CAPITULO VI

 

Plomo Bill había nacido precisamente para eso.

Para que su apodo fuese Plomo, para que con el material que se fabricaban los proyectiles se ganara la comida, la bebida, el tabaco, los placeres, el temor de los demás y pudiera ir surcando la culata de sus revólveres con muescas y más muescas.

Cecil Page, un hombre que surgió de la nada, que con tres palmos de tierra y dos reses había conseguido llegar a ser el ganadero más importante y poderoso de Nevada, estaba hecho a todo, porque todo era precisamente un camino de sacrificios, privaciones, luchas y adversidades que conducía hasta la cumbre.

Y cuando la cumbre se alcanzaba después de haber pasado por «todo», los sentimientos de un hombre se endurecían hasta el punto de hacerlo todo por conservar «todo».

Page, como hombre, seguía siendo fiel a sus principios de rectitud y honradez; como ganadero, luchaba sin vacilar en defensa de sus derechos. De su «todo».

De ahí que mezclados entre sus caballistas, hubiesen hombres de la catadura de Kim Y Glenn, capitaneados por Plomo Bill.

Era un sistema de protección hacia sus propiedades, sus reses y su persona.

Pero Cecil Page había cometido ese error que suelen cometer la mayoría de los padres: dar a su hijo cuanto quería, pedía y deseaba, sin medida ni mesura. Siguiendo ese estúpido axioma de que los hijos no deben carecer de aquello que les ha faltado a los padres.

Por eso Tom, joven, impulsivo, mal acostumbrado, confundiendo a menudo libertad con libertinaje, no conocía freno ni fronteras.

Era hijo de Cecil Page y por ese solo hecho se creía amo, dueño y señor de Carson City.

Y de cuanto hubiera en la ciudad.

Sobre todo, si se trataba de una mujer que le gustara.

Aquella tarde, Tom, como siempre, dio a su padre una explicación tergiversada de lo sucedido en Carson y del porqué Kim y Glenn estaban dentro de un ataúd en la funeraria de Robin Hagen.

Cecil le creyó. Creía cuantas palabras brotasen en labios de su único e idolatrado hijo.

Claro que Tom, sabiendo el ridículo que por dos veces había efectuado en pleno Carson City, sabía también que sólo existía una forma de poner remedio a la situación y obtener de nuevo su maltratado prestigio de hombre poderoso hijo de hombre más poderoso.

No podía consentir que por culpa de un tipo frío, inexpresivo y hábil con el revólver, la gente de la ciudad, aquellos seres para él inmundos, sus vasallos, le perdieran el respeto y el temor.

Por toda esa serie de razones, por la rabia apenas contenida que bramaba dentro de él, por el odio que le profesaba al pelirrojo y porque le había puesto en ridículo delante de aquella mujer que tanto deseaba, Tom Page, después de contarle el cuento a su complaciente papá, se fue de cara al que había nacido precisamente para eso.

De cara a Plomo Bill.

Lo encontró sentado al borde de su camastro en el barracón de madera donde pasaban sus horas libres los caballistas, peones y pistoleros, cuando habían terminado su tarea y no querían bajar a Carson o no tenían dinero para tirar encima del tapete verde.

O gastarlo en una chica de cualquier saloon.

Plomo Bill se afeitaba tres veces cada año si no daba la coincidencia de que uno de esos tres días estaba de mal humor.

Aquel año, por lo visto, ninguna de las fechas señaladas había pillado al pistolero con el ánimo propicio para pasar por la barbería.

De ahí que luciera una espesa y anárquica barba que florecía en todas direcciones.

Completada por unos ojos color café, pequeños y brillantes, crueles; por una boca de labios finos y rectos que componían un corte repulsivo; por una nariz aquilina curtida y rojiza.

Sus maneras perezosas, su mirada despectiva, sus revólveres colgando muy por debajo de las delgadas caderas, hablaban elocuentemente de qué clase de tipo era aquel tipo barbudo.

—Bill...

Alzó la cabeza como si realizara un terrible esfuerzo.

—Sí, patrón —dijo por un lado de la boca.

Tom Page sonrió sibilinamente al preguntar:

—¿Te has enterado de lo sucedido a Kim y Glenn?

Se encogió de hombros al tiempo que de una bolsa de cuero extraía una pastilla de tabaco y empezaba a masticar un bocado enviándolo de un extremo a otro de la boca.

Soltó:

—Algo me han dicho, patrón. Y también que usted se ha «rajado». No acabo de creerlo...

—¿Soy yo de los que dan la espalda, Bill?

Midió al hijo del amo.

—Supongo que no.

—Ese fulano es un ventajista, Plomo. Creo que lleva la pistolera agujereada y tira sin «sacar»...

—Hay que escarmentarlo —musitó el barbudo, sin dejar de masticar el tabaco—. De lo contrario, su reputación sufrirá un duro golpe, patrón.

Tom Page se humedeció los labios con la punta de la lengua.

—Bueno... ése es un trabajo fuera de programa. Bill. Tengo dos mil dólares que no sé en qué emplearlos. ¿Qué tal te vendrían, Plomo?

—Supongo que bien, patrón.

Page sonrió aviesamente.

—¿Cuento contigo?

—No me importa que dispare sin «sacar», patrón. En cuántas millas a la redonda no hay otro que dispare como yo?

Tom aprovechó la coyuntura para halagar la fatua vanidad del pistolero.

—Por supuesto que nadie en toda Nevada.

—Eso supongo, patrón. ¿Cómo lo «ventilo»?

El muchacho, ampliando la torcida sonrisa, palmeó la espalda del barbudo pistolero.

—Hay que hacerlo bien, muy bien. Plomo. Clara... ¿Sabes de quién hablo?

—La pianista del Wyoming. Usted la «busca», ¿no es cierto, patrón?

Hizo un gesto grandilocuente.

—Me agrada y nada más. Quiero pasar un rato divertido con ella. Pero es terca. Hoy, cuando iba a conseguirlo, ha intervenido ese forastero. Parece que ella ha quedado muy impresionada... y él, estoy seguro, se ha fijado en ella. Bill... —hizo una pausa más que intencionada—, ¿no te gusta a ti esa pianista?

Plomo escupió la bola de tabaco y se pasó el dorso de la mano por los húmedos labios.

—Lo mismo soy de macho para «tirar» del revólver que para... ¡Claro que me apetece!

—Súmala a los dos mil.

Se hinchó el torso del pistolero y la lengua asomó por entre los dientes.

—¿Y usted...?

—Me bastará con que «liquides» al pelirrojo. Verás... cuando oscurezca, mandaremos a uno de los peones en busca de ese fulano, Debe estar alojado en uno de los cuatro fonduchos que hay en Carson. Le dirá que Clara lo necesita... ¿Vas entendiendo?

—Hum... creo que sí.

—Cuando el pelirrojo llegue al saloon, yo la estaré molestando de una forma violenta..., le romperé el vestido o cualquier cosa por el estilo. Ese tipo se vendrá de cara a mi y...

—Y entonces intervengo yo, ¿no?

—Exacto. Estarás situado en el ángulo opuesto del saloon para que tenga que repartir su atención entre dos puntos opuestos. ¡Ah! Sólo lleva un revólver. En la cadera izquierda.

—No es problema —escupió Plomo Bill con desprecio—. Délo por muerto. Los hermanos Carter no llegarán a tiempo de vengar a Jerry...

—¡Vaya! ¿También sabes eso?

—Las noticias vuelan, patrón. Verá cómo los Carter están en Carson City mañana temprano... ¡Habrán perdido el tiempo! Bueno, podrán enterrar al estúpido de su hermano menor. Yo creo...

Page, que rebosaba satisfacción por todos los poros de su cuerpo, inquirió con fingido interés:

—¿Qué, Bill?

—No me convence lo de enviar un peón en busca de ese petimetre. Mejor uno de mis hombres, tengo más confianza en ellos.

—Lo dejo a tu gusto. Plomo. Además, veo que tienes razón. Así seremos tres... por si acaso.

El barbudo encogió sus crueles ojos.

—Yo basto y sobro, patrón.

—No me entiendes, Plomo. Sé que tú solo puedes terminar con diez como ese pelirrojo. Pero ya te he dicho que se vale de trampas...

—¡Bah!

Y se volvió de espaldas, mirando hacia los jergones en donde algunos tipos dormitaban con el sombrero encima del rostro. Llamó autoritario:

—¡Louis! ¡Ven acá, pedazo de vago!

Louis Gamble saltó del catre con rapidez.

—¿Dime, Plomo?

—Tenemos un trabajo. ¿Ya te han dicho lo de Kim y Glenn...?

Louis Gamble era de una delgadez que se tuteaba con la anemia. Tenía el rostro cetrino y los ojos saltones, homicidas.

—Algo he oído.

—Los mató un «caza recompensas» que dice el patrón que dispara sin «sacar». Esta noche vamos a saldar deuda. Glenn y tú os llevabais bien, ¿no es cierto?

—Muy cierto, Plomo. ¿Qué hay que hacer?

—Te encargarás...

El jefe de los pistoleros que protegían el imperio de Cecil Page, ante la satisfecha mirada del hijo de éste, dio instrucciones al pistolero de cuál era su parte en el trabajo.

Tom Page, con una amplia y repulsiva sonrisa, exclamó:

—¡Perfecto, Plomo! Ese pelirrojo irá de «viaje» con Kim y Glenn en la misma «diligencia».

—Andando, pues. Louis —dijo Bill, levantándose del catre con negligencia.

Salieron los tres del cobertizo.