CAPITULO IV
Principiaba la tarde cuando Mike Breed hizo su aparición en Carson City.
Había allí bastante movimiento.
Rancheros, ganaderos, vaqueros, tipos con pinta inconfundible de profesionales del gatillo..., en fin, de todo.
Eran muchas las carretas atiborradas de vituallas y alimentos que cruzaban las calles con lastimeros gemidos proferidos por sus ruedas mal engrasadas y por el peso que se veían obligadas a soportar.
También un buen número de jinetes iban y venían de un lado a otro.
Mike, amainando el trote de su caballo, se inclinó para preguntar a un tipo que dormitaba bajo el soportal de una barbería con un sombrero de paja echado sobre los ojos:
—¡Eh, amigo! ¿Dónde para el sheriff en esta ciudad?
El otro casi dio un brinco.
—¡Eh...! —le cayó el sombrero en las rodillas—, ¿qué ha dicho?
—Pregunto por el sheriff
Soltó el tipo un bufido.
—¿Para eso me despierta? Siga recto y tuerza a la derecha por la calle que hace cinco.
—Gracias..., ¡y felices sueños!
—¡Puaf...! Ahora que ya me los ha fastidiado.
Mike cabalgó siguiendo las instrucciones.
Vio el cartel.
«Sheriffs Office.»
Descabalgó, sujetando al noble bruto en la vecindad de un abrevadero.
Los tacones de sus botas tejanas cantaron sonoramente contra la tarima cuando salvó los dos peldaños que desde la polvorienta calle conducían a la oficina.
Empujó la puerta de cristales.
Era un tipo alto y fornido, joven, musculoso, de cabellos rizados y aspecto jovial, el que estaba sentado tras la mesa del fondo con una reluciente estrella prendida en la camisa azulada.
Levantó la cabeza al oír el taconeo.
—Me llamo Mike Breed.
—¿Forastero? —inquirió el de la placa, mirándolo de pies a cabeza.
—Si así se llama a los que acaban de llegar a un pueblo, soy forastero.
Los azules ojos del pelirrojo mostraban la habitual inexpresividad, destacando contra el fondo pecoso de su rostro un tanto atezado.
Unas rojizas hebras de cabello asomaban por debajo del sombrero.
—Diríase que ha cabalgado mucho, Breed. Sus ropas están impregnadas de polvo.
—No me las quito desde hace tres meses, sheriff. ¿Puedo sentarme?
Al otro lado de la mesa había una silla.
—Hágalo... —asintió. Preguntando a continuación—: ¿Algún problema, forastero?
A lo que Mike respondió con otra pregunta:
—¿Conoces a los Osborn?
El de la estrella, que tenía unos escrutadores ojos grises, asintió silenciosamente.
Habló:
—Sí. Tienen una pequeña granja a media milla de Carson City.
—De camino hacia aquí me he detenido en esa granja para llenar mi cantimplora.
—¿Cómo no lo ha hecho en el río? —inquirió el otro al instante.
—Imagino que me habré olvidado, sheriff —contestó Mike secamente—. Nunca había estado por aquí. Ignoraba que existiese esa granja. Me he olvidado, ¿entiende?
La forma de hablar del pelirrojo, su frialdad, la mirada de sus ojos, imponían respeto.
No podía decirse que fuera un pistolero, tampoco un caballista, ni tenía pinta de ranchero.
Un hombre extraño, de personalidad arrolladora. Eso sí lo era.
—Entiendo, Breed. No he puesto intención alguna en mi pregunta.
—No había por qué, sheriff Me estaba despidiendo de los Osborn cuando un ladrón de caballos, ¿se dice cuatrero, no?, ha salido a escape de la caballeriza montando el bayo de George Osborn. He disparado sobre el jinete. Ahora está muerto. Se trata de Jerry Carter... ¿Ha oído hablar de él?
El primer representante de la ley en Carson City, dedicó mayor atención al forastero de cabellos rojizos, maneras desenvueltas, escueto de palabras y fríamente inexpresivo.
Tardó más de un minuto en contestar:
—Por supuesto. Por uno de estos cajones tengo un pasquín en el que se ofrecen cinco mil dólares por su captura, vivo o muerto. No me explico lo que hacía... —se interrumpió bruscamente al tiempo que soltaba un sonoro respingo—. ¡Claro! ¡Ya comprendo! Anteayer fue asaltada la diligencia que venía de Sacramento. Dos enmascarados le salieron al paso desvalijando a todos los pasajeros..., luego se armó un pequeño tiroteo. El mayoral aseguraba haber herido el caballo de uno de los asaltantes.
—Entonces, está claro por demás. Envíe por el cadáver y Págueme esos cinco mil.
El de los rizados cabellos alzó una mano como si recomendara calma.
Dijo:
—Despacio, Breed. Primero debo asegurarme de que ese tipo sea Jerry Carter. Luego, he de telegrafiar al sheriff de Phoenix, en Arizona, que es quien envió los pasquines ofreciendo la recompensa. ¿Sabe que Jerry tiene cuatro hermanos?
Mike, echando atrás su quemado sombrero, sonrió sin emoción.
—Allan, Richard, Nick y Lloyd Carter. ¿Son ésos los nombres?
—Ha debido usted viajar mucho, ¿eh?
—Posiblemente. Desde que salí de mi pueblo natal, Big Spring, en Texas, no recuerdo haber hecho otra cosa.
El de la placa, cada vez más interesado, preguntó:
—¿De qué vive?
—No creo que eso sea cosa suya, amigo —repuso en un tono acre que producía escalofríos—. De todas formas, le contestaré. Pero no se acostumbre a preguntarme demasiado. Me detengo en un pueblo, busco trabajo... lo mismo da de peón que de vaquero, sirvo para todo. Hago un poco de dinero y siguiendo el viaje, repito la operación cuando aquél se acaba.
—Ya —asintió el sheriff—. He conocido otros tipos como usted.
Se hizo un silencio.
Y a su término, el representante de la ley en Carson City, de esa forma que suelen decirse las cosas intencionadas que quiere simularse se dicen sin intención, con falsa espontaneidad, desgranó:
—Los Carter cumplieron hace pocos meses la condena que se les había impuesto, tres años creo, por atraco a un Banco de Sterling en Colorado. Todos, menos Jerry, parecen haberse regenerado. Este cometió un robo en cierto almacén de Phoenix, matando al propietario. Yo, Breed, no creo mucho en eso de las regeneraciones. La cabra al monte tira... y el asesino tira del gatillo. ¿No opina lo mismo?
Mike Breed, que había captado la significativa entonación que el sheriff daba a sus palabras, preguntó no obstante, eludiendo la respuesta:
—¿Qué trata de insinuar?
—Nada. Me he limitado a exponer una opinión. ¿Permanecerá mucho tiempo aquí, Breed?
Se encogió de hombros.
—Momentáneamente, el que usted necesite para comprobar que el muerto es Jerry Carter, ponerse en contacto con el sheriff de Phoenix y pagarme esos cinco mil dólares.
El otro inició una sonrisa extraña.
—Bonita cifra, ¿eh? Lo suficiente para poder viajar mucho sin tener que trabajar de peón o vaquero.
Mike se puso en pie.
—Sheriff va usted demasiado lejos con el caballo de los demás.
Aquellas palabras tan simples, decían mucho.
Muchísimo.
—No entiendo, Breed,
—Mejor así, sheriff. Estaré alojado en cualquier fonducha. Ya me dejaré caer por aquí.
Y sin más, giró sobre los tacones de sus botas tejanas, haciéndolos resonar mientras se encaminaba hacia la calle.
Se detuvo unos instantes bajo el porche.
Le habían dicho que Carson City no era un lugar demasiado tranquilo.
Sin embargo, sus habitantes se paseaban con naturalidad e incluso se veían muchas mujeres entrando y saliendo de tiendas y almacenes.
Mike había conocido muchos pueblos en los que una mujer no se hubiese atrevido a poner un pie en la acera si no la acompañaba su marido, su padre o un hermano.
Pero aquello empezaba a ser una ciudad que con pasos presurosos quería incorporarse a la moderna civilización.
Mike Breed, pasando la zurda por detrás de la nuca, empujó el sombrero hacia delante.
Dio una ojeada al lugar donde había dejado el sudoroso potranco.
Necesitaba de un buen pienso y un mejor cepillado.
Buscaría el lugar.
Echó adelante, caminando despacio, indiferente, haciéndose notar sin que él se diera cuenta.
Los hombres como Mike se distinguían entre mil.
Por su altura, por sus maneras, por su expresión, por su impresionante personalidad.
Iba pensando.
En su destino.
Joanna, de la que supuso no volvería a tener recuerdo, vino a su memoria. Hasta creyó oír sus palabras suplicantes. Todo ello, envuelto en el polvo de una calle desierta sobre el que destacaban dos cadáveres.
La granja, George Osborn y la triste mirada de Rose con sus tortas de maíz. El jinete huyendo. Jerry Carter, precisamente Jerry Carter.
No.
A Mike Breed no le importaban en absoluto los cinco mil dólares. Pero Osborn también había disparado. Y los Carter acudirían a vengar a su hermano. La única forma de evitar que destrozaran la humilde felicidad de aquel par de seres pobres, bondadosos, de inmenso y gran corazón, era la de reclamar la recompensa.
Eso atraería a los cuatro hermanos contra él.
Lo tomarían por un cazador de recompensas, sí. Y se olvidarían de un pobre hombre que era inmensamente feliz elogiando las tortas de maíz que cocinaba su esposa.
Quizá fuera ése también el anhelado camino que le condujera a la paz perseguida.
Lo Carter acabarían con él. Y una vez muerto, nadie sabría que había sacrificado su vida por un humilde granjero que llenara de agua su cantimplora.
Sí, aunque nadie lo comprendiera nunca, aunque nadie comprendiese jamás al pelirrojo peregrino, él comprendía que una sola gota de aquel líquido que se encontraba en mares y ríos, en fuentes y manantiales, era suficiente para apreciar los grandes valores humanos.
Para exponer su vida por un hombre llamado George Osborn.
Caminaba por la calle Western Unión, la más importante de Carson, cuando el canto monótono de unas medias puertas batientes le distrajo de sus pensamientos.
«Saloon Wyoming».
Tenía el gaznate seco, con mucho polvo pegado.
Y una musiquilla agradable escapaba por encima del rítmico vaivén de las medias puertas.
Entró.
Ya en algunas mesas se habían iniciado aquellas partidas de naipes que no tendrían fin hasta bien entrada la noche... si antes el plomo no marcaba la nota final que empezaba con el crujir de una baraja y el ir y venir de unas monedas.
Despacio, echado el sombrero sobre las cejas, castigaron sus botas la madera con eco sordo.
Se acodó en el mostrador.
A la izquierda, en el espacio que dejaba la barra al terminarse entre ella y la pared, se encontraba el motivo de aquella musiquilla que Mike había escuchado desde la calle.
—¿Qué le sirvo?
Tenía fija su mirada en la mujer.
Hermosa como jamás viera otra.
Con unos enormes ojazos negros que impresionaban por su profundo misticismo, por la enorme tristeza que en ellos parecía esconderse, por su serena limpieza.
Era morena. De largos cabellos azabaches que caían sobre la piel blanca y tersa de su espalda desnuda como una catarata de tinieblas. Ovalado el rostro, reluciente como el nácar, destacando la línea sensual de una boca roja como la sangre, de labios menudos y carnosos.
Bien formado el cuerpo. Armónico y exquisito. Flexible. Cubierto por un vestido negro, ajustado a la cintura, con amplio escote de hombro a hombro, con volante gracioso de color blanco, que mostraba un fugaz atisbo del inicio níveo de sus senos túrgidos.
Sus manos, de largos dedos lánguidos, caían sobre las teclas del envejecido piano arrancando notas románticas y tan armoniosas como ella misma.
El hombre se dijo para sí que nunca podía cansarse la mirada de permanecer fija en una mujer tan maravillosa.
—¡Qué! ¿Va a tomar algo?
Mike, despacio, torció la cabeza encarándose con el cantinero.
Sus ojos azul oscuro, por fríos e inexpresivos, fueron cien veces más elocuentes que una amenaza pronunciada a voz en grito.
Dijo, suavemente:
—Te he oído, tabernero. Me molesta mucho que me hablen en ese tono. No lo olvidarás, ¿verdad?
Como si una mano invisible le empujara, retrocedió un par de pasos al otro lado del mostrador, lívido el rechoncho semblante.
Humedeciéndose la lengua, chasqueándola contra el paladar, articuló;
—Sí..., sí, lo tendré en cuenta. ¿Desea beber algo?
Mike dio un papirotazo a su sombrero, echándolo hacia la nuca.
—Ponme una jarra de cerveza.
El tabernero se movió sin dilación.
—Ahora mismo..., en seguida.
Aflojó el nudo del deslucido pañuelo que un día fuera verde, mientras por el rabillo del ojo seguía las evoluciones de aquellas manos blancas y suaves por encima del teclado.
Algo había en aquella mujer que la hacía distinta a las demás. Quizá fuese el misticismo de sus grandes ojos, o la nostalgia que se reflejaba en su nacarado semblante.
La jarra fue depositada sonoramente frente a Mike.
La dorada espuma hacíase apetecible. Todo su cuello estaba seco, polvoriento igual que una calle soleada.
Mike, clavando ahora el azul de sus pupilas en el cristal, alzó la jarra.
Engullía con fruición la fresca y áspera bebida, cuando se percató de soslayo...
Un tipo de buena percha, con pulcra indumentaria de ranchero, pero con maneras ofensivas, habíase acercado a la muchacha que tocaba el piano.
Le oyó decir:
—Estás más guapa que nunca, Clara.
Ella alzó sus inmensos y profundos ojos. Musitó:
—Por favor, señor Page. Déjeme. No vuelva a insistir.
No podía Mike ver el rostro del hombre porque estaba de espaldas a él apoyado encima del piano.
Pero escuchó de nuevo su voz diciendo:
—No insisto, preciosa. Quiero y ordeno. Ya empiezo a cansarme de tus tonterías. He dicho que has de pertenecerme... hasta que me canse de ti. Y cuando Tom Page dice que una mujer ha de pertenecerle, le pertenece. Por las buenas o por las malas.
Y al instante sentóse en el taburete que ella ocupaba empujándola para tener sitio.
Le pasó una mano por encima de los desnudos brazos, atrayéndola.
—¡Bésame...!
Mike Breed, con sus pausados ademanes, depositó la jarra sobre el mostrador, giró en redondo y avanzó unos pasos deteniéndose muy cerca del piano.
Soltó fríamente:
—¿Le da igual que le bese yo, amigo?
Page alzó vivamente la cabeza.
Era joven, de rostro broncíneo, ojos maliciosos y labios húmedos en las comisuras. Una expresión de lascivia venía reflejada en sus facciones duras.
—¡Besa a tu madre, cerdo!
La glacial mirada del pelirrojo no se alteró.
—Ponte de pie, muchacho. No me gusta pegar a las «damas» cuando están sentadas.
Tom Page, como un rayo, salió proyectado hacia delante.
Mike no hizo más que ladear la cabeza cuando el puño derecho del otro se disparó hacia su rostro.
Le incrustó la zurda en la boca del estómago con terrible violencia.
Boqueó Page.
Mike, imperturbable, alzó velozmente la rodilla empotrándola en el mentón.
Salió trompicado hacia atrás cayendo sobre una de las mesas donde corrían los naipes.
Alguien soltó un taco.
Mike Breed había avanzado, esperando a que el otro se pusiera o lo pusieran en pie.
Lo pusieron.
Entonces lo atrapó por el cuello de la camisa arreándole un puñetazo en pleno rostro que lo estampó contra las medias puertas, las cuales se abrieron y cerraron apaleado durante unos segundos el cuerpo de Page.
Terminó tendido afuera, en la calle.
Todas las miradas del local se hallaban prendidas en la figura delgada y musculosa del hombre de cabellos rojos, faz inexpresiva y polvorienta indumentaria.
Mike caminó hacia atrás.
—Lo siento, señorita. He oído llamarla Clara. ¿Es ése su nombre?
Cabeceó ella, agitando las azabaches hebras de su profusa cabellera.
—Clara Warren es mi nombre. Le agradezco lo que ha hecho por mí.
Breed, notando fijos en los suyos aquellos inmensos y nostálgicos ojos, experimentó la misma sensación que si un alud de nieve se estuviese filtrando en su espinazo.
Dejó el sombrero encima del piano.
—Era mi obligación, Clara.
Una tenue sonrisa ocupó los rojos labios femeninos.
—No ha debido hacerlo...
—Me llamo Mike Breed.
—No ha debido hacerlo, Mike. Ese muchacho es hijo de Cecil Page, el ganadero más rico e importante de todo Nevada. Tiene todo cuanto desea... y desea aún más de lo que tiene. Ya hace tiempo que me persigue con sus insinuaciones, pero nunca se había atrevido a lo de hoy. El licor...
Mike, con una expresión que revelaba el hombre que en verdad era, musitó:
—Es usted demasiado buena, Clara. Trata de disculpar a quien la ha ofendido...
—No es el primero que me ofende, Mike.
Tomó Breed una silla cercana y sentóse frente a la muchacha, con el respaldo por delante para cruzar sobre él sus brazos largos y nervudos.
—¿Por qué está aquí, Clara?
Inclinó ella la cabeza.
Mike miró arrobado el suave perfil de aquel rostro nacarino, hermoso, límpido como un cielo de primavera.
—Es una historia larga... —susurró. Y dando un brusco giro a la conversación, ofreció—: ¿Quiere escuchar alguna pieza clásica? Dicen que no lo hago mal.
—Yo tampoco.
Arqueó Clara sus finas cejas.
—¿Sabe música...?
Una sonrisa amarga se extendió por la boca de Mike.
—Sólo sé tocar un instrumento que interpreta siempre la misma canción: Sinfonía en «Colt» 45.
Los inmensos ojos se agrandaron.
—¿Por qué, Mike?
—Es también una larga historia. Empezó hace ya años, cuando el sol despuntaba por encima de las montañas y un hombre alejábase de Big Spring en lo alto de un hermoso alazán. Recuerdos, sólo recuerdos... Quizá algún día le cuente esa historia, Clara. ¿Quiere interpretar algo alegre?
Una amplia sonrisa iluminó la roja boca, borrando por unos segundos la nostalgia de unos ojos muy grandes y negros.
—Sí, Mike. Claro que sí.
Sus dedos ágiles cabalgaron hábilmente por encima de las teclas y al instante, las notas de una vieja y popular tonadilla del Oeste alegraron las paredes del local.
Desde algún rincón, la voz aguardentosa de un viejo minero coreó la música que recordaba tiempos pasados.
—Lo hace muy bien, Clara —alabó el pelirrojo con sincera inflexión—. Tiene usted derecho a demostrar sus cualidades en mejor lugar que éste...
Se interrumpió la música.
Clara Warren, más tristes y nostálgicos que nunca sus hermosos ojos negros, clavados en los del hombre con profundidad, velado por un velo acuoso, susurró sin apenas voz:
—Ya es tarde, Mike.
Breed, impresionado, notando el golpeteo de su corazón dentro del pecho, repuso con emoción apenas contenida:
—Nunca es tarde para encontrar aquello que buscamos en la vida, y menos cuando se es joven.
La pregunta que brotó en labios de ella lo dejó sin aliento.
—¿Qué busca, Mike?
Le pareció haber oído la voz de Joanna:
«—Mike..., ¿qué es lo que buscas en la vida? Te suplico que me lo digas.»
Bruscamente se alzó de la silla.
Y sin mirar a la muchacha, respondió:
—Busco la paz.
Dio media vuelta.
—¡Mike!
La exclamación había brotado de la garganta de ella como un quejido lastimero.
Se volvió.
—¿Sí, Clara?
—¿Nos veremos otra vez?
Larga y profundamente los ojos azul oscuro del pelirrojo, expresivos como pocas veces lo fueran, parecieron fundirse dentro de las negras pupilas femeninas.
Cuadró las mandíbulas.
—Es posible..., creo que volveremos a vernos, Clara.
Y se encaminó hacia el mostrador como si un temor oculto, un presentimiento, le obligara a separarse de ella inmediatamente.
—¡Otra cerveza!
Las notas dejáronse oír de nuevo.
—Tenga...
Bebió.
—¿Qué me está sucediendo, Dios mío? —se preguntó en un susurro, al dejar la jarra sobre el mostrador luego de apurarla de un exhaustivo trago—. ¿Por qué?
La música. Sus manos lánguidas. El misterioso abismo de sus ojos negros, profundos.
¿Podía la paz ser tan oscura?
Mike Breed regresó para tomar el sombrero que había dejado encima del piano, después de tirar unas monedas encima del mostrador.
Mientras lo calaba en su cabeza, sin poder evitar que asomaran aquellas hebras rojizas, miró el rostro inclinado de la mujer.
Parecía imposible que ninguno de cuantos estaban allí pudieran darse cuenta, tan siquiera intuir, la lucha que se libraba en lo más íntimo de dos corazones solitarios.
La paz.
—Adiós, Clara...
—Adiós, Mike...
Caminó lentamente, hundidos los hombros, caídos los brazos a lo largo del cuerpo.
Cantaron los batientes de la puerta.