para volver a dejarlas en el suelo. Todo el tiempo la misma historia, y la mujer se ponía cada vez más perdida de porquería en el delantal y las medias.
—Espera un momento —le dije, cansado de que me diera órdenes cada vez que intentábamos volver a ponemos en marcha.
Se me había ocurrido una solución para sujetar las tripas: colocarles encima algunas piedras de las que había en la playa, que estuvieran limpias y fueran suficientemente grandes.
La mujer se quedó tan boquiabierta cuando se lo dije que casi no podía ni moverse, y cesó en sus intentos de echar a andar una vez tras otra con las angarillas a cuestas. Estaba encorvada y tenía las asas sujetas, pero no me ordenó que levantara las mías.
—No creo que semejante invento funcione —dijo con la cara muy roja; casi no podía ni respirar, pero se quedó mirándome de hito en hito mientras yo colocaba las piedras.
—Ahora levantamos las angarillas al mismo tiempo y podremos caminar —aseguré al terminar.
Así lo hicimos, y las tripas dejaron de moverse, sujetas por las piedras.
—Vaya, pues sí que eres apañadito, sesos no te faltan —dijo la mujer con un suspiro de alivio, aunque el tono de su voz revelaba desconfianza.
Continuamos.
—Vamoaver, serás científico —la oí decir de pronto—. Que se te pudiera ocurrir una cosa así —añadió, perpleja. Después todo fue tolerablemente bien. Llegamos sin incidentes a lo alto de la cresta pedregosa y descendimos por el otro lado, y luego dejamos a nuestra espalda las laderas arenosas. Cuando llegamos a casa y sentimos el suelo de guijarros debajo de nuestros pies, dejamos las angarillas. Entré corriendo y, eligiendo una forma de hacerlo que me asegurase que me respondería, le pregunté a mamá:
—¿No hay que saberlo todo sobre las tripas, los intestinos y la caca si uno quiere ser médico?
Me miró sin comprender y sin saber de qué le estaba hablando, o quizá fuera que no estaba dispuesta a mostrar su conformidad sin condiciones.
—Contéstame —le rogué sin apartar los ojos de ella.
—Bah, no quiero oír semejantes barbaridades —replicó, y preguntó, en tono de reproche—: ¿Dónde has aprendido esas guarrerías?
—Pues claro que hay que saberlo todo sobre el cuerpo y no tener miedo de decirlo —repetí con obstinación.
Mamá pareció enfadarse un poco y me dio con la bayeta de limpiar la mesa. Por lo visto no era mucho mejor que su tocaya, a la que oí gritar llamando desde donde habíamos dejado las angarillas:
—¿Es que piensas dejarme aquí toda la vida?
—Los médicos no hablan de ese modo y no andan diciendo tonterías —dijo mi madre—. Porque son educados y limpios de palabra y obra.
La miré pasmado. Era como si se diera cuenta de que yo la creía una completa mentirosa.
—A un médico bueno y escrupuloso le basta con saber lo que pregunta siempre el conductor en el camino a casa, cuando uno ha ido solo a Reikiavik en el autobús —añadió.
—¿Qué es lo que pregunta? —dije tontamente; nunca había viajado yo solo en autobús.
—Pues faltaría más, dice «Bueno, ¿qué tal los análisis?».
La Vieja Jóa había entrado sin que yo me diera cuenta, y pidió una palangana de lavar. No parecía muy interesada en la conversación. Echó mano de la palangana, puso las tripas y se las llevó adentro. De repente dijo, cuando ya no podía seguir ignorando la charla:
—Jóa querida, me he quedado de piedra, patidifusa, ahí abajo, en La Cala, cuando le he oído decir esas cosas. Te lo digo tal como ha sido. No pienso volver a llevarme a este muchacho tuyo; y mejor que ni se acerque cuando hagamos lo que aún nos queda por hacer, que es escaldar las tripas. Dios sabe cómo acabaríamos.
A mí me daba igual que me echaran, pero mamá pareció molestarse al oírla. Carraspeó, aunque nunca conseguía quitarse del todo la mucosidad de la garganta.
—Esto ya está listo —dijo la Vieja Jóa al comprobar que el agua de la cuba de la matanza estaba ya lo bastante caliente para empezar.
—Preferiría cualquier cosa antes que mi hijo tenga que ir por la vida sin saber escaldar —respondió mamá un tanto ofendida, saliendo en mi defensa.
La respuesta me pareció misteriosa. No la comprendí, e incluso pensé que era un poco tonta, pero después de darle vueltas empecé a creer que mi madre tenía razón.
El agua resultó estar suficientemente caliente, casi hirviendo, de modo que ya me puso a escaldar junto a su tocaya, sin más. Creo que casi todo lo que he hecho desde entonces no ha sido otra cosa que escaldar tripas.