5
A Anton le parecía una estupidez como una casa organizar una fiesta en noviembre, ¡cuando el clima de primavera o de verano se prestaba a ello muchísimo más! Conclusión: habían tenido que alquilar una enorme carpa con parqué, estufas e iluminación, además de un grupo electrógeno para alimentar todo el chiringuito.
–No termino de ver cómo vais a poder darle una sorpresa a Maximilien con todo este tinglado montado en el jardín –se burló.
–Se supone que la propia empresa se encarga de instalarlo todo –contestó Nelly–. La mañana de la fiesta llegarán tres empleados con un camión y todo estará listo por la noche. Si conseguimos tener alejado a Max todo el día, descubrirá la carpa al mismo tiempo que los invitados.
–¿Quién se va a encargar de vendarle los ojos?
–Hubert. ¡Fíjate que ha conseguido convencerle de que se haga un chequeo médico! Pasarán el día juntos en el hospital, donde se hará un análisis de sangre, unas radiografías y un ecocardiograma, pero nada que lo canse demasiado, naturalmente. Y así matamos dos pájaros de un tiro, puesto que Max nunca va al médico.
–¡Qué listo tu yerno!
–Mientras tanto, las chicas y yo prepararemos el bufé.
Además de a Béatrice, Nelly había convencido a Ève, a Diane y a Daphné para que le ayudaran a preparar quiches, patés, tortas, terrinas de pescado y pastelitos variados. Si no contrataban catering, el ahorro era considerable.
–Vladimir se encarga de las bandejas de quesos y del pan, y Dimitri traerá el alcohol.
–¿Lo habrá comprado todo en la bodega de Daphné, espero?
–Por supuesto. Aquí todos arriman el hombro y se rascan el bolsillo. ¡Son fantásticos!
–¿Y yo? –se inquietó Anton–. ¿En qué participo?
–A ti no te pido nada.
–¡Pues vaya!
Rojo de ira, Anton se sentía excluido de la familia, algo que no ocurría nunca por lo que Nelly se apresuró a rectificar:
–Vas a tener mucho trabajo extra. Cuando termine la fiesta, me imagino el triste espectáculo del césped pisoteado, el suelo lleno de colillas… Bueno, tú ya me entiendes.
–Ese es mi trabajo, de todas formas –se quejó–. Pero insisto en contribuir yo también en algo, si no, me iré directo a la cama.
Nelly lo miró y se le iluminó el rostro con una sonrisa.
–De acuerdo, Anton, de acuerdo. Todavía hay algo sin asignar: los refrescos y los zumos. Últimamente la gente bebe menos alcohol, sobre todo si tiene que conducir, por lo que hay que prever también otras bebidas.
–Trato hecho.
Ya se alejaba, pero Nelly lo retuvo del hombro.
–No era mi intención ofenderte, Anton. Al contrario.
–Ya lo sé. Pero cobro un sueldo, no paso necesidad. Si todo el mundo paga algo, yo también. ¿Habrá baile después de la cena?
–¿Baile? –repitió ella–. Pues… ¿por qué no? ¿Hay lo necesario para poner música?
–Sí, Ève tiene un equipo que no está mal, le puedo añadir mis altavoces. Eso ya lo veré con los jóvenes, pero antes quería tu permiso.
La expresión «los jóvenes» le arrancó otra sonrisa a Nelly; al fin y al cabo, Vladimir tenía ya cuarenta y siete años. Y la benjamina, la única que tenía «un equipo que no estaba mal», había cumplido los treinta y cinco. Trató de recordar la edad de Anton. ¿Cincuenta y cuatro? Y ¡pensar que lo había conocido con veinte años! Para ella era como un sobrino o un ahijado, y pagarle un sueldo cada mes no atenuaba esa impresión de parentesco. Desde el día de su llegada a La Jouve, lo había tratado como a uno más, y en seguida se había convertido en parte de la familia. Al principio, la madre de Anton llamaba para preguntar cómo estaba su hijo, y era evidente que se extrañaba del entusiasmo con el que le contestaba Nelly. Aquel que, en París, había sido un joven inestable y difícil, allí se mostraba agradable y trabajador, y Nelly le daba las gracias a su antigua empleada – que no se lo podía creer– por haberle mandado a un chico tan amable. Unos años más tarde, al morir su madre de cáncer, Anton dejó de ir a París en vacaciones, ya ni siquiera consideraba necesario tomarse unos días de descanso. Si le apetecía hacerse una escapada, un buen día anunciaba: «Me voy a ausentar tres días». Y se permitía un viajecito turístico, nunca demasiado lejos ni demasiado tiempo. Solo la naturaleza parecía apasionarlo, y cuando preparaba su mochila era para marcharse a explorar los alrededores. Así, al cabo del tiempo, se había recorrido las gargantas del Hérault y todos los senderos de las pequeñas montañas cercanas como la Fage o la Seranne, acompañado de Vladimir y Dimitri. Últimamente, como estaba ya algo cansado, apenas dejaba La Jouve, salvo algunos domingos de primavera en que se iba a Montpellier a lo que él llamaba «echarse un bailecito». Nelly nunca había querido enterarse de más, convencida de que la expresión abarcaba muchas otras cosas, pero, después de todo, era posible que a Anton de verdad le gustara bailar.
Lo dejó atareado con su bricolaje, salió del cobertizo y cruzó la explanada en dirección al taller de costura. A menos que no tuviera más remedio, prefería evitar ir por allí, no solo para dejar tranquila a Ève, sino también para no sentir nostalgia de los buenos tiempos, aquellos en los que había montado ese taller y lo había hecho prosperar. Por aquel entonces trabajaba de sol a sol. Maximilien también, y, al final del día, cuando dejaban sus talleres respectivos para reunirse en casa con los niños, eran plenamente felices. Al menos así lo había vivido Nelly. Hoy los hijos habían tomado el relevo, todo marchaba bien, siempre y cuando ella se conformara con mantenerse en un discreto segundo plano.
Tomó por la escalera de madera bastante empinada que tantas veces había subido y, como en el pasado, pensó en las mujeres que habían criado gusanos de seda bajo esos techos durante decenios. Al entrar en el taller, oyó la voz alegre de Ève. Debía de estar hablando por teléfono, pues a esa hora sus empleadas ya se habían marchado.
–¡Me alegro de que por fin los conozcas, con la de tiempo que llevo hablándote de ellos! Y también de que veas dónde vivo. Aprovecharé para enseñarte todos los rincones de La Jouve… Que no, no te agobies, si es la mejor ocasión… Entre tanta gente, nadie se…
Para no ser indiscreta, Nelly carraspeó. Ève, que estaba sentada a una de las altas mesas sobre caballetes, levantó la cabeza y se quedó paralizada al descubrir a su madre. Luego palideció, se le desencajó la cara y colgó el teléfono sin despedirse de su interlocutor.
–¿Estabas aquí? –consiguió articular, haciendo un esfuerzo por sonreír.
–Acabo de llegar. Quería hablar contigo del sábado. ¿Te molesto?
Nelly le contestó con un tono neutro, para que se le pasara la vergüenza evidente.
–Qué va. Estaba hablando… con una amiga.
–¡Tesoro! ¿Por qué te justificas? Puedes llamar a quien quieras, una amiga o un amigo, ¿qué más da? Oye, pero qué preciosidad…
Acercándose a uno de los maniquíes, examinó con ojo crítico un vestido de moaré rojo a medio terminar.
–Qué elegancia, seguro que tus clientas te adoran.
–Tengo muchos encargos para las fiestas de fin de año –reconoció Ève con una sonrisa–. Las chicas están hasta arriba de trabajo, ¡voy a tener que darles un buen extra!
Más relajada ya, señaló otro maniquí.
–Y este ¿qué te parece?
–Magnífico. Innovador. ¿De dónde sacas estas ideas?
Ève señaló las numerosas revistas y catálogos abiertos aquí y allá por todas las mesas.
–Compro toda la prensa femenina, sobre todo cuando las grandes firmas de alta costura sacan sus colecciones. Me inspiro; pero nunca copio.
–Haces un trabajo magnífico –la felicitó Nelly, que seguía su recorrido por el taller.
Al ver las máquinas de coser, los retales y los patrones de fieltro se sentía algo nostálgica, pero feliz por su hija pequeña.
–Tesoro –le dijo, a la vez que se giraba hacia ella–, si quieres presentarnos a alguien, yo seré la primera en alegrarme. Sabes que mi sueño es verte casada, verte…
–¡Mamá! –protestó enfadada Ève.
De nuevo a la defensiva, miraba a su madre como a una enemiga. Irritada, Nelly se encogió de hombros.
–No te he dicho nada malo –se defendió.
–¡Maldita sea! ¿Cuándo me dejaréis todos en paz de una vez?
Furiosa, Ève se precipitó hacia la escalera y la bajó a toda prisa, dejando a Nelly estupefacta. ¿Por qué tanto enfado? Y, cinco minutos antes, después de hablar por teléfono, ¿por qué se sentía tan incómoda? Incapaz de comprender, Nelly se quedó largo rato inmóvil en mitad del taller, sin saber qué hacer. Ève era muy reservada, sí, pero también era totalmente libre de hacer lo que quería sin escuchar la opinión de nadie. Si se veía con un expresidiario o con un cura, era asunto suyo, no tenía por qué ponerse así. Pasara lo que pasara, Nelly se abstendría de juzgar a su hija y le daría la razón. Extendió la mano hacia la parte de arriba de un traje sastre a medio terminar, examinando distraídamente los ojales. Cuando ella era joven, en esos detalles se veía si una modista era buena. Un dobladillo invisible en un tejido delicado, un ojal discreto, un ribete bien recto. Suspiró y dejó el trozo de tela. Ella nunca se hubiera atrevido a contestar a su madre en ese tono, pero hoy en día las cosas eran distintas.
Bordeando las mesas llegó al fondo del taller, donde Ève se había acondicionado un pequeño despacho. Allí solía hacer las cuentas, cuando ya se habían marchado sus empleadas, o firmaba cheques. ¿Cabía suponer que su mal humor se debiera a problemas de dinero? De pensarlo, Nelly se sintió mal. ¿Acaso el acuerdo al que habían llegado al traspasarle el taller no era beneficioso para Ève? A cambio de todo el taller, máquinas y material incluidos, así como toda la fiel clientela, Nelly no le había pedido a su hija más que un porcentaje irrisorio de los beneficios. Quizá debiera renunciar a ese porcentaje y considerar la deuda saldada, aunque no fuera cierto. Pero si lo hacía, Nelly se quedaría sin ningún ingreso y, en cierto modo, habría favorecido a Ève en perjuicio de Béatrice.
Perturbada por todas esas cuestiones, se inclinó sobre el escritorio. ¿Tenía derecho a echar un vistazo a los extractos bancarios de su hija? Sería una indiscreción, pero resultaba más fácil hacer eso que preguntarle a Ève directamente. Como no soportaba la idea de abrir los cajones, se contentó con mirar lo que tenía delante: un cuaderno de encargos abierto por una página bien llena, facturas de proveedores y un montón de cartas profesionales. Y una esquina de una foto que asomaba debajo de un libro de cuentas. Sin poder contenerse, Nelly extendió la mano y tiró de la esquina. La foto no tenía nada del otro mundo, en ella se veía a Ève con una amiga, agarradas por los hombros, con el mar de fondo. ¿La playa de Carnon? ¿Palavas-les-Flots? En cualquier caso, hacía mucho viento, pues el largo cabello rubio de la amiga flotaba, y un mechón le rozaba a Ève la mejilla. Nelly se disponía a dejar la fotografía en su sitio pero se lo pensó mejor y se la acercó a los ojos. La actitud de las dos chicas expresaba algo más que solo alegría. Era evidente que entre ellas existía una gran complicidad, o más bien cierta… sensualidad. Nelly observó la sonrisa lánguida de la chica rubia, la ternura con la que Ève la abrazaba, y de pronto la verdad le saltó a la vista. Se trataba de una foto de pareja, una pareja feliz y enamorada.
Durante unos segundos Nelly se quedó petrificada, y luego soltó la foto como si quemara. Más incómoda por su indiscreción que por su descubrimiento, pensó enseguida en Max. ¿Cómo reaccionaría su marido cuando se enterase? Pero, después de todo, ¿por qué habría de enterarse? Se suponía que Nelly no debía curiosear en las cosas de su hija pequeña, por consiguiente no sabía nada, y no diría nada. De hecho, no eran más que suposiciones suyas, quizá equivocadas, y mientras Ève no se sincerase con ella, Nelly no tendría ninguna certeza y no iría por ahí esparciendo rumores desconsiderados.
Devolvió la foto a su lugar debajo del libro, poniendo cuidado en que asomara la esquinita. Apartándose del escritorio, observó algo turbada el taller de costura. De tanto como se había concentrado en esa playa, durante un momento había olvidado dónde estaba. Y, a propósito, ¿por qué no iba nunca al mar? Había dejado que pasara todo el verano sin poner los pies en la playa para huir de las hordas de veraneantes y turistas, pero siempre hacía dos o tres escapadas al principio del otoño. Ese año ni se había acordado siquiera. No había dudas, se estaba haciendo vieja.
Contenta de haber encontrado algo en qué pensar, dejó de obsesionarse con la joven rubia, decididamente guapa, a la que reconocería sin problema entre los invitados del sábado.
Dimitri cargó la última caja en el coche y cerró el maletero.
–¿Tú crees que nos lo beberemos todo? –preguntó Daphné pensativa.
–Vamos a ser ochenta, y es probable que la fiesta se prolongue. Anton tiene pensado incluso poner música para que la gente baile. ¡Eso puede que nos dé sed a todos!
Encogiéndose de hombros con fatalismo, añadió:
–Si hay algún hueco en tu agenda, resérvame un baile.
–Muy bien, te tomo la palabra para un rock. Pero uno de verdad, ¿eh? Con pasos acrobáticos y todo. O si no una lenta que nos haga llorar. Bueno, pero hasta entonces todavía tengo que cerrar la tienda e ir a buscar mi coche, que lo he dejado aparcado en el quinto pino. Nos vemos en La Jouve.
Daphné volvió a la tienda mientras Dimitri se sentaba al volante de su Lancia. ¿Por qué ya no conseguía comportarse con naturalidad con ella? Durante años había sabido mostrar un cariño espontáneo y ahora se refugiaba detrás de una actitud irónica. Sus conversaciones se resentían, se habían vuelto algo ácidas. Hacía un mes, por ejemplo, se ofreció a llevarla para evitarle tener que ir a buscar su coche. También le habría preguntado lo que pensaba ponerse para la fiesta. Se habría inclinado sobre ella para besarla en el cuello, algo que hoy ya no se atrevía a hacer. Y si de verdad llegaban a bailar, pondría el brazo estirado de barrera entre ellos, no sería capaz de atraerla hacia sí.
–¡Eres patético, chaval! –gruñó.
Nunca había sido tímido ni torpe con las mujeres. El juego de la seducción lo divertía, sabía saborear sus victorias o aceptar sus derrotas. Ya le había ocurrido pasarlo mal tras una ruptura, o sentir alivio; unas cuantas aventuras más o menos logradas habían forjado su experiencia, pero nunca antes había tenido que enfrentarse a una situación tan ambigua. ¡Si por lo menos hubiera podido alejarse de Daphné el tiempo suficiente para no pensar en ella! Pero, por desgracia, las dos semanas que pensaba pasar en Nueva York no iban a ser suficientes, en cuanto regresara se encontraría con ella en La Jouve en las celebraciones de Navidad y Año Nuevo y casi todos los fines de semana. Entonces ¿qué podía hacer? ¿Huir de Montpellier y de su familia? ¿Instalarse en París, cambiar de país? No, no podía poner su vida patas arriba por una debilidad que esperaba fuera pasajera. Y, como su salvación vendría a la fuerza de otra mujer, no tenía más que salir todas las noches, aceptar todas las invitaciones que recibía, organizar cenas con sus amigos en lugar de ir él solo al cine.
Evitó de milagro a un coche que acababa de frenar de repente delante de él e insultó al conductor al adelantarlo. Francamente, no era el día más indicado para tener un accidente, sobre todo con el maletero lleno de botellas de alcohol. Y, de todos modos, detestaba la idea de abollar su valioso Lancia.
Al llegar a La Jouve descubrió la larga carpa blanca recién montada que se erigía en el centro de la explanada. En su interior, Anton se afanaba con dos desconocidos en terminar la instalación eléctrica mientras Béatrice y Diane empezaban a colocar la vajilla en el bufé. Dimitri descargó las cajas de vino y luego fue a dejar el coche en el aparcamiento que había preparado Anton detrás de uno de los edificios. Al volver aprovechó para cerrar su laboratorio con llave.
–¡Le he dicho a Ève que haga lo mismo con el taller de costura! –le gritó Nelly, que cruzaba la explanada cargada con una pesada bandeja.
Dimitri fue a quitársela de las manos y la acompañó hasta la carpa.
–Mejor que esté todo cerrado –añadió–, nunca se sabe lo que se le puede ocurrir hacer a la gente. De tu padre no me preocupo, su puerta está siempre cerrada con llave. ¡Oh, pero deberíamos haber hecho una excepción esta noche! Había pensado que Anton podría barrer un poco, y con una iluminación bonita…
–Ni lo pienses siquiera –la interrumpió Dimitri con una sonrisa.
–Pero es su obra lo que festejamos, ¿no? Y viene mi amigo periodista, el de Midi Libre, espera poder hacer unas cuantas fotos, así que todas esas estatuas inéditas serían…
–No sé ni cómo se te ocurre.
Decepcionada, Nelly se dirigió a toda velocidad hacia la casa. Como siempre, se esforzaba muchísimo en que su marido estuviera contento, y tenía mil cosas por preparar en la cocina. Para cuando empezara la fiesta, estaría agotada.
–¿En qué puedo ayudaros? –le preguntó Dimitri a Béatrice después de dejar la bandeja en el bufé.
–Pon el hielo picado en los contenedores grandes y mete las botellas para que se enfríen.
Louis y Paul entraron al galope en la carpa, haciendo resonar el parqué.
–¿Y nosotros? ¿Qué hacemos nosotros?
–Para empezar os tranquilizáis un poco –replicó su madre–, y luego me traéis las servilletas de papel.
Salieron como flechas, en un estruendo de carreras.
–Esta noche les dejaré acostarse tarde –anunció Béatrice en tono resignado.
–No puedes no dejarles, sería malvado por tu parte.
–¿Ah, sí? Vaya, ¡empiezo a entender por qué les gusta tanto su tío Dimitri! Anda, mira, ahí está Daphné… Ven por aquí, bonita, que un poco de ayuda no viene mal.
Vestida con un vaquero desgastado, un grueso jersey de cuello vuelto y zapatillas de deporte, Daphné parecía una chiquilla. Se reunió con los demás, visiblemente feliz por toda la actividad que reinaba en La Jouve.
–Vamos a colocar las mesas y los manteles –le propuso Béatrice–. Mientras tanto, si Vladimir y Dimitri nos hacen el favor de ir al camión a buscar las sillas plegables…
–¡Que no, así no, queda feísimo! –exclamó Ève que, en la otra punta de la carpa, protestaba por la disposición de las guirnaldas luminosas–. Esto no es el baile del catorce de julio, déjame a mí.
Sin rechistar, Anton recogió del suelo un paquete de cables y la siguió.
–Ève siempre tiene buenas ideas para la decoración –le dijo Béatrice en voz baja a Daphné.
–Pues yo me pregunto qué pensará Max cuando vea todo esto –comentó Diane, dejando un cesto con cubiertos junto al bufé.
–Más vale que le guste –gruñó Vladimir–. ¡Con lo que nos está costando montarlo todo!
–Sí, pero ya sabes cómo es.
–¿Gruñón?
–Susceptible, orgulloso, le gusta llevar la contraria… –enumeró Diane.
–Egoísta –añadió Béatrice.
–Cascarrabias y despreciativo –dijo a su vez Ève.
–¡No digáis nada más, os habéis pasado! –protestó Daphné, siempre dispuesta a defender a Max.
Desde lo alto de la escalera, a la que se había subido para colocar las luces, Ève soltó una gran carcajada contagiosa. Anton se reía tanto que tuvo que sentarse en el suelo entre sus cables.
–Qué malos sois –masculló Daphné, aunque no pudo reprimir una sonrisa.
La llegada de Nelly no les dejó seguir con el tema, y se volvieron a poner manos a la obra. Poco a poco, el interior de la carpa se iba transformando, pero hacía mucho frío.
–¿Cuándo piensas encender la calefacción? –le preguntó Nelly a Anton.
–Dos horas antes de que lleguen los invitados, con eso bastará. Esos trastos chupan muchísima energía.
–¿Dónde están los niños? –preguntó Béatrice preocupada–. Tenían que traer las servilletas.
–Por ahora están merendando.
–¡Mamá! ¿Les has dejado solos en la cocina? Te lo aviso, van a enredar en todo lo que hemos preparado.
–Que no, mujer, confía en ellos.
Vladimir, que había salido de la carpa, volvió con su móvil en la mano.
–Acaba de llamarme Hubert. Parece ser que papá está inaguantable, ¡y eso que hasta ahora los resultados de sus pruebas son excelentes! Por si te preocupaba, mamá, su corazón está bien, y sus arterias también.
–¿A qué hora vuelven?
–Hubert espera poder demorar las cosas. En el peor de los casos, se lo llevará a tomar algo para celebrar los buenos resultados. Llegarán a casa sobre las siete. Para entonces todo debería estar listo, ¿no?
–En principio –asintió Nelly.
Se sentó en una de las sillas que Dimitri acababa de abrir.
–Voy a descansar un momentito, hijos.
Desde lo alto de su escalera, Ève examinó la cara de su madre.
–Vosotros dos –les dijo a sus hermanos–, no dejéis que mueva un dedo, está agotada. Yo me voy al taller a por unos lazos, se me ha ocurrido una idea de decoración muy original.
Anton había dejado sus cables y se había acercado a Nelly.
–¿Quieres algo, un vaso de agua?
–No, solo me duelen los pies, no me he sentado ni un momento desde esta mañana.
–Te voy a traer otros zapatos –le propuso–. ¿Tus bailarinas, las que están en la antecocina?
–Sí, gracias, qué detalle.
Anton salió enseguida, ante la mirada atónita de todos.
–El hijo modelo es él –bromeó Dimitri–. Nosotros somos un cero a la izquierda. Bueno, mamá, ya has oído a Ève, tú ya no te levantas de esa silla.
–Está bien, pero, ven, que tengo que hablar contigo.
Se sacó una hoja del bolsillo de la chaqueta y se la dio.
–Toma, mi lista de invitados. Me estoy empezando a preocupar de que se me haya olvidado alguien importante.
–Que no, estate tranquila, lo hemos comprobado varias veces. Vendrán todos sus amigos, no ha fallado casi ninguno.
Sin embargo, por su edad y por cómo se había retirado Max de la vida pública, sus padres no tenían muchas amistades. Al constatarlo unas semanas antes, en una conversación con su madre, Dimitri se las había apañado para que sus hermanos invitaran también a algunos amigos. Sabía cuál era el deseo de su madre: que Max se sintiera lo más arropado posible. Que esa fiesta sustituyera a las que no le organizaban en París. Que fueran muchos los que lo aclamaran, los que lo reconocieran como un artista irremplazable.
–Todo va a salir bien –le dijo, inclinándose sobre ella.
La besó detrás de la oreja, y le divirtió constatar que llevaba uno de sus perfumes.
–Hueles muy bien.
–Y tú eres un buen hijo. Anton no es el único que me cuida, sois todos maravillosos.
Le sonreía con tanta ternura que a Dimitri se le encogió el corazón. Si se iba de Montpellier por no ser capaz de asumir su atracción por Daphné, la primera que sufriría sería Nelly. Todo lo que le pedía a la vida era estar rodeada de su tribu, tener a sus polluelos en el nido.
–¡Vladimir! ¡Dimitri! ¡Corred!
Daphné gritaba, muy asustada, con el cuerpo arqueado, sujetando el bufé, que amenazaba con venirse abajo. Dimitri fue el primero en llegar y levantó la tabla, que soportaba demasiado peso, mientras su hermano recolocaba uno de los caballetes.
–Es culpa mía –reconoció Daphné–, le he dado una patada sin querer, y luego he intentado…
–Si ha pasado una vez –dijo Dimitri–, podría volver a pasarle a cualquiera. Creo que hay que echarlos para atrás, será más seguro.
Daphné asintió con la cabeza y añadió, con expresión maliciosa:
–No me has dicho que soy una torpe, qué detalle.
–Te concedo una tregua –replicó él–, pero solo hoy.
–¿Hasta medianoche, como Cenicienta? Y cuando suenen las doce campanadas, ¿volverás a soltarme una puya tras otra?
–¿Yo?
–Dimitri –se quejó Vladimir–, estoy cargando yo con todo, ¡y se está inclinando hacia un lado!
–Perdona. Ya está. Empuja los caballetes hacia el fondo, Daphné, bien rectos. Un poco más… Así, perfecto.
Dimitri se incorporó, se aseguró de que el bufé estaba bien sólido y se volvió hacia Daphné.
–Espero que no estés hablando en serio –le dijo.
–Pues un poco sí.
–¡Mirad lo que traigo! –exclamó Ève, que volvía con los brazos cargados de lazos multicolor–. Voy a atar lazos en las mesas, en el bufé, en todas partes, quedará mucho más acogedor sobre tanto blanco. ¿Quién quiere ayudarme?
–Yo –se ofreció Nelly–. Hacer nudos no es cansado, y mientras tanto, dejo la cocina en manos de Béatrice y de Diane.
–De todas maneras, solo tú sabes hacer bien estas cosas –dijo Ève riendo–. Bueno, y también cocinar.
–¡Vaya, muchas gracias! –se indignó Béatrice.
–Lo decía por Diane.
–Qué simpática.
–No te lo tomes a mal, pero es la verdad: solo contigo, conmigo o con Daphné en los fogones no bastaría.
–En esta familia sois todos tal para cual –se burló Daphné.
Anton había vuelto con las bailarinas de Nelly y se puso a recoger todo lo que había por el suelo de la carpa.
–Hay que darse prisa –dijo–, ¡que el tiempo vuela!
Vladimir abrió las últimas sillas mientras Ève se ponía con los lazos.
–Vamos a buscar las bandejas que faltan –decidió Béatrice–, quiero ver qué hacen los niños.
–Vaya cara pones –le dijo Daphné a Dimitri, agarrándolo de la cintura–. Dentro de unas horas, esta fiesta que tanto te disgusta habrá terminado.
–Pero si no me…
–Sí, sí. No estabas de acuerdo en organizarla, acuérdate. Y estoy segura de que estás enfadado conmigo por habérseme ocurrido esta idea de la fiesta de cincuenta años.
–En absoluto. De hecho, lo estoy preparando todo con muy buena voluntad. ¡Incluso pienso que nos vamos a divertir!
La sentía junto a él y tenía ganas de abrazarla.
–Últimamente –prosiguió Daphné–, no me quieres nada. Ya nunca me llamas para ir al cine, ya nunca vienes a verme a la tienda. ¿Pasa algo entre nosotros?
–No seas tonta –contestó él, apartándose de ella con demasiada brusquedad–. Eres mi… mi pequeña Daphné, ya lo sabes.
Las palabras le quemaban en la lengua, debía de parecer un mentiroso. Pero ¿qué otra cosa podía decirle? Se obligó a mirarla a la cara, y vio tristeza en sus ojos chispeantes.
–Estoy preocupado por cosas de trabajo –le explicó–. No tiene nada que ver contigo. Este viaje a Nueva York me agobia un poco. Ya están con los bocetos del frasco, cuando yo ni siquiera he elaborado el perfume, ¿te imaginas la presión que tengo encima?
–Olvida todo eso esta noche y sé caballeroso conmigo. ¡Me has prometido que me sacarías a bailar!
–A mí también me lo ha prometido –dijo Ève al pasar por su lado–. Es la mejor pareja de baile que conozco, ni que se entrenara a escondidas todas las noches en las discotecas. Pero ten cuidado cuando te lance por los aires, no es nada consciente de su fuerza.
Ya volvían Béatrice y Diane, seguidas de los niños, y entre todos terminaron de preparar el bufé.
–Creo que es hora de que nos cambiemos de ropa –sugirió Nelly.
Se arrebujó en el chal que Anton le había traído, además de las bailarinas.
–Pon ahora la calefacción o nos congelaremos toda la noche.
–Sí, ya me ocupo, y también de instalar el equipo de música. Hala, marchaos todos.
Como si fuera el maestro de ceremonias, Anton los acompañó hasta la salida de la carpa y cerró con cuidado la lona tras ellos.
La reacción de Max estuvo a punto de poner en peligro toda la velada. Al volver de Montpellier con Hubert, se quedó parado delante de la carpa, donde estaban ya los primeros invitados. Y, cuando entendió que se trataba de una recepción en su honor para celebrar sus cincuenta años de carrera, ni siquiera trató de disimular su contrariedad. Por suerte, Nelly llegó justo en ese momento, muy elegante con un vestido de terciopelo negro, y parecía tan feliz de haberle preparado una sorpresa, que Max no tuvo el mal gusto de quejarse. No obstante, saltaba a la vista que esa conmemoración, cincuenta años más tarde, de su primera exposición en París no le hacía ninguna ilusión.
Como estaba previsto, nadie faltó a la llamada, y pronto la carpa se llenó de gente que charlaba y reía animadamente. Ajena al malestar de su marido, Nelly contaba a todo el que quería escucharla que Max iba a celebrar pronto una gran exposición en París, una cita tan importante que pronto estaría en boca de todos. En cuanto se enteraban, los amigos se acercaban a felicitar a Max y él les contestaba con una sonrisa cada vez más crispada que más bien parecía una mueca.
En varias ocasiones, y con la esperanza de relajarlo un poco, Dimitri le llevó una copa de vino, un plato con fiambre y una porción de tarta. Al final, su padre lo recompensó con un comentario acerbo sobre esa «fiesta de patrocinio del todo absurda».
Un poco antes de medianoche, una pareja de cierta edad dio la señal de partida, y Max aprovechó para despedirse de todo el mundo, explicando que había tenido un día agotador. Media hora después ya se habían marchado todos los invitados de su generación, lo que le permitió a Anton apartar las mesas y poner música. Eran solo veinte personas, pero estaban todas decididas a divertirse.
–Me recuerda a cuando éramos jóvenes –decretó Vladimir–. Cuando nuestros padres se iban a la cama, ¡para nosotros empezaba la juerga!
Le tendió la mano a Diane y, juntos, dieron unos pasos de baile.
–¿Los acompañamos? –le propuso Hubert a Béatrice.
A los niños, rendidos, se los había llevado Nelly a la cama, pese a sus protestas, por lo que Béatrice aceptó, entusiasmada.
–Rock Around the Clock! –anunció Anton–. ¡Para caldear un poco el ambiente!
Se acercó a invitar a bailar a una chica que no se había separado de Ève en toda la fiesta, en el mismo momento en el que Dimitri tomaba de la mano a Daphné. En pocos segundos, las cuatro parejas encontraron su hueco para no molestarse y se lanzaron a un baile desenfrenado. Daphné ya había tenido ocasión de bailar con Dimitri y se dejaba llevar con total confianza, segura de él pasara lo que pasara.
–¿Has visto? –le comentó Dimitri en voz muy alta–. Anton nos gana a todos, ¡parece un bailarín profesional! Agárrate fuerte, vamos a intentar competir con él.
La canción era larga y acabaron todos sin resuello.
–Se nos ha pasado la edad –jadeó Vladimir, sirviéndose un gran vaso de agua.
–Habéis ganado la primera mano –le dijo Dimitri a Anton–, pero ya nos tomaremos la revancha.
–Es gracias a mi pareja, se sabe todos los pasos, y eso que no somos de la misma generación.
–¿Quiere probar conmigo, señorita…?
–Maud –contestó la joven, y sonrió a Dimitri.
–Maud, es verdad. Me lo dijo Ève.
Cambiaron una mirada cómplice que extrañó a Daphné. Aparentemente se conocían, aunque fingieran lo contrario. Los miró bailar un momento, y luego se acercó a Ève para comentarle algo al oído:
–Parece que a Dimitri le gusta tu amiga.
–Ah, ¿tú crees? Pues lo siento por él, porque mi amiga tiene pareja.
–Qué se le va a hacer… ¡Con las ganas que tengo de ver a Dimitri enamorado por fin!
–No lo he visto enamorado muchas veces. Atraído por alguien, sí, pero enamorado, no.
–¿Nunca?
–Bueno, sí, una vez, hace tiempo. Desde entonces desconfía del amor.
Daphné se abstuvo de todo comentario sobre la soltería de Dimitri pues el tema concernía también a Ève. Cuando un amigo de Diane la invitó a bailar, aceptó enseguida, decidida a pasárselo bien. Anton les puso cuatro rocks más, seguidos de un tango que él bordó con Maud, impresionando a todo el mundo, y, por último, apagó algunas luces para poner varias lentas.
Despeinada y sudando, Daphné se había desplomado sobre una silla. Echó un vistazo a su reloj y vio que eran casi las dos de la mañana. Sin embargo, quería seguir disfrutando de la fiesta e incluso llegó a preguntarse por qué no se entregaba más a menudo a esa clase de distracciones. En Montpellier había muchos locales donde ir a bailar, pero nunca los frecuentaba. Observó a las parejas abrazadas que aprovechaban el ritmo lento de la música para recuperar el resuello. Béatrice apoyaba la cabeza en el hombro de Hubert, Vladimir abrazaba a una mujer desconocida, Diane se dejaba llevar por Anton, que se inventaba una coreografía especial que recordaba a un vals lento, y Dimitri, estrechando a Maud contra sí, le hablaba al oído. Daphné se levantó y se acercó a rebuscar entre los discos amontonados junto al equipo de música. Algunos títulos no le sonaban de nada, otros le recordaron la época en que conoció a Ivan.
–¿Quieres algo especial? –le preguntó Anton, deteniéndose junto a ella.
Como no contestaba, y la canción que sonaba llegaba a su fin, Anton le guiñó un ojo.
–Voy a poner una canción antigua fantástica, ve a buscar pareja.
Los bailarines aprovechaban la interrupción para ir a beber algo. Daphné se acercó al bufé y le dio una palmadita en el hombro a Dimitri.
–¿Un último baile? –le propuso cuando ya sonaban los primeros acordes de un tema de Frank Sinatra.
Dimitri tenía un vasito de vodka en la mano, y se lo bebió de un trago antes de agarrar a Daphné de la muñeca.
–¿No hay otro hombre disponible bajo esta carpa? ¿No te has fijado en nadie?
–Un amigo de Diane, un médico, se llama Rémi. Hemos bailado un montón y nos hemos dado los teléfonos, pero ya se ha marchado.
Atrayéndola hacia sí, le deslizó una mano por la espalda hasta la cintura.
–Y no habíais invitado a muchos jovencitos –añadió riendo.
Frente a él, Daphné parecía de verdad pequeña. Pese a los tacones, era demasiado bajita para apoyar la cabeza en su hombro, así que se contentó con apoyar la mejilla en su pecho.
–Me da miedo mancharte la camisa de maquillaje.
–¿Te has maquillado?
–¡Y nadie se ha dado cuenta!
La otra mano de Dimitri le rozó la nuca hasta quedarse entre sus omóplatos. Abandonándose a la voz melódica de Sinatra, Daphné cerró los ojos. Dimitri y ella se acompasaban de maravilla, se movían con naturalidad, siguiendo la música.
–Te gusta esa tal Maud, ¿verdad?
–No, en absoluto.
–Me había parecido que sí.
–No te fíes de las apariencias.
Dimitri le hablaba en voz baja, con la cabeza inclinada hacia ella, y su respiración le rozaba el pelo.
–Contigo siempre tengo la impresión de estar a salvo –le dijo ella sin saber muy bien por qué.
Se sentía a gusto, no le apetecía que Sinatra parase de cantar. Una de las piernas de Dimitri se había deslizado entre las suyas, y reparó en que estaban totalmente pegados el uno al otro. Cuando estaba a punto de apartarse un poco de él, Daphné sintió de pronto su deseo contra su muslo. Por un segundo fue incapaz de reaccionar, la situación la superaba por completo. Bromear no habría sido muy buena idea, sabía bien que a los hombres no les gustaba que se burlaran de sus erecciones incontrolables, pero no podía quedarse pegada a él, como si disfrutara excitándolo.
–Dimitri –murmuró, levantando la cabeza hacia él.
Justo en ese momento se apagaba ya la voz de Sinatra, y, a su alrededor, las otras parejas le pidieron a Anton que pusiera otro tema igual de lento y melódico.
–Lo siento mucho –articuló Dimitri con una voz átona.
Tardó un segundo más en apartar las manos de ella, retrocedió un paso y farfulló:
–Creo que he bebido demasiado, o será esta canción, que es irresistible…
Iluminado por la luz que Anton había tamizado, su rostro parecía demacrado, y sus ojos, aún más claros que de costumbre, casi transparentes.
–De verdad, Daphné, siento que hayas tenido que pasar por esto, soy ridículo.
–Que no, hombre, no es nada.
No lo dijo muy convencida, seguía anonadada por lo que acababa de ocurrir. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir, se sentían tan incómodos el uno como el otro, frente a frente. Por fin Dimitri se dio la vuelta, dispuesto a marcharse dejándola ahí sola, pero cambió de idea y la agarró delicadamente del codo para llevarla hasta el bufé arrasado. Rebuscando entre la vajilla, encontró dos vasos limpios, sirvió un dedo de vodka y añadió tónica.
–Olvídalo, ¿vale? –le pidió y levantó su copa para brindar.
–Claro. No le des más vueltas. En el fondo, es humano, y hasta divertido.
La mirada de Dimitri era del todo indescifrable. La observó con insistencia unos segundos, antes de beberse la copa de un trago.
–Te veo mañana. Me voy a dormir, estoy cansado.
Cruzó la carpa, recogió al pasar su chaqueta, abandonada sobre el respaldo de una silla, y desapareció. Daphné tenía sed y bebió a largos tragos, con la mirada perdida. No imaginaba que Dimitri fuera tan susceptible. Ni, de hecho, que pudiera manifestar un deseo tan incongruente por ella. Pero, si se paraba a pensar un poco en ese pequeño incidente, tenía que reconocer que le había parecido agradable su manera de abrazarla, y que el contacto de sus manos sobre su cuerpo, de una sensualidad evidente, no la había chocado. De modo que tenía ella tanta culpa como él de lo ocurrido. Tan solos ambos, habían llevado demasiado lejos el placer del baile, y se habían encontrado con una sorpresa. No había que darle muchas vueltas al tema. Al contrario, tenían que poder reírse de ello, disfrutaban de la complicidad suficiente para hacerlo. Bueno, y ¡que un hombre la deseara no era nada ofensivo, cualquier hombre, incluso su mejor amigo!
–¿No se pasa un poquito Dimitri? –le preguntó en voz baja Ève, a la que no había visto acercarse.
Incómoda, Daphné se encogió de hombros, pero Ève añadió enseguida:
–¡Podría esperar a que se fueran los últimos invitados antes de darse el piro! Vale, sí, papá ha dado muy mal ejemplo, pero él al menos tiene la disculpa de la edad.
–Creo que se había pasado un poco con el alcohol –explicó Daphné con una sonrisita, aliviada de que Ève no se refiriera a otra cosa.
–Todos hemos bebido demasiado, ¿y qué? No es disculpa. Pero tienes razón, él se ha debido de pasar de verdad, porque la manera de pegarse a ti hace cinco minutos era francamente… la de un macho en celo. ¡Buf, los hombres, qué pesadilla!
–Sí, pero cuando los necesitamos, bien que nos gusta que estén ahí –protestó Daphné, que quería tomar partido por Dimitri.
–Tú, quizá, pero no todo el mundo.
Imitando a Dimitri, los últimos invitados buscaban ya sus abrigos y se despedían de los anfitriones. Cuando se marcharon todos, los miembros de la familia se reunieron, agotados pero felices. Ante el caos que reinaba bajo la carpa, Béatrice decidió que ya lo recogerían todo al día siguiente.
–¡Ha sido una fiesta fantástica –declaró Vladimir–, nos lo hemos pasado muy bien!
–Mejor que papá –suspiró Béatrice–. Como suponíamos, no parece que le haya gustado mucho nuestra idea. Pero al menos me he podido poner este precioso vestido…
Hubert se acercó, la rodeó por los hombros y le dio un beso apasionado en los labios.
–Venga, iros ya, que voy a apagar las luces –les avisó Anton.
Se dirigieron a la salida, decepcionados de que todo hubiera acabado. Fuera, la noche era fría, con un cielo cuajado de estrellas. Daphné, que cerraba la marcha, se detuvo un instante para contemplar las constelaciones. Si había una vida después de la muerte, Ivan estaba ahí arriba, entre los astros centelleantes, y algún día se reuniría con él.
Dimitri comprobó el maletín metálico en el que acababa de guardar con cuidado sus frasquitos, un clasificador y unos cuantos accesorios que necesitaría si quería seguir trabajando. No pensaba poner un pie en La Jouve hasta que se marchara a Nueva York, y la perspectiva de tener que pasar allí las fiestas dentro de menos de un mes lo desesperaba. ¿Cómo había podido ser tan tonto o tan inconsecuente para creer que se dominaría? Pero no, nada más lejos, ¡había tenido una erección de padre y muy señor mío encima de la pobre Daphné! ¿Qué se había pensado, que su buena educación bastaría para domeñar la naturaleza? Sea como fuere, no podía haber elegido peor momento, rodeado de su familia y sus amigos, para comportarse así. Sin duda, Daphné era comprensiva, no le guardaría rencor por ello, pero ya no lo vería como a un hermano.
–Pues tanto mejor –estalló Dimitri.
Al salir de la carpa se había ido derecho a su laboratorio, decidido a marcharse de La Jouve nada más recoger sus cosas. Ni hablar de desayunar en familia por la mañana, nada de bromitas ni de palmaditas en la espalda. Ni hablar de aguantar la mirada irónica de Ève, la menos indicada para reírse de él, puesto que ni siquiera había tenido el valor de presentarles a Maud como su pareja sentimental. Ni hablar de ver a su padre preguntando, enarcando una ceja, la razón de esa «fiesta de patrocinio». Y, lo peor de todo, ni hablar de tener que soportar la amable camaradería de Daphné. Ya no quería seguir torturándose, sufriendo en secreto un deseo desgarrador ¡del que al final todo el mundo había podido ser testigo! Pero ¿por qué, por qué se había enamorado de ella? El mundo estaba lleno de mujeres, elegir a esa en concreto era absurdo, por no decir perverso. Su pequeña Daphné tan divertida, tan enternecedora, a la que había podido arrullar en sus brazos sin la menor segunda intención al morir Ivan, su buena amiga Daphné que, era obvio, nunca podría quererlo como la quería él a ella porque se parecía demasiado a su hermano muerto.
Furioso consigo mismo y con el resto del mundo, cerró el maletín. De un vistazo comprobó que no olvidaba nada. A partir de ese momento, lo único importante y en lo que debía centrar toda su energía era ese perfume tan inalcanzable cuya fórmula seguía escapándosele.