3

Hubert cerró el libro con un suspiro de exasperación. Se quedó mirando unos instantes el prometedor título: El papel de la mujer en la sociedad del tercer milenio. No era más que un montón de lugares comunes y de tonterías. Para empezar, ¡poner «sociedad» en singular, como si solo hubiera una! Y, por si eso fuera poco, ¿por qué sostenían los autores que las mujeres debían obligatoriamente traer a sus hijos al mundo cada vez más tarde y dejar su crianza en manos de otras personas?

Contrariado, sabía muy bien de dónde venía su malhumor. ¡La elección de Béatrice de quedarse en casa para ocuparse de sus dos hijos no la convertía en una «ama de casa de menos de cincuenta años» con delantal de cuadros sin más horizonte que la televisión como telón de fondo! Cuando le preguntaban a qué se dedicaba su esposa, la respuesta de «ama de casa» provocaba casi siempre una pequeña mueca de conmiseración. ¿Por qué? En realidad, en La Jouve, Béatrice se sentía una mujer realizada, allí era feliz con sus dos hijos, rodeada de toda su familia.

Ah, la familia Bréchignac… Una tribu de amables pirados, habría pensado Hubert de no haber sido psiquiatra. Pero lo era y no podía permitirse un juicio tan duro. A veces se sorprendía a sí mismo observándolos con una mirada profesional, con predilección por Maximilien, que habría sido un apasionante caso de estudio. Sin embargo, lo apreciaba mucho, y a los demás también, a casi todos ellos. Bueno, Ève lo irritaba un poco con su inclinación por la reserva y el misterio, que en realidad ocultaba una profunda angustia vital, y Dimitri lo desconcertaba. Era un hombre encantador, un triunfador en todos los terrenos, pero resultaba imposible calarlo. Era un solitario sociable, un tipo sombrío con mucho sentido del humor, un colérico siempre tranquilo: el fuego bajo el hielo, por decirlo de alguna manera. Por suerte estaba Nelly. Ella era un condensado de todas las madres, su ternura lo envolvía a uno como un jarabe, y, bajo su ala protectora, nada grave podía ocurrir. Los tenía a todos en alta estima: a Hubert lo consideraba el único médico digno de confianza; a Vladimir, el único banquero honrado; a Ève, la modista más inspirada; a Béatrice, la única digna de sucederla al timón de La Jouve; a Diane, una enfermera modelo, y a Dimitri, un genio, por supuesto. Lo cual, como era obvio, molestaba a Maximilien. Pero este tenía un verdadero problema: el de haber sido un gran artista y no serlo ya, pero en ese terreno nadie podía hacer nada por él. Su reacción tras la muerte de su hijo no había sorprendido a Hubert. A la postración había seguido una rabia ciega, que desembocó en esas horribles estatuas que se habían bebido sus últimas fuerzas. A Hubert le había bastado un solo vistazo para comprender que se podría redactar una tesis doctoral sobre unas esculturas como aquellas. La mano que las había creado expresaba dolor, rechazo, pero también sentimiento de culpa. ¿De qué se culpaba Max? ¿De haber sido aquel con el que Ivan hablaba, inclinado sobre esa maldita barandilla? Y, de hecho, ¿de qué estaban hablando en ese momento? ¿Qué justificaba que Ivan no hubiera bajado tranquilamente la escalera mientras hablaba con su padre? Nadie se había atrevido a preguntárselo a Max.

Hubert dejó el libro en la mesilla de noche y miró a Béatrice, que dormía. La vio guapa, con su rostro sereno, los labios entreabiertos, respirando tranquila. Dentro de un cuarto de hora, cuando sonara el despertador, esbozaría una muequita infantil antes de su primera sonrisa del día.

Extendió la mano y la llevó al suave hombro de su mujer. Béatrice le hacía feliz, Hubert se felicitaba por ello cada mañana, y se negaba a que nadie tildara de demasiado simple esa dicha tranquila. El día que empezaba sería quizá semejante a todos los demás, ¿y qué? ¡Tanto mejor! Le gustaba ir al hospital, se interesaba por sus pacientes y recibía contento el momento de volver a La Jouve para reunirse con su mujer y sus hijos.

Volvió a comprobar la hora. Disponían aún de diez minutos antes de levantarse y despertar a los niños; podían disfrutar de uno de esos momentitos matutinos de intimidad que ambos compartían con el mismo placer. Con suma delicadeza, le levantó el camisón a Béatrice.

Cargado de bolsas, Dimitri bajó del tren y se dirigió a su coche, que estaba en el aparcamiento de la estación. Se traía de París unos mocasines, dos jerseys, cuatro camisas a medida y un abrigo. Lo necesario para afrontar el invierno con el estilo de ropa que le gustaba. Aunque no le dedicara mucho tiempo a las compras, siempre aprovechaba sus viajes para visitar sus tiendas preferidas en los ratos libres entre reunión y reunión. Una vez más, Ève le preguntaría, señalándolo con el dedo: «¿Dónde has comprado eso?». A Dimitri le divertía, pero tampoco buscaba los cumplidos de su hermana. Su profesión lo llevaba a moverse en un ambiente de lujo, y vestir con elegancia le parecía necesario cuando iba a la sede de una prestigiosa firma de perfumes deseosa de crear una novedad. Sobre todo porque, con su metro noventa y tres de estatura, no siempre encontraba ropa de su talla y no se conformaba con meras aproximaciones.

Una vez en su casa, guardó sus compras en el armario y fue a prepararse un té. El contrato que había firmado el día anterior supondría unos ingresos nada desdeñables si conseguía dejar contento a su cliente. Trataron durante largo rato las primeras propuestas que le había llevado Dimitri y se pusieron de acuerdo sobre qué línea seguir. Había empezado a pensar en ello mientras el tren rodaba a trescientos kilómetros por hora camino de Montpellier. Una dimensión francamente sulfurosa, con un toque de carácter, eso era lo que iba a buscar. Le pondría iris, la materia prima más noble, y quizá jazmín, de pétalos fragrantes. Nada de peonía blanca, era demasiado delicada, ni de clavel, demasiado picante. ¿Hibisco? Puede ser… también sándalo. El objetivo no era un perfume con encanto, sino un perfume opulento, refinado, hecho para embrujar.

Con la taza en la mano, abrió la cristalera que llevaba a la terraza, la recorrió de un extremo a otro durante unos minutos mientras se bebía el té a sorbitos, hasta que, de pronto, decidió irse enseguida a La Jouve. Impaciente por ponerse a trabajar, necesitaba estar en su laboratorio para reanudar su búsqueda. Y, conociéndose, era probable que se pasase varios días seguidos allí encerrado, saliendo solo para comer y cenar. Para mayor tranquilidad, antes de salir echó una ojeada a la nevera, que estaba vacía. Mejor, pues era probable que se ausentara varios días seguidos.

Bajó a toda velocidad los cuatro pisos silbando, montó en el coche y se incorporó a la circulación. Se sentía alegre, casi exaltado, pensando en el reto que lo aguardaba. Como el de todo perfumista, su sueño era el de encontrar un «jugo» inimitable. Demasiados perfumes veían la luz, lanzados a bombo y platillo, para luego sumirse en el olvido dos años más tarde. El mercado, muy copado por esos éxitos efímeros, dejaba poco margen de maniobra, aunque siempre tendría cabida algo excepcional. Y su cliente, que era uno de los nombres más importantes de la perfumería mundial, disponía de todos los medios necesarios para imponer una nueva creación, siempre que fuera extraordinaria y marcara época. Al tener, como tenía, carta blanca, Dimitri estaba decidido a no desaprovechar una oportunidad como esa. Pero ¿sería capaz de inventar y elaborar una fragancia tan sublime como un Chanel Nº 5 o un Shalimar?

Absorto en sus cavilaciones, reparó en que, sin darse cuenta, se estaba dirigiendo a La Bodega de Daphné, lo que le arrancó una sonrisa. Hacía unos días que intentaba no pensar en ella, y hasta había hecho el esfuerzo, en París, de llevar a cenar a una vieja amiga a la que al final había invitado a su hotel a pasar la noche. Era su manera de distraerse y pensar en otra cosa.

Entró en la calle, vio de lejos el faro de un coche de policía parado justo delante de la bodega. Intrigado primero, y muy inquieto después, aparcó en doble fila, puso las luces de aviso y se precipitó a la tienda. Con una bolsa de hielo sobre la mejilla, Daphné hablaba con uno de los agentes uniformados.

–¿Qué te ha pasado? –preguntó Dimitri al verla.

–Me ha agredido un chaval que quería llevarse lo que había en la caja.

–Y ¿usted quién es? –le preguntó el policía.

–Es mi cuñado –contestó Daphné en su lugar.

–¿Te ha robado mucho dinero?

–No, no he querido darle nada, ¡así que me he llevado un buen puñetazo! Pero he sacado esto de debajo del mostrador, y el muy imbécil se ha ido a todo correr.

Con la mano que tenía libre señaló un gran sacacorchos, irrisorio, que el otro agente examinaba con expresión divertida.

–Será que no le ha dado tiempo a ver bien lo que era –dijo Dimitri con ironía.

–Era un crío, tendría quince o dieciséis años como mucho.

–Deberá ir a comisaría, si quiere poner una denuncia –intervino el policía.

–Pues ¡claro que quiero! Los comerciantes estamos hartos de que nos agredan. Debería tener un arma, ¿no cree?

–No tiene derecho, señora.

Daphné se encogió de hombros, mascullando:

–No tenemos ningún derecho, solo deberes; así es la vida del buen ciudadano, el buen idiota, más bien.

Sin hacer caso de lo que acababa de decir, los dos agentes decidieron marcharse al ver que Daphné ya estaba acompañada.

–Mira –dijo entonces–, para vengarse, el chaval me ha roto tres botellas antes de largarse a toda pastilla. ¡De Puligny-Montrachet, de Louis Carillon, nada menos! Qué faena…

–Ya me encargo yo de limpiar todo esto. Se te ha derretido el hielo, ¿tienes más?

–No hace falta, no te preocupes.

Dimitri fue a la trastienda a buscar una escoba y un recogedor para barrer los trozos de cristal, y luego limpió el charco de vino blanco con una fregona. Cuando terminó, se apoyó en el mostrador, delante de Daphné.

–¡Últimamente no paras!

–¿A qué te refieres?

–La tormenta de la otra noche, el atraco fallido de hoy…

–¿Y yo qué culpa tengo? –protestó ella, indignada.

–Pues instala una alarma, chica. Una de esas que te desgarra los tímpanos, alerta a todo el barrio, y los atracadores salen corriendo.

–No tengo dinero para una alarma.

–Si quieres, yo…

–No, no quiero, gracias.

Se quitó el hielo, desvelando un buen cardenal.

–Yo me las apaño muy bien sola, Dimitri, no necesito que velen por mí ni que me lleven de la manita como a una niña.

Su expresión arisca habría divertido a Dimitri si no se hubiera sentido ofendido. Protegerla era un deber para toda la familia Bréchignac desde la muerte de Ivan, sin embargo, ahora que habían pasado los años, quizá Daphné se hubiera cansado de tantas atenciones. Sobre todo de las suyas, pues se había tomado muy en serio el papel de cuñado. De hermano de Ivan. De hermano mayor, de amigo fiel y de cómplice, pero nada más, por supuesto.

–Bien –contestó con desenvoltura–, me voy pitando a La Jouve. ¿Vienes esta noche?

–No creo. Voy a acostarme temprano, me duele mucho la cabeza.

Estuvo a punto de ofrecerse a ir a comprarle aspirinas, pero se acordó a tiempo de que de eso podía ocuparse perfectamente el tal Jean-François.

–Cuídate, Daphné.

Salió de la tienda de mala gana, pues tenía la sensación de que la abandonaba. ¿Por qué no se había parado a pensar antes en todo el tiempo que pasaba con ella y en lo mucho que lo disfrutaba? Por supuesto, todo el mundo la adoraba, Max el primero; era una más de la tribu, eso nadie lo ponía en duda. Tan guapa, tan simpática y tan divertida. «Si algún día te vuelves a casar, yo seré tu testigo de boda.» Recordaba haberle dicho eso. ¿Cómo había podido proferir tal estupidez? De estupidez nada, era sincero. De hecho, no había sentido envidia ni celos cuando Ivan se casó con esa chica tan maravillosa. Por aquel entonces, sus sentimientos eran únicamente fraternos, veía a Daphné como una hermana más. Si ahora la veía de otra manera, no sabía cuándo había ocurrido ni por qué.

Lo esperaba una multa, encajada bajo el limpiaparabrisas, lo que terminó de ponerlo de mal humor. Una hora antes estaba feliz y contento, dispuesto a ponerse a trabajar, y ahora se sentía desmotivado. Habría preferido quedarse en el centro, llevar a Daphné a cenar, asegurarse de que estaba bien y rematar la velada con una sesión tardía de cine.

Tienes trabajo, así que ¡olvídate! Y ya puedes ir dejándote de ideas absurdas. Entra en razón, ¿quieres?, se dijo a sí mismo.

Guardó la multa en la cartera, en lugar de romperla para desahogarse, aunque se moría de ganas de hacerlo. No estar de acuerdo consigo mismo se le hacía extraño e incómodo. Peor todavía, se exponía a no dar con su perfume si seguía con ese estado de ánimo.

Cinco minutos más tarde, al volante de su Lancia, se dirigía a la salida de Montpellier, absorto en las ventajas y los inconvenientes de añadir una pizca de nardo a la fórmula de su perfume.

Maximilien rodeó varias veces el bloque de mármol. Un hermoso material que se había traído él mismo de la Toscana diez años antes. Si quería reanudar su oficio, era muy sencillo, no tenía más que empezar a esbozar ese pedazo de mármol. Dar un primer golpe, al azar incluso, intentar algo, lo que fuera.

Pero no. No, no lo haría, lo sabía, no bastaba con dar vueltas alrededor de la piedra ni con mirarla intensamente para que surgiera una idea. Antes, podía «ver» a través de la materia, su cabeza les dictaba a sus manos los gestos que hacían surgir la forma. Antes, era un escultor, un artista. Antes, y durante cuarenta años de trabajo iluminados por unas cuantas verdaderas obras maestras, había conocido el dominio absoluto de la herramienta, una inspiración en constante evolución, el éxito exaltante. Y ahora: nada. ¡Nada de nada!

Apartándose del bloque de mármol, cruzó el taller y se detuvo delante de su última serie de estatuas yacentes. Le habían quitado todo, le habían exprimido el talento hasta la última gota. Se inclinó y recogió una larga lona que desplegó con rabia sobre ellas. Unas veces las cubría para no verlas más y, otras, las dejaba respirar. La lona estaba sucia de tanto andar por el suelo, y, cuando no tenía cuidado, quedaban al descubierto un brazo o un pie, como para burlarse de él.

París… ¿En realidad le apetecía ir a París? Pero ahora el problema era que le había anunciado su viaje a todo el mundo. Además, debía ir. Para seguir en contacto con el mundillo de su profesión, para que todos supieran que no estaba muerto, a la vez que eludía la pregunta: «¿En qué anda ocupado en estos momentos?». Mantenerse al tanto, echar un vistazo al trabajo de los demás. Ver a unos cuantos amigos, en particular a una amiga muy querida.

–¡Max, Max! ¡Ma-xi-mi-lien!

La voz de Nelly, fuera. ¿Le había llamado ya más veces? ¿Era hora de cenar? Levantó los ojos y descubrió que había oscurecido; la noche, negra como la pizarra, ocultaba los cristales opacos. Un poco antes había encendido todos los halógenos para examinar mejor ese bloque inútil del que seguía esperando una señal. Los apagó uno a uno antes de salir, y se encontró con su mujer delante de la puerta.

–Podrías haber entrado –le dijo con cariño.

Una invitación del todo inútil, pues Nelly había decidido no volver a cruzar nunca más el umbral del taller.

–Está aquí Dimitri –anunció, precediéndolo de camino a casa–. A él también me ha costado sacarlo del laboratorio, ¡está en pleno proceso de creación!

«A él también», tres palabras que hirieron a Maximilien. Dimitri no buscaba engañar a nadie, él trabajaba de verdad. ¡Pero su trabajo consistía solo en olisquear pedacitos de papel!

–¿Quién más viene hoy a cenar? –preguntó con desdén y rabia mezclados.

–Solo estamos nosotros.

De modo que no contaban con Daphné esa noche. Lástima.

–¿Y qué hay de cena?

–Crema de espárragos y lubina con hinojo.

Incluso cuando no tenían invitados, siempre eran diez o doce a la mesa, contando con los niños. ¿Cómo se las apañaban Nelly y Béatrice para hacerse cargo de todo sin quejarse nunca? Y, con respecto a la economía, ¿cómo andaban? Max nunca se había preocupado mucho por el dinero, le había dejado a Nelly la contabilidad de la casa. Simplemente se había reservado una cantidad para él, a la que alguna vez le había sumado el producto de una venta sin decírselo a nadie. Era su manera de ser independiente, unos ahorros secretos que se gastaba en lo que quería.

–En el plano material, ¿te las apañas bien?

A dos pasos de casa, Nelly se detuvo y se volvió hacia él. En la penumbra, Max constató que seguía teniendo un rostro hermoso pese a que había envejecido. Igual que él.

–Sí, Max, me las apaño bien. Conservo una parte del taller de Ève, ya lo sabes.

–Si es necesario, ¡puedo separarme de algunas esculturas, te aseguro que habrá quien las quiera! –exclamó en un tono desafiante.

–Claro, cariño, pero no se trata de devaluar tu obra.

–Tienes razón, tendrá mucho más valor cuando me haya muerto. No te quedarás en la calle, Nelly.

No tenía derecho a ignorar que, para dar de comer a toda la familia, su mujer tiraba de sus propios fondos. Cuando le había dejado su taller de costura a Ève, Max no se había metido en sus decisiones, pero sin duda no se trataba de un regalo sin compensaciones. Nelly era lo bastante precavida para no haberse quedado sin nada.

–¿Por qué no le cobras alquiler a Dimitri?

Horrorizada, Nelly lo miró como si se hubiera vuelto loco.

–¿Estás de broma, Max? ¡Tu padre se revolvería en su tumba si les cobraras a sus nietos el derecho a vivir bajo el techo de La Jouve!

–Oh, mi padre… –rezongó Max en voz baja.

Toda alusión a Roger Bréchignac ponía a Max de un humor sombrío. Su padre, un pintor comprometido con la política, había tenido su momento de gloria, pero nada muy memorable, y, en los últimos años de su vida, había vendido casi todos sus cuadros para sobrevivir. Quedaba solo uno grande, colgado en la pared del salón, y otro más pequeño, embalado en el desván porque nadie había querido ponerlo en su cuarto. ¿Era acaso posible que Maximilien acabara algún día como él, malvendiendo sus esculturas, cada vez más devaluadas? Esa perspectiva lo asustaba.

–Vamos a tener que hablar de dinero, Nelly. Vamos a tener que hablar seriamente.

Nelly estalló en una carcajada muy alegre.

–Anda, no digas tonterías y vamos a cenar, que se me va a resecar la lubina.

–Ya se ocupará Béatrice de eso, espera un momento.

Extendió las manos hacia ella, la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí.

–Quiero que tú y yo tengamos un buen final –murmuró–. No soy un artista encerrado en su torre de marfil, también puedo ocuparme de la realidad. En caso de necesidad, quizá… consiguiera volver a trabajar. ¿Sabes?, la inspiración no es el problema, sino las manos, que me duelen mucho. Por culpa del reúma, ¿entiendes? Pero aun así no quiero ser el último mono en esta familia. No quiero convertirme en el viejo que ya no hace nada pero del que todo el mundo está pendiente, ¡ahorrádmelo!

Como cada vez que decía una verdad, la acompañaba de una mentira. ¡Había mentido tanto y desde hacía tanto tiempo!

–No te preocupes –le contestó ella en voz baja–, sigues siendo el pilar de la familia.

De manera inesperada, un recuerdo volvió a la mente de Max. Nelly de jovencita, con un vestido veraniego estampado de flores, en el centro de su pequeño taller parisino. Guapísima, con sus ojazos tan claros y su aire un poco exótico, no tenía en absoluto el aspecto de una parisina. «Mi princesa rusa», la llamaba él entonces, y así se la presentaba a sus amigos. Estaba locamente enamorado. De ella, y también de la piedra que esculpía con tanta facilidad. Le había hecho un busto admirable que Nelly se quedaba mirando con la boca abierta, maravillada. En aquella época, la vida de Max era radiante, ardiente como una gran hoguera que podría haber durado para siempre, pero que ya no era más que un montón de cenizas.

Nelly lo peinaba con las dos manos, echándole el cabello hacia atrás.

–Tienes que ir a la peluquería antes de marcharte a París. ¿Te marchas pronto?

–El lunes que viene, me parece. Tengo que ver a mucha gente, será un viaje constructivo.

–No lo dudo. Y, ahora, ven.

En ese momento se abrió la puerta de la cocina, recortando un rectángulo de luz en la noche.

–¡Qué fuerte! –exclamó Dimitri con una carcajada–. ¿Estáis coqueteando en el jardín?

Avanzó y su alta silueta proyectó una sombra inmensa delante de la casa.

–¿Y a ti qué más te da? –contestó Max–. ¿Es que te parecemos demasiado viejos, o qué?

–No, hombre, no… Yo creo que el amor no entiende de edad. Ni de edad, ni de lógica, ni de sentido común siquiera.

–Si hubieras conocido a tu madre con veinte años, te habrías enamorado de ella. Te digo yo que todo el mundo estaba loco por ella, pero ¡me la llevé yo! Y, tú, hijo, ¿a qué estás esperando? ¿Al menos te gustan las mujeres, o ni eso?

–¿Y a ti qué más te da? –se burló Dimitri, copiando sus palabras–. Venga, a la mesa. Además, empieza a hacer frío aquí fuera.

Con una sonrisa en los labios, se apartó para dejar entrar a sus padres.

Daphné cerró la puerta y se apoyó en ella, muy aliviada. Se le había pasado el dolor de cabeza gracias a la amabilidad de Jean-François, que le había traído unos dim sums del restaurante chino. Se los habían tomado mientras charlaban un rato junto a la cama, luego bebieron una copa de un buen Burdeos e hicieron el amor tranquilamente. Pero, aunque a Daphné le había gustado, no le apetecía que Jean-François se quedara a dormir, y se las apañó para conseguir que se marchara.

Fue a tirar los embalajes y los palillos desechables a la basura de su minúscula cocina. Su estudio era demasiado pequeño para soportar el más mínimo desorden, pero ni siquiera bien ordenado llegaba a sentirse a gusto allí. Y eso que aún recordaba la felicidad de cuando lo vio por primera vez. Tenía pensado entonces alquilar el local, que le gustaba mucho, para abrir su bodega, y la oportunidad de alquilar también el estudio, situado en la última planta del mismo edificio, le había encantado. En ese momento solo tenía veintiún años y la firme intención de comerse el mundo. Sus inicios en el negocio no habían sido fáciles, al contrario, pero conocer a Ivan le había facilitado bastante las cosas. Unos años mayor que ella, se movía a sus anchas en el terreno del vino y todas sus conversaciones giraban en torno a los caldos y los viticultores. Cuando empezaron a estar juntos, tomaron la costumbre de dormir en la casa de Ivan, pues tenía dos habitaciones grandes, y, una vez casados, repartían el tiempo entre el apartamento de Ivan y La Jouve, adonde iban con frecuencia. Durante un tiempo, Daphné había subarrendado su minúsculo apartamento a estudiantes, pero había tenido muchos problemas, y al final lo había dejado desocupado. Tras la muerte de Ivan, encontró refugio en él. Había llorado tanto entre esas cuatro paredes que siempre se sentía un poco triste allí. Había intentado desprenderse de él, pero el almacén y el estudio estaban en el mismo rellano, eran indisociables. De modo que al final Daphné optó por pintar las paredes de amarillo, cambiar la moqueta y poner un mostrador con taburetes para separar la cocinita del salón. El estudio quedó algo más acogedor, aunque ella seguía viviendo allí de mala gana.

Bajo el chorro de la ducha el dolor le hizo recordar que tenía un cardenal en la cara. ¡Qué crío más estúpido! ¿Qué esperaba conseguir atracando su tienda? La mayoría de los clientes pagaban con tarjeta o con cheque, en la caja no debía de haber ni doscientos euros. Pero era su dinero, le costaba Dios y ayuda ganarlo, por lo que lo había defendido con uñas y dientes. ¿No debería pensar en poner una alarma, como le había sugerido Dimitri? Al menos podía informarse sobre el coste de la instalación, quizá no fuera tan elevado como ella suponía. En cualquier caso, ni hablar de pedir prestado un solo euro, y menos a Dimitri.

Dios, cuánto había podido llorar sobre su hombro, unos años antes… El día de la tragedia llegó a pensar que nunca lo superaría, que ella también se moriría, incapaz de resignarse a la muerte de su marido. Una muerte tan brutal y tan estúpida que resultaba inaceptable. Durante horas, Dimitri la acunó como a una niña. Desde entonces siempre se había mostrado cariñoso y protector con ella, y le dejó claro que podía contar con él.

–¡Pero no hasta el punto de pedirle pasta para poner una alarma! –exclamó, secándose el pelo–. Por muy justa que ande de dinero, no estoy en números rojos. Ya lo hablaré con mi banco.

Solo que su banco era Vladimir, pues todos los Bréchignac, ella incluida, eran clientes de la sucursal. Se echó a reír, su melancolía se había evaporado, y corrió a acurrucarse bajo el edredón. Allí tumbada, se acordó de Jean-François. Aunque había sido una buena velada, excelente incluso, no estaba enamorada de él. Cautivada, enternecida, divertida pero enamorada no. Al menos, todavía no.

–¡Y puede que no lo esté nunca, por desgracia!

¿Tendría que seguir buscando pareja? La búsqueda de una relación estable se revelaba cansina, sin embargo Daphné no podía seguir sola toda la vida, como una joven viuda inconsolable cuya vida se hubiera detenido a los veintisiete años. Con gusto o a la fuerza, con o sin pasión, tenía que buscar un compañero.

Apagando su lamparita murmuró, como casi cada noche:

–Mañana será otro día…

Ese deseo, al menos, siempre se cumplía.

Béatrice se despidió de las dos empleadas de Ève que ya se marchaban, una vez terminada su jornada. En el taller de costura reinaba un desorden cercano al caos, con retales de tela medio desenrollados, montones de encajes y de lazos desperdigados por el suelo, cajas desbordantes de botones, cajones abiertos llenos de cremalleras, alamares y automáticos. Aquí y allá brillaban reflejos de satén, de seda salvaje y de terciopelo estampado. Miles de agujas centelleaban en los acericos, iluminadas por las hileras de focos; junto a las máquinas de coser se veían tijeras y bobinas de hilo multicolor, así como sombreros con penachos a medio poner.

–¡Menudo lío tenéis aquí! –exclamó Béatrice.

–Huy, pues no has visto nada, las chicas han hecho orden antes de irse. Pero a mí me encanta este ambiente, todo este exceso. Aquí puedes encontrar lo necesario para inventarlo todo, se puede realizar cualquier modelo, hasta el más exagerado. Mira por ejemplo este sombrerito, es un objeto sin el menor encanto, hasta que se le añade un pedazo de tul blanco para hacerle un velo así, por delante, terminado en un bonito nudo por detrás…

En unos segundos, Ève se adornó la cabeza con un tocado precioso, que se inclinaba hacia un lado sobre su cabello y proyectaba una delicada sombra sobre su mirada.

–Muy elegante –comentó Béatrice–. Tienes manos de hada.

–Comparada con mamá, soy muy torpe. Acuérdate, ella habría sido capaz de adornar un sombrero con tres zanahorias y dos puerros.

Se rieron juntas hasta que las interrumpió una voz alegre.

–¡Vaya, parece que os divertís!

Daphné apareció en lo alto de la escalera, con una bolsa de papel en la mano.

–¿Puedo unirme a vosotras? Después de pasarme el día con machistas que no hacen más que intentar pillarme en un renuncio sobre tal o cual vino, tal o cual añada, convencidos de que los bodegueros solo pueden ser hombres, ¡estaba deseando tener una conversación ligera entre chicas!

–Pues bienvenida –contestó Ève con entusiasmo.

–Te he traído trabajo. Tengo aquí dos chaquetas que me gustaría modernizar un poco.

Sacó las prendas de la bolsa y las dejó delante de Ève.

–Demasiadas hombreras –dijo nada más verlas–, pocas pinzas y botones pasados de moda, pero las telas son buenas. Puedo tenértelas para la semana que viene. A condición de que me expliques por qué no te compras directamente una chaqueta nueva…

–Digamos que no es buen momento. Así, a ojo, ¿cuánto me va a costar el arreglo?

–Te haré descuento, ya lo sabes –contestó Ève con una sonrisa.

–No hay razón de que tus empleadas trabajen por nada.

–¡He dicho que te haré descuento, no un regalo! Ven por aquí.

Ève alcanzó una cinta métrica y le tomó las medidas con unos pocos gestos precisos.

–No te sobra un gramo, la cocina de mi madre no te cunde nada. Si Diane leyera estos números, fliparía en colores. Me paso la vida sacándole y metiéndole a sus faldas, siempre está engordando y adelgazando, como un yoyó.

Daphné se abstuvo de todo comentario porque no le apetecía meterse con Diane. Apreciaba mucho a las tres, a Ève, Béatrice y Diane, y no quería mostrar preferencia por ninguna.

–A la azul –decidió Ève, poniéndole la chaqueta a un maniquí de tela– yo le arreglaría también el cuello.

Clavó unos alfileres con habilidad.

–Así está mejor, ¿no?

–Sin lugar a dudas.

–Decidido, entonces.

Béatrice recorría el taller y observaba con curiosidad los modelos a medio hacer. Al pararse delante de un vestido de seda verde esmeralda soltó un hondo suspiro.

–Ah, qué daría yo por llevar este vestido…

–Dios nos guarde, tu marido se abalanzaría sobre ti.

–¡Ève!

–¿Qué pasa? No te las des de remilgada conmigo, te has casado con un tío de lo más fogoso, no es ningún secreto. Algunas noches, Hubert te mira con una expresión como si se muriera de ganas de llevarte a la cama corriendo. ¿Me equivoco?

Béatrice se echó a reír y su hermana se acercó a darle palmaditas en la espalda.

–Si me alegro un montón por ti, hija. Eso demuestra que un psiquiatra puede interesarse por algo aparte de la cabeza. Después de catorce años casados y dos hijos, ¿quién os supera?

–Pues ¡papá y mamá, mira tú por dónde! Dimitri los pilló besándose a la luz de la luna la otra noche.

–Seguro que papá tenía algo que hacerse perdonar. De hecho, la semana que viene se va a París, para otra de sus misteriosas estancias…

Ève se volvió bruscamente hacia Daphné, que escuchaba la conversación en silencio.

–¿Tú te lo crees?

–¿El qué?

–Lo de sus viajes por trabajo. ¿Qué puede contarle al director de una galería, cuando lleva años sin hacer nada?

–Tiene caché, un nombre. Y unas cuantas obras inéditas que podría sacar al mercado. Da igual que las esculpiera ayer o hace diez años.

–Tú siempre lo defiendes –protestó Ève.

–No, no siempre, pero le tengo mucho cariño.

–¡Huy, y él a ti!

–¿Me lo puedo probar? –intervino Béatrice, que seguía contemplando extasiada el vestido verde esmeralda.

–Si te hace ilusión, pero no se me ocurre en qué ocasión te lo podrías poner.

–Pues no tenemos más que inventarnos una –sugirió Béatrice con los ojos brillantes.

Las dos hermanas cambiaron una mirada muy elocuente sobre su complicidad.

–Qué se nos podría ocurrir… –masculló Ève–. ¿Tienes tú alguna idea, Daphné?

–¿El segundo centenario de La Jouve? ¿Los cincuenta años de carrera de Max? ¿A qué edad expuso por primera vez?

–¡Oye, eres un hacha!

Encantada por las propuestas, con movimientos mecánicos, Ève ayudó a Béatrice a ponerse el vestido a la vez que hablaba con Daphné.

–Si se lo decimos a mamá, seguro que está de acuerdo. Los cincuenta años de carrera de papá… ¿Te acuerdas que no quiso celebrar sus bodas de oro? Pues esta vez le daremos una sorpresa, ¡y no podrá decir que no!

–¡Guau! –exclamó Daphné–. ¿Has visto a tu hermana?

Ève se volvió a mirar a Béatrice, a quien el vestido le sentaba de maravilla.

–Estás espléndida, querida. Date la vuelta, que te admiremos. Francamente, no sé por qué te empeñas en encerrarte aquí en plan Cenicienta.

–¿Querrías que fuera a lucirme por las calles de Montpellier?

–Pues te juro que me harías publicidad. Vestidos de noche para señoras de más de cuarenta, todo un filón comercial. Cuidado, el bajo está suelto, lo vas a pisar.

El cinismo de Ève no perdonaba a nadie y acabó por divertir a Daphné, que sonrió a su pesar.

–¿Realmente queréis inventaros una fiesta, chicas?

–Los Bréchignac siempre decimos las cosas en serio. Tú, que eres del clan, deberías saberlo. Y hablando de saber cosas, ¿cuándo vas a darnos detalles, mejor si son sabrosos, sobre tu nuevo novio?

–Por ahora no hay mucho que contar.

–¿Por ahora está en fase de observación?

–Más o menos.

–Se ha acabado mi recreo –declaró Béatrice a la vez que se vestía–, tengo que ir a ayudar a mamá con la cena.

–Se las apañará muy bien sin ti.

–No quiero que los niños la vuelvan loca.

–Aunque quisieran –comentó Daphné–, no creo que lo consiguieran. A Nelly no le falta carácter.

–Salvo cuando se trata de papá. Él, en cambio, se contenta con tener mal carácter.

Béatrice cruzó el taller apresuradamente y, desde lo alto de la escalera, se volvió para decirle a su hermana:

–Nunca he entendido por qué tus maniquíes de tela solo tienen un pie…

–Para que no salgan corriendo. ¿Qué pasa, también quieres que les dibuje ojos y boca?

La risa de Béatrice resonó mientras se alejaba.

–¿Te ayudo a apagar las luces y a cerrar? –le propuso Daphné a Ève.

–Encantada. Hoy que ha venido todo el mundo, pasaremos un buen rato. Bueno, eso si Dimitri se digna a salir de su laboratorio… Ya sé que está en plena creación, pero últimamente lo encuentro un poco malhumorado.

–Y muy dado a echar sermones. Que si no debería pararme debajo de un árbol en las noches de tormenta, que si debería instalar una alarma en la tienda, que si debería cambiar mi Mini por un coche de verdad…

–¿Tu Mini rojo? ¡Huy, no, que es genial! Pero, claro, para un tío del tamaño de Dimitri, es como meterse en una caja de zapatos.

–Y también que debería volver a casarme.

–No es el más indicado para dar esa clase de consejos.

–Es verdad que es muy discreto sobre su vida privada. Igual que tú.

–No es para nada lo mismo. Yo no tengo más remedio que ser reservada porque vivo aquí. Pero ¡él no! Cuando voy a Montpellier de compras o a cenar con amigos, alguna vez me lo he encontrado en compañía de chicas muy guapas, pero nunca la misma. Supongo que luego se las llevará a casa, ¿no? Tiene un apartamento muy bonito, puede invitar allí a quien quiera, lo que no es mi caso.

–¿Por qué no te alquilas tú un estudio?

–¡Porque así me ahorro el alquiler, claro! Cuando me apetece, reservo una habitación en un hotel cómodo, que me sale más barato.

Ève se aseguró de que las máquinas de coser estaban desenchufadas, y empezó a apagar las luces. Daphné cruzó el taller para ayudarle. Encima de las grandes mesas, cubiertas de patrones extendidos, los tubos de neón proyectaban una luz similar a la natural, pero, cuando todo quedó a oscuras, el ambiente acogedor del taller se desvaneció. Las siluetas de los maniquíes de tela llegaban a resultar inquietantes.

–Visto así, casi parece el antro de Max –comentó Daphné.

–¿Ah, sí? Yo es que nunca pongo los pies allí.

Se reunieron en lo alto de la escalera, donde brillaba la última lámpara.

–En tu opinión, Daphné, ¿hacemos mal en vivir todos juntos aquí?

Aunque Ève había hecho la pregunta en tono despreocupado, la parecía traducir cierta angustia, lo que movió a Daphné a pensarse la respuesta.

–¿Que si hacéis mal? No lo sé… Desde luego, hoy en día si quieres que se te considere normal, tienes que moverte a tu aire, en tu pequeño hábitat personal. Autonomía, independencia, madurez, Hubert nos explicaría toda esa historia, solo que él es el primero que está encantado de vivir con sus suegros. ¿A ti te pesa?

–No –reconoció Ève–. ¡Aquí hay tanto espacio! Y todos estos edificios quedarían abandonados si no trabajáramos en La Jouve. En lo que a mí respecta, no me imagino un local así en Montpellier, costaría un ojo de la cara. Hasta Dimitri se ha venido a currar a casa porque se ha podido montar un laboratorio de cien metros cuadrados. Cada cual le encuentra ventajas a esta situación comunitaria, al menos en el plano profesional. Pero a veces tengo la sensación de que la gente me toma por una adolescente inmadura que vive todavía con sus papaítos, o por una aprovechada.

–Estaba convencida de que te traía sin cuidado lo que pensara la gente –replicó Daphné.

–Y así es. Salvo excepciones, y son muy pocas.

Como no precisó cuáles eran, Daphné entendió que hacía alusión a su vida privada, algo nada frecuente en ella. Tenían la misma edad –treinta y cinco años–, la edad en la que las mujeres se plantean todas las cuestiones cruciales de sus vidas. Hasta entonces, Ève no había considerado oportuno sincerarse con nadie de la tribu Bréchignac, pese a que en esa familia todo parecía permitido. Según sus hermanos y su hermana, siempre había sido así de reservada, desde niña. Ni siquiera entonces invitaba a casa a sus compañeros de clase. Callada y solitaria, trabajaba mucho y salía a menudo, sin dar nunca explicaciones sobre dónde iba ni qué hacía. Durante mucho tiempo había sostenido que su modelo era Dimitri, el primero en abandonar La Jouve para marcharse a trabajar a Grasse unos años, pero al final Dimitri había vuelto, y Ève nunca se había llegado a marchar.

Se había levantado un vientecillo fresco que les hizo estremecerse mientras cruzaban la explanada hacia casa. Las luces del taller de Max estaban apagadas, también las del laboratorio, pero Anton se había acordado de encender los focos del jardín.

–Llegamos las últimas –constató Ève. Inclinó la cabeza hacia atrás un segundo para contemplar las estrellas–. Me gusta este sitio –añadió en voz baja.

–Sin duda es mágico –contestó Daphné–. Si no, ¿por qué estaríamos aquí tú y yo?

Le guiñó un ojo antes de abrir la puerta de la cocina.

El lunes Maximilien se fue a París. No llevaba equipaje, pues siempre dejaba sus trajes más elegantes y sus camisas más nuevas en el armario de su pequeño taller, en la rue Lamarck.

Como le ocurría cada vez, se sintió extraordinariamente bien en cuanto cruzó el umbral. En la gran habitación luminosa en la que tan bien había trabajado de joven, y en la que tantas fiestas había dado, rememoraba con gusto sus recuerdos de juventud. Con el paso del tiempo había cambiado la decoración. En el parqué limpio y barnizado de nuevo solo subsistían cuatro bustos de hombre colocados sobre unos bancos altos y dos estatuas de mujer sobre pedestales, que iluminaba el mínimo rayo de sol que entrara por la cristalera. Eran obras que había esculpido entre los veinte y los treinta y cinco años, antes de marcharse de París, y que ponían de manifiesto el alcance de su talento. Para protegerlas, aunque las tenía aseguradas, había mandado instalar una puerta blindada y una alarma.

En el fondo del taller, un biombo ocultaba a la vista una pequeña cocina ultramoderna, y una puerta llevaba al único dormitorio equipado con un minúsculo aseo con ducha. La calidad de los materiales y lo cuidado de la iluminación traducían la importancia que para Max tenía ese local, del que nunca se había desprendido. De alguna manera, se había convertido en su piso de soltero, pero en una versión más lujosa. Si cerraba los ojos, volvía a verse de joven, con todo el futuro por delante, y cuando los abría de nuevo calibraba con mayor o menor alegría el camino recorrido.

Una sola vez, muchos años antes, había manifestado Nelly el deseo de acompañarlo a París y había protestado por los cambios, pues a su juicio el taller había perdido el ambiente bohemio del pasado. A partir de entonces siempre le había dejado ir allí solo, exactamente como Max quería.

Esa soledad le era necesaria, indispensable. Era para él una bocanada de oxígeno, lejos del jaleo perpetuo de La Jouve, también, y sobre todo, le permitía el paréntesis de su doble vida.

Nada más llegar ese lunes, se duchó y se vistió con esmero. Se demoró un buen rato en elegir una corbata entre las treinta que había en su armario. Cuando sonó el timbre de la puerta, un poco antes de las siete de la tarde, estaba preparado.

No le va a hacer ni pizca de gracia –predijo Dimitri.

–A lo mejor sí, cariño. A vuestro padre siempre le han gustado las cosas que…

Nelly calló para buscar las palabras adecuadas, y su frase la terminó Béatrice:

– … lo halagan.

–Pero no si vienen de nosotros –insistió Dimitri, irritado–. Si la galería Saint-Roch o Art Émoi le preparase un gran homenaje, entonces estaría feliz de la vida… No, os digo yo que no, se va a sentir como si le hubiéramos organizado un premio de consolación.

–Entonces –terció Vladimir–, hay que plantearse las cosas de otra manera. Hacer una fiesta cordial en la que esté presente toda la gente que lo quiere y lo admira. Algo en plan cariñoso, alegre e informal.

–Como si quisiéramos celebrar su jubilación, ¿a eso te refieres?

–¡Mira que eres aguafiestas a veces, Dimitri! –exclamó Daphné desde la otra punta de la cocina.

–¿Ah, sí? Simplemente me preguntaba si queréis que le haga ilusión a él, o tener un pretexto para pasároslo bien vosotros.

Ève hizo un gesto de exasperación y le dijo a su hermano:

–La idea es halagarlo. Porque, Béatrice tiene razón, a papá lo han ensalzado mucho en su vida, pero ahora ya no lo hace casi nadie, y seguro que es algo que echa de menos.

Poco convencido, Dimitri hizo una mueca dubitativa.

–Puede ser…, pero sigo pensando que no es una buena idea.

–No estoy de acuerdo contigo –declaró Hubert–. A Maximilien le apetece que de vez en cuando la gente se acuerde de que es, o al menos ha sido, un gran artista. Como todos sabemos que ya no hace nada, eludimos el tema escrupulosamente, lo que viene a ser lo mismo que hacer caso omiso de él, excluirlo, y se da perfecta cuenta. Cuando se mete en su taller, es como un niño ofendido que se encierra en su habitación.

–Yo no creo que esté ofendido –intervino Nelly–, sino más bien desesperado.

–¿Y crees que un gran sarao le devolverá la alegría de vivir?

–¡Joder! –exclamó Daphné–. ¿A ti qué te pasa, Dimitri? Lo de los cincuenta años de carrera se me ocurrió así, de broma, y después de pensarlo un poco nos ha parecido que podría hacerle ilusión a tu padre. Pero si tiene que convertirse en un asunto de Estado…

A punto de replicar, al final Dimitri se contentó con encogerse de hombros.

–Si de verdad estamos pensando en un fiestón, me pongo a régimen esta misma noche –anunció Diane.

Su comentario relajó el ambiente y Vladimir aprovechó para descorchar las dos botellas de vino blanco que había traído Daphné.

–Según parece, este Condrieu está delicioso –precisó.

–Me gustaría que alguna vez vinieras con las manos vacías, querida –suspiró Nelly–. Si estuviera Max aquí te regañaría.

–Deja de vaciar tu bodega por nosotros –añadió Dimitri–. Tu contable acabará por pensar que te bebes las existencias.

Esperaba arrancarle una sonrisa, pero solo obtuvo una mirada fría. Con una de las botellas en la mano, se acercó a servirle una copa.

–¿Qué pasa, Daphné, es que ya no tienes sentido del humor?

–¡Mira quién fue a hablar, la alegría de la huerta últimamente! ¿Qué pasa, te preocupa tu nuevo perfume?

–No…, investigar a veces agobia un poco, pero siempre resulta estimulante.

Tras brindar con ella, saboreó un trago de vino.

–Un sabor amplio –apreció– y muy especial. Una nota de violeta, una pizca de mermelada de albaricoque. ¿Me equivoco?

Por cómo lo miró, Dimitri comprendió que acababa de cometer una torpeza. Aunque estuviera familiarizado con todos los aromas, el conocimiento de los vinos había sido el ámbito de Ivan y ahora lo era de Daphné. Un territorio en el que más le valía no aventurarse.

–A lo mejor no me expreso con las palabras adecuadas –dijo para enmendarse.

–¡Claro que sí!

Daphné parecía exasperada.

–¿Estás cabreada conmigo por lo de la fiesta? Podéis organizar lo que queráis, de todas formas soy el único que piensa así frente a una aplastante mayoría.

Levantando la mano, llamó la atención de Vladimir.

–¿Qué fecha barajáis para la fiesta?

–¿Ya está, ya te ha convencido Daphné? –se burló su hermano–. Bueno, pues si todos estamos de acuerdo, lo haremos en noviembre.

–Su primera exposición en París fue el 22 de noviembre de 1959 –dijo Nelly–. Tenía entonces veintitrés años y acabábamos de casarnos. ¡Me acuerdo que se me hacía rarísimo oír que me llamaban señora Bréchignac! Sin embargo, era la esposa de ese joven escultor de talento al que tanta gente felicitaba. Cuando digo «tanta gente» exagero, porque era una galería muy pequeñita, en el barrio de Saint-Michel. ¡Éramos cuatro gatos la noche de la inauguración!

Se echó a reír pero casi enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Cincuenta años se pasan volando –añadió a media voz.

Béatrice, la que estaba más cerca de su madre, la agarró por los hombros y la sacudió con cariño.

–¡Va a estar genial, mamá, ya lo verás!

–Pero ¿no saldrá un poco caro?

–Todos vamos a contribuir, no te preocupes.

Consultó a los demás con la mirada y todos asintieron en silencio.

–Los vencidos también pagan –le dijo Daphné a Dimitri en voz baja.

–Naturalmente.

–Cada cual en función de sus ingresos, así que lo vas a notar.

Saltando del aparador al que se había encaramado, Daphné se fue con Béatrice para ayudarle a poner la mesa. Dimitri la observó unos instantes. No se mostraba muy amable con él últimamente. ¿Acaso había notado algún cambio de actitud en él? ¿Se traicionaba a sí mismo cuando le hablaba? No debía dejar que se le notara nada de ese extraño sentimiento que le hacía sentirse tan confuso. Un sentimiento amoroso que tenía que destruir de manera urgente. No tenía derecho a interesarse por Daphné de una manera que no fuera meramente afectuosa, sobre todo después de haber proclamado a los cuatro vientos que era como un hermano para ella, su ángel de la guarda, su mejor amigo. Si intentaba cambiar esa situación, podría tomarlo por un traidor o un aprovechado.

Mientras ella ponía la mesa, de espaldas a él, Dimitri se fijó en los reflejos ambarinos de su cabello, en la delicadeza de su nuca y, tras bajar la mirada, en su pequeño trasero, realzado por el vaquero ceñido. ¿Ya la había observado así alguna vez? Se obligó a dirigir la mirada a su copa de vino. El Condrieu se había calentado un poco, pero se lo bebió de un trago para darse aplomo. ¿De modo que la cosa había llegado hasta el punto de tener que controlarse? Por suerte nunca había pensado así en Daphné cuando aún vivía Ivan. E, incluso después de su muerte, no había sentido ninguna atracción ambigua por ella. Ahora, en cambio, era muy consciente de que tenía unos preciosos pechos en forma de manzana.

–No tienes buena cara –le dijo Diane, que se había acercado a él–. No deberías tirarte doce horas encerrado en tu laboratorio, es malsano.

–¿Malsano?

–Te pasas el día respirando olores fuertes que…

–Qué va, Diane, para nada. ¡No fabrico pegamento, estate tranquila! Trabajo con fórmulas químicas y hago pocos ensayos. Casi todos los aromas los conservo en la memoria, basta con eso para inventar mezclas, sin necesidad de olerlas.

–Bueno, vale, entendido. Pues entonces dime qué te pasa.

Dimitri se encogió de hombros, irritado por la compasión de Diane que, como buena enfermera, siempre se daba cuenta cuando los demás no estaban bien.

–Solo estoy un poco cansado –masculló–. ¡Y harto de tanta vida familiar! Os adoro, pero también necesito estar solo.

–Pero si te pasas el día solo. Hoy ni siquiera has almorzado. De hecho, estás adelgazando.

–Mejor, me veía gordo –contestó riendo.

–¿Lo dices en serio?

–Qué va, de gordo nada, ¡lo que es, es demasiado alto! –exclamó Daphné, que debía de haber oído solo el final de su conversación.

Dimitri dejó su copa vacía sobre una mesa auxiliar, cruzó la cocina y salió dando un portazo dejando a todos estupefactos.

–¿Qué le habéis dicho? –quiso saber Nelly–. Deberíais dejarlo en paz, no está para bromas en este momento. A Max le pasaba igual cuando esculpía.

–Es culpa mía –se disculpó Daphné–. Voy a buscarlo.

Fuera, la noche era clara, y soplaba un vientecillo frío que movía las hojas de los árboles. Dimitri recorría de un lado a otro la explanada, con las manos en los bolsillos. Abrazándose a sí misma por el frío, Daphné fue a su encuentro.

–¿Te has cabreado? ¡Qué malhumor tienes, chico! Eres alto, bueno, ni que acabaras de enterarte… En esta familia sois todos unos gigantes.

Daphné no distinguía sus rasgos, pero adivinó que Dimitri sonreía.

–Ven a cenar –añadió–, si no, Nelly se enfadará conmigo.

–Nadie se enfada nunca contigo, ya lo sabes.

–Pero la culpa de que esta noche te hayas puesto de mal humor es mía. No te hace gracia lo de organizarle una fiesta a tu padre, ¿verdad?

–Eso no tiene importancia.

–Entonces… ¿Tienes penas de amores? ¡Venga, sí, dime que estás enamorado!

Dimitri retrocedió dos pasos a la vez que negaba con la cabeza.

–Eso me encantaría –prosiguió ella, entusiasmada–. ¡Verte por una vez romántico, cautivado, perdidamente enamorado! Venga, confiesa, ¿por fin hay una mujer importante en tu vida?

–No –contestó él con voz ronca.

Se sentía tan mal de repente que le dieron ganas de salir corriendo, meterse en el coche e irse a Montpellier enseguida. Con su instinto femenino, Daphné había notado algo y ahora iba a tener que sopesar bien cada palabra, cada mirada.

–Eres demasiado curiosa, guapa –añadió en un tono más ligero.

En cuanto a él, no necesitaba serlo, sabía muy bien cómo era Daphné cuando estaba enamorada. Conocía la manera en que se comía a Ivan con los ojos, en que apoyaba a veces la cabeza sobre él, en que le sonreía. Su hermano y ella iban de la mano casi todo el rato, permanecían en contacto físico mediante gestos, aunque solo se rozaran, mediante actitudes. Dimitri se dio cuenta de que se acordaba de todo, pero en sus recuerdos no era una pareja lo que veía, no veía a su hermano, sino solo a Daphné. Por aquel entonces, ¿ya la miraba solo a ella?

La puerta de la cocina se abrió a su espalda, lejos, y Vladimir les gritó alegremente:

–¡A cenar!

–Ya vamos –le contestó Dimitri en el mismo tono.

No le quedaba más que ponerse en sintonía con su familia el resto de la velada y después se distanciaría, era la única actitud prudente.

Cuando abrió los ojos, a Maximilien le costó un poco recordar dónde estaba, y luego soltó un suspiro de satisfacción al reconocer el pequeño dormitorio de su taller parisino. Un rayo de sol retozaba en el parqué de roble claro bien encerado; iba a hacer bueno ese día. Se incorporó sobre la almohada y se atusó el pelo con las manos. Su cabellera, a su edad, era motivo de orgullo para él, por lo que le había exigido a su peluquero, en Montpellier, que apenas se la cortara.

–¿Ya estás despierto? –le preguntó Nathalie al entrar en la habitación.

Llevaba con cuidado la bandeja del desayuno, muy cargada. Tras dejarla al pie de la cama, se metió debajo del edredón, al lado de Max, y se puso a servir el café. Su salto de cama de muselina rosa estaba un poco pasado de moda, pero le sentaba bien y dejaba entrever unas formas todavía atractivas para una mujer de cincuenta y nueve años. Nathalie se cuidaba mucho, entre centros de belleza y gimnasios, y hasta le había reconocido haberse puesto alguna que otra inyección para combatir las arrugas. A Max le divertían esos artificios, así como la coquetería de la que siempre hacía gala cuando se veían, como por ejemplo ese ligero maquillaje en los ojos, que se habría aplicado nada más despertarse. La observó untar una tostada de mantequilla con esmero y esperó a que se la entregara.

–Gracias, cariño.

La llamaba así desde el principio, por miedo a confundir los dos nombres, Nelly y Nathalie, tan parecidos. ¡Pero era la única similitud entre las dos mujeres! De hecho, que él recordara, Nelly nunca le había llevado el desayuno a la cama.

El tostador avisó con un chasquido y Nathalie se levantó para ir a buscar otra tanda de tostadas calentitas.

–Espera un poco –le dijo Max, que extendió los brazos para retenerla.

La agarró de la cintura, le hizo darse la vuelta y le levantó el salto de cama para mirarla.

–Max… –protestó ella, en realidad encantada.

La víspera habían hecho el amor, deprisa y corriendo porque Max estaba cansado y temía no aguantar el tirón. Esa mañana se sentía más en forma, tenía tiempo de sobra y estaba dispuesto a disfrutarlo. Le dio una palmadita cariñosa en el trasero antes de dejarla marchar, saboreando de antemano la mañana que los esperaba. Cuando volvió junto a él, le preguntó con una gran sonrisa:

–Cuéntame un poco de nuestra hija, ¿quieres?

–Está muy bien, me ha dicho que te mandara un beso, como siempre. ¿Esta vez tendrás tiempo de verla?

–Invítala a comer, si está libre –propuso Max–. Os llevaré a comer marisco a un buen restaurante.

Feliz, Nathalie se precipitó al teléfono para llamar a su hija. Menos conciliadora que su madre, quizá no estuviera dispuesta a cambiar sus planes solo por comer con Max. No le perdonaba que no la hubiera reconocido nunca, que no consintiera en que llevara su apellido. Dividida entre la admiración y el rencor, para ella su relación con ese padre fantasma resultaba problemática desde niña. Max, en cambio, la llevaba mejor. Por suerte, Nathalie no se lo había puesto difícil, su naturaleza dócil había facilitado su larga relación secreta. Lo único que le exigió fue tener un hijo de Max, un hijo que permanecería oculto pero que llenaría su vida solitaria. Al ceder, Max se había dado cuenta de que Nathalie y él se habían mostrado muy egoístas, pero pese a todo quería conservar esa amante atractiva y dócil que solo pedía un bebé para transigir en todo lo demás.

–No tiene a nadie que la sustituya –anunció afligida Nathalie, después de colgar–. Aunque lo siente mucho, ¡ya te imaginas! Pero, bueno, yo sí que acepto tu propuesta, sueño con tomarme una buena docena de ostras.

–Ven aquí –le dijo Max, dando unas palmaditas a la almohada–. Ya tendremos tiempo de pensar en el almuerzo.

No solo se había maquillado un poco, sino que también debía de haberse puesto una gota de perfume detrás de las orejas. Un aroma a flores y a almizcle que le volvía loco. Tenía que acordarse de preguntarle a Dimitri por el poder erótico de los perfumes.

No, a Dimitri no, no era una buena idea. Su hijo era demasiado inteligente para poder hacerle esa clase de pregunta como quien no quiere la cosa. Querría sonsacarle, y a veces tenía un humor algo mordaz. De hecho, Max hablaba poco con sus hijos, prefería charlar con sus hijas, con las mujeres en general. Era desde siempre lo que suele llamarse un mujeriego, lo que no le disgustaba en absoluto.

–Estás muy pensativo –comentó Nathalie con su voz dulce.

¿Por qué pensaba en su familia cuando estaba con su amante? No le dedicaba más que unos pocos días al año, ella no le reclamaba más, por lo que en esos momentos tenía derecho a toda su atención.

–Tengo que ver a amigos, me he citado con unas personas esta noche y mañana –dijo para justificar su distracción–. Pero, mientras tanto, eres toda para mí.

La atrajo hacia sí y buscó en su cuello ese olor que tanto lo excitaba.