Capítulo 13
―Esta noche hay una reunión en casa de la familia Shilton, nos han invitado a la celebración de su vigésimo aniversario de matrimonio ―anunció el duque en el almuerzo.
―¿Yo también tengo que ir? ―consultó Mary Anne.
―Por supuesto, hija.
Mary Anne miró a su prometido que la observaba divertido.
―Claro que debe ir, querida, no puede dejarme solo en una de esas reuniones tan aburridas ―intervino Thomas.
―¿Usted también irá?
―Por supuesto, también soy invitado, no pensaba asistir, pero ya que usted también va, no me lo perdería por nada del mundo.
―Espero que se comporte, Mary Anne ―recomendó la madre.
―No se preocupe por eso, señoría, su hija se comportará muy bien ―respondió Thomas por su joven prometida.
Mary Anne se sintió dejada de lado por el hombre, pero lo aceptó, a regañadientes, por una sola razón, no quería tener que dar explicaciones de nada de lo que ella hiciera. Faltaba tan poco para su boda, que no quería más problemas con sus padres. Ya no. Sentía que las cosas habían cambiado entre ellos, desde aquella maldita bofetada, su padre no la trataba del mismo modo, era mucho más tosco y su madre siempre estaba preocupada de que no hiciera algo estúpido, por esa razón es que no siempre la llevaban con ellos a los eventos sociales, sabían lo poco amistosa que era su hija y no querían pasar humillaciones por la falta de tacto de ésta.
El almuerzo continuó en silencio, si no hubiera sido por las secretas y enamoradas miradas entre Thomas y Mary Anne, cualquiera diría que quienes comían eran muertos vivientes, más por los rostros enmudecidos de los dueños de casa. Parecía que todo iba mal, muy mal.
Luego que Thomas se marchó, Mary Anne se retiró a su habitación a prepararse para la reunión de la noche, quería verse radiante para su prometido, cambiar un poco aquella primera imagen que tuvo de la primera fiesta en la que estuvieron juntos. Se vistió regiamente, con un vestido rosado pálido, de pronunciado escote, con ribetes y lazos dorados, aros y un collar a juego, su cabello lo dejó caer en un tanto desordenado sobre sus hombros; largos guantes blancos y una capa blanca para protegerse del frío. Se veía preciosa, sencilla y elegante. Seguro a Thomas le encantaría.
―Adiós, nana, deséame suerte ―le rogó la joven a Margarita.
―Que el Señor la proteja y la cuide, mi niña ―le respondió la mujer besando su frente de manera muy maternal.
―Gracias, nana.
Mary Anne sintió una punzada extraña en su pecho, como si tuviera una mala sensación con respecto a la fiesta, pero la dejó pasar, no tenía motivos para preocuparse.
Nada más llegar, se arrepintió de asistir, al primero que vio en ese lugar, fue a Higgins Cardew, que conversaba animado con una mujer muy hermosa, un poco mayor para él, aunque muy coqueta. Miró en derredor buscando si se encontraba allí alguien más desagradable, pero no, Edward no estaba con su grupo de zánganos, tampoco vio a Alexandra Remenic, la ex de Thomas, pero tampoco lo vio a él. Quizá todavía no había llegado.
Sus padres se adelantaron a saludar a los anfitriones y ella les siguió, pero esas personas ni siquiera la tomaron en cuenta. Fue muy desagradable, pero no dijo nada, al fin y al cabo estaba acostumbrada a ser ignorada por toda esa gente "educada". Ya no era novedad.
Mary Anne se escabulló afuera, pero estaba el grupo de amigos de Edward y se volvió a meter dentro de la casa, prefería estar con más gente que quedarse cerca de esos tipos. No se sentía cómoda, no quería estar allí. Thomas le dijo que él iría y no había llegado todavía, ¿por qué? Quería volver a su casa.
La joven se deslizó por otra salida, estaba más solitaria, pero había allí una pareja discutiendo, se iba a devolver cuando escuchó claramente la voz de Thomas. Se quedó en ese lugar para escuchar mejor, tal vez era una equivocación suya.
―Melanie, por favor...
La mujer con la que hablaba Thomas algo le discutía, pero ella hablaba más bajo y no era capaz de oír nada de lo que decía ella, pero pareciera que estuviera coqueteando con él, cosa que confirma cuando se besan, Mary Anne no es capaz de moverse de su lugar. Él se apartó de la mujer y la tomó de las muñecas, al parecer retándola. Thomas miró en dirección a la casa y dejó a la mujer allí sola para ir al encuentro de su prometida que, inmóvil, contemplaba la escena.
―Mary Anne...
―Hola, no quise interrumpir. ―La contestación y la forma de saludarlo a Thomas no le gustó, llevaba demasiado dolor y decepción.
―Mary Anne, lo que acaba de ver...
―No tiene que darme explicaciones, Thomas, no... ―Ahora sí se pudo mover y se giró para entrar a la casa.
―Mary Anne, por favor, escuche, esto tiene una explicación ―suplicó él al tiempo que la tomaba con suave firmeza del brazo para detenerla.
―De verdad, Thomas, no se preocupe, no pasa nada.
La mujer caminó en dirección a ellos con una sonrisa odiosa en la cara y al pasar por el lado de la pareja, puso su mano en el brazo masculino.
―Nos vemos, querido, y procura que no nos interrumpa nadie, desde que te fuiste y me dejaste en el hotel en Thottenhan, no he dejado de pensar en ti.
Con un sonoro suspiro, se fue, ninguno de los dos fue capaz de decir nada, Mary Anne por todo el dolor que aquello le producía y Thomas porque estaba pasmado con la actitud de esa mujer y por la decepción en el rostro de su prometida.
―Mary Anne...
―¿Cuándo estuvieron en Thotenhan? ―preguntó simplemente.
―Mary Anne, no es lo que parece, déjeme explicarle.
―¿Cuándo? ¿En este viaje?
―Mary Anne...
―¡Conteste! ―exclamó con ira.
―¡Sí! Sí, pero no estuvimos juntos...
―¿Y la dejó sola en un hotel?
―Por un acto de caridad ―intentó explicar.
Mary Anne lo miró a los ojos.
―No quiera verme la cara de tonta, puedo no tener experiencia de vida como la tiene usted, pero ningún hombre hace caridad con eso.
―Mary Anne, si tan sólo quisiera escucharme...
―Ahora no, Thomas, ahora no, por favor.
―¿Qué hará?
―Nada, usted y yo estamos comprometidos, en lo que dure la fiesta, actuaremos normalmente, mal que mal, nunca debí esperar amor o fidelidad de su parte, mañana veré qué hacer. Por ahora no se preocupe, todo está bien, no se preocupe.
―No, Mary Anne, nada está bien. Además, fui yo mismo quien le aseguró fidelidad y he sido yo quien le he confesado el amor que siento por usted ―replicó él con desesperación.
―No, Thomas, usted no me ama, no puede hacerlo. Nadie puede ―terminó tomándose del brazo del hombre y caminando hacia la fiesta, como si no hubiera pasado nada.
Thomas no supo qué hacer, por vez primera, una situación lo sobrepasaba, pero él aclararía todo ese mal entendido. Se recriminó a sí mismo por haberse detenido a ayudar a esa mujer aquel día, en cuanto la vio coquetear tan abiertamente con él, se dio cuenta que había cometido un error y ahora lo había confirmado.
Entraron en completo silencio al gran salón. Mary Anne se dirigió a una mesa donde estaban dispuestas unas copas de buen champagne y tomó un vaso. Se lo tomó de un trago. Thomas la miró expectante, seguramente no estaba acostumbrada a beber y así reaccionó, como si el dulce líquido quemara su garganta.
―Mary Anne, por favor, no vaya a hacer una tontería, esto tiene una explicación y tengo testigos de que jamás le he sido infiel ni nada que se le parezca.
―Le creo, Thomas. No se preocupe, ya se lo dije.
―No es verdad.
―Mire. ―Ella se volvió y lo miró con los ojos un tanto desorbitados―. Usted me compró, yo no soy nada más que una transacción comercial, nada más, lo sé, un objeto que estaba en oferta y usted lo aprovechó, soy consciente de que soy una cosa que compró. Y nadie siente amor por un par de zapatos que compra ¿verdad? Simplemente lo pisotea, es su uso.
―Mary Anne, jamás la he considerado de ese modo ―repuso Thomas con una punzada de dolor en su corazón.
Mary Anne tomó otra copa y volvió a apurarla sin pensar en nada.
―Mary Anne, basta ―la reprendió con suavidad, quitando la copa de la mano femenina.
―Está bien, no quiero dejarlo en ridículo, pero casarse conmigo, una cualquiera, una libertina de la peor clase, ya eso es de por sí es vergonzoso.
―No diga eso, por favor, Mary Anne, yo sé que está herida, un día le pedí que me diera el beneficio de la duda...
Mary Anne se echó a reír con amarga ironía.
―¿Duda? ¿Usted cree que no vi el beso que se dieron?
―Mary Anne, no es lo que parece.
―No se preocupe, sé lo que provocan sus besos, Thomas, pareciera que uno no podría vivir sin ellos.
Los ojos de la joven se humedecieron. Thomas miró alrededor y había algunas mujeres mirando la escena como si fuera la mejor obra de teatro a la que habían asistido.
―Salgamos de aquí, Mary Anne ―le ordenó, no quería que su amada fuera víctima de las habladurías y de la burla de las mujeres aquellas.
Mary Anne bebió rápidamente otro vaso de champagne, Thomas intentó quitárselo antes de que lo tomara, pero ella no lo dejó y no iba a hacer un escándalo con ella allí. Salieron a la terraza y se alejaron un poco hacia el jardín.
―¿Qué le hiciste? ―La voz de Higgins a sus espaldas los sobresaltó a ambos.
―Tú no te metas ―retó Thomas.
―Me meto, porque si tú la vas a hacer sufrir de ese modo, lucharé para que se case conmigo, por lo menos no soy un cerdo que le promete una cosa y hace otra. Yo fui sincero con ella.
―Yo también he sido sincero con ella, mucho más que tú.
―Vamos, Thomas, ¿acaso crees que nadie sabe de tu romance con Melanie Darkworth en Thottenhan? Todo el pueblo lo sabe, pero nadie se atrevía a decírselo a tu prometida, se ve tan... emocionada con esto de su matrimonio, después de lo sucedido con Edward y contrario a todo lo que se esperaba, había llegado un hombre al que no le importaba su pasado y que la tenía enamorada, se le nota en la cara. Y mira lo que...
―Cállate, tú no sabes nada. Yo jamás he tenido un amorío con esa mujer. La ayudé, eso es todo, y te juro que me arrepiento en lo más profundo de mi ser. Así que no pienses que te voy a dejar a Mary Anne en bandeja, la amo y lucharé por que me crea.
―No puedes, mira su cara, lo sabe todo, cosas así no se pueden ocultar, si tenías esos deseos, propios de los hombres, podrías haber acudido a una profesional, no tener un amorío con otra mujer, para eso existen las...
―¡Cállate! No hay otra mujer para mí, Higgins, aunque tú quisieras que fuera así, no tengo necesidad de saciar esos deseos en otra mujer, espero la noche en que pueda estar con mi esposa, mi mujer, mi todo, no soy un hombre básico que no puede vivir sin sexo..
―¡Basta! ―gritó Mary Anne―. Basta, por favor, hablan como si yo no estuviera presente. No quiero escuchar esto, por favor.
Thomas la miró, enfadado consigo mismo, su joven prometida se veía tan desolada que parecía más pequeña que de costumbre. Quiso acercarse y abrazarla, pero no se lo permitió. Higgins, creyendo que el enojo de Mary Anne con Thomas le daba una posibilidad, quiso tocarla, pero ella le hizo el quite.
―Déjenme sola y sigan discutiendo acerca de mí en otra parte.
Los hombres se miraron un segundo y luego Thomas volvió a mirar el rostro de la chica, pero ésta no lo miraba.
―Mary Anne, querida, por favor ―El hombre no sabía qué decir.
―Mary Anne, ruego me disculpe por lo del otro día, juro no volverá a suceder, venga conmigo, la llevaré con sus padres.
La joven caminó un poco tambaleante y se sentó en un banco del jardín. Y allí se quedó mucho rato en completo silencio e inmovilidad.
Media hora más tarde, Thomas se agachó al lado de su prometida y apartó un mechón de pelo de su frente.
―Mary Anne, querida, por favor, entremos, hace frío, si quiere la puedo llevar a su casa, pero no permanezca aquí por más tiempo.
―¿Por qué, Thomas?
―Por qué ¿qué?
―¿Por qué nadie puede amarme? ¿Tan mala soy? ¿Fea?
Thomas sonrió con ternura.
―Mary Anne, usted sabe que me cautivó de inmediato y poco a poco me fui enamorando. Yo la amo, Mary Anne, la amo y no me gusta verla así por mi culpa, por una idiotez de mi parte, por ser caballeroso, estoy pagando con creces mi error.
―Lo mismo me decía Edward, que eran errores...
―Yo no soy como él ―replicó él con molestia.
―Lo sé ―aceptó ella. Levantó su mano y acarició la mejilla masculina y secó una lágrima que iba cayendo.
―¿Por qué se mueve tanto?
―¿Qué?
Ella se echó a reír, Thomas suspiró, el champagne estaba haciendo su efecto en la joven.
―Será mejor que se vaya a su casa, Mary Anne ―dijo con un tono de censura.
―No me rete, no soy una niña.
―Ahora lo parece.
Higgins permanecía inmóvil viendo la escena, no quería ser el hazmerreír de la comarca y decidió sacar en secreto a la muchacha, él quería casarse con ella para obtener esa maldita herencia, no para amarla. Si Thomas se había equivocado y con eso le había dado la chance de ganarla, aprovecharía la ocasión, no la dejaría pasar.
Se acercó a Mary Anne y la tomó en sus brazos sin ninguna dificultad.
―¡Déjala! ―exclamó Thomas.
―No, si tú quieres que ella sea el hazmerreír de todos aquí, allá tú, yo la voy a sacar en secreto, ya suficiente con todo lo que se habla de ella.
―Yo me la voy a llevar, yo soy su prometido.
―Sí, un prometido que anda con otra mujer.
―No es cierto y aunque lo fuera, eso es mejor que engañarla con otro hombre.
Higgins lo miró como si quisiera asesinarlo, pero no replicó, sacó a Mary Anne, pidió su barouche y la subió al carruaje, Mary Anne miraba todo divertida, Thomas, que no iba a dejar que se la llevara así, sin más, subió con ellos al carro y se sentó al frente de la joven.
―¿Te sientes bien, cariño? ―le preguntó con ternura.
―Mis papás se van a querer morir cuando me busquen y no me encuentren ―se rio desquiciada―, pero bueno, a lo mejor pensarán que me escapé y se pondrán felices.
―No diga eso, Mary Anne ―rogó Thomas.
―Sus padres la quieren mucho, están muy preocupados por usted ―intervino Higgins, abrazando a la muchacha―. Avisa a los padres de Mary Anne que la llevamos a casa, que no se siente bien, así que nos la llevamos con Thomas ―le indicó a uno de los sirvientes―. Que conste que te dejo venir por ella, no por ti ―le aclaró a Thomas. Golpeó dos veces en el techo del barouche y el cochero lo echó a andar. Miró a Mary Anne que se había dormido en sus brazos, bajo la atenta y celosa mirada de Thomas.
Llegando a su casa, Thomas intentó despertar a Mary Anne, pero ésta no respondía, simplemente balbuceaba cosas incoherentes.
―Mary Anne, ya estamos por llegar, por favor, despierte ―seguía insistiendo Thomas.
―No se va a despertar ―comentó el otro sin molestia―, será mejor que la bajemos en brazos.
―Hace frío afuera ―replicó molesto Thomas.
―No se preocupe, llevo una manta en el maletero, la podemos cubrir, no sacamos nada con despertarla. ¿Qué bebió?
―Tres copas de champagne.
―Al parecer no está acostumbrada.
―No, ella no bebe alcohol.
Higgins miró al prometido de Mary Anne con fijeza.
―Usted no la ama, ¿por qué le hace creer que sí? ―le preguntó al fin.
Thomas lo miró con sinceridad en los ojos.
―Yo la amo, al principio me llamó la atención su mirada de niña, encerrada en un cuerpo de mujer, sus labios... Pero luego descubrí a la mujer que tenía oculta. Ella es hermosa, Higgins, es la ternura en persona, inocente y pura a pesar de lo que dicen, limpia y honesta, no merece sufrir, no merece todo esto que está pasando.
―Y si es así, ¿por qué la engañó con Melanie Dankworth? Esa mujer es lo opuesto a Mary Anne.
―No la engañé, su carro estaba averiado en el camino, nos detuvimos para ayudarla, al ver que no tenía arreglo, la llevamos al pueblo más cercano y la dejé en un hotel, eso es todo.
―La versión de ella es otra. Dice que se fue a encontrar con ella y se separaron en Thottenhan.
―No es cierto, yo jamás estuve con ella. Ni lo estaría.
Higgins no dijo nada, simplemente lo miró buscando en su expresión la verdad. Alexandra decía que él era un tipo mujeriego, sin respeto por nadie, que no le importaban los medios para conseguir lo que quería, pero ahora que lo había visto con Mary Anne, con él mismo... No lo parecía.
Esta vez fue Thomas quien la cargó en sus brazos hasta la casa, Higgins no se lo impidió, al contrario, fue él quien le puso la manta encima, cubriéndola cual si fuera un bebé.
―¿Dónde estamos?
―En su casa, querida, ahora se va a ir a acostar.
―¿Mi nana? Quiero a mi nana.
―Ya viene.
―Higgins se adelantó y abrió la enorme puerta de entrada e hizo pasar a Thomas con la joven.
―Yo te amaba, Thomas, ¿por qué me hiciste esto? ¿Por qué me engañaste? Si no querías estar conmigo, si no querías amarme, no necesitabas ilusionarme.
―No, cariño, no te he engañado, te amo y jamás te sería infiel ―le aseguró él, a pesar de saber que ella tal vez mañana ni se acordara.
―Yo te amo tanto.
La joven lloró en sus brazos, apretada a su cuello. Higgins miró la escena sin molestia. Él también estaba enamorado y había perdido a esa persona que tanta ilusión le había hecho y tanto daño le había causado. Decidió no meterse en esa relación, no, si no hubiese visto el amor en los ojos de ambos, no hubiera tenido reparos en desarmar esa pareja, pero así, no, no lo merecían. Nadie merecía sufrir por un amor que, siendo correspondido, fuera presa de los chismes o las malas intenciones. Y lo suyo eran malas intenciones al querer separarlos, su propia amargura lo hacía no querer enamorarse de nuevo.
―¡Mi niña! ¿Qué le pasó? ¿Qué le hicieron?
―La hemos traído porque bebió más de la cuenta, no se sentía bien ―contestó Thomas.
―¿Por qué haría una cosa así, mi niña? Algo debió haber pasado.
―No es momento de hablar de eso, Mary Anne debe acostarse y descansar ―intervino Higgins.
―Está bien, suban a su cuarto a dejarla, pero no me separaré de ustedes.
―Margarita, por favor, ¿cómo crees que quiera hacerle daño? Si hubiésemos querido hacerlo, no la traeríamos aquí ―repuso Thomas subiendo las escaleras.
Thomas depositó a su prometida con cuidado sobre la cama abierta que ofreció Margarita y le dio un casto beso en la frente, se había vuelto a dormir, tenía las marcas de las lágrimas en sus mejillas y el dolor pintado en su rostro. Al hombre le dolió el corazón verla así, hubiera dado lo que fuera por no haber provocado ese dolor en ella. Pero ya era tarde.
―¿Qué pasa aquí? ―La potente voz del duque los sobresaltó a todos, incluso a Mary Anne, que abrió los ojos, pero los volvió a cerrar con pesadez.
―Vuelvo a repetir ―insistió el padre al ver que nadie contestaba.
―Su hija se sintió un poco descompuesta, la trajimos a su casa, usted estaba... ―comenzó a explicar Thomas.
―¿Descompuesta? Cualquier mujer se descompone con tres copas de champagne en el cuerpo ―censuró el padre mirando a su hija que intentaba abrir los ojos.
―La culpa fue nuestra, duque ―intervino Higgins conciliador.
―Ya lo creo que la culpa fue de alguno de ustedes, ella no hubiera hecho eso si ustedes no la hubiesen empujado a ello. ¿Qué le hicieron? ¿Se disputaron a mi hija enfrente de ella como si fuera un objeto?
―No, señor, por supuesto que no ―replicó Thomas.
―Váyanse de mi casa. Suficiente humillación me ha hecho pasar mi hija para que encima se hable que hay dos hombres metidos en su cuarto mientras yo no estoy en casa.
Los dos jóvenes se miraron, Thomas besó a Mary Anne en la frente y salieron en silencio, aunque Thomas, antes de salir del cuarto, le lanzó una significativa mirada a su suegro que se hizo el desentendido.
―Creo que acabas de enemistar a tu suegro ―bromeó Higigins sardónico.
―No me importa, faltan sólo tres días para la boda, después de eso, ya no tendré que verle la cara a no ser lo indispensable, ni darle explicaciones de nada.
―Es cierto, pero conociendo a ese hombre, me andaría con cuidado, no vaya a ser que anule el compromiso.
―No puede hacer eso, ya le entregué la hacienda colindante a la suya como parte de la dote por Mary Anne.
―¿Y tú crees que si él quiere desconocer su acuerdo, va a pensarlo dos veces?
―¿A qué te refieres?
―A nada, no me hagas caso, estoy demasiado bebido y también dolido,
―¿Dolido?
―Sí, ¿te das cuenta que me quitaste a mi futura esposa?
―Nunca iba a ser tu futura esposa, era mía antes que aparecieras tú.
Higgins miró a su contrincante, era cierto lo que decía, de haber resultado el acuerdo entre ellos, hubiera sido él el ladrón.
―Tienes razón, ¿no tienes una hermana, una prima, una amiga, por último, que quiera casarse con un mal tipo como yo? No le faltará nada y no exigiré nada tampoco.
―No ―contestó lacónico.
―Claro, un tipo como yo no merece a nadie, ¿verdad?
―Te han visto, Higgins, tú y George, muy linda pareja.
Higgins sonrió al recordar. George y él eran muy unidos, eran casi uno solo, pero las habladurías de la gente, los comentarios, la maldita sociedad... Se separaron, pero los chismes siguieron peor que antes, George no lo soportó y se suicidó. Algo que Higgins jamás se perdonaría, su amigo del alma y el amor de su vida estaba muerto por su culpa, por no ser capaz de ver en su mirada lo desesperado que estaba. Entre los chismorreos y un amor arrebatado, George no pudo soportarlo y tomó aquella terrible decisión. Decisión que él también había meditado en muchas ocasiones, como esta, por ejemplo, cuando era discriminado por su "relación" con George.