CAPITULO XII
Mike Breed creyó durante unos instantes que estaba viviendo una escena irreal.
Que se le concedía un privilegio hasta entonces negado a los demás mortales.
El de asomarse al borde de su propia sepultura, abierta, profunda, con dos enormes montañas de tierra a cada lado.
Y el par de sombríos sepultureros, inexorables, ajenos a la tragedia que se desencadenaba dentro del ataúd que en pocos segundos arrojarían al interior de la fosa.
Un peregrino que había llegado al fin de su terreno viaje para emprender el camino que señalaba una figura huesosa extendiendo su descarnado índice hacia el Más Allá.
—Me llamo Nick Carter! —tralló el rubio vestido de riguroso luto, plantado en el centro de la calle como si el despiadado sol no hiciese mella en su carne—. ¡He venido a. matarle! ¡Por cobarde y asesino! ¡Por matar a mi hermano Jerry por la espalda!
Mike ni tan siquiera parpadeó.
—¡Me llamo Lloyd Carter! —bramó el segundo enlutado, perniabierto, a dos yardas del otro, mirando al pelirrojo con torcida expresión—. ¡Traigo un pedazo de plomo con su nombre, Breed! ¡Tendrá que disparar de frente... no como lo hizo sobre mi hermano!
Fue entonces cuando la visión desapareció.
Y el hombre que había decidido luchar con los pies en la tierra y los ojos en el mundo, el que había descubierto la verdad, se dijo que el descubrimiento era ya tardío.
La hora de pagar un caro precio por una cantimplora de agua y tres tortas de maíz, sonaba lúgubremente.
—¡«Sacaremos» en cuanto se mueva! —gritó el rubio enlutado.
—¡Y lo «coseremos» como a un perro si no se atreve a moverse!
En fracciones de segundo.
Así pensó Mike que eran cuatro los hermanos Carter y dos los que faltaban.
No.
No era posible que sólo hubiesen acudido dos a la venganza.
¿Dónde estaban los otros?
—¡Ahora, Nick! ¡Es un cobarde!
Mike Breed cayó de rodillas.
Esta vez sí fue el supuesto «saque» de «cruce» el que hizo volar el «Colt» 45 de su cadera izquierda.
Ya empuñaban también ellos.
Una décima de segundo antes, el pelirrojo oprimió el gatillo a la vez que giraba sobre sí mismo como un torbellino, sin cesar de disparar.
Nick y Lloyd Carter dieron un salto atrás para bajar el cañón de sus armas y precisar el tiro.
Brincó entonces Mike, de pie, efectuando el tercer y cuarto disparos.
Abrióse la fosa.
Engullendo la sangre que brotaba de dos gargantas atravesadas por un par de pedazos de plomo tan ardientes como el sol.
Llegaron juntos al polvo.
De bruces.
Mientras las paletadas de tierra iban cayendo sobre sus cuerpos con macabro estrépito.
Sonaba el eco de la sinfonía...
—¡Mike Breed! —tralló una voz con profundo matiz sádico—. ¡Tire el revólver o mato a la muchacha!
Dio un giro hacia la izquierda sintiendo que una mano poderosa e invisible estrujaba su corazón haciéndolo sangrar copiosamente.
Un tercer enlutado, rodeando la cintura de Clara Warren y apretándola contra él como escudo, había aparecido por la esquina de la izquierda, adelantando la mano con que empuñaba su revólver.
Mike, pálido, respirando fatigosamente, miró la faz nacarada y leyó el terror que asomaba al borde de los inmensos nostálgicos ojos de la dulce mujer.
Apenas captó fugazmente la silueta de un cuarto individuo vestido de negro que asomaba por la esquina opuesta.
—¡No lo repetiré! —bramó el que se escudaba en Clara—. ¡Tire su arma!
Lo hizo, dejó escapar el «Colt» 45 al que tantas veces obligara el Destino a entonar su sinfonía.
—¡Mátalo, Richard! —ordenó Allan Carter, apretando más el cuerpo de Clara.
—¡Con placer, Allan, con placer! —respondió, alzando lentamente el cañón de sus revólveres, recreándose en el blanco fácil que ofrecía el estirado pelirrojo, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo.
Entonces las cuerdas vocales de Clara se unieron para lanzar aquel grito patético, desgarrador, infrahumano, que llenó la desierta calle con su eco dramático:
—¡No..., por piedad! ¡Mike..., Mike! ¡Te amo..., te amaré siempre! ¡Mike...!
Retumbaron los disparos confundiendo su eco con el de los gritos.
Y... ¡Mike Breed siguió inmóvil!
Porque Allan Carter había soltado el cuerpo de la muchacha y caía hacia atrás exhalando un ronco gemido.
Richard se revolvió como una fiera, desentendiéndose de Mike, en busca del inesperado agresor.
Y entonces el pelirrojo, saliendo de su estática inmovilidad, se lanzó a tierra como un rayo, atrapó la culata del caído «45» y apretó el gatillo sin precisar la puntería.
Era difícil desde aquella posición.
Un plomo rugió atravesando el aire hasta chocar contra la nuca de Richard Carter, obligarle a un giro agónico, alzar con su propio impulso ambos brazos al suelo y despacio, lentamente, doblarse entre jadeos y estertores hasta quedar de bruces, muy quieto.
Quieto por toda la eternidad.
Robert Kellough, humeante todavía el revólver con que había disparado contra Allan Carter, avanzó hacia el pelirrojo.
Vio cómo ella corría.
Y corrieron luego los dos hombres para recoger a Clara antes de que se desplomara.
El sheriff llegó a tiempo de evitarlo.
—Se ha desmayado —dijo lacónico.
Y echó calle adelante con ella en brazos, seguido a pocas yardas por el anonadado caminar de un hombre pelirrojo, de ojos azul oscuro, hombros hundidos y brazos estirados a lo largo del cuerpo.
Sin conseguir zafarse a la terrible congoja en que su corazón estaba preso.
Pensando hasta destrozar su mente en lo que había podido sucederle a ella..., ¡a ella!
Kellough, sin llamar, empujó con el pie la puerta de madera de una casa que distaba poco del Saloon Wyoming.
Cuando salió, transcurridos más de diez minutos, tropezóse con la erguida e inmóvil figura del pelirrojo, aplastada la espalda contra el poste de una marquesina.
—El doctor Herald dice que se recuperará en un par de horas. Por el momento, aconseja que la dejemos reposar... —se pasó una mano por el mentón. Y como si recordara algo, exclamó de repente—: ¡Ah!, he recibido respuesta del sheriff de Phoenix —metió la diestra en uno de los bolsillos del pantalón y tendió un rollo de billetes a Mike, diciendo—: Yo mismo he retirado el dinero del Banco. Cuéntelo.... creo que están los cinco mil.
Mike tendió la mano, recogió el dinero, metiéndolo dentro de la camisa.
Preguntó, con expresión ausente:
—¿Cómo ha llegado tan oportunamente, sheriff?
Kellough sonrió distraídamente.
—Pues... verá, resulta que esta mañana, un tipo de los muchos tipos vagos que hay en Carson City, dormitaba acodado en una mesa de la taberna de Hermanson. Le han despertado unas voces... cuatro hombres vestidos de negro que tomaban asiento en una mesa vecina, acompañados de un tal Tom Page. Ha venido a verme hablándome de un incendio... ¡y qué sé yo! He pensado que no era conveniente estropear los planes de esos caballeros. Por eso he permitido que incendiaran el establo de Call, mientras yo esperaba en la parte trasera con más de un centenar de hombres dispuestos a sofocar el fuego. Después... he venido para acá porque tenía curiosidad por ver cómo se mueven los héroes anónimos... ¡Vaya! Se me olvidaba: tengo a Tom Page metido en una celda. Y mucho me temo que ni el dinero ni la influencia de su padre podrán evitar que sea juzgado y condenado.
Hizo una breve pausa. Miró al pelirrojo con una sonrisa ambigua, dijo:
—Discúlpeme. Breed. Me parece recordar que tengo un trabajo... ¡Hasta luego!