CAPITULO XIII

 

El hombre de los cabellos blancos, lacios y sucios, alzó la cabeza dejando de golpear la estaca que tanto le costaba hundir en la tierra.

Miró al jinete que se acercaba al galope.

Lo contempló mientras desmontaba sin que el animal hubiese detenido.

Agachó la cabeza cuando lo tuvo a dos yardas de él.

—Osborn...

Siguió golpeando la estaca.

—¿Dígame, señor Breed?

—He venido a pedirle disculpas, Osborn.

No cesó de descargar martillazos.

—No tiene por qué hacerlo.

Acercóse el pelirrojo depositando una mano en la encorvada espalda del viejo.

—Sí tengo por qué. La bala que mató a Jerry Carter no estaba alojada en el cuello sino en los riñones. Yo nunca disparo tan bajo. Esto... es suyo, Osborn. Le pertenece.

Por fin levantó la cabeza de sucios cabellos.

—No..., se lo agradezco. Yo... sé que no fui quien mató a ese cuatrero.

—Pues yo estoy completamente seguro. Ya le he dicho que siempre apunto a la garganta...

Se inclinó para recoger una piedra del suelo, y luego dejó los cinco mil dólares encima de la estaca apuntándolos con aquella.

Dijo:

—Compre mucho maíz, George. Su esposa hace unas tortas exquisitas...

Giró sobre los tacones de sus botas tejanas y caminó en largas zancadas hacia su caballo montándolo ágilmente.

—¡Señor Breed...! ¡Señor Breed...! —George Osborn corría fatigosamente hacia él—. ¡Espere, por favor! ¡Espere!

Mike dominó las riendas.

—!Sí, Osborn?

El viejo, frotándose las manos contra el deslucido pantalón, murmuró inclinando la cabeza:

—Es usted... un hombre bueno.

El pelirrojo soltó las riendas y clavó las espuelas en los flancos del animal, que salió como una centella.

No.

No en dirección a Carson City.

Sin rumbo...

Mecido en una cuna de cielo desde el cual, por encima de una cantimplora, dos enormes ojos nostálgicos le miraban...

—¡Alto! ¡Deténgase o disparo! ¡Le estoy encañonando con un rifle!

La voz, potente, había surgido por entre la vecina arboleda.

Mike, escapando a sus pensamientos, tiró con brusquedad de las riendas.

Al torcer la cabeza vio los azulados destellos que el sol arrancaba al cañón del rifle apuntado directamente hacia su cabeza.

Y se sorprendió al ver quién lo empuñaba.

—¡Sheriff Kellough! —exclamó—. ¿Qué es lo que sucede?

Robert Kellough, pétreo el rostro, dijo:

—Es delito en Carson City dejar el saco de viaje en la fonda donde uno se ha hospedado.

Mike Breed, un tanto desconcertado, acabó sonriendo fugazmente:

—¿Y cuál es la pena para tan terrible delito?

El sheriff movió el cañón de su rifle.

—El que atenta contra esa ley es condenado...

—A viajar siempre con la persona que ha encontrado su saco —completó una nueva voz, saliendo un segundo jinete por entre la arboleda.

Que llevaba un saco de viaje colgado de través sobre la silla de montar.

Mike Breed miró largamente al jinete.

De rostro nacarado e inmensos ojos negros.

—¿Dónde está la verdad que le hizo comprender cuál era su lugar en la vida, Mike Breed? —interrogó el sheriff sin dejar de apuntarle.

Descabalgó el pelirrojo caminando lentamente hacia el jinete que portaba su saco de viaje.

Miró a Kellough.

—Aquí, sheriff —respondió, extendiendo el índice hacia ella.

—¡Pues procure en lo sucesivo no olvidarse de las verdades!

Clara Warren se abandonó en los brazos que se extendían para ayudarla a desmontar.

Y luego se encontró aprisionada contra el viril torso.

—¿Por qué, Mike...?

—Temo no saber hacerte feliz... Por eso, sólo por eso, mi vida.

—Mike, amor mío, ¿todavía no te has dado cuenta de que Dios nos creó el uno para el otro?

Se perdieron los ojos azul oscuro por encima de la azabache cabellera.

Susurró:

—Sí. Clara. Nunca tendré suficientes palabras de elogio para bendecir la hora en que guió mis pasos peregrinos.

La dejó unos instantes para soltar la hebilla de su cinturón.

Cayó éste al suelo.

Luego, la estrechó fuertemente y buscó sus labios carnosos para depositar un beso de ternura.

—Mike..., ¿y tus armas?

—Son dos inmensos y nostálgicos ojos negros y una cantimplora...

Si, porque en el suelo, quedaba el último compás de una trágica sinfonía.

—Mike..., eres un hombre bueno.

Lo era.

 

F I N