Capítulo 9
Apenas llevaba dos días Thomas fuera de la ciudad y Mary Anne ya lo extrañaba. Se censuraba a sí misma por aquello, no podía tener sentimientos románticos por un hombre al que apenas conocía, pero lo cierto era que sí los sentía, sus detalles, su mirada llena de sinceridad y ternura, sus manos fuertes que la hacían sentirse protegida cada vez que le tomaba las manos, su rostro o la abrazaba a su cuerpo. Sus manos producían en ella cosas que jamás había sentido. Ahora veía la enorme diferencia entre un verdadero hombre y Edward, su ex novio. Thomas era atento, cariñoso, protector; en cambio Edward era frío, déspota y celoso, muy celoso, claro que a él no le importaba irse con cualquier mujerzuela del pueblo, a vista y paciencia de todos. Ahora Mary Anne se daba cuenta que ella siempre fue la comidilla de la comarca, no sólo cuando su prometido la plantó en el altar, sino desde mucho antes, desde que se le declaró y se aceptó el matrimonio.
Mary Anne se metió a la cama. Hacía mucho frío y ya pasaban de las nueve de la noche.
―Nana, ¿puedo leer la carta de Thomas de mañana ahora mismo?
―No, es una diaria, por la mañana puede leerla.
―Nana, por favor, entrégamelas, prometo guardarlas.
―No prometa cosas que no pueda cumplir, mi niña.
―Pero si es verdad...
―¿Y usted espera que le crea?
―Pero, nana, por favor, sólo quiero tenerlas yo, nada más.
―Él me las encargó a mí, porque sabía que usted no se iba a aguantar de leerlas todas juntas.
―No es verdad, nana, no quiero leerlas, quiero tenerlas yo.
Margarita miró a su pequeña, tal como decía Thomas, era una niña todavía, él sabía que este momento llegaría, aunque ella no esperaba que fuera tan pronto, en cambio, el prometido de Mary Anne dudó que aguantara tanto, él apostó que las pediría de inmediato. Por lo cual tenía un resguardo, debía hacer esperar a la joven tres días, el cuarto día le llegarían más cartas. La mujer miró los pucheros de la pequeña que había criado y sonrió, sin decir nada, le entregó las cartas, ocho, para ser exactos, Thomas tardaría diez días en su viaje, ya llevaba dos cartas leídas, le faltaba el resto. No tardaría nada en hacerlo.
Mary Anne guardó las cartas en su mesita de noche y miró a su nana con inocencia en su mirada.
―No las voy a leer, te lo juro.
―No jure, mi niña, algo que no va a poder cumplir. Por lo menos espere hasta mañana para leerlas, ¿le parece?
―¡Sí!, gracias, nana ―contestó emocionada con la mirada brillante.
―Él tenía razón.
―¿En qué? ―ahora la miró confundida.
―En que no aguantaría la curiosidad de leer todas las cartas de una vez ―respondió la mujer riendo.
―Es que él me conoce, nana, parece que más de lo que creo.
―A él le importa usted, eso es.
―Nana, a veces soy tan feliz que tengo miedo.
―No tiene nada qué temer, niña, nada, él parece enamorado, sus padres están de acuerdo y no hay sombra de nada malo. Mejor duérmase y descanse, no piense en cosas malas, piense que mañana va a poder leer todas las cartas de Thomas. Él no la va a dejar sola, él es un hombre de palabra.
―Tienes razón, nana, pensaré sólo cosas lindas.
Margarita le dio un beso a su niña y luego de arroparla, apagó la lamparilla del velador y salió de allí, cerrando la puerta.
La noche transcurrió en calma para Mary Anne; haciendo caso al consejo de su nana, se durmió pensando en Thomas y sus detalles para con ella. Lo sintió tan cerca que fue como si hubiese dormido allí, con ella, abrazada a su pecho, sintiendo las caricias en su cabello.
Por la misma razón, la joven se despertó de muy buen ánimo, estaba feliz, sabía que el día que se casara con su prometido sería muy feliz. Él, con sus caricias y su comprensión, había logrado bajar muchas vallas que tenía en su corazón y, aunque todavía quedaban muchas, sabía que sería cuestión de tiempo para que todas sus defensas cayeran ante ese hombre que había sabido ganar un lugar en su corazón. Sólo una duda le quedaba y era la noche de bodas. No era virgen, no, pero tampoco es que tuviera experiencia con los hombres, su única vez, la escena más horrible de su vida, ni siquiera fue consentida, pero eso, ¿lo creería Thomas?
Sacudió la cabeza para alejar sus temores, ya llegaría el momento, además, él siempre le ha dicho que eso no le importa, que no es básico como muchos de los hombres que conocía. Así que, después de tomar desayuno, se fue a la sala de estar para leer las cartas de Thomas al lado de la chimenea. Pero justo cuando se disponía a abrir la primera carta, apareció su madre en la sala, para entregarle un recado de la modista: iría por la tarde a hacer una prueba de vestido, ya casi lo tenía listo, si le quedaba bien lo que probarían, entonces, procedería a los detalles del vestido. Y vendría con su hermana, para ver cuál peinado le convenía más para el tipo de vestido y su cabello. Después de dar el recado, la mujer miró a su hija un buen rato y luego se dio la vuelta para marcharse, Mary Anne se dispuso nuevamente a abrir la carta.
―Mary Anne. ―La mujer se volvió y miró a su hija con altivez.
―¿Qué pasa, madre?
―Hija, yo sé que hemos estado un poco distanciadas últimamente ―comenzó a decir sentándose al lado de la joven―, pero quiero que sepa que usted es muy importante para nosotros, no ha sido fácil todo lo que hemos vivido, su humillación pública hizo muy difícil nuestra vida, pero ahora, con el favor de Thomas, hemos vuelto a nuestro status social.
―Sí, madre, ya me había dado cuenta ―Y cómo no hacerlo si cada día eran invitados a una casa diferente a cenar o a tomar el té, pensó la hija.
―Bueno, el asunto es que... con su padre hemos estado conversando acerca de su compromiso y no queremos que usted eche a perder esta vez la boda. ―La joven quiso protestar, pero se mordió la lengua―. Por ello es que hemos decidido que usted no se vuelva a ver con su prometido a solas.
―Nunca hemos salido a solas, madre ―le recordó Mary Anne un tanto molesta.
―Me refiero a que no volverán a estar solos hasta el día de la boda, les hemos dado demasiada libertad y no creemos que sea correcto, no queremos que hable mal de usted, diciendo que usted es una libertina.
―Thomas jamás diría eso ―protestó la joven.
―Queremos evitar cualquier contratiempo de aquí hasta el matrimonio, Mary Anne, recuerde que es por resguardarla a usted, su honor.
―No hay honor que resguardar, madre, Edward lo pisoteó como quiso y ustedes lo permitieron. Ahora ya no tengo nada, aun así Thomas me acepta así, sin dificultades, ni siquiera me preguntó por lo sucedido, al contrario, él dice que no le importa, y si a él no le importa, no veo por qué a ustedes sí.
―Bueno, Mary Anne, sea como sea, ustedes no volverán a estar en el jardín solos los dos.
―Está bien, madre. Ahora, ¿puede dejarme sola? Quiero leer.
―Tenga cuidado con lo que ponga en esas cartas.
―No se preocupe, no escribiré nada que no sea decoroso.
La mujer, ante el tono sarcástico de la muchacha, meneó la cabeza y salió de la sala rumbo a la sala de las costuras, donde pasaba gran parte del día, durmiendo o descansando.
Mary Anne se echó hacia atrás en el sofá con gesto cansado y triste. Lo que su madre le había dicho, la había herido en lo profundo de su corazón. Nunca habían querido hablar de lo sucedido con Edward, al contrario, siempre evitaron ese tema y ahora venía y le decía que no cometerían el mismo error con Thomas. No era por proteger su honor ni nada, era simplemente para salvaguardar su reputación, ahora que la gente de sociedad los estaba aceptando de nuevo, querían que nada empañara su "felicidad" y, claro, quién más que ella para echar a perder todo, como siempre.
Un par de lágrimas cayeron por sus mejillas. Siempre era lo mismo, siempre terminaba siendo culpable de todas las cosas malas que sucedían en casa. Su madre siempre la acusaba, no era falta de amor, no, pero todo le salía mal a Mary Anne. Siempre. Por eso tenía miedo ahora, porque estaba segura que algo malo sucedería, era todo demasiado perfecto para ser verdad.
Decidió quitar esas pesimistas ideas de su cabeza y leer las cartas de Thomas que siempre le levantaban el ánimo. Tomó la primera, esa correspondía al día en el que estaban. Sonrió ante la expectativa.
Querida Mary Anne,
Espero que hoy haya amanecido muy bien, yo, por mi parte, lo más probable es que la extrañe más que nunca en este día, hoy debo reunirme con ciertas personas nada agradables y quisiera tener su mano en la mía para sentir su apoyo.
Amada mía, ansío tanto que llegue el día en el que nos casemos, en el que podamos viajar juntos sin ninguna dificultad, sentir su compañía, su amor y saber que al terminar el día, me estará esperando para cobijarme en sus brazos y entregarle mi amor y ternura, hacerla dormir, con su cabeza apoyada en mi pecho y acariciar su cabello. Tener la seguridad que nada nos separará jamás.
Mary Anne, mi bella Mary Anne, no sabe la necesidad que tengo de usted, mi consuelo es saber que muy pronto la veré entrando en la iglesia del brazo de su padre para darme el "Sí" definitivo y para siempre.
No diré más. No quiero decir algo que le haga sentir mal o algo poco decoroso para un novio enamorado y ansioso.
Espero que al regreso, pueda leer sus cartas, ya quisiera tenerlas conmigo, eso me ayudaría a enfrentar cada día en este lugar, pero el saber que usted me piensa como yo la pienso, me hace enfrentar mi día a día con más ánimo a pesar de todo.
Le envío un beso y todo mi amor. Espero que sea paciente y espere a leer mis cartas una a una, aunque estoy seguro que no lo logrará, su innata curiosidad y su cándida inocencia, me dicen que, con las mejillas sonrojadas, leerá mis cartas antes de tiempo. No se preocupe; si quiere hacerlo, tiene mi venia, no podría ser de otro modo, a usted no le puedo negar nada.
Espero verla pronto.
Suyo por siempre,
Thomas Wright.
Mary Anne sonrió, esas cosas eran las que la enamoraban y botaban sus corazas, conocerla a tal punto que sabía que sería incapaz de no leer las cartas antes de tiempo, y aceptarla así, tal cual era. Edward, primero, no se hubiese molestado en dejarle cartas, de hecho, jamás le escribió; pero tampoco le aceptaba su curiosidad natural, al contrario, siempre le decía que las mujeres curiosas eran mal vistas en sociedad, como si en la alta sociedad no hubieran mujeres chismosas que se metían en la vida de todos los demás.
Pero no quería pensar en eso, no quería recordar a ese hombre, quería pensar sólo en su prometido y en sus demostraciones de amor y respeto.
Miró las otras cartas, debatía en su mente si abrirlas y leerlas o no, pero ya que tenía el consentimiento de Thomas, decidió hacerlo.
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Al día siguiente, Mary Anne paseaba por el jardín con sus cartas en la mano, aunque ya casi las sabía de memoria. Eran diez. Los mismos días que Thomas estaría fuera. Pero ya no tenía nuevas cartas para leer.
―Mi niña, acaba de llegar esto ―le anunció Margarita a la muchacha entregándole un sobre y unas flores.
Mary Anne tomó el sobre y miró las flores, eran de todo tipo que juntas hacían un ramo maravilloso y con un aroma exquisito.
―¿Quién lo trajo, nana?
―Un sirviente de la casa de Sir Thomas, mi niña, dijo que él había dejado órdenes expresas que se lo entregaran hoy.
―Nana, él me conoce y se preocupa por mí, ¿verdad?
―Claro que sí, mi niña, él es un verdadero caballero y se nota que la quiere, es cosa de ver cómo la mira.
―¿Cómo me mira?
―Sus ojos brillan, niña, al mirarla, cuando usted se enoja, se entristece o teme cuando sus padres se molestan, la expresión de él cambia, se torna taciturno, concentrado, es más, muchas veces, cuando su padre parece a punto de estallar, él se ve como un felino a punto de atacar en caso necesario.
―¡Ay, nana!, las cosas que dices. ―Sonrió la joven avergonzada.
―Es verdad, sólo mírelo cuando él la mira a usted.
Mary Anne se quedó pensando, era cierto, su prometido la miraba con verdadera devoción, con una mirada que la derretía, pero además, la hacía sentirse desnuda, no de cuerpo, de alma, como si él pudiera ver hasta el rincón más recóndito de su corazón.
―No se quede mucho rato afuera, hace frío.
―Sí, nana, me voy a ir a mi cuarto, quiero escribirle de vuelta, aunque se las entregue cuando regrese.
―Está bien, ¿quiere que le lleve un tecito?
―Te lo agradecería, nana.
―Sí, porque ya llega la hora del té.
Mary Anne miró a Margarita con una leve tristeza en sus ojos, desde que su madre había vuelto a "sociedad", ya no tomaba el té con ella, se iba con sus amigas a jugar canasta toda la tarde. Por lo que la distancia a la que aludió la mujer días antes, se acrecentaba con esta situación.
―Nana, ¿quieres tomar el té conmigo?
―Niña, eso no se hace.
―Nos queda poco tiempo juntas, cuando me vaya, te extrañaré mucho, además, nadie tiene por qué saberlo, lo haremos en mi cuarto, las dos solas.
Margarita sonrió, ¿cómo decirle que no a su niña cuando la miraba así?
Margarita llevó el té al dormitorio de Mary Anne, la cocinera había preparado una tarta de ciruelas, el favorito de su niña, por órdenes de Thomas que había ordenado preparar, cada día, algo que a Mary Anne le gustara para hacer más llevadera la soledad de estar sin él.
―Nana, qué alegría estar así las dos, ¿no te parece? Me gusta tomar el té contigo.
―Sí, me parece, niña, aunque si nos pilla su padre, tendré problemas.
―No te preocupes, él no podrá molestarse, fui yo quien te invitó.
―Sí, pero usted sabe que él conmigo no va a tener ningún miramiento.
―No dejaré que te vuelva a azotar, nana.
―Si es por disfrutar con usted así, estoy dispuesta a lo que sea.
―No digas eso, nana, ya verás que no dejaré que lo haga, además, aquí no nos puede molestar, él no puede entrar aquí sin mi permiso. Por lo menos tengo algo de privacidad.
―Sí, es verdad, mi niña.
―Si me dejaras hablar con Thomas de llevarte conmigo...
―Ya le dije que no, niña, después usted puede venir a visitarme, cuando venga a ver a sus padres, pero no quiero que interceda ante su prometido por mí.
―Está bien, nana, pero te voy a echar tanto de menos.
―Yo también, mi niña, pero es mejor así.
―Tú lo dices por Edward, ¿verdad?
―Thomas no es como él, niña, pero no quiero que además de todo, él se tenga que hacer cargo de mí.
―¡Pero tú eres mi nana!
―Mi niña...
―Bueno, nana, pero si mi papá te trata mal cuando yo no esté, te llevo conmigo lo quieras o no, ¿me oíste?
Margarita miró a la joven, cada vez se sentía más segura al tener el apoyo incondicional de Thomas que le concedía todos sus caprichos, por lo mismo, no quería que hablara con él acerca de llevarla con ellos cuando se casaran, no quería poner una presión sobre la pareja; ya demasiadas cosas había concedido él como para seguir solicitándole cosas. Además, ese día llegaría tarde o temprano, mal que mal, algún día tendría que casarse su niña y recordó que cuando Mary Anne se iba a casar con Edward, este aceptó llevarla con ellos, pero debería ser una empleada más de la casa. Y ese hombre era un déspota orgulloso que creía que todos los que no estaban a su nivel eran basura, muy diferente al trato de Thomas. A pesar de no haber tenido muchas oportunidades de alternar, él jamás la había tratado mal, al contrario, a excepción de la primera vez, cuando él llegó atrasado, siempre la saludaba de muy buen modo.
―Nana, mañana vuelven a clases a los niños, me acompañarás, supongo ―dijo la joven sacando a la mujer de sus pensamientos.
―Por supuesto, niña, sabe que sí.
―Tengo que preparar la clase, deberé revisar sus tareas, llevaron algunas copias para estos días de asueto, espero que las hayan hecho.
―¿Usted cree que las hicieron?
―Por supuesto, son niños muy responsables y todos ellos quieren salir adelante, no quieren seguir siendo empleados sin derechos.
―¿Thomas sabe de la labor que usted hace con los niños?
―No, no se lo he dicho y como él no venía temprano...
―¿Y cuándo se lo dirá?
―¿Y si se burla diciendo que es una estupidez, que estos niños jamás podrán ser más que sirvientes letrados, como me decía Edward?
―Thomas no se parece en nada a ese tipo, estoy segura que se sentirá muy orgulloso de usted.
La cara de Mary Anne se iluminó con una radiante sonrisa.
―¿Tú crees, nana?
―No lo creo, estoy segura, él es un hombre que salió de la nada y él debe saber que se puede salir adelante con esfuerzo y tesón, tal como lo hizo él.
―Tienes razón, en cuanto llegue se lo diré.
―Debe hacerlo, no vaya a ser que él piense que usted le oculta cosas y con el tema de su ex prometido ya es más que suficiente, aunque sabe lo que pienso al respecto, debería contárselo todo, él merece saber la verdad.
―Es verdad, pero siento que no soy capaz, nana, es un tema que me duele mucho todavía. ―Los ojos de Mary Anne se llenaron de lágrimas de malos recuerdos.
―Lo sé, niña, pero debe hacerlo, así será mucho más llevadero, ni sus padres lo saben y tampoco su prometido. Deberían saberlo, ellos podrían ayudarla.
―No, nana, se lo podría decir a Thomas, pero a mis padres jamás, ellos no confiaron en mí, no me quisieron escuchar y cuando Edward me dejó en el altar, ellos prefirieron creerle a él, ni siquiera me preguntaron, para ellos era más fácil hacer oídos sordos a todo... Y me encerraron aquí, como si fuera una princesa cautiva.
―No, mi niña, ellos quisieron protegerla de las habladurías.
―¡A mí no me importaban las habladurías! ―protestó con amargura―. A mí lo que me interesaba era que ellos me creyeran. A mí. A su hija.
Margarita no supo qué decir, era verdad lo que decía su niña, ellos no quisieron escuchar explicaciones, a ellos solo les preocupaba lo que diría la gente del pueblo y vaya que dieron qué hablar. Se deleitaron en el dolor de Mary Anne. Revolcaron su reputación en el lodo y su nombre andaba en boca de todos. Y el duque nunca hizo nada, nunca la defendió. Al contrario, le creyó a Edward y toda la comarca se dio a creer la historia tergiversada, era lo más cómodo y sabroso, así tendrían tema para mucho tiempo. Hasta ahora.
―¿Lo ves? Ni tú puedes rebatirme, sabes que lo que digo es cierto.
―Lo siento, mi niña, si usted fuera mi hija, las cosas hubiesen sido tan diferentes, yo lo hubiese desenmascarado en ese mismo instante, es más, hubiese sido usted quien lo hubiera dejado plantado en el altar y no al revés.
―Lo sé, nana.
Mary Anne se levantó de su silla, se arrodilló frente a Margarita y apoyó su cabeza en las piernas de la mujer.
―¿Por qué no fuiste tú mi mamá, nana? ―le preguntó con tristeza.
La mujer derramó un par de lágrimas por su niña, en tanto le acariciaba el cabello con suavidad, ¡cuánto hubiera deseado ser ella su madre!, la historia sería muy distinta, ella no tendría que haber sufrido las vejaciones a manos de esos tipos, no hubiera sido el hazmerreír de todo un pueblo y no tendría que estar sufriendo ahora mismo con la ausencia de sus padres que se lo pasaban en reuniones sociales gracias a la intervención de Thomas que los incluyó, nuevamente, en sociedad.
―Nana, por favor, vente conmigo, no quiero estar sola allá y no quiero dejarte sola con mis padres.
―Está bien, niña, está bien, me iré con usted si Thomas acepta, pero sólo si acepta de buena gana, no quiero imponer mi presencia a nadie.
―Estoy segura que él aceptará, te quiere.
―Niña, ¿cómo dice esa cosas?
―Es verdad, me ha preguntado por ti cuando no nos ve juntas en el jardín, cuando lo espero.
―Pero es tal vez porque le molesta que siempre esté con usted.
―No, nana, es verdad, yo sé que él te quiere porque me quieres.
―Bueno, puede ser eso, sí, porque yo la quiero y mucho. Usted es la niña de mis ojos.
―Yo también, nana, yo también te quiero mucho.