CAPITULO PRIMERO
Las medias puertas, con batiente cadencia, siguieron su vaivén a espaldas del hombre.
Miró éste de un lado para otro, con cierta precipitación, buscando ávidamente.
Era temprano.
Demasiado para que los habituales concurrentes del Nupen P lo llenaran como de costumbre.
Afuera lucía un fuerte sol que bañaba fieramente las polvorientas calles de Reno, aunque en la lejanía se distinguieran los nevados picachos de unas montañas.
En el Nupen P sólo se veían cinco personas, distanciadas entre sí, bebiendo o eludiendo simplemente el bochorno del exterior.
Entre aquellos cinco estaba el hombre a quien buscaba aquel que se mostraba nervioso.
Anduvo en línea recta acompañado del taconeo de sus botas sobre la tarima, con expresión impaciente.
—¡Mike! —jadeó—. Los Fenton están aquí.
Encima del mostrador había una botella de whisky.
A su lado, un vaso con tres dedos de licor.
Un chispazo caprichoso de sol que se filtraba por las rendijas de la pared, atravesaba la botella arrancando destellos irisados de su contenido. Aunque el líquido parecía quieto, una mancha de luz se dibujaba encima de la mesa, y el sol manifestaba la trémula inquietud del licor.
Pero el hombre estaba sereno.
Inmutable.
—Te lo agradezco, James —dijo, tranquilo.
—Joanna me ha pedido que viniera a decírtelo —siguió James—, Ya comprendes... Ella sufre por ti. Teme que...
Dejó en el aire el significado final de la frase.
Mike Breed cabeceó silencioso.
—Sé lo que ella teme, James.
El muchacho se mordió los labios.
—Esto... los Fenton son dos, Mike. Han venido a matarte. Andan gritando por el pueblo que te coserán como a un perro si es que te atreves a dar la cara.
Mike escurrió por sus labios húmedos una fría sonrisa.
—Siempre la doy. Ellos lo saben.
Una carreta cruzaba la calle en aquellos instantes, y los chirridos de los muelles se repetían casi melodiosamente, al tiempo que las ruedas traqueteaban al entrar y salir de los hoyos.
Mike la vio pasar por delante del ventanal.
El calor era sofocante, implacable como una trágica maldición. La mancha de luz que proyectaba el licor sobre la mesa dejó de moverse, lentamente, hasta que encontró un reposo absoluto.
—¿Quieres que le dé algún recado a Joanna? —inquirió James con voz quebrada.
Mike se encogió de hombros.
—Puedes decirle que le agradezco que te haya enviado.
—Bueno...
—¿Alguna otra cosa. James?
Dudó unos instantes.
—Pues... no sé, Mike. Nunca suelo meterme en la vida de los demás...
—Es la única forma de llegar a tener nietos, James.
Se atragantó el joven.
—Bueno... sólo quería decirte que ella siente algo importante por ti. Me ha pedido que no pelees...
—Los Fenton tienen la palabra sobre ese particular.
James le miró con incredulidad.
—Será mejor que te marches —añadió Mike después de un corto silencio.
—Sí, desde luego. No estoy hecho a estas cosas.
—Gracias. Adiós.
—Adiós, Mike. Suerte.
James Braun dio media vuelta, escrutando con avidez a los otros clientes del Nupen P, que parecían no haber escuchado una sola palabra de la conversación.
Todos ignoraban lo sucedido a su alrededor y permanecían inmóviles, abstraídos en su perezosa vacuidad. Lo mismo que si se hallaran a miles de millas de allí.
—¡James! —exclamó Mike cuando el otro se disponía a empujar los batientes.
Detuvo el ademán iniciado y se volvió a mirarlo, rígido.
—Sí, Mike.
—Puede que te tropieces con los Fenton.
—Puede...
—Diles de mi parte que no se cansen buscando ni se hinchen a berrear. Los esperaré aquí.
James apretó los labios y sus ojos parecieron dilatarse. Nada tenía que ver en el asunto, pero su miedo era evidente. No lograba disimularlo.
—Se... se lo diré. ¿Algo más?
—Nada.
James lo miró desde la entrada del Nupen P con mezcla de indecisión y curiosidad.
La distancia ahogaba los chirridos de la carreta, que todavía sonaban muy débilmente, animando la solitaria y tórrida calle Alamito.
En silencio, cabizbajo, terminó por dar la vuelta, apartó los dos batientes y salió de la taberna.
La mano huesuda y fuerte de Mike Breed tomó el vaso contemplando con sus fríos ojos oscuros, al trasluz, la opalina transparencia del líquido.
Luego, lo llevó a los labios apurándolo de un trago.
Restregó el revés de la zurda por los labios.
Era alto y delgado. Cintura ágil, musculoso. Pelirrojo, con algunas hebras asomando por debajo del sombrero tejano. Rostro pecoso, algo atezado, con mandíbulas pronunciadas que encajaban con dureza. Los ojos, azul oscuros.
Mike Breed. Un peregrino del Oeste.
Verdes eran el pantalón, la camisa y el pañuelo que anudaba al cuello. De ese verde deslucido por el sol y el polvillo de los caminos.
En la funda chata y reblandecida, que pendía muy baja sobre su enjuta cadera izquierda, sobresalía la culata de madera casi blanca, con estrías a todo lo largo de la curvadura, mirando hacia afuera.
Ese detalle parecía indicar que Mike era un tirador de «cruce». O sea, que desenfundaba con la diestra el «Colt 45» colocado en la izquierda, cruzando la mano por encima del escondido abdomen.
Un error.
Mike desenfundaba con cualquiera de las dos manos, según la situación, puesto que era ambidextro.
No obstante, solía «sacar» con la zurda.
—¿Dejarás que entren, Mike? —inquirió de improviso la voz de Phil Nupen.
Volvióse el pelirrojo hacia el tabernero.
—No se atreverán, Phil. Aquí dentro son hombres muertos.
—Son dos, Mike.
Nupen hablaba desde el otro lado del mostrador.
Engominados los cabellos, tendidos de parte a parte del cráneo para ocultar una calvicie que no podía esconderse. Tirantes de colorines, chalecos de fantasía, manguitos negros. Tenía aspecto de empresario de titiriteros, aunque él se considerase un tipo elegante.
—Lo sé, Phil.
Mike tomó la botella, pausadamente, escanciándose una generosa ración de licor en el vacío vaso.
—Hace poco menos de tres semanas que llegaste a Reno —habló el tabernero—. Ni sé de dónde venías, ni me importa. Pero adiviné que pensabas quedarte una temporada entre nosotros, con nuestro sol sofocante y nuestro aburrimiento. Ella se descubrió en seguida. Joanna es como tú..., nómada, peregrina, un velero a la deriva que busca lo que nunca encontrará. Sé que te ofreció cobijo y lo demás que suelen dar las mujeres como ella...
—Estás hablando de más, Phil.
—No va contigo, Mike. Me gusta hablar conmigo mismo.
Es como...
—Soy poco amigo de repetir las cosas, Phil. Cierra la boca.
Nupen calló.
Los cuatro clientes restantes desfilaban por el mostrador depositando unas monedas y largándose en presuroso silencio hacia la puerta.
La taberna quedó convertida en una tumba.
Mike, contemplando el vaso, no alteraba su expresión tranquila, relajada. Tenía los labios entreabiertos y su pecho viril se mecía al respirar.
—Un velero a la deriva... —musitó, engullendo el licor de un trago.
Corrió la botella de súbito, con un manotazo. La mancha se corrió, mostrando la opaca superficie de madera señalada por goterones, círculos de vasos, agrietada.
El licor danzaba frenéticamente dentro del vidrio, pero como ya no recibía el destello del sol, era una danza anodina, incolora, absurda.
Afuera, en la calle, tralló de repente una voz áspera:
—¡Mike!
No se movió.
—¡Sal a enseñarnos tu pico de gallina, Mike! ¡No te escondas!
El pelirrojo se enjuagó los labios con el revés de la manga. Abrió y cerró la mano varias veces. Larga y fuerte, de palma fina, con el pulgar encallecido por el roce del percutor.
Una mano de gun-man.
—¡Si estás temblando entraremos a curarte el miedo! —bramó una nueva voz, tan áspera como la primera.
Bruce y Leo Fenton estaban excitados, probablemente henchidos de algo que era rabia, y ellos confundían con el valor.
La noche antes, Mike había matado al mayor de los Fenton. No tuvo más remedio que hacerlo. Buck se creía invencible. Un matón del tres al cuarto que insultaba con sólo mirar y se jactaba de tener en un puño al pueblo.
Mike no quiso estar en el interior de ese puño. Tampoco desoyó el reto cuando Buck le dijo que era un hijo de perra y que sólo los hijos de perra aceptaban favores de las perras como Joanna.
Le dijo además que tenía dos horas para largarse de Reno.
Mike «sacó» de cruce. Y lo tendió en mitad de la acera con dos balazos en la garganta.
Ahora, sí tendría que marcharse. O quedarse para siempre debajo de unas paletadas de tierra en el cementerio del pueblo.
Los Fenton no querrían razonar y él tampoco estaba dispuesto a justificarse.
Joanna volvería a quedarse sola, con sus cuatro paredes llenas de desconchones, el cuartucho sucio y pestilente, el espejo resquebrajado y sus deseos de mujer insatisfecha. Perdida. Aunque ella se negara a admitirlo.
—¡Te damos un minuto, Mike! ¡Decídete de una vez!
Se decidió, sin alterar la expresión de su semblante tranquilo.
Desenfundó el «Colt» y echó una mirada al cilindro.
Giraba suave y silencioso, ni exento ni sobrado de aceite. Bien basculado y limpio, con el peso justo en la empuñadura para hacerlo voltear sin esfuerzo.
Los dedos se pegaban bien a las estrías y el gatillo brillaba, por desgaste, en el punto de fricción que había señalado el índice.
Lo devolvió a la pistolera con ademán brusco.
—Adiós, Phil.
El tabernero lo miró unos segundos.
—Suerte, Mike.
Anduvo hacia la puerta con los brazos colgantes y la espalda ligeramente encorvada.
En la calle reinaba un silencio escalofriante.
Al salir al soportal, las medias puertas iniciaron su loca danza progresivamente más pausada.
Vio a Bruce Fenton, que empuñaba un reluciente «Winchester», junto al almacén de Crey Drev.
Su hermano Leo, perniabierto y espectacularmente amenazador, le daba la cara desde el porche frontero.
No pronunció una sola palabra mientras los miraba alternativamente. Se mantuvo inmóvil, envarado, con el brazo derecho tenso y el izquierdo en relax.
—Voy a matarte, Mike —anunció Leo Fenton—, No creo que deba decirte el porqué, ¿verdad?
El de los cabellos rojizos, fríos ojos azul oscuro y verdosa indumentaria, siguió mudo.
El polvo de la calle se veía surcado por innúmeras rodadas y cascos herrados.
Causaba inquietud la silenciosa soledad, el pavoroso despeje de seres animados. Unicamente Bruce, en el almacén, y Leo, en el porche frontero, daban fe y constancia de que Reno era un lugar habitado.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó Leo.
—Sólo que dispararé en cuanto os vea moveros... A partir de este momento —repuso con fría serenidad.
Mike Breed, aparentemente clavados sus ojos azules en Leo, quien trataba de acaparar para sí la efímera gloria de acabar con un tipo como él, no perdía de vista a Bruce que, en verdad, era el más peligroso de los dos.
De repente, Leo Fenton sacudió los hombros y sus manos asieron las culatas de los revólveres tirando de ellos con diabólica rapidez.
La reacción de Mike no fue la que lógicamente podía esperarse.
Como desentendiéndose del que ya tenía las armas casi empuñadas, saltó como un puma al centro de la calle revolcándose sobre el polvo al tiempo que efectuaba un centelleante saque de zurda.
Bruce, que ya enfilaba hacia el pelirrojo el cañón de su «Winchester» dudó fracciones de segundo ante la inverosímil maniobra.
Le fueron fatales.
Porque el «Colt» 45 de Mike inició su plúmbea sinfonía mientras él seguía girando cual aspa de un molino.
Bruce Fenton sintió dos cálidos golpetazos sobre su pecho.
—¡Maldito! —rugió Leo, disparando al unísono sus revólveres, sin acertar una sola vez el movedizo blanco que se contorsionaba sobre el polvo.
Mike, viendo por el rabillo del ojo cómo Bruce se iba hacia atrás estampando su espalda contra la puerta del almacén y dejando escapar el «Winchester» de sus manos, brincó hacia arriba, efectuó un fulgurante escorzo y plantándose a menos de cinco yardas de Leo Benton oprimiendo de nuevo el gatillo de su «45».
El impacto restalló con eco macabro al levantar la tapa de los sesos de Leo y esparcir por el suelo su contenido.
Se desplomó de bruces muerto en el acto.
Mike Breed, despacio, lentamente, contemplando a los cadáveres nacidos de una sinfonía en «45», enfundó su «Colt».
Empezó a verse gente.
Los eternos curiosos que hacían de la morbosidad un licor de siniestro paladar.
Eran cobardes.
Hasta entonces se habían dejado dominar por los Fenton sin atreverse tan siquiera a mirarlos mal.
Ahora, salían a contemplarlos.
Porque estaban muertos.
Porque un hombre que había llegado a Reno tres semanas atrás, demostraba tener lo que no reunían entre todos los varones del pueblo.
Entrecerrando los párpados peligrosamente, Mike abarcó de una ojeada al núcleo de temerosos observadores que empezaban a formar un semicírculo a su alrededor.
—¿Qué miran? —les increpó de repente, con tono duro, despectivo—. Estos... —señaló a los muertos— tenían por lo menos un atisbo de valor. ¡Largo..., fuera de aquí todos!
En un par de segundos la calle quedó tan desierta como lo estaba cuando Mike había salido para enfrentarse a los Fenton.
Dio media vuelta y echó calle arriba.